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John Steinbeck - La Perla

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«En el pueblo se cuenta la historia de la gran perla, de cómo fue encontrada y de cómo volvió a perderse. Se habla de Kino, el pescador, y de su esposa, Juana, y del bebé, Coyotito. Y como la historia ha sido contada tan a menudo, ha echado raíces en la mente de todos. Y como todas las historias que se narran muchas veces y que están en los corazones de las gentes, sólo tiene cosas buenas y malas, y cosas negras y blancas, y cosas virtuosas y malignas, y nada intermedio.»Si esta historia es una parábola, tal vez cada uno le atribuya un sentido particular y lea en ella su propia vida. En cualquier caso, dicen en el pueblo que…»

Text of John Steinbeck - La Perla

  • JOHN STEINBECK LA PERLA

    1

    CAPTULO I Kino se despert casi a oscuras. Las estrellas lucan an y el da solamente haba

    tendido un lienzo de luz en la parte baja del cielo, al este. Los gallos llevaban un rato cantando y los madrugadores cerdos ya empezaban su incesante bsqueda entre los leos y matojos para ver si algo comestible les haba pasado hasta entonces inadvertido. Fuera de la casa edificada con haces de ramas, en el planto de tunas, una bandada de pajarillos temblaban estremeciendo las alas.

    Los ojos de Kino se abrieron, mirando primero al rectngulo de luz de la puerta, y

    luego a la cuna porttil donde dorma Coyotito. Por ltimo volvi su cabeza hacia Juana, su mujer, que yaca a su lado en el jergn, cubrindose con el chal azul la cara hasta la nariz, el pecho y parte de la espalda. Los ojos de Juana tambin estaban abiertos. Kino no recordaba haberlos visto nunca cerrados al despertar. Las estrellas se reflejaban muy pequeas en aquellos ojos oscuros. Estaba mirndolo como lo miraba siempre al despertarse.

    Kino escuchaba el suave romper de las olas maaneras sobre la playa. Era muy

    agradable, y cerr, los ojos para escuchar su msica. Tal vez slo l haca esto o puede que toda su gente lo hiciera. Su pueblo haba tenido grandes hacedores de canciones capaces de convertir en canto cuanto vean, pensaban, hacan u oan. Esto era mucho tiempo atrs. Las canciones perduraban; Kino las conoca, pero saba que no haban seguido otras nuevas. Esto no quiere decir que no hubiese canciones personales. En la cabeza de Kino haba una meloda, clara y suave, y si hubiese podido hablar de ella, la habra llamado la Cancin Familiar.

    Su manta le cubra hasta la nariz para protegerlo del aire desagradablemente

    hmedo. Sus ojos se movieron al or un rumor a su lado. Era Juana levantndose casi sin ruido. Descalza se acerc a la cuna de Coyotito, se inclin sobre l y pronunci una palabra de cario. Coyotito mir un momento hacia arriba, cerr los ojos y volvi a dormirse.

    Juana fue hacia el fogn, extrajo un tizn y lo aire para reavivarlo mientras dejaba

    caer sobre l algunas astillas. Kino se haba levantado envuelto en su manta. Desliz los pies en sus sandalias y

    sali a ver la aurora. Al traspasar la puerta se inclin para rodear mejor sus piernas con el borde de la

    manta. Vea las nubes sobre el Golfo como hogueras en el firmamento. Una cabra se acerc a l resoplando y mirndolo con sus ojos fros y ambarinos. A su espalda el fuego de Juana llameaba lanzando flechas de luz entre las rendijas de la pared de ramaje y haciendo de la puerta un cuadro de luz oscilante. Una polilla lo atraves en busca del fuego. La Cancin Familiar sonaba ahora detrs de Kino, y su ritmo era el de la muela de piedra que Juana mova para triturar el grano de las tortas matinales.

  • JOHN STEINBECK LA PERLA

    2

    El alba llegaba rpida ya, un destello, un relmpago y luego una explosin gnea al surgir el sol del fondo del Golfo. Kino mir al suelo para librar sus ojos del resplandor. Oa el batir de la masa de las tortas y su aroma sobre la batea del horno. En el suelo las hormigas se apresuraban, divididas en dos castas: grandes y relucientes, pequeas y parduscas, mucho ms veloces. Kino las observ con la indiferencia de un dios mientras una de las pequeas trataba frenticamente de, escapar a la trampa de arena que una hormiga-len haba preparado para ella. Un perro flaco y tmido se aproxim y a una suave llamada de Kino se acurruc, coloc el extremo de la cola sobre sus patas y apoy delicadamente su hocico sobre una estaca hundida en el suelo. Era negro, con manchas amarillentas donde debiera tener las cejas. Aquella era una maana como otras y sin embargo perfecta entre todas.

    Oy el leve crujir de las cuerdas al sacar Juana a Coyotito de su cuna, lavarlo y

    envolverlo en su chal de modo que quedara muy cerca de su seno. Kino poda ver todo esto sin mirarlo. Juana cantaba en voz baja una vieja cancin que slo tena tres notas y, no obstante, interminable variedad de pausas. Esto tambin formaba parte de la Cancin Familiar, como todo. A veces llegaba a ser un acorde doloroso que pona nudos en la garganta, musitando: esto es certeza, esto es calor, esto lo es TODO.

    Al otro lado de la empalizada haba otras casas de ramas, de las que tambin sala

    humo y los rumores previos al desayuno, pero aquellas eran otras canciones, los cerdos otros cerdos, las esposas unas distintas de Juana. Kino era joven y fuerte y su cabello negro caa sobre su morena frente. Sus ojos eran clidos y fieros y su bigote exiguo y spero. Libr su nariz de la manta, porque el aire oscuro y venenoso haba huido y la luz dorada del sol caa sobre la casa. Junto a la cerca dos gallos se encaraban con las alas combadas y las plumas del cuello erizadas. Su lucha era torpe; no eran gallos de pelea. Kino los mir un momento y luego sus ojos se alzaron hacia una bandada de palomas silvestres que se dirigan hacia las montaas, al interior, recogiendo luz sobre sus cuerpos blancos. El mundo ya estaba despierto, y Kino se incorpor y entr en su choza.

    Cuando atraves la puerta, Juana estaba en pie, algo apartada del centelleante

    fogn. Devolvi a Coyotito a su cuna y empez a peinarse la negra cabellera hasta formar dos trenzas a cuyos extremos at dos cintas verdes. Kino se agach junto al hogar, extrajo una tortilla caliente, la moj en salsa y se la comi. Luego bebi un poco de pulque y dio por terminado su desayuno, el nico que haba conocido exceptuando los das de fiesta y un increble banquete de pastelillos que haba estado a punto de matarlo. Cuando Kino hubo acabado, Juana regres al fuego y desayun. En una ocasin haban hablado, pero no hay necesidad de palabras cuando se acta por hbito. Kino suspiraba satisfecho, y sta era suficiente conversacin.

    El sol caldeaba la cabaa, atravesando sus paredes discontinuas. Uno de los

    delgados rayos cay sobre la cuna de Coyotito y las cuerdas que la sostenan. Fue un instante en que dirigieron sus miradas a la cuna, y entonces ambos se

    quedaron rgidos. Por la cuerda que sostena el lecho infantil en la pared un escorpin descenda lentamente. Su venenosa cola estaba extendida tras l pero poda encogerla en un segundo.

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    3

    La respiracin de Kino se hizo silbante y tuvo que abrir la boca para impedirlo. Su expresin haba perdido el aire de sorpresa y su cuerpo ya no estaba rgido. A su cerebro acuda una nueva cancin, la Cancin del Mal, la msica del enemigo, una meloda salvaje, secreta, peligrosa, bajo la cual la Cancin Familiar pareca llorar y lamentarse.

    El escorpin segua bajando por la cuerda hacia el pequeo. En su interior, Juana

    repeta una vieja frmula mgica para guardarse del peligro, y, ms audible, un Avemara entre dientes. Pero Kino se mova ya. Su cuerpo atravesaba el cuarto suave y silenciosamente. Llevaba las manos extendidas, las palmas hacia abajo, y. tena puestos los ojos en el escorpin. Bajo ste, Coyotito rea y levantaba la mano para cogerlo. La sensacin de peligro lleg al bicho cuando Kino estaba casi a su alcance. Se detuvo, su cola se levant lentamente sobre su cabeza y la garra curva de su extremo surgi reluciente.

    Kino estaba absolutamente inmvil. Oa el susurro mgico de Juana y la msica

    cruel del enemigo. No poda moverse hasta que lo hiciera el escorpin, consciente ya de la muerte que se le acercaba. La mano de Kino se adelantaba muy despacio, y la cola venenosa segua alzndose. En aquel momento Coyotito, rindose, sacudi la cuerda y el escorpin cay.

    La mano de Kino haba saltado a cogerlo, pero pas frente a sus dedos, cay sobre

    el hombro de la criatura y descarg su ponzoa. Al momento Kino lo haba cogido entre sus manos, aplastndolo. Lo tir al suelo y empez a golpearlo con el puo, mientras Coyotito lloraba de dolor. Kino sigui golpeando al enemigo hasta que no fue ms que una mancha hmeda en el polvo. Sus dientes estaban al descubierto, el furor arda en sus ojos y la Cancin del Enemigo ruga en sus odos.

    Pero Juana haba cogido al pequeo en sus brazos. Encontr la herida ya

    enrojecida, la rode con sus labios, aspir fuerte, escupi y volvi a succionar mientras Coyotito chillaba.

    Kino permaneci en suspenso, su ayuda de nada serva, era un estorbo. Los gritos del pequeo atrajeron a los vecinos, que fueron surgiendo de sus

    casuchas de ramaje. El hermano de Kino, Juan Toms, su gorda esposa Apolonia y sus cuatro hijos se agolparon en la puerta bloqueando el paso mientras detrs de ellos otros trataban de mirar adentro y un pequeuelo se deslizaba entre las piernas de los dems para ver mejor. Los que estaban delante pasaban la noticia a los de atrs: Escorpin. Ha picado al pequeo.

    Juana dej de chupar la herida un momento. El orificio era un poco mayor y sus

    bordes estaban blancos por la succin, pero la roja hinchazn se extenda cada vez ms en torno suyo formando un duro bulto linftico. Toda aquella gente saba cuanto haba que saber del escorpin. Un adulto poda ponerse muy enfermo, pero un nio fcilmente poda morir. Saban que primero vena la hinchazn, luego la fiebre y la sequedad de garganta, despus dolorosas contracciones del estmago y por ltimo Coyotito poda morir si haba entrado en su cuerpo suficiente veneno. Los gritos del pequeo se haban convertido en gemidos.

  • JOHN STEINBECK LA PERLA

    4

    Kino haba admirado muchas veces la frrea contextura de su paciente y frgil

    mujer. Ella, obediente, respetuosa, alegre y paciente, era capaz de retorcerse, en los dolores del parto sin exhalar un grito. Saba soportar el hambre y la fatiga incluso mejor que el mismo Kino. En la canoa era fuerte como un hombre, y ahora haca una cosa del todo sorprendente.

    El doctor peda. Id a buscar al doctor. La demanda pas de boca en boca entre los que se amontonaban al exterio