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El maravilloso viaje de Nils Holgersson

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Selma Lagerlöf Ilustraciones de Thomas Docherty

Text of El maravilloso viaje de Nils Holgersson

  • Ttulo original: Nils Holgerssons underbara resa genom Sverige

    Traduccin: Matilde Goulard de Westberg (Planeta) De las ilustraciones: Thomas Docherty, 2008 De esta edicin: Grupo Anaya, S.A., 2008Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid

    www.anayainfantilyjuvenil.come-mail: [email protected]

    1. edicin, octubre 2008

    Diseo: Javier Serrano y Miguel ngel Pacheco

    ISBN: 978-84-667-5381-4Depsito legal: M. 38.434/2008

    Impreso en MELSACtra. de Fuenlabrada a Pinto, Km. 21,800

    28320 Pinto (Madrid)Impreso en Espaa - Printed in Spain

    Las normas ortogrficas seguidas en este libro son las establecidas por laReal Academia Espaola en su ltima edicin de la Ortografa, del ao 1999.

    Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra est protegidopor la Ley, que establece penas de prisin y/o multas, adems de las

    correspondientes indemnizaciones por daos y perjuicios, para quienesreprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren pblicamente, en todo o en

    parte, una obra literaria, artstica o cientfica, o su transformacin, interpretacin oejecucin artstica fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a travs de

    cualquier medio, sin la preceptiva autorizacin.

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  • Traduccin:Matilde Goulard de Westberg

    Ilustraciones:Thomas Docherty

    Selma Lagerlf

    El maravillosoviaje de

    Nils Holgersson

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  • I. El muchacho

    EL DUENDECILLO

    Domingo, 20 de marzo

    Haba una vez un muchacho que tendra unos catorce aos:era alto, desgarbado y con el pelo rubio como el lino. No ser-va para mucho: lo que ms le gustaba era dormir y comer y,despus de esto, hacer travesuras.

    Era un domingo por la maana y sus padres se estaban arre-glando para ir a misa. El muchacho se haba sentado al borde de lamesa, en mangas de camisa, pensando lo bueno que era que su pa-dre y su madre se fueran para hacer lo que le diera la gana duranteun par de horas. Ahora podr descolgar la escopeta de mi padre ydisparar un tiro sin que nadie tenga que meterse conmigo, se dijo.

    Pero fue como si el padre hubiera adivinado lo que pensaba, por-que, justamente cuando tena puesto el pie en el umbral de la puer-ta, dispuesto a salir, se detuvo y se volvi hacia l.

    En vista de que no quieres ir a la iglesia con tu madre y con-migo dijo, me parece que, por lo menos, puedes leer el sermnen casa. Prometes que lo hars?

    Bueno, s. Lo leer dijo el chico, que pens que no leera msque lo que tuviera ganas.

    Le pareci que nunca haba visto a su madre molestarse tanto. Enun abrir y cerrar de ojos fue a la estantera, tom el libro de sermo-nes, lo coloc en la mesa cerca de la ventana y lo abri por el sermndel da. Tom tambin el Nuevo Testamento y lo coloc junto al libro

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  • de sermones. Finalmente acerc a la mesa el gran silln de cuero,que haban comprado el ao pasado en la subasta de la Rectora yque nadie usaba ms que el padre.

    El chico se sent y pens que su madre se haba tomado dema-siadas molestias en preparar la mesa, porque l no pensaba leer msque alguna que otra pgina. Pero, por segunda vez, pareca que elpadre le haba adivinado la intencin. Se acerc y le dijo con voz se-vera:

    Ten cuidado de leer como es debido! Cuando vuelva te to-mar la leccin de todas las pginas y si te has saltado alguna no lovas a pasar bien.

    El sermn tiene catorce pginas y media dijo la madre, paracolmo. Ms vale que te pongas a leer inmediatamente si quieresque te d tiempo.

    Y, con esto, se fueron por fin. Pero al chico le pareci que habacado en una trampa. Ahora se van felicitndose de que han en-contrado una buena solucin, y yo tengo que estar aqu atado a lossermones todo el tiempo que ellos estn fuera, pens.

    Pero el padre y la madre no se marcharon felicitndose de nada.Iban bastante afligidos. Eran pobres gentes sencillas, caseras, y supropiedad no era ms grande que un huertecillo. Cuando se esta-blecieron en la casa no podan criar ms que un cerdo y un par de ga-llinas; pero eran personas laboriosas y hbiles y ahora tenan vacasy gansos. Haban progresado mucho, y se habran marchado con-tentos a misa aquella hermosa maana si no fuera porque estabanpreocupados por el hijo. El padre se quejaba de que era lento y pe-rezoso; no haba querido aprender nada en la escuela y apenas ser-va para algo ms que guardar gansos. La madre admita que eraverdad, pero lo que a ella la entristeca, sobre todo, era que el mu-chacho era indmito y malo, duro con los animales y malintencio-nado con las personas. Si Dios quisiera impedir su maldad y dar-le otra manera de ser! deca la madre. Si no, causar su propiadesgracia y la nuestra!.

    El muchacho se qued largo rato pensando si leera el sermn ono. Pero, al fin, lleg a la conclusin de que esta vez era mejor serobediente. Se sent en el silln y empez a leer. Despus de un ratode haber estado mascullando mecnicamente a media voz, el mur-mullo empez a adormecerle y not que daba cabezadas.

    Fuera haca el ms hermoso tiempo de primavera que se puedaimaginar. El ao no haba pasado del veinte de marzo, pero el mu-chacho viva en Vemmenhg, en la parte ms al sur de la regin deSkane, y all ya haba llegado la primavera. El campo no estaba to-

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  • dava verde, pero se notaban ya los brotes y haba una brisa fresca.Haba agua en todas las zanjas y acequias, y en los bordes florecaya el tusilago amarillo. Todas las hierbas que crecan sobre la cerca depiedra se haban puesto brillantes y haban tomado un tono marrn.El bosque de hayas, all a lo lejos, pareca que se haba hinchado y seespesaba por momentos. El cielo alto era de un azul puro. La puer-ta de la casa estaba entornada de modo que se oa en la habitacin elcanto de las alondras. Las gallinas y los gansos andaban por delan-te de la casa y las vacas, que sentan el aire de primavera dentro delestablo, mugan de cuando en cuando.

    El muchacho lea dando cabezadas y luchaba contra el sueo.No, no quiero dormirme, porque entonces no alcanzar a terminarde leerlo en toda la maana.

    Pero, de todas maneras, se durmi.He dormido mucho tiempo o solo unos instantes?, se pre-

    gunt al despertarle un ligero ruido que oy a sus espaldas.En el mismo alfizar de la ventana, frente al muchacho, haba

    un espejo pequeo y en l se reflejaba casi toda la habitacin. En elmismo momento en que el muchacho levant la cabeza, mir por ca-sualidad al espejo y vio que la tapa del cofre de su madre estaba le-vantada.

    La madre tena un cofre grande y pesado de roble con herrajes,que nadie tena permiso para abrir ms que ella. All guardaba todolo que haba heredado de su propia madre y lo cuidaba como a lania de sus ojos. Haba all un par de trajes antiguos de campesina,de pao rojo, con el corpio corto, la falda tableada y un broche enel pecho adornado con perlitas. Haba gorros almidonados blancospara la cabeza, pesadas hebillas de plata y cadenas. Actualmente lagente no quiere ponerse estas cosas y la madre haba pensado mu-chas veces en desprenderse de ellas, pero no se haba sentido confuerzas.

    El chico vea en el espejo claramente que la tapa del cofre estabaabierta. No poda comprender qu haba pasado porque la madre lahaba cerrado antes de marcharse. Era imposible que la hubiera de-jado abierta si el hijo estaba solo en casa.

    Se qued sobrecogido. Tena miedo de que hubiera entrado unladrn en la casa. No se atreva a moverse; se qued quieto, sentado,mirando fijamente al espejo.

    Mientras esperaba a que el ladrn apareciera, empez a pre-guntarse qu clase de sombra era la que caa sobre el borde del cofre.Miraba y miraba y no quera convencerse de lo que vean sus ojos.Pero lo que al principio era una sombra vaga empez a aparecer cada

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  • vez con mayor claridad y pronto not que era algo real. Y era nadamenos que un duendecillo, que estaba sentado a horcajadas en elborde del cofre.

    El muchacho haba odo hablar de los duendecillos, pero nuncahaba pensado que fuesen tan pequeos. Este que estaba all sentadono tena ms de un palmo de alto. Era viejo, con el rostro arrugado, sinbarba, y vesta un capote negro largo, calzones hasta la rodilla y unsombrero negro de ala ancha. Iba muy elegante, con encaje blanco enel borde de los puos y del cuello, zapatos de hebilla y ligas atadascon un lacito. Haba sacado del cofre una cofia bordada y la mirabatan absorto que no not que el muchacho se haba despertado.

    Este se qued completamente sorprendido al ver al duendeci-llo, pero no se puede decir que se asustase mucho. Era imposible te-ner miedo de alguien tan pequeo. Y como el duendecillo estaba tanocupado que ni vea ni oa, el muchacho pens que tendra graciajugarle una mala pasada: darle un empujn dentro del cofre y cerrarla tapa, o algo por el estilo.

    Pero en todo caso, el muchacho no era tan valiente como paraatreverse a tocar al duendecillo; mir alrededor para ver si en la ha-bitacin haba algo con que poder empujarle. Dej vagar la miradadesde el banco que serva de cama hasta la mesa plegable y desdela mesa hasta el fogn. Mir las ollas y la cafetera que estaban en elvasar al lado del fogn, el cubo para el agua junto a la puerta, el cu-charn, los cuchillos, los tenedores, las fuentes y los platos que sevean por la puerta entreabierta de la alacena. Levant la vista a la es-copeta que colgaba en la pared junto al retrato de los reyes de Dina-marca, a los geranios y a las fucsias en flor en el alfizar de la vent

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