La Tierra Cambiante Roger Zelazny

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  • LA TIERRA CAMBIANTE

    Saga de Dilvish el maldito/2

    Roger Zelazny

  • Roger Zelazny

    Ttulo original: The Changing LandTraduccin: Albert Sol 1983, Roger Zelazny 1985, Ediciones Martnez Roca, S. A.Gran va 774 - BarcelonaISBN 84-270-1310-8Edicin digital de Umbriel.Junio de 2002.R6 08/02

  • Para Stephen Gregg, Stuart David Schiff y Lin Crter quienes, en ese orden, hicieronvolver a Dilvish de las tierras humeantes; y a la sombra de William Hope Hodgson, quienestuvo presente en el viaje, trayndose a unos cuantos amigos.

    1

    Los siete hombres llevaban grilletes, a los cuales estaban unidas cadenas. Cada unade ellas estaba sujeta a un aro clavado en las viscosas paredes de la estancia de piedra.Una solitaria lamparilla de aceite arda dbilmente en una pequea hornacina situada a laderecha del umbral, en la otra pared. Cadenas y grilletes vacos colgaban esparcidos aquy all en las paredes. El suelo estaba cubierto de paja y muy sucio; los olores eranfuertes. Todos los hombres llevaban barba y vestan harapos. Sus plidos rostros estabansurcados por hondas arrugas. Sus ojos estaban clavados en el umbral.

    Siluetas brillantes bailaban ante ellos o cruzaban velozmente la atmsfera, atravesandolos slidos muros y, de vez en cuando, emergiendo en algn otro sitio. Algunas de lassiluetas eran abstractas, otras se parecan a objetos naturales flores, serpientes,pjaros, hojas, generalmente hasta llegar al extremo de la parodia. Un torbellino verdeplido naci y muri en la esquina izquierda de la estancia, delante de la puerta,derramando una horda de insectos sobre el suelo. Inmediatamente se oy unaapresurada serie de roces entre la paja, causada por las pequeas criaturas que selanzaron sobre ellos para devorarlos. De algn lugar situado al otro lado del umbral leslleg una risa apagada, a la que sigui una sucesin de pisadas irregulares, acercndosea la estancia.

    El joven llamado Hodgson, que podra haber sido apuesto de estar ms limpio y menosconsumido por el hambre, sacudi la cabeza para apartar de los ojos su larga cabelleracastaa, se lami los labios y mir al hombre de ojos azules que estaba a su derecha.

    Tan pronto... murmur con voz ronca.Ha pasado ms tiempo del que piensas dijo el hombre de tez morena. Me temo

    que a uno de ellos ya le ha llegado el momento.Un joven rubio que se encontraba ms a la derecha empez a gemir suavemente.

    Otros dos hombres conversaban en susurros.Una mano gigantesca de color entre el prpura y el gris que terminaba en garras

    apareci en el umbral, agarrndose a la pared de la derecha. Las pisadas se detuvieron,les sigui una respiracin grave profunda y a sta una risa que pareci un rugido. Elhombre que se encontraba a la izquierda de Hodgson, calvo y todava gordo, lanz unestridente chillido.

    Una inmensa silueta que pareca hecha de sombras fluy hasta colocarse en el marcoformado por el umbral, sus ojos el izquierdo amarillo, el derecho rojo , absorbiendo laluz emitida por la parpadeante lamparilla. El aire de la estancia, que ya era fro, se volvian ms glido en tanto que la silueta avanzaba, una pezua rematando su piernaizquierda, que tena la articulacin colocada al revs, haciendo resonar la piedra quehaba bajo la paja del suelo; el ancho pie palmeado de su gruesa pierna izquierda,recubierta de escamas, agitndose al moverse para entrar en la habitacin. Deslizndosehacia adelante, sus largos y musculosos brazos tocaron el suelo, arandolo con lasgarras. La abertura que haba en su rostro, casi triangular, se agrand en algo que seacercaba a una sonrisa mientras examinaba a los prisioneros, revelando una hilera dedientes amarillentos.

    La cosa avanz hasta el centro de la habitacin y se detuvo. Un diluvio de flores cay asu alrededor y la criatura las apart como si le molestaran. No tena ni rastro de vello y supiel era de una textura parecida a la del cuero, con escamas repartidas al azar en los

  • sitios ms peculiares. Daba la impresin de no poseer ningn gnero sexual definido. Sulengua, que emergi bruscamente de su boca, tena el color del hgado y era bfida.

    Ahora los hombres encadenados guardaban silencio y mantenan posturas de unainmovilidad antinatural, en tanto que los ojos de dos colores distintos iban y venan sobreellos... una vez, otra...

    Y entonces la criatura se movi con extrema rapidez. Salt hacia adelante y su brazoderecho sali disparado, apoderndose del hombre gordo que haba chillado antes.

    Una sola sacudida liber al hombre de sus cadenas, hacindole gritar de formahorrible. Despus la boca de la criatura se cerr sobre su cuello y el alarido muri en ungorgoteo. El hombre se debati durante unos instantes y luego su cuerpo se quedinmvil y flccido entre las zarpas que lo sujetaban.

    La criatura emiti otro gorgoteo, alzando la cabeza y lamindose los labios. Sus ojos seposaron sobre el lugar del que haba arrebatado a su vctima. Despus, con mayorlentitud, cambi de posicin su carga hasta dejarla bajo el brazo izquierdo y adelant elderecho, cogiendo el miembro que segua colgando del grillete que oscilaba en la pared.No hizo caso alguno de los despojos, mucho ms pequeos, que haba sobre el suelo.

    Se dio la vuelta y avanz lentamente hacia el umbral, royendo el brazo mientrascaminaba. No pareci darse cuenta del pez luminoso que daba la impresin de nadar atravs del aire y tampoco de las visiones que aparecan y desaparecan igual que telonesdeslizantes encima, debajo y a su alrededor: muros de llamas, grupos de rbolesdelgados como agujas, torrentes de agua fangosa, campos de nieve que se funda...

    Los dems prisioneros se quedaron en silencio, escuchando el vacilante ruido de suspasos al irse. Finalmente, Hodgson se aclar la garganta.

    Bien, ste es mi plan... empez a decir.

    Semirama estaba agazapada sobre las piedras que formaban el reborde del pozo,inclinndose hacia adelante, las manos apoyadas en el pozo, los doce brazaletes de oroque haba en sus plidos miembros reluciendo bajo la tenue claridad y su larga cabelleranegra perfectamente peinada. Vesta un atuendo de color amarillo que revelaba granparte de su cuerpo y la habitacin estaba caliente y hmeda. De entre sus labios fruncidosbrotaron unas largas series de sonidos semejantes al trinar de un pjaro. Los esclavosque se encontraban esparcidos alrededor del pozo se apoyaron en sus palas ycontuvieron el aliento. Unos seis pasos detrs de ella y un poco ms hacia su derecha,inmvil, estaba Baran el de la Otra Mano, un hombre alto y con la silueta de un tonel, lospulgares engaritados en su cinturn cubierto de agudos remaches, la barbuda cabezainclinada hacia un lado como si medio entendiera el significado que haba tras los sonidosque emita Semirama. Pero sus ojos, as como gran parte de sus pensamientos, no seapartaban de las nalgas que el atuendo dejaba generosamente expuestas.

    Es una pena que resulte tan necesaria para la operacin y que yo no le importe uncomino rumiaba. Es una pena que deba tratarla con respeto y cortesa antes quecon..., bueno, digamos que con insolencia y que pudiera violarla. Trabajar con ella seramucho ms sencillo si fuera fea. Con todo, el panorama es bueno y quiz un da...

    Semirama se apoy en sus talones y dej de emitir los sonidos que haban llenado laftida atmsfera de la habitacin. Baran arrug la nariz al llegarle una rfaga de airecargada de olores ms bien dudosos. Todos esperaban.

    En lo ms hondo del pozo se empez a or un chapoteo y, de vez en cuando, un golpeahogado que hizo vibrar el suelo. Los esclavos se retiraron hasta ocupar posicionespegadas a la pared. En algn lugar situado ms all del techo empezaron a formarsecopos de nieve en llamas que luego cayeron hacia el suelo. Semirama trin unas notasmuy agudas mientras se los quitaba de encima con las manos. El diluvio de fuego cesinmediatamente y en el interior del pozo algo trin, respondindole. La habitacin sevolvi perceptiblemente ms fra. Baran suspir.

  • Por fin... murmur Baran.Los sonidos continuaron brotando del pozo durante un rato bastante largo. Semirama

    tens su cuerpo, disponindose a responder o intentando interrumpirles. Pero dio laimpresin de que era ignorada, pues los sonidos continuaron oyndose, ahogando losque ella emita. Hubo ms golpes y chapoteos dentro del pozo y una lengua de llamas sealz por encima de ste, vacil y se desvaneci en cuestin de segundos. Un rostro retorcido en una mueca de angustia haba aparecido por un instante dentro delresplandor anaranjado. Semirama se apart del pozo. Un sonido semejante al redoble deuna gran campana llen la habitacin. De repente, centenares de ranas vivas cayeronsobre ellos y empezaron a dar saltos, algunas precipitndose dentro del pozo, otrassubiendo y bajando por entre los grandes montones de excrementos en los cuales habanestado trabajando los esclavos, unas cuantas escapando por la arcada que se encontrabaal final de la estancia. Un pedazo de hielo tan grande como dos hombres juntos se estrellruidosamente en el suelo.

    Semirama se incorpor lentamente, retrocedi un paso y se volvi hacia los esclavos.Seguid con vuestro trabajo les orden.Los hombres vacilaron durante unos instantes. Baran salt hacia adelante, cogiendo el

    hombro y el muslo que tena ms cerca. Alz al esclavo en volandas y le proyect porencima del reborde de piedra, al interior del pozo. El grito que sigui a esa accin fue muybreve.

    Moved esa mierda! grit Baran.Los dems esclavos se apresuraron a volver a su trabajo, metiendo rpidamente sus

    palas en los apestosos montculos y lanzando los excrementos por encima del reborde y ala oscuridad del agujero.

    La mano de Semirama cay sobre su brazo y Baran se volvi bruscamente.En el futuro mustrate ms comedido dijo. Es difcil encontrar esclavos.Baran abri la boca, la cerr y movi la cabeza en un seco gesto de asentimiento.

    Apenas haba terminado de hablar con Semirama y ya los chapoteos ms fuertes secalmaban y los trinos haban cesa