3 Zito Lema Vicente Conversaciones Con Enrique Pichon Riviere Sobre Arte y La Locura

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  • 7/26/2019 3 Zito Lema Vicente Conversaciones Con Enrique Pichon Riviere Sobre Arte y La Locura

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    V ic e n te Z ito L e m a

    EDICIONES CINCO

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    Enrique Pichn Rivire

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    VICENTE ZITO LEMA

    CONVERSACIONES

    CON

    ENRIQUE

    PICHN RIVIERE

    SOBRE EL ARTE Y LA LOCURA

    EDICIONES CINCO

  • 7/26/2019 3 Zito Lema Vicente Conversaciones Con Enrique Pichon Riviere Sobre Arte y La Locura

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    Diseo de tapa:

    Regine Bergmeijer

    IMPRESO EN LA REPBLICA ARGENTINA

    PRINTED IN ARGENTINA.

    Prim era edicin:

    Segunda edicin:

    Tercera edicin:

    Cu arta edicin:

    Quinta edicin:

    Sexta edicin:

    Sptima edicin:

    Octava edicin:

    1976 - Timerman Editores

    1976 - Timerm an Editores

    1985 - Ediciones Cinco

    1986 - Ediciones Cinco

    1988 - Ediciones Cinco

    1990 - Ediciones Cinco

    1991 - Ediciones Cinco

    1992 - Ediciones Cinco

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    1993 by Ediciones Cinco

    Florida 165 - 5

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    pise ,of. 505

    1333 Buenos Aires, Repblica Arg entina

    Queda hecho el depsito

    que marca la ley 11723

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    I.S.B.N. 950-9693-05-7

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    V ' ' M

    N D I C E

    Encuentros S

    I. LA FAMILIA. LOS PRIMEROS AOS 15

    II . LAUTREAMONT. LO SINIESTR O 43

    III. BUENOS AIRES. AFECTO S. TRISTEZA 57

    IV. DESCUBRIMIENTO DE FREUD . LA PROFE

    SIN DE PSIQUIATRA. IMPUGNACIN Y

    DEFENSA. LOS HOSPICIOS 69

    V. LA PRACTICA ANALTICA. SUS LIMITES 91

    VI . LA PSICOLOGA SOCIAL. SUS FUNDAMEN

    TOS.

    EL ESQUEMA CONCEPTUAL, REFE-

    RENCIAL Y OPERATIVO 103

    VIL LA CURACIN DEL PSICOTICO . TCNICAS

    DE CHOQU E: EL ELECTROSHOCK 115

    VIII. LA AMPLIT UD CREATIVA. MECANISMOS IN

    TERNOS. ARTE Y LOCURA. EL POETA AN-

    TONIN ARTAUD. UNA PEQUEA VERDAD 125

    Despedida dem orada 167

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    Encuentros

    Una maana, tendra yo once o doce aos, me pele,

    por motivos que ya no recuerdo bien, con un muchachito

    de mi edad. De pronto logr ponerle las manos en el

    cuello y apret, muy fuerte. Dej de oponer resistencia.

    Cre que lo haba matado; desesperado, me arrodill en

    medio de la calle y me puse"

    a

    rezar. Pero lo suyo slo era

    un desmayo pasafero o una triquiuela, ya que, sbita

    mente, me dio un golpe en la cabeza y se fue corriendo.

    Das despus me enter de que la madre de "mi ene

    migo" se haba ahorcado . En el barrio se comentaba en

    voz baja el suceso, con ms miedo que dolor o respeto.

    Yo no me anim a averiguar los detalles. Pero quise ir al

    velatorio, algo que prcticamente desconoca (tera ape

    nas el recuerdo de la muerte de mi bisabuela, a la que

    no mir, y de unos fotgrafos con cmaras enormes apun

    tndonos mientras el cajn apareca por la puerta).

    Fui a la casa de la ahorcada as comenz a ser lla

    mada; una casa de chapas rojas edificada sobre una

    pequea barranca frente a las vas del tren lechero. Nadie

    respondi a mis llamados. Unos vecinos me dijeron q ue

    haban llevado la muerta a Mrmol o a City Bell, pueblo

    cercano a La Plata.

    Cuando encontr el lugar estaba ya cansado, asustado.

    No tengo una imagen muy precisa de cmo era aquello.

    Es ms bien una sensacin de penumbra y de ahogo...

    Y en el medio de la pieza, eso s, ntido, el cajn sin

    cruz, y mi amigo, solo, sentado en el suelo, cerca de su

    madre. Me puse a su lado, me abraz y me dijo: "Haca

    aos que estaba loca."

    Permanec hasta el amanecer, sin entender cabalmente

    qu me haba dicho y qu haca yo all.

    Conoc a Pichn Rivire en el taller del pintor Juan Batlle

    Planas. Seran las tres o cuatro de la tarde de un da sbado,

    en el invierno de

    1964,

    cuando apareci por uno de los pasillos

    un hombre muy delgado, de nariz fuerte, vestido con ropas

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    oscuras. N os pusimos a conversar. El tema fue Isidoro D u-

    casse: su poesa, su familia, su tragedia.

    Poco a poco cobr vida en m una impresin que corrobo

    rara numerosas veces: a pesar de su exaltacin. Pichn irra

    diaba una extraa paz; a pesar de su fragilidad, fortaleza; a

    pesar de su distancianento, una inmensa bondad.

    Tengo de l, en esa tarde, una imagen traslcida: la de un

    poderoso gallo de ria dispuesto, a medida que pasaban las

    horas, a lanzarse con el pico y las alas abiertas contra la

    oscuridad.

    Al cumplirse, en 1970, cien aos de a muerte del conde de

    Lautramont, organizamos con Aldo Pellegrini un acto de ho

    menaje. La noche de la celebracin, al salir de una galera,

    vi en medio de a avenida Crdoba a Pichn Rm ire. Haban

    pasado aos desde nuestro primer encuentro, y ahora estaba

    l, caminando vacilante, mientras Jos coches se acercaban a

    toda velocidad. Corr, logr tomarlo del brazo y arrastrarlo

    hasta la vereda. Pareci no extraarle mi

    actitud;

    me recono

    ci,

    me salud con afecto y se puso a Jiablar de sus estudios

    sobre la locura y lo siniestro en la poesa de Lautramont.

    A fines de 1971 muere Jacobo Fijman en el liospicio.

    Me cost volver all. Cuan do lo hice fue para descubrir parte

    de una realidad que haba mantenido relegada. Hasta ese mo

    mento mi visin del manicomio era la de un sitio trgico, s,

    pero donde era posible la existencia de un pensamiento original.

    El delirio, a brillantez, la poesa carnal de Fijman, lo superaban

    todo. Mi libro sobre nuestras conversaciones trata de rescatar,

    precisamente, esas verdaderas rfagas salvajes que eran su

    pensamiento. Muerto l, empec a descubrir que lo cotidiano,

    lo que prevaleca en aquel sitio, era la sordidez, la soledad, el

    hambre; la prdida continua de la identidad.

    Y

    que Fijman

    haba sido un caso excepcional, uno de los muy pocos con

    fortaleza para salvarse del mayor naufragio.

    Me puse e ntonces a trabajar en el hospicio. Registr y re

    copil, sin privilegiar, las distintas formas con que los internos

    se expresaban. Simultneamente, inici mis investigaciones so

    bre el funcionamiento de los mecanismos creativos. Para todo

    ello recurr a la gua y al apoyo de Pichn: tam bin en ese

    terreno del conocimiento haba sido un lcido adelantado.

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    mediados de 1974 Enrique Pichn Rivire es llevado,

    gravemente enfermo, al Hospital de Clnicas. Logra sob repo

    nerse; ello permite que, an internado, reiniciemos nuestras

    discusiones sobre el arte y la locura: un tema que nos apasiona

    y nos une a pesar de ciertas discrepancias.

    En la necesidad de profundizarlo, de saber mas sobre Pichn,

    y de m, nace la idea de este libro, que se concretara meses

    despus. A Pichn, su participacin, entiendo que le signific

    un desafo. El, hombre amante de la aventura, no poda dejar

    de aceptarlo.

    Estas conversaciones se convirtieron en una forma creativa

    de luchar contra su enfermedad y de enfrentar, posiblemente

    una vez ms y no la ltima, a sus

    fantasmas.

    Que conoce y

    domina, pero que siguen lo ha presentido acosndolo.

    (Cmo entender, si no. esos sbitos silencios de Pichn, ese

    llamado tcito a que no franqueramos ciertas zonas, de pronto

    su decaimiento o su tristeza y, de pronto, su exaltacin.. .)

    Pero debo reconocer que, as como l call algunas veces,

    tampoco yo pude franquear ciertas barreras. De all que pre

    guntas aue silenciamos frente al grabador afloraron en el mo

    mento de despedimos, como si hubiramos decidido mantener

    una zona en comn secreto.

    La mecnica de trabajo, en general, fue la siguiente: nos

    reunimos durante el otoo y el invierno de 1975, una o dos

    veces por semana, en sesiones (grabacin, com entario de gra

    baciones anteriores, bsqueda y lectura de libros y documen

    tos) que nos llevaban, a veces, exactamente cincuenta minutos;

    otras, especialmente los sbados, hasta cinco y seis horas.

    Estos encuentros adquirieron, paulatinamente, un esque ma

    invariable, casi de ritual. Yo concurra a su domicilio, que es

    a la vez su consultorio. Su enfermera me haca pasar; en se

    guida apareca Pichn, nos abrazbamos. Despus nos sent

    bamos frente a frente, yo de espaldas a su divn de psicoana

    lista (marrn, con extraas manchas que nacen a partir del

    desgaste del cuero y que, si son observadas, permiten descubrir

    un rostro casi perfecto de leopardo y junto a l un torso de

    mujer).

    Tambin hay en esa pieza varios cuadros. Uno es

    de Casimiro Domingo, a quien Pichn conoci en el hospicio;

    destaco esta obra porque simboliza, acaso como ninguna otra.

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    ese sentido de la vida y del conocimiento enespiralpor el que

    continuamente clama Pichn. Otro elemento significativo en

    aquel recinto son los libros y carpetas con papeles: sobre el

    escritorio, en el piso, cayendo de los placares, cubriendo, in

    cluso, las sillas. Ello des pierta una sensac in de

    caos