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Francisco Rojas González logró llegaral fondo del pensamiento indígena ypueblerino hasta lograr recrearlo consencillez y emotividad, a pesar de untrabajo literario corto pero rico enmatices. Creencias y formas depensamiento de las diferentes etnias deMéxico se mezclan en su obra, lo quepermite conocer y llegar a comprendersu mitología y sus costumbres. El haberdesarrollado estudios etnológicos endiferentes partes de México le permitiótener un mayor conocimiento de lascostumbres indígenas lo que hizoposible que desarrollara mejor su obra,pero ni duda cabe que fue lasensibilidad para captarlas la queprovocó que su trabajo literario le

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permita estar entre los grandesescritores, no sólo de Jalisco, sino engeneral de la narrativa mexicana.

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Francisco Rojas González

Cuentos completos

ePub r1.0IbnKhaldun 11.01.15

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Título original: Cuentos completosFrancisco Rojas González, 1971

Editor digital: IbnKhaldunePub base r1.2

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… Y otros cuentos

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Atajo arriba

A J. de Jesús Ibarra,que bien sabe de estas cosas

ATARDECÍA. El atajo estrechoserpenteaba entre jarales. Las lajasblancas, pulidas, resbalaban barrancaabajo, hasta beber en el hilillo de agua

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zarca del arroyo.La cigarra decía la oración de la

tarde, y el mugir del toro en brama seestrellaba en la falda del cerro.

Y el atajo subía. Subía hastaperderse.

La senda blanca allá en la cumbrese tornaba en roja, teñida por los rayosoblicuos del sol que caía.

Amo y siervo toparon en un recododel atajo.

El primero jinete en noble bestiaalazana, de finos remos, mirada vivaz ygran alzada.

El segundo tras la yunta de bueyes,que rumiaban el cansancio y azotabancon la cola sus costados calvos por elincansable chuzo.

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—¡Buenas tardes le dé Dios alamo…!

—¿Cuántas veces tendré que icirteque desunzas en el potrero y cargues túsobre el lomo los aperos? ¡Mira cómoandan de estragaos los animales!

—Amo, cuando acabo debarbechar quedo tan cansado, queapenas aguanto el peso de la garrocha.¿Cómo quere su mercé que cargue concadenas, coyundas y yugos…? ¡Ah, sóloel que carga el avío sabe lo que pesa!

—¡Uy, pelao hijod’iun, como a tino te cuestan los bueyes, te importa uncanijo trabajarlos hasta que revienten!

—Amo, los bueyes tragan zacate yse hartan… Yo como gordas y no melleno, ni a juerzas… ¡Es tan probe la

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ración!—¿Conque probe, no? Pos traga

zacate como los bueyes. ¡Así te llenarásy reventarás en buena hora! ¡Magníficaescuela está haciendo el maistro delpueblo, tratando de convencer a ustedesde que son víctimas, de que están malpagados, de que son los explotados. Yaverás cómo el chivato no hace güesosviejos…! ¡Revoltoso maldito, yo meencargaré de que eche en olvido eso queél llama ideas redentoras… para eso esel dinero, y cuando éste falla, para esoson las balas! Y tú, desgraciao,arrodíllate. ¡Voy a enseñarte algo másefectivo que la doctrina de ese apóstolmuerto de hambre…! ¡Pero arrodíllate,grandísimo cabresto…!

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El patrón echó mano al machete. Suhoja chifló como serpiente y cayó rápidasobre las espaldas musculosas delgañán.

Un ronco grito repercutió en labarranca.

La cigarra cortó su oración.Los pájaros dejaron sus nidos y

volaron con todas las fuerzas de susalas.

Muchas lajas rodaron barrancaabajo lanzadas por las pezuñas delcaballo, o por los pies descalzos del«ajusticiado».

Después, sólo el chasquido de lahoja al pegar en los costados hercúleosdel peón y el piafar del potroenardecido.

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El campesino se dejaba azotar.Sobre él pesaba una tradición de

siglos: el respeto al amo. Una doctrinaabsurda. La sentencia urdida por loscuras: «… y jamás levantes la mano a tupatrono, que es la representación de ladivinidad en la tierra».

La tormenta de cintarazos caía sintregua sobre la espalda sangrante.

Rendido por el dolor levantó lacara quizá en demanda de perdón. Viocómo el sol enrojecía la cumbre de lamontaña. Sus rayos hirieron la pupiladilatada por el sufrimiento. En su rostroimpávido hasta entonces, se dibujó unamueca. La mueca trocóse en gestoenérgico, gesto estatuario; peroimposible de ser plasmado: el gesto del

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rebelde. Olvidó la vieja tradición. Tomóel machete por la hoja enrojecida con susangre y derribó de un tirón al jinete.

La hoja se volvió obediente.Sólo que esta vez no de plano, sino

de filo cortaba el aire y se hundía encarne blanca. Uno, dos, tres, diez,cincuenta… y muchos más furiososgolpes.

La mano poseída de un frenesí devenganza hirió, hirió, hirió, hasta dejarsobre el camino una masa informe queescurría tanta sangre, que la tierrablanca del atajo se hizo roja… rojacomo la cumbre de la montaña que teñíael sol poniente.

Las raíces de las jaras de la riberabebieron con fruición de sedientos.

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Desunció los bueyes.Tuvo para ellos un purísimo

pensamiento de libertad.Aspiró a pulmón lleno.Arado, yugo, coyundas y cadenas

se amontonaron sobre el cuerpodespedazado.

Arrancó un puñado de hojas dejara, limpió el sable con ellas y brincósobre los lomos del potro alazán.

Se fue cuesta arriba.

Los vecinos del rancho, al darse cuentadel crimen, fueron al lugar de loshechos.

Todos vieron que en la montaña,allá en la cumbre, un jinete rojo cruzaba

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frente al sol…Y cuando los «pelones»

preguntaban furiosos por el vil asesino,los rancheros encogiéndose de hombroscontestaban:

—¡Pos quén sabe, amo; se jue atajoarriba!

—¡Y se perdió en el sol! —agregaba el maestro del pueblo.

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Pax tecum

LA FRASE machacada llenaba todo mipequeño mundo.

—¡Es un hombre que por susbondades no es para esta tierra! ¡Se haentregado en cuerpo y alma a la causa deCristo! —decía la voz desdentada de ladirectora de mi escuela.

—¡Es en verdad un ministro deDios! —llegaba a mis oídos la voz

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tipluda de la maestra del sexto año.—¡Que Él lo tenga mucho tiempo

sobre la tierra, para bien de nosotros lospecadores! —terciaba la profesora demi grupo llena de erudición gofir,mientras movía coquetamente susinquietantes ojazos negros.

—¡Qué bueno es el señor obispo,señor San José lo cuide de tantos malescomo los hay en esta empecatada tierra!—murmuraba la vieja portera,signándose con sus dedos torpes ygruesos.

El hombre santo, el hombrebondadoso, el benefactor de la especieestaba al caer.

Mis deseos de conocerle hacíanque la fecha fijada para su arribo se

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alargara infinitamente.Los compañeros de escuela eran

más felices que yo: ya conocían alprodigio, «cuando el otro año vino abendecir el salón del sexto».

Ellos ya habían besado sus manos.El más afortunado en aquella ocasiónhabía tomado el lazo de su gran mulatordilla para que echara pie a tierra;estuvo cerquita de él cuando bendijo atoda la clase, que arrodillada recibía enplena nuca aquellos signos trazados enel aire con el garbo y la fe deltaumaturgo acreditado.

Un día me sentí impotente paracontener toda mi curiosidad.

El dicho de los muchachos que merodeaban no satisfacía ni con mucho mi

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afán de investigaciones. Necesitabasaber algo más del prodigio. Urgíafamiliarizarme con él antes que llegara ala escuela.

Por eso me atreví a preguntar a mimaestra:

—¿Cómo es el señor obispo?—¡Oh… es el señor obispo de una

sublimidad extraordinaria, su espíritusutil… su gran talento… su…!

—¡Bueno, maestra, pero yo quierosaber cómo es él!

—Así como te dije es él en cuantoa lo espiritual… Pero no me acordabaque tú no sabes de esas cosas… Encuanto a lo material es distinguidísimo:está en los treinta y tres, la edad deCristo precisamente… ¡Mira qué

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coincidencia! Es rubio, de ojos claros,pelo abundante, castaño claro,quebrado; alto su cuerpo; garboso suandar; dulce la mirada y una simpatíaque se desborda.

Al describir mi maestra al hombreextraordinario, movía sus grandes ojosnegros y relamía sus labios llena deentusiasmo.

Yo creí en el prodigio.Mi ansia crecía por momentos.

Llegué a no escuchar las clases sólo porestar pensando en el momento en quelleno de fe besaría aquella mano pálida,larga, distinguida… Aquella diestrallena de bendiciones, aquel miembrofamiliarizado con las consagraciones yoliente a incienso.

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Cuando nuestra profesora nosenseñó el himno que deberíamos entonara la llegada del superhombre, mivocecilla mal educada adquirió rarostimbres que me sorprendieron por lobello. Un calosfrío extraño corría por micuerpo, entornaba los ojos hasta llegar aun éxtasis que yo conceptuaba divino…¡divino, sin género de dudas!

Una mañana llena de sol, al salir demi casa para la escuela, mi corazóninfantil quiso salirse del pecho, cuandovi las calles del pueblo tan bienadornadas; festones de pino cruzaban deacera a acera, grandes banderastricolores colgaban de las ventanas; elempedrado del piso estaba cubierto conserrín pintado de verde; las muchachas

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ataviadas de lo mejor posible mostrabansu alegre sonrisa tras el férreo enrejadode sus ventanas. En fin, a mi pueblo lohabía cambiado la fe inefable de susmoradores. ¡Y la escuela! ¡Uf! Ésta síque estaba lujosa. ¡El colmo del buengusto! Desde el cubo del zaguán hasta elúltimo salón, todo estabatransformado… Al personal docentedaba gusto verlo: todos ataviadoselegantemente. Los grandes ojos negrosde mi joven profesora lucían más bajoaquellos rizos que eran resultado detoda una noche de tormentos por elestiramiento cruel de los«enchinadores».

Los muchachos no deslucíamosante el profesorado.

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La mayor parte fuimos bañados lavíspera del gran día y la escuela enteraolía a jabón de Zapotlán.

Cuando la esquila mayor fueechada a vuelo, encontró eco en todoslos corazones.

Era la señal de que el cortejo de SuIlustrísima se encaminaba a la escuela.

¡Qué espera tan larga, Dios mío!Por fin, tras de media hora de

penosa intranquilidad, el cortejo obispaldobló la esquina y llegó a la escuela.

Nuestro himno llenó las cuatroparedes del salón de actos. Losprofesores corrían de un lado a otropara colocarse finalmente en estrechavalla… y el cortejo precedido por SuSeñoría entró en el recinto.

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Nubes de humo perfumado y sonarde campanillas.

El obispo marchaba arrogante,sonriente, sus ojos azules se deteníanmirando a los presentes con ternurainefable. Su mano larga, fina, se posabade cuando en cuando sobre la mondacabeza de algún niño, que tembloroso defe alzaba sus ojillos rasos de lágrimas.

Por fin llegó al solio preparado exprofeso. Volteó hacia el público, alzó lamano y todos caímos de rodillas. Labendición episcopal llenó la gran sala ysin duda llegó hasta los curiosos queparados de puntillas veían tras de laventana.

Cuando levanté la vista confortadoya por el sagrado signo, vi que todos los

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presentes se encontraban aún postrados,con la vista baja; solamente allá lejos,mi maestra, erguida, bailaba más quenunca sus grandes ojos, tan grandes, queeran suficientes para contener toda sucoquetería.

Después los niños desfilaron uno auno; llegaban cerca del prelado, sepostraban devotamente y besaban llenosde unción el áureo anillo pastoral.

Me tocó mi turno. El corazón memartirizaba con su incesante traqueteo;llegué a las plantas de Su Ilustrísimaquien me tendió la mano larga, fina…Quise antes de besar la joya pastoral verde cerca el milagro de aquellos ojosclaros, tranquilos, llenos de misticismo,de divinidad… ¡Pero oh, aquella mirada

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dulce hacía poco, se había transformadohorriblemente! Ya no estaba perdida enno sé qué encanto celestial; suspárpados ya no caían llenos de beatitud,sino fijos en cierto lugar se clavabancomo puñales; el azul apacible setransformó entonces en un color aceradoque tenía extraños reflejos; su boca,poco antes risueña, se plegaba haciaadentro en un rictus indescriptible, surostro pálido, seráfico antes, secoloreaba ahora intensamente. Busquécon mi vista el punto en donde seclavaba la mirada del prelado, y topécon una estupenda pantorrilla de mijoven maestra, que con el pretexto dearreglar un adorno, trepó a una silla ydescuidadamente había dado una

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pequeña muestra de los encantos queguardaba tan secretamente.

Volví a ver al obispo. Su manosudorosa temblaba… no era aquelladiestra familiarizada con lasconsagraciones y olorosa a incienso; eraotra, era una mano pecadora. Cuando elobispo dijo el ritual Pax Tecum, su voztremolaba extrañamente.

La directora se dio cuenta de queyo en lugar de haber besado la diestraepiscopal, había hecho un gesto derepulsión y había bajado en carrera lasescaleras del solio. Tal conducta mevalió dura reprimenda.

La maestra de mi clase hablaba más

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seguido de las cualidades físicas delprelado que de sus virtudes espirituales.Cuando tocaba el punto bailaba susojazos y relamía sus pequeños labios.

Poco después, echando a meditar micerebro de chiquillo, llegué a laconclusión de que el hombre de los ojosde color de acero y mirada caprina nopodía ser diferente al dulce mitrado demanos taumaturgas.

Era el primer paso hacia la sublimeliberación del espíritu.

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Las Rorras Gómez

EL VICIO triunfaba dentro del estrechorecinto, cuyas cuatro paredes estaban apunto de volar por la fuerza expansivade una atmósfera capaz de ser tajada concuchillo.

Ríos de ponche de parrastransformaban los semblantes. Alterabanlos espíritus. Entorpecían las facultades.

La murga estruendosa hilaba la

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cadena de danzones y foxes.El jaleo botaba y rebotaba de pared

a pared.Las parejas en los pasillos

sincopaban el absurdo.—¡Cuéntala tú, a mí no me la van a

creer! —dijo dirigiéndose a mí lamesera que nos servía copas y máscopas.

—Sí, cuéntala —agregó vivamenteel amigo sentimental que habíaadivinado la tragedia en el rostroprematuramente ajado de la mesera, alque no lograban rejuvenecer ni losafeites baratos, ni el brillo artificial delos inmensos ojos claros, ni la sonrisatristona de aquellos labiosencarminados, que al plegarse dejaban

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ver una fila de dientes de oro verdoso afuerza de escasez de quilates.

—Bueno, pues, oído al parche —repuse antes de beber el último trago demi copa—. Esta mujer que ven ustedesaquí, es la Rorra, más bien dicho, unade las Rorras Gómez… Tiene unahermana gemela muy parecida.

»No tendré que asegurarles queallá en sus buenos tiempos era bella…bella de llamar la atención entre lasalteñas… ¡que ya era mucho!

»Las Rorras eran de las mejoresfamilias de Los Altos.

»Las Rorras eran las primeras enser invitadas.

»Las Rorras eran las másatendidas.

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»Las Rorras traían locos a losjóvenes de Pueblo Nuevo.

»Las Rorras por aquí…»Las Rorras por allí…»La otra Rorra era más alegre que

ésta, aunque menos bella.»Platicaba con su novio por la gran

ventana enrejada de su casa, hasta muyentrada la noche.

»¡Grandes bañadas de luz de luna!»Esta Rorra era muy rezadora.

Tenía novio; pero nunca se le vio en laventana.

»El año de 17, cuando donVenustiano juraba y perjuraba que elpaís estaba en paz, la región de LosAltos era azotada con terrible crudeza.

»José Inés García Chávez era el

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bandido que más daños causaba. PuebloNuevo, entonces residencia de lasRorras, fue un mal día señalado por elíndice nudoso del salteador. Sus hordas,obedientes hasta la ceguera, picaron losflancos de sus bestias. La apocalípticacabalgada se lanzó a la nueva aventura.

»Como las aguas de un mar que sedesborda, la hueste fatal dirigió susriendas hacia el indefenso pueblecillo,azuzada por el deseo de derribarpuertas, invadir casas, saquear templos,violar doncellas, matar, destruir y enborracha fuerza dejar tras su paso unhálito de exterminio.

»La racha chavista volaba hacia sunueva víctima, que confiada se dedicabaa cultivar sus campos, a cantar sus

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canciones y a admirar ingenuamente labelleza de sus mozas, entre las queocupaban envidiable término las RorrasGómez.

»Una bella mañana Pueblo Nuevofue atacado.

»Los vecinos se parapetaron en lasazoteas y detuvieron por instantes ladantesca avalancha.

»Pero los apetitos insaciados, lasaña feroz, el número, fueron factoressuficientes para hacer que los bravosvecinos se replegaran hasta la plaza,dejando heridos y muertos a muchosamigos, mientras por la calle real losbandidos ganaban palmo a palmo elterreno tan bien defendido.

»Después, el risueño campanario

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constituyó el último reducto.»Los disparos se hacían cada vez

más escasos, y la gavilla preparaba elsaqueo.

»García Chávez y los suyosconocían la fama de las Rorros Gómez.

»Por eso una veintena de greñudosse disputaban el paso del amplio portónde la casa que guardaba celosa losprodigios.

»La puerta saltó hecha pedazos porlas culatas de los rifles.

»Del campanario ya no salía ningúndisparo.

»La avalancha penetró sedienta delujuria a la casa de las Rorras Gómez…

»¡Y plancha! ¡No encontraron anadie!

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»Los bandidos se deshacíanbuscando dentro de los roperos; debajode las camas, tras las cortinas… ¡Ynada! Era tanta su excitación queolvidaron por completo la rapiña, puesropas, muebles y hasta alhajas estabantirados en medio de las piezas,ofreciéndose sólo por el trabajo deestirar la mano.

»—¡Ónde diablos se habránmetido!

»Los más desesperados se tirabande los pelos crespos y duros por elsudor y el polvo.

»Los más filósofos se dedicaban alsaqueo, suspirando continuamente por lomal que les había salido el plan trazadocon tanta anticipación y acariciado con

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tanto cariño.»Alguno dio con la bodega.»Todos fueron hasta allá, con la

esperanza de hallar entre las cajas y lossacos de grano el precioso botín.

»Pero de las Rorras, ¡anda vete!»Dieron con dos cajas de tequila.»—¡Pior es nada!»Y comenzaron a beber…»Y acabaron de beber…»Ya se disponían a abandonar la

casa, llevándose todo lo llevable,cuando alguien notó que se movía unladrillo en la pared del frente, pensó enlos efectos del tequila. Pero lo mismovio otro y otro, hasta que todos se dieroncuenta del fenómeno.

»Alguno tiró del ladrillo y lo

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arrancó.»Vio que lo que tenía en la mano no

era ladrillo sino una tabla pintada alcolor de la pared.

»Del hueco salió un grito quecorearon todos con alaridos de gusto:

»¡Por fin las Rorras Gómez…!»En efecto, allí estaban. Habían

sido emparedadas. Sus padresabandonaron la casa, dejando entre dosparedes a las hijas, acompañadas de suvieja nana. Admirable escondrijo que notenía más comunicación con el exteriorque el pequeño postigo que habíandescubierto los bandidos. Esta Rorraaquí presente, señores, fue la culpablede que los chavistas repararan en elescondite. Era tanto su miedo, que quiso

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atrancar con una larga vara el postigo.Pero sus nervios estaban tan excitados ysu mano temblaba en tal forma, que lapuertecilla comenzó a moverse, a bailar,hasta ser advertida por la cuadrilla.

»Lo que siguió pueden ustedesadivinarlo. La pared fue derruida. LasGómez fueron sacadas a empujones, yallí, sobre los sacos de grano, seconsumó el hecho… Primero uno,después otro, luego otro y otro y otro…todos, todos abrevaron en aquelloslabios que tantos sonrojos de envidiacausaban entre las alteñas.

»El general Diéguez rescató alpueblo.

»Su ataque por sorpresa impidióque las Rorras fueran llevadas por los

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chavistas a la sierra.»El pueblo entero lloró la

desgracia: ¡Tan lindas! ¡Tan bieneducadas! ¡Tan virtuosas! ¡Tan…!

»Cuando salieron del hospital deGuadalajara, a la otra Rorra la hizoformal su novio, dándole un nombrehonrado y llevándosela a su rancho, endonde ahora vive llena de hijos, gorda,descuidada y fea.

»Ésta no quiso volver a su novio.Se dio a la vida… ¡Aquí la tienenustedes de cuerpo presente!».

—¡Oye! —me interrumpió lamesera—, no has contado lo principal…¡Es que no lo sabes! Cuando yoatrancaba la puerta, no era el miedo loque hacía temblar mi mano… era que…

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¡Bueno, la mera verdad… mi novio eramuy tímido, ¿sabes?, y yo, yo tenía ganasde desmayarme entre los brazos de unhombre fuerte, fuerte…! ¡Y entre loschavistas había tantos hombres fuertes!… Por eso movía la puerta delpostigo… No era miedo… ¡Eran ganas!

Una carcajada se confundió entrelas notas del tango que moría pendientede la desdorada bocina del saxofón.

Mi amigo el sentimental bebió deun solo trago todo el ponche de su copa.

Y la Rorra Gómez tuvo esa nocheun novio más.

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No juyas, Nacho

1

—YA NO encuentro palabras, muchacho,para hacerte desistir… No es que no meguste la polla, ella es buena, pero supadre, mi compadre don Melesio, esmuy lambiscón… y por conseguir los

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favores del amo es capaz de cualquiercosa…

—Será lo que usté guste, padre,pero yo quero a Chole y ella mecorresponde… Y ya que usté no le ponea la muchacha ningún defeuto, qué meimporta a mí que los tenga el viejo donMelesio, si yo no me voy a casar con él.

—Mira, Nacho, tú estás muy tiernotodavía y no sabes nada del mundo. Lamuchacha es bonita, más bonita de loque debe ser la mujer del probe… Túconoces al amo. Ya sabes que él, cuandoestá de por medio una mocita fresca ychula, no repara en nada. Ayer, alpardear, venía yo de la tienda cuando tuChole estaba sacando un cántarorebosante del ojo de agua. D’entre los

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jarales, tal parecía que la estabaesperando, salió don Antoño, nuestroamo, y le quitó el mecate de las manos.El niño Toño, con un comedimiento raroen él, le ayudó a sacar el agua y puso elcántaro en el suelo, mientras decía algoa Chole. Ella, turbada, no atendía másque a taparse la cara con el rebozo. Endespués, la muchacha asustada seagachó, cogió el cántaro y echó a correrpor el camino, sin voltear a ver al niñoToño que se quedó riendo a carcajadas;pero viendo a la chamaca con la avidezde un chivo en brama.

—¡Pero…!—Cállate, Nacho, déjame acabar…

cuando tú vas yo ya vengo… Al amodon Antoño le cuadra tu novia, y si

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tienes en cuenta lo rastrero que es micompadre Melesio, verás que tu bodacon su hija es peligrosa… Tal vez tucasamiento es plan de don Melesio… Tequere de tapadera… y en lográndolo, yote aseguro que mi compadre es caporalen tres días después de la boda y que sucuenta en la tienda de raya desaparecepor obra de magia negra.

—Padre, mida sus palabras… Noofenda a mi novia, ella no consentirá.

—¿Y de qué sirve que ella seoponga, cuando están de por medio elamo y su padre, que es capaz decualquer mecada pa llegar a caporal?

—Pos oiga, mi siñor… Si sucompadre don Melesio y nuestro amo elniño Antoño se empeñan en hacerme una

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tantiada, yo le juro por los güesos de misanta madre que yo también soy capazde cometer cualquer mecada… y mesaldré con la mía.

—Hijo, no sabes lo que dices, aquén se le ocurre contradecir al amo.¿Qué no oyiste el sermón que dijo eldomingo el señor cura?

—¡El señor cura…! ¡Todos son lomesmo!

—¡Blasfemo! Arrepiéntete de loque dijiste, o Dios descargará sobre titoda su santa ira.

—¡Que me parta un rayo d’iunavez! ¿Cómo se ha de sulevar uno…? Nose contenta don Toño con la punta deviejas pintarrajeadas que trae del puebloa escandalizar en el rancho; siendo que

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pretende quitarnos a nuestras hembras…pa dejarlas después enfermas y cargandoa un ser miserable y sin padre. No, no lopermitiré… prefiero azotarme comovíbora en cualquer piedra del camino…¡Pero qué bruto soy…! ¡Como matarme,mejor será matar y huir, huir hasta dondeencuentre la justicia!

—¡Estás loco, Nacho; tendrás queandar mucho pa encontrar la justicia…porque ella vive lejos… muy lejos denosotros; está por allá donde el cielo yla tierra se juntan!

—¡Pues iré hasta allá, adió! ¡No!Aquí me quedo mejor. Tengo la justiciaal alcance de mi mano… y la haré, sí,¡la haré! Pero padre, no sea mala gente,vaya a pedirme a Chole, no sea que

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después se arrepienta; sea bueno, miviejo…

—Bueno, iré, pero conste, m’hijo,que yo puse todo lo que pude pa evitareste mal paso. Primero pasaré por micompadre Pantalión para que meacompañe al pedimento… ¡y que Dios teayude!

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En las eras los peones comentaban.—Pues ansí jue la cosa asigún

cuentan los enteraos: Dicen que Inacioal darse cuenta de que el niño Toño letrató del abandono a su mujer, y que elsuegro hacía el papel de intermedio

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entre su hija y el amo, se encorajinómuncho, y esperó al dijunto don Melesioen el Potrero del Palo Alto, y que luegoque lo vido venir, se le dejó ir con lacoa en la mano, le dio un guamazo conella en la cabeza y se la abrió en doscomo una calabaza sazona. A luegoNacho se vino al casco de la hacienda ycomo loco llegó a la casa del amo donAntoño y se puso a decirle insultos ymalas razones. Los de la acordada lorodiaron y lo encerraron en la troja.

—¡Probe Nacho, nomás a los dosmeses de casao le cayó el chahuistle!

—¿Y qué le irán a hacer?—Pos quén sabe, hoy viene el

destacamento por él… Yo creo que nollega vivo al pueblo.

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El amo en la casa de la hacienda gritabaenfurecido:

—Sí, teniente, yo les tolero todomenos que sean ladrones… A éste loagarramos con las manos en la masa…En el corral de la casa tenía enterradosdos azadones, unas coas y tres rejas dearado…

—Eso no es cierto —interrumpióChole—, yo vide cuando mi papa eldijunto las jue a enterrar… me dijo queno dijera, y yo no dije la mera verdáporque creyí que mi padre era el ratero,sin pensar que lo que querían eracreminar a mi Inacio pa llevárselo deleva…

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—Tú no te metas, chamacainsolente, ésas son cosas entre elteniente y yo —atajó vivamente elpropietario—. Pues sí, mi oficial, comoiba a usted diciendo… mi fielmayordomo, muerto ayer en manos deIgnacio, descubrió el robo y así me loavisó. Yo ordené que aprehendiera almalhechor y lo entregara a la justicia;pero fue antes vilmente asesinado porese muchacho que desde hace muchotiempo me había causado muchosdisgustos. Es muy rebelde.

—¿Y usté qué pide contra elasesino de su padre? —dijoestúpidamente el soldadón dirigiéndosea Chole.

—¡Pos yo nada; cómo quere su

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mercé que pida… él es mi marido, y alhacer lo que hizo, yo sé que alguna razóntendría…!

—Nada, teniente, sáquelo del trojey lléveselo al pueblo, ya sabe cómodebe tratarlo. ¡Usted a callarse,chiquilla chillona!

—Muy bien, don Antonio, sacaré alpreso y me lo llevaré… Lo trataré contoda consideración durante el camino…Pero no se le ocurra tratar de huir,porque entonces sí no tendré másremedio que echármelo al plato.

Chole sollozaba ruidosamente.—Bien, mi teniente, no pierda

usted tiempo, le deseo un buen viaje yno olvidarse de todas mis instrucciones.

—¡Pierda cuidado, patrón don

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Antonio…! ¡Con el permiso!

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Y en las eras seguía el comentariosusurrante.

—Dicen que le van a dar su leyfuga…

—¡Probe Nacho, ni quén le ayude abien morir…! —También van a quemarsu casa, ya le dijieron a su padre quesacara sus tiliches…

—Dicen que dejó cargada a Chole.—¡Pos probe güerfanito!

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Como nacida de un holocaustofantástico, la gran columna de humo sealzaba hasta el cielo. Era el jacal deNacho que ardía.

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Por el camino real, entre dos filas desoldados famélicos caminaba elnazareno de calzón blanco.

Antes de torcer el primer recodo,se escuchó la voz chillona de una mujer,que gritaba enloquecida:

—¡No juyas, Nacho… No juyas…!

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El loco Sisniega

TENÍA fama de muy rico… Y cuando seatrevía a cruzar la calle real, todas lasventanas se abrían de par en par ydejaban salir las caras larguiruchas,pálidas, de las mujeres que le veíanentre curiosas y asombradas:

—¡Quién lo diría… con esevestido pringoso, ese viejo sombrero debola y el bastón torcido como culebra,

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podría confundírsele con Pedro el ciegolimosnero…!

—¡Se está pudriendo en oro!—¡Ave María Purísima!—… y pensar que el buen padre

Lozano anda vuelto loco consiguiendodinero para terminar el templo de SanPedro…

Y don Antonio Sisniega seguíaarrastrando sus pesadas botas de cuerocrudío sobre el disparejo embaldosado.Tosía ahogadamente, ahogadamente,como si temiera despilfarrar la tos…Veía hacia abajo, hacia el embaldosadoy las mujeres seguían murmurando:

—Míralo; no levanta la vista portemor de que el sol desgaste loscristales de sus viejas antiparras…

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Y él seguía su camino apoyadosobre el mango grasoso de su bastón.

Los chicos que salían de la escuelale miraban medrosos; después,tranquilizados quizá por lamansedumbre de Sisniega, le gritaban enfalsete como queriendo disfrazar susvocecillas:

—¡Adiós, burro de oro…!—¡No te da vergüenza traer ese

saco que serviría de sudadero a unamula!

Y Sisniega seguía su marchatrabajosa, sin dar oídos a los gritos de lachiquillería.

En la puerta de la cantina había un grupo

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de vagos que festejaba las gracejadas deHilareis.

Hilareis era cargador de profesión;ingenioso de nacimiento y marihuano dealma.

Al reparar en don Toño, la tertuliainvitó a Hilareis para que por centésimaprimera vez repitiera el chiste yafestejado cien veces.

El cargador pidió tres centavos enpago. Algún espléndido le largó unquinto por falta de cambio.

Sisniega pasó arrastrando susanchos pies y ahogando su tosecilla. Elmarihuano se desprendió del grupo, sedestocó y con el raído sombrero en ladiestra hizo una ridícula caravana alavaro.

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Don Toño intentó sonreír.—¡Lo que usté guste dar! —dijo

Hilareis.Y el avaro emprendió la huida

tropezando con los ladrillos sueltos enla banqueta.

—¡Ya viene la bola, viejotacaño…! El Chivo Encantado seencargará de hacerte vomitar todo el oroque te indigesta —gritó Hilareismientras la carcajada de la tertulia hacíavolar a las palomas que se anidaban enel chaparro campanario.

Y por centésima vez el rostro dedon Toño se demudó, sus ojos sevelaron extrañamente y sus labiosgruesos y húmedos se plegaron paramurmurar una invocación cristiana, o

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para maldecir al marihuano.

En la tertulia de la cantina se hablabadel Chivo Encantado.

Sus hazañas de sanguinariocabecilla habían llenado de pavor a lospueblos del Bajío.

—En días pasados cayó a laHacienda de la Luz… dicen que se echóal administrador…

—Y en Santa Rita cargó con todaslas muchachas…

—Y tras de vaciar los trojes losquemó…

—Y que derrotó a los carrancistasen los llanos de Buenavista…

—Yo sé de muy buena fuente que le

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tiene ganas a este pueblo, porque diceque no pierde las esperanzas de ver asus soldaderas tapadas con los rebozosde seda de nuestras muchachas…

—¡Humm, ése no viene por losrebozos de seda; viene por las que selos tapan…!

—¡De esas pulgas no brincan en supetate!

—¡A poco tú serías el templadoque se lo impidiera!

—¡Pos pa mí que venga… Luegome doi di’alta y lo primero que hago esorear a todos ustedes pa limpiar elpueblo de vagos…!

—Tú cállate, Hilareis, ¿quién te vaa tomar en serio a ti?

—¿Quién? Ya verás cómo el Chivo

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me hace jefe de su Estado Mayor.

La gente acomodada salió del pueblohuyendo hacia la ciudad.

Los de la clase media buscaronrefugio en las casas de aspectomiserable.

Y los pobres siguieron siendo losresignados, los sufridos; ellos esperabanel fin de su destino, así lo presintieranterrible.

El presidente municipal era hombrebueno. Antes de dejar el pueblo decidióver a Sisniega para decirle de la

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vecindad del Chivo Encantado.—Usted debe salir, don Antonio. El

Chivo le exigirá un préstamo forzoso ycomo usted con toda seguridad se lonegará, entonces lo matará como unperro…

Y Sisniega cambió de color… Suslabios gruesos y húmedos temblaronnerviosamente, su mirada se hizo vaga yacabó por perderse tras los empañadoscristales:

—¡Si yo soy un miserable…!

El avaro quedó solo. Sus ojos brillaronextrañamente y se fijaron debajo de sucamastro. La angustia se pintaba en sucara rechoncha, la mandíbula se le

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desprendía y sus labios siemprehúmedos se recogían en rictus horrible.

Al otro día, al pardear, Sisniegadaba el primer viaje a las afueras delpueblo… Volvía con los pies enterradosy caminando cada vez con mayordificultad. Entraba a su casa y salía denuevo. Sus movimientos eran torpes,como si cargara bajo su capa dragona unbulto pesado y voluminoso. Seencaminaba hacia la estrecha calleja quele llevaba al llano, y su grotesca figuradesaparecía tras la alta tapia delcamposanto.

Seis viajes dio Sisniega. Elamanecer le sorprendió en el último.

Llegó a su casa con los zapatosllenos de tierra blanca, de tierra del

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camposanto.—¡Ya lo enterré —murmuró entre

dientes—, está debajo del álamo delpanteón… el escondite no puede ser másseguro!

Y sus ojillos brillaronintensamente.

—¡Viva el Chivo Encantado! ¡Queviva Villa!

El alarido imponente, seco, llenó lacalle real, siguió el eco encañonadohasta llegar al río. Allí el murmullomusical de las aguas ahogó el gritosubversivo.

Luego el rumor sordo que setransformó en un gran estrépito; era eltropel salvaje que pasaba sembrandotras sí la desolación.

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—¡Viva el Chivo… jijo…!—¡Sombra del señor San Pedro,

cúbreme…!Y el disparo a quemarropa; el

estallido hueco, el cuerpo fláccido quecaía y por último el jinete que huíamascullando un rosario de blasfemias.

Las puertas de la cantina fueron hechasañicos a golpe de culata.

La turba se precipitó al saqueo.Ríos de tequila, carcajadas

léperas… y la canción guerreraacompañada por alaridos salvajes:

… ¡correrán losarroyos de sangre,

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que gobierneCarranza, jamás…!

Afuera, en el portalito, la soldaderatendía el petate en que descansaríavencido por el alcohol y rendido ante lasatisfacción del apetito bastardo, elcuerpo contrahecho del fiero salteador.

Las calles estaban solitarias. Sólouna legión de perros husmeaba cerca dela enorme hoguera que chisporroteabaalegre, inocente, en medio del portal dela plaza de armas. Se había hecho leñacon las mesas de billar. El olor acre delbarniz se mezclaba con el de la cecinaseca y enlamada que chillaba al asarsesobre la hojalata de un bote de petróleo.

Un grupo de impacientes salió de la

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cantina y marchó impetuoso a la tiendaprincipal. Saltaron las puertas y lavoracidad de los bandidos no se contuvohasta que fue vaciada por completo.

El dueño imploró; pero fueconvencido con el elocuente argumentode una corbata de ixtle.

Allí quedó el buen comerciantedando flancos al aire, pendiente de unode los arcos del portalito.

La turbamulta se esparció por elpueblo. Después, disparos aislados,gemidos, gritos, súplicas, imploracionesy algunas casas que ardían comofantásticas piras, alumbrando al pueblodesolado.

En el portalito, la soldaderaroncaba, soñando en el rebozo de seda

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tantas veces prometido.

Solamente el sol no interrumpió su viejacarrera. Brilló de nuevo iluminando lasruinas del poblado.

Una columna de humo gris subía alcielo como plegaria de réquiem.

De los árboles de la placitapendían los cuerpos de los vecinos másconocidos.

En los prados, ayer llenos de floresy de fresco césped, los famélicoscaballejos pastaban filosóficamente,mientras algunos bandidos echaban almonte, bajo la sombra espesa de losnaranjos, buena parte del botín nocturno.

A los rayos tiernos del sol recién

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nacido brillaban los largos cañones delos máuseres japoneses.

Un grupo abigarrado de peladosenvueltos en jorongos marchaba rumboal panteón. Las estampas de la Virgen deGuadalupe, a la que el polvo, lasblasfemias y el olor de la sangrecoagulada no habían podido arrebatar elmilagro de su inefable sonrisa; la delDivino Rostro que gesticulabagrotescamente o la aliñada figurilla deSan Nicolás de Tolentino, que plegabasu boca con un gesto que tan bien podíaser de bondad como de estupidez,adornaban las copas de sus anchossombreros.

En medio del grupo se distinguía lafigura de Antonio Sisniega, que

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vacilante arrastraba sus pies enormes enel pedregal blanquecino.

—¡Todavía es tiempo, vale coyote,intriéganos la fierrada…!

—¡Yo salvaría mi vida sin fijarmeen un puñado de oro, pero…!

Y por la cara de Sisniega pasaba unvelo amarillento. Sus pasos se hacíancada vez más inseguros y sus labiostemblaban furiosamente.

Después su rostro se inmovilizaba.Su mirada se perdía, y los gruesoslabios siempre húmedos se pegaban,ahora secos, secos como las hojas quearrastraba el viento en las callejuelassombrías de los jardines del cementerio,cuyas tapias cerraban el paso a lacaravana.

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Luego el paredón, alto, lamoso, fríocomo las tumbas.

Sisniega fue obligado a pararsedebajo de un verde álamo. Sus anchoszapatones se sumieron hasta el tobillo enla tierra recién removida. Su cuerpo casidesmayado se recargó en la tapia.

—¡Señores, por piedad…!—Lo único que lo salvará es

decirnos dónde está el entierrito.Y ante el mutismo del avaro se

tendieron diez cañones de acero pulido.La polvareda lejana que se

acercaba de prisa hizo que los máuserescambiaran de mira.

—Muchachos, ái vienen loscarranclanes… ¡fuego contra ellos!

La descarga se perdió en lo más

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profundo de las bóvedas vetustas delcementerio.

Luego la carrera de los bandidoscon rumbo al pueblo.

Sisniega quedó en pie, recargadoen el muro alto y lamoso, sus anchospies se movían nerviosamente sobre elmontón de tierra blanca y floja. Sumirada se perdía como se pierde lamirada de los locos.

Los labios se humedecían, sedespegaban, se colgaban para dejar salirun hilillo de saliva viscosa que sederramaba sobre el belfo, como sederrama la baba de los idiotas.

Allá en el pueblo se oyó el gemirde la ametralladora y el roncar de latercerola. Por el lado contrario al

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cementerio apareció otra nube de polvoque se alejó rápidamente hasta perderseen las faldas de los cerros azules.

Los carrancistas recobraron laplaza.

Don Toño vagó horas y horas alrededorde las tapias del camposanto. Suszapatos se tiñeron cada vez más deblanco. Y cuando la tarde dejó su lugar ala noche, Sisniega dirigió sus pasoshacia las lucecillas del pueblo.

Entró por la calle real. Laparroquia de la cantina comentaba.

La presencia de Sisniega asombróhasta el pánico de los murmuradores.

—Pero ¿qué no lo fusilaron…?

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—¿Qué pasó, don Toño?—¡Cuéntenos!Y Sisniega cruzó vacilante, viendo

como ven los locos, babeando comobabean los idiotas.

Llegó a su casa y con el enormepaliacate limpió su boca… La oscuridadno permitía ver si sus ojos habíanrecobrado el brillo de los ojos de loscuerdos o si sus labios habían sonreídocomo sonríen los labios de los avaros…

Sisniega quedó loco. Así lo aseguran,cuando menos, las viejas que le venpasar entre compasivas y curiosas.

—¡Dios castiga sin palo nicuarta…! Míralo, dicen que del susto

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que le dieron los bandidos se volvióloco y que no sabe dónde enterró sutesoro.

—¡… Ave María Purísima…!—¡Y pensar que el buen padre

Lozano no ha podido conseguir dineropara terminar el templo de San Pedro…!

—¡Pobre, a lo mejor tienehambre…!

Y la mano caritativa ofrecía alanciano la jícara de leche blanca yespumosa… Él bebía con fruición, conansia, como beben los sedientos o losidiotas…

—Dicen que sus sobrinas estáninconsolables…

—Claro, como que ya perdieron laesperanza de la herencia…

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Y don Antonio Sisniega seguía sucamino, mirando hacia abajo, pero ahoraya no veía al embaldosado; ahoragastaba todo el aumento de sus viejasantiparras viendo sus pies deformes, malcubiertos por los zapatos de cuerocrudío que seguían blancos, blancoscomo la tierra del camposanto.

Los muchachos que salían de laescuela corrían hacia el anciano y leayudaban con todo comedimiento acruzar el empedrado olvidando que suviejo saco podría servir de sudadero auna mula.

Los vagos de la cantina tenían paraSisniega frases compasivas.

Una mano le tendía una moneda. Elanciano la recogía con un gesto de

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indiferencia.Hilareis, el cargador de profesión,

ingenioso de nacimiento y marihuano dealma, sonreía malicioso ante elperegrino sentimiento de caridad de losmurmuradores.

Sisniega pasaba tosiendofuertemente como si quisieradespilfarrar toda la tos que guardaba ensu garganta.

—¡El pobre loco…!Hilareis ocultaba su sonrisa

desmolada.Y el viejo volteaba por la calle de

su casa.

Un día, cuando don Antonio hacía

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chirriar los goznes enmohecidos de supuerta, la figura ridícula de Hilareis sele interpuso, le hizo una grotescareverencia, y díjole en voz alta y conacento intencionado, mientras lemostraba un puñado de tierra blanca:

—¡Mire, mi patrón, la saqué de lasraíces del álamo del panteón…! ¡Lo queusté guste dar…!

El anciano palideció, sus labiosensayaron una sonrisa, pero el rictus seequivocó horriblemente, y murmuró algoque sólo el cargador pudo escuchar. Lapuerta se abrió de par en par y entraronambos.

Al otro día Hilareis se compró ungran traje de charro y emborrachó atodos los murmuradores de la cantina.

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El padre Lozano todavía no reúne lasuma necesaria para terminar el templode San Pedro; pero las beatas hanperdonado a Sisniega.

Don Toño sigue arrastrando sus anchoszapatos de cuero crudío y nadie lecritica su saco pringoso, ni su bastóntorcido como culebra, porque susgruesos labios siguen escurriendo baba,y porque sus ojos miran como miran losojos de los locos.

Sólo Hilareis ha descubierto laforma de vivir bien sin trabajar.

Don Antonio Sisniega sabe lo caroque cuesta este secreto.

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El corrido de DemetrioMontaño

DEMETRIO MONTAÑO era un hombrehonesto. Por eso la comunidad agraria letenía gran confianza; además él habíasido, desde el glorioso 6 de enero de1915, quien más había propugnadoporque se dotara de ejidos a la ahorafloreciente colonia.

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Demetrio Montaño era bien querido yrespetado por los campesinos de laregión; por eso era odiado terriblementepor los terratenientes y sus secuaces.

Una madrugada Demetrio Montañose encontró en pleno camino, sobre loslomos de su retinto y portador de unpliego que lo acreditaba como delegadode su Comunidad ante la GranConvención Campesina que severificaría en la ciudad cercana.

Allí habló mucho: discutió,reprobó, aplaudió, hasta tener laconvicción de que había cumplido consu deber.

La última sesión terminó tarde. Lanoche estaba encima; pero Demetrio notemía a las sombras. El deseo de volver

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a ver a Chona, su vieja, y de acariciar asu abundante prole, le hizo pensar enemprender la caminata de regreso, apesar de que todos los cuates leaconsejaban que esperara la mañana,pues con eso de los cristeros el caminono era del todo seguro.

—¡No se exponga, compa!… ¡Ustées el que más debe cuidarse!

—¡Si cais en manos de loscristeros, ya hubo viuda…!

—Más vale que esperes la fresca.Pero él era porfiado.—¡Qué fresca ni qué nada… la

fresca tendrá que agarrarme llegando alrancho! ¡Vo’a mercar unos chuchulucos yal camino!

—¡Pos obre Dios!

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Lo dicho. El hombre espoleó el penco,¡y pa’l rancho!

Ya en camino, primero hizo pasarpor su cerebro todo el recuerdo de laúltima convención. Sus triunfosalcanzados en la tribuna le hicieronsonreír satisfecho. ¡Tendría mucho quecontar a sus representados!

Después entonó muy bajito sucanción consentida:

Que por ái dicenque a mí me robó el

placeray qu’esperanzasque la deje de

querer…

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Remolió mucho tiempo el estribillotristón.

A poco cabeceaba presa de unsueño pesado. El caballo, conocedor delcamino, marchaba con la rienda floja,metiendo con cuidado las manos antesde dar el paso. Demetrio confiabaabsolutamente en su bestia. Por esoacabó por dormirse.

De pronto su sueño fue turbado porun grito enérgico, seco, cruel, que lehizo echar instintivamente la mano a lapistola.

—¡Eh, no la saques porque temueres!

Cuando abrió los ojos vio sobre supecho muchos cañones de máuser.

—¡Bueno, pos ya no hay lucha que

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valga!—¡Grita Viva Cristo Rey, Demetrio

Montaño, o aquí estiras la pata!—¿Viva Cristo Rey? ¡Pos que viva

compadre… pero no a la manera deustedes que gritan Viva Cristo Rey yaluego luego empresta la pistola y dacael güey! —dijo todavía adormilado elagrarista.

—¡Nada de chanzas y choteos,apiate!

Montaño obedeció.—Ora echa los remos pa trás —

dijo autoritariamente el salteador,mientras se preparaba a amarrar lasmanos del campesino.

—Bueno, ustedes son cristeros oqué diablos.

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—No cristeros… semos soldadosde Cristo.

—¡Ah!—¡Bueno pero ultimadamente a ti

qué te importa lo que semos! Jálale condirección a Mirandillas, allí es elcuartel general… Tú, Prócolo, estira mibestia… yo remudo con la que traiba elcabecilla de los «agraristas» —dijo elcristero al terminar de echar el «ñudociego» en las manos de Demetrio.

La caravana abandonó el caminopara meterse en el monte.

La noche era oscura. El prisionerotropezaba con los terrones del barbecho.

Los cristeros se contaban chistessoeces que coreaban con carcajadasestridentes. Los que tenían más éxito

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eran aquellos que se referían alprisionero.

Cuando allá muy lejos se vio unalucecita, Demetrio Montaño ya no podíadar paso. Los pies llenos de lodo,inflamados, se arrastraban penosamente.Los salteadores se impacientaban, y confrecuencia medían las espaldas delagrarista con sus cuartas de cuerocrudío.

—¡No se me siente, siñor… que yahace harta hambre!

—Cuando lleguemos con NanaNacha le damos su taco, siñor«agrarista».

—¡Cómo taco… si acaso un tragodiagua…! ¡Pos si lo tráimos re bienrecomendo, home…! —decía el jefe de

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la cuadrilla entre zumbón y enérgico.Montaño no hablaba. Seguía

trabajosamente el camino, sudoroso,adolorido, sediento y apretando lasmandíbulas para evitar que saliera la«mentada» que ya jugueteaba a flor delabios.

Cuando llegaron al jacal, elprisionero se desplomó rendido a lospies de las bestias.

Los asaltantes desmontaron.Algún compadecido arrastró a

Demetrio hasta el tronco de un árbol.—¡Uy —comentó alguno—, lo

tratas como si juera señorita!—¡Quédense dos de vigilancia…

los demás entren a tragar! —dijo el jefe.Luego gritó—: Nana Nacha, Nana

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Nacha… ¡Aluego luego que nospreparen que comer, unos güevos, unpollito, cualquer cosa porque tráimosmuncha jaspia…! Tráimos el merogordo… lo agarramos como a unapalomita… ¡El gusto que le vamos a dara su amigo di’usted, a nuestro general!

—¡Agua! —se escuchó entre elpiafar de los caballos la voz ronca delprisionero.

—¡Sácale un jarro, Prócolo!Los cristeros duraron algunas horas

dentro del jacal. Afuera el prisionero,completamente agotado por la debilidady el cansancio, yacía tirado cerca delárbol, a cuyo tronco se anudaba la puntade la reata que sujetaba sus manos. Adiscreta distancia, dos centinelas no

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perdían de vista a su presa.Cuando ya amanecía, salieron del

jacal los salteadores. Habían bebidomucho, hasta embriagarse.

El jefe cristero de un puntapié hizovolver de su letargo a Montaño.

—¡Mejor dame un balazo en lamera chapa, vale… pa qué me hacensufrir tanto!

—Aguárdate, chato, nomásllegamos a Mirandillas. Allí te garantizoque estiras la pata.

Y siguieron el camino.Los caballos levantaban una nube

de polvo que cubría materialmente alagrarista que era casi arrastrado por elúltimo jinete.

Caminaron toda la mañana bajo los

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ardientes rayos de un sol de canícula.Poco antes de llegar a Mirandillas,Prócolo tuvo que echar al prisionero enancas. El cansancio lo había acabado.

Cuando Montado recobró elconocimiento, se encontró encerrado enun recinto oscuro, lóbrego y mal oliente.Como él conocía Mirandillas, antes deque los cristeros la hubieran hecho sucuartel general, no tardó en darse cuentade que una de las enormes trojes de lahacienda le servía de prisión.

Tendría dos horas de estar preso,cuando alguien le llevó algo de comer:frijoles, dos o tres gordas y un jarro deagua.

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Él dio cuenta en un instante de lacomida.

Se sintió mejor. Hasta llegó a creerque su situación era menos complicadade lo que antes suponía.

Trajo al recuerdo la ConvenciónAgraria. Casi sonrió cuando pensó en lomucho que hablarían de él los compasque le habían escuchado cuando«discursió» en la tribuna.

Su imaginación ágil volaba; en unsegundo cruzaba toda la distancia quetantas horas le había costado a élrecorrer. Llegaba al rancho, obsequiabaa los chamacos con los tiliches que leshabía comprado en el pueblo. Besaba aChona, su vieja; desensillaba su penco,echaba pastura a los bueyes; acariciaba

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a Coyote, su perro predilecto… ydormía muy tibio, cerquita, muy cerquitade Chona. ¡Por la mañana a barbechar,eso sí muy tempranito, porque ya habíapoco tiempo, las aguas estaban encima!

Lo trajo a la realidad el chirriar dela gran puerta de la troje. Ya era denoche.

La luz rojiza de una linterna lo cegópor momentos, hasta el grado de nodistinguir al individuo que la traía; peroa poco, ya acostumbrados sus ojos a ladulce penumbra, observó que unsacerdote ataviado con bonete, estola,roquete y sotana, se dirigía a élsonriendo beatíficamente.

—Hijo —dijo el visitantedulcificando su acento—, traigo para ti

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una dura noticia… ¡Se me hacomisionado para venirte a comunicarque el consejo de guerra te hasentenciado a muerte!

—¿Me han sentenciado a muerte?¿Pero qué consejo de guerra? ¿Por quécausa? —preguntó Demetrio alarmado.

—Se te acusa, carísimo hermano,de estar complicado con las maniobrasdel gobierno que es enemigo de estosseñores… han logrado comprobar que túfuiste el que hiciste que los demásagraristas combatieran a los que hoy tetienen en sus manos… Tendrás quemorir antes de que Dios amanezca.

—¡Es que yo, padrecito…!—No hay remedio, hijo mío, eleva

tus oraciones al Todopoderoso, para que

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te reciba en su seno. Yo estoy aquí paraprepararte una buena muerte… Diosmisericordioso sabrá perdonar todas tusculpas…

—Pero padre, esto no es legal,usted debería interceder…

—No es legal, efectivamente, hijomío… pero tú ya no estás en el caso dejuzgar las obras de tus semejantes, sinoen el penoso de pedir con todo fervor aDios nuestro señor el perdón de tusculpas…

—¿Pero cuáles culpas, señor? ¿Especado defender la tierrita que le da auno la vida? ¿Es punible, padrecito, elpelear contra los que quierenesclavizarnos como antes? ¿No eshumano que el peón de ayer aspire hoy a

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ganarse la vida más desahogadamenteque cuando se le pagaba una pesetadiaria por trabajar de sol a sol?

—Tienes mucha razón, hijito, perola Ley de Dios establece que siemprehabrá patronos y siervos… ¡Lo contrarioes ir contra la Santa Doctrina!

—¡Mentira, padrecito, para el buenDios todos somos iguales…!

—La explicación de la complejaciencia de nuestra religión es larga yardua… y siempre se aconseja que alhombre que está al borde del sepulcrosolamente se le ayude a bien morir…por lo demás tú no estás capacitadointelectualmente para entender ciertascosas… Efectivamente, para la infinitabondad de Dios todos somos iguales…

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pero allá en su Santa Gloria… ahora túno eres igual a los ricos de esta tierra…pero dentro de breves horas para ti nohabrá superiores ni inferiores.

—¡Padrecito, yo tengo hijos… poreso tengo miedo a la muerte!

—Una buena confesión te quitaráesos escrúpulos. Vamos a ver, dime,hijo, ¿es cierto que tú encabezabas a losagraristas que combatieron a estosseñores en varias ocasiones?

—¡Padre!—Sí, dile la verdad al padrecito

que viene a auxiliarte en los momentosque anteceden a tu fusilamiento… ¡Tenuna buena muerte, pecador! ¡Dile laverdad al padrecito!

—Bueno, padre, pos a usté se lo

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digo, porque sé que no se los va a contara los otros. Yo fui el que encabecé a losagraristas de mi región para lucharcontra los cristeros…

—¡Soldados de Cristo… noolvidar el nombre, hijito!

—… porque sabía que ellos eranaliados de nuestros antiguos verdugos,de nuestros viejos explotadores…mandando yo la cuadrilla derrotamos aestos señores muchas veces; porquesabíamos que no sólo no nos dejabantrabajar, sino que eran los principalesagentes de los ricos que los sosteníanprecisamente contra nosotros; porquepeligraba el bienestar de nuestrasfamilias, porque detrás del Crucificado,que deberían de respetar, escondían el

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puñal con que a la mala trataban de heriral probe; porque si llegaran a triunfar seacabarían las libertades… ésa es lamera verdad, padrecito, y no mearrepiento de haber metido a mismuchachos a la aventura, mucho menosde haber matado a tantos cristeros; cadauno que caía se me figuraba que era unpaso hacia la extinción de la fiera quetrataba de comernos…

—¡Ajá, muy bien. Recojoamorosamente tu última confesión,hijito! De esta boca no saldrá —dijo elcura sonriendo amablemente.

—¡Gracias, padre!—¿Conque tú fuiste el que derrotó

muchas veces a estos señores? Pues deesta boca no saldrá nada, ¿eh? Vamos

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ahora a preparar una buena muerte, queellos están muy disgustados contigo…vamos, hijito, sígueme con tu voz:

—¡Señor mío…!—¡Señor mío…!—… entrego mi alma a ti…—… entrego mi alma a ti…Y el eco retumbaba en la bóveda

enorme de la troje.—¡Arrodíllate, hijo!El preso obedeció.El cura echó mano al breviario y

leyó mucho en latín, bendiciendorepetidas veces al sentenciado.

—Dios te acoja en su seno, hijo…—Así lo espero.—Ahora reza un padrenuestro por

aquellos que van a quitarte la vida…

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Y Montaño, como un eco:—… y no nos dejes caer en

tentación…Siguió la lectura en latín. La voz

dulce del clérigo era escuchada por elprisionero como un lejano murmullo.

La oración final fue cortada porrecios golpes dados en la puerta.

—Hijo, ha llegado la hora…resignación y prepárate para entrar en elseno de Dios. ¡Prométeme que cuandoestés cerca de Él, pedirás por los queahora te hacen tanto mal!

—¡Lo prometo!—Salgamos, hijo.Salieron.Afuera los esperaba un piquete de

hombres bien armados.

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El cura y el sentenciado caminabanen medio de una fila de soldados.

Las mujeres del rancho seapretujaban para ver el paso del cortejo.

El padre cantaba con muy bella vozla letanía de todos los santos y llevabaen alto un crucifijo de acero.

El prisionero, atado codo concodo, marchaba con la cabeza caídasobre el pecho.

Cuando llegaron al paredón, elagrarista como un autómata se colocófrente a la línea de tiradores.

El individuo que daba órdenes sedirigió al cura y cuadrándosemilitarmente dijo:

—A sus órdenes, mi general…—¡Bien, dirigiré la ejecución —

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repuso el cura—; listos muchachos…preparen… apunten… fuego…!

Y la descarga acabó con DemetrioMontaño, el hombre honesto en el queconfiaban sus compañeros losagraristas, al que llevó a la tumba elderecho de defender la tierrita.

Después del tiro de gracia Prócolodijo al cura:

—¡Ah qué mi general…!—¡Qué quieres, hijo… de repente

echo de menos la profesión, siento raranostalgia de no ejercerla y sobre todohay que practicar de vez en vez, paracuando Cristo Rey vuelva a gobernar almundo…!

Mientras el cura desabrochaba elprimer botón de su sotana, el asistente

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arrodillado ajustaba un par de espuelasa los pies de su general.

Meses después, el mariachi hacíapopular en el Bajío el triste corrido:

Señores voy acontarles

l’istoria con grandolor

los cristeros nosmataron

al hombre de másvalor.

Lunes 15 denoviembre

del 26 que pasó,murió Demetrio

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Montañoel clero lo ajusiló.

Tierrita si’eres tanbuena

y sabescorresponder,

guárdalo amante entu seno,

que’l bien te supoquerer…

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Historia de un frac

1

VI POR primera vez la luz a través de laespesa niebla de Londres. En el taller deuna prestigiada sastrería de RegentSquare ocurrió con toda felicidad mialumbramiento. Fue mi padre un sastre

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rubio y menudito, de afectados andares yamanerado el decir; y mi madre, unapaliducha pespuntadora escocesa, demelena escasa, rubia y desteñida; buenacomo una porción de pan cocido y mássufrida que el alcalde de Cork; sushombros caídos revelaban el cansanciode su cuerpo casi envejecido por la duratarea de echar al gran mundo prendaselegantes, que servían para atavíos depríncipes y de cortesanos flexibles yaduladores. Es, pues, mi abolengo nobley aristocrática mi cuna. Gran número demis hermanos mayores han lucido enfiestas reales y en saraos luminosos laelegancia inconfundible de su línea, elsello peculiar y único de nuestro linaje;y de éstos, muchos, ante los ojos

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inexpertos o alucinados, han hechoaparecer, como el hábito de marras,monje al que no lo es. La sastrería deRegent Square, tiene el más grandeanuncio que haya soñado el mejorpublicista. La razón social que la gira,tras de abrir créditos a los amigos ybufones de la Corte, consiguió que éstosconvencieran a cierto príncipe quedeclarara mi casa su sastrería favorita,permitiendo que su augusto nombrefigurara en la placa metálica de lafachada:

PROVEEDORA DE LAREAL CASA

REGENT SQUARE

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Y cuando nuestro Real Cliente quisoarrastrar su hastiada excentricidad porel mundo, mi sastrería logró tener elúnico Real maniquí ambulante, viajandoen acorazado propio.

Esbozada ya a grandes rasgos migenealogía y la historia de la casaproveedora de la brillante CorteBritánica, con vuestro permiso, noblelector, proseguiré mi narración.

No bien mi padre me hubo dado laúltima puntada y mi dulce madre lapostrera mirada melancólica, fui llevadoante el modista en jefe, el técnico delcorte, la suprema autoridad de la línea.Era él un hombre bien entrado en loscuarenta; lucía reluciente calva y vestíacon lujo de buen gusto. Lo encontramos

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paseando de un extremo a otro delalmacén, viendo de rabillo para todoslados. Humildemente mi padre mepresentó con el jefe, éste se caló susfinos espejuelos montados en carey yoro y me examinó estrictamente.

Salí bien de la prueba, y hastaadvertí, ¡oh precocidad la mía!, ciertasonrisa de agrado y hasta algunasalabanzas por mi excelente factura.

Fui colocado en un maniquí, quizáhecho a imagen y semejanza del elegantecuerpo del Real Cliente, y luego, puestoen un sitio preeminente en el aparadorcentral. Mis hermanos menores Pantalóny Chaleco me acompañaban, y los treshacíamos un encantador conjunto, quepor su gracia y distinción merecería

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figurar en el guardarropa del Príncipeandariego.

En una luna de Venecia, puesta enun costado de la vitrina, se retratabanuestro conjunto impecable. ¡Quésapiencia y qué habilidad la de losautores de nuestros días! Porque habíaque ver la gallardía de nuestras líneas,que sin llegar a ridículas, tenían todo elatrevimiento amanerado con que secaracteriza el traje del aristócrata.

Desde el lugar de honor donde seme había colocado, dirigí una mirada ami rededor para conocer a mis amigosde escaparate. A mis pies, en unaconfusión bochornosa, cuellos deetiqueta se abrazaban impúdica ydescaradamente con corbatas de calle

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ligeras de cascos. Cerca del cristal, enelegante soporte de metal niquelado, unadocena de elegantes bastones de malacadormían con rigidez cataléptica.

A mi derecha, subido a horcajadasen un banco se encontraba un trajeridiculísimo. Desde que vi a tanrepugnante sujeto me chocó francamente.Figuraos, noble lector, si no era de darrisa la traza de mi vecino: su color eragris, de un tono sucio como el pavimentode la calle, o como las brumaslondinenses o como el «humor» un tantomelancólico de los citadinos. Sussolapas no eran de seda mate, y lo máscurioso… ¡lo increíble…!, ¡ji… jijiii…! —esta risa me resultó un tantovulgar; pero en demanda de perdón

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recurro a tu nobleza, caro lector—, ¡notenía faldones! Le miré de pies a cabezaconteniendo la risa, y él insolente eirrespetuosamente se atrevió a sostenermi mirada y hasta me hizo una muecaplebeya… Yo dignamente cambié lavista y lo dejé con un palmo de narices.¡Qué audacia, noble lector!

He averiguado que tan antipáticovestido —se me resiste decirle traje—se llamaba Vestido de Calle oAmericana por motete… En su nombrellevaba su historia… ¡Un hijo delarroyo!

A la derecha de la Americana,había un curioso individuo; él sí teníafaldones, pero su talle no estaba cortadoa picos como el mío, sino que desde la

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solapa —sin forros de seda mate, porsupuesto— hasta la punta de la cola, sucorte era una simple curva groseramentetrazada. Al mirar que yo me dignabaobservarlo, el excéntrico tipo me saludócon protocolaria caravana. En el actome di cuenta de que este traje sí sabía deetiqueta, o que, cuando menos, teníaalguna educación. In mente me figurémetido en aquel raro traje, al cuerpoentero de un profesor de matemáticas, oal del bilioso pastor protestante a lahora de oficiar. No obstante laurbanidad del tipo que describo, suaspecto general no era ni con mucho eldel aristócrata; tal vez había en élbuenas formas y hasta distinción; pero lefaltaba el «tic» de la elegancia innata.

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Este raro traje se llamaba Jacket. Es laprenda que usan los llamadosdemócratas cuando quieren, dentro de suaristocratofobia, ser diferentes al vulgo,sorprender a sus congéneres. En pocaspalabras, Jacket representa entre lostrajes el triste papel que la clase mediatiene encargado en la sociedad de loshombres, algo que no es nada aunquesiempre aspira a ser «algo», sin fijarseque su origen es de abajo, que su sangreno les ayuda porque es producto de esaclase humana llamada burocracia, castadesahuciada por los sociólogos de todaslas épocas.

Me pareció Jacket un tipo digno delástima y hasta llegué a pensar que seríamuy atinado que el personaje que me

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adquiriese lo comprase también paraobsequiarlo al Valet de Chambre o alMaestresala… ¡Se ve tan curioso Jackethaciendo caravanas!

A mi espalda se encontraba untrajecito de montar, Breech se llamaba.Me sonrió zalamero, yo recogí conprotector ademán su amable saludo.Pensé que una amistad con él no iría endesdoro de mi nombre y alcurnia, ya queesta prenda es también usada, aunque devez en vez, por la gente bien.

Hicimos amistad que llegó hasta elelevado grado de las confidenciasíntimas: mi amiguito llevaba dentro unahonda preocupación que siempre le teníaen lánguida melancolía. Cuando secercioró de mi amistad y protección

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sincera, resolvió referirme el motivo desus tristezas; el príncipe, nuestro RealCliente, se había caído del caballoalgunas veces, y estos accidenteshicieron de muy buen tono entre la élitelondinense tirarse de las monturas conmás o menos frecuencia, perjudicandograndemente a los atavíos hípicos.Breech me contó la historia de ciertopersonaje de la Corte que ganó laconfianza del príncipe, porque fue el queimitó con más perfección el décimoquinto Real Batacazo de Su Alteza, RealCaída que duró más de un año en bogaen los campos donde se practica el poloo la caza de la zorra… ¡Oh, qué futuromás accidentado espera a mi infortunadovecino…!

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Vivía contento en aquella vitrina.Las ingenuidades de mi amigo preferidoy las empalagosas cortesías de Jacketme divertían mucho. La única nube quese interponía a mi completa felicidadera Americana. ¡Vaya tipo malcriado!Cada vez que me dignaba voltear a verlo—esperaba que mi prestigio cada vezmás grande en el aparador le hubieracambiado—, lo sorprendía tratando deimitar caricaturescamente mis modalesdistinguidos… ¡Un día me hizo unamueca obscena! Si no ha sido por lassúplicas lacrimeantes de Breech, yo lohubiera invitado al campo del honor. Lascorbatas de calle y los cuellos deetiqueta continuaban con sudescabellado idilio, haciendo ruborizar

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con sus alardes amatorios a unasingenuas camisas que se contentaban conlanzar miradas melancólicas a unosguantes que llenos de spleen bostezabansobre la copa de un presuntuososombrero de seda. Los bastones demalaca seguían atacados de encefalitisletárgica… Y a propósito de losbastones… Breech me contó que estossujetos hoy rígidos fueron antes flexiblesramas de un exótico árbol del Oriente,pero que estaban bajo la influenciahipnótica de un sombrío faquirindostano… ¡Chismes cortesanos que nohay que tomar en cuenta, noble lector!

¡Cómo vuela el tiempo, my Lord…!¡Cuando menos pensó ya tenía unasemana de vida…!

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Una tarde me llamó la atención miamigo Breech sobre una rara pareja que,asomada al escaparate, nos veía confijeza. Era él un tipo rarísimo, bajo decuerpo, obeso, metido en un vulgarabrigo oscuro; usaba un sombrero defina calidad zambutido hasta las orejas,su corbata imita admirablemente lacombinación policroma del arco iris; unenorme brillante lanzaba destellosgroseros desde el dedo chaparro ytorpe… En fin, todo el aspecto de aquelsujeto lo denunciaba como unavulgaridad mal forrada de hombre. Perolo que más me llamó la atención fue sucolor… ¡Qué raro era, noble lector! Nonegro como el de los soldados de lascolonias africanas, tampoco bronceado

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como los rapsodas hindúes, ni parecíatostado por el sol como el de losmarinos australianos: era cobrizo, de uncobrizo tan raro… ¿Como qué…?¡Como un penique! La compañerallevaba un abrigo café. Sin duda que suconsorte quiso que trajera una prendaque armonizara con el color de su cara.Se tocaba con un sombrero verdeprimavera, que hacía con el caféchocolate del abrigo un contraste tancursi como el plumaje de una avetropical… Mi sonrisa mordaz hizo quelas miradas de la extraña pareja sefijaran más en mí. Conversaronbrevemente y entraron en la tienda…

Reíamos aún Breech y yo deaquellos dos ridículos, cuando un

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dependiente me quitó del maniquí y mellevó a la sala de prueba.

¡Qué sorpresa…! La parejaextravagante me esperaba. El hombre enmangas de camisa reía estúpidamente yla mujer se volvía loca viéndoseretratada en los cuatro espejos de lasparedes. A fuerza materialmentehicieron que el cuerpo de aquel sujetoentrara dentro de mí… Y, ¡adiós líneasatrevidas! ¡Oh, dolor!, ¡adiósamaneradas curvas…! ¡Con aquelcuerpo hasta la malla acerada deRicardo Corazón de León perdería susformas!

El dependiente se deshacía encumplidos:

—Vea usted, señora; qué cuerpo tan

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elegante le hace a su esposo este frac.Ni pintado podría quedarle mejor…¡Claro, como que es el último modelolanzado por su Alteza Real el Príncipede la Corona…! ¡Es cierto que estaprenda viste mucho; pero naturalmenteque en cuerpo tan bello como el de suesposo, luce armoniosamente y resaltasu elegancia…!

Y la mujer, como atontada, veía yreveía a aquel iguanodonte vestido deacuerdo con el capricho del Petroniocontemporáneo.

Él no opinaba. Su sonrisa seacentuaba… Su estupidez le hacía verseelegante.

Marido y esposa hablaron en unalengua extraña. Sin decir una palabra al

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vendedor, el hombre pagó mi importe.Antes de ser metido en mi caja, que

en estas circunstancias se me antojó miataúd, dirigí una última mirada alescaparate:

Breech lloraba. Jacket me hacía lapostrera reverencia. Las corbatas y loscuellos, temerosos de correr mi suerte,se abrazaban estrechamente. Losbastones de malaca permanecieroninmutables, rígidos. Los guantesestiraron sus dedos con un spleengenuinamente británico y Americanalanzó una satánica carcajada…

Mis compradores eran mexicanos.Próximamente saldrían con destino a supatria: México, lejano país lleno deleyendas doradas como las cumbres de

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las palmeras que besan los rayos de unsol de fuego.

2

Dejamos Londres, la Meca de losdandies y de los gentlemen. Cruzamosel Atlántico y llegamos al país de misdueños.

Mi propietario era diputado. Asíme lo informó el patriarca de suguardarropa, un viejo saco de drildesteñido.

Esta noticia me tranquilizó y quizáhizo renacer en mí un poco deoptimismo: pensé que en un paísdemocrático había caído precisamente

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dentro de su aristocracia. ¡Era natural!Mi destino era servir de atavío a unapersona notable, ya fuera un severo paringlés, a un miembro del Gabinete deFrancia, a un lánguido príncipebalcánico… o a un diputado mexicano.

¡Mas por desgracia qué equivocadoestaba al creer que mi sino me habíafavorecido! En México no hay más quedos clases sociales: la de arriba, esdecir la que forman aquellos que merceda la fortuna tienen dinero y queestablecen un círculo inexpugnable aaquellos que carecen de vil metal, y losde abajo, que forman un conglomeradopintoresco y abundante. En esta clasesecundaria se han refugiado muydemocráticamente burócratas y obreros.

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Esta gente, por razón natural, tratasiempre de cambiar su plano de vida eingeniándose en diferentes formasmuchas veces logran encaramarse;cínicamente se atreven a ocupar lugaresque sólo están destinados a las claseselegidas y opinan aun contradiciendo alos llamados a dirigir el mundo, a losselectos, a los aristócratas.

Por esto veréis, noble lector, queen un país de constitución tan peregrina,jamás podrá fundarse una nobleza, unacasta privilegiada, o cuando menos uncírculo selecto como se observa enFrancia…

En México no es extraño ver alsiervo de ayer convertido en el amo dehoy o viceversa.

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Al llegar a esta conclusiónpsicosocial, he pensado que mi dueño,el hoy diputado, ayer, quizá, era unsimple caballerango o palafrenero delque hoy es su chofer… ¡Oh, los paísesdemocráticos!

El patriarca del guardarropa me hatomado cariño. Desde el día en quellegué he procurado instruirme en losusos y costumbres del país, por él supeque en México el frac no es muy usado.Esta noticia me agradó. Mi vida seríacomodona y de poco trabajo y si nofuera porque mi habitación no era deltodo confortable, pues además deestrecha olía penetrantemente a naftalina(droga americana que suple al aseo y alcuidado en los roperos de muchos

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mexicanos), me hubiera consideradofeliz.

Esperando que de un momento aotro se le ofreciera a mi dueño un actooficial o alguna fiesta de sociedad dignade mi atavío, pasaron semanas, quizámeses…

Una noche fui descolgado ysacudido escrupulosamente. Me llamó laatención que en México los diputados nogastaran valet. Mi amo en persona measeó y arregló, poniéndome a horcajadasen el respaldo de una silla. Esperéintranquilo que mi dueño llegara delParlamento.

El diputado había engordado más.Fui testigo de la tragedia de mi hermanoChaleco, que no pudiendo abrazar el

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vientre hidrópico de su amo, fue abiertoa tijera por la espalda.

Yo me hice lo más elástico posiblepara no sufrir el tormento a que fuesometido el benjamín de mi dinastía.

Olvidé momentáneamente ladesgracia de mi hermano y me encaramécomo pude sobre los lomos del rollizopadre conscripto.

Ya ataviado mi dueño, se dirigiósonriente al espejo… ¡Dios mío, quédecepción…! ¡Qué tragedia, noblelector! El diputado tenía puesta unacorbata de estambre a colores rojo ynegro.

Me desmayé.Volví en mí cuando nos

encontramos en una sala alumbrada

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profusamente: a los lados había mesillasy las ocupaban mujeres que estaban muylejos de parecer damas elegantes, deesas nobles matronas que aún quedan enla sociedad mexicana; fumaban, bebían ytenían las piernas cruzadas en tal forma,que se les veía algo más de lo que lacoquetería elegante permite. Una músicaestrafalaria rompía el tímpano y algunasparejas, más bien que bailar, seestrujaban soezmente en medio de lasala.

Mi dueño se sentó cerca de una delas mesillas. Una mujer le echófamiliarmente el brazo al cuello.Bebieron, fumaron y hablaron una seriede vulgaridades salpicadas depalabrejas, que no deberían existir en el

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léxico de todo un señor diputado. Luegobailaron al compás de aquella músicasalvaje.

Cuando estaba la juerga en suapogeo, observé que de la mesa deenfrente se paraba un sujeto también entraje de etiqueta, y que se dirigió conpaso rápido al lugar donde nosencontrábamos. Después su ademán alarrancarse el pistolón, el gesto de surara descompuesta por el alcohol y laira y luego el disparo seco que retumbóen las cuatro paredes, como eco de unavoz aguardentosa que gritaba:

—¡Reaccionario, retrógrado,reeleccionista…!

La bala homicida atravesó misolapa izquierda. La sangre caliente

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bañó por completo el Chaleco y goteósobre el pavimento hasta dejar uncuajaron gelatinoso sobre el pisocubierto de confeti y colillas de cigarro.

3

Muerto el diputado, volví al ropero.Poco tiempo después éste fue vendido yllegué a ser colgado en una humildepercha a la que cubría una cortina detela floreada. Mi ama había cambiadode domicilio. Vivía pobremente.

Una tarde oí la siguiente pláticaentre ama y criada:

—Mira, Petra, busca entre lostiliches algo que se pueda empeñar —

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decía la patrona a la sirvienta.—Pos si ya no hay nada, niña, todo

lo mejorcito ha sido llevado alempeño…

—Pues busca, porque mañana notendremos para desayunar…

—Sólo que usté quiera que melleve la leva del amo —repuso lacriada.

Si el raído Patriarca no me da uncodazo, no me doy cuenta de que a mí serefería la conversación. Porque jamáshabía oído que se me apodara desemejante manera… ¡Leva! ¡Leva…!Ignorar cuál es el nombre de pila de undescendiente auténtico del Frac deBrummel, de una prenda salida nadamenos que de la sastrería de Regent

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Square, London, cortada por los sastresde la King’s Tailors of England RoyalAcademy. ¡Ignorancia supina la de larústica doncella!

Y así fue. Me separaron de mishermanos Chaleco y Pantalón, quienesalcanzaron gracia; el primero por teneruna enorme mancha roja de sangre y queel ama, por un escrúpulo explicable, noquiso que fuera a parar al empeño; y elsegundo, que fue a dar a manos… digo apiernas, de un hermano de la dueña, quea la sazón pasaba también por una duracrisis.

4

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Llegué al empeño envuelto en unperiódico. La criada me puso sobre laventanilla de revisión.

Un viejo malhumorado me extendiópara examinarme. El momento merecordó aquel otro feliz en que el censorde la moda, allá en mi querida Londres,alabó a mi fábrica y a mi fabricante.¡Mas qué diferencia de pruebas! En éstase me valorizaba como a una simplemercancía, como a una miserable prendade montepío, haciendo a un lado miscaracterísticas aristocráticas, y sintomar en cuenta mi alta alcurnia y minombre esclarecido.

Tras de haberme hurgado por todosmis rincones, el viejo bilioso gritó:

—¡Levita usada con portillo en la

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solapa…!¡Daos cuenta, noble lector! ¡Levita!

Hasta mi nacionalidad confundió esecretino…

—Tres pesos —dijo una voz alláadentro.

—¡Tres! —repitió secamente elempeñero.

—¡Que sean cuatro, fíjese que estaleva la trajo mi amo de por allá muylejos, creo que de España, dicen que esmuy fina…!

—Será, pero estas cosas sonchinches… Si no las compra un cómicode carpa o un transformista de la legua,nunca salen…

—Está bueno, démelos…¡Y me quedé empeñado! Fui

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clasificado con el denigrante título de«leva de casimir» y llevado a uncasillero que estaba enclavado en loshúmedos muros de un largo y oscurosalón. En una de las más altas casillasfui colocado. Antes se me doblódescuidadamente y en postura incómodaocupé mi nuevo alojamiento.

Por la falta de sol aquel bodegónera un refrigerador. El frío me congelabala médula de los forros en tal forma queempecé a temblar. En aquellosmomentos si mi voz hubiera sido sonoracomo la del hombre hubiera protestado agritos por tamaña injusticia… ¡Oh, simis ilustrísimos antecesores hubieranvisto cuál había sido el destino del másdesventurado de sus retoños, sin duda

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que esta decepción les hubiera costadola muerte nuevamente!

Sumido me encontraba en tan tristemeditación, cuando sentí que algo caíasobre mí. En efecto, una manta roja conanchas listas negras en los extremoshabía sido colocada en mi casilla.

—¡Buenas tardes le dé Dios a sumercé! —dijo la manta dirigiéndose amí.

—¡Muy buenas, buena manta! —lecontesté.

—¡Cómo manta! Cobertor diráasté, ése es mi mero nombre, paservirle.

—¡Mucho gusto! —respondílemalhumorado.

—¿Y dende cuándo está asté

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sudando, mi jefecito…?—No sé a qué os referís… Si

acaso sudar le llamáis a estar en esteinfierno, os responderé que apenas llevoaquí algunas horas; pero en honor a laverdad os diré que se me han hechosiglos.

—Hum… Que asté tan dialtiro, mipatrón, yo ya no cuento las veces que hecaído en este monte. Mi dueño me hatraído pa’cá un demonial de veces,nomás cada vez que se pone gis con lapalomilla de Las Glorias del Meco,aquella piquera pua’yá por el CampoFlorido, cuando los parsas le enjaretan ami amo cinco o seis catrinas del blancoy baboso «Ometusco», él nomás me’chauna vicenteada como diciéndome: «Ora,

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mi cuatezón, alístese pa’echar un sueñoen el monte»… y me trai pa’cá… Eso sí,nunca me deja aquí más de ocho días, encuanti recibe su fierrada el sábado,aluego se descuelga por acá y me saca…Aunque el lunes siguiente tenga queempeñarme de nuevo para festejar elpatrón San Lunes…

—Raro léxico usáis en vuestrapintoresca alocución —le contesté—,pero esta vez, mi buen Cobertor, debéisde felicitaros por haber llegado a esteafrentoso lugar y más debéiscongratularos por el afortunado hecho deser compañero de casilla nada menosque de un aristocrático Frac. Osdispensaré mi amistad, pero previa unacondición, y ésta es que vos, estimable

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Cobertor, sepáis guardar las grandesdistancias que nos separan… Algún díatendréis sin duda que necesitar de mí yyo os brindaré con placer toda miprotección…

—Oiga don Frá, yo quisiera sabera cuáles grandes distancias se refiereasté… si no estamos tan separados,¡adió!, pos si dialtiro estoy yo sobre sugüena persona.

Me indignó seriamente la necedadde Cobertor, y me callé.

Llegó la noche, los empleadosabandonaron sus trabajos y el empeñoquedó sumido en la oscuridad y elsilencio.

Amaneció; toda la noche la pasé envela, pues los ronquidos de Cobertor no

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me dejaron conciliar el sueño.Ya entrada la mañana, mi

compañero de casilla despertó.—Qui’ay, mi cuate, ¿cómo pasó

asté la noche? —me dijo por saludo…—Creo que habrá necesidad de

repetíroslo, mi linaje y nombre meimpiden tener confianza con la gleba,con la plebe, y de consiguiente, siqueréis mi amistad, no me deis elsoldadesco calificativo de «cuate».Llamadme señorito, como cuadra al fielsiervo llamar a su señor…

—¡Siervo!… Cuándo diablos meha puesto asté la cornamenta, rotoandrajoso… Orita asté y yo semosiguales, a los dos nos trajo la necesidadde los hombres, o a poco me presume

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asté de haber venido a veranear… Vinoasté como yo pa matar la pura hambre desus repretensiosos patrones… Pero leapuesto a que primero viene don Chemael Merenguero por mí que los patronesde asté se güelvan a acordar de su güenapersona…

—Ya os dije, y os lo repito porúltima vez, no me habléis más; entre yoy tú, miserable prenda, hay una grandistancia.

Cobertor no contestó.A poco sentí sobre una de mis

solapas de seda mate un sutil cosquilleo,una rara sensación, algo así comomenudísimos pasos de una cosa que semovía con dirección al ojal… Busquéasustado la causa de aquella molestia

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y… ¡Horror…! Vi a un pequeño bichoasqueroso y torpe que movía sus patasdesesperadamente, pero que no podíadar pasos porque sus extremidadesresbalaban en la superficie sedosa de lasolapa. Sentí calentura. Con un nudo enla garganta observé a aquel raroejemplar de la fauna mexicana. Erablanco como un grano de arroz, aunquemás chico en tamaño; cerca de su cabezacasi microscópica salían seis patasasquerosas, cubiertas de un vello rojizoy tupido. Su vientredesproporcionadamente grande teníamarcadas gruesas escamas que semovían como si estuvieran articuladasentre sí.

Si no hubiera pasado el incidente

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que antes refiero entre yo y Cobertor (apropósito me cito yo antes, pues noquiero, por una galantería que quizá élno comprenda, dar el lugar de honor enel escrito a un individuo sin nombre,dejando en sitio secundario el mío, cuyahistoria se empezó a escribir enpergaminos), le hubiera pedido auxilio;sin embargo, tal fue mi horror, que dirigíuna mirada suplicante a mi compañerode casilla… Éste soltó una carcajadacuartelera y me mostró diez o docebichos de la misma especie, que sepaseaban tranquilamente entre el tejidoburdo de su cuerpo.

—No tenga miedo, roto, son piojosblancos, no hacen nada… ¡Míreloscómo hacen circo! —dijo y no volvió a

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hablar más en todo el día.Ya no estuve tranquilo en mi nuevo

alojamiento… ¡Jesús, qué miedo! ¡Diosmío, qué horrorosos son los piojosblancos!

Llegó la noche. El velador pasótosiendo y arrebujado en su capadragona, dio una vuelta por el salón ysiguió su camino.

A media noche, mientras yo meencontraba sumido en tristes reflexiones,percibí cerca de mí un aliento tibio,húmedo y maloliente; después sentí unaterrible mordida. Grité fuertemente.Cobertor seguía roncando; sentímordidas por todas partes de mi cuerpoy pisadas de diminutos pies fríos comogranizos… Mi lado izquierdo, que había

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sido bañado por la sangre de mi amo eldía de la tragedia, era el que másgustaba morder a los roedores… Tras undolor terrible sentí que mi solapaizquierda era desprendida… Losafilados colmillos no descansaban en sucruel tarea. Grité más fuerte paradespertar de su plácido sueño a mivecino.

—¡Cobertor! ¡Señor Cobertor…!,¡querido amigo, socorredme, ayudadmecompañero…!, ¡quitadme estas fierasque me devoran…!

—¡Pero cómo, jefecito —contestóCobertor—, si nos separa una enormedistancia!

La escasa luz del amanecer espantóa las ratas.

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Ya de día he podido ver losestragos que los roedores han hecho enmí. Mis forros de seda mate handesaparecido; uno de mis elegantesfaldones tiene un amplio boquete y unterrible mordisco ha arrancado mimancuerna de botones… Creo que es laúltima mañana de mi vida… ¡Soy unguiñapo, noble lector! Creo que unmendigo se avergonzaría de mi atavío…

Siento morirme… ¡Soy un andrajo!Un empleado ha subido y bajó

consigo a Cobertor, sin duda que hallegado por él don Chema elMerenguero… No se despidió de mí;pero me miró con tristeza…

¡Ya es de noche! Siento que seacerca el tropel de ratas… ¡Me

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devoran…! ¡Qué aliento tan fétido…!¡Ay, cómo se encajan las uñas en micuerpo! ¡Ojalá que los piojos blancos secomieran a todas las ratas…! ¡Hoy irécon el Príncipe de Gales a una fiesta dela Corte…! No, no voy con él, porque elPríncipe de Gales es reaccionario…reeleccionista… ¡Estoy delirando!¿Verdad, ratas, que la sangre azul esdulce? Breech está llorando… Lacarcajada de Americana me hacedaño… ¡Americana se ríe de mí…!¡¡Ay!!, me han cercenado un brazo… esel izquierdo y…

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Aquí termina la historia de un frac,auténtico descendiente del de Brummel yde los del empolvado poeta cortesanoLord Byron.

Si no fuera anticuado y cursi, yaque el buen gusto, la elegancia y losfinos modales tienen principalísimospapeles en la narración, terminaría lahistorieta con un latinajo, que serviría ala vez de epitafio en la olvidada tumbadel noble Frac: ¡Sic transit gloriamundi!

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Huarapo

Afectuosamentepara Miguel Martínez Rendón

—¿VES? primero es huarapo… después,cachaza, luego melado, despuésmelcocha, por último piloncillo.

La voz de mi padre se oía entre el

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bufar de los émbolos.Me llevaba de la mano recorriendo

los departamentos del enorme trapiche.Su voz era insinuante. Se notaba a leguassu afán de enseñarme.

—Aquéllos son los moldes. Allíestán los peroles… esos hombresdesnudos son los batidores… tienen lapiel curtida, la cachaza hirviente no leslevanta ampollas.

Y pasaban corriendo cerca denosotros muchos hombres encueradoshasta medio cuerpo. Los calzoncillos demanta delgada se enrollaban hasta muycerca de las ingles. Sus plantasdesnudas, sudorosas, se estampabansobre el piso negruzco.

—Allá está el molino.

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Fuimos hasta allá.—Ésta es la caldera. Sigamos la

banda para que conozcas la muela. Te vaa interesar.

Y seguimos la banda.Mi padre hablaba; pero el ruido del

molino opacó su voz. En adelante nopude escuchar lo que dijo.

Llegamos a la muela.Medrosamente me apreté a sus

piernas. Dos enormes cilindros girabanuno sobre el otro. Diez peones, con susvientres protegidos por recios mandilesde cuero, alimentaban la gran máquina.Gruesos tercios de caña moradadesaparecían entre los dos cilindros,produciendo ruidos que daban calosfrío.Parecían quejidos humanos.

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Mi padre gesticulaba comoqueriendo comunicarme algo interesante.Yo entendí: quería que fijara mi atenciónen aquella enorme muela, en aquellamáquina gigante a la que no sé qué detrágico le encontré desde el momento enque la vi. Hice con la cabeza un signo deasentimiento. Mi padre se tranquilizó.

Dimos una vuelta alrededor delestridente aparato.

Por un costado salía el bagazocompletamente prensado. Muchoshombres cargaban con él y lo llevaban asecar hasta los enormes patios soleados.Por el otro lado una cascada de líquidozarco, delgado, corría haciendoburbujas.

—¡Ése es el huarapo! —gritó mi

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padre a mi oído.—¡Ah, el huarapo! —murmuré. Un

peón escogió para mí la caña más tierna.Me obsequió con ella y sonriótristemente cuando pasó la manaza torpesobre mi cabeza. Después me tomó porel hombro y me condujo a un lejanorincón de la fábrica. Allí apenasllegaban los ruidos; pero la muelagigantesca y sus operarios se veíanperfectamente.

Mi padre, recargado contra el murodescascarado, me dijo la cruel historia:

—Una mañana, cuando el trapicheempezaba a trabajar, Estanislao, el viejomayordomo, paseaba vigilante muycerca de la muela. El viento jugueteabacon las largas puntas de su jorongo

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pintado a colorines. En una de tantasvueltas el aire sopló más fuerte y laspuntas del jorongo de Estanislao fueroncogidas por los cilindros. La poleagiraba a toda tensión; el mayordomotrató en vano de quitarse el gabán; gritópidiendo auxilio; algunos corrieron ensu ayuda; pero la gran máquina se lotragó con la facilidad con que se tragalos tercios de caña morada.

»Cuando los peones rodearon lamuela, el huarapo se había convertido ensangre, y los bagazos salían revueltoscon carne molida. Algunos piadososrecibían en botes de petróleo lasentrañas machacadas. Pararon lamáquina; pero el huarapo enrojecido yahabía llegado al gran tanque de

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depósito.»El mecánico llevó la noticia al

patrón. Llegó jadeante a su presencia.»—¡Señor, algo grave aconteció en

la fábrica!»—¿Qué, otra flecha rota?»—No patrón, algo peor, una cosa

horrible…»—¿Se reventó la banda?»—No señor, Estanislao el

mayordomo fue remolido por la muela.»—¡Ah! —respiró. Agachó de

nuevo su cabeza para terminar el asientoque había empezado en el libro dedeudores.

»—¡Bueno, qué le vamos a hacer;Dios lo tenga en su gloria! Pero tú te hasquedado como bruto… ¡Qué esperas,

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vete… recojan los restos que salgan porla boca del bagazo… y que lo entierren!

»—Pero patrón, la sangre hallegado hasta el tanque de depósito, noha sido posible detenerla, yo…

»—¡Cómo! ¿Pero qué dices,animal? Que la sangre ha… ¿Sabes queese descuido me significa la pérdida detoda la molienda del día?

»—¡Señor…!»—¡Nada, ordena que sigan

trabajando! ¡Yo no puedo perder…!¡Vamos!

»Y vinieron ambos al trapiche.»Los peones permanecían aún

alrededor de la muela. Algunos sacabancon palas los despojos de Estanislao.

»—¡Probe Tanilo! —decían—, ¡y

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deja familia!»—¡Bueno, muchachos, a

trabajar… y sea por Dios! —dijo el amoal llegar.

»Los peones, aún con la terribleimpresión pintada en el semblante,fueron cada uno a sus puestos.

»—¡Vamos, echa la fuerza! —gritóel propietario. Y la polea giróarrancando a los cilindros su chirriarescalofriante. Por el conducto delbagazo salieron los últimos pedazos decarne machacada.

»Del canal del huarapo sólo saliósangre, que caía haciendo burbujas en elgran tanque de depósito.

»—¡Metan caña, plebe…! ¡Yo nopuedo perder! ¡Vamos!

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»Diez hombres, como ahora,alimentaron de nuevo la enorme muela,la caña morada salía convertida enbagazo y huarapo. El líquido zarco,espumoso, empujaba hasta el tanque elúltimo cuajaron de sangre.

»—¡Vamos, que no es posibleperder veinte arrobas de piloncillo poruna torpeza! ¡Que lleven luego esosbotes a la casa de la viuda para que elladé sepultura a su difunto…! ¡Peropronto, pronto, no hay que gastar eltiempo como quiera…! ¡Vamos!

»La gran muela siguió tragandotercio tras tercio de caña; de vez en vezsalía entre el bagazo algún guiñapo delgabán de colorines de Estanislao.

»Al otro día fueron diez peones en

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comisión a ver al amo. Lo encontraroncomo siempre echado sobre el libro decaja. Vio por encima de los lentes a loscomisionados; pero no les habló sinohasta que terminó su apunte.

»—¿Qué hay? —gritó secamente.»—¡Tío Tanasio, hable usté! —dijo

uno de los peones dirigiéndose al másviejo.

»—No, mejor Florentino, es el másletrao —contestó el viejo.

»Florentino, que había estado en elNorte y cuyo prestigio de “letrado” sefincaba sólidamente en el uso depantalones de mezclilla y zapatosanchos, se adelantó, y tomando susombrero por el ala lo hizo girar entrelas manos para decir:

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»—Bueno… yo y la compañíahemos sido mandados por los demáspara ver si usté le da algo a la viuda y alos chiquillos de Estanislao, la probe haquedado muy atrasada y…

»—¡Oh, no sigas! —dijo el patrónhaciendo un gran gesto de entendimiento—, ya sé lo que quieren… unacompensación. Eso lo aprendiste tú en elNorte, ¿no? Muy bien… ¡unacompensación! La hacienda sabrárecompensar ampliamente a la familiade su peón que muere en el trabajo. ¡Laviuda tiene derecho! ¡Tiene derecho!

»Tosió, y mientras se rascaba lanuca dijo al empleado del escritorio:

»—A ver, Casillas, déme la nota delas moliendas.

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»El empleado le entregó un libropringoso y de gran volumen. El patrón sesumió en un mar de sumas y restas.

»Después dijo, enseñando susdientes negros por el tabaco:

»—¡Ah, ja! Conque unacompensación… Muy bien. Mire,Casillas, ordene que le entreguen a laviuda el importe de media arroba depiloncillo, precisamente del que salióayer… En eso aumentó la molienda; litepor la sangre de Estanislao que pasóhasta el tanque del depósito… ¡Tienederecho la viuda…! ¡Media arroba!,¿eh? —y dirigiéndose a los peones—,muchachos: hoy les complazco porquequiero que esto les sirva de estímulo…¡Tú, Florentino, desde mañana te quitas

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esos pantalones y esos zapatos; huarachey calzón blanco es lo que aquí debeusarse; no quiero que hombres vestidoscomo tú andas me vengan a inquietar lagente…! ¡Si no te parece puedes largarteotra vez al Norte, y allá, si se te antoja,estira la pata para que te dencompensación! ¡Ahora a trabajar todo elmundo que la muela siempre estáhambrienta! ¡Vamos, vamos, no hay queperder el tiempo en cualquier cosa!

»Y los peones salieron con lacabeza inclinada sobre el pecho,arrastrando penosamente sus huarachessobre las baldosas del piso.

»Los arrieros de tierra fría, al pasar por

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el jacal de Estanislao, obsequiaron a laviuda con un puñado de piloncillo. Ellalo recogió en un paliacate y lo colgó enun rincón de su casucha. Debajo ardiómucho tiempo una lámpara de aceite.

»El cura vino a bendecir eltrapiche. Roció la muela con aguabendita, con mucha agua bendita… perono la suficiente para borrar las manchasque aún se ven cerca del canal delhuarapo».

—¿Conque no se te ha olvidado lalección?… ¡Vamos a ver!

—No, no se me ha olvidado,papá… primero es huarapo, despuéscachaza, después… después…

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Sed

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En el campo

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La restitución

A José Muñoz Cota

LA TARDE se enganchaba en los breñalesdel potrero; el crepúsculo, como unacortina bermeja, cerraba la escena.

Los hombres marchaban unos trasotros mudos por el cansancio,silenciosos en medio del piélago de la

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desesperanza. Sus huaraches sumíanseen el polvo rojizo del camino, mientrasla resequedad del otoño se les metíatoda por la boca, hasta hacerloscarraspear. El sol terminaba su jornada,escurriéndose como gota de metalcandente tras los picachos más altos dela sierra y los grillos hacían falsete a lacanción eterna de la campiña. Elcaminar de los hombres se prolongaba.Hacía dos horas que habían dejado enpaz la hoz y la guadaña y hacía doshoras, también, que habían emprendidoel regreso a sus hogares. El camino eralargo y aburrido. Segaban por entoncesel potrero del Gorrión, el más lejanodel casco de la hacienda. Los viejos lesaconsejaban, para hacer menos penosa

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la caminata, que cantaran a coro el«alabado» como ellos lo hacían allá ensus buenos tiempos; pero los jóvenes,pensando de otro modo, creían que valíamás mirar cara a cara a la angustia,espolearse ferozmente hasta hacer que labestiecilla hambrienta saltara el lienzoespinoso de los convencionalismos,para encontrarse en campo abierto yfecundo.

La noche se echó sobre ellos con lafiereza de un águila caudal. Las estrellasdescolgaban sus hilillos de luz hastahacerlos chocar en las aristas agresivasde los pedruscos; un conejo asustadolevantó al aire su rabillo blanquecino yse perdió entre los huizaches, presa depavor injustificado. Luego el ladrido

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agudo de un perro y las lucecitas queguiñaban tras de las paredes de tule delos jacales del rancho. Bajaba la últimacuesta el apretado grupo de campesinos,cuando un mocetón enorme y negro sepuso al habla con aquel otro larguiruchoy desgarbado que abría la marcha:

—Oye, Juvencio, ¿qué milagro queora no nos has discursiado deagrarismo?

—Es que vengo redengao, valeTacho, no me quedan alientos más quepa irme a tirar panza arriba en elpetate… Me eché solo dos tareas de jiloen todo el día.

—Pos ora que ya pedimos larestitución tú tienes que decimos muchascosas, igual qui’antes, no sea que se

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desavalorinen a l’ora de l’ora. Échalesotra habladita, ya sabes que todos hacenlo que tú les dices.

—Ya se las echaré, ya se las echaré—dijo con desgano Juvencio, mientrasapretaba el paso con dirección a sucasa.

Cuando el campesino empujó lapuerta de su jacal, sus tres hermanos,sentados en cuclillas en torno delmolcajete, comían a grandes tarascadaslas gruesas tortillas que salían de manosde la madre, la señora Pánfila, viejaseca y correosa como una garrocha deotate. El chisporroteo del fogón permitíaobservar aquella cara larga, defacciones durísimas, como labrada amachetazos en el tronco de un mezquite;

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sus ojos chiquitines veían viva einquietamente, como los de una ardillaacosada. Juvencio entró al jacal y fue abesar la mano que le tendió la madre.

—Buenas noches, madre —dijo envoz alta.

—Buenas, Juvencio, qué tal tejue…

—Buenas, muchachos —dijodirigiéndose a sus hermanos.

—Y de veras que hoy son buenas—contestó el chico—. No tienes másnuevas que ya llegaron los ingeñeros.

—Y traen —agregó otro— unantiojote con el que andan viendo lastierras.

—El amo está que se le puedentostar chiles en el lomo —dijo entre

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carcajadas el tercero.Juvencio no contestó, se dejó caer

sobre un banco y clavó su vista en lasllamitas azules y enrojecidas quedanzaban optimistas en medio del fogón.

—¿No cenas, hijo? Te tengo tresgordas de cebada con sal; ahoraamaneció el máiz tan caro, que no mealcanzó lo que había para comprarlo enla troja… Anda, cómetelas, nomás nobebas agua porque te atorzonas.

—No, madre, no ceno —dijo elmuchacho continuando en su extrañaactitud.

—Tú sí que eres chistoso, Juvencio—exclamó uno de los hermanos—.Cuando debías estar alegre porque tesalites con la tuya, te pones triste como

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perro atiriciado… ¿Pos qué pasa pues?—Es que está cansado —contestó

la madre, pasando su mano por lacabeza del hijo consentido—. ¿Verdá,Juvencio?

El muchacho no contestó.Entonces la vieja, un tanto

alarmada por la actitud del mayor de sushijos, sintióse en el deber de inyectarlealgo de su entusiasmo:

—¡Vamos ganando, hijos…! Por finla tierra volverá a ser nuestra. La tierradonde descansa el cuerpo de su padre;ese probe cuerpo al que le esprimieronTánima por tristes dos reales diarios…Los hijos de ustedes, mis nietos, lestendrán que echar muchas bendiciones,cuando dueños de una parcela no tengan

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que tragar cebada resquebrajada enlugar de máiz, qu’es la comida de loscristianos. ¡Vamos ganando, muchachos,y que viva la Revolución!, como dijoeste diablo de Juvencio el día de la juntacon el máistro de escuela —y sus puñosanchos y secos se alzaron al aire enademán imponente.

Juvencio dejó que su madreterminara de hablar, para ponerse de piey salir bruscamente del jacal, sin decirpalabra.

—¿Qué tábano del diantre habrápicado a éste? —preguntó la madre.

—Quén sabe —dijo uno de losmuchachos—. Como es tan atravesao, escapaz de irle a armar boruca a donDemetrio, que anda dizque encabezando

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a la guardia blanca del señor Manuel.—Vamos saliendo a buscarlo —

propusieron los otros dos.—No —dijo la madre

prudentemente—, no creo que miJuvencio sea tan atascao de ir a clavarseen las astas de un toro. A dormir todo elmundo, mientras yo levanto los trastesde la cocina.

Los tres muchachotes se echaron ensus petates, a poco roncabanestruendosamente.

La señora Pánfila terminó elquehacer de la cocina y cuando sedisponía a tirarse a dormir, escuchó enel corral cacarear a las gallinas y luegoladrar al perro muy cerca de la puerta.

—Es el coyote —díjose, y provista

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de una gruesa tranca salió decidida aescarmentar a la alimaña.

Quedo, quedito atravesó el corral yllegó a la cerca de nopales. Con la claraluz de las estrellas pudo distinguir a doshombres que hablaban. Llena decuriosidad se acercó hasta poderescuchar perfectamente.

—… y como te decía ayer,Juvencio… de fraile y viejo hay que óirconsejo… el amo don Manuel tealmira… Dice que tú eres el másentabacao del rancho y el único capazde mandar la guardia blanca…

—Yo no sé, don Demetrio, cómo elamo me manda estas embajadas. Él sabebien que yo jui el mero agitador; que yoempecé con el argüende del agrarismo.

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No puedo traicionar a la gente; no puedoporque todos tienen confianza en mí;hasta mi madre está alborotada con elreparto.

—¡Y qué con que…! Tú no ganarásnada el día en que les den la tierra acien pelaos mugrosos. A ti ni creas quete van a dar más que a ellos; te toca lomesmo que a todos: una rebanada detemporal, donde van a recoger puraszancas de pinacate. De otro modo túserás el mandón; tendrás caballos,tierras de riego a medias, ganado,armas, dinero… ¡Qué más queres! Yopor viejo no he sido el escogido; pero túsí tienes los requisitos para el caso.Anda, hombre, acecta siquiera pa que tumadrecita, la güena de mi comadre

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Pánfila, deje ya de trajinar; la probe estámás trabajada que una yegua en tiempode trilla y ustedes, los cuatrolabregones, no ganan todos juntos paponerle más que sea una criadita que ledé la mano.

El último disparo hizo terriblesdaños a la tambaleante fortaleza.Juvencio quedó mudo, con la barbaclavada en el pecho y removiendo latierra suelta con el huarache.

—Anda, resuelve luego —dijodulcemente don Demetrio—, porquedesde mañana vamos a empezar labatida de estos ladronzuelos…

Juvencio no levantaba la cara.—Vamos, hombre —dijo

terminantemente el viejo—, vamos a ver

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al amo. Tú serás el mandón de todosnosotros… Mañana los agarramosdesaprevenidos; nadie desconfía y poreso en tres patadas les vamos a dar sutierra… Sólo que en lotes más chiquitos:cuatro varas de fondo por tres de largo yen el camposanto, donde la tierra espuro tepetate —y tomando del brazo almuchacho, le hizo caminar como untítere.

La señora Pánfila volvió al jacal,apagó la luz y se echó en su petate.

A la media noche chirrió levementela puerta de la casucha para dejar pasara Juvencio; entró éste sin hacer ruido yse acostó en su rincón. La luna, a esahora en esplendor, metía un manojo derayos por el claro del techado,

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permitiendo que doña Pánfila viera elbrillo de las armas, que descansaban alalcance de la mano de Juvencio.

Al amanecer el muchacho selevantó sin hacer ruido; se fajó la pistolaa la cintura y abrazó el rifle para salircautelosamente. En la garganta de laseñora Pánfila se ahogó un grito.

Pasó un rato. Afuera los pájarossaludaban a la mañanita.

Luego, seis, doce, quince disparosque el eco engarzó como cuentas de unrosario. Después gritos destemplados,correr de caballos, blasfemias.

Doña Pánfila se retorcía en elpetate agarrada de su angustia.

Instantes después se oyeron gritoscercanos a la puerta de su jacal. Una

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avalancha de campesinos armados conhoces, azadones y coas penetró hastaadentro de la casa.

—¿On’tá Juvencio, señoraPánfila?, ¿on’tá?

—Venimos —dijo uno— a que nosdirija para acabar con la guardia blanca.Orita mesmo liquidaron ellos aFlorentino el Virolo, nuestroComisariado… No tenemos jefe,andamos sin cabeza… ¿On’tá Juvencio?

—Desde anoche —informó otroatropelladamente— sabíamos que estosperros andaban alborotados y velamoshasta orita; pero no pudimos empedirque se echaran a la mala al Virolo… ¿YJuvencio, señora Pánfila?

—Juvencio… Juvencio —dijo

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sordamente la vieja—. Tuvo que ir a laestación por unos jierros de losingeñeros… Él no está aquí; pero estánestos tres —y señaló a sus hijos—;llévenselos, llévenselos ustedes, de algoles han de servir.

Cuando la madre decía eso, ya lostres muchachos se habían incorporadollenos de bríos al grupo de agraristas.

—¿Y la guardia blanca on’tá? —seatrevió a preguntar la señora Pánfila.

—Juyeron los chivatos, comadre—dijo un viejo greñudo y feo—, juyeronpal agostadero, con rumbo a la casa dedon Demetrio, creo que allí se van ahacer juertes…

Y era vedad. La guardia blanca,después de asesinar al Comisariado

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Ejidal, fue sorprendida por loscampesinos que esperaban alertas laagresión; a su empuje dejaron el terrenoy para rehacerse o para quitar al patróncualquier responsabilidad molesta,optaron por huir.

Los pastales eran tan altos quealcanzaban a tapar a un hombre a pie. Elviento apacible de la estación rizaba,como si se tratara de una laguna, aquellallanada de zacate seco y amarillento. Enmedio del potrero estaba el jacal depaja del viejo Demetrio; allí se habíanparapetado los asesinos.

La turba agrarista se aprestaba alataque definitivo; todos los habitantesdel rancho se apelotonaban asustadizosy curiosos, dispuestos a no perder un

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solo detalle de la acción.En la mente de un estratega rural

relampagueó la idea diabólica: habíaque prender fuego por los cuatro ladosdel pastal; la casa de paja de Demetrioardería como yesca… «y de esta hecha—dijo el ocurrente—, no saldrán vivosni los zorrillos».

El plan fue recibido entre aplausosy alaridos.

De pronto salió de la multitud unhombre aguadísimo. Con la vozquebrada por la emoción, dijo a gritos:

—Un momento, señores, noprendan fuego al zacate; entre la guardiablanca anda Juvencio Torres, nuestroamigo, nuestro guía, al que debemos quehaigan venido los ingeñeros; el que

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pidió al gobierno que se nos devuelvannuestras tierras… ¡Un momento, noprendan fuego todavía…!

—Sí, que priendan juego al zacateseco, no faltaba más —dijo la vozcascada de doña Pánfila—. Mi hijoJuvencio Torres no está entre ellos, yales dije que ganó pa la estación estamadrugada… Jue por unos jierros queson menester a los ingeñeros pa empezarla tasajeada.

—Pero si Jesús el milpero lo vidocon sus propios ojos… Dice, por másseñas, que andaba en el cuaco tordillodel dijunto su padre…

—Pos Jesús el milpero mintió contodo el hocico —dijo resueltamente lavieja.

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—En sus manos está la vida deJuvencio, señora Pánfila… Diga laverdá, nosotros le perdonamos la falla asu hijo por lo muncho que hizo por lacausa…

—Priéndanle juego al pastal —roncó la vieja—, priéndanle ora quesopla aigre…

Y cuatro hombres se fueron pordiferentes rumbos, armados de teasincendiarias.

Pronto el pastal empezó a crujir y aencresparse presa de las llamas. Elcírculo de lumbre se iba estrechandopoco a poco en torno de la casucha dedon Demetrio. La lumbre bañaba elcampo fantásticamente; las ratas salíandespavoridas de sus cuevas; las

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serpientes abandonaban sus nidalesentre chiflidos pavorosos; el humo subíaen apretada y negra columna; una vacabrincó el lienzo dejando atrás a subecerro carbonizado. Los gorrioneshuyeron en bandadas y el ambientepronto se tornó espeso, pesado, comoalgo palpable. La ceniza arrastrada porel aire transformó en florones grises lascopas verduzcas de los árboles. Elanillo de fuego apretaba su radioviolentamente.

Algunos de los escondidos en lacasa de Demetrio salieron desesperadosal campo; allí se echaron de rodillas, ycon los brazos abiertos en cruz decían agritos oraciones y jaculatorias. Los ojosvivaces de la señora Pánfila en vano

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buscaron a su hijo; en su corazón sentíaun íntimo orgullo: su Juvencio era tanhombre que no sería capaz de salir ainspirar lástima o a que lo maldijeranpor traidor.

Inmóvil, recargada contra unmezquite, dejando que el viento ledespeinara las canas y paseando sumirada de ardilla entre las brasas quehicieron del potrero una ascua, asípermaneció la vieja hasta ver que elúltimo puntito rojo desaparecía entre lascenizas.

El hijo menor se acercó cariñoso ala madre; ella, viéndole la cararenegrida por el humo, tomó la punía deldelantal para limpiársela, mientrassecamente le largaba una pregunta:

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—¿No se les jue nenguno?El instante que medió entre la

pregunta y la respuesta fue para ella unsiglo.

—No, madre, todos murieronabrasados…

Pasó una turba de chiquillosmontando a caballo en cañas secas demilpa; el que hacía de «capitán» lanzócerca de la señora Pánfila un gritoestridente:

—¡Que viva el agrarismo…!—Sí, que viva —roncó la vieja

mientras tronaba sus dedos tiesos devejez—, que viva, aunque a susenemigos haiga que darles en la meramadre.

Luego mordió sus labios resecos

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hasta humedecerlos con sangre.

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El retorno

CAMINABA despacio, volteando a todoslados, como queriendo que el paisaje sele incrustara en los ojos.

Sus pies descalzos buscaban lospequeños islotes de tepetate para nomojarse en los charcos o en laspequeñas corrientes.

Cuando el «tren melitar» lo dejó enla estación más cercana a su lugarejo, élpensó que no era conveniente maltratar

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los zapatos de munición, ni lospantalones de dril, última dotación quehabía recibido como «juan» dado debaja.

Por eso se sentó sobre los rieles,quitóse los zapatos y los pantalones,enrolló hasta las rodillas loscalzoncillos de manta, desdobló elpaliacate y en él guardó cuidadosamentelas prendas de que se había despojado.Cortó un varejón que se echó al hombrouna vez amarrado el paliacate a uno desus extremos, y tarareando el estribillode una canción vaquera, empezó a andarpor los caminos enlodados.

Cuando divisó las primeras huertasde naranjos, las ventanas de su nariz seensancharon para captar todo el perfume

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de los azahares.Luego remolió el recuerdo:Por estos días —pensaba— ya

Nacha andará acabando de barbechar.Este año debe haberle ayudado mucho elchamaco que ya ha de estar grandote.Precisamente el día de San Blascumplió… ¿siete…?, ¡ocho años! Ya hade tener el endiablado los dientesanchotes y fuertes como becerro añejo.¿Y cómo estarán el ganadito y lasgallinas? Nacha para eso de cuidar losanimales es rete templada; pero si pasópor aquí la bola no quedaron ni loshuesos. Cuatro años hace hoy paraCorpus que recibí su última carta…¡Quién sabe desde entonces lo que hayapasado… aunque me da en el corazón

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que están al pelo! Porque aquí nadie semuere; a fe que en aquel Ocotlán o en laestación Ortiz, cuando la gente del«coche» Manzo nos bombardeó el trennúmero nueve, en donde iban lassoldaderas… ¡qué matanza…! Bueno, paqué acordarse de eso; ¡ya quedó tanlejos!

Cuando el perfume de los naranjosse hizo más intenso y a lo lejos escuchócantar al gallo y ladrar al perro, no pudocontener los deseos de correr. Y allá vabrincando charcos, enlodándose hastalas rodillas.

A la entrada del pueblo, junto alrío, se sentó unos momentos.

Vinieron entonces a su recuerdomuchas cosas gratas.

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Se lavó la cara, deshizo el bultodel paliacate, se puso los pantalones yse calzó con trabajo sus feos botines.Luego sacó del bolsillo un pedazo deespejo y un peine desdentado. Despuésse sintió bastante presentable.

Entró por la calle real marcando elpaso y con el pecho inflado.

Notó que los que le miraban no lereconocieron.

—Ya mi mujer hará que merecuerden los olvidadizos paisanos —sedijo.

De improviso, como si le hubierasalido al encuentro, dio con la puerta demadera de limoncillo que él mismohabía tallado. ¡Qué pronto llegó a sucasa! Le pareció que las calles del

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poblado se habían encogido, que lascasas se achaparraban y que los coloresde las fachadas eran sucios y pocobrillantes.

Su emoción le detuvo un instante.Tocó con los nudillos tímidamente,como si llegara de visita a una casa decumplimiento. Adentro ladró un perro.

—Es el Jicote —se dijo.Después abrió el portón una mujer,

que mientras secaba sus manos con elmandil, le interrogó:

—¿Qué hay, frastero?—¿Cómo frastero, doña Juana?

¿Pos qué ya no me conoce? ¿Dónde andaNacha?

—¿Nacha…? Ah, pos si eres tú —gritó la mujer—. ¿Luego no sabías?

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Hace más de dos años que se juyó conuno de los de la gente de Almazán. Sellevó con ella al chamaco. Yo le compréla casa y los tiliches.

Él sintió el pecho oprimido y porsus ojos pasó una cortina enrojecida.

—Pero… ¿Es cierto eso, doñaJuana?

—¡Y tanto… nomás pregúntalo entodo el pueblo…!

—¿De modo que yo ya no tengoderecho a nada de lo de aquí?

—La mera verdá… no. Pero sideseas al Jicote… ya está como yo,viejo y roñoso el probe. Antes seacordaba mucho de ti, cuando veía tustrapos chillaba… Ahoy, como ya estámás pa la otra que para ésta, no hace

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más que rascarse y gruñir como todoslos viejos. Si lo quieres, llévatelo…¡Jicote, toma, Jicote, ven a ver a tu amo!

Él amarró el cordel al pescuezo delperro y a estirones lo sacó a la calle.

—Adiós, doña Juana.—Adiós, muchacho… Te

acompaño en tu pesar… Aunque hayalgunas que no valen la pena.

Echó a andar sin rumbo fijo. Salióal campo.

Cuando el Jicote demostró sudesagrado con gruñidos, él se detuvopara dejarlo en libertad.

El perro quedó suelto y husmeó elterregal, luego alzó la pata para rociarcopiosamente un tronco de huizache ycon el rabo al aire, cogió un trotecillo

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por el camino que lleva al pueblo…Él echó a andar con rumbo a la

hacienda vecina en busca de trabajo.

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Sed

Al maestro Miguel O.de Mendizábal

1

—FALTAN ocho —dijo sombríamente elpastor a su hijo, tras de recontar lasovejas que se apretaban en el estrechocorral de varas.

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—A cuatro les quité el pellejo —contestó el muchacho señalando con sumano ensangrentada un bulto tirado a suspies.

—Entonces cuatro rodaron albarranco y allí han de estar infladas porel sol y la calor…

—Tres, padre, porque tambiéntraigo un par de criadillas que arranquéa un borrego cuando azotó endenantes,aquí, ya llegando a la casa. No truje lacarne porque jiede.

—¡Ocho ahoy, diez ayer, cincoantier…! Así la seca va acabando con elganado y con nosotros —murmuró elhombre.

Los animales balaban tristemente;algunos alzaban las cabezas husmeando

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con sus narices resecas, tratando demeter un poco de aire fresco en susentrañas adoloridas. Otros buscabandesesperados los brotes amarillentos delas varitas del corral; un borrego gordoy lanudo, el patriarca del aprisco,agonizaba con la cabeza clavada en elsuelo. Las crías golpeaban furiosamentecon sus hociquillos las ubres de lasmadres, pretendiendo extraer inútilmenteun poco de leche tibia de aquelloscolgajos endurecidos.

El sol, diríase inmóvil, noterminaba aún de ocultarse; colgaba deuna nubecilla escarlata y perezosamente,como cogido también por la modorra delcalor, pasaba lentamente por aquelcuadro de desolación: manchones grises

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de los chaparros, nopales ariscos, decarnes enjutas como de hombresenfermos; llanuras polvorientas; piedrasbrillantes, blanquísimas, como calaverasa flor de tierra; árboles rapados, con lasramas en alto, semejando queimploraban; raíces contorsionadas comoserpientes furiosas y, al fondo, lospuntillos amarillentos de los jacales, endonde la sed empezaba también aenseñorearse.

El hombre y su hijo hicieronrevisión de sus provisiones de agua; lesquedaban tres cántaros llenos hasta elcuello.

—Dos para las bestias y uno paranosotros —dijo el padre al muchacho.

Entonces echó mano a un cacharro

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y ordenó con los ojos a su hijo quecargara con otro.

Salieron del jacal seguidos de tresperros roñosos y enflaquecidos, queexigían parte del agua con gruñidosalarmantes.

—Dales un trago a los chuchos —ordenó el hombre—, no sea que lespegue el mal.

Ya en el corral arrearon a losanimales para que dejaran libre untrecho en donde maniobrar. En unapequeña batea vaciaron medio cántaro.El hijo, provisto de una vara, pretendiódejar pasar uno por uno a los animales.El plan dio buen resultado al principio:una bestia con los ojos saltones yjadeante sorbía dos tragos y el hombre

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la separaba de la batea con un fuertepuntapié a la cabeza; luego otra, luegotres, diez, veinte, hasta que todas seecharon sobre el muchacho burlando sucelo. La avalancha ovejuna dio contra lapequeña batea, derribando al hombreque maldecía entre los cacharros hechosañicos. Los animales, ante eldesperdicio del líquido, pegaban susbelfos en la tierra tratando de extraer unpoco de humedad.

—Apartemos las crías —gritóprecipitadamente el pastor—, porque silas dejamos adentro, las trilla el ganadogrande… Tendremos que dar a loschiquillos un poco de nuestra agua.

Y el muchacho fue separando losanimalitos y sacándolos del corral,

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mientras su padre retornaba con elcántaro lleno del agua que había sidoseparada para el consumo de loshombres.

—Ora sí, suelta uno por uno —dijoal muchacho.

Todas las crías dieron un trago deagua, apenas suficiente para remojarsela lengua y el gaznate.

Cuando regresaban al jacal, losesperaba un vecino de los que habitabanlas casuchas de cuesta abajo.

Era un viejo indio corto de cuerpo,de nudosa musculatura y picado deviruelas; las barbas ralas y canosasdábanle un aspecto respetable.

—He venido —dijo tras de saludarcortésmente— porque deseo decirles a

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los pastores jóvenes lo que deben haceren estos casos. Hace como treinta años,cuando el cometa grande, hubo una secatan fiera como ésta… Algo sacamos deella, siquera la esperencia: hay quetrasquilar la borregada para que tengamenos calor y no se redita, y antes deque el sol salga, llevarla a los lugaresbajos donde haiga sombra y tráirlos aencerrar hasta ya caída la tarde… ycuidado con el coyote o el tigrillo, ahoyandan las fieras que se las pelan por untrago, más que sea de sangre…

—Gracias, señor Alejo, así se hará—repuso con respeto el pastor—. ¿Noquere su mercé echarse un taco?

—No, voy de prisa, a darles miconsejo a los de cuesta arriba… Echa un

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trago de agua pa seguir adelante conganas.

Bebió un jarro lleno y salióprecipitadamente.

—¿Oyites al viejo? —preguntó elpastor a su hijo.

—Sí, padre —respondió elmuchacho.

—¡Pos a la obra! Arrima ráices yestiércol para hacer una lumbrada.Mañana deben amanecer todos losanimales trasquilados. Tú me los tráis yyo los rapo.

Cuando el sol, madrugador en estaépoca de año, se asomaba detrás de loscerros, ya el ganado descansaba debajode los sauces que crecían en lasmárgenes del río, ahora seco

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absolutamente.

2

En el jacal de los pastores, la lana cortay lacia se amontonaba en un rincón.

Ese día la sed se acurrucó en lagarganta de los hombres como arañavenenosa.

La mujer del pastor dijo: «Ya nohay ni pa los hijos…».

Él pensó por enésima vez en aqueljagüey de aguas verdosas que seencajaba en los terrenos de donCríspulo, el mestizo avariento; aquelque, cuando dejó de llover, habíacercado con espinas su laguneta de

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aguas represadas, temeroso de que lospastores llevaran a abrevar en ellas asus ganados. A medida que las lluvias seretiraban, el egoísmo del avarorecrudecía, hasta el grado de impedirque los hombres tomaran de sus aguas,aun para saciar las necesidadesindividuales.

Se decía que algunos habían sidogolpeados inhumanamente por elmestizo, o perseguidos por la jauríafuriosa, cuando trataron de llevarse uncántaro lleno con qué saciar la sed desus hijos.

El peligro de morir en manos dedon Críspulo detenía sentado al pastor.Los gemidos de sus hijos reclamabandecisión y valor. Él así lo entendió y

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como un autómata echó a andar.Afuera el calor era infernal. La luz

brillante salía despedida del terreno yentraba por las pupilas como un delgadoalambre al rojo blanco; luego parecíaque los rayos del sol se licuaban paraformar torrentes y ríos, que escurríanpor los bajos del terreno hasta ir aformar en el vallecito un pequeño marhirviente.

En torno del jacal los huesosblanquecinos del ganado sembraban elterreno. Un perro, bajo la pobre sombrade un maguey, trataba de espantar a lamuerte con aullidos. El enjambresembraba de puntitos negros la tierraapisonada del solar.

—Voy por agua al jagüey —gritó el

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pastor, mientras se echaba al hombro elúnico cántaro disponible.

—Cuídate de don Críspulo, porquesi te ve cogiendo de su agua es capaz dematarte… Échate unas piedritas a laboca, para que no se te acabe de secar.¡Desde aquí te bendigo! —contestó lamujer.

El hombre echó a andar por laestrecha senda. Las grietas de sustalones se dilataban y la sangre brotabaen gotas gruesas. Sus ojos abotagadospor la falta de lágrimas, parecíansaltársele. Las sienes palpitaban aldisparejo bombeo de un corazóncansado y a su garganta la sed hacía másestragos que la picadura de mil avispas.Entre lengua y paladar, jugueteaban

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algunas piedritas «chinas» que seclavaban en la carne tierna de lasparedes bucales, procurando excitar lasalivación.

Tambaleante subió por la ladera dela loma. Desde la cumbre, pudo ver lasuperficie inmóvil del jagüey.

Arrastrándose para no sersorprendido por don Críspulo, llegóhasta el cerco de espinas. Pronto dio conun portillo abierto por las trompas delos cerdos dañinos, que de nocheburlaban la constante vigilancia delmestizo. Por allí se escurrió. Ladistancia entre el cerco y el agua lepareció enorme. Llegó a orillas del vasode aguas verdes, tiró el cántaro contra laarena y se arrodilló para agachar la

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cabeza y pegar su boca en la superficie.En su cuerpo hubo un calosfrío que lehizo sacudirse.

Cuando el primer trago de aguagruesa y caliente pasaba por su boca,escuchó un fuerte estallido y al instanteun golpe atroz en su costado, volteó lacara y empujó su cuerpo con los brazos.Tras una cortina enrojecida distinguió lasilueta de don Críspulo. En sus manoshabía una escopeta humeante.

Luego, un hombre que azota en laarena llena de destelleos y que se debatecomo ave descabezada. Sabor acre en suboca, sombras que caen como telonessobre la retina, oscuridad, inconscienciablanda, sedante, pía…

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3

Sobre dos tablones gruesos ydespulidos, el cuerpo atormentado seretorcía en infernales dolores. El olordel yodoformo penetraba por los porosdilatados de su nariz y trepaba hasta elcerebro. Sus ideas eran hediondas ycontrahechas. La garganta resecachillaba como un gozne sin aceite.

Sobre la cabecera del camastro,una ventana enrejada, como de presidio,daba al campo.

Una mujer indígena que hacía deenfermera, paseaba de un lado a otro dela sala, viendo de reojo a su únicopaciente.

Los quejidos llenaban el recinto,

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hasta no tener cabida entre las cuatroparedes y desbordarse por la puertacomo una corriente de espesa lava.

—¡Agua, madrecita! ¡Un trago deagua, por sus muertos, una gota aquísobre la jeta…! ¡Más que sea!

—Aguárdese tantito, el doctor noquere que le demos. ¿Qué no ve quetuvieron que coserle el redaño con losentresijos? La herida se la hicieron conpostas… ¡Aguárdese, por vida suya!

Y siguió la fiebre agarrada deaquel cuerpo raquítico; lossacudimientos espasmódicos y el delirioen torno del agua; de las criadillas de suborrego padre; del aguaje y de laspiedrecitas que escaldaron inútilmentesu boca.

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De pronto el zigzag del relámpagoy el alarido en bajo profundo de un rayo;el nublado que hacía la noche en plenatarde y las gotas gordas, del vuelo de untostón, que repiqueteaban en el techo detejas o caían sobre la superficie de latierra, para ser absorbidas en el acto porla voraz sequía.

—Agua, agua… Llueve, diluvia —roncó el herido mientras veía escurrirpor las paredes los pequeños ríoscolados por las goteras del techo.

—Llueve… diluvia —y sus labiossecos se plegaban hasta quebrarse por lasonrisa que su gozo empujó hasta afuera.

¡Agua para los hombres, para losniños. Agua para las bestias, para lasmilpas. Agua para que se desborde el

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jagüey; para todos…!—¡Agua para mí…!

4

Sí, agua para él. Y con ella una curaciónrápida. La carne purulenta y amarilla fuepoco a poco poniéndose color de rosa.Luego se contrajo hasta plegarse en uncierre macizo y franco.

La convalecencia pasó rápida entreinactividad y atoles delgados.

Antes de dejar el hospital, supo elpastor, por los parientes y los amigos,que sus ganados no habían podidoresistir a la sequía.

Para pruebas, allí estaban las

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zaleas en salmuera, esperando sercurtidas y llevadas al mercado.

—Con el dinero que de ellassaques —habíale dicho un optimista—podrás comprar sementales y pies decría suficientes para rehacer tu aprisco.

Y con aquella esperanza a guisa debordón, dejó el hospital una mañanitahumedecida y alegre.

5

Regresaban del mercado en palomilla.Se bromeaban con la sutileza de los quehan bebido sin llegar a la embriaguez.

En grupos de tres o cuatrocaminaban los pastores después de

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haber vendido las pieles, la lana o algúncorderillo cebón.

El campo olía a flores de San Juan;un viento apacible y tibio, cargado dehumedad, deleitaba con su roce. Elpaisaje gris de otros días, tenía ahorapor fondo fuertes pincelazos en todoslos tonos del verde. Las cabras, allá enla ladera, caminaban torpemente al pesode sus ubres repletas. Parejas depequeñas aves se perseguían enatrevidas evoluciones, hasta aplicar lasuave desazón primaveral en un contactoviolento, delicado, casi inmaterial,sobre las ramas apretadas de losarbustos.

Los pastores seguían alegres entrechacotas y toscos juegos de manos,

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mientras la cinta del camino corría bajola suela de sus huaraches.

Precisamente al llegar al jagüey dedon Críspulo, éste pasaba a caballocerca del primer grupo de pastores. Unode ellos, el más bromista, fue el autor dela idea:

—Muchachos, vamos a hacerle unatravesura al viejo…

—Vamos —dijeron los otrosresueltamente.

Luego se tomaron todos de la manoe hicieron larga cadena que cortó elcamino al mestizo. El muchacho de laocurrencia tomó la palabra.

—Buenas tardes, señor donCrispulito…

—Buenas las tengan ustedes —

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contestó el aludido un poco amoscado.—¿Qué dice el jagüey… ya se

llena?—Se va llenando poco a poco con

la voluntad de Dios…—¡Y con la sed de nosotros…!Don Críspulo golpeaba

nerviosamente la cabeza de la silla conla pajuela del fuete.

—¿Ya saludó usté a su herido…?Mírelo, allí viene todo redengao. Laspostas que usté le aventó le dejaron másaporreado que un coyote dañero.

El mestizo trató de arrendar a subestia para huir de aquel peligrosogrupo; pero uno de los muchachos tomópor las cadenillas el freno del caballo ylo contuvo.

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—Aguárdese, chivato, tenemos quehablar…

—Pero que sea pronto, porque voyde prisa…

—Va ser pronto, señor donCrispulito. Queremos que nos dejebeber un poco de agua de su abrevadero,porque ya nos viene alcanzando lacruda…

—Beban la que quieran, para esoes el agua…

—No pensaba usté ansina cuandola seca.

—No, en verdad, entonces ellíquido andaba escaso y yo tambiéntengo ganados.

—Pos ahoy, yo y los que estamosaquí juntos, queremos que toda el agüita

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del jagüey sea para su buena persona…Apiése tantito que queremos divertirnosun poco.

Ante la espantosa mueca que elmiedo apuntó en la cara arrugada delmestizo, los pastores soltaron unacarcajada que hizo enfriar la sangre dedon Críspulo.

—¿Qué pasó, viejito, se apea o loapeo? —agregó el que llevaba lainiciativa, acompañando a su dicho conun empujón que hizo a don Críspulosalir disparado por las orejas delcaballo.

El mestizo seguía gesticulandotrágicamente como queriendo decir algo;pero sus palabras sólo zumbaban comosi tuviera un moscón prendido entre los

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dos labios.—Ora echen una reata pa

retrincarlo —dijo el ocurrente.Pronto quedó el hombre amarrado

de pies y manos y tirado boca arriba enmedio del camino.

—Empresta acá el acocote —dijoel improvisado verdugo a uncompañero, mientras le arrebataba unlargo y estrecho calabazo, que rompióde golpe contra un peñasco. La parte quequedó entre sus manos era una especiede embudo.

—Dos de ustedes —continuóordenando— acarrién para acá toda elagua del jagüey. Cuidado con tirar unasola gota… Porque es ajena. Toda laquere aprovechar su dueño don

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Crispulito. Y tiene harta razón, pos esmuy d’él.

El mestizo, con la punta delcalabazo encajado a golpes en la boca,gruñía como un cerdo amarrado, viendocon ojos empavorecidos al grupo depastores que le rodeaba.

Los viejos, inactivos en aquellamaniobra, observaban cómo seplasmaba poco a poco el espectro de lavenganza.

6

El cuerpo inerte y la vereda formabanuna X.

Quedó tirado boca arriba; su

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vientre, inflado como la panza de unavaquilla preñada, se desbordaba sobreel grueso cinturón; los ojos enrojecidosy opacos saltaban las órbitas y por laboca y los poros de la nariz escurríanarroyitos de agua verde.

7

En el jagüey, cien ovejas abrevaban delagua de nadie.

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Un par de piernas

LA TORRE de la parroquia se alzabasolitaria como un dedo índice en mediodel atardecer tristón. Las palomastornaban en bandadas, para recogerse ensus nidales incrustados entre losresquicios que dejaban las ancianaslosas de cantera.

Al atrio, sembrado de truenos,naranjos y nísperos, rosales, margaritasy violetas, lo cercaba pretensiosa verja

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de hierro y las callecillas embaldosadasy llenas de lama verde negra, surcábanlode un lado a otro.

En medio, la fuente vomitaba unhilillo de agua turbia.

La campana tocaba la oración,cuando mi tía, chiquita y blanca comouna bola de hilo, entraba al atrio paso apaso, recargada en mi hombro, poniendoa prueba la escasa fuerza de mis sieteaños, que se dividía entre el peso de laviejecita y el banco plegadizo quecolgaba en mi siniestra.

Entrábamos al templo por la puertamayor; los pasos cansados de la tía,amortiguados por las suelas suaves yesponjosas de los botines, percutíansordamente; su resonancia, asociada a la

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producida por mi taconeo impenitente,golpeaba en la alta cúpula como un rarotamborilear.

La viejecita buscaba con la vista ellugar más discreto de la iglesia. Allí, alfondo de la nave, en un rincón oscuro,apenas alumbrado por el guiñar de unalámpara de aceite, me ordenaba con lavista que armara el banquillo.

Entre suspiros y quejas, sentábasela anciana y, tras de santiguarse,empezaba a hacer correr entre sus dedosagarrotados las cuentas del rosario.

Yo, sentado sobre las duelas delpiso, me aburría soberanamente.

Mi imaginación de niño volaba deaquí a allá con la agilidad de unapequeña ave.

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Entonces salía del templo pararecorrer, in mente, todos los campos demi breve escenario infantil: la huerta deEl Rincón, donde las naranjas color deoro o las guayabas chapeteadas estabantan sólo al alcance de la mano; o al ríode aguas achocolatadas, en donde Togo,mi perro, daba chapuzonesemocionantes, tras el pedrusco que lelanzábamos desde el puente; o elvolantín destartalado, que giraba ygiraba sobre un eje incansable… ¡en fin!

Luego el bisbiseo de las oracionesde la tía me capturaba y me traía enpeso, hasta clavarme en dos nalgas enaquella incómoda postura, en medio deparedes altas y severas, impregnadas deese extraño olor que producen la cera y

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el incienso; aquellas paredes tapizadascon óleos oscuros, macabros, como sihubieran sido pintados por un enfermo opor un presidiario, ilustrativos de lasanguinolenta tragedia del Gólgota o delmartirio inhumano de algún héroe de lavieja cristiandad.

Para entonces, la anciana terminabade dar vuelta al rosario e iniciaba laletanía.

Presa del éxtasis, no reparaba enmí, lo que me permitía recobrar lapropiedad total de mis movimientos.Entonces me hurgaba a satisfacción lasnarices, alzaba la cara en busca de algoque fuera capaz de distraerme; seguía,por ejemplo, a un par de moscones querevoloteaban persiguiéndose en medio

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de la nave; contaba y recontaba las velasque ardían sobre el altar mayor;desataba y ataba con enfadoso afán lascorreas de mis zapatos; divagaba de lolindo en torno del polvillo de oro que sedesprendía del alto ventanal, al colarpor los emplomados multicolores, losúltimos rayos del sol; buscaba elparecido entre los apóstoles de aquellamala copia de la Cena de Leonardo, conlos tipos más conocidos del pueblo: allíestaba el doctor Arenas, acompañadodel señor Mireles, el recaudador derentas y Pánfilo el limosnero, con susbarbas rojas y enmarañadas… ofantaseaba alrededor del purgatorio, asugestión del «ánima sola», que seretorcía encadenada entre rojas lenguas

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de fuego…De pronto, la tos seca de Bruno el

sacristán avisaba a mi tía que erallegada la hora de desalojar el templo.Ella cortaba su oración, se persignaba yyo solícitamente me acercaba paraayudarla a ponerse en pie. Entoncessalíamos de la iglesia para perdernos enla penumbra del atrio.

Aquella tarde, mi aburrimiento eraterrible. El calor de la canícula seencerraba, se apretaba entre las paredeshasta hacer el aire pesado. La iglesiaestaba solitaria; mi tía dejó abiertosobre el regazo su viejo «Lavalle» deletra gorda, para cabecear presa de un

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sueño impertinente. Yo, de pie, volteabade un lado a otro espantándome el sopor.De pronto, mis ojos tropezaron con algoen lo que hasta entonces no habíareparado. Era aquello la imagen de unasanta de muy buen ver; estaba de piesobre una mesilla baja, vestía túnicaazul celeste tachonada de estrellasplateadas; sus labios carnosos sefruncían con una sonrisa picaresca einquietante; los párpados caían comodoblegados por el peso de las pestañasenormes y sedosas; una toca blanca yelegante cubría su cabeza.

La gracia de la figurilla se afinabacuando en torno de ella las carasdescompuestas por el martirio o losgestos cloróticos o los retorcimientos

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histéricos de las demás imágeneshacíanle un marco impropio y absurdo.

Tras de cerciorarme de laprofundidad del sueño de la tía, me fuiacercando poco a poco hasta la mesa endonde la santa se mantenía rígida. Aunos cuantos metros pude verla más a misabor; desde luego le encontré unnotable parecido con la maestra delsegundo año: sus ojos eran los de ella ysi la nariz hubiera sido un poco másremangadilla y quizá más corta, elparecido sería sorprendente. Seguíacercándome para leer un cartelito:

«Una limosna para el culto deSanta Rosa de Lima.»

—Rosa de Lima —me dije—, hastael nombre suena bien.

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Más confiado, me llegué al bordede la mesa. Allí quedé observandodetalle a detalle el encanto de la imagen.Estaba realmente subyugado; mi corazónpalpitaba tan de prisa que temí mereventara el pecho.

De pronto mi mano, movida porextraño impulso, se alzó y emprendió unviaje inesperado; el brazo se estiró enpos de la mano y ésta llegó hasta tocarel vuelo de la túnica; la mano no secontuvo ni aun en el instante en quevolví la cabeza para ver si espiaban mimaniobra. Cuando torné los ojos a lasanta, ya la falda estaba tan alta quedescubría un par de babuchas deslucidasy polvorientas, que no cuadraban —nicon mucho— con el aspecto exterior de

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la imagen; pero el impulso llevaba tantafuerza y tanta intención, que no podíadetenerse allí; siguió su trayectoria hastadejar —¡horror!— descubiertos dosmorillos resecos, endebles, de maderablanca, que se perdían hacia arriba entrela túnica arrugada y que abajo seclavaban en la peana, tras de atravesarlas babuchas vacías…

Un grito, en el que se mezclaban ladecepción y el espanto, salió de migarganta. La tía despertó sobresaltada yechóme una mirada quemante; se levantócorajuda y me arrastró hasta afuera deltemplo…

Durante un mes no se me permitiósalir a jugar base ball con miscamaradas…

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Trigo de invierno

A J. Rubén Romero

GRI, gri, gri, redobló sobre sus timbalesla cigarra, porque la época de la siegase nos había echado encima…

Gri, gri, griii, y el chirrido siguiórodando por el polvo de la vereda,clavándose en la cueva de la señora tuza

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que a la sazón descabezaba un sueño desiesta, mientras afuera el sol tostaba loscogollos de la mezquitera a cuya sombrase acogía el ganado. Allá en la medianíadel potrero, los peones, hoz en mano,roían los tallos del trigo.

Por el cauce del riachuelo vecino,la hojarasca arrastrada por el quemantevientecillo del estío iba a llenar lacuenca del remanso, que en épocas delluvia —allá cuando la escarda— servíapara refrescar la angustia de loshombres, que luego de pasada la labor,anhelaban un chapuzón entre las aguascristalinas y broncas, que tambiénbrindaban su frescor al ganado, a la horaen que el sol dejaba caer con toda supesadez el manojo de rayos.

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Los peones seguían rapando alpotrero, para hacer hacinarcuidadosamente los haces de oro,aquellos manojos brillantes, moldeadospor el abrazo de paz entre los hombres yla tierra. El techado rojizo,materialmente cercado por montones depaja, cubría casi a la trilladoramecánica, que engullía glotonamentecuantas espigas llegaban a su gaznateinsaciable.

Tras de los segadores searrastraban otras siluetas lastimosas.Otros seres miserables, que tiraban porentre los surcos toda su pobreza y sumugre, dejando tras sí la huellasangrienta de sus plantas, cuando laspuntas de los tallos recién cercenados se

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encajaban en sus carnes hastadesgarrarlas: eran las «pepenadoras».Mujeres éstas que seguían al pizcador,para recoger la espiga degenerada queéste despreciaba y que ellas guardabanavariciosamente en un doblez del rebozoharapiento.

Cuando el sol se encajaba en elcerro más lejano, los hombreslevantaban la cara al cielo y alzaban losbrazos para sacudir su cansancio.Entonces las mujeres hacían revisión delfruto de la jornada: un manojo deespigas flacas, muchos araños en manosy piernas y sed. ¡Cuánta sed agarrada asus gargantas! A veces, cuando elcansancio no las agobiaba, se sentabanbajo la sombra de un capulín; allí, en

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posturas retorcidas e inhumanas, decíanalgo de sus vidas pequeñitas einsignificantes:

—Yo seguí toda la mañana aEmeterio; él prometió soltarme de vezen cuando alguna espiga grande… ¡A lahora de la hora se me rajó!

—Es mejor —decía una chiquillaencanijada por la anemia—. Comonosotras semos mujeres de los que noalcanzaron nada en el ejido, a la mejorno nos cren edentificadas y nos sacandel potrero sin dejarnos pepenar…

—Toña se desmayó al mediodía.Yo caminaba detrás de ella y la videhacer borrachitos, luego azotó comoacalambrada. Cuando me le acerquénomás me miraba con los ojotes ansina

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de pelados.—A ver, tía Pitacia —dijo una

dirigiéndose a la más vieja—, ¿quéremedio le da usté a Chole pal mal delos desmayos…?

—¡Umm! —gruñó pesimista tíaPitacia—. Ésa no se alivia, anda maladesde que le pegó el gálico su marido. Aél es al que hay que meter al «toro», másque salga tan pelón como un cuije…

La vieja, sin alzar la cara, siguiódesgranando las espigas entre sus dedosgruesos y agrietados.

Luego, jalando del hilo doloroso desu vida, con el que hilvanaba losrecuerdos ingratos, la vieja se soltóhablando ante la indiferencia de suauditorio.

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—Las cosas no han cambiado palos meros probes; siguen igual, comocuando yo era tiernita; entonces no seusaba la trilladora ni el agrarismo; setrillaba con yeguas brutas y toda estatierra era de un amo malo como todoslos diablos… ¡Pero pa nosotros la cosaera la mesma! Cuando el mayordomo noandaba de jeta, nos dejaba entrar a laera, ya pasada la trilla, y del terregalsacábamos algo de trigo; pero eso no erasiempre. Un día seguía yo a mi dijuntoque pizcaba el potrero de La Brecha.Entonces nuestros hijos eran niños yestaban encuerados; yo andaba preñaday con trabajos brincaba de surco asurco. Él de vez en cuando me dejabaalguna espiga gorda; yo la recogía

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calladita la boca y la guardaba en elrebozo. Así andaba tras él todo el santodía. Cuando cayía la tarde, yo me ibapor la vereda del «palo ancho»,caminaba poquito a poco para que mihombre, que se quedaba desunciendo lacarreta, me alcanzara antes de llegar alcamposanto; ¡el miedo que de muchachale tenía yo al camposanto! Luego quenos juntábamos, él me echaba el brazo allomo y hacíamos todo el caminocantando. Cuando llegábamos al jacal,nos poníamos a desgranar las espigas.Salían más de tres puños de trigocolorado. Luego me ponía a moler en elmetate, hasta pasada la media noche. Enla madrugada los muchachillosdespertaban por el frío y por l’hambre.

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Entonces les hacía sus gordas de trigo,gruesas, grandes y bien cocidas… Aveces, cuando llenaban las pancitas, lesdaban cursos.

»Al otro día era lo mesmo: lapepena al rayo del sol; mi dijunto, quese acordaba de las lágrimas de hambrede sus hijos, desimuladamente dejabacáir dos o tres espigas buenas… Y así laíbamos pasando.

»Pero no faltó el lambiscón que juecon el mitote al mayordomo, quien luegoluego se dejó venir en busca de mimarido: “Esto se paga caro —le dijo—.Es un robo que la hacienda castiga muyduro”. Después me arrebató las espigasy me dio un aventón que me hizo cáir alsuelo… Entonces me empezaron unos

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dolores en la rabadilla, como si me laestuvieran tronchando con rozadera. Ami hombre lo amarraron codo con codoy allá va el cristiano preso por loscaminos polvorientos y resecos. ¡Nohubo quen le ofertara un trago de agua!

»Cuando llegamos al casco delrancho encerraron a mi hombre en latroja. Yo lloré toda la noche, revolcandomi desgracia y mis dolores entre elterronerío del barbecho.

»Al día siguiente, el mayordomollamó a mi compadre Telésforo, que erael comisario. Delante de mí, discutieronlos dos muy largamente sobre la penaque habían de echarle a mi Demetrio:

»—¿Lo mandaremos de leva aYucatán? —decía el arrastrado de mi

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compadre.»—No seas bruto, Telésforo —

gritaba el mayordomo—. ¿Qué no vesque nos hacen falta hombres para lacosecha?

»—Entonces nomás le daremos unacintareada que lo tire en el petatesiquiera un mes…

»—Tampoco, animal; orita unhombre nos es más útil que una yunta debueyes…

»—Bueno, pos le quemaremos eljacal con todo y triques…

»—No, después la hacienda tendráque habilitarlo de nuevo… Hay quebuscar un castigo ejemplar, duro, peroque no vaya contra los intereses delnegocio… Ah, ya tengo aquí el castigo

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—dijo el mayordomo muy contento—.Manda que desgranen las espigas que serobaron y que midan el trigo…

»Así lo hizo el maldecido de micompadre. Fue un litro escaso de granos.

»—Bueno —ordenó el mayordomo—, ahora que lo siembre Demetrio de“invierno” en el terreno más rendidor.Que vendan la cosecha y que con unacantidad igual a la que dé en pesos, quese multe al sinvergüenza.

»Y fue aquel litro escaso,comadres, suficiente para sembrar unacuartilla. Como no le dieron yuntas, mihombre y su hijo se pegaron como dosbestias al arado. Yo —que por elempellón que me dio el mayordomohabía malparido la noche en que me

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revolqué en la terronera del barbecho—me colgué del timón y los tres, echandol’alma, aramos y asegundamos… ¡Eldiantre de mayordomo nos obligó aabonar el terreno para que diera másgranos! La cosecha se vino abundante, lesacaron más de cien pesos, que todos secargaron a la cuenta de mi hombre.Apenas hace un año que los acabó depagar mi hijo Julio. Su padre murióantes de ver liquidada su cuenta con lahacienda…

»La yeguada de trilla estababrillante de puro gorda y nosotrosflacos, canijos, encuerados… ¡Igual queahoy, igual que ahoy, porque si haydiferiencia, la mera verdá no ladestingo…!».

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—Chist, chist, tía Pitacia, a usté sele han cáido los dientes de purohabladora…

Gri, gri, griii, redobló sobre sustimbales la cigarra, porque la época dela siega se nos había echado encima…

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«Voy a cantar uncorrido»

A Héctor Pérez Martínez

EL DÍA en que Urbano Téllez, seguido deuna tropa de sombrerudos, hizo cuartelgeneral del Mesón de la Fortuna, lagente dejó de temer a la amenaza de los«cristeros», que en las rugosidades de la

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montaña inmediata andaban a caza de lamás pequeña oportunidad para lanzarseen avalancha sobre el poblado, al que laestrategia cimarrona concedíaimportancia capital.

Equistlán escondía su modestia enun vallecillo verde y oloroso a majada;las muchachas usaban rebozo yadornaban sus trenzas con maravillas yrosas de Castilla; los hombres vestíande charro y jugaban al billar.

Urbano Téllez, más conocido porsu palomilla con el remoquete de elChato, era el jefe de los agraristas yante el peligro que se cernía sobreEquistlán, se había prestado a cooperarcon la federación a la defensa delpueblo.

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Dos eran las debilidades del ChatoUrbano: el alcohol y los corridos. Dosdebilidades que, apareadas, daban lugara una tercera: el escándalo.

Todos sabían que el día en que la«solitaria de tequila» se revolvía en lasentrañas del joven agrarista, las puertasde las casas en donde había muchachasen edad de merecer, debían estarcerradas a piedra y lodo, en previsiónde que la descortés galantería del ChatoUrbano chocara contra el candor de lospimpollos. Y en el mercado, a buenahora, antes de que el agraristaapareciera por la calle real, arrastrandoa los mariachis, las comadres cargabancon las ollas de pozole o levantaban lospuestos de naranjas, para desaparecer a

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la chita callando por la esquina máscercana, temerosas de que elescandaloso hiciera con ellas alguna desus temibles travesuras.

Por lo demás, Urbano Téllez era unbuen hombre, maguer el juicio que sobreél hicieran las «gentes de orden», quenunca estuvieron de acuerdo en que un«pata rajada» fuera nada menos que elguardián de los intereses de Equistlán.

Los de abajo, que eran los más,querían lealmente al Chato Urbano.Sentían por él una fuerte admiración.Gustaban de verle jinete en su pencoconsentido «haciendo Santiaguitos deaquí pa allá», o encabezando a la puntade greñudos que le seguían. Por eso laplebe perdonaba los arranques de potro

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cerrero, que seguido sacudían eltemperamento «amalditado» delmuchacho.

Aquel día, desde muy temprano, elChato amaneció de buen humor. Sobreel mostrador del tendajón Las QuinceLetras, cinco botellas vacías y otrastantas a medio llenar argumentabanelocuentemente a propósito de la alegríade los cinco bebedores que, recargadoscontra el mostrador, ingerían uno trasotro los «cartuchos de a cuarto» quediligentemente escanciaba donConstancio, «caracterizado comerciantede la localidad».

Hacía un rato que el Tejón, un

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golfillo vividor y colero, había sidodestacado por órdenes del ChatoUrbano en busca del mariachi de Pedroel Ciego. La espera se distraía entretrago de tequila y mordida de quesoañejo, botana ésta que había dado famaal establecimiento de don Constancio.

—Ahora el pueblo sí se sientetranquilo con ustedes, señores… Ya sepuede tomar la copa sin que elsobresalto nos la amargue —decíaservilmente el tendero—. Chon, mimozo, me contó ayer que los alzados handado muestras de cierta intranquilidad.Por la tarde, cuando fue por las vacas,los divisó por el rumbo de la barranca.Parece que despliegan una actividadinusitada…

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—Pos aquí les tenemos suenusitada… Que se dejen descolgarcuando gusten —contestaba una vozenronquecida.

Don Constancio, entre burlón ytemeroso, observaba por encima de susantiparras el grupo, mientras envolvíacon sus dedos torpes «tres» de canela,para un harapiento muchacho que veíamiedoso y admirado a los rancherosebrios.

En eso hizo su entrada el mariachide Pedro el Ciego, a quien servía delazarillo el Tejón; venía a la cabeza de«sus» muchachos.

—Buenos se los dé Dios a losseñores…

—¿Qué hay, Pedrito? Ya mero no

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llegabas —dijo uno de los agraristas.—Es que este cabresto muchacho

no daba con mi casa, está más ciego queyo —y apretaba su carilla, carcomidapor la viruela, para entornar los ojosblancos, presa de estúpida hilaridad.

—Pos a templar, que me urge —ordenó el Chato Urbano.

Pronto los requintos y losbandolones remendados con cajas depuros y tejamaniles empezaron a sonarentre las manos de los filarmónicos, yPedro el Ciego, mientras detenía elviolín entre la barba y el pescuezo,retorcía las clavijas del instrumento, quechillaba como un muchacho a quien letiraran de las orejas.

—A ver, Chatito, que me oferten un

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cartucho pa hacer mañana…—¡Sobre! Don Constancio, no se

me siente, osequie aquí a mi máistro.—¿Con cuál despuntamos, jefe? —

preguntó Pedro después de alzar elcodo.

—Ya lo sabes —habló un ofrecido—; puros corridos le gustan a micoronel.

—¿A cuál coronel? —gruñó elChato Urbano extrañado.

—Pos a ti, baboso, aquí mesmo teascendemos desde hoy todos los cuatesjuntos en reunión…

—¿Y por qué no me hacen brincarhasta general?

—No, vale, todavía te faltanméritos; necesitas sequera mercar unas

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botas.—Eso, porque yo quero ser de los

de caballería. ¡Ora pues, que se hacetarde: venga el mariachi…!

La música rompió con una melodíaviva y sugerente: al chillido melifluo delviolín de Pedro el Ciego, contestaba elpunteo agudo de los requintos, y a éstos,los seguía a distancia apreciable laronca voz del arpa grande, que simulabael zapateo de una pareja sobre la tarimade una feria imaginaria; luego el pistónse entrometía con su metálico grito ycruzaba entre aquella trenza de notas, ylos guitarrones, con su recio pajuelear,subrayaban la algarabía hasta hacer unmanojo de sonoridades. Cuando latrenza hacía punta, la voz en falsete del

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ciego rompía con un cantar que al mismotiempo era alegre y era épico, tristón ymelancólico, todo en dosis apropiadaspara hacer de aquello la originalsinfonía. Luego, como una amapola quede improviso ensangrentara la llanura,surgía la letra del corrido, la primera«debilidá» de Urbano Téllez, queolvidado del alcohol, dejaba ir supensamiento en pos de la viejanarración:

Porfirio estáretratado

con su viga y suletrero,

y en el letrerodecía:

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«No pudites conMadero».

Tú habrás podidocon otros,

porque erescamandulero…

Terminado el corrido se brindó, para denuevo enhebrar otros, que todosescucharon en silencio como si fueranpresentes a un acto litúrgico.

El Chato Urbano, con la cabezaentre las manos, clavó en el pisonegruzco la frase que había repetidomuchas veces:

«Me gustan los corridos porquesólo a los hombres valientes se loscomponen.».

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Y la murga, como poniéndose deacuerdo con el agrarista:

Año de milnovecientos

del diez y seis quepasó,

murió BenitoCanales,

el gobierno lomató…

Y otro más, el de Demetrio Montaño, elde aquel entusiasta que cayó boca arribaen medio del surco, defendiendo laconquista agraria:

Tierrita que eres tanbuena

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y sabescorresponder,

guárdalo amante entu seno,

qu’él bien te supoquerer.

De pronto saltó el resorte que manteníala serenidad del agrarista, quien,siguiendo a un impulso incontenible, deun brinco se colocó en las afueras de latienda; echóse sobre el lomo de supenco que le esperaba en la puerta ycomo un Quijote indígena dejóse irfurioso contra mil imaginarios enemigos,repartiendo mandobles a derecha eizquierda. El alboroto en la calle fuepara no contarse: gente que huye

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despavorida, puertas que se cierran conestrépito, mujeres que gritan, niños quelloran y el Chato Urbano que se echacontra un puesto de cañas, consiguiendode paso que su caballo bailara sobre unmontón de cacahuates, después de hacerrodar por el suelo dos tinajas de aguafresca, panzudas como mujeresembarazadas. Luego el enloquecidojinete que se pierde por la calle oscura,dejando tras de sí el eco de sus gritos:«¡A ver quién es el hombre que me corteel gusto…!».

Tras de su jefe salieron los demás,excepto los del mariachi, queaprovecharon la huida y el escándalopara dar fin a las botellas empezadas.

Por el barrio del Nuevo Mundo,

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allá pegado al río, precisamente frente ala casa de Amalia la Nopalera, coimadel Chato Urbano, se escucharonalgunos disparos.

Don Constancio echó afuera a losmúsicos.

—Vamos, hijitos, retírensepegaditos a la pared, porque ái vienen…

Cuando los filarmónicos sedisponían a «meter» carrera, llegó elTejón a la tienda.

—¿Qué pasa? —le preguntó eltendero haciendo gorgoritos con elmiedo.

—Nada —respondió el muchacho—, es que Urbano se encontró aTuspirín el del juzgado queriéndolevolar a la Nopalera. Le dio tres

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planazos con el sable y lo dejó ir; perocomo andaba tan encorajinado, la agarrócontra los focos… Ya dejó oscuras lascalles. ¡Oiga nomás! Le anda dandogusto al dedo.

—No hay que hacer caso —dijoPedro el Ciego con la boca llena dequeso de tajo—, es que el jefe Urbanofesteja su ascenso a coronel.

Pero la experiencia de donConstancio aconsejó:

—Oye, Pedrito, sería bueno quebuscaras al Chato y lo calmaras… Yasabes la receta: le tocas el corrido deBenito Canales y con eso te lo echas a labolsa. Luego lo llevas a acostar alMesón de la Fortuna, no sea que hagaalguna avería y… ¡como están las

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cosas…!Cuando cesaron los disparos, don

Constancio tuvo la seguridad de que suplan había salido a pedir de boca. Lafiera seguía como fascinada a losmúsicos que ejecutaban el corrido deBenito Canales, con el «queenyerbaban» al Chato Urbano.

Los cristeros estaban resueltos. Unareciente bendición del prelado les habíadado valor y todos se disponían a tomara sangre y fuego el pueblo defendido porlos agraristas.

Por eso muy temprano habíanpedido la plaza al Chato Urbano, «conobjeto de impedir el derramamiento de

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sangre».La respuesta fue elocuente: los

agraristas colgaron de un naranjo de laplaza de armas al emisario rebelde y seposesionaron de la torre.

La lucha tendría que ser desigual,ya que los atacantes superaban ennúmero crecido a los defensores.

«Al cabo no hemos de morir departo ni de cornada de burro»,reflexionaron, y allá van caracol arriba,buscando cada quien un lugar en dondeparapetarse.

Ya en la torre se hizo el plan dedefensa.

—Tú, Pitacio, que eres el de mejortino, le tupes bala por la calle del cerro,que es por onde se van a dejar venir. Tú,

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Lupe, me desfiendes el barrio del NuevoMundo, nomás te escupes las manos paque no jierres y dejes ir una bala sobrelas casas, acuérdate que tienen techo deteja… y tú, Melesio, que eres el másamargoso pa los plomazos, te losagarras cerquita cuando queran treparsea la torre, nomás no falles, porqueentonces sí nos lleva la tía de lasmuchachas. Los otros, pecho a tierra, serecargan onde vean la cosa máscantiada; y yo, su mero jefe, voy de unlado a otro dándoles la mano ydirigiendo toda la maniobra… ¿hecho?

—¡Hecho! —contestaron todos auna voz.

—¡Pos zás, que se me hacetarde…! ¡Ah!, pero se me olvidaba una

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cosa… Anda, Lupe, búscate a Pedro elCiego y a sus muchachos pa que nostoquen corridos a la hora de la hora.Con eso podremos sostenernos hasta quellegue a nuestro auxilio la federación.Ya le mandé un propio al capitánGodínez que resguarda San Pedrito, paque se venga como de rayo a echarnosuna ayudada.

Lupe salió disparado escaleraabajo, volviendo a poco con Pedro y losotros músicos, en los momentos en quelos atacantes quemaban los primeroscartuchos en la falda del cerro.

—Ya se hizo —dijo casi gozoso elChato Urbano.

Y cuando la esquitera de allá abajose puso seria, ya Pedro empezaba con la

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«sinfonía» del corrido de EutimioLarrea, aquel costeño que él solomantuvo a raya a seis enemigos, unDomingo de Ramos, allá en la lejana ytropical Chilpancingo.

Los de la torre «hicieron lo suyo».Pitacio no cumplió al pie de la

letra la misión que le encomendaron,porque a los primeros tiros cayó panzaal aire con los ojos desorbitados, «comola virgen de Talpa, con la vista clara ysin ver».

Tres hombres fueron en su lugar,obedeciendo la táctica ideada porUrbano.

—Aquí está tupiendo juerte,manitos… Pero si matan a uno, quedandos, si matan a dos, queda uno y si

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matan a los tres… ¡no se me rajen, queyo los sustituigo!

Los alaridos del pistón inflamabanlos carrillos del compadre Toño y elarpa grande lloriqueaba con un balazoen el vientre.

Ya había cuatro muertos.Pedro el Ciego pidió a uno de los

agraristas que se asomara por el ladodel camino real, en busca de lapolvareda que deberían levantar lasbestias de los soldados del gobierno, ensu marcha a Equistlán.

—Pos no se ve nada, don Pedrito—fue la respuesta pesimista.

Pasaron tres horas de balacera y deangustia.

El mariachi atacaba a la sazón el

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corrido de Amaro:

A los ricos d’estepueblo

ya no les sabe elcigarro,

porque dicen queallí viene

ese don JoaquínAmaro.

Cuando el ranchero destacado por ellado del camino real informó a Pedro elCiego que ya se veía una polvareda, elChato Urbano, «hecho bolita», seretorcía apretándose el vientre condesesperación.

Los atacantes, tras de inútil lucha,

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abandonaron precipitadamente suobjetivo, mientras las fuerzas delgobierno hacían su entrada al pueblo.

—Buena defensa, señores —dijo elcapitán Godínez—, han salvado alpueblo de las tropelías de estossalvajes. ¿Dónde está el Chato Urbano?

—Ái’stá —dijo uno señalándole.El hombre se desangraba

horriblemente, tirado sobre un cobertorque la piedad de los del mariachi habíatendido sobre el piso húmedo de laazotea.

—Tengo instrucciones de atender austed hasta salvarle la vida —dijo eloficial—. Que venga luego un médico.

El Chato Urbano movió la cabezade un lado a otro.

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Luego los compas hicieron uncírculo en torno de él.

—Chato Urbano, ti’an rajadoPalma.

—Sí, manito, me regolvieron losentresijos.

A poco el presidente municipal ylos notables del pueblo subieron a latorre en busca de los «valientesdefensores de Equistlán». Allí están loshéroes con las caras renegridas y sinconciencia de sus actos.

El secretario del Ayuntamientojuzgó oportuno instrumentar, de acuerdocon las circunstancias, el discurso quehabía macheteado para el 16 deseptiembre.

«Tal como el venerable Cura de

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Dolores, en el glorioso amanecer…»Pero don Ulpiano, el curandero,

suspendió la brillante pieza oratoriacuando informó a los presentes que elChato Urbano «se les iba».

Hubo consternación.Entonces habló el representante de

las gentes de orden, el C. presidentemunicipal.

—Coronel Urbano Téllez,Equistlán te vivirá agradecido… ¿quéquieres en pago de tu heroico gesto?

El Chato hizo una muecadespreciativa.

Luego el capitán insistió:—Informaré a la superioridad de su

acción, mi coronel, con objeto de que sele reconozca su grado…

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—Si acaso mueres, Urbano, elcomercio dará a tu viuda una pensión —agregó don Constancio el tendero.

—No quiero —dijo con trabajos elherido.

—Eso es, valecito, no les hagascaso, nosotros que semos tusedentificados sí sabemos lo que queres—dijo Lupe el agrarista tragándose laslágrimas—; queres que el ejido lleve tunombre… ¿verdá?

—No, mano…—Bueno, ¿entonces orita se te está

antojando que te llevemos a enterrar alrancho?

—No, no quero nada d’eso —roncó broncamente el agrarista.

Pero luego, dulcificándose y

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pasando una mirada implorante portodos los reunidos, arrastró la lenguapara decir:

—Bueno, pos ya que tanto me lopreguntan… ¡Quero que me componganmi corrido!

Y la frente del Chato Urbano, setornó amarillenta poco a poco.

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En la urbe

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Cuatro cartas

A Leopoldo Ramos

FUE en la Alameda Central, en unabanca donde los sin trabajo aíslan sudesesperanza del palpitar de la vida,que como licor maravilloso corre porlas arterias que rodean al parque.

Allí, lejos del ruido citadino y a la

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vez metidos en pleno corazón de la urbe,hicimos aquella amistad tan efímeracomo profunda.

Era él un hombre alto, seco, rectocomo una pértiga; su cabeza pequeña ycubierta de pelos desteñidos casi seperdía en medio de los hombrosdesproporcionadamente anchos. Susojillos grises brillaban intensamente. Laboca de labios finos se plegaba haciaadentro en un gesto de pesimismo. Vestíamás que descuidadamente y fumabamuchos cigarrillos, que lanzaba al sueloapenas encendidos.

Aquel día dibujaba con la punta deun bastoncillo raros monogramas sobrela arena del piso.

Inesperadamente volvió la cara

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hacia mí y con toda naturalidad me hizouna pregunta:

—¿Sin trabajo?Yo moví afirmativamente la cabeza.—Apuesto a que usted era

empleado público.—Sí —le respondí sin humor de

entablar plática.Él volteó indiferente la cara hacia

arriba, encajó su mirada en un hueco quese abría en la techumbre de hojas yquedóse como fascinado, ante el azulbrillante de aquel pedacito de cielo.

—Estos cielos me recuerdan a losde mi tierra —dijo como hablando a símismo—; me recuerdan a los deCoahuila, así son de azules en el verano;en aquel verano de allá, tan caliente y

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tan tónico…Yo volví la cara para verlo; él notó

mi extrañeza y dijo pausadamente:—Conque empleado público, ¿no?

Yo también lo fui y por muchos años.Me trajo la bola a México; aquí entrécon Lucio Blanco… ¡Mire si ha llovidodesde entonces…! Ahora, como usted,soy cesante. De eso yo tengo la culpapor haber cambiado el timón del aradopor la canana revoltosa… Ahora perdítierra y perdí empleo —y alzaba elademán como un gancho con el quequisiera papar el moscón verde quevolaba pesadamente sobre nuestrascabezas.

—¿Tiene usted familia? —lepregunté.

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—Claro —dijo con naturalidad—.Mire, lea —y me tendió entre sus dedos,renegridos por el abuso del tabaco,algunos pliegos escritos a mano—. Porestas cartas podrá darse cuenta de casitodo…

Y empecé a leer más bien parasatisfacer su deseo que mi curiosidad:

México, D. F. 16 de diciembrede 193… Querido Toño: No tehabía escrito desde hacemeses, porque los exámenesde fin de año han ocupadotoda mi atención. Ahora lohago para decirte que esperosalir bien de las pruebas

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finales y terminar muy prontola primaria. También quierocontarte algo de lo que se vepor estos días en la granciudad que tú no conoces. Lasgentes de México se alegran amedida que se acerca laNavidad; todo el mundo seprepara para recibir lo mejorposible la noche delveinticuatro. Las avenidas dela capital, de por sí tanconcurridas, en esta épocaparecen ríos caudalosos.Desde el balcón de mi casa,que como te he dicho enanteriores, es vecina a unmercado, tengo la oportunidad

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de observar cuanto pasa en lacalle. Por la mañana, lascriadas con enormes canastospasan de prisa, para regresarprontito cargadas conlegumbres, carnes y frutas.Algunas señoras van decompras en automóvileslujosos y regatean hasta uncentavo al miserable indiovendedor de verduras. Loscomerciantes agotan en estatemporada todas susexistencias. Es que tambiénaquí, como allá, hay posadas ylas gentes se proveen parapasar una noche divertida. Enla esquina hay un hombre que

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grita sin cesar: «¡Una piñatabarata!», y vende durante eldía muchos barcos, chinas,gendarmes y aeroplanos depapel picado. En las acerashay cerros de juguetes. Mishermanitos lloran cada vezque los ven; es que se lesantojan todos; pero mi madrelos conforma diciéndoles queen la Noche Buena SantaClaus vendrá y les traerámuchas cosas bonitas. Yo, queya sé quién es Santa Claus, hepedido a mi papá una bicicletacon sus faros eléctricos; él haprometido comprármela paraeste fin de año. La animación

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de la ciudad crece cuandollega la noche. Los muchachosdel barrio queman cohetes yencienden luces de Bengala ybuscapiés. Algunas mujeressentadas en cuclillas frente aun braserito asan castañas ylas pregonan con una tonaditasimpática: «Ah la castañaasada». Las grandes tiendasexhiben en sus escaparatesiluminadísimos sabrososturrones, peladillas yjamoncillos. También hayfrutas secas, nueces,piñones… La gente del pueblova y viene comiendo cañas deazúcar y cacahuates. Otros,

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metidos en abrigos, pasanapresurados para no llegartarde a la cena de la posada.Nosotros no salimos, porquemi madre está un pocoenferma y porque mishermanitos no tienen abrigos yhace mucho frío. ¿Te acuerdasque te dije que mi papáesperaba un ascenso en sutrabajo? Pues no lo consiguió,porque ese puesto se lo dieronal compadre de un diputado, apesar de que mi padre alegóhaber servido a la Revolucióncon las armas en la mano y serun competente y antiguoempleado público. Sin

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embargo, él y mi madrequieren ponernos un«arbolito» de navidad. Yo medoy cuenta del sacrificio quevan a hacer, pero no quieroque mis hermanos sientantristeza cuando vean lasfiestas que preparan en lascasas vecinas. Te escribirépronto, contándote más cosasy ahora recibe un abrazo de tuamigo. Paco.

México, D. F. 20 de diciembrede 193… Querido Toño: Hoyrecibí tu carta y me alegré desaber que estás bien, que tu

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caballo Tordo ganó lascarreras de la feria del díadoce, así como que la cosechade trigo promete ser buena.Aquí en la capital siguen losfestejos de navidad y añonuevo. Los que viven en losaltos de mi casa, que son losdueños del edificio, yapusieron su «arbolito». Ayernos invitaron a verlo; tienemuchos juguetes, foquitos,esferas y mil cosas. Los quemás me gustaron fueron unalocomotora y una caja desoldados. ¡Deben habercostado un dineral!

Lupe y Güicho, mis

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hermanos, lloraron de tristezapor no tener juguetes iguales.Yo me puse muy colorado ysentí algo de coraje contraesos niños ricos; pero despuéspensé que ellos no tienen laculpa. Hubo pasteles yponche. Cuando ya nosveníamos a casa, yo di lasgracias a mis vecinos yentonces Jorge, el más grande,me dijo que nosotros nuncalos podríamos invitar anuestra casa, porque éramospobres; que mi padre debía alsuyo un mes de renta de lavivienda que ocupamos, y quesi no nos echaba era por pura

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lástima. Entonces sí no pudecontenerme y le di un bofetónen la boca que le sacó sangre.Lleno de miedo me di a correrpor las escaleras y entré a micasa desaforado. Arriba elmuchacho ricachón berreaba.No tardó en bajar hasta micasa el padre ofendido y diola queja al mío. Eso me valióuna dura regañada y hastaalgunos coscorrones. Despuésdije a mi padre toda la verdady él, muy conmovido, se sintióen el deber de hacerexplicaciones: No nos habíacomprado juguetes porque elgobierno pagaba a sus

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empleados los días quince yúltimo… «Para navidad habráen esta casa muchas cosasbonitas», nos dijo. Vinoentonces la conformidad amedias. Güicho, mi hermanito,que es un águila, preguntó a mipapá que si Santa Claustrabajaba en el gobierno. Mipadre, mi madre y yofestejamos el chiste delmocoso y con la sonrisa en loslabios nos fuimos a acostar.

Ahora estamos invitadoscon los vecinos de abajo. Sonellos unos niños simpáticoshijos de un obrero muy amableque trabaja en la Compañía de

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Tranvías. Habrá piñatas yrefrescos. Espero estar allímás contento que con los dearriba. Ya te contaré de todoen mi próxima carta. Mientrasrecibe el cariño de tu amigoPaco.

México, D. F. 22 de diciembrede 193… Querido Toño:Aunque no he recibidocontestación a mi última carta,te escribo ésta para contartede la fiesta a la que fuimosinvitados anoche. En el patiode la vecindad había colgadasdesde muy temprano tres

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piñatas muy bonitas: un navío,un cisne y un Mamerto. Desdeel balcón de mi casa vi lospreparativos. La mamá de losniños trabajó todo el díallenando de colación,cacahuates y frutas las trespiñatas; barrió muy bien elpatio; sacudió por todos ladosy adornó con festones depapel de china las paredes. Mimadre, para que nosufriéramos una humillaciónsemejante a la de anoche, nosarregló lo mejor posible.Lupe, mi hermana, estrenózapatos; yo llevé un trajerecortado de papá y Güicho un

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corbatón improvisado con labanda de un vestido de mimadre. Fuimos muy bienrecibidos. Se nos obsequiócon agua fresca de jamaica yalmendrones. Después vino elmejor número del programa:las piñatas. Un niño morenitoy listo destripó de un palo aMamerto. Yo recogí muchafruta que compartí con mishermanos, que se pusieronnecios porque no ganaronnada. El navío, que eraprecioso, lo echó a pique elmayor de los muchachos de lacasa y a mí me toco cazar alcisne. ¡Estuvimos felices!

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Después todos nos pusimos ajugar al «pan y queso»,armando tal gritería que losniños ricos del tercer pisotuvieron que asomarse a subalcón, desde donde noslanzaron miradas envidiosas.Yo sentí gusto de ser, aunquefuera en ese ratito, más felizque ellos. Vino después elreparto de juguetes. Se pusoen fila a todo el muchacherío.Me sentí satisfecho de ver quenosotros —mis hermanos y yo— éramos los mejortrajeados… Había unospobrecillos que no llevaban nizapatos. El padre de los niños

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dueños de la fiesta empezó arepartir juguetes de celuloidey de cartón. No eran éstos tanbonitos ni tan valiosos comolos de allá arriba; pero detodas maneras bien valían lapena. De pronto el hombre sedetuvo en el reparto; contóprimero a los niños y despuésa los juguetes. Cuando llegó anosotros nos saltó y siguiórepartiendo. Mis hermanoscomenzaron a hacer pucherosy yo no me sentí muy a gusto.El buen hombre advirtiónuestra tristeza y se acercó amí para decirme: «Yo nocontaba con que vinieran

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tantos niños y compré pocosjuguetes… A ustedes no lestocó ningún obsequio, porqueson menos pobres que estosdescalcitos. Sus padres lescomprarán cosas mejores…».Entonces sí, te lo confieso,sentí que las lágrimas se merodaban. Mis hermanitos memiraron asombrados y lafiesta siguió. Desde entoncesyo estuve triste; Lupe yGüicho se quedaron dormidosen un rincón del patio. Prontovino mi padre a recogernos.Yo le conté lo sucedido y vicómo se ponía muy triste. Nodijo nada; pero en la noche, ya

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cuando nos creía dormidos,escuché lo que le decía a mimadre: «… mañana pediréprestados al pagador de laSecretaría algunos pesos paracomprarles juguetes a losmuchachos». Yo me quedédormido lleno de esperanzas.Pronto te escribiré paracontarte de los regalos. Tuamigo. Paco. P.D. Si mecompran la bicicleta, desdeahora reto a unas carreras a tuTordo.

México, D. F. 25 de diciembrede 193… Querido Toño: Si no

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fuera porque te prometí en miúltima carta contarte de misregalos de navidad, no teescribiría hoy, estoy cansado.Ayer ocupé la mañana enquitar las macetas del patio,para hacer una pista dondecorrer en mi bicicleta. Mimadre me vio tanentusiasmado que consintió endejarme trastornar todas suscosas. Luego me dediqué aescribir a Santa Claus,pidiéndole los regalos de mishermanos: Lupe quiso unaestufa, una batería de cocina,una muñeca que dijera «papá»y muchos dulces. Güicho un

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tambor, una escopeta, unautomovilito de cuerda ymuchos dulces. Yo no hicecarta, pues haría mi pedidoverbalmente a Santa Claus. Amediodía llegó mi padre acomer. Venía del mejor humor,charló mucho acordándose delas navidades pasadas en sutierra. Luego guiñando un ojoa mamá, dijo que en la tardedejaría arreglado el negociocon el Pagador. A mí mepalpitó de gusto el corazón.Cuando mi padre salió para laoficina, hice entrega de lascartas de mis hermanos, queaunque en el sobre decían

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«Señor Santa Claus. El PoloNorte», mi padre sabía a quéatenerse. Yo le dije de mibicicleta y él se echó a reír enforma muy satisfactoria. Latarde se hizo eterna. En elbarandal de la escalera ensayécien veces los pedalazos. Amis hermanos les dije, paracalmarlos, que el buen SantaClaus venía llegando en sucarro cubierto de nieve ytirado por un trío de renos. Sepusieron muy contentos;mientras Lupe cantaba, elGüicho bailaba. ¡Había queverlos! Por fin sonaron lasseis de la tarde, luego las seis

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y media y las siete. Alarmadopor la tardanza de mi padrepregunté a mi mamá el porqué.Ella dijo maliciosamente quesin duda mi padre andaba entratos con Santa Claus.Pasaron muchas horas más ypor fin sonó la puerta. Era mipadre indudablemente, me lodecía su manera de golpearcon los nudillos. Sentíponerme rojo. Hice que mishermanos se encerraran paraevitar que se dieran cuenta delcariñoso engaño. Luego entrómi padre. Le abracé y quedéesperando que dijera algo; élsólo sonrió en forma muy rara

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y me hizo algunos cariños enla cabeza. Luego fue de prisaa mi madre y le dio a leer unpliego lleno de sellos yfirmas. Mientras leía, la carade ella se ponía descolorida.Luego arrojó lejos el papel.Entonces aparecieron mishermanos y sin rodeospreguntaron si ya habíallegado el viejecito barbudo.Mi padre habló en un tono devoz que yo nunca le habíaoído: «Hijos míos, esta vezSanta Claus no podrá llegar;sus renos han reventado detanto correr; se quedó en elcamino…». Mis hermanos

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lloraron llenos de decepción.Lupe dijo: «Tonto viejo, siusara automóvil en vez derenos nunca dejaría plantadosa tantos niños». Yo, lleno deira por la necia salida de mipadre, estuve a punto derevelar a gritos todo cuantosabía de Santa Claus; peroviendo tirado el papelamarillo que tanto habíaapenado a mi madre, de unsalto me hice de él y leí…Allí decía que con motivo delas economías en el nuevopresupuesto, mi padrequedaba sin trabajo a partirdel día último del mes…

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«Pronto comprará Santa Clausnuevos renos —dije a mishermanos—, pronto vendrácargado de juguetes paraustedes.» Mi padre me vio congratitud y los chiquillos fueronabatidos por el sueño y latristeza. En el tercer piso, losniños ricos festejaban a gritosla llegada de Santa Claus.Abajo también habíatrompetazos y redoble detambores. Yo me fui quedandodormido sobre las piernas demi padre, mientras mamásollozaba quedamente. Hastaotra, Toño, que espero serámenos triste que ésta. Paco.

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Terminada la lectura devolví los papelesa mi vecino de banca, que seguíaentretenido en dibujar monogramas en latierra. Al recibirlos dijo entre dientes:

—Paco, mi hijo mayor, me dioestas cartas dirigidas a su amiguito Toñoque vive en Parras. Unas veces porolvido, y las más porque no tenía yo losdiez centavos para el porte postal, sehan ido quedando en el fondo de mibolsa… ¡Algún día podré mandarlas asu destino; porque hasta ahora SantaClaus no ha encontrado nuevos renoscon qué jalar su carro…!

Al decir esto último, su timbre devoz había cambiado y sus ojillosbrillaron más que antes. Luego se pusoen pie y echó a andar sin despedirse. Se

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fue sorbiendo ruidosamente yarrastrando sus zapatos grises. Se perdiódetrás de un fresno, luego tornó aaparecer, ya llegando a la calle…

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Palomera López

A Jacobo Dalevuelta

AQUELLA tarde, ante el asombro delvecindario, el trac trac de las prensas dela imprenta del rumbo habíaenmudecido. Por la calle principal de labarriada, la canción del organillo corríasin obstáculos y como mico juguetón

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trepaba por los postes, para luego bajarhasta revolcarse con sexual ansiedadentre el lodazal del arroyo.

«¡Sombreros, zapatos, ropa usadaque veeendan!»

«¡Algo que soldar, caños, tinas,regaderas que componer!»

Los pregones se trenzaban en unanhelo común y los chiquillos delvecindario jugaban al «aeroplano»,colocando pequeñas piedrecitas«chinas» sobre el imperfectocuadrilátero dibujado con carbón en laacera de cemento, para después,haciendo el cojuelo, arrojarlas con laspuntas de sus zapatitos viejos.

Nadie sabía por qué la imprenta dela esquina había detenido de improviso

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su febril trabajar. En la mañana, losvecinos vieron cómo los obrerosimpresores desfilaban sigilosamente,uno por uno, y no habían regresado parala jornada de la tarde. Sólo el directorde El Titán, «Periódico rebelde»,habíase encerrado entre las cuatroparedes que formaban el cuchitril, dedonde se desbordaban como corrientesde lava las ideas que tarde o tempranoharían sacudir la modorra de un puebloenfermo de apatía.

Adentro, el hombre quecotidianamente enviaba mensajes alcorazón de las masas, se revolvía de unlado a otro presa de hondapreocupación. Él solo conocía la causade su desasosiego y él solo podría

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satisfacer la curiosidad quecosquilleaba a los que, al pasar, sepercataban de la inactividad desusadadentro del laboratorio de pensamientos.

Amontonado en uno de los rinconesdel taller, El Titán, «Periódico rebelde»antojábase ya una materialización de laidea que le dio vida; «era una trincheradispuesta a recibir la andanada de balasde los polizontes; o era quizá el reductotras del cual los gladiadores del ideal seafortinarían para evitar el asesinatocolectivo».

Así pensaba el director, mientrascon paso firme y lento, recorría de unlado a otro el breve cuartucho.

Era que la noche anterior,precisamente cuando el timonel de

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aquella empresa terminaba el garrapateodel incendiario editorial, la campanilladel teléfono, transformada en timbre dealarma, le hizo levantar la pluma de lahoja de papel, para acercarse al aparatoy escuchar por él el aviso inquietante:

—Bueno, bueno… ¡Ah!, ¿eres tú?Te hablé para advertirte el peligro quecorres. La información sobre elcontrabando de sedas dada en el últimonúmero de El Titán ha enfurecido altirano… Yo mismo he visto en laInspección de Policía, en la propia mesadel general Palomera López, la orden deaprehensión en tu contra… y tenía lacontraseña terrible, la crucecilla rojaque ponen, al margen de las «ordenes»,contra aquellos que no deben

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amanecer… ¡Cuídate, por tus hijos!…—Pero, escucha, ¿quién eres?

¡Escucha… oye!La comunicación se cortó

intempestivamente y el audífono colgóde nuevo en el gancho, seguido de unmovimiento de péndulo, semejante alque impulsa a los cuerpos de losahorcados.

¿Una orden de aprehensión en sucontra? Eso no tenía nada deextraordinario para él, periodista deoposición, carne de mazmorra… ¡Peroen la mesa del general Palomera López,«el señor México»! Eso ya cambiaba.Era algo terrible, capaz de quitar elsueño al más templado. ¡Oh, la muertefría y andrajosa del «delincuente»

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político! ¡Oh, el martirio atroz yvejatorio!

Esa noche despidió a loscolaboradores, no sin advertirles elpeligro que revoloteaba sobre suscabezas. Todos salieron tropezándose ensus propias precauciones.

Alguien aconsejó al director huirde aquel lugar y esconderse muy lejosdel barrio; pero él no juzgó prudente daruna muestra de debilidad a suscorreligionarios y se quedó con gestoheroico en el propio lugar de su culpa,pensando que su muerte sería la únicaoportunidad de su vida, la brechaabierta en su propia carne para salir dela ingrata prisión de la mediocridad…

Y siguió su ir y venir de fiera

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acorralada. Paseaba de un lado a otro,chocando aquí con la prensa plana, allácon las «cajas», o pisando el«formador» que en la huida habíadescuidado el tipógrafo, llevándose depaso la «rama» de primera plana,todavía entintada por el último tiro.

La intranquilidad machacaba sucorazón: la ley fuga o la puñalada artera;la muerte ignorada; el sepulcroclandestino, el silencio hecho en tornode su desaparición… ¡Peor para él si lafalsa clemencia del tirano le clavaba lamirada horizontal y torva! Entonces leesperaban la prisión, tal vez las salinasde las Islas Marías o los sótanospestilentes de la Inspección y los grillosy las esposas y el oprobioso cepo y mil

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y mil tormentos a cual más de fieros yorientales…

Su cabeza, eje de toda aquellabaraúnda, estaba a punto de estallar,igual que una pompa de jabón.

Las horas pasaban bajo sus piescomo una alfombra afelpada. Sobre loscajones que servían de mesa a laRedacción, un reloj tísico tosía alarguísimos intervalos, como punteandoservilmente la ruta que llevaba al fin.

A la madrugada, cuando habíaandado y desandado millones de vecesla distancia que mediaba entre muro ymuro, escuchó en la calle un rumor devoces que se acercaba. Primero, fue unarayita de frío que como aguja de acerose le encajaba en la espina; después

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sintió un sudor copioso que corría porsu frente.

«¡Cuán terrible es el miedo de loshombres valientes!», pensó; pero prontovino a él la esperada reacción; detuvo supaso, abotonó el chaleco que porcomodidad traía abierto; asentó su peloy esperó con la frente en alto que lapuerta fuera saltada por los golpes delos polizontes. Así permaneció algunosmomentos, hasta que la voz melodiosade una mandolina vino a sacarlo delsuplicio.

«Bah —dijo casi decepcionado—,son los parranderos que andan deserenata.» Y tornó a dar vueltas igual ala lanzadera que inquieta corre de manoen mano, dejando tras sí el tejido

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complicado del lienzo.Las notas musicales se colaban

todas por las anchas grietas de laspuertas y llenaban el recinto. El hombrese indignaba a veces consigo mismo,cuando sorprendíase marchando alcompás del fox-trot o arrastrando lospies tras las notas del vals que afueraejecutaba el trovador.

—Esto no está bien para el directorde El Titán, «Periódico rebelde»… ¡Noestá bien por lo que tiene de frívolo; noestá bien ahora que se avecina mimetamorfosis en hombre símbolo!

El enamorado montaba en elPegaso azul de la ilusión y volaba,volaba, hasta perder de vista larealidad; por eso, frente a aquella

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tragedia en cierne, el romance triunfabaentre risas de mandolina y quejidos deviolín, enmarcados en cursilera luz deluna, mientras una imaginación en torturaiba desde la trágica silueta de PalomeraLópez hasta las salinas de las IslasMarías en viaje redondo, con escalas enla Penitenciaría, la Escuela de Tiro,etcétera, lugares muy apropiados paraejecutar, al pie de la letra no escrita, elúnico pero contundente artículo de laLey Fuga.

Cuando los enamorados se fueroncon la música a otra parte, elpensamiento tomó de nuevo su carril, eintempestivamente la idea se plasmóclara y precisa: allí había papel y tinta,lógico era dejar algo escrito que dijera a

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los pósteros de los últimos instantes delpaladín.

Sentóse frente al «escritorio» de laRedacción, cogió una «cuartilla» yescribió:

Cuando esta nota seaencontrada, mi cuerpotaladrado por las balas de losesbirros y por los picotazosde las aves carniceras será yaun argumento más paraconvencer a los incrédulos,para arrastrar a losnegligentes… Mueroconvencido, lamentandosolamente que mi sacrificio

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me impida ver el triunfo de laamada causa. ¡Abajo el tirano!

Y firmó.Luego un paréntesis con lápiz:

(Publíquese mañana en primera plana aocho cols.)

Pronto la luz del amanecer penetrópor la ventana enrejada y relevó delturno de la noche al foquillo eléctrico,que escupía contra el techo su últimoaliento.

Era de día, un nuevo día luminoso ycálido, de esos que invitan, a los quetienen pasta de héroe, a caer con la caraal cielo.

Aquello no podía prolongarse,

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maduraba a gran prisa como fruta deltrópico; pronto vendría el fataldesenlace a sacar del suplicio aldirector de El Titán, «Periódicorebelde».

La agonía se columpiaba pendientede la duda, entre el afán de vivir y elanhelo del sacrificio.

Unos fuertes golpes a la puerta loinmovilizaron.

—Allí están —se dijo.Luego arregló el nudo de su

corbata, dio un paso adelante y ensayóvarias posturas a cual más patética,quedándose con aquella que, de hacer fea los cromos tudescos, tomó Napoleón ala vista de Santa Elena.

—Adelante, empujen la puerta,

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siempre ha estado dispuesta para queustedes la abran sin forzarla —dijoafectando no afectar la voz.

Pronto la puerta cedió a un tímidoempuje y en medio de ella apareció unhombre solemne. Vestido estrictamentede negro desde el sombrero deanchísimas alas hasta los zapatos deforma afrancesada y tubo de ante; laenorme corbata, anudada a la«papillón», le daba un aspecto anticuadoy estrafalario. Su rostro descoloridocomo el cabo de una vela de cera,contribuía a hacer su aspecto algotranquilizador.

Pero el director de El Titán,«Periódico rebelde» no se resolvía adesperdiciar, así como así, postura

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napoleónica tan bien lograda.—¿El señor director de El Titán?—A sus órdenes —respondió

altivamente el aludido—. Usted debevenir a aprehenderme… ¿Estoy ahoraprecisamente frente al señor generalJesús Palomera López…?

—¿Qué? No, señor, el aquípresente es nada menos que Alicandrode Atenas…

—¿Un esbirro?—No, bien lejos de eso, un gran

poeta… pero inédito, que viene asuplicar a usted la publicación de suúltima oda a la Primavera…

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La caldera

CUANDO el Tuercas llegó a la fábrica, latarde había madurado. El reloj de lafachada, en complicidad con el silbato,jugaba la broma cotidiana al sol.

El desfile azul, precedido de unvaho aceitoso, pesado, se derramaba porel portón de la factoría.

—¡Qué hay, Tuercas! —o bien«Buenas tardes, camarada», eran lasfrases que escurrían de las bocas de los

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trabajadores del primer turno enobsequio de los que entraban.

—Te dejé bien cargada la caldera;con poco que la atices tendrás presiónpara toda la noche —dijo un obrero aloído del Tuercas.

—Gracias, hermano —respondióéste.

Un chiquillo metido dentro de un«overol» pringoso y basto, cuyasmangas se remangaban sobre susbracitos delgados, se acercó al obrero:

—¿No te has fijado? Tenemosfiesta. Dicen que ahora cumpleveinticinco años la fábrica. Hay músicay tragos. El Chapopote, que la andahaciendo de mesero, me dio hace rato untarro de cerveza helada —dijo mientras

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guiñaba un ojo y remangaba la naricilla,al cosquilleo de la lengua que lamía allabio superior.

El Tuercas comprobó lo dicho porel aprendiz. En el piso alto, las oficinasse habían transformado en salones debaile. Desde el patio de la fábrica y através de los cristales, podían verse lasparejas.

—Andan unas muchachas muyelegantes —dijo el chiquillo, cuandoremovía con sus zapatos el terregal delpatio—. Adiós, Tuercas; a ti te va atocar lo mejor del fandango…

Y se alejó, haciendo cabriolasobscenas.

—¡Bah! —gruñó el obrero, y echóa andar balanceando su corpachón.

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En la cueva, precisamente abajo delimprovisado salón de baile, la calderarugía. Su respiración echaba haciaafuera pequeños fragmentos de la leñaencendida.

La estrecha puerta semejaba el ojode un ser fabuloso. Algo así como unabestia mitológica entorpecida por la ira,que lanzara una tormenta ígnea sobreaquel que se atreviera a desafiarla.

En un rincón de la cueva el viejodon Roque renegaba como siempre:

—¡Maldita vida! Veinte añospegado al hocico de la caldera… ¡Y estamuerte que no llega! ¡Mujer había deser! Con la práctica que ahora tengoseré, el día que estire la pata, el primerfogonero del infierno.

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El Tuercas no hacía caso de laslocuras del viejo. Lo dejaba gruñirlibremente, con la indiferencia del queha escuchado muchas veces un mismodisco fonográfico, y sin dar atención alos febricitantes razonamientos deRoque, se desnudaba de cintura arriba;colgaba a su cuello el mandil devaqueta; echaba mano al atizador ycomenzaba a remover con vigor lahornaza.

Allí estaba el Tuercas en acción;bajo el recio torso los músculos semovían en complicado juego; las venassaltaban a flor de piel, impelidas por eltorrente sanguíneo; el sudor brotaba agotitas por cada uno de los poros y alcuajarse sobre la epidermis de cobre, se

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deshacía en raros destellos a la luzrojiza de la hoguera; luego escurría porel pecho velludo en pequeños arroyos yllegaba hasta empapar los tobillos. Loslabios contraídos; la lengua enjuta por lahorrible sed; la nariz dilatada, comoqueriendo recoger un poco de airefresco que hacer llegar a los pulmonessemicongestionados y todo el cuerpomarcando el ritmo solemne del trabajo.

En su rincón, el viejo Roque seremovía como poseído de fiebre. Gruñíaa veces frases entrecortadas y sinsentido:

—… deja en paz la caldera,animal; déjala descansar… La pobretiene veinticinco años, noche y día, dehacer gárgaras con fuego; déjala en paz,

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bribón.—¡Eh, viejo, cállate, y arrima tres

o cuatro trozos grandes paraatascárselos por todo el gaznate a lacondenada! ¡A ver si así me dejadescansar una media hora! —decía elTuercas, arrastrando la lengua.

—Arrímalos tú. A mí esta reumame tiene agarrotados los dedos.

Aquella tarde el Tuercas, después deatizar, volvió la vista irritada en buscade algo. Cerca del petate del viejoRoque descubrió un cántaro con agua.Se echó sobre él y repartió todo el tibiocontenido entre la boca reseca y elpecho sudoroso.

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—¡Epa, deja tantita para apagar elfuego que cargo en la barriga! —gritó elviejo.

El Tuercas respondió a la demandatirando a medio cuarto el cacharrovacío.

Luego se sentó cerca de Roque.Enclavijó las manos sobre las rodillas yviendo vagamente hacia la puerta, dijo,como recogiendo un recuerdo perdido:

—¡Conque tenemos fiesta…!¡Hacen bien los patrones en festejar losveinticinco años de la fábrica! ¡La fiestadel sudor! ¡Puaf, qué hediondo! Dicenque el oro no es hediondo; por eso losricos lo guardan con tanto cuidado.

—En cambio el cobre sí apesta;por eso los pobres no pueden atesorarlo

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—repuso el viejo, y lanzó un escupitajonegro sobre la tierra suelta.

—¿Qué tal te caería una cerveza delas que están repartiendo allá arriba? —dijo el Tuercas.

—¡Cerveza, cerveza…! —roncó elviejo Roque.

Luego se quedaron los dos con lavista fija, como fascinados por el ojociclópeo de la caldera.

A poco, como si hubieradespertado de un sueño solferino yardiente, gritó el Tuercas:

—¡Leña, leña, que baja la presión!Y en dos pasos estuvo de nuevo

frente de la hornaza.—¡Leña, leña…!Y el cuerpo volvió a empaparse de

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sudor viscoso y la mano se crispó denuevo sobre el mango del atizador.

—¡Leña, leña…!

—… y, finalmente, ésta es la caldera —dijo la voz del patrón, como terminandouna ya larga descripción alrededor de lafábrica—. Pero no entren —agregó—;esto está muy sucio; podrían mancharsus vestidos.

Las mujeres no tuvieron en cuentala advertencia. Muchas entraron en locotumulto a la cueva.

El viejo Roque las saludó con ungruñido furioso.

—¡El pobre borracho! —dijo una.—¡Uf, qué asco! —corearon las

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demás.Erguido frente a la caldera, con el

pecho saliente, la greña en rebelión y elgesto altanero, el Tuercas vio la extrañainvasión.

Todas las mujeres le observaronasombradas, al vómito intermitente deluz.

La más menudita, la más femeninade todas, se arrancó hacia el hombre, levio de cerca muy fijamente y estiró lamano hasta acariciar su barba.

—¡Cuidado! —dijo la más vieja delas mujeres—. Esas bestias lo que tienende bellas lo tienen de peligrosas.

El Tuercas, al sentir la caricia,experimentó en todo su cuerpo unaconmoción extraña; primero creyó que

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se abrasaba; luego sintió un frío terribleque corría por su espalda hastaacurrucársele en el cerebro. El piso semovía bajo sus plantas.

—¡Le hiciste mella al gigantón,muchacha! —dijo entre carcajadas elpatrón.

—¡Me gusta por macho! —musitóla coquetuela.

El tropel salió en alocada carrera.Hubo un instante de perfume y frescuraen la cueva.

El Tuercas siguió con la vista a lamás menudita de todas. Su corazón,hecho al fuego, sufrió una opresiónatroz; hubo de apretar los tirantes delmandil, para evitar que estallara.

Luego se rehízo y corrió cerca del

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viejo Roque.—¡Viste —le dijo a gritos—, una,

la más bonita, me acarició la barba!¡Qué manita tan fresca, tan suave, tanardiente, tan áspera! No sé, algo que nopuede decirse aunque uno tenga ganas…

—¡Je, je, je! Créete de las rotas yverás adónde vas a parar… ¡Estamaldita vida!

El Tuercas se puso serio; susemblante instantes hacía iluminado porun relámpago de dicha, se hizo sombrío,horrible; dejó caer su cabeza sobre laquijada y ésta sobre el pecho, para decircon voz tétrica:

—Tienes razón, las rotas nuncaserán para nosotros; son para lospatrones. Sin embargo, ésta no sé qué

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me hizo; la deseo más que un trago deagua fresca; más que una cerveza de lasque están repartiendo allá arriba.Todavía estoy viendo el par de ojotes;los tengo clavados aquí, entre ceja yceja. ¡Tan chiquita, tan flaca!… Yo lapodría deshacer con sólo apretarla conesta mano… así, hasta que se pusieramorada y sacara toda la lengua —e hizouna mueca feroz; pero luego, comovolviendo de una pesadilla, dulcificó elgesto, para rectificar—. ¡Pero qué brutome he puesto! ¿Cómo iba a hacersemejante cosa? Mejor la trataría comosi fuera de azúcar; la cuidaría como a laniña de mis ojos y hasta creería en ella,aunque después me majiara porderecho…

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—¡Psch!… qué loco eres, Tuercas.Estás feo, apestas; tus manos tan torpes,tan pesadas, cuando quisieranacariciarla la harían llorar.

»Eres joven, vale Tuercas, por esote dispenso algunas cosas. Si tuvierasmás experiencia, no toleraría tantanecedad y ya te hubiera roto el hocicopara que se te quitara lo estúpido. Estásmuy lejos de ella; les separa a los dosuna alta muralla; una muralla de oro. Túy yo nos arrastramos como sabandijasentre la tierra suelta de este infierno.Ellos son otra cosa; otro mundo…»

El joven ni siquiera escuchó elsermón que escupió el viejo entre susdientes amarillentos y flojos. Pegado ala pared de la cueva, veía vagamente

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hacia arriba; quizá su mirada ya habíatraspasado el techo y llegado hastaaquello que él consideraba tan sólocomo una visión. «¡Me gusta pormacho!», repetía, mientras tocabacuidadosamente su barba como contemor de deshacer el encanto inefabledel recuerdo. Luego se llamó a cuentas.Hizo por serenarse, buscó la realidad encada una de las celdillas del cerebroembotado, hasta hallarla manifiesta en laidea pesimista: «¿Quién soy yo paraella?». Y se afianzó en aquelpensamiento con el afán que nace de ladesesperanza; pero de nuevo volvió adivagar, hasta perderse en el dédaloflorecido de la ilusión.

Finalmente, consiguió aplacar el

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tumulto de sus sentimientos.—¡Eh, viejo; salgamos al patio a

tomar aire! Esto es insoportable —dijoy echó a andar hacia la puerta.

—No, yo de aquí no salgo. Anda,ve a cantar a la reja de tu adorada; perose te olvidan la guitarra y las flores;llévale flores, hombre; sé galánenamorado… ¡Je, je, je…!

—Quédate ahí… ¡Ojalá que cuandoregrese te encuentre carbonizado,negro…!

El aire de la noche serenó un tantoal alma atormentada. Sentado, en elquicio de una puerta que daba al patioprincipal, dejó trabajar de nuevo sucerebro:

«Verdad que nos separa una barrera

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infranqueable. Ella pertenece a otros. Lamía y la suya sería una unióndescabellada… casi una cruza. Pero siyo doblara el turno, si trabajara noche ydía pegado a la caldera, entonces…»

Luego soñó con caricias. Laobcecación, como ave trepadora, llegóhasta su cerebro: el doble turno, el oro,las medias de seda; todo, todo giraba entorno de él con velocidad de pesadilla;pero al fin la noche le hizo el obsequiode la serenidad.

Levantó al cara, atraído por lamúsica, que continuaba festejando elaniversario de la fábrica. Las parejas,incansables, corrían de un lado a otro;había en todo ambiente de jaleo ycrápula. Buscó con la visa a «la más

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menudita de todas», y no logróencontrarla… «¿Se habrá ido?».

Pero la duda se aclaró cuando en laterraza vio a una pareja unida por unbeso largo, cálido, procaz.

—Es ella —se le oyó murmurar.Bajó la cabeza, y así permaneció

largo rato.Después, se puso en pie; hizo el

gesto del hombre que ha tomado unadeterminación y marchó de nuevo haciala cueva.

El viejo Roque dormía.El Tuercas clavó la mirada en la

carátula del manómetro. Luego, conademán torpe, fue hacinando muchaleña, para tenerla al alcance de la mano;arrancó de su cuello el mandil de

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vaqueta y empezó a atizar, con furorincontenible.

A poco la máquina bramaba; susparedes parecían licuarse; el humoahogaba y los destellos de la lumbre queardía en el vientre de la calderailuminaban hasta medio patio.

Arriba, seguía el baile; parecía queel fuego de abajo hacía hervir a lapequeña multitud alegre.

—Nos vas a volar, estúpido;recargas la caldera con una presión quenunca se le había dado —gritó el viejoRoque.

—Eso es lo que quiero. Tú debessalirte. ¡Me había olvidado de ti,miserable hilacho! Vete a un kilómetrode distancia; vete lejos. La caldera me

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es fiel… Ella será mi cómplice; suúltimo bramido hará que despierte laenorme ciudad y que sacuda, aunque seaun instante, su modorra burguesa. ¡Sal deaquí, sal de aquí!… —gritaba elTuercas, sin dejar de atizar.

La aguja del manómetro emprendíavelozmente su trágico viaje.

—¡Fuera, viejo necio! Tú eres elinocente en todo esto. Ellos, todos ellos,deben volar, junto con la caldera yconmigo. Tú tienes que seguir sufriendoesa reuma… Eres tan insignificante queno vale la pena hacerte el servicio final.¡No ha sonado tu hora! Sal de aquí,vete… Ella, la caldera, yo y todos losque arriba danzan, debemos de acabar;porque, ¿me entiendes?, los odio y me

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odio a mí mismo. Ahora tengo sus vidaspendientes de este hilo tan delgado y quereviento tan fácilmente, ¿ves?…

Cuando la aguja del manómetrohabía dejado muy atrás la línea roja quemarcaba el peligro de explosión, elviejo Roque decía exaltado:

—¡Déjame, déjame aquí; egoísta;quieres privarme de la oportunidad dellegar ahora a ser el primer fogonero delinfierno!… ¡Déjame aquí, idiota!… Yotambién quiero volar, para jugarle unabroma a mi reuma… ¡Déjame aquí!

El Tuercas condescendió y entrelos dos «atascaron por el gaznate de lacaldera» el leño más grueso quetuvieron a mano.

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La celda 18

CHIRRIÓ el portón y dejó abierto elhueco del antro que nos tragó de un solosorbo.

La oscuridad diluyó nuestrassiluetas, hasta dejarlas a punto desombras.

Yo era el personaje principal delgrupo; los otros, tan sólo el marco quehacía resaltar mi importancia.

La puerta cerróse con

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precipitación, como temerosa de que loscuriosos que habían seguido al grupoque acababa de entrar se enteraran de loque ocurría dentro de la cárcel.

Caminábamos por un estrecho ylargo callejón, que iba a rematar a unapieza alumbrada por el parpadeoamarillento de una vela de parafina,cuyo cuerpo se encajaba hasta a mediasen el hocico de una botella agotándoserápidamente, debido al chiflón coladopor el cancel de hierro que daba accesoal «cajón».

La atención de las gentes queocupaban el cuartucho se clavó en mipecho con furia de puñalada.

Era que nuestra irrupción habíaroto la hebra con que tejían su sueño; y

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era que el alcaide, con la somnolenciaprendida en las pestañas, había dicho:«Allí traen al comunista; cuidado con él;viene muy bien recomendado… ¡Algotiene el agua cuando la bendicen!».

Por eso las gentes abríandesmesuradamente los ojos, para ver decuerpo entero al hombre que habíacometido el extraño delito.

Vi cerca de la mesa del empleado avarias mujeres recargadas contra losmuros; sus figurillas, recogidas enabsurda postura, se recortaban sobre elgris de las paredes. No hacían volumen,parecían un friso de esas decoracionesque los pintores de la lucha social hanestampado en todos los blancosaprovechables.

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Tapándose la boca con el rebozo,ellas me observaban compasivas,seguras de que mi culpa era peor que lascometidas por todos los esposos,hermanos, queridos, que adentropurgaban el delito de la pobreza.

El alcaide, encaramado sobre unbanco y con los codos clavados sobre lacarpeta desencuadernada que cubría latabla del escritorio, me examinaba porarriba de los espejuelos que cabalgabansobre la nariz descomunal ydesportillada.

Por fin, el sargento hizo añicosaquella situación:

—Aquí lo traigo —dijo al alcaide— con instrucciones de que lo vigileestrechamente.

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—Bien… —contestó el guardián—ya tengo antecedentes…

Y con ademán fatigado estampó sufirma sobre el papelillo que el sargentole había tendido.

—¡Con el permiso! —dijo elsoldadón, para volverse a escupir la vozmandona sobre los rostros de su gente—. ¡Firmes; media vuelta; de frente…Archnnnn…!

Y los hombres, con gravedadrisible, rompieron una marcha ruidosa,desigual.

El alcaide escribió sobre unlibraco mis generales. Luego,dirigiéndose a un hombre que parado asu espalda leía sobre sus hombros todolo que él garabateaba en el «libro de

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registro de entradas», le ordenó:—¡Mételo en la 18! ¿Cuántos hay

allí?—Verá… son dos; Rufino el Loco y

Ausencio Ruiz. Con éste serán tres…¡Pero qué terceto para meter miedo!

—Pues adentro… Regístralo; no ledejes nada. Si trae reloj o algún anillitono te lo claves tú; pásalos con lostrámites debidos a esta oficina, para queyo a mi vez los turne a… dondecorresponda, ¿sabes?

—Está bien —gruñó el carcelero.Luego mi sonrisa amarga como

subrayando aquella frase lapidaria: «Adonde corresponda, ¿sabes?».

—¡Sígame! —dijo bruscamente elempleado.

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Obedecí.Cuando a mi espalda escuché crujir

los herrajes del «cajón», sentí que lavida me hacía un guiño; luego fui unamolécula del cuerpo del presidio.

¡La celda 18!Nuevo ruido de cerrojos y otra

puerta que se abre para cerrarseinstantes después; más chirridos férreosy la libertad perdida, la acciónencadenada, el corazón convertido enroca merced al dolor y a la impotencia.

Sentados junto al rincón, los queserían mis compañeros de presidiojugaban baraja a la luz de un mecheroimprovisado. Cuando la puerta se abriópara que la celda me recibiera, elloslevantaron sólo un instante la vista de

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las cartas y luego se volvieron a perderentre el laberinto de sotas y malillas.Apenas el carcelero corrió el últimocerrojo, ellos se pusieron en pie ylentamente, pero haciendo ademanes ygestos alarmantes, se acercaron a mí.

Yo gané hacia el rincón máscercano y, recargado contra los muros,me dispuse a repeler la agresión; maspesando posibilidades opté porparlamentar:

—¡Bueno, ustedes dirán…! ¿Quéquieren de mí?

—Todo, todo lo que traigas serábien recibido. ¿Verdá, Loco?

—¡Verdá!—Pues todo es de ustedes, no

faltaba más. Desde ahora seremos

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compañeros y compartiremos entre lostres lo que los tres tengamos. Yo tengopoco; pero quizá más que ustedes…¿Quieren cigarros?

—¿Cigarros? ¿Y de qué son? —dijo el Loco, intrigado.

—¡De tabaco, estúpido!—¡Hum, de tabaco! —repitió

desconsolado.—¡Échalos, sean de lo que sean! —

roncó el otro.—Pues allí están, vamos a fumar.—¿Y qué más traes, hombre?—Dinero, veinte centavos…

¿Quién los quiere?—La mitá para cada uno. ¿Verdá,

Loco?—¡Verdá!

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Les di la moneda de plata que en elfondo de mi bolsillo se había escondidoa la voracidad del carcelero,advirtiéndoles que ya con nada podríaobsequiarlos, puesto que nada mequedaba.

—¡Bueno, no estuvo tan mal lacosa…! ¿Verdá, Loco?

—¡Verdá…! Cigarros de tabaco,veinte fierros…

—¿No juegas? —me dijo AusencioRuiz con cierta amabilidad.

—No entiendo lo que ustedesjuegan; pero haré lo posible poraprender, en algo hemos de pasar eltiempo.

—Bueno, acércate…Los tres nos sentamos alrededor

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del mechero.—La baraja, como ves, tiene

cuarenta cartas… una, dos, tres, cuatro,seis… A veces, la capamos para que losjuegos resulten más piochas… Ahora,como ya somos tres, la dejamoscompleta. Conque cuarenta cartas, ¿no?—y cortando su explicación gritóaltaneramente—: falta manteca, Loco,échale a la mecha toda la que haya, ¿quéno ves que tenemos visita, hombre?

El idiota obedeció. Fue hacia una«lata» de petróleo de la que saltaron dosratas gordas como conejos.

—Se aprovecharon las malditas denuestro alimento —murmuró AusencioRuiz mientras tiraba sobre los animalesun pedazo de ladrillo.

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—Déjalas —dijo el Loco con tonoun poco áspero—, ¿qué no ves que sonRosita y Chole, mis novias?

Luego trajo el bote y dejó escurrirsobre el trapo que servía de mechaalgunas gotas del líquido grasoso que seembarraba en sus paredes.

En tanto, Ausencio Ruiz seguía consu empeño de iniciarme en los secretosdel juego carcelero:

—Fíjate, se hacen pares; la sota deespadas con el rey de bastos; el as deoros con el as de copas; la malilla debastos con la malilla de espadas… y así,pinta y figura. As, dos, tres, cuatro; oro,copa, espada y basto, según…

Yo oía sin escuchar; la mecha habíaaumentado su luz hasta permitirme

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observar a satisfacción las cuatroparedes que formaban la celda: puertaangosta, chaparra, cerrada por unalámina de hierro, ventanillo en dondeapenas se enmarcaría una cara. Ésta erala única comunicación con el exterior.Afuera se veía una estrella como unhoyito de libertad, en medio de laoscuridad de la bóveda.

El idiota y Ausencio Ruiz estabansentados sobre un gran pedrusco; yo, enla tierra suelta, ya que no había lugarmejor en todo el piso.

En el rincón, un petate roído porlas ratas, y sobre él, una cobija gris, delcolor de la tierra del piso.

La voz de Ausencio subía hasta eltecho y bajaba hasta la tierra suelta con

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afán de araña tejedora:—… pero no te dejes hacer

trampas del Loco; cuídale las manos.¿Verdá que es bonito? Éste nos loenseñó el Tísico, un cuate rete flaco queestiró la pata el otro año…

El Loco se paró y se fue hasta elrincón, para luego volver con las manosllenas de los más extraños objetos:pedazos de hojalata, carretes de hilo,clavos, cajas de cerillos vacías, trozosde carbón, alfileres, fragmentos devidrio…

—¡Mira lo que yo tengo! —dijocon gesto de avaro—, todo es mío.

El otro continuaba la lección:—Cuando tengas par no lo digas;

porque si no el compañero te da en la

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torre y…El idiota, orgulloso de su riqueza,

hacía brillar a la pobre luz del mecherouna tapa de caja de grasa:

—¡Mira nomás cómo brilla!Cuando Ausencio barajaba saltó la

pregunta obligada:—Bueno, ¿y tú por qué cayistes…?—Yo, por comunista, por

revolucionario.—Adió; pos si la revolución ya se

acabó… ¡Ah, pero ahora me acuerdo…!Revolucionario, sí, igual que aquel rotoque nos repartió dinero. Nada másestuvo aquí una noche. Al otro día losacaron. Dicen que aquí, mero espaldade la cárcel, le dieron su «agua».Algunos oyeron hasta la descarga de los

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máuseres. Yo creo que sí se loalmorzaron; porque unos días despuésvino una viejita a recoger su ropa…Como ya no encontró nada, se pusoretriste, hasta lloró; luego elChumacera, que tiene muy buena alma,le dio una garra de pantalones que él yano se ponía y le dijo: «No llore, máistra,éste fue el pantalón que trayía elcomunista cuando se lo echaron».

»La vieja se puso muy contenta yempezó a reírse con nosotros; luegometió debajo del rebozo el pantalón y sejue muy poquito a poquito…

»¡Pero fíjate bien, hombre, se danseis cartas a cada jugador, una, dos, tres,cuatro…! Bueno, yo creo que es pior serrevolucionario que lo que somos

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nosotros… Yo era dulcero y todo el díaandaba en la calle con mi cajón demerengues; una vez vendí todo muytemprano y me fui a recoger. Llegué alcantón y me encontré a la vieja dándosesus besotes con el gachupín de LasGlorias de Franco. Yo saqué lacharrasca, la empujé pa delante y setrompezó con la panza del cristiano; lesalió mucha sangre y gritó comodiablo… ¡Entonces me desgracié, verdáde Dios! La misma vieja fue a lacomisaría con el mitotito; ahora viene allorar aquí, pero yo la tiro a lucas.Bueno, pos yo creo que es pior lo queustedes hacen, porque a nosotros nosdejan pudrir aquí adentro; pero a ustedesles dan agua luego luego… ¿Ves? Ya te

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di dos reyes, con ese juego puedesapostar hasta la camisa».

—Y tú, Loco, ¿por qué caíste?Ante mi pregunta la cara del

hombre se ensombreció y clavó los ojos,sin responder, en el mechero quechirriaba cerca de nosotros.

—Anda, hombre, cuenta, cuenta —le dije cordialmente, instigado por aqueldeseo malsano de escuchar canalladas,que me nacía a la vez que el gusanillodel miedo.

El hombre continuó inmutable.—¡Ora, Loco del diablo, cuentas o

te sorrajo un guantazo…! Anda, dileaquello de que «era bonita» —dijoamenazando Ausencio Ruiz.

Y el Loco, como recitando algo que

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ya había repetido mucho, dijo con voztipluda sin levantar la vista:

—Me acumulan que maté a misobrina… Era chiquita, muy blanca,apenas había mudado los dientes deadelante. ¡Bueno, estaba bonita deveras…! ¿Cómo iba yo a matarla,hombre? ¡Estaba bonita, muy chiquita! Ydicen que luego que la maté la enterré enla cocina… Me lo acumulan, ¿eh? No escierto, yo no fui… y todos dicen que sí yque sí. ¡Estaba muy blanca y muylisita…! Me lo acumulan, ¿eh? ¡Peroónde iba yo a hacer eso! —y sus ojosrelampaguearon con satánicas luces y sulengua chasqueó, al untarse sobre laexagerada prominencia de su labiosuperior—. ¡Estaba bonita!

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Los hombres quedaron un momentosin hablar; diríase que se enfangaban enel pantano de su pasado. En mí había yatriunfado el ambiente. Escuchaba loscínicos relatos con gran tranquilidad;nada me impresionaba y lo único quelograba interrumpir aquella mi suaveinconsciencia era el afán de AusencioRuiz de instruirme en el estupidizantejuego de cartas.

Por el ventanillo, la estrella semiraba cada vez más refulgente.

De pronto Ausencio dijo al idiota:—Busca la yerba; allí está

enterrada en medio de la celda.El Loco de un salto se colocó en el

lugar indicado y rascó con las uñas latierra suelta, para sacar un paquete

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hecho con papel de periódico.—¡Ya hacía falta! —gruñó entre

dientes y arrojó a las manos deAusencio el pequeño bulto—. ¡Cómo lacuidas! —dijo en tono de reproche.

—Claro, de tu cuenta estaríastronándotelas todo el día… Mira, Loco,todo es bueno en la vida, lo malo es elvicio —sentenció Ausencio Ruiz,mientras deshacía el envoltorio.

Luego destripó uno de loscigarrillos con que yo les habíaobsequiado, después cogió entre elpulgar e índice un poco del contenidodel paquete, lo puso en la palma de suizquierda y lo remolió con el pulgar dela derecha; después lió la mariguana enel zurrón de tabaco y lo prendió en el

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mechero. Al sorber el humo confruición, dijo con los labiosentrecerrados:

—¡Pura mota! ¿Tú no te lasrequemas, Loco? Toma un cigarro de losde tabaco y haz lo que yo, aprovecha elbuen papel.

—Humm —suspiró el idiota—, amí me gusta más con papel de periódico—y antes de terminar ya tenía entre susdedos un rollo de mariguana torcida enun pedazo de hoja impresa.

—¿Tú quieres tronártelas? ¿O apoco nos vienes a presumir de muchoopio? —dijo Ausencio, y ante midesconcierto el Loco gritó:

—Aquí no es de si quieres o noquieres, aquí fumas; si no lo haces tú

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también, eres capaz de rajarte con el«mayor» y entonces se nos arranca…¡toma!

Tendióme el cigarro, al que habíaarrancado varias fumadas, diciendofurioso: «Chupa, infeliz», y alzó el brazoamenazador.

Yo estiré la mano y maquinalmentellevé el cigarro a mi boca y sorbí ysorbí hasta enredarme en ladesmelenada cabellera del delirio.

Y todo se transformó alrededornuestro; hicimos una plática pacífica,dulce, floja:

—Ahora sí escuchó nuestros rezosel rey de los infiernos. Míralo —dijoAusencio Ruiz poniéndose de pie yalumbrando con un cerillo uno de los

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muros, en donde había pintado concarbón la grotesca figura de un diablillode enorme cola y cuernos retorcidos—.Le dijimos el credo al revés para quenos trajera un buen compañero, y ya ves,te trajo a ti cargado de riquezas… Asífue, un credo al revés; también lemetimos por el trasero una vela de sebode a tres centavos. Toda la noche ardió yparió la leona… ¿Verdá, Loco?

—¡Verdá…! Aquí hay unaschinches muy grandes, muy grandes; aveces como tortugas y a veces como lostanques de petróleo que arrastran lostrenes allá en Tampico. También haymoscos; su lanceta llega hasta elcorazón. De allí bombean la sangre.¡Mira cuántos andan volando… parecen

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generales en aeroplano, con su machetedesenvainado…! Vienen del jardín. Aveces traen flores… Los moscos sonmíos, las chinches de éste. ¿Tú quétienes? Para las chinches yo tengo unremedio, te lo voy a enseñar —continuóel Loco haciendo alrededor de él uncírculo con los residuos del atole que seapelmazaba en el fondo de un jarro—;así pongo entre ellas y yo un río de atoley no pueden pasar… Tampoco Ausenciopodrá llegar hasta donde yo estoy,porque no sabe nadar. Tú sí, porque eresun juile. Rosita y Chole, mis novias, aveces pasan a nado y duermen aquí, muycerquita de mí…

El otro barajaba poseído de fiebre;yo le veía a través de un velo de sueño,

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de un velo de sueño que habían tejidopara mí las arañas que allá arriba seanidaban entre las hendeduras de lasvigas; las arañas de vientres deesmeralda y de tentáculos de acero.

—Fíjate… se hacen pares; la sotade bastos que es hembra con el rey debastos que es macho… Oye, ¿si la sotade bastos es hembra por qué tráipantalones, y si el rey de oros es machopor qué trái enaguas? ¡Bueno —dijoaturdido—, allá van las cartas para quese junten macho con hembra y hembracon macho! —y lanzó contra el techo losnaipes, cuyas hojas se desprendieronsobre nosotros como una extraña lluvia—. Ya no pierdo el tiempo en seguirteengañando; no tarda la madrugada, que

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es la hora en que sacan a losrevolucionarios a darles «agua», y todomi trabajo se habrá perdido… ¡Quéfresca es el agua de la madrugada y quédulce…! ¡Dulce o amarga, según!

Vi por el ventanillo la estrellita.Brillaba intensamente, tan

intensamente que reventó como pompade jabón. Luego se convirtió en unaculebrilla de luz que corrió por todo elfirmamento y entró en la celda paraenredárseme como cintillo en mi dedoanular. Di un grito de gozo.

El Loco, sentado en medio delcírculo de atole, decía su plegaria con elcigarro entre los dientes:

Corre, corre, ufff…

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tren de carga, ufff…que te alcanza,

ufff…el pasajero, ufffffffff

Y una cortina de humo verde seinterpuso entre nosotros y la vida…

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Porcelana

A Luis García Carrillo

LA NOCHE helada envolvía la avenida;de la corriente humana que horas antesse encauzara tumultuosa por el arroyoasfaltado, tan sólo quedaban algunospeatones que apresuradamentecaminaban sobre la acera y uno que otro

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automóvil de alquiler que corría tras dedejar como estela el grito enronquecido:«Está libre, patrón».

Un ojo de luz, amarillento y opaco,como de moribundo, alumbraba elpuesto de café con piquete. En torno deél dos o tres obreros bebían a sorbosruidosos, mientras el policía rondaba azancadas, como queriendo que el fríoque se cuajaba en las almenas de losaltos edificios no le alcanzara. Laspuertas del hotelucho de la esquina seabrieron para dejar salir a una pareja. Elhombre ocultaba la cara tras las solapasvolteadas del sobretodo; la mujer tosíaruidosamente. Él, sin siquieradespedirse, abordó un carro de alquilertras de dar unas señas complicadas.

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Ella, paso a paso se fue hasta el policíaque la aguardaba en la esquina y,sonriéndole cariñosamente, lo saludócon frase que el frío cristalizó entre lapelambre desgreñada de la piel deconejo que adornaba su abrigo:

—¿Tienes frío, mi rey? Te heestado compadeciendo todo el rato; peroel ruco me salió más exigente de lo queesperaba, ¿ves?

—Es la tercera ocasión que medices eso. He notado que siempre que teocupas con ese viejo te esmeras en eltrato… No creas que son celos, no.Nunca podré creer que tú fueras taningrata de dejarme abandonado… ¡A mí,que te quiero tanto! ¡A que te salió conuno de a cinco!

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—Ahora no —exclamó ellaalegremente—. Me dijo que cinco eranpara mis niños… ¡Se tragó el muy primoel truco de la maternidad…! Mira siserá bruto, con lo choteado que está elexpediente. En fin, allí le van a mi negrodiez del águila en premio de sudesvelada —y tendió al policía unbillete que él recogió con toda flema ylo guardó en la bolsa del chaquetín;luego cogió bruscamente el brazo de suamiga, diciéndole al oído: «Mi turnotermina a las cinco de la mañana; perocomo ya pasó la vigilancia, podemos yoy tú irnos a dormir calientitos… ¿Traespara el hotel?».

—No, pero el viejo ha tomado elcuarto para toda la noche; vamos allá, al

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fin a ti no te pondrá dificultades elgachupín.

—Claro está, como que hace tresdías que no lo muerdo.

—Andemos —dijo ellacálidamente.

—Espera —contestó él—, voy aver qué le saco a la del café, porquehace dos horas que está vendiendoalcohol en las propias barbas de laautoridad.

Las puertas del hotel se abrieron denuevo para dar entrada a la melosahembra, en cuyo brazo se apoyaba todoel orgullo del chulo de uniforme.

Afuera el frío, como un escupitajode la noche, escurría por las paredes yresbalaba hasta el piso. Los transeúntes

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eran cada vez más escasos.Una pordiosera se acercó

lentamente al puesto de café. La luz delmechero de petróleo dejó ver todo suaspecto escalofriante: los pómuloscarcomidos por repugnante mal; lascuencas rojizas y profundas de susojillos verdes; la nariz ganchuda sobreel cuello delgado y lleno de costras; losescasos pelos que caían en mechonesgrises y grasientos; y luego su voztipluda y cascada, como si las flemasalojadas en su garganta ahogaran lossonidos que hacen las palabras;encanijada, corta, muy corta de cuerpo,quizá debido a la joroba encaramadasobre sus hombros.

Habló con familiaridad a la

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vendedora de café, como a una viejaconocida, como a una antigua cliente:

—Buenas noches, Herlinda… ¿Medas, por favor, mi cafecito? Pero yasabes cómo lo quiero, el aguardientenada más teñido con unas gotas de café ypoco azúcar…

—¡Alabado, ahora sí la traesbuena, Porcelana…! ¿Tienes con quépagar? Porque he resuelto no volver aprestarte, ya me debes más de seisreales.

—Seguro que traigo… y mucho,harto. Figúrate que un gringo que salíadel cabaret Imperio, ya muy bien pasadode copas, no quiso ofertarme un malníquel, entonces le tomé la mano parabesársela. Él se asustó… ¡ja, ja, ja…!

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—el truco no falla—, y entonces no tuvomás que soltarme tres tostones; sí, trestostones que he venido gastando en cafécon chínguere en todos los puestos delcamino.

—Eres mala, Porcelana, un díacaes para siempre en la cárcel.

—La cárcel… la cárcel no me damiedo —dijo chasqueando la lenguaadormecida por la embriaguez—.Además, no sería justo que a mí mellevaran a la Peni, porque cada quientiene su manera de vivir… Los canarioscantan en sus jaulas para ganarse elalpiste; los gusanos se arrastran y dejantras ellos su baba asquerosa; lospolicías jincan mordidas; tú vendesgarbanzo quemado por café y las güilas

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gastan mucha saliva en cada beso…¡Dime tú de las güilas! Yo antes vivía enotra forma. En vez de esta ropadesgarrada, llevaba trajes elegantes,traídos de París nada más para mí… Lajoroba que ahora cargo la formaban laspieles más finas llegadas a México. Porestas calles, ¡cuántas veces pasé en milandó, arrastrado por un par de yeguasinglesas…! Eso fue allá, cuando lasfiestas del Centenario; entonces meencargaba yo de hacer rica a PilarMurciana, aquella gachupina de la callede Violeta, que cuando se vio rica, selargó dejándonos a todasabandonadas… Entonces los hombres delevita lloraban aquí, sobre estas piernasque ahora agarrota el reuma, pidiendo

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que los quisiera sólo un ratito… Variosartistas me pagaron muchas veces sólopor pintar estas manos en sus lienzos —y entonces levantó en alto los puñospara luego extender los dedos gruesos yescamudos, llenos de fístulas purulentasy coronados por uñas renegridas ycorvas—. Las caricias de estas manoshace años valían un platal… ¡más que loque vale ahora todo el café que guardasen esa olla…! Valían oro y es justo queahora, por huir de su contacto, se paguenalgunos cobres. Dios ayuda; a mí me dioprimero la gracia y la hermosura, ahorala pus y la pestilencia…

—Está «grifa» —comentó unobrero al oído de otro.

—Asilénciate, Porcelana, y ve a

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dormir la borrachera a tu rincón, aquíme estás espantando a la clientela delpuesto.

Pero la mendiga seguía sin hacercaso: «Cada quien vive como puede: lagüila de sus clientes, los chulos de sugüila… ¡yo fui güila de cien chulos!».

—Bebe tu café mejor… ya conozcola historia; los chulos te han dejadocomo estás ahora… Pero bebe, a ver sidas el changazo en tu rincón… ¿Traespapeles en donde dormir?

—Seguramente, desde el pórticodel Teatro Apolo he venido despegandocarteles de los muros para hacerme unbuen colchón; ahora la Porcelana quieredormir caliente, como entonces, comocuando Pilar la Murciana tenía para ella

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el mejor cuarto, el colchón másblandito… Mira —y enseñó a Herlindaun rollo de papel impreso, con el cualharía su lecho para pasar en él el restode la noche—, nada más espero al buenmozo que quiera acostarse a mi lado.

Luego bebió dos o tres tragosgordos hasta acabar con la fuerte raciónde alcohol y, sin despedirse, echó aandar tambaleante hasta perderse en laoscuridad del callejón, aquel cuyodescuido contrastaba con el aliñamientode la avenida que lo cruzaba. En elquicio de una puerta arregló su cama,sobre la que se tiró presa de unasensación de bienestar, de unavoluptuosidad peregrina e inaudita;luego se revolcó con súbita lujuria, se

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dijo frases dulces entrecortadas por ungoce extraño. Soñó por instantes en lascaricias de los señores enlevitados;luego en los dientes de oro de Pilar laMurciana, en besos largos yespasmódicos; en el champaña cuyodulce seco sentíalo en el paladar, comosi aún las burbujas no se apagaran en lasuperficie de la copa de Baccarat; en el«choc choc» de las brillantes pezuñasdel tronco inglés que tiraban de su landóy luego, como una coronación de suinsania, gritó con altanería: «¡Mozo, unpipper mint para la Porcelana!».Después, bajando la voz y tornándolaacariciadora, murmuró para sí: «Tusmanos, Porcelana, fueron hechas parabesarlas; tus senos, Porcelana, son más

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bien formados y más duros que lascopas champañeras; tus ojos, Porcelana,son dos pozos de agua tranquila,profunda y peligrosa… y tus brazos y tuboca y tus dientes, Porcelana…».

Pero el frío del amanecer la hizochocar cruelmente contra la realidad. Ellecho se hizo duro y la purulenta empezóa temblar. Entonces el cerebro endesequilibrio produjo la chispa que hizofuego y el fuego corrió por todas lasvenas de Porcelana; un vértigo atroz seapoderó de ella, su cuerpo se removióposeído de horrible y monstruoso deseo.El callejón solitario impulsó a laimaginación hasta plasmar firmementeun proyecto audaz y salvador. Se hizo unovillo y esperó el paso del primer

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madrugador.No tardó mucho en esa postura,

pues dos siluetas aparecieron doblandola esquina. Eran jóvenes papeleros, queiban en busca de los diarios que en esosmomentos vomitaban los enormesrotativos. Hablaban:

—Anoche se me achicalaron cuatro«Gráficos».

—Yo le di en la torre al Chupas:vendí diez más que él…

—¡Qué frío!Entonces Porcelana, dulcificando

lo más que pudo aquella su voz gangosay catarrienta, dijo suavemente:

—¿Quieres calentarte? Ven, vencerca de mí, quedarás muy contento.

Los muchachos se vieron sin saber

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qué decirse; pero ella insistió:—Ven, ¿qué no eres hombre? Yo

también tengo frío, mira cómo tiemblo.¡Ven!

Entonces el más joven guiñópicarescamente un ojo a su compañero,mientras le decía:

—Vete, mi cuate, al rato no vemosallá… Sepárame diez «Universales»,¿quieres?

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El caso de PanchoPlanas

TODAS las bancas del carro de segundaclase estaban ocupadas por unapintoresca muchedumbre; por esaconcurrencia a la que la jerigonza —precisa como reloj Waltham— de losferrocarrileros, denomina llanamente «elpasaje».

En el andén de la estación lasvoces lloronas engarzaban el rosario de

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adioses y, entre el griterío de losvendedores ambulantes, el rasgueo de laguitarra de un ciego imploraba «unacaridad por el amor de Dios».

Lo vi desde el momento en queacomodaba su petate liado debajo delasiento. Luego, cuando dobló la cobijapara hacerse de ella un colchón y ocupósitio vecino al mío, mi atención hacia élsubió de grado.

Era un tipo extraordinario,magnífico. Su indumentaria no podríaclasificarse; sombrero tejano en el cualel tiempo dejó la marca de su paso; esegris tristón de las cosas viejas, esamelancolía que resta de los días y luegode los años, sobre aquello que handesmejorado las muchas lluvias. Un

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orificio en la copa autenticaba laancianidad de aquel sombrero; era unveterano, en el que lucieron alguna vezlas insignias de oficial; de aquellos quejineteando al ideal o hartando su espíritudel picante manjar de la aventura,llegaron a ser familiares a nuestra vista;pero que ahora —¡cómo vuela eltiempo!— ya nos parecen seresfabulosos, lejanos de nosotros varioslustros. Camisa de mezclilla abrochadacon botones metálicos, en los que seveía la silueta de una locomotoraempenachada; al cuello un paliacateenredado que remataba en atrevido lazo;el pantalón, pegado al uso de loscentauros del Bajío, cubría tan sólo unapierna, ya que la otra faltaba al hombre

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de esta intriga y era sustituida con tosca«pata de palo» adherida al muñón concorreas y cuerdas de jarcia. Su único piese calzaba con un botín amarillo reciénlustrado.

Las canas se asomaban en manojosdebajo del ala caída del tejano, y lacara, arrugada, ratificaba la aseveraciónde los hilos de plata.

Se echó contra el cristal de laventanilla y vio con insistencia haciaafuera. De improviso se animó su rostroe hizo un esfuerzo por levantar el vidrio.

En la maniobra demostró su pocapráctica en estos menesteres del viajar.Yo me presté a servirle y cuando laventanilla quedó libre, nuestra amistadse estableció.

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—Mil gracias…—Por nada…Luego, sacando medio cuerpo

afuera del carro, prorrumpió en gritos:—¡Esa de las enchiladas!…A poco una mujer rolliza,

mofletuda, de gigantescos pechos yancas, atendía al llamado del pasajero.

—Ándele, marchante, estáncalientitas…

—¿De a cómo son, mi vida?—Tres por diez.—Adió, pos ni que fueran de

pechuga de ángel…—No de ángel; pero sí de pollo…

Ándele, están sabrosas.—¿A poco más que usted?—¡Hablador! ¿Cuándo me ha

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probado?—¡En esas agencias ando! Zas,

déme tres…Y recogió en sus manos las tortillas

hechas rollos y envueltas en hojas delechuga.

El chiflido de la locomotora trepócomo serpiente hasta la cumbre delcarro y el gran vertebrado emprendió sucamino resoplando, resoplando…

La mujer exigía a voces el pago.Nuestro hombre cachazudamente sacódel bolsillo una moneda y la tiró a lasmanos de la vieja, mientras le decíaentre carcajadas:

—A ver si para la vuelta me llevoa usté en lugar de las enchiladas…

—A la mejor ni cumple —se oyó la

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voz zumbona de la vendedora entre eltrac trac de las ruedas.

Luego, poniéndose serio, volvió lacara hacia mí y me dijo cortésmente:

—¿No quiere enchiladas?—Gracias, ahora no apetezco.—Ándele, ni han de estar tan

buenas; las compré nomás para hacermeconocido de la vieja. No está tan pior,¿verdad? —y la última frase la dijo conla boca llena. Masticaba ruidosamente, agrandes tarascadas, dejando ver susdientes negros por el tabaco.

El tren caminaba a campo traviesa.La saeta de la línea telegráfica, conpretensiones de herir al sol quepreparaba ocultarse tras de la montañamás azul, pasaba velozmente «colgando

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de cada poste un panorama», y la tarde,miedosa de las sombras, se refugiaba enun rincón del horizonte.

Mi vecino, terminado que hubo elpicante refrigerio, desató su pierna demadera y con cuidado, con amor, lacolocó a su lado; se chupó ruidosamentelos dientes y sacudió el muñón. Luegoestiró en cruz los brazos y dejó escaparun gruñido de deleite y un tufo a cebolla.

A poco sacó de su bolsa unabotella y la destapó con los dientes:

—Es del bueno, lo compré enGuadalajara.

Más por galantería que por deseo,hice a un lado mi asco y di un trago deaquel infernal brebaje.

Mientras limpiaba con la palma de

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su mano la boca de la botella, para a suvez beber, comentaba:

—¡Qué bien cae al anochecer!¿Verdá?

El tequila hizo lo suyo; las lenguasse soltaron y a la hora de camino micompañero y yo bordábamos ya sobre elcañamazo de la amistad.

Iba a Querétaro a ver a su hija.Para ella y el nieto compró caramelos alagente de publicaciones; quesos en LaBarca, limas de Silao, cajetas deCelaya, fresas de Irapuato…

—… Pues sí, mi amigote, aquídonde me ve —me decía— yo tuve todami vida una ambición alta; alta y bienmetida en las entrañas. Desde niño,cuando de barrio a barrio, allá en

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Cuquío, mi pueblo, los muchachos noshacíamos la guerra a pedradas, yaalimentaba el deseo que me acompañómuchos años. Ese anhelo fue el de llegaralgún día a sargento. ¡Y verdá de Diosque trabajé por ponerme un chaquetín, yen él las tres cintas coloradas…!Aconsejado por mi ambición, me di dealta en el ejército. Reinaba en laRepública de aquel entonces el generaldon Porfirio Díaz. ¿Se acuerda de él?Mi gente fue establecida en Guadalajara.Al poco tiempo de estar allí, mi coronelme tomó afecto, porque en todo elcuartel no había uno que lustrara losbotones de su chaquetín con más graciaque yo. ¡Así se hacían méritos melitaresen tiempo de la «odiosa»! A los dos

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años de servicios, me dijo una noche micoronel: «Por tus méritos, PanchoPlanas, desde mañana serás cabo». ¡Ay,Chihuahua, pero qué gusto me dio!Entonces me hice más gente y servicialpara granjear a los de arriba. ¡Québrillantes quedaban los botones de loschaquetines de todos los oficiales!

»En eso se oyó decir que un talMadero tráia revuelta l’agua allá por elNorte y mi batallón fue de los primerosen ser movidos para aquellas remotastierras.

»Pronto tomamos contacto con elenemigo, y yo, verdá de Dios, me metíparejo detrás de aquel par de cintas quetantas noches me habían quitado elsueño. Después de un combate, algunos

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compas dijeron: “A lo macho, el quemerece el ascenso es el cabo PanchoPlanas”. Y yo sentí rete bonito.

»Al siguiente combate, meagarraron prisionero y… adiós misesperanzas. ¡Pero eso merece un trago!»—dijo y sacó la botella.

Bebimos. Pancho Planas escupiófuera de la escupidera y encendió uncigarro para luego continuar.

—Madero era bueno y nos dio alos pelones la oportunidad de juntarnoscon su gente. Volví a los trancazos llenode fe en el triunfo. Cierto que las fuerzasen que iba a operar no eran las delgobierno. ¿Pero a mí qué me importabacon tal de llegar a sargento? Y así fuecomo empecé de nuevo mi carrera,

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desde soldado raso.»Un día supe que don Porfirio, ¿se

acuerda de él?, se “ipirangueaba” ynosotros nos venimos pian pianito paraMéxico.

»Zapata y Orozco se pusieronpesados. Entonces yo y mi gente nosfuimos al Norte a darle duro a lamauseriada. Mi general Huerta nosmandaba. En el segundo Rellano y enBachimba me tocó estar cerca de losmeros cabezones y un mayor me tomócariño, seguro porque le dije que yohabía sido de los federales. Me hizo suayudante y hasta prometió ascenderme.Yo le creí, porque entonces, los quefuimos tropa cuando la federación,éramos los que teníamos vara alta con

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los jefes.»Acabado Orozco, regresamos

triunfantes a México. Allí permanecimospacíficamente algunos meses. Un día,desde la Ciudadela, empezamos a echarbala, sin saber por qué ni contra quién.Pasaron muchos días de combate y hubohartos muertos. Yo pelié con ganas,verdá de Dios. Por eso cuando terminóel mitote, el jefe me dijo: “… y por tusméritos, Pancho Planas, desde mañanaserás cabo”. Y al otro día amanecí conuna cinta colorada en la manga. Otramás… ¡y sargento!

»El señor Madero y su segundo,don Pino Suárez, fueron asesinados. ¡Ah,cuánto sentí yo al chaparrito!

»Como ganamos aquella acción,

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llevamos mucho tiempo vida de cuartel.Entonces hubo paseos por el Portal deMercaderes y por los Plateros;uniformes nuevos y vacilones en laAlameda… Pero la carrera de las armasse choteó, desde que dijo el pelónHuerta, que ya lo habían ascendido aPresidente, que hasta los máistros deescuela tenían que ser militares…

»Ái nomás que un señor Carranza,por allá por Cahuila, andaba con ganasde vengar a don Francisco… y a Cahuilanos fuimos a guerriar.

»Los carrancistas eran bravos,¡verdá de Dios!, y muchas ocasiones lezumbaron a la columna Mass en dondeyo andaba. Durante un fuerte combateme quedé cortado y me fui a Monterrey.

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Allí supe por un compañero, que llegódespués, que se me había propuesto parasargento; pero como no me encontraron,se les ocurrió declararme desertor ycero ascenso… ¡Pero esto merece untrago!».

Y destapó de nuevo la botella conlos dientes para beber gruesos tragos.Yo lo imité. Una somnolencia agradableme avisaba la vecindad de laembriaguez. Mi amigo exageraba elademán. En ocasiones me trataba de tú;alarmante temperatura en el termómetrode la borrachera.

—Y de nuevo se secó mi esperanzacomo mata enchahuixtlada. Con la gentede Jacinto Treviño me pinté enMonterrey. Como la cosa andaba tan

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revuelta, pensé que con poco trabajopodría, por allí, llegar a sargento. Todala República era entonces una esquitera.En el techo de un gran tren de cargahicimos el viaje para el centro yvolvimos a entrar triunfantes a México,en medio de los aplausos de loscapitalinos… De los mismos queadularon a Huerta cuando se encaramóen la silla, sirviéndole de escalón elcuerpo ensangrentado de don Pancho.¡Ah, qué mi gente!

»Las cosas seguían de mal en peor;un día, en un agarre que tuvimos con loszapatistas, allá por Chalco, logramos yoy otros quitarles una ametralladora; conese motivo, mi capitán me dijo: “Por tusméritos, Pancho Planas, desde mañana

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serás cabo”… y tuve otra vez lasargentiada a tiro de pistola…

»Ái nomás; bueno, ¡pero estomerece un trago! —y volvimos a beberaproximándonos más y más a laborrachera—. Que nos mandan a batir aVilla, que se le había alebrestado conganas a don Venustiano. Fue unencuentro cerca de un pueblo delinterior donde el cabo Pancho Planas fuehecho prisionero de los rebeldes. Denuevo me disponía a aguantarme lasganas de ser sargento, cuando me dicuenta que el jefe de nuestros enemigosera nada menos que aquel coronel queme ascendió a cabo por primera vez,allá en Guadalajara. Lo vi, ya erageneral. Los bigotes se le habían

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blanqueado; pero le quedaba mejor eltejano que el chacó. Le dio mucho gustoencontrarse conmigo y me ofreciórecibirme entre su gente. Como suuniforme ya no tenía botones de metal,pensé que ahora tendría que valerme deotra treta para hacer méritos con él. Lehablé de mi sueño dorado; él consintióen ascenderme, pasados los primeroscombates. Esta vez sí creí seguro elbrinco.

»Entonces me habló de laConvención; de que habría yatranquilidad; que Carranza, Villa yZapata se iban a dar su abrazote y quetodos volveríamos a nuestras casas…Algunos sintieron gusto; pero a mí ya seme andaba muriendo la esperanza.

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Después se supo que la Convenciónhabía resultado como el rosario deAmozoc y se enchiló más la gorda…

»Vinieron las acciones de Celaya,Trinidad y León… Tres hazañas de donÁlvaro Obregón que sacaron los eructosa Villa. Nos dispersamos. Yo gané paraQuerétaro; en el camino quemé elchaquetín con todo y las cintas decabo… ¡Un pelo más que se le caía alcuero de mi ilusión! ¡Pero eso merece untrago!» —dijo Pancho Planas entrehipos y pucheros.

De nuevo empinamos el codo. Mirepugnancia fue entonces vencida por unsentimiento de cariño hacia aquel tipo.Esta vez el brazo de Pancho Planasestrechaba mi cuello fraternalmente. Mi

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corazón escurría tanta miel, que mecontagiaron los pucheros delcompañero.

—Bueno —continuó con vozenronquecida y escupiendo las palabraspor aquella lengua anudada que servíade trampolín a la saliva—. PanchoMurguía llegó a Querétaro. A un tenientede sus fuerzas le cambié en el mercadoalgunos bilimbiques y le almohacé sucaballo; con eso me lo gané y me ayudópara darme de alta con los carranclanestriunfadores. Nos fuimos tras de PanchoPistolas… De nuevo las tierras calvasdel Norte y los sufrimientos de lacampaña; la sed; el mampuesto tras delmaguey trespeleque; las asoliadas… lashambres… y luego, el repuñoso

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ascenso: “… Por tus méritos, PanchoPlanas, desde mañana serás cabo”. ¡Melleva la trompada! ¿Cómo no se lesocurrió, a los que hicieron la nuevaConstitución de Querétaro, ponerprimero el grado de sargento y luego elde cabo?

»No pudimos acabar con Villa ynos concentramos a la capital. Allí nohabía esperanzas de ascenso y pedí mipase con la gente de Pablo González.

»Al “general Carreras” lo mandódon Venus a aplacarle los humos aZapata. Marchamos al sur; el generalGuajardo, dizque volteado al zapatismo,nos atacó con cuatrocientos pelados. Yopelié al lado del capitán que mandaba.Tenía tanto coraje, que muchas veces me

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salí del fortín a combatir a pecho pelón.Entre el humo de la lucha veía las trescintas de sargento. Guajardo y su gentenos echaron fuera causándonos muchasbajas. Cuando llegamos al primerpueblo, el capitán puso su parte militaral general González. Me acuerdo queterminaba así: “… y por sus méritos,propongo que el cabo Pancho Planas,herido en combate, sea ascendido asargento”. Pasaron los días y no llegó elascenso.

»Después supe que lo del ataque aJonacatepec no había sido más que unatantiada para que Zapata le agarraraconfianza a Guajardo; por lo tanto miascenso estaba verde y mi herida yaempezaba a engusanarse… ¡Pero esto

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merece un trago! ¿Verdá, mi cuate?».Yo veía a Pancho Planas detrás de

la densa cortina que los humos delalcohol me habían dejado caer sobre losojos. Mis músculos estaban relajados yel vaivén de los carros me adormecíaapaciblemente.

En la plataforma del furgón, unrielero rascaba la séptima.

—Espérate, manito, no terminatodavía la historia, le falta su colita:¡Que viva Obregón y que mueraBonillas! ¿A poco eres tan tierno que note acuerdas? Sí, hombre, el Plan deAgua Prieta. El general Calles, Hill yFito de la Huerta… La cosa se volvió aagriar y la Santísima Trenidá se le dejóvenir encorajinada a don Venustiano. Un

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día se dijo en el cuartel que nos íbamospara Veracruz. Pancho Urquizo nosmandaba y con él fuimos siguiendo a loque llamaban el «tren dorado».

»En Aljibes pararon los trenes yallí se les hizo bueno para que nosdiéramos un quemón. Donde quiera sepuede uno morir; pero tambiéndondequiera puede uno llegar asargento, así me dije, y le entré con fe alos plomazos. Después de mucho peliar,allí al pie de los trenes, un amigo queera ordenanza me dio el pitazo: ¡en lamesa del jefe estaba un despacho que meascendía a sargento! Sólo le faltaba lafirma. Yo subí al carro-oficina y allí lovi. Tenía su aguilota, verdá de Dios. Eneso, el ataque se hizo más fuerte. Por

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todos lados nos envolvían las fuerzasdel maldito Guajardo… ¿No será otratantiada?, pensé. Pero como laesperanza muerte al último, me agaché ycomencé a quemar saltapericos. ¡No terajes, Pancho Planas, que ya casi eressargento! Y va bala y bala viene; perovenían más que iban, y nos echaron paraatrás. Yo me parapeté cerca del carro-oficina y me puse a defenderlo con todosmis pantalones. ¡Adió, como que allí, enun papelito con su águila y sus sellosestaba nada menos que el objeto de miarrastrada vida! De repente sentí que mesalía sangre de una pierna; luego que elcampo se volvía al revés y mucha sangreen el hocico y en la jeta harta espuma; lacabeza que volaba hecha pedazos y un

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dolor de caballo entre el redaño. Perdíel sentido. Desperté en la camilla de lasambulancias; todavía voltié la carahacia el carro-oficina y solamente vicomo únicas huellas de él una altacolumna de humo…

»A poco los dotores me mochabanla pierna… ¡Pero esto merece un trago!Soy enválido y viejo, ya no podré nuncallegar a sargento» —esto me dijoarrastrando la lengua y lleno deamargura, en los momentos en que sucabeza caía sobre el pecho, presa deterrible embriaguez.

Pasaron algunas horas y PanchoPlanas, ya sereno, alzó la cara, sacudiósu cuerpo como perro mojado y,viéndome fijamente, dijo:

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—¡Lo que hacen cambiar los añosa uno! ¡La esperencia! En la actualidá,mi ilusión es otra muy diferente. ¿A queno sabes cuál es? Que mi nieto, el quevive ahora en Querétaro, llegue algunavez a sargento… ¡Pero esto mereceun…!

Y le cortó la frase el grito delgarrotero:

—¡Querétaro!

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Tragedia grotesca

CUANDO el reloj daba las nueve, elviejecito aseado y de buen ver ponía enmovimiento la pluma, que de saltito ensaltito iba estampando sobre lablanquísima hoja renglones parejos,firmes, trazados con admirable letrainglesa —«de aquella que de tan bonitaya ni se usa»—, según apreciación de laperfumada taquígrafa, que trabajaba a lavera del oficial tercero.

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A la una en punto, el viejo sequitaba las mangas de lustrina negra;descolgaba de sus naricillas las gastadasantiparras, limpiábalas cuidadosamentecon una hoja de papel «cebolla», paraguardarlas después dentro del estuche deterciopelo desteñido.

Estiraba los pies bajo el escritorioy, tras de ver largamente su obra de todala mañana, procedía a dejar limpio elpupitre y acomodados ordenadamenteaquellos documentos, de los queextrajera tantas cifras para reunirlasdespués en interminables columnas.

A veces, antes de abandonar laoficina, el jefe de Sección tenía estecomentario al ver la labor delempleado:

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—Careaguita, es usted de losinsustituibles. Lo felicito… ¡Qué bien,qué bien!

—Se hace lo que se puede, señor.La práctica de quince años me ayudamucho —respondía sonriendo lleno desatisfacción.

Luego iba al perchero, descolgabaparaguas, sombrero y abrigo; sacudíaescrupulosamente su calzado y salíaprecediendo al eco:

—¡Hasta la tarde, señores!¡Quince años!Los compañeros de oficina sabían

que era viudo; que hacía el viaje de lavida en tercera clase y que su únicacompañera era una hija demente.

Él nunca se quejaba; pero a veces

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sus ojillos verdes amanecíanenrojecidos: era que había velado lanoche entera a los pies de la enferma.

Todos le consultaban los puntos dedifícil solución. Él para todos tenía unarespuesta y una sonrisa.

Y el comentario se generalizaba:—¡Careaguita «es una dama»! —o

bien:—¡Pero qué competente es el señor

Careaga!El oficial tercero no hacía caso de

la lisonja. Trabajaba, trabajaba sinlevantar la cabeza.

A veces charlaba con el oficialprimero, después de terminado eltrabajo:

—Mientras tenga fuerzas para

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continuar ganando el sustento de mi hija,me consideraré absolutamente feliz…

—¡Es usted la flor y nata delempleado público, Careaguita!

Y él, con gesto tranquilo y pasoreposado, abandonaba la oficina trasaquella frase repetida durante quinceaños:

—¡Hasta mañana, señores!

Un día aconteció un hechoextraordinario; algo que hizo palidecerdesde al mozo de oficios hasta el jefe ticSección: nuevo ministro.

Y aquello trajo consigo todo unpavoroso cortejo: pánico, desesperanza,angustia.

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Los empleados formaron corrillos,en los que jugueteaban la hablilla y elchisme.

Las labores se suspendieron y todoel mundo se dedicó a pensarempeñosamente en el cese.

Sólo Careaguita siguió trazando susrenglones firmes, parejos, cortados decuando en cuando por la columna deguarismos y signos aritméticos.

—¿Y usted qué opina de lo que estápasando, señor Careaga?

—Que deben temblar aquellos queno cumplen con su deber…

A la última campanada de las nueve, eloficial tercero tomaba asiento en su

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viejo sillón giratorio. Cuando sedisponía a cambiar pluma al gruesomango, se dio cuenta de que a un lado dela mesa estaba un sobre amarillo.

Con gravedad sacó sus antiparras,las limpió escrupulosamente con unahoja de papel «cebolla» y, a la distanciaque le permitió su miopía, leyó:

«Al Ciudadano Pedro M. Careaga,oficial tercero de esta Secretaría.Presente.»

Tomó con ademán reposado laplegadera; desempolvó su hoja con todocuidado, para después abrir el sobreamarillo.

Cuando terminó la lectura, levantóla vista y observó que todos loscompañeros le miraban con tristeza.

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Hasta entonces comprendió lo difícil deaquella situación.

Pálido, tembloroso, bajó la cara.—Cómo lo siento, señor Careaga

—se atrevió a decir el jefe de Sección—. Tenga usted la seguridad de queyo… Bueno, no faltó quien informara alseñor oficial mayor que su calidad debuen empleado había bajado con losaños; además, el nuevo ministro tienemuchos compromisos y naturalmente…Pero de todas suertes, señor Careaga, yasabe usted que me tiene a sus órdenes…Yo reconozco… Desgraciadamente…

—Gracias, está bien —murmuró elanciano.

Cuando salió de la oficina, ibatambaleante, cómico, ridículo.

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Caminaba como uno de esos autómatasde la burlesca juguetería francesa:corcovado, trémulo, con sus ojillosencendidos como brasas y arrastrandoaquel impecable sobretodo a cuadros.

—¡Adiós, señores! —dijocambiando la frase de saludo que usódurante quince años.

¡Quince años!

A la mañana siguiente, el reloj escupiónueve campanadas; pero la ausencia deCareaguita no confirmó la exactitud dela hora.

Sobre el escritorio, en donde sehabía liquidado parte de una vida,quedaba tan sólo como pago de aquel

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esfuerzo, un sobre amarillo que abría suboca como queriendo confesar todo uncrimen.

Un empleado vecino de Careaga trajo lanueva:

—Cuando salió de la oficina, alcruzar la calle, fue alcanzado por unauto que lo hizo «polvo».

Sobre la dura plancha de laestación de policía, el cuerpo del señorCareaga, mal cubierto por el impecablesobretodo a cuadros, esperaba que elbisturí le hiciera la postrera caricia.

—No hay dinero para enterrarlo —dijo como final de su información elvecino del oficial tercero.

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Hubo una pobre colecta entre losempleados.

Uno fue comisionado para contratarel servicio funerario.

Se recordaron las excelencias deCareaguita.

El oficial primero elogió su labor.La taquígrafa perfumada tuvo

oportunidad de lucir sus pañuelillos debatista cuando se enjugó los ojos.

Alguien maldijo al coche queatropellara al anciano.

Pero otro, con tono de seguridad,exclamó:

—El atropello del auto no fue elque mató a Careaga. Fue otro, el quesufrió aquí en la oficina; ése paralizó sucorazón.

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Hubo silencio alrededor deldeslenguado y todos escondieron sumiedo tras de los pupitres.

En tanto, en la paupérrima viviendade Santa María la Redonda, una pobreloca exigía a gritos el sedante besopaternal.

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La accesoria

ÉSTA era una accesoria. Una accesoriaigual a todas. Cerraba la estrecha callejay recibía en plena fachada el chiflón,que entraba encañonado por las paredesenlamadas; también atajaba al eco de lasblasfemias, que como serpientes sedesenredaban por las bocas de losborrachos que llegaban a acurrucarse enel rincón nauseabundo, que formaba laarista perdida en la penumbra.

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En medio de las cuatro esquinas, elfoco eléctrico de escasos voltiospugnaba por vencer a la oscuridad, quemedrosamente se apretaba, hasta hacerseespesa, dentro de las paredes delcallejón.

En la cervecería de la esquina, la«diecera» devanaba «abandonados» y«borrachitas».

A veces, la accesoria sentíarubores. Era cuando veía salir,tambaleante, al obrero prendido delbrazo de una compañera siempreocasional, que venía a romper el letargode fiebre que postraba a la callejaenferma de miseria. Pero entonces, ella,la accesoria, se daba cuenta del papelque tenía encomendado. Estrechaba con

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ternura, en un absurdo abrazo de cuatrobrazos, a la gente que vivía en suinterior; hacía chirriar la puerta, con elafán de cerrar todas las rendijas pordonde pudiera escaparse la más pequeñaporción de calor hogareño y, tranquila,dejaba que se perdieran las sombrasinquietantes en la lobreguez del callejón.

Pero aquella noche la accesoria estabatriste. Su abrazo de cuatro brazos no eracordial. Era flácido, desfalleciente. Porla puerta entreabierta se colaba un airefrío hasta su corazón, como unapuñalada, haciendo parpadear las cuatrovelas de sebo que rodeaban el cadáverde una niña; de una niña pequeñita, de

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meses, que en postura forzadadescansaba sobre aquella mesagrasienta, subrayadora antaño deoptimismos, ahora ahogados por penas ypobrezas.

Una mujer menuda se hacía«bolita» sobre una silla chaparra. Aveces, sus lágrimas goteaban hasta elpiso de madera pintada rabiosamentecon amarillo congo.

Cerca de la puerta, el zapateroremendón echaba los pulmones sobre unpar de medias suelas.

Por un instante, callaba elrepiqueteo del martillo. Era que elhombre necesitaba de sus dos manospara recoger alguna lágrima.

—¡Pobrecita! —gemía la mujer—.

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Ayer a estas horas se rió todavía cuandote le acercaste…

—¡Pobrecita —repetía el hombre—, murió sin que la viera el doctor!

—¡Qué feo es ver muerto a un hijo!—agregaba la hembra.

—Es cierto, más valdría notenerlos… Los hijos resultan cosas delujo. Deberíamos ser como las abejasobreras —decía el zapatero mientraspasaba por su boca un largo hilo decáñamo.

—¡Como las abejas obreras, esverdad! —repetía la mujer arrancándosede un letargo infernal.

—Claro, los hombres tienen muchoque pensar, mucho que sufrir; y agrega aeso lo de los hijos, los hijos enfermos,

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los hijos muertos… ¡Pobrecita niña, túno has tenido la culpa de nacer gente…y gente pobre! Ahora no eres ni pobre nirica. Eres una muertita.

—¡Oye! —interrumpía la mujer—,con eso de las abejas nada seremediaría, porque los ricos también semueren y, entonces… ¡Pobres ricos!

—Los ricos tienen cómo divagarsus penas. Su dolor no es tan amargo. Uncadáver de un rico nunca el ridículo; encambio, un muerto pobre es horrible…horrible… ¡Qué feo es un muerto pobre!Parece que los andrajos le persiguenmás allá de la vida.

—¿Viste, viste? —gritaba la mujer—. Por eso quería yo que la tendiéramoscon un vestido de Virgen de Lourdes o

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de pastorcita… así no se hubiera vistotan fea.

—La muerte siempre es fea. Esarigidez, esa tiesura de los cadáveres delos ricos y de los pobres, se me figuraque no los deja descansar, que les duele.¡Qué injusto es que sufra el pobre y quela incomodidad y el martirio sean suscompañeros hasta debajo de la tumba!¿Verdad? Yo la hubiera hecho rica. Sí, lahubiera hecho rica, ¿por qué no? Todohubiera conquistado para ella, hasta lavida. Porque el dinero ahuyenta a lamuerte…

—¿Por qué no fuiste rico? —interrumpía la mujer—. Así no hubieramuerto; pero si esto fatalmente hubierasucedido, ahora estaría vestida de

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Virgen de Lourdes o de pastorcita.—¿Y si viviera —seguía la

obsesión del hombre— y tú o yo o losdos hubiéramos sido los muertos?Entonces…

—Entonces, ¿qué hubiera sido dela niña? ¿Quién la ampararía?

—¡Es cierto!… Acaso el hospicio.Pero ya mayor, cuando llegara a ser unaguapa muchacha, entonces los gavilanescaerían sobre ella, la destrozarían, laemporcarían y la harían ir a parar allupanar… o al hospital, ¡quién sabe! Silos gavilanes se portaban clementes,entonces la miseria, acaso más cruel quelas aves de rapiña, la estrujaría entre susgarras hasta hacer de ella lo que somosnosotros: tristes residuos de una

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especie, miserable muestra de una clase,mugre, hambre…

Las velas de sebo se consumían, amedida que las inedias suelas quedabanadheridas a los cortes gastados de loszapatos en reparación.

Pendiente del techo de laaccesoria, una araña ajena a la tragediaque el destino había plasmado tan cerca,pero también tan lejos de ella, tejía lahamaca donde se mecerían susespasmos, a la llegada de una amableprimavera.

A veces el celo de la puertecillaque daba a la calle era trágicamenteburlado. El eco de una carcajada entrabaen zigzag y profanaba con su caricia alpequeño cadáver.

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Ya el zapatero terminaba en silencio sulabor:

—Mañana temprano irás a entregarel trabajo. Veinte reales que serviránpara pagar el cajón…

—Sí, veinte reales —gemía lamujer—. Más quince pesos de la fosa.Ya ves cómo para el pobre hasta lamuerte es un lujo.

—¡Y también la vida! Pero nollores, las abejas obreras no lloran, nodeben llorar. Fíjate cómo yo no lloro, nolloro —y machacó dolorosamente lafrase; parecía que, cada vez que salía desu boca, tragara un puñado de aquellosfiludos alfilerillos que le servían paramontar las medias suelas.

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La accesoria temblaba por el dolor quemartirizaba sus entrañas.

Su abrazo, su absurdo abrazo decuatro brazos, se aflojó, se enfrió, seenfrió como la muerte, hasta que dejó deser.

La puertecilla, celosa guardiana depaz y de tibieza, se abrió de par en paral empuje de una ráfaga de viento frío,que apagó de un solo soplo las cuatrovelas.

El hombre, tambaleante, echó aandar calle abajo, hasta confundirse conlas sombras. Cuando llegó al perímetroluminoso, se le vio entrar a lacervecería, en donde convirtió enembriagante líquido el par de zapatosremontados.

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La mujer, hecha un extraño nudo,había logrado pescar la punta a un sueñoletárgico.

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Lancaster Kid

LA ESTACIÓN de Negrete estabatransformada. El furgón sin ruedas queservía de oficina al telegrafistaanacoreta presentaba aquel memorabledía un aspecto diferente al duro einhospitalario que lo caracterizabacuando el polvo, cabalgando sobre ellomo de la ventisca, azotaba contra lasparedes podridas y amoratadas delarmatoste.

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Ahora banderas y festones de papelde china entregaban al aire sus vuelos.Los ramos de mirasoles y amapolas,distribuidos con estética ingenua,punteaban la alegría que venía aresolverse en notas musicales que sederramaban de las bocas desdentadas delos guitarrones y requintos, mientras el«arpa grande» jaleaba con ronca voz elpespunteo de alguna pareja impaciente.

El bule tequilero pasaba de manoen mano y de boca en boca.

Allá, tras la loma —de esaimprescindible loma de todo paisajeranchero—, se escuchó el chiflido tanesperado, e, inmediatamente después, unrumor y la frase bien distinta:

«Se dejó venir…».

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Y luego el gusano empenachado,que aparece faldeando el cerro, mientrassus entrañas metálicas se deshacen eneco.

¡Lancaster Kid llegó en el tren deMéxico!

Venía dentro de una pulida jaula demadera, que fue bajada con todocuidado, a poco que la máquina hizo altoen la estación de bandera.

Todos los rancheros fueron testigosadmirados del desencajonamiento de labestia.

Cuando el potro se sintió libre,estiró los remos, sacudió la crin e hizoalgunas cabriolas sobre el piso reciénregado de la estación.

Luego el entusiasmo floreció en el

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elogio:—¡Pero qué estampa!—¡Qué chulo cuaco!—¡Bien haya la yegua que le echó a

sufrir!Y el potro, sintiéndose admirado,

se engorbetaba, pateaba el piso con suspezuñas finas, transparentes, coleabagraciosamente y dejaba que las manosencallecidas de los rancheros alisaransu pelo fino y brillante.

Lancaster Kid venía de buenospadres. Su actual dueño, adolorido porla frecuencia con que los potros criollosdefraudaron su esperanza y vaciaron suescarcela, cuando se arriesgó a ponerlessobre los lomos la fabulosa apuesta,cuya ganancia o pérdida se decidió en la

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pista pueblerina, importó de las cuadrasde Halifax aquel ejemplar, con la perraintención de arrancar moños y echar portierra famas y fortunas.

Así fue como Lancaster Kid llegóa la hacienda.

Se le instaló en el más ampliomachero. Hubo para él banquetes demaíz y avena; su colchón de paja seca seremovía tres veces diarias; la almohazaacariciaba su sedoso pelo alazán ycaballerangos experimentados atendíansus más pequeños deseos.

Pronto Lancaster Kid se aclimatóy, más pronto, su fama ascendió delBajío a Los Altos.

Cuando mi tío y yo recorríamos losmaizales, él solía decirme: «Mira, esta

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siembrita dará sus frutos el día en queLancaster Kid haga su primera carrera.Todo el producto de la cosecha lo voy aapostar a su favor… ¡Un mil en cadapata, chamaco, y si hay más, le pongootro en las narices!».

—Pues yo tengo cuarenta pesosdispuestos para echárselos a las pezuñasal cuaco gringo —se atrevía a decir,lleno de entusiasmo, Águila, el peón deestribo.

Mientras, crecía Lancaster Kid y,con él, su fama. A las puertas de sumachero llegaban desde el alteño deropa enrojecida por la tierra de suregión, hasta el guanajuatense deestrecho calzón y albo «patío».

Lancaster Kid paseaba petulante

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de un lado a otro de su caballeriza,orejeando, como queriendo captar elmás mínimo elogio de los muchos que lededicaban.

Meses antes del doce de diciembre,fecha en que año tras año se efectuabanlas carreras, allá, en Guadalupe deLerma, se descubrió al posible rival:Turco lo llamaban. Era prieto, zaino ycabezón. ¿Su origen? Mucho másmodesto que el de Lancaster Kid: veníade un viejo garañón, que en sus buenostiempos fue invencible en las«quinientas varas», y de una yeguagreñuda y despreocupada, la que antesde contraer nupcias con el padre de

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Turco había tenido devaneos conmanaderos de la peor calaña; y hasta sedecía que más de una mula fletera habíavisto la luz por causa de estosdescabellados amores.

Pero los alteños, que sonautoridades en eso de conocer lo que unpotro puede dar de sí, aseguraban queTurco llegaría a ser un rival del caballode Halifax.

Ante tales pronósticos, lascaravanas de fanáticos solían irse pordiferentes caminos; los unos a admirarla petulancia del inglés, los otros a verel entrenamiento del criollo.

Cuando Turco llegaba a sacarcuerpo y medio a los caballos con loscuales lo ensayaban, el alborozo de los

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alteños no tenía medida.Y cuando Lancaster Kid atascaba

de polvo las ternillas de los potros quelo adiestraban, los abajeños teníanfandango toda la semana.

Primero la pugna fue entre lospartidarios de dos caballos. Muy prontologró generalizarse entre dos regiones:Los Altos por Turco, el Bajío porLancaster Kid.

La puñalada y el balazodelimitaron trágicamente los campos.

El camino real aumentó sucolección de cruces.

Cuando en la cantina se hablaba deTurco o de Lancaster Kid, los arribeñosechaban mano a la aguja de arria y losde la tierra baja se aprestaban a la

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defensa.Luego la división llegó a las

clases.La gente acomodada empezó a dar

beligerancia a Turco; pero juzgó de maltono ir contra el penco extraído de lasreales caballerizas británicas. Los deabajo encontraron oportunidad deenfrentarse a los privilegiados yconcentraron todo su entusiasmo sobrelos lomos de Turco.

Llegó diciembre forrado de alegría.En la feria pueblerina triunfaban

los albures, la ruleta y las peleas degallos.

El mariachi volcaba sobre las

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calles adornadas la tormenta de susnotas y la tambora punteaba el jaleo.

De aquella gran carpa de mantapercudida salía la voz tipluda del gritón:

—As de espadas, caballo de copas,malilla de espadas, rey de oros…

—¡Lotería! ¡Es buena una…!La muchachada recorría kilómetros

y kilómetros sobre la circunferencia deldestartalado volantín, cuyos«caballitos» habían perdido los bríos enmil y una ferias.

Los partidarios de Lancaster Kidlucían sus elegancias en la plaza dearmas, en donde la banda soplabacomplicadas oberturas, mientras losturquistas chiflaban al cohetero queempezaba a incendiar descomunal

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castillo.Los vendedores de cacahuate y

fruta de horno hacían su agosto endiciembre.

¡Y, por fin, las carreras!Los eventos que precedieron al

encuentro de Lancaster Kid y Turcopasaron casi inadvertidos.

Los tendidos, llenos de pintorescaconcurrencia, hacían cancha a la pista dearena húmeda. Una cuadrilla de peonesmedía a pasos el terreno por recorrer.

Cuando Lancaster Kid hizo suaparición, la banda de sombra lo recibiócon estruendosos aplausos, mientras losasoleados le armaban estridente

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rechifla.Turco llegó ante la indiferencia de

los partidarios del inglés; pero fuesaludado por sus amigos en la formamás afectuosa.

Cuando el alteño de ojos borradosse acercó a mi tío, yo estaba embobadoante la figura del gallardo cuacoeuropeo, que paseaba metido en elegantecamisa de seda; sus finos remos estabanvendados hasta las rodillas y entre loscolores de su divisa se leía el nombreegregio: Lancaster Kid.

Turco, en pelo, aguardabaamarrado a un mezquite, espantándoselas moscas con el rabo corto y escaso decerdas.

—Yo sé, amo —dijo el alteño

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dirigiéndose a mi tío—, que usted tienepor ái unos fierros para apostarlos.

—Sí —respondió él—, sólo queestoy en espera de uno que se atreva ajugar contra el inglés. ¿Tú eres ése?Pues aquí hay cinco mil pesos quepierdo o gano con Lancaster.

—Hecho, patrón; yo y mis paisanostapamos esa apuesta…

—Bueno; pero hay que casarlos.Luego el vecino conocido de

ambos que se ofreció a ser depositario ydos fajos de billetes como broche de laapuesta.

—¡Hasta al ratito, patrón…!—¡Eita! —interrumpió Águila, el

peón de estribo—. Aquí hay tambiéncincuenta pesos más en favor del gringo.

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—¡Se me hace poco, vale…! Enfin, escúpelos.

Y quedó casada la apuesta.En eso llegó a nuestros oídos la

decisión del juez. A Turco le daban deventaja el «lado de la vara».

—¡Ya amarramos! —comentó mitío en tono de absoluta seguridad.

Luego la carrera vertiginosa,indescriptible… Los caballos pasaronentre una tupida lluvia de gritos eimprecaciones.

Antes de llegar a media pista, elalarido de los alteños saludó a Turco,cuando sacaba a su adversario más demedio cuerpo.

Cuando el criollo hundía las manosen la meta, el de Halifax, sofocado,

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sudoroso y olvidado de su pedantería,trotaba a más de seis varas atrás.

—¡Se hizo la chica!El asombro y la codicia

redondearon mis ojos cuanto mi tío hizoentrega de la ganancia al alteño.

Águila se rascaba con desaliento lanuca, para decir entre dientes: «¡Ya melas pagará el endino!».

¡1914! La ametralladora paseó suprestigio de gran perforadora devientres a lo largo del país.

Sobre las espigas de los trigalesllovió el chahuixtle de las granadas.

Los campesinos ampararon sucorazón entre la doble cruz de las

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cananas.La palabra del camarada máuser se

impuso en aquella algarabía.El bule tequilero dejó su lugar a la

caramañola y la voz ronca de la tamborafue acallada por el cánticodesconcertante de los tamborcillos delBacatete.

Lancaster Kid había echado carnes y sufama de tenorio la sostenían unaveintena de potros, todos alazanes,honra y prez de la ganadería regional.

El caballo de Inglaterra pasaba lavida a semejanza de sus amos; biencomido, atendido en la más delicada delas formas y con el solo trabajo de

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conquistar, allá de vez en cuando, lascaricias de alguna yegua cuyos encantosfueran dignos de las preocupaciones delgalán.

Pero Águila andaba en la bola ybuscaba venganza.

—¡Le he de pelar los lomos! —oíanle decir sus compañeros.

Y tras de rondar muchas noches porla sede de Lancaster, encontróoportunidad de «avanzarlo».

¡Allá va el ranchero, una bellamañana, jinete en la bestia importada!

Cuando se incorporó a su columna,el pobre Lancaster Kid iba agobiado,lleno de espuma, arrastrandopenosamente las patas y deshechos losijares por la necedad de un espoleo

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infernal.Muchos cientos de kilómetros

pasaron bajo las pezuñas del infelizcaballo, y el día en que las necesidadesde la campaña permitieron a Águiladesensillarlo, los gusanos le habíanhecho tremendos túneles en el lomo. Unamatada asquerosa le empezaba en lacruz y le remataba en el tronco de lacola.

—Esto no vale ni diez pesos… Medebes todavía cuarenta… Más los cincomil del amo don Ruperto… ¡Echa tuscuentas!

Una tarde, cuando escondíamos nuestropánico en el más apartado de los cuartos

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de la casona pueblerina, mientras afueratronaba endemoniada balacera, hizo suaparición el buen Águila.

Su pelambre gris se habíaprolongado hasta los hombros. La tez,antes cobriza y limpia, se veía ahorarenegrida y llena de granos repugnantes.

Vestía traje de kaki desteñido yenlodado, tan ajustado a su cuerpo, quea leguas se notaba que «el difunto eramás chico». Se cubría la cabeza con unridículo sombrero tejano, adornado poruna toquilla de cerdas alazanas.

Traía a cuestas un bultosanguinolento del que salía fétido olor ymillares de moscas verdes y panzudas leseguían en asquerosa procesión.

—¡Ja, ja, jaa…! Mi amo… la he

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hecho, pero de veras buena. Fue allá enla acción de Cerro Colorado dondefrunció el hocico por última vez…¡Probe, hasta lástima me está dando,porque a la hora de la hora le revivieronlos bríos…! ¡Le metí las espuelas y searrancó… nada más que una descarga lohizo cáir con la panza al aire!… ¿Seacuerda usté de los cinco mil del águilaque le hizo perder? Pos ya vengué a sumercé, y como muestra, aquí le traigoesto al amo, para que se haga unaschaparreras de cuero inglés.

Y tiró en medio del cuarto una pielalazana, clareada muchas veces por lasbalas o por los gusanos que bullían entreel sedoso pelo.

—Lo truje en el lomo —prosiguió

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— más de treinta leguas. ¡Con algohabía de pagar el matalote! Yo meconformo con esta toquilla que hice conlas cerdas del endino.

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El pajareador

POR el hecho de haber escupido contoda felicidad el ultimo diente de leche,la vida del muchacho tomó un nuevocamino. Sus padres, tras densasreflexiones y pesados razonamientos,determinaron mandarlo a trabajar, aponerlo en contracto con el sol, la tierray el agua, con cuya sociedad algún día elvacío granero familiar se habría de ver areventar.

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Así fue como una mañana risueña ycalurosa, el niño echó a andar por lavereda. Los rayos del sol, colados porla bóveda de los arbustos, manchabancon florones dorados trechos delcamino; el viento jugaba con las hojasdesprendidas de las ramas; los tordos sedecían estupideces de un nido a otro y,abajo, la canción del arroyo se deshacíaen espuma, cuando las aguas seprecipitaban en cascadas sobre el lechorocoso y profundo.

El muchacho, recibiendo en todo elrostro la caricia del aire tibio y blando,marchaba optimista hacia el enormepotrero que se extendía de cerro a cerro,como una gran alfombra plateada, ocomo un pequeño lago cuyas olas se

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mecieran en el columpio del viento.Con el morral del bastimento

pendiente de un hilillo que le cruzaba elpecho y la honda de mecate liada a lacintura, el niño veía acercarse elsembradío de cebada a punto de pizca,futuro campo de sus actividades.

Aquella mañana rodeó por elguardaganado y llegó tarde al potrero;los que iban a ser sus camaradas detrabajo hacía una hora que habíanprincipiado la faena.

Cuando le vieron llegar, se rieronde su tardanza y el mayordomo leaconsejó paternalmente: «No hay quedejar camino por vereda. Entra siemprepor el “portillo del lambedero”; porquedar vuelta por el guardaganado resulta

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muy largo».En seguida se incorporó a la turba

de rapaces, que habían suspendido sulabor para ver con atención al «nuevo».

El mayordomo esperóprudentemente hasta que los muchachosconsumieron el platillo de la curiosidad.Luego gritó con energía:

—Vamos sobre los tordos, queahora estos pájaros del diablo selevantaron con apetencia… ¡Sobre lostordos, muchachos!

Y los niños se esparcieron por elpotrero armando una gritería infernal,mientras lanzaban, tras el chasquido desus hondas, gordos pedruscos que, alcaer en medio del sembradío,levantaban nubes de tordos hambrientos:

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—¡Ey, jaley… jaley… jaley!…La bandada de pájaros se alzaba

tan sólo algunos metros para volar untrecho y volver a caer con necedad deacridios sobre las espigas de cebadamadura…

—¡Ey, jaley… jaley… jaleyyyyy!…

Seguía la carrera interminable yseguía el constante tronar de las pajuelasque se destrenzaban en el extremo de lashondas.

El oficio no era difícil de aprender;por eso pronto se vio al «nuevo»encabezando al grupo de pajareadores,gritar con todas sus fuerzas y tronar amás y mejor la punta de la honda, encuyo tejido su padre había pasado la

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noche en vela.Durante la primera hora de labor,

la cosa caminó sobre rieles.Le divertía ver cómo al conjuro de

su grito las negras aves dejaban lapitanza y se echaban a volar llenas demiedo; pero poco después le chocó lainsistencia de los animaluchos. No habíaacabado de repetirse el eco delpajuelazo cuando ya los pájaros seasentaban de nuevo, como burlándosedel celo de la muchachada.

—¡Ey… jaley… jaleyyyyy!…Muy pronto la terquedad de los

tordos le puso corajudo. Impelido por laira se lanzó como bestezuela hasta llegarmuy cerca del lugar donde los animaleshacían de las suyas. De los millares de

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piedras que el niño había lanzado contrala bandada, una rompió el pecho de unpájaro que quedó con el pico abierto ylas patas crispadas. Él lo recogió y lodeshizo entre sus dedos trémulos. Luegolimpió en sus calzones de manta lasmanos ensangrentadas y se hizo unpenacho de plumas negras que clavó enla copa de su sombrero de palma.

—¡Ey… jaley… jaleyyyyy!…Pero cuando los rayos del sol

cayeron sobre su cabeza como tormentade puñales, empezó a sentir cansancio.Primero se le secó la garganta hasta elgrado de que sus gritos no salían delpecho sin antes causarle fuertes dolores;luego el brazo, cansado de tanto girarsobre su cabeza mientras preparaba el

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disparo del pedrajo que jugueteaba en lahoja tejida de la honda, se habíaabotagado en tal forma que la muñeca seagarrotaba horriblemente y los doloressubían para anidársele en la axila. Lapupila dilatada dejaba colar hasta elcerebro el brillo inhumano que se untabaen el potrero hasta más allá del portillodel lambedero.

Sus pies descalzos resbalabansobre la terronera del surco; pequeños yfilosos guijarros eran desenterrados porsu planta desnuda, para clavársele en lascarnes tiernas.

El corazón, que le brincaba en lagarganta, impedía que el aire llegara asus pulmones, y de sus ojos inyectadosescurrían lágrimas.

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Cuando llegó la hora del almuerzo,el muchacho se dejó caer rendido a lapobre sombra de un huizache. Como nosentía apetito, permitió que suscompañeros dieran cuenta delbastimento.

Momentos después, se volvía aarrastrar entre los matorrales delsembradío. Las piernas sangrantes por elroce de las espigas se negaban ya asostenerlo, y los tordos, aprovechandola derrota del más enconado de susperseguidores, llenaban el buche a suentero gusto.

De vez en cuando se escuchaba elchasquido de una honda y el gritopenetrante de los pajareadores:

—¡Ey… jaley… jaleyyyyy!…

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Los niños trabajadores rindieron lajornada junto con el sol. Al pardear, lostordos emprendieron el vuelo hacia lamontaña y los hombrecitos se agruparontambién, para regresar al rancho.

Echaron a andar con rumbo alportillo del lambedero y por allísalieron al camino real.

Todos cantaban, menos el «nuevo»,que caminaba tras el grupo rengueandolamentablemente.

Las canciones de sus compañerosle llenaban de tristeza.

Esta impresión, unida al cansancioy al dolor, le hicieron enfermarse.

Cuando las casas del ranchoaparecieron en el fondo de la cañada,sintióse tan cansado que se dejó caer sin

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sentido en medio del camino y no supoquién lo llevó en brazos hasta el jacal desus padres.

Allí, tendido en el petate de varasde membrillo, soñó que millones degigantescos tordos rojos le picoteabanlas piernas y le saltaban los ojos y queel calor del sol se le metía por lasvenas, hasta abrirlas.

Su madre le dio una friega conmanteca de res; le metió los pies en unlebrillo con agua tibia y le puso en lassienes unos «chiquiadores» de ruda.Todo esto mientras rezaba tres salves ydos credos, de acuerdo con la fórmulacurativa de María Antonia, su vecina.

El padre, mientras acariciaba lacabeza monstruosa de Coyote, el perro

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del hogar, decía:—Mañana amanece bueno y se va

al trabajo… con lo que raye el sábado,echaremos maicito al solar.

Y el enfermo, presa de la fiebre,hacía roncar de vez en cuando sugarganta:

—¡Ey… jaley… jaleyyyyy!…

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Guadalupe el Diente deOro

EL DÍA en que aquel hombrazo aparecíafrente al rancho, entrando por el caminoreal, chapoteando con sus botas de cueroen el lodazal y cargando sobre suespalda el pesado fardo, las mujeresdejaban descansar la mano del metate ysalían a la puerta de sus jacales paraverlo pasar.

Él, conocedor de su negocio, para

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todas tenía una frase de saludo:—¡Qué hay, tía Lorenza, cómo se

está aviejando!…—¡Claro, ya he vivido muchos

años… y muy bien trabajados!… Peromire, don Guadalupe, cómo viene ustéde ensopado. Luego lueguito le voy apreparar una sustancia con dos huevospara que trasude y se componga, no seaque a la mejor nos deje sin vendimia.Pase al fresco, nomás no se quite elsombrero porque se le sube la calor…¿Trajo chilte?

—Sí, y es del bueno, lo merqué enTalpa, qué tantea…

Y seguía caminando, sosteniendo sucuerpo sobre un torcido bordón. Decuando en vez llevaba hasta la frente el

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paliacate para recoger las gotitas desudor que se cuajaban en sus carrilloscongestionados.

A los lados del camino, las guíasde campánulas y el «manto de la virgen»se enredaban entre las cercas dehuizaches florecidos.

El sol caía perpendicularmentesobre el vientre inflamado de un niñoque pataleaba dentro de la caja demadera que le servía de cuna. Cerca deaquel cuerpecito, el cerdo revolcaba supestilente majestad en un charcoputrefacto. Las moscas panzudas yzumbadoras volaban del charco a laboca del chiquillo.

Guadalupe, el barillero, noacababa de saludar a la clientela. A

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todos prodigaba su sonrisa desmolada:—¡Mira qué chula te has puesto,

Tulita! Hace un año eras una chamacaencanijada… ¡Ahora, por lo redondita ychapeada pareces una manzana!

Y la muchacha mordía la punta delmandil sin atreverse a levantar susojillos enrojecidos por el humo de laleña verde que chillaba en el fogón.

—Sóplale a la lumbre —se oía unavoz cascada dentro del jacal—. ¿Qué noves que el humo me hace daño pa midolor de costado? ¡Ah, pos si aquí estádon Guadalupe…! A ver si no me estápiropiando a mi hija, ¿no sabe que yaestá pedida? Pa octubre toma mano conChema, el de mi compadre Felipe.

—¡Alabao, con razón se hace uno

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viejo! —y el barillero continuaba lamarcha.

—Adiós, Guadalupe, cada vez quevienes es más grande el bulto quecargas. Buena señal, ¡los negociosprogresan!

—Se hace lo que se puede, tíoLucas…

—Pa’l año que entra, trairás unamula; tú no vas a poder ya con el tercio.

—¡Dios l’oiga!

El sábado por la tarde, cuando el gritónllamaba con su alarido gangoso a lospeones a recibir su soldada, Guadalupeempezaba la venta.

Bajo la sombra de un mezquite de

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corpulento tronco y de ancha falda, elbuhonero exponía al doloroso deseo delas mujeres todo cuanto llevaba: dos otres piezas de manta, retazos de percalesfloreados, cambayas de ínfima calidad,rebozos de hilo, espejos pequeños encuya montadura, por el reverso, se veíala severa efigie del Cura de Dolores enlos momentos de tremolar el estandarteguadalupano; o el marcial perfil dePorfirio Díaz, o la bella Otero en poseatrevida, o Ponciano Díaz en peligrosasuerte de toreo ecuestre; agujas devarios calibres, hilos de todos losnúmeros, estambres de mil colores y, enmedio de aquel pintoresco puesto, elchilte de Talpa, la mercancía más noble,destinada a ser cambiada por espumosas

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jícaras de leche y a veces hasta porgordas de maíz morado.

Guadalupe se paseaba de un lado aotro sonriendo ante el efecto quecausaba su puesto entre la clientela.

—¡Ya llegó el baratero, el mismoque peleó con su dinero! ¡Pasenmi’almas, por ver no se paga!

Las mujeres rondaban el puesto. Nose atrevían a acercarse.

La voz del gritón decía la nuevaletanía del viejo martirologio.

Los hombres, sentados en cuclillas,envueltos en sus rojos cobertores ychupando cigarro de hoja, esperabanescuchar sus nombres para acudir acobrar los escasos centavos con que sepagaban seis jornadas de sol a sol.

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—¡Agapito Romero!—¡Ave María!—¡Florencio Lucas!—¡Ave María!—Treinta centavos.—¡Sixto Partida!—¡Miguel Villa!—¡Máximo Sánchez!—¡Ave María!—¡Ave María!—¡Ave María!—Treinta centavos…—Veintiocho centavos…—Doce centavos…Luego recogían el puñado de maíz

que les tocaba de ración y se iban ajuntar con las mujeres.

Entonces ellas sí se atrevían a

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acercarse al barillero.A veces había negocio; otras, las

más, no pasaba la cosa de un regateotenaz y miserable, que arrancabalágrimas a las mujeres y compungía alos maridos.

Cuando el gritón llamó a Jesús Zárate,una mujer dijo al oído de otra:

—Oítes, ya llamaron a tu hombre.—¡Pos a ver si ora quere!Él llegó amarrando a una punta del

pañuelo los cobres que importaba elsalario.

—Oye, Chuy —dijo melosa lahembra—. ¿Me mercas un espejito?¡Acuérdate que desde el día que nos

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casamos me lo prometites!El ranchero arrastró hasta el puesto

a la muchacha.—Eita tú, barillero, con ganas de

tratar, ¿cuánto queres por un espejito?—¿De éstos…? Veinte centavos.—¿Veinte? Te vas a condenar por

bandido…—No, hombre, la mera verdá… la

mercancía francesa está ahora por lasnubes; casi no gano…

—¿Queres quince?—No, ni que tuviera muerto

tendido. Dame dieciocho.—Bueno, que sean dieciséis…

¡Míralos!—Échalos. Te he dado, por ser

quien eres, precios de mayoreo…

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—Escógelo, chata —dijo elmarido.

Y ella, tras de mucho buscar:—El que tiene pintado al Sagrado

Corazón, pa que no te den celos.La mujer cogió el espejo. Tras una

sonrisa mustia se vieron en la diminutaluna sus dientes filuditos y parejos comogranos de maíz tempranillo.

—Empréstalo, chata, deja verme—y luego de hacerlo, el macho se atusóel bigotillo, mientras devolvía el espejoa su dueña.

Después, echó el brazo sobre ella yse perdieron tras las cercas cubiertaspor el «manto de la virgen».

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Pasó un año y la profecía del tío Lucasse cumplió al pie de la letra.

Guadalupe apareció un díamontado en enorme penco que batía elbarro con sus pezuñas «espiadas».Seguía a dos mulas alteñas y muytordillas, que pujaban al peso de laspetacas que bailoteaban sobre suslomos.

Cuando el barillero entró al rancho,encontró novedades:

La tía Lorenza había «enviejado»tanto, que no alcanzó a llegar al corte delos primeros elotes. «Estiró la pata poraño nuevo.»

Al pasar frente a la puerta, degolpe, recordó el chiquillo que hacía unaño pataleaba dentro de una caja de

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jabón. Se dio cuenta de que en el jacalhabía «angelito»; olía a flores de SantaMaría y a mistela. Adentro se llorabamucho; pero se bebía más. El cerdomajestuoso había sido sacrificado parapasar sin hambre el velorio; la primera yla última venganza del «angelito».

Lupe sintió tristeza por el niño;pero no pudo evitar que se le hicieraagua la boca al pensar en las carnitas.

Tulita, parada a la puerta del jacal,miraba con ojos enormes,desparramados, como los ojos de lasvaquillas recién corridas. El barilleronotó que ya no estaba redondita comolas manzanas. En cambio, el vientrehacía que las enaguas se levantaran pordelante más de una cuarta. ¡La culpa de

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que aquella rosita se hubiera marchitadola tenía el diantre de Chema, el delcompadre Felipe!

Sólo las guías de campánulas y el«manto de la virgen» seguían azules,frescas como si todo el año no fuerasuficiente para mustiar sus delicadasflorecillas.

Debajo de un fresno, el tío Lucascapaba una colmena.

Olía a miel y a humo.

—¿No te lo advertí…? ¡Ora sí tearmaste! —dijo el viejo Lucas al verllegar al barillero.

—Sí —respondió éste—, las cosashan cambiado, se progresa —y sonrió

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ampliamente para hacer que el rancheroreparara en el diente de oro con quehabía tapado su vieja desmoladura.

—No te digo… ¡ya tráis hastadiente de oro! ¿Qué diablos comitéspara que te saliera? Con ése van dos queveo en toda mi vida… el otro lo tráia ungringo que vino acá quesque a buscaruna mina… ¡A ver! Pero déjame verlo;apéate, así, abre la boca. Conque dientede oro, ¿no? ¡Lo que inventan! Y esodebe valer un platal, ¿verdad?

—¡Phss!, no gran cosa. Me lohicieron en Guadalajara —dijo con tonopetulante el barillero.

—¡Pero quesque diente de oro! —murmuró con retintín el ranchero—. ¡Untesoro de oro!

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—Vengo de paso —informóGuadalupe—. Ya para mí no es negocioranchear. He dejado de ser barillero;ahora, aquí donde me ve, soy agenteviajero de las Fábricas de Francia. Voydirectamente al pueblo de Ayo, ¡muybuena plaza! Traigo magníficamercancía… La gente de aquí no tiene,toda junta, el dinero suficiente paracomprar tan sólo un metro de las telasde seda que llevo allí empacadas…¡Algo fino, de calidad! Tengo peinetasde carey, espejos de «cuerpo entero»,peines, estampas de santos milagrosos;novenas infalibles para sacarnos deapuros; rosarios, tiras bordadas; encajesde bolillo y tantas y tantas mercancíasque apenas caben en estos cuatro

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«mundos»…—¡Pero quesque diente de oro! —

remolía el viejo.—Voy a exhibir a ustedes lo que

llevo. Así conocerán cosas de lujo, ypuede, si a mano viene, que meencuentre con alguien que quieracomprar alguna cháchara que meapenaría mostrar en la importante plazade Ayo.

A poco el puesto de Guadalupe seofrecía todo entero a la curiosidadcampesina.

Como reguero de pólvora corrió enel rancho la noticia de la llegada delbarillero; pero lo que más atrajo laatención de todos fue el diente de oro.

Los hombres fueron desde

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temprano por sus mujeres para mirarjuntos el prodigio.

Todos rodeaban al comerciante y leveían extasiados.

Él no desperdiciaba oportunidadespara reír con toda la boca. Casi nadie sefijó en las ricas mercancías exhibidas.Toda la atención la controlaba el propioGuadalupe.

¡Quesque diente de oro!Cuando el gritón llamó a la raya,

muchos no lo escucharon. Tanta era laadmiración que había despertado elartificioso incisivo.

—¿Y cómo lo hicieron?—¿Quién los hace?—Un dentista que vive por el

rumbo de San Juan de Dios, allá en

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Guadalajara, porque en Guadalajara…—Y, oye, ¿cuestan mucho?—¡Hummm!, un tesoro de oro —

gruñó tío Lucas.—¡Pero a ver, déjame agarrarlo!—¡Desde lejecitos, por favor!…En vista de lo sobrenatural, las

mujeres olvidaron hasta el chilte deTalpa.

A la fresca de la tarde, el barillerocosquilleaba los ijares a su cuaco.

Las mulas le precedían pujandoescandalosamente.

—¡Adiós, tío Lucas!—Dios te bendiga, Guadalupe el

Diente de Oro.

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Al amanecer, una cuadrilla de peonesdio con él. Quedó tirado a un lado delcamino. Su cabeza estaba sumergida enel agua verdosa del vallado y llenas delodo sus botas de cuero crudío.

Cuando extrajeron el cuerpo,notaron que tenía la boca abierta, no porla coquetería de una sonrisa, sinoporque la mandíbula estabadescoyuntada a fuerza de golpes.

Los dientes habían sido arrancadosde cuajo.

Junto a una piedra ensangrentadaaparecieron varios incisivos; pero no elde oro.

En el monte fueron encontradas lasmulas cargadas. ¡No les faltaba un pelo!

El caballo ensillado ramoneaba

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muy cerca del cadáver.El Comisario pudo constatar que

una sola pieza de seda, de las muchasque contenían las petacas, valía tresveces más que el diente de oro.

Cuando los rancheros platicaron altío Lucas la suerte de Guadalupe elDiente de Oro, aquél dijo con tonosentencioso:

—¡Quién le manda tráir tesoros enel hocico!

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¡Fuera con yo!

EL TIRO era profundo, oscuro. Asemejanza de una boca fabulosa que seabriera en bostezo eterno, para lanzarcontra el cielo azul su aliento mefítico,esperaba, llena de modorra, papar elenjambre que bullía a su alrededor todaslas mañanas.

Por la garganta húmeda, cortadaperpendicularmente hasta el vientre,escurría el hilillo de una escala por

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donde bajaban los hombres que irían ataladrar con ansias de topos la rocabrava, en pos de la veta, encajada en losestratos de una peregrina conformaciónterráquea.

En primavera, cuando al buen solno le bastaba la cara rechoncha de latierra para voltear sobre ella el don desus rayos, fabricaba para los hombres delas profundidades otro de sus milagros:un haz de luz que se descolgaba por lasparedes lodosas de la gran garganta ydesleía el caos en que los minerosocultaban el delito de la pobreza.Entonces los trabajadores tiraban picosy barretones para mirar hacia arriba:alto, ¡a trescientos metros! y veían aldisco del sol que les guiñaba; pero

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estaba tan lejos, ¡tan lejos!, que amuchos se les antojaba una moneda deoro…

Después seguían la labor; seapretaban en un punto hasta hacer masapalpitante, laboriosa, tal la gusanera queperfora una carroña.

Y el diálogo que salía aborbotones, impulsado por el bombeodisparejo de dos pares de pulmonesabolsados por la silicosis o por la zarpade otros mineros, de otros incansablestrabajadores, de aquellos quedescubriera el ojo mecánico delprofessor Koch:

—Dicen que por aquí va la veta…—¡La veta! Retira la linterna, que

me ahoga el calor… El calor y el

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sudor… Oye, ¿tú has pensado en un ríode sudor? Qué grande resultaría un ríocon el sudor de todos los trabajadores,¿verdad?

Y al ritmo del trabajo sincopadopor el chocar de los hierros sobre elpedrusco, lo cuchareaba el eco paraestrellarlo furiosamente contra la paredde rocas.

Por fin —un «por fin» lejanísimo, aocho horas de distancia— los hombresestiraban los brazos en cruz condesarticulado ademán, como el pollinoque restrega el lomo sobre el ardientearenal, tratando de encontrarle cabo a unbuen descanso.

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Como si arrancara de las puertas delinfierno, una procesión luminosa seretuerce en el vientre de la mina. Son loshombres que se reintegran a lasuperficie, tras de arrancar a la roca elmetal mutable a la primera caricia de laluz, en el triunfo de los siete pecadoscapitales.

El murmullo, entrecortado alprincipio, se torna persistente, luegouniforme, hasta convertirse en un sololamento prolongado, inacabable, que seentrevera en el dédalo de notas llanas.

Cientos de voces se mezclan en elcoro para decir cada cual su oración yen conjunto surge el «alabado», esecántico que más que de acción degracias es queja inútil, lastre,

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declinación.El canto de los resignados no se

eleva, se queda abajo, reptando como elgrisú, chocando con los pequeñosguijarros que a flor de tierra viven tansólo para rasgar con sus aristas lasplantas descalzas.

La plegaria, para trepar hasta lasuperficie, tiene que anudarse a lagarganta de los hombres… Y allá subeen pos de ellos, como si no pesara lacarga que ya cada uno lleva sobre sulomo.

La escala se pone tensa cuando laprimera planta pisa el último escalón…y suben y suben y suben, sin dejar decantar, los seres que a diario vandejando enterrado algo de ellos, como

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abono al pago de la cuenta inaplazable.De pronto la canción del dolor y de

la muerte es taladrada por el grito deaviso:

—¡Fuera con el pico!…Y el hombre de cuyas manos se ha

escapado el instrumento vuelve la carahacia abajo:

Toda la escalera está iluminada porlas llamitas anémicas de las linternas degas, que cuelgan de las cinturas de loscien obreros que trepan. Al «grito deaviso», el enorme gusano de luz hacecontorsiones.

—¡Fuera con el martillo!…—¡Fuera con la linterna!…—¡Fuera con la pala!…Estas frases retumbaban noche a

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noche, como anudadas a un eje dedelirio, porque es de reglamento avisarasí, a los que suben, para evitar latragedia.

Mientras, el primer hombre hallegado a la boca del tiro. El «alabado»satisface su intento; está a flor de tierray ha logrado interrumpir la tranquilidadcruel de la ciudad, que comodinamentese reclina sobre la falda de la montaña.

Aquella noche —dos veces nocheen el corazón de la mina— los hombresascendían, como siempre, con su bagajede cansancio y de «alabado»; ningún«grito de aviso» había roto la irritantemonotonía; el gusano de luz se deslizabalento, imponente.

De pronto, dos manos que se

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acalambran por la fatiga y no sostienenel peso del cuerpo que cuelga comotrágico títere; un alarido de espanto yluego el reglamentario «grito de aviso»,que cae a plomo como gota de metalderretido:

—¡Fuera con yo!…El gusano se contrae horriblemente.Muchos mineros voltearon la cara

contra la pared. Otros, inmutables,vieron pasar el cuerpo humano que, confuerza de proyectil, fue a estrellarse enel vientre de la mina.

La ciudad burguesa se revolvióentre las blancas sábanas de su lecho,presa de momentáneo calosfrío; el«alabado», ya a flor de tierra y prendidocomo quiste a los labios de los

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trabajadores, se estiró por la calle realhasta llegar al río; pero en el tímpano delos mineros quedó clavado, comoestaca, el último «grito de aviso»:¡Fuera con yo!…

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Más cuentos

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Silencio en las sombras

TROPECÉ con él en una de las mástransitadas esquinas de la ciudad; hacíaun sol espléndido y la gente asaltaba lostranvías y los autobuses con laprecipitación a que obliga la bochornosavida citadina. Iba vestido de luto y susemblante se advertía marchito. Loacogí cariñosamente; hacía más de unmes que no lo encontraba y su compañía

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érame gratísima… A bordo del tranvíacharlábamos largo, hasta llegar alpueblo semiurbano donde los dosvivíamos.

Luego conoció mi voz y medevolvió con amabilidad el saludo.Tomé su brazo y lo conduje hacia lapuerta más próxima. Caminabaairosamente, a pasos largos y con labarbilla levantada; su bastón, más queapoyo de ciego, diríase la prenda de undandy muy familiarizado con su manejo.Cubría la cuenca de sus ojos inútiles conlentes de enormes vidrios negros.

—Le agradezco su fineza, amigo.Mi defecto físico me impondría grandespenalidades si no fuera por personas tanamables como usted.

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—No vale la pena hablar de eso…¿Y cómo va la salud?

Nuestra amistad era añeja. Un díarozó mi brazo con su cuerpo y se detuvo:«¿Quiere usted hacerme el favor depasarme a la acera de enfrente? Debotomar allí mi tranvía».

Dio la coincidencia de que elvehículo por él esperado era el que yoabordaba corrientemente.

Desde ese día viajábamos juntos amenudo. Hablábamos y mutuamenteconocimos algo de uno y otro. Él eraprofesor de la Escuela Nacional deCiegos y Sordomudos, donde se habíaeducado. Siempre llevaba bajo el brazolibros escritos en el sistema ideado porLouis Braille. No conocía los colores;

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no tenía noción de los grandesvolúmenes; jamás vio el alba ni elcrepúsculo, ni la montaña; tampoco elmar, ni el horizonte… Era ciego denacimiento.

—La semana pasada —me dijo convoz enronquecida—, tuve una gran pena:murió mi esposa.

Noté en su frente un relámpago deangustia; pero en sus labios se dibujó apoco una sonrisa floja, incapaz de poderborrar de mi ánimo la impresión dedolor que observé momentos antes.

—Siento sinceramente ladesgracia, amigo. Mas yo no sabía queusted…

—Sí, fui casado y de esa unión mequeda una hijita de año y medio.

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Sus dedos finos y ágiles bailaronsobre el lomo de uno de los libros quedescansaban en sus piernas.

Yo no hallé comentario ante tandesoladora situación; pero él, sintiendoel momento propicio para hacerrecuerdos y confidencias, hablóquedamente, pensando en voz alta:

—La «sentí» por primera vez en laescuela, hará cuatro años. Yo empezabaentonces a impartir mis clases de lecturaa los ciegos… Recuerdo que ese díacelebraban una fiesta con motivo de lainauguración del aula «Miguel F.Martínez»; ocupábamos la misma banca.El contacto instantáneo y casual de subrazo desnudo con una de mis manos,me produjo una impresión

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indescriptible… Le hablé para darle unadisculpa; pero ella no respondió.Cuando el quinteto de la escuela terminóla Elegía de Massenett, yo me atreví adirigirle otra frase más… cualquiercosa, un comentario erudito sobre laejecución; pero ella permaneció ensilencio.

»El festival siguió de acuerdo conel programa. Mudos y ciegos procurabandesempeñar sus papeles a la perfección,ya que se trataba de honrar la memoriade uno de los más notables benefactoresdel plantel.

»Poco a poco iba yo “conociendo”a mi vecina de asiento: su cuerpoexhalaba un olor grato, atractivo,inconfundible para un ciego; su

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respiración calmada, a compás, meindicaba que el temperamento de aquellamuchacha era tranquilo y apacible. Lasupuse linda, robusta, sana.

»Entonces exalté en mipensamiento la imaginada figura: eraella seguramente la mujer un tantoinforme e imprecisa que muchas veces,como una sombra, pasó por mipensamiento en las noches de inquietudy de angustia… Fue aquello, ¿cómo dirépara que usted comprenda claramente?,¡un “amor a primera vista”!

»La festividad pasó rápidamente;yo, presa de una inexplicable timidez, novolví a hablarle a mi vecina.

»Cuando el público empezó amarcharse, nos íbamos quedando en el

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salón sólo maestros y estudiantes.Entonces pensé que la muchacha saldríaa la calle a gozar de la luz, a pasear porlos jardines, a ver las flores… Pero ellapermaneció sentada. Supuse que seríaciega; eso me causó honda pena, perotambién un poco de desilusión. ¡Ciega, yyo que en ella había visto por instantesmis ojos!

»A poco el director de la escueladio órdenes: “Los ciegos debenpermanecer en sus asientos, mientrasque los mudos desalojan la sala”.

»Hubo un instante de silencio y apoco un movimiento general y uniforme.Ella se puso en pie… ¡No es ciega!,pensé casi a gritos. Mi dicha no teníalímites… ¡No era ciega, amigo mío! ¡No

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era ciega! ¿Se da usted cuenta?».—Pero era… —interrumpí.—Sí, señor, era sordomuda.»Cuando pasó cerca de mí, adiviné

que la suya buscaba mi mano; unmomento permanecieron enlazadas…¡Breve lapso luminoso!

»Desde aquel momento su recuerdovivió inalterable en mi cerebro, en mitacto, en mi olfato… Terco, como unresorte. La “miraba” siempre, porque suimagen era la única capaz de incendiarmi larga noche. Pasaban los días yaquella fragancia, aquel roce voluptuosose mantenían latentes. La ilusión en unciego es zozobra tenaz… Ni siquiera senecesita entornar los párpados paraatraer la inefable remembranza al

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escenario sin paisajes, ni luces, niflores, pero en cambio pleno deperfumes y de gorjeos… Desazón quehizo de mis días tenebrosos y de mipesar crónico, un Edén.

»Pasaron los meses y la quimera sehizo amor y el amor maduró hasta lapasión arrebatada. Mi estado de ánimose había exaltado… Jamás volvería aestar cerca de ella. Su instinto femeninotendría que dejarme la iniciativa, peroyo no estaba en facultad de tomarla.¿Cómo buscarla, si ella era una sombrasilenciosa y yo un torpe bulto quetropieza y yerra? Además, no podríadescribirla físicamente para que otro lalocalizase y me llevara cerca de ella…Yo tenía un concepto mío, irreal,

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absurdo, pero mío, de la figura amada.Era la más elevada noción de la bellezahumana que puede caber en laimperfecta imaginación de un monstruo.

»Mi condición de maestro mepermitía visitar todas las dependenciasescolares. Un día de exaltaciónextraordinaria, resolví entrar en eldepartamento femenino del plantel desordomudos. Crucé el amplio patio en elmomento en que las alumnas esperabanentrar a su clase; en medio de aquellamultitud, el golpe enérgico de la conterade mi bastón sobre las losas y elmurmullo porfiado del chorro de lafuente eran los únicos huéspedesextraños de la mansión del silencio.Tropecé varias veces con grupos de

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mujeres, que indudablemente platicabanpor medio del silente alfabeto de lasmanos… ¿Estaría ella por allí? ¿Sepercataría de mi presencia? Y, sobretodo, ¿adivinaría el motivo que meimpulsó a penetrar hasta el interior de suescuela?

»Recorrí varias veces el patio,pasé por todos los corredores endesesperada búsqueda. Los golpes de mibastón eran cada vez más contundentes yruidosos; procuraba, en vano, llamar laatención de aquella gente privada delsentido auditivo. Contuve, por inútil, untierno llamado, casi un reclamozoológico, que pugnaba por salir de migarganta… Seguramente que en elsemblante se me notaban la

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desesperanza y la aflicción. Dos vecesalcé mi diestra e hice con ella locosademanes de náufrago en tierra firme.

»Cuando pretendí ganar la puertade salida, fracasado, abatido, medesorienté, al extremo de que fui achocar contra uno de los pilares delcorredor; exasperado quise huir deprisa; pero la puerta se burlabadiabólicamente de mí, rehuyendo lapunta del bastón, antena guía de micuerpo. De nuevo volví mi cara hacia elpatio y escuché los pasos acompasadosdel grupo de educandas que entraba ensu clase.

»Una angustia mortal se habíahecho en mí; creíame solo, perdido enun desierto tenebroso; mi pecho,

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oprimido por tanto pesar, estalló en unsollozo; luego, en medio del patio, lloréquedamente primero y después a gritos,con el designio de hacer trizas aquelsilencio avieso.

»Una mano me tomó por el brazo y,sin murmurar palabras, condújomebruscamente hasta la puerta de salida.

»La desafortunada aventura no hizomella en mi ánimo; yo estaba cierto deque ella me había visto; que no perdió niuno de mis movimientos, ni de misdesesperados gestos; porque tenía laseguridad de que me amaba tanto comoyo a ella y que sufría de igual angustia;así, por lo menos, me lo decía tanclaramente el calor de su manecita aúnvivo entre las mías. Había que insistir

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por medio del mismo procedimiento.»Así fue como me atreví una

segunda vez por el plantel desordomudos. Era un día caluroso demayo. Las palomas se arrullaban en lascornisas y el agua de la fuente estabatibia.

»Esa vez fui más discreto; caminécerca de los muros del corredor,anhelando que sólo los ojos de ella sefijaran en mí. Sentí de pronto un hálitofresco y perfumado; mi instinto me dijoque en esos momentos pasaba frente alportón que conducía al huerto. Una manose posó sobre mi brazo; de pronto creíque se trataba del brusco comedido queme expulsó la primera vez que oséentrar en la escuela de sordomudos.

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Pero un instante después, cuando eraconducido dulcemente hacia el interiordel huerto, saboreé toda mi ventura. Enefecto, a poco aquella mano breve,palpitante, cogió mi diestra y asícaminamos a través del pasillo que daacceso al jardín y allí, recargados contraun muro húmedo y musgoso, nuestrasmanos se acariciaron y se dijeron milcosas apasionadas. La respiraciónacalorada bañó mi rostro… Después, elbeso fugitivo y tímido habló por todauna eternidad de silencio e hizo la luz enlas tinieblas seculares. Estas entrevistasse repitieron dos, tres, cinco veces;entonces mis manos trémulas pasabanpor su rostro; el tacto gozaba del másinefable placer con el roce de aquella

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piel suave como terciopelo; mis dedosrecorrían afanosos su perfil, sus labios,sus ojos, hasta advertir plenamente subelleza y hasta quedar convencido deque en realidad era aquélla la siluetaque tantas veces había refulgido en mioscuridad.

»Pero un día, cuando el diálogo sinpalabras pasaba por su más dulcemomento, una maestra llegó hastanosotros, burlando la vivaz mirada deella y mi finísimo oído. Fuimosconducidos a la dirección del plantel,acusados de violar la estricta moralreglamentaria.

»Antes de escuchar la reprimendadel director, yo me adelantévalerosamente: “Señor, ella y yo nos

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queremos y sólo esperamos el permisode usted para casarnos”…

»El director guardó silencio poralgunos minutos, ¿asombro?,¿consternación?, ¿espanto?; luegoresolvió: “El caso es inaudito… Sinembargo, ante el tenor de hechosconsumados, la escuela se encargará detodo… ¡que sean ustedes felices!”.

»El día del matrimonio civil,después de la lectura del acta, supe unpoco acerca de ella: “Rebeca Cerda, deveintitrés años de edad. Expósita…”.

»Para burlar la curiosidad quenuestra unión despertó entre losmaestros y los alumnos de la escuela,pensé instalar mi hogar lejos, enTlalpan… Allí, con el auxilio de una de

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las profesoras de Rebeca, encontramoscasa amplia, cómoda, circundada por unjardín fragante, rumoroso y soleado.

»La dicha fue entre nosotros.»Ella guiaba mañana a mañana mis

pasos hasta la estación del tranvía, queabordaba yo para venir a México a darmis clases. Al regreso, cuando apenasbajaba mi primer pie del estribo, ya lamano cariñosa y atenta se había tendidopara evitarme un paso en falso… y allííbamos los dos, pegados uno contra otro,dejando que los corazones se dijeranaquello que estaba vedado a los labios.

»Mientras yo permanecía en elhogar, apoltronado en mi sillón dedescanso, preparando la clase del díasiguiente, ella trajinaba entregada a las

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labores domésticas. Hasta mí llegaba elruido de los platos sobre el pretil de lacocina o el de las pajas de la escoba,enérgicamente arrastradas sobre elpavimento… Y sus pasos firmes, fuertes,seguros. ¡Sus pasos! Luego sentía que seacercaban hasta mí; una débil ráfaga deviento me anunciaba la inmediatapresencia, que se corroboraba a menudocon un beso o una caricia. Despuésretornaba a sus quehaceres… Antes decomer, gustaba ella de acicalarme;peinaba mi pelo cuidadosamente,apretaba el nudo de mi corbata,equilibraba las solapas de michaqueta…

»Pronto tuve la idea de estableceruna comunicación más eficaz con ella.

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Necesitaba hablarle a su alma; decirlecuán grande era mi dicha y qué dulcepara mí su compañía… Fue durante unavelada después de la cena, cuando se meocurrió escribir con caracteres comunesla letra “A” sobre un papel; hice queella la viera y luego le tendí la mano.Rebeca comprendió en el acto;rápidamente acomodó mis dedos en laforma de signo “A”, en el alfabeto delos sordomudos…

»Desde aquel momento se inicióotra etapa de felicidad. El día en quepude formar con mis manos una palabracompleta: “Pedro”, que es mi nombre;ella dio rienda suelta a su gozo y rió acarcajadas roncas y estrepitosas. Luegopúsose a brincar en torno mío y a

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llenarme de besos.»Había dado el primer paso para

llegar a un entendimiento casi perfecto;ella podía captar ya mis pensamientos,recibir mis confidencias; pero yo, de suparte, sólo conocía manifestacionesfísicas, muy expresivas, muy elocuentes,pero jamás el fondo de esa alma queadivinaba excelente. Entonces penséenseñarle la escritura en el sistema deBraille; de esta suerte podría yo“hablar” con mis manos y ella responderpor escrito.

»Pero por más que me esforcéempleando mis conocimientosdidácticos, en el cerebro de ella nuncapudo entrar tal aprendizaje; cuando seconvencía de su torpeza, lloraba

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amargamente sobre mi pecho.»Los viernes nos tocaba concierto

de la Sinfónica; ella iba entusiasmada,porque adivinaba mi gusto por lamúsica. Los domingos concurríamosjuntos al cine; yo entonces era feliz porobsequiarla.

»Una vez vibramos al unísono; lasmanos se estrujaron presas de unentusiasmo mutuo y el palpitar denuestros pechos se sincronizó por virtuddel arte excelso; fue cuando ella “vio” yyo “escuché” Fantasía, de WaltDisney… Seguimos esa película porcuantos salones fue exhibida. Despuésde esa prueba, nos sentimos más uno delotro.

»Pronto me transformé en un

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consumado maestro en el idioma de losmudos; ella veía el rápido movimientode mis dedos y pescaba las ideas y lasrecomendaciones con admirabledestreza. Podría decirse que penetrabaen mis pensamientos, para obrar enforma tal que siempre me dejabacomplacido y satisfecho; su defectofísico era entonces superado por lavoluntad que el amor generaba. Todassus acciones, todos sus movimientos, notenían más finalidad que mi provecho ymi satisfacción… Yo recompensabaaquel maravilloso esfuerzo con toda laternura de mi corazón.

»Hacendosa y activa, había hechodel mío el hogar ideal. Los múltiplesutensilios domésticos tenían siempre un

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lugar preciso, permanente; todo estabapuesto al alcance de mi mano, todo: mislibros, mis instrumentos de escritura, miropa… En el apacible corredorcitosiempre había manojos de floresperfumadas y hasta la jaula de unjilguero que cantaba por las mañanassólo para mí. La casa entera olía alimpio y mis manos jamás seempolvaron al pasar sobre la superficiede los muebles…

»Una noche inolvidable noté que suvientre se llenaba, se abombabaperceptiblemente. Cuando ella advirtiómi entusiasmo por el descubrimiento, seechó en mis brazos; por mi cuellocorrieron sus lágrimas tibias.

»Durante aquellos días llegamos a

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entendernos perfectamente; ella, conleves golpes sobre mi hombro, alcanzó acomunicarme su aprobación o sunegativa; su gusto o su pesar.

»Una vez metió la diestra entre mismanos y se dio a formar con sus dedoslos caracteres del idioma silencioso,para mí ya tan conocido; yo logréidentificarlos inmediatamente por mediodel tacto. Su primera frase esimborrable: “Espero que no nazcasordomudo…”.

»Y así iniciamos la conversacióndiscreta, exclusiva, como si se tratara deun diálogo de oído a oído.

»Vino felizmente al mundo una hijasaludable, de apariencia normal. Supeen el acto que sus ojitos estaban vivos,

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muy abiertos y sanos. Pero la angustiade la madre se prolongó hasta el día enque la niña volteó su carita hacia lasonaja que Rebeca agitaba rabiosamenteentre sus manos.

»La niña fue definitivaconsagración de nuestra ventura: chispaen mis tinieblas; acorde en su silencio;música y luz al mismo tiempo; vínculosutil entre dos almas que, amándose adistancia, hallan por fin el camino parallegarse una hasta la otra y confundirseen anhelo eterno.

»Durante meses enteros hablaba yoa la niña horas seguidas; sabía que ellaescuchaba mis voces y que prontointerpretaría muchas de ellas; cuandosonreía, mi mujer lanzaba aquellas

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carcajadas gangosas y desapacibles conlas que, muy de vez en vez, demostrabasu regocijo. Ella, en su turno, hacíafrente a nuestra hija mil zalamerías ypiruetas, que la chica festejabaruidosamente; entonces era yo el quegozaba, al confirmar que aquella niñatenía la divina capacidad de oír la vozde su padre, a la vez que la de admirarla figura materna. ¡Espejo de ella frentea mí! ¡Transmisor fiel y maravilloso demi pensamiento cerca de ella!

»Mas un día, Rebeca se nos fueinesperada y silenciosamente; tal comohabía llegado, emprendió el camino sinretorno. El hálito amado se apartó de míy la bella silueta se borró para siemprede los ojos de su hija… Hace de eso

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apenas unos días, amigo; todavía nosaboreo plenamente la amargura delinfortunio, ni conozco toda lainmensidad de mi desgracia.

»Ayer el jilguero dejó de cantar.»Hoy vengo de la casa de un

escultor amigo; he ido a encargarle unbusto de ella, así podré palpar suhermoso perfil para no olvidarlo jamás;para mantenerlo siempre vivo entre lasyemas de mis dedos… Conózcala usted,caballero, y en vista de su retrato, désecuenta de la magnitud de mi desgracia»—dijo el ciego mientras sacaba de sucartera, repleta de papeles, el retratoque iba a servir de modelo al escultor…

Tomé entre mis manos la fotografíade una mujer con facciones vulgares,

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rechoncha, rubia descolorida… En susojos brillaba un fulgor de inteligencia yen sus labios plegados se advertía lavoluntad.

—Bella, ¿es verdad? —preguntóél.

—¿Bella? Sí, amigo mío, bella ymucho.

El ciego sacó de su bolsillo unpañuelo y lo llevó debajo de susespejuelos negros.

—Perdóneme, caballero, esto no escobardía… es, simplemente, que misojos desde hace algunos días vienenejerciendo frecuentemente su únicafacultad.

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El honor

NOCHE de enero. El aire encañonado enla calleja se columpiaba de los cablesque tendían su red sobre los techos delas casas chaparras y sombrías. En laesquina, una mujer pegaba su cuerpo albraserillo coronado de llamasamarillentas y arrebatadas por rachas.

De cuando en cuando, una vozchillona imploraba baldíamente la

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atención de los que pasaban.«¡A la castaña asada!…» y la frase

perduraba suspensa del viento, cuajadade frío.

A media cuadra, la tabernuchavolteaba sus eructos sobre la calle.Adentro el cantinero descabezaba unsueño, mientras en la puerta dosalbañiles discutían a un mismo tiemposobre el «seguro social» y sobre laúltima faena de Silverio. El hipoterciaba en la disputa, para impedirlesponerse de acuerdo.

Lejos, muy lejos, se escuchaba lavoz ríspida de una «Rocola diecera»,que deponía las notas almibaradas de un«bolero».

El frío, perverso, se adueñaba de

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todo con su vaho dañero.Frente a la taberna caían

perpendicularmente las cinco letras deun anuncio luminoso: «HOTEL.»

«HOTEL»… Era aquel reclamo unafarola en medio de la turbonada. La luzabarcaba un estrecho espacio, tanestrecho, que apenas si podía dar cabidaa un cuerpecillo que manteníase inmóvily erecto, resistiendo los escupitajoshelados de la noche y la indiferencia delos escasos viandantes.

Cuando me interné en la callecilla,la luz del anuncio me atrajo, me capturócomo captura la llama de la candela alabejorro. Sin mirar más que las letras,

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avancé entre sombras. Un perro gruñó ami presencia, que vino a interrumpir subúsqueda en un bote desbordado debasura.

Enfrente, la taberna me marcabaotros rumbos… Pero aquellas letrasdesleídas —«HOTEL»— habían cobradoen mí todo el prestigio de una mácula deluz en el manto de la noche.

«HOTEL», repetí. Luego deletreé deabajo hacia arriba el breve vocablo y denuevo empiné la vista y la hice escurrirsobre los caracteres luminosos, hastadescolgarla a raíz del suelo, no sinhacerla pasar sobre la figura humana querealzaba del muro oscurecido. Aquellasilueta fue para mi vista vagabunda sóloun accidente de la fatal trayectoria. La

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tenía cerca, a un par de metros; ya la luzdel rótulo me iluminaba de pies acabeza, cuando pensé que el bultitoaquel, tibio y palpitante, era lo único deinterés en toda la callejuela sola ydesolada… Pasé cerca de ella, casirozándola, pero sin mirarla. Ella debiósentir la congoja de la araña que vefugarse al insecto que había tocado latrampa de sus redes. Entoncestímidamente se atrevió a hablar:

«Ven…»Y mi apatía tuvo la misma crueldad

que frente al imprecatorio pregón de lavendedora de castañas asadas.

«Ven», repitió con entonacionesdesesperadas, mientras su mano seaferraba a mi brazo.

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Me detuve y cedí un poco, hastacolocarme frente a ella: la luz rojiza nosbañaba.

Ella, cogida a la solapa de miabrigo, me ofrecía una sonrisa hecha,manufacturada, como la de una máscara:

—Entremos… hace rato queesperaba a un hombre como tú.

Y sus ojos empequeñecieron delujuria trapalona.

Era una chiquilla fea y anémica. Desu boca colgaban los rasgos peculiaresde nuestro deslucido mestizaje y a sussalientes pómulos, cubiertos con la capade espesos afeites, afloraba, contumaz,el color chocolate de su piel.

El cuerpecito cobrabaondulaciones y movimientos procaces,

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dignos de una mona en brama. Era tanpequeña, que tenía que alzarse depuntillas para que su frente llegaraapenas a la altura de mi boca.

Sin embargo, dábase aires deirresistible, cuando decía enronquecida:

—Estás de suerte, hijo, llegas en elmomento en que empezaba adesesperarme por la falta decompañía…

Aquellos arrumacos me manteníaninsensible.

Pero ella sabía su oficio. En el actocomprendió que por ese camino nollegaría nunca a su meta. Entonces hizo aun lado sus ridículas demostraciones dehembra insatisfecha, paraempequeñecerse como una gatita

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friolenta y muerta de hambre.—¡Anda, hombre, siento mucho

frío!…Su cuerpo huesudo trató de meterse

bajo mi abrigo.Tampoco esta treta tuvo buen éxito.—¿Entonces qué diablos buscas

por aquí a estas horas? —preguntó entreconfundida y colérica.

Como respuesta y despedida toméentre mis dedos la carne escasa de unode sus carrillos y la acaricié con ternura.Luego intenté seguir mi camino sinrumbo.

Pero ella, animada por mi últimamuestra de amistad, quiso jugar laúltima carta:

—Espera —dijo—, la verdad es

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que no tengo con qué amanecer…Ninguno de los cien «viejos» que hellamado esta noche ha querido. ¡Tengomucha hambre!

Su carita escuchimizada pusoentonces un gesto de dolor tan real, denecesidad tan mandona, que llegó aimpresionarme.

Ella, tan inteligente como fea, pudodarse cuenta de los efectos del últimodisparo. Sin dar tiempo a reponerme, seechó hacia atrás, dio algunos pasos hastaencontrar la pared y allí se recargósollozando.

Yo estaba vencido.Eché mano a un billete de modesta

representación y se lo tendí.En los momentos en que ella alzaba

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su mano para recogerlo, un tercerpersonaje entró en escena.

Vigoroso, bien plantado y altanero,un joven apareció en el marco de lapuerta del hotel. La muchacha,sorprendida, encogió su diestra sin tocarsiquiera el billete con que traté deobsequiarla. Luego miró con ojosacuosos al recién llegado, mientras ensus labios fracasaba la ilación de unafrase.

El hombre, sin dar tiempo a que yointerviniera, se lanzó furiosamentecontra la mujeruca y la llenó de injuriasy pescozones. Ella, sumisa y calladapenetró en el hotel.

Luego, el salvaje dirigiósealtivamente a mí:

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—¿Por quién la ha tomado usted?Sépase que le tengo prohibido recibirdinero sin que lo haya desquitado… Siquiere darle algo, suba a su cuarto; ellatiene cómo y con qué ganárselo… ¡Nonecesita limosna!

Luego, congestionado de furor,agregó a gritos:

—¡Es bueno que vaya ustedconociendo a las gentes de vergüenza yde honor…!

Yo seguí mi ruta sin derrotero.En el cielo una estrellita vivaracha

y traviesa había logrado rasgar los velosde nubes y evadirse…

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Chirrín

LO ENCONTRARON en su casa cuandovolvieron de la escuela. Mamá habíalearreglado una jaula muy mona; por ellatrepaba cogiéndose de los alambres consus cuatro dedos, ayudándose con sucorvo pico, hasta llegar al techo, dondeensayaba graciosas volteretas.

Los niños rodearon la jaula dandogritos de asombro; la avecilla remedaba

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con estridencia las voces entusiasmadas,pero no dejaba, por ello, de ejecutar susemocionantes actos acrobáticos.

Pronto la admiración de loschiquillos dejó lugar a una curiosidadafilada:

—¿Cómo se llama, mamita?—Es un loro…—¿Quién nos lo trajo?—Yo; lo he comprado hoy en el

mercado.—¿Y por qué lo pintaron de verde?A poco, todos los niños de la

vecindad irrumpieron en el patiecillodel 5, para ver cómo el loro cogía entresus dedos toscos el pedazo de pan ycómo lo llevaba hasta su pico parasaborearlo con glotonería casi humana.

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Ese mismo día Nacho, el máspequeño de los niños, bautizó al tropicalhuésped: Chirrín.

Y junto a Chirrín permanecieronmuchas horas, tantas, que el loro empezóa cabecear presa del sueño en medio dela ruidosa hilaridad de sus amiguitos.

Nacho pidió a mamá permiso paraque Chirrín se acostara con él en sucamita… pero mamá le aseguró que losloros duermen más cómodos trepados enuna estaca, que sobre los colchones.Nacho, aun cuando no dio crédito a talabsurdo, tuvo que irse a dormir solitoantes que insistir frente a la energía dela mamá.

Chirrín cobró popularidad entre elvecindario. Pronto logró repetir con su

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ríspida vocecilla los más característicosruidos y los más típicos rumores deaquel mundito: «Ring… ring… ¿Quiénes? El pan… ¿Algo que soldar, baños,tinas, regaderas que destapar?». U otrasmonerías que mamá le enseñaba tal ycomo abuela lo hiciera antaño, con unancestro de la trepadora y parlanchinaavecita:

—Periquito, ¿erescasado?

—¡Ja, ja, ja, jay!…¡Qué regalo!

—¿Tu mujer eshermosa?

—¡Como una rosa,como una rosa!

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O bien aquella tonadilla que los lorosaprendieron de labios mestizos, cuandose hicieron bilingües, es decir, cuandoentre la urdimbre del dialecto indígena,metieron la trama del habla de Castilla:

Lorito real,tu piquito para

Españay tu colita a

Portugal…

Una vez enriqueció su vocabulario conuna palabra fea; fue aquella que salió dela boca de don Juan, el zapatero del 8,cuando al pasar tambaleante por lapuerta de la casa de Chirrín tropezócontra el quicio y se hizo daño en un pie.

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El terminajo no tardó en dispararsepor el pico de Chirrín y como un taco ira clavarse en las delicadas orejas demamá. El castigo al insolente no se hizoesperar: mamá volteó sobre él unapalangana de agua fría, serenada, queextrajo de la pileta del lavadero.

Chirrín, hecho una sopa, alzó supico y cantó en desagravio:

Corazón santo,tú reinarás…

Mamá, conmovida ante elarrepentimiento, obsequió a Chirrín conun buen trozo de plátano.

Cuando el loro advertía lapresencia de los niños en la casa,

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lanzaba fuertes risotadas y, entre aquelgangoso gorjeo, pronunciaba claramenteel nombre de cada uno: «Pepe, Concha,Lupe, Nacho…».

Luego se lanzaba en torpe vuelohasta ir a parar al hombro de alguno delos pequeños. El elegido por Chirrínpagaba aquella deferencia rascando consu índice suavemente la cabeza del loro,mientras le decía con voz acariciadora:«¡A ver, lorito, dónde está el piojito!».

Entonces Chirrín simulaba hallarsepresa de una somnolencia súbita, paradecir con acento lleno de modorra:«Buenas noches, hijitos». Frasesacramental escuchada por el loro nochea noche en boca de mamá, cuando en larecámara común torcía el apagador para

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poner, con el sueño, fin a la actividadcotidiana.

A veces Chirrín hacía peligrosasescapatorias; con su paso patizambocruzaba el patio de la vecindad parallegar, parlanchín, a las viviendas dondesabía que era bien recibido: doñaMicaela, la del 2 —viuda pensionada deun «constituyente»—, siempre tenía parael lorito una golosina apetitosa.

Los vecinos del 9, unos rubios ytímidos mercaderes polacos, pagaban sutributo de admiración a Chirrín con doso tres frases afectuosas, en un idiomacuyos duros vocablos jamás pudieronincorporarse al léxico tropical ydesmañado del perico.

De allí seguía su recorrido hasta la

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vivienda número 1, habitada por un parde costureras solteronas. En aquellacasa le mimaban con mil embelecos y leobsequiaban con tajadas de pan dehuevo empapadas en fragante y dulcechocolate.

Pero el lugar preferido para lasvisitas de Chirrín era el 15, donde,como en su propia casa, había niñostraviesos que jugaban con él. Toscaseran las costumbres de la gente menuda,pero cuadraban a pelo con la juventud yla exuberancia de la avecilla. Un día, deestos juegos rudos el lorito sacó lapérdida de su vistosa cola: un rapaz, altratar de cortarle el vuelo, quedóse entresus manos con un manojo de plumasverdes a cambio de un picotazo que el

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desposeído le dio en el dedo.Triste regresó el lorito esa noche a

casa; cabizbajo y consternado escuchólas reprimendas de mamá y lascuchufletas de sus chiquitines.

Cualquier observador superficialhubiera podido advertir que el léxicocomún de Chirrín sólo comprendíapalabras y frases propias de niños y demujeres; nada de las rotundas ycategóricas expresiones de los hombres;tampoco las tonalidades graves propiasde la voz masculina; y era que en casano había hombres mayores. Mamá y suspequeñines hacía mucho tiempo quehabían quedado abandonados… «Él»

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partió un día para una finca del interioren busca de trabajo y, desde entonces,nadie volvió a tener noticias concretasde su vida; aunque las descosidaslenguas de la vecindad aseguraban quepapá había hallado confortable acomodoentre los rollizos brazos de una viudahacendada, con la que vivía, olvidadode sus antiguos deberes.

Sin embargo, mamá había echadosobre el recuerdo un piadoso velo: parasus hijos, papá murió en la nobleempresa de buscar a la familia unbienestar.

Un bienestar nunca conseguido a pesarde que mamá, menudita y activa, no

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paraba en todo el día entregada adiligencias económicamenteproductivas: ahora agente a comisión,mañana costurera, planchadora y qué séyo… Los pequeños apenas si advertíanaquella cotidiana congoja.

En cambio Chirrín pronto se diocuenta de que las cosas iban de mal enpeor en aquella casa. Cuando suchilindrina mojada en leche fuesustituida por un pedazo de tortillaempapada en caldo de frijoles, entoncescomprobó que la ruina estaba a punto dehacer presa de todos ellos.

A pesar de eso, su optimismo nosufrió mella; por el contrario, cobróentonces manifestaciones que diríanseestimulantes para la pobre mamá.

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Eran aquellas expresiones tansentimentales, que si hubieran salido porla boca de un hombre nadie hubieradudado en calificarlas defilantrópicas… o de enamoradas. Porejemplo, sacaba de su repertorio lascanciones más románticas, paracantarlas sólo en presencia de mamá:

Macetitaembalsamada

con hojitas delaurel,

qué bonitos son loshombres

cuando empiezan aquerer…

Con cartitas y

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pañuelosenredan a la

mujer…

o las frases más dulzonas:

Loro, lorito,lorito, loro,toma un besito,piquito de oro…

Una mañana, mamá sacó de casa suradio viejo y desvencijado. La maniobrano pudo realizarse a espaldas de losniños.

—Voy a llevarlo a empeñar; con loque me presten comeremos unasemana… ¡Ya habrá tiempo y dineropara recobrarlo!

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Los chiquillos apenas le dieron demomento importancia a la cosa… Todohubiera estado bien si no mediara laperversa pulla de Laura, la pintarrajeadajovencilla del 21, quien en tono hirientedijo esa misma mañana a los niños:

—Ya he visto a mamá salir con elradio… Se lo llevó a «sudar»; apuesto aque nunca se vuelven ustedes a juntarcon él.

Los niños se vieron perplejos uninstante; nada supieron responder: Lupey Concha hicieron pucheros de dolor yde vergüenza; por la frente de Pepe pasóun relámpago de ira; pero Nachoencontró una salida airosa:

—No importa que se hayan llevadoel radio… nos queda Chirrín, que canta

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canciones más bonitas.Luego vio triunfalmente a sus

hermanitos, que sonreían llenos desatisfacción.

Una tardecita, mientras el «cilindro»decía en una esquina de la barriada sucanción melancólica, fuertes golpessonaron en la puerta de la vivienda demamá. Ella abandonó la «Singer» ypúsose en pie para abrir. Quien llamabaera un vejete que cargaba debajo delbrazo una cartera congestionada dedocumentos. En su mano derechasacudía una hojilla insignificante depapel. Mamá se demudó. Habló largocon su visitante, quien malhumorado

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puso un plazo perentorio…Puntual concurrió dos o tres días

después el áspero personaje; Pepe logróverlo cuando doblaba la esquina ycorrió a darle aviso a mamá. Ella comohabía llegado emprendió el camino sinretorno. El hálito amado se dio muestrasde horrible pena y tronó sus dedos presade indecisión cuando, roja de vergüenza,obligó a su hijo a mentir:

—Mamá ha salido —informó Pepeal viejo en el dintel de la puerta de lavivienda.

—Esa salida no es más que unasalida… Le dices que he venido porúltima vez a tratar lo de la letra… —repuso el prestamista. Luego quisoagregar algo, pero se conformó con alzar

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los hombros. En seguida saliórápidamente.

Chirrín, queriendo destrozaraquella desazón que causó la escenaanterior, dio dos elegantes cabriolascolgado del techo de su jaula y repitiócómicamente las últimas palabras delcobrador: «… he venido a tratar porúltima vez lo de la letra…».

Los niños rieron de la ocurrencia;pero mamá siguió grave y silenciosa.

Estaban los niños a punto de terminar sutarea escolar. Mamá, en cambio, apenashabía planchado una docena de ropablanca, de tres que se hallaba obligada aentregar por la noche.

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Aquéllos, más que toques a lapuerta, fueron empellones.

Mamá palideció y los niñosdejaron de escribir en sus cuadernos.

Tres hombres franquearon la puertay sin esperar invitación o permisoalguno, se colaron hasta el interior de lavivienda.

Mamá atentamente les invitó atomar asiento en su moblajedestartalado.

Ellos, sin hablar, recorrieron con lavista todo el recinto y no pudieronocultar su decepción.

Uno habló:—Sírvase informarnos, señora, si

está dispuesta a pagar la suma de setentapesos que ampara esta letra vencida

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hace diez días.—Desde luego, señor, que en este

momento no podría —respondió mamá,afligida—, pero en cambio tengo allíguardado dinero suficiente para pagarlos siete pesos de réditos que me cobranquincenalmente…

—No, no se trata de eso. Nosotroshemos venido aquí a practicar unadiligencia en caso de que usted senegara, como se niega, a cubrir elimporte del documento… Ruégoleseñalar algunos bienes para embargarlosde acuerdo con la ley.

—¿Bienes? —respondiótristemente—. En esta casa hace muchotiempo que no hay más que males…

—Si la señora se niega a señalar

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los objetos embargables, yo lo haré —dijo un segundo individuo, comorecitando algo aprendido de memoria,mientras miraba cuanto había en tornode él.

—Señalo la «Singer» —agregóvivamente.

—De sobra sabe usted, señorabogado —dijo el actuario—, que eneste caso la máquina de coser resultaintocable, por tratarse de un instrumentode trabajo…

—Pues de lo demás nada vale lapena, son todos «triques» inservibles —agregó el tercero.

De pronto la voz de Chirrín, quetomaba el fresco de la tarde en elpatiecillo, hizo que los hombres fijaran

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en él su vista:

Lorito real,tu piquito para

España…

—El loro. ¡Señalo ese loro! —dijoprecipitadamente el abogado.

Los niños no se dieron cuenta de loque aquello significaba, pero mamáquedó muda por un momento. Luego seatrevió a objetar:

—Nada vale ese animalito paraustedes; sin embargo, para mis hijos essu única diversión… su único juguete.

—Señalo ese loro, señor actuario—repitió secamente el abogado.

—Muy bien, licenciado, de

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acuerdo con la ley se embargará el loro.—Señores, por caridad… —dijo

mamá, sollozante.Luego hubo firmas y formalidades.Uno de los hombres bajó la jaula;

dentro de ella Chirrín se tambaleabacomo borracho.

Después salieron los tres hombresriendo por las ridículas actitudes de laavecita prisionera en su jaula dealambre.

Cuando trasponían la puerta,Chirrín soltó una pluma de su penachorojo; Pepe corrió a recogerla; luego,cuidadosamente, la guardó entre lashojas de su libro de lectura.

Nacho dio rienda suelta a su llantoahogado, casi silencioso, igual al llanto

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de todos los niños pobres. Sushermanitos le rodearon para abrazarloentre todos muy estrechamente.

Afuera se escuchó el motordesbocado de un auto, luego el ruido seperdió calle arriba.

Mamá, apretando los dientes, se puso adar lustre al cuello de una camisa.

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Una cáscara en labanqueta

LA LUMINOSA tarde se iba concentrandoen el reducido disco de lumbre quedeclinaba apresuradamente allá, tras delMonumento a la Revolución. Laavenida, tinta de luz crepuscular, seensanchaba al paso de cien autos.

En la alameda central pululaban losniños, los limpiabotas y los turistas —

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ojos alucinados y sonrisas aquiescentes— que pasaban en parvadas ruidosas.Tras de ellos, como falderillo, la voz deuna anciana: «El último cachito que mequeda de la de hoy…».

Parque adentro, el gangueoanacrónico del organillo desliaba lasnotas de una tonada trivial, que los niñosaprovechaban para danzar en apretadaronda, mientras un grupo de policíasfrancos distraía el celo de las niñeras enla penumbra cómplice.

Cuando alcanzó una de las bancas, sucabeza estaba a punto de reventar y suspiernas flaqueaban; en su vientre vacíoclavaba sus garras el hambre; no pudo

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llegar hasta la fuente a echar un tragoque él adivinaba tonificante; pero tuvoaliento para apretar el nudo de sucorbata y para alinear pulcramente lasrayas de sus pantalones. Luego susmanos fueron automáticamente hasta losbolsillos, buscó algo que no encontró enellos y después las sacó bruscamentepara enclavijarlas sobre sus piernas.

Un perro llegó hasta él para oliscarlas valencianas deshilachadas de suspantalones; él lo apartó con unmovimiento tímido; entonces le faltó laenergía, hasta el extremo de no poderalzar de nuevo la vista que desparramósobre sus zapatos deslustrados. Estesíntoma le alarmó y provocó eladvenimiento de mil ideas desordenadas

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y de pensamientos truncos.Reconcentrándose en sí mismo y aisladode todas las influencias exteriores, sedejó arrebatar por un sopor muyparecido al sueño.

Despertó bruscamente; en su rostrohubo un gesto desapacible; estiróviolentamente las piernas y dejó caersus manos sobre la banca en ademán deimpotencia. Veíasele confundido, comoinseguro entre si la pesadilla continuabao si había chocado otra vez contra larealidad.

Cuando pasó frente a él un golfilloque mondaba deleitosamente unanaranja, hubo en todo su cuerpo unestremecimiento incontrolable y crispósus manos la lucha interna entre el deseo

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imperativo y la voluntad.A tres pasos de él, sobre la acera,

quedó la cáscara del fruto. Apenas sipudo pensar un instante en el peligro queaquel residuo representaba para laintegridad de un peatón despreocupado.

Se hacía tarde. Empezó el desfile deniñeras de pequeños modorros yllorosos.

Él veía el trajín a través de un velotupido que colgaba dolorosamente desus párpados papujados.

Todos los pasos sorteaban lacáscara de naranja. Él, sin embargo,pudo advertir a un vejete que estuvo apunto de pisarla y resbalar… Luego

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pensó efímeramente en lo desagradableque resultaría ver a un anciano caído enmedio de la acera.

Los ruidos de la ciudad se abatíanen el arroyo; pero a él llegabanatenuados, lejanos, empaquetados entrealgodones, procedentes de un apartadoescenario ajeno en todo al de sutragedia.

Por eso su pensamiento —librecomo aquellos gorrioncitos que saltabande las ramas hasta el césped fresco deljardín— iba del anca inquieta de unarolliza transeúnte al flamante automóvilque se deslizaba entre camiones y taxis.

De pronto, la presencia de lacáscara en la acera prendió en él unareflexión… Ahora pasaban sobre ella

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dos diminutos pies de mujerperfectamente calzados.

Los cortinajes pardos de laanochecida empezaron a desgarrarseentre las ramazones de los fresnos.

Un gran anuncio luminoso guiñabacon mecánica cadencia.

El policía de punto olfateaba.Un chiquillo pregonó el último

flash sobre la guerra.¡Pero aquella cáscara!…Casi a gritos un limpiabotas le

ofrecía sus servicios: «Grasa, patrón».Tarde madura, friolenta… a punto

de noche.De pronto se hizo con él un

horrible concepto de responsabilidad; sialguien resbalaba en la corteza fresca; si

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había un hueso roto o una contusióngrave, él…

En eso el zapatón de un obreroalcanzó a machacar parte de la cáscarasin que el temido accidente llegara asuceder; entonces ya no pudo contenersey rápidamente, con un movimientoincreíble, se echó sobre ella, la tuvoentre sus manos un instante, tan sólo losuficiente para percatarse de que nadiehabía observado su maniobra; la llevó asu boca y la tragó precipitadamente,devoradoramente.

De nuevo se echó sobre la banca.Sus ojos estuvieron durante muchosminutos fijos en el rótulo luminoso queparpadeaba en la banqueta de enfrente:«Restaurant»… «Restaurant»…

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«Restaurant»… Luego apretó suspárpados para acabar con el martirio;pero el fondo de su cerebro era una fielpantalla: «Restaurant»…«Restaurant»… «Restaurant».

De allí en adelante su pensamientose hizo desobediente, anárquico. Lasideas chocaron unas con otras; losruidos se hicieron filosos, cortantes,destructores y su sistema nervioso seatirantó hasta el destroncamiento. Pudoahogar un grito, porque a la vesania delhambre se interpuso el vago recuerdo delas pulcras líneas de sus pantalones.

La calle pasaba vertiginosamenteante sus ojos; los corpulentos fresnosdanzaban fiera zarabanda; las luces sesobreponían, vistas a través de un

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prisma inaudito.De pronto, entre aquella vorágine,

logró pescar una idea precisa ypreciosa, clara, exacta, salvadora: lafuente que no lejos de él derramabasobre el pasto su agua rebotada. Antesde poner en práctica el proyecto,procuró reordenar sus pensamientos ycomponer el marchito nudo de sucorbata.

Por la acera venía una joven dama;de su mano enguantada colgaba unpequeñuelo.

Él alcanzó a escuchar la vozchillona del niño: «¡Mamá, cómprameun globo!».

Tras de él sintió el repiqueteo delos tacones de la joven madre.

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«Mamá, cómprame…»Pudo notar cómo se cortaba la frase

del niño en los instantes en que éliniciaba su marcha trastabillante. Huboun momento en que, para no caer,recargó sus manos contra el tronco de unárbol.

Entonces la voz del niño desuplicante se hizo asombrada: «¿Qué lepasa, mamá? ¿Qué tiene ese hombre?».

La respuesta de la madre al hijo,musitada al oído, no pudo escucharlaporque la arrebató el viento y la hizorodar, al par que las hojas secas, sobreel prado.

Pero, en cambio, la nueva demandainfantil sí llegó clara a sus oídos:

«Mamá, cómprame un…

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borracho».Sobre la superficie crespa de la

fuente, un golfillo lanzó su barquito depapel…

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Un nuevo procedimiento

LOS MÉDICOS le habían diagnosticadodesde una hipertrofia renal hasta uncirro endurecido en plenosubconsciente. Sus peregrinaciones entrehomeópatas y naturalistas, herbolarios,cirujanos y psicoanalistas, habíanrecrudecido su esplín.

Por lo demás —ésta es ya unaconsideración de él—, iba a pie por el

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atajo de la vida, ruta espinosa ydesapacible, sin la esperanza de unparaje o de una fuente de sedantes aguascon qué restañar sus heridas.

Había buceado en las salobresaguas de la erudición; sus viajes, depasta a pasta en el Baedeker, lo teníanfamiliarizado en las cuotasacostumbradas por los más conocidoshoteles; con las gentes notables —aristócratas, artistas, aventureros— queconcurren a los más acreditados centrosde turismo… y con las piezas de valorartístico que guardan los salones detodos los museos. Sus conocimientossobre estética provenían de unfebricitante hojear de catálogos o dedesliar hora tras hora la música

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enrollada de su «discoteca».Coleccionaba autógrafos; era dueño deun ex libris; formaba parte de muchassociedades científicas cuyoscomplicados nombres se hacían patentesen sus tarjetas de visita; fumabacigarrillos egipcios.

A pesar de todos estos timbres, élse avergonzaba de su gris existencia.Cierto día rodó hasta su cerebro unaidea porfiada, persistente. Entoncesdescubrió dentro de sí al suicida: estabaagazapado en uno de los muchosrepliegues del subconsciente.

La carcoma de la obstinaciónempezó su obra. Una ocasión sintiódesmayar su espíritu y no pudo desoír lavoz del emboscado, que llegó a

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convencerlo de la necesidad de undivorcio entre el alma y el cuerpo.

Entonces no le quedó más que ir enbusca del medio más práctico.

Desde luego, desechaba losprocedimientos violentos; por eso tansólo apuntó, a fuer de sistemático, losmétodos más socorridos por susmúltiples antecesores:

El revólver,el desprendimiento,la intoxicación,el cercenamiento,la asfixia,la inanición,la inmersión,la estrangulación.

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Sus amigos lo veían cada vez másdemacrado.

La búsqueda de la manera se hacíaangustiosa: hizo un estudio a fondo de lavida de Virgilio para llegar acomprender las causas psicológicas quele llevaron hasta su sonado suicidio;hojeó la página roja de todos losdiarios; consultó el espeluznanterecetario de Soiza Reilly; pidió consejoa los atormentados: Zola, Huysmans,Andreiev…

Sus carnes se enralecían; las ojerasverduzcas estaban a punto de rasgarsepresionadas por los pómulos que seabrían paso hacia la superficie.

Una tarde amenazante, cuandohabían tascado el freno los bridones del

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viento y el cielo lanzaba escupitajossobre los pararrayos de la ciudad, susamigos lo vieron tranquilo, calmado,como si acabara de aplicarse suacostumbrada dosis de heroína. Unasonrisa flácida, ridícula, como la partemás intencionada de una máscara,colgaba de sus labios tremendamenteenrojecidos; en sus ojos había reflejosperegrinos y en la entonación de su vozse presumía el triunfo de la vida sobrela muerte.

Cuando las gotas gordastamborilearon sobre el parche de lostejados, él llegó a su casa.

Los truenos urdían la túnica delestrépito. La tempestad rodaba comopelota entre el sube y baja de las

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montañas de nubes, y el Z Z de losrelámpagos iluminaba la madurez de latarde.

El esplinático entró a su gabinetede estudio. Cerró puertas y ventanas. Sudesconfianza llegó hasta cubrir conpapeles engomados los ojos de lasllaves, las ranuras y los más pequeñosintersticios.

Puso la estancia a media luz yconectó el radio.

Echado sobre su más confortablechaise-longue, se obligó un gesto deaburrimiento; pero la dicha,traicionándolo, transformó la mueca enuna sonrisa abierta, franca, triunfadora.

El radio afloró su voz recóndita:«XMZ transmitiendo…».

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(Paréntesis de estática empapada.)«… Y ahora, amable auditorio…»(Ruidos ríspidos como carcajadas

satánicas.)… (Aquí los metales agudos de una

sinfonía desconocida.)…… «El mejor dentífrico»…«¡Qué cosa tan terrible es el mareo!

…»«Ladies and gentlemen»…(Las notas escalofriantes de la

Cabalgata de las Walkyrias.)… «Son nervios»…(El jipío que llenaba todo el

calderón de un cante jondo.)Más, más, un torrente incontenido e

incontenible de ruidos, melodíastrozadas, palabras, gritos.

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La pequeña estancia erainsuficiente para soportar el aluvión.

El suicida empezó a sentir unadulce pesadez sobre su cuerpo. A suspies se retorcía, como serpientedescabezada, un trozo del Allegro de la«Novena Sinfonía».

Una pasta de notas sobrenadaba enmedio del recinto y, como sedimentodespreciable, plomoso, los ruidos, laspalabras y las melodías corrientes seamontonaban en el piso. El fantasmaazul de un «Nocturno» de Chopingesticulaba en un rincón y un collar decorales bermejos pendía del perchero:era el fragmento de la despedazada«Serenata mexicana» de Manuel M.Ponce

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Ya casi no había lugar para elcuerpo semiyerto y el radio seguía suvómito endemoniado:

«This is the XMZ…».(Aquí la trenza de una Sonata de

Juan Brahms, un bolero de Agustín Laray una mazurca de Rimsky Korsakoff.)

«The next number will be…»«Mammy, oh dear mammy…»El ruido pesaba, su fuerza

expansiva apenas si era contenida porlos gruesos muros del recinto. Unlodazal de notas se revolvía entre laestática impregnada de agua detormenta. Él oía, sentía, palpaba,mascaba melodías, ruidos, palabras.

Una pared de rumores opacos seinterpuso entre él y la luz…

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Luego se desplomó pesadamentesobre el cuerpo del vencido.

El día era esplendoroso. Cuando lacasera del hombre esplinático abrió laestancia, un estallido rompió loscristales e hizo temblar la residenciahasta en sus bases. La alcoba quedóvacía de ruidos, apenas si un brevearroyito de murmullos suavísimosescurrió por el quicio durante algunashoras.

Dentro de la pieza, el ambientedenso y cargado de humedad recordabala atmósfera de la tarde pasada y en unbrazo de la lámpara se balanceaba elrugido solferino de un rayo.

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El cadáver apretaba entre susmanos un puñado de escarcha, rematedel «Viaje de invierno» de Franz PedroSchubert.

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Mateo el Evangelista

Aquíseredactanyescrivencartasconprimor.Ogtografía

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garantizada.

M.ROMERO[Cartelillosobre

lamesade unEvangelista

delportal

deSantoDomingo.]

Sus ojillos pardos, agazapados detrás de

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los párpados bolsudos, veían al clientecon mansedumbre indescriptible. Hastasu mesilla de escribano público llegabaa diario una procesión de hombres y demujeres cargados con sus bagajes depenas, de esperanzas, de recuerdos o dealegrías que, al desbordarse, eranrecogidos amorosamente por él, porMateo el Evangelista —el de los ojospardos, cercados por una escleróticaenrojecida y marchita— que congolpecillos sobre el teclado de la Oliveriba forjando, letra por letra, la relaciónapasionada, o bien la misiva con ideasempapadas de lágrimas que se untabanen la cara del papel recientementemaculado de una carta del hijo a lamadre —valiosa joya engastada en el

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corazón de la provincia, allá en elrinconcito de un poblacho «delinterior».

Todos los compañeros —«nuncacompetidores»— de Mateo elEvangelista, progresaban día con día.En sus máquinas flamantes se redactabandocumentos oficiales, recibos,instancias, solicitudes, alegatos detinterillos y picapleitos… Servicios porlos que cobraban sumas casiastronómicas, para la miopía delviejecito de los ojos pardos.

Mateo el Evangelista desairabaaquella prosperidad, fruto de la prosacurialesca; aborrecía la tozuda rutinaburocrática; detestaba el tortuosoprocedimiento de los «coyotes» y

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trampistas, porque para él, su misión enel portal de Santo Domingo era otra:recoger para sí lo peor de la parroquia;aquel residuo le bastaba para satisfacerla demanda de su espíritu amplio, tanto,que apenas le cabía entre las paredes desu tronco doblegado.

Además —no sólo de pan vive elhombre—, aquella modesta actividad ledaba para obtener otras compensacionesbien materiales, bien terrenas: loscigarrillos que se quemaban sobre lacarpeta de su mesa de mecanógrafo;alguna copa —¿por qué no?— solitariay silenciosa, tomada de prisa «sólo parahacer hambre», en la sórdida cantina deun barrio y, por la tarde, el «chocolate ala española», acompañado de algunos

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bizcochos y del desprecio oriental deldueño de Los paisajes de Cantón.

Todas las mañanas, Mateopreparaba el mecanismo del tinglado endonde debería actuar como transformistadel espíritu. La labor inicial le ofrecíaalgunas dificultades. A diferencia de losactores comunes, no contaba con unprograma previo, ni con la idea de cómoempezaría la cotidiana actuación; ciertoque confiaba en su inconteniblesensiblería, capaz de verterse ychapotear las pasiones de otros, hastasentirlas igual que si fueran propias.

De pronto veía frente a sí a laviejecita trémula, pusilánime, que loabordaba implorante:

—Quiero una carta para Hilario

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Guerra, mi hijo, que está en la Peni.Mateo echaba a andar la máquina,

repitiendo en voz alta las frases de rigoren toda carta que se precie de correcta:

«México, 12 de noviembre…Señor don…

—No es señor —interrumpía laanciana—, es niño o casi niño, apenastiene…

«Señor…», continuabaimperturbable la tarda mecanografía.

—Dígale usted que sufro más conlo que de él dicen los periódicos, quepor no abrazarlo… Que si lo sentenciana diez años, no lo volveré a ver, porqueyo no sé ir solita hasta la Peni…

Y el tic tac seguía, seguíaimplacable. Las manos del Evangelista

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devanaban las frases tiernas, laspalabras de alivio, hasta llegar a unremanso de reconvenciones y allaberinto de quejas de la madretraspasada por los siete puñales delpesar. Terminada la carta, la leía en vozalta con entonaciones y modulacionesque iban bajando poco a poco de tono,traicionándose, cuando su voz hechaañicos se confundía con los sollozos quebrotaban de la garganta atenaceada de lavieja.

La ternura lo poseía durante variashoras.

O bien el joven empalidecido porla anemia y el cansancio, que dejabacaer sobre el banco aledaño a la mesillade Mateo toda la vergüenza de sus

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guiñapos:«Querido padre: Imploro tu perdón

y el de la madrecita; quiero volver austedes…».

El papel de hijo pródigo afligíamás que ninguno al Evangelista:suspiraba hondo, detenía la marcha de lamáquina después de cada palabra; aveces sacaba su paliacate para recogerel sudor que corría en arroyitos por eldeclive de su frente huida. El caso delos hijos ingratos le hacía vibrar unafibra bien escondida.

Las cartas amorosas salían de susmanos con fluidez: «Señorita, desde elprimer momento…», o, de otra manera:«Caballero, su carta me ha sorprendidogratamente…».

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En novio, o novia, no había grandificultad para metamorfosearse: la cosaera mecánica, bastaba dejar al corazón,no envejecido aún, que guiara losbrincos de la mano sobre el teclado.

Una vez, enfurecido, echó por losaires a su amada compañera, a suentrañable «Oliver». Era el resultado deaquella carta dirigida a una perjura…¡La máquina de escribir tiene mucho defemenino, señor mío!

Otra vez, se abofeteó levantándoseun verdugón en sus mejillas… ¡Claro,era el exacto reflejo de la ira de unpadre, que echaba en cara a su hijo lacrueldad de su abandono!

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Aquella tarde en que la tranquilidadhabía muerto a media calle, apuñaladapor el trajín que huía entre las avenidas;cuando las palomas de las torres deltemplo volaban huidizas, dejando tras síun rayón sobre el azul del cielo, Mateoel Evangelista, aislado del bulliciosoambiente, vivía su propia vida;caracterizaba entonces a Mateo, alpobre escribano simple ysentimentalero. ¡Qué de soledad; qué deanhelos estrangulados; de ilusionessumergidas en una charca de años!Recuerdos desencuadernados, vejez,andrajos…

Su alma magullada por el choquecontra mil aflicciones ajenas, herida deretache por la saeta del dolor de los

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otros; hecha para llorar el infortunio delos más y para reír con la alegría de losmenos, se hallaba tan oprimida como elresorte de un muñeco mecánico que tansólo espera un toque sobre su botóndinámico para dispararse a saltos ycabriolas hilarantes. Aquella almaultrasensible se encontraba entoncesdispuesta a servir de molde de cuantosllegaran a vaciar en ella pequeñas cuitaso gigantes tragedias; era sensiblenegativo de cámara oscura, preparadopara recoger sobre la superficie la máspequeña partícula de luz que se leproyectase. Vivía para todos, pero algarete en la mar gruesa.

Había llorado en silencio,escondiendo cobardemente la cara entre

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sus manos. Su pena era entonces vulgar,casi vergonzosa: la clientela enrarecía,se iba presa de las garras buidas de unmonstruo invisible, que se hacíapresente en los alaridos de los claxonsde los automóviles; en las notasesquizofrénicas del swing; en la estelacorrompida de la gasolina quemada; traslos andares descocados de las hembras,enredadas en la maraña de laspreocupaciones de los hombres: Allí,babeando entre las fauces de la bestia,iba todo un pasado en dolorosa agonía,que se reflejaba borrosamente en elfondo de las viejas pupilas de Mateo elEvangelista.

Llegó entonces hasta su mesa unindividuo sombrío e impresionante. La

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tragedia se columpiaba en sus pestañascomo púas y había en todo su porte unaire macabro. Antes de hablar, susdedos tamborilearon sobre la suciacarpeta. Luego, casi en secreto, dictóunas palabras.

La «Oliver» crujió dolorosamentey los tipos metálicos llovieron sobre lahoja hasta plasmar la frase incolora detan gastada:

«No se culpe a nadie de mimuerte».

Por la espalda de Mateo corrió uncalosfrío; pero sus dedos siguierontundiendo nerviosa y cruelmente lasteclas. Era que el alma transparente delescribano había recibido el lívidoreflejo de la amargura infinita y del

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dolor irremediable…

Al otro día, los compañeros —«nuncacompetidores»— de Mateo elEvangelista, determinaron emplear enprovecho colectivo los instrumentos detrabajo abandonados; pero notaron quela «Oliver» no funcionaba. Se le envióentonces al taller de reparaciones y deallí regresó con la indicación de que «sucompostura total resultaríaincosteable…». ¡Era tan inútil lapobrecilla como una viudaarteriosclerótica!

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¿Dónde está el burro?

DE CUANDO en vez, el hombre de cienciaarrancaba una fumarola al «Lucky» quese pegaba en sus labios distendidos porun gesto esplinático. La cinta de lacarretera pasaba bajo los neumáticosdilatados por la presión del airecaliente.

El paisaje fundía sus colores en unfantástico disco de Newton, a cuyo giro

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se montaba el verde de una sementerasobre el lomo azul del lomerío, y lasnubes, que allá lejos pendían sobre lamancha reseda del bosque, giraban entorno de su centro geométrico: aqueldiminuto juguete mecánico, grantragador de kilómetros; escarabajo depesadilla que ronroneaba en lasuperficie del camino: un rasguño en lafaz de la montaña.

El sabio se recostaba sobre elmullido asiento del sedán. Su discípulohablaba quedamente, con voz monótona,como tratando de ayudar al insomnemaestro en la dura tarea de pescar lapunta a una siestecilla reparadora.

Decía el discípulo mil cosas, todas,naturalmente, relativas a la actividad

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que generaba la acción asociada: «Laciencia al servicio de la colectividad».«La energía encauzada hacia elmejoramiento de todo un puebloagonizante de hambre y de sed; presa delmonstruo de la epidemia; acogotado porel reptil de la ignorancia.» Luego, elataque implacable a la ciencia por laciencia, «charca pestilente en la quehabían naufragado más de cien colegas»,para caer en el último punto queseñalaba el itinerario del apostolado:aquel congreso de indígenas pames, delcual retornaban precipitadamente,urgidos por imprescindiblesocupaciones en la gran ciudad.

—Rápido, Juan, son las tres…faltan sólo dos horas para que dé

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principio el five o’clock tea, quepreparan en mi honor las damas de laSociedad de Amigas del Indio —ordenócon energía el maestro.

Pero el discípulo seguía abriendopaso a su terquedad, entre losintrincados velos de enfado quearropaban al espíritu del sabio afamado.

«El espectáculo que ofrecían ayerlos congresistas era estupendo. Mildolicocéfalos…»

El maestro, al escuchar el últimovocablo, no pudo contener un bruscomovimiento, que cortó de cuajo laperoración iniciada; volvió su carahacia el discípulo, clavó en él unamirada fulminante y gruñó:

—Los pames son braquicéfalos —

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luego volvió a echarse sobre losblandos cojines, arrancó otra fumada al«Lucky» y desparramó su vista sobre laenorme extensión de la cañada que lessalió al paso. El discípulo se permitióargumentar:

—Sin embargo, hay autoridades:Lumholtz, Boas, McGee, Powers, queaseguran…

—Los pames son braquicéfalos —atajó bruscamente el mentor.

La carrera loca seguía; otrovehículo pasó dejando tras sí una estelade humo atosigante.

El discípulo trató de parcharaquella armonía destrozada tantorpemente; entonces se echó todo debruces sobre la adulación.

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—Este país espera su salvación,maestro, de hombres como usted.Graves en verdad son sus problemasdemográficos, económicos,antropológicos… Por fortuna, loscientíficamente capacitados se aprestanya a dar la batalla para la redención desus gentes; entendiendo sabiamente queel remedio de los males no está enproyectar y aprobar bonitas leyes sobreel cómodo sitial de una curul; tampocoen escribir brillantes tiradas en lospupitres de los altos burócratas, ni enlos laboratorios de los mercachifles dela ciencia. La solución se obtiene tras elplanteo del problema en el propioterreno de los hechos, tajando en carneviva, aunque para ello medien desvelos,

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ayunos e incomodidades. Hay que ir enpos del desgraciado, al encuentro de lavíctima de este imperfecto estado decosas. Así, como ahora lo hacemos, sepodrá decir algún día con autoridad delas vidas mutiladas, de los doloresahogados; de las inquietudes espiritualesque devienen en complejos…

El sabio no pudo resistir la lisonja.En su rostro, poco antes verde por lamurria, brillaron otras coloraciones: unarco iris después de la tormenta. Suslabios se plegaron merced a un mandatoperfectamente determinado; la miradaperdió fiereza y habló:

—En efecto, valen todos lossacrificios por pequeños que sean,cuando se ponen al servicio de estos

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miserables incomprendidos.—Su amor por los indios es ya

proverbial, maestro… De eso se hablaen todo México y aun en el extranjero —cortó el discípulo, cuya voz quebradapor la emoción imploró del sabio algode su benevolencia.

El maestro la otorgó sin excederse,envuelta en una seca y recogida sonrisa,cuando invitaba al chofer a acelerar lavelocidad del auto:

—El tiempo camina más rápidoque tú, y no es propio que las damas dela Sociedad de Amigas del Indio meesperen más de la cuenta.

Al lado derecho del camino, unpueblecillo de aborígenes se agazapómedroso.

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Los agaves y los cactusemprendieron diabólico marathón. Unavaca se apartó del camino tirando coces.

De pronto, el auto tuvo unsacudimiento que sacó de sus sitios a losocupantes; los frenos chirriaronmacabramente y las llantas resbalaronsobre la cara tersa de la carretera.

Los hombres, sin hablarse, echaronpie a tierra; diez metros atrás quedabainmóvil el cuerpo de un indio y muycerca de él, despanzurrado, el burro, sucompañero eterno. La sangre se fundíaen un cuajaron simbólico.

El chofer corrió en socorro delagonizante. Discípulo y maestromirábanse confundidos, mientras conpasos irresolutos se acercaban al herido.

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Cuando el chofer puso sobre suspiernas la cabeza del lesionado, en losojos del discípulo relampagueó lachispa del triunfo:

—Perdone, maestro —dijocomedida, pero victoriosamente—, lospames son dolicocéfalos, vea usted elcráneo alargado, tal como lo describenalgunas autoridades: Lumholtz, Boas,Powers, quienes aseguran…

El apóstol, sin prestar atención alas observaciones del porfiado, ordenóal chofer:

—Arrástralo hasta la cuneta; en elpróximo poblado daremos cuenta de loocurrido a las autoridades para quevengan a levantarlo… ¡Estos bobos!…En fin, vámonos; no es correcto hacer

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esperar tanto tiempo a mis anfitrionas…Por lo demás, querido discípulo, lospames son braquicéfalos; a éste se le vela cabeza alargada porque el golpe se laha deformado. Mi doctrinaantropológica queda en pie.

El «Lucky» humeó esta vez más delo acostumbrado.

En el fondo de la cuneta corrió unhilillo de voz:

—¡Mi burro, jefecitos!… ¡Ái se losencargo…!

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El carro caja

A LA máquina seguían diez furgones convíveres, y más atrás, cuatro o seiscarros-jaula cargados con resesagonizantes de sed y de fastidio. Lasjaulas, a su vez, arrastraban otros doscarros de carga que se iban llenando degente en cada parada que hacía el tren.

Gente era aquella que huía, másque de la guerra civil que llenaba de

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osamentas el terronerío de la campiña,de la miseria aparejada al anormalestado de cosas. Dentro de los carros,los pasajeros viajaban apretujados.Todos eran del campo y abandonabanlas sementeras llenas de grama y losestablos vacíos.

Muchos se habían dejado arrastrarsin saber hasta dónde. Ya sobre lamarcha, proyectaban un programaincongruente o acariciaban egoístamentealguna probabilidad amable.

Las mujeres echadas sobre el pisodel furgón, con las piernas dobladas eninverosímil postura, antojábanse cluecasempollando.

Los hombres hablaban quedamente,comentando los graves sucesos:

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—¡Mal aiga la bola! A mí mellevaron el caballo ensillado y el 30-30…

—Sí, el caballo ensillado y el 30-30 que tú «avanzaste» en la pasada…

—Peor le fue a Tomás Andrade…Los de Gallegos cargaron con su novia ya la hermana la pusieron «en varasdulces».

O conversaban en torno de lastrivialidades del paisaje:

—Pobres gentes, se les helaron susmilpas. De esta labor no van a levantarni el rastrojo.

—¡Mira aquella manada de cabras,ya vuelan de flacas!… Como que el fríode or’un año acabó hasta con loshuizaches.

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Adentro, sentado en uno de losmejores sitios del carro, un fraile rezabaen voz alta, pasando una por una lascuentas del rosario entre las yemas desus dedos acalambrados. Algunasmujeres contestaban las plegarias.

Al fondo del furgón un viejoranchero se quejaba horriblemente,retorciendo sus dolores sobre un montónde paja de trigo que le servía de lecho.

Una muchacha, amarillenta ypecosa, trataba de alentarlo con tímidasfrases:

—Ya, papá, cálmese por vidasuya… Dios quiera que di’una vezlléguemos a México. Allí el doctor lequitará ese dolor de costado.

«Dolor de costado» llamaba la

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afligida a una pulmonía fulminante.El viejo tosía y tosía, hasta echar

por la boca espumarajos. Algunasmujeres se acercaban al enfermo ysentíanse obligadas a opinar respecto almal:

—¡Vómito negro!… Para eso lascataplasmas de linaza son lindas.

—Tenga, niña, masque este cigarroy póngale unos chiquiadores, así se leamacizan las sienes y no le revienta lacabeza.

—Agarró aire anoche que veníanustedes en el techo del carro; arropen alviejo para que trasude el daño.

—Si hubiera agua caliente, ledaríamos unos baños de pies…

—En la próxima estación hay que

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comprarle un par de blanquillos parasustanciarlo.

La muchacha pecosa se tapaba losoídos y encajaba la cabeza entre lasrodillas. El enfermo veía con ojos bobosa los que lo rodeaban. Sus carrillosapergaminados temblaban levemente.

Los hombres, recargados contra lasparedes del furgón, seguían con sucharla angustiosa, mientras todo elrecinto se llenaba de humo picante,desprendido de los cigarrillos de hoja.

La tarde, allá afuera, se iba entrelos festones escarlata de un celaje demaravilla.

A poco, cuando el trenecillo habíadevorado más tiempo que espacio, lanoche cayó sobre los campos,

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súbitamente, como el zarpazo de unleopardo. Dentro del carro, los gemidosde los niños friolentos daban la notaaguda a la algarabía. A un lado delcamino pasaron algunas lucecitasparpadeantes.

—¿Qué pueblo será éste?Luego el tren se detuvo poco a

poco entre resoplidos y rezongos.Abajo, en el andén, se escuchaba unrumor como el del agua que hierve.

Un charro gigantesco brincóprimero que nadie por la puertatransversal del carro caja; lo siguió unamujer regordeta que cargaba con su hijoa la espalda. En las manos llevaba ungran canasto y la jaula donde seencerraba un loro amodorrado. Tras de

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ellos la avalancha de rancheros, quetrepaban atropelladamente, sinimportarles poco ni mucho pisotear a losniños y a las mujeres que dormitaban enel piso del carro:

—Por aquí, compadre… Unlugarcito, mi’alma.

—Pero si ya no caben, cristianos…—¡Hemos de caber en el infierno!

…—Psst, cállate, no te vaya a oír el

padrecito…—No sueltes de la mano a los

muchachos, chata…—Ya me robaron el morral,

Pánfilo…—Daca la pata, lorito rey…Pronto el carro se vio a reventar.

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Las gentes de pie se apelotonaban, lascabezas se golpeaban unas contra otras.El ambiente olía a sudor agrio y apañales de niño.

El conductor pugnaba por «checar»los pasajes. Gritaba iracundo ymaltrataba duramente a los torpesviajeros, que por temor de perder losboletos, habíanlos escondido en elúltimo rincón de sus vestidos. Losímpetus del empleado se estrellaron anteuna mujer de «esas de la paseada», quemirándolo tiernamente desde losbalcones de un par de ojeras pintadascon humo de ocote, puso entre él y elcumplimiento del deber la barrera de susonrisa.

Cuando el tren arrancó, tras de un

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tirón brutal, a muchos se les doblaronlas piernas y dieron al suelo entrelamentos, maldiciones y carcajadas.

—Con estas zarandeadas prontonos vamos a ir acomodando —dijofilosóficamente una voz en la oscuridad.

—Va gente hasta en el techo y entrelas chumaceras del carro.

—¿De dónde son?—Semos de aquí nomás, del plan

de Cuauhtitlán, amo. Nos echan enrealada… Ustedes han de dispensar.Vamos a México.

—¿Y ya está cerca?—¡Humm, todavía le cuelga!…De pronto se escuchó un grito

penetrante y angustioso:—¡Mira, Apolonio, este viejo

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abusivo me está pellizcando!El conductor y la hembra de las

ojeras habían entrado en confianza. Delremoque equívoco pasaban a losademanes y a las bromas encendidas.Las rancheras sentadas cerca de ellos setapaban la cara con el rebozo y hacíanno escuchar las sandeces. Los hombresreían llenos de malicia y se veían unos aotros, pero sin intervenir en la charla.

Una botella de tequila pasó demano en mano. La alegría subió hasta elgrado de la canción desentonada yprocaz, cuando sin saber de dónde brotóuna «sétima» que la mujer de truenoempezó a pulsar con graciainsospechada.

La lámpara de petróleo del

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conductor colgaba de un aldabón,balanceada reciamente al impulso deltranco que había tomado del convoy.

Entre canción y canción se oían losquejidos del enfermo y las plegarias delcura, alternando con los gritos llorososde los niños o con algún lamento o talcarcajada, que retorcía sus convulsionesde víbora herida en el ambiente negro ycorrompido.

Dos o tres horas más, un paróninesperado vino a sacar de suabstracción a la multitud somnolienta.

—¿México o los cristeros? —preguntó la voz vinosa del conductor.

—Es Tacuba —respondióse a símismo tras de asomar la cabeza por unade las puertas. Saltó al andén y habló

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largamente con el despachador.Sin trepar de nuevo al carro, gritó a

los pasajeros:—Hasta aquí fue cuartilla. Todo el

mundo abajo, porque de orden superiorningún tren puede entrar en Colonia.

El pasaje, sumiso rebaño, empezó aremoverse y a abandonar lentamente elcarro. Nadie protestó, porque de «santosse daban que el empujón hubiera sidotan largo».

Las fauces de la metrópoliatraparon con ansiosa tarascada a todoaquel enjambre atolondrado.

Dentro del furgón, sólo quedó labasura; la peste anidada en los rincones;la mujer de trueno boca arriba en mediode la puerta, apretando entre la recia

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entrepierna una botella a medio llenar ygruñendo horribles retobos.

La muchacha pecosa, de rodillasjunto al montón de paja, ayudaba «a bienmorir» al viejo, cuyo estertor semezclaba con la plegaria prendida a loslabios de su hija:

«Sal, alma cristiana, de este cuerpopecador…».

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Los dolientes

TENDIDO, sobre una cruz de cal vivapintada en el suelo apisonado del jacal,el difunto gesticulaba a la luz de cuatrovelas de sebo.

Parecía irracional que por aquellaherida tan chica —apenas si alcanzabael vuelo de un garbanzo— se hubieraescapado toda una vida.

Sin embargo, allí estaba, en plena

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frente, vomitando un líquido café que seiba encharcando en el piso húmedo de lacasucha, mientras la rigidez se adueñabade todo el cuerpo, como signo evidentedel pago de una cuenta inaplazable,hecho al contado y sin regateos.

Los pies amarillentos, sujetos uno aotro por un cordel de ixtle, eran el puntode una interrogación recién abierta.

Afuera, los hombres embozados ensus sarapes hablaban quedo, temiendodespertar al eternamente dormido.

Las sombras de las mujeres seperdían en la penumbra del últimorincón. Una de ellas se ponía en pieconstantemente para atizar la lumbre delfogón en donde hervía el café, dentro dela barriguda olla de barro.

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La luna, amarillenta de tan tierna,se prendía en las espinas del cactus máselevado.

En el fondo del barrancón aullabaun perro «alzado».

De pronto iniciaron las mujeres laenésima plegaria. El rumor de sus vocescalosfrió a los hombres.

La amanecida se venía encima,anunciándose en el parloteo de losjilgueros.

Un niño despertó aterrorizado. Porsus ojillos redondos pasó todo el cortejode la tragedia.

El gallo anunció oficialmente la llegadadel alba.

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La oración de las mujeres quedósuspendida del garfio de la angustia, ylos hombres, píamente, echaron elcuerpo del prójimo dentro del féretro demadera de encino, aún fresca ytrasudante.

Del casquete rajado de un cántarose levantó, azul, la humareda del copal.

El niño gimoteó en medio del trajíny de los agudos plañidos.

Una oriflama dorada desgarró susflecos en las aristas del picacho.

Hacía mucho frío, cuando el ataúdse encaramó sobre seis fortachoneshombros.

Cierto que la disposición municipal,

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más que absurda, era inhumana; perotanto habían insistido en su revocación,que ahora la obedecían dócilmente, sinprotestas, como cuando se ejercita unacostumbre o se satisface un vicio: parafines fiscales, había que llevar a enterrara los muertos al cementerio de lacabecera del municipio… «eso estabaordenado y eso debería cumplirse al piede la letra». Tal era la consignaheredada de padres a hijos.

Y aquel amanecer, los hombresvolvieron por la vereda, ya muy andada.

Abría el cortejo el ataúd, cargadopor media docena de jóvenes recioscomo erales. Seguíales todo el pueblorezongando letanías. Atrás, losmuchachos quemaban cohetes y, más

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atrás, algunas viejas lanzaban vivosalaridos. ¡Todo el ruidoso pesar de loscampesinos!

De cuando en cuando, loscargadores se turnaban y volvían aconfundirse entre el apretado grupo dedolientes.

Había que vadear ríos, saltarbarrancas. A veces el féretro sebamboleaba pendiente de una delgadacuerda, en medio de los hocicos abiertosdel abismo.

Seguían por estrechos atajos,caminos de venados, cuyos riscosdesprendidos volaban sobre elprecipicio.

Aquella vez se hizo un descanso ala sombra del robledal, en plena

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cumbre.Entonces los dolientes conjeturaron

en torno de la tragedia:«El compadre era de condición;

para haber perdido fue menester lamadrugada…».

«Tan bueno y tan macho…»«Lástima de hombre, no merecía

ese fin…»«Dios le dé un lugar bien cerquita

de Él…»Y la marcha seguía, dejando tras sí

un rastro de aflicción. Los piesdescalzos de las mujeres se cogían comogarras del pedrerío suelto, cuando lacaravana iba cuesta arriba.

Adelante, el balanceo del féretroera eterna negación.

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Quedó atrás la montaña. Vino el vallereseco y polvoriento.

El peso de un sol de canículadoblegaba a los hercúleos. En susgargantas la sed clavaba sus garras.

Pero el pueblo ya estaba cerca; sucaserío blanqueaba a simple vista.

El último turno echó a sus espaldasel macabro fardo. La jornada tocaba a sufin.

A la entrada del poblacho, la pulqueríales salió al paso.

Sobre la desportillada banqueta,fue depositado el ataúd y los hombres sedieron a calmar la sed en enormestinajas. Siguieron las mujeres y los

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niños… y los hombres doblaron laración. Se empezó a beber en silencio,como cumpliendo una parte del ritualdel duelo. A poco, uno dejó escapar unalarido incontenible. Vinieron la charla,las bromas, la risa sofocada, la cancióncortada por el hipo alcohólico, la riñapasajera… el olvido.

Los hombres, recargados contra elmostrador, hablaban mil necedades y lasmujeres se apretujaban unas con otras,como un rebaño bronco.

La tarde se encogió, se hizochiquita hasta pasar inadvertida.

El consumo importaba algunasdocenas de pesos. Se hizo una colectaentre los ebrios. Apenas juntaronalgunos cobres sudados y hediondos.

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Cuando el ventero exigió a gritos elinmediato pago, la solución llegó fácil,espontáneamente, como llovida delcielo.

Allí estaba el difuntito: él, tanbueno y tan macho en vida, no se negaríaa prestar el último servicio a suspaisanos. Se quedaba en prenda,empeñado, mientras tío Anacleto iba yregresaba del rancho, arreando elmantecoso cochino que tenía prometidoen venta a don Roque Mijares, el de la«tienda grande».

Ante solución tan satisfactoria,muchas parejas se perdieron entre lascallejuelas, buscando más lóbregosrincones.

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Junto al féretro, sólo quedó unasombra… hecha ovillo de sollozos.

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El diosero

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La tona

CRISANTA descendía por la vereda queculebreaba entre los peñascos de laloma clavada entre la aldehuela y el río,de aquel río bronco al que tributaban lostorrentes que, abriéndose paso entrejarales y yerbajos, se precipitabanarrastrando tras sí costras de roblehurtadas al monte. Tendido en lahondonada, Tapijulapa, el pueblo de

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indios pastores. Las torrecillas de lacapilla, patinadas de fervores y lamosasde años, perforaban la nube aprisionadaentre los brazos de la cruz de hierro.

Crisanta, india joven, casi niña,bajaba por el sendero; el aire de lamedia tarde calosfriaba su cuerpoencorvado al peso de un tercio de leña;la cabeza gacha y sobre la frente unmanojo de cabellos empapados desudor. Sus pies —garras a ratos,pezuñas por momentos— resbalabansobre las lajas, se hundían en loslíquenes o se asentaban comoextremidades de plantígrado en lasplanadas del senderillo… Los muslos dela hembra, negros y macizos, asomabanpor entre los harapos de la enagua de

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algodón, que alzaba por delante hastaarriba de las rodillas, porque el vientreestaba urgido de preñez… La marcha sehacía más penosa a cada paso; lamuchacha deteníase por instantes atomar alientos; mas luego, sin levantar lacara, reanudaba el camino con ímpetusde bestia que embistiera al fantasma delaire.

Pero hubo un momento en que laspiernas se negaron al impulso,vacilaron. Crisanta alzó por primera vezla cabeza e hizo vagar sus ojos en laextensión. En el rostro de la mujercitazoque cayó un velo de angustia; suslabios temblaron y las aletas de su narizlatieron, tal si olfatearan. Con pasosinseguros la india buscó las riberas;

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diríase llevada entonces por un instinto,mejor que impulsada por unpensamiento. El río estaba cerca, a nomás de veinte pasos de la vereda.Cuando estuvo en las márgenes, desatóel «mecapal» anudado a su frente y conapremios depositó en el suelo el fardode leña; luego, como lo hacen todas laszoques, todas:

la abuela,la madre,la hermana,la amiga,la enemiga,

remangó hasta arriba de la cintura sufaldita andrajosa, para sentarse en

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cuclillas, con las piernas abiertas y lasmanos crispadas sobre las rodillasamoratadas y ásperas. Entonces seesforzó al lancetazo del dolor. Respiróprofunda, irregularmente, tal si todas lasdolencias hubiéransele anidado en lagarganta. Después hizo de sus manos, deaquellas manos duras, agrietadas yrugosas de fatigas, utensilios deconsuelo, cuando las pasó por elexcesivo vientre ahora convulso yacalambrado. Los ojos escurríanlágrimas que brotaban de lasescleróticas congestionadas. Pero todoesfuerzo fue vano. Llevó después susdedos, únicos instrumentos de alivio,hasta la entrepierna ardorosa, tumefactay de ahí los separó por inútiles… Luego

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los encajó en la tierra con fiereza y asílos mantuvo, pujando rabia ydesesperación… De pronto la sed sehizo otra tortura… y allá fue,arrastrándose como coyota, hasta llegaral río: tendióse sobre la arena, intentóbeber, pero la náusea se opuso cuantasveces quiso pasar un trago; entoncesmugió su desesperación y rodó en laarena entre convulsiones. Así la hallóSimón, su marido.

Cuando el mozo llegó hasta suCrisanta, ella lo recibió con palabrasduras en lengua zoque; pero Simón sehabía hecho sordo. Con delicadeza lalevantó en brazos para conducirla a suchoza, aquel jacal pajizo, incrustado enla falda de la loma. El hombrecito

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depositó en el petate la carga trémula dedos vidas y fue en busca de Altagracia,la comadrona vieja que moría de hambreen aquel pueblo en donde las mujeres selas arreglaban solas, a orillas del río,sin más ayuda que sus manos, suesfuerzo y sus gemidos.

Altagracia vino al jacal seguida deSimón. La vieja encendió un manojo deocote que dejó arder sobre una olla; enseguida, con ademanes complicados yposturas misteriosas, se arrodilló sobrela tierra apisonada, rezó un credo alrevés, empezando por el «amén» paraconcluir en el «… padre, Dios en creo»;fórmula, según ella, «linda» para sacarde apuros a la más comprometida.Después siguió practicando algunos

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tocamientos sobre la barriga deforme.—No te apures, Simón, luego la

arreglamos. Esto pasa siempre con lasprimerizas… ¡Hum, las veces que me hatocado batallar con ellas…! —dijo.

—Obre Dios —contestó elmuchacho mientras echaba a la fogatauna raja resinosa.

—¿Hace mucho que te empezaronlos dolores, hija?

Y Crisanta tuvo por respuesta sóloun rezongo.

—Vamos a ver, muchacha —siguióAltagracia—: dobla tus piernas… Así,flojas. Resuella hondo, puja, puja fuertecada vez que te venga el dolor… Másfuerte, más… ¡Grita, hija…!

Crisanta hizo cuanto se le dijo y

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más; sus piernas fueron hilachos, rugióhasta enronquecer y sangró sus puños amordidas.

—Vamos, ayúdame muchachita —suplicó la vieja en los momentos en quepasaba rudamente sus manos sobre labarriga relajada, pero terca en conservarla carga…

Y los dedazos de uñas corvas ynegras echaban toda su habilidad, todasu experiencia, todas sus mañas en losfrotamientos que empezaban en lasmamas rotundas, para acabar en lapelvis abultada y lampiña.

Simón, entre tanto, habíaseacurrucado en un rincón de la choza;entre sus piernas un trozo de maderadestinado a ser cabo de azadón. El

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chirrido de la lima que aguzaba unextremo del mango distraía elenervamiento, robaba un poco laansiedad del muchacho.

—Anda, madrecita, grita por vidatuya… Puja, encorajínate… Dimechiches de perra; pero date prisa…Pare, haragana. Pare hembra o macho,pero pronto… ¡Cristo de Esquipulas!

La joven no hacía esfuerzo ya; eldolor se había apuntado un triunfo.

Simón trataba ahora de insertar agolpes el mango dentro del arillo delazadón; de su boca entreabierta salíansonidos roncos.

Altagracia sudorosa y desgreñada,con las manos tiesas abiertas enabanico, se volvió hacia el muchacho,

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quien había logrado, por fin, introducirel astil en la argolla de la azada; eltrabajo había alejado un poco a supensamiento del sitio en que seescenificaba el drama.

—Todo es de balde, Simón, vienede nalgas —dijo la vieja a gritos,mientras se limpiaba la frente con eldorso de su diestra.

Y Simón, como si volviese delsueño, como si hubiese sido sustraídopor las destempladas palabras de unaregión luminosa y apacible:

—¿De nalgas? Bueno… ¿y’horaqué?

La vieja no contestó; su vistavagaba por el techo del jacal.

—De ahí —dijo de pronto—, de

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ahí, de la viga madre cuelga la coyundapara hacer con ella el columpio… Peropronto, muévete —ordenó Altagracia.

—No, eso no —gimió él.—Anda, vamos a hacer la última

lucha… Cuelga la coyunda y ayúdame aamarrar a la muchacha por los sobacos.

Simón trepó sin chistar por losamarres de los muros pajizos e hizopasar la cinta de jarcia sobre el morillohorizontal que sostenía la techumbre.

—Jala fuerte… fuerte, con ganas.¡Hum, no pareces hombre…! Jala,demonio.

A poco Crisanta era un títere quepateaba y se retorcía pendiente de lacoyunda.

Altagracia empujó al cuerpo de la

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muchacha… Ahora más que pelele, erauna péndola de tragedia, un pezón dedelirio…

Pero Crisanta ya no hacía nada porella, había caído en un desmayoconvulsivo.

—Corre, Simón —dijo Altagraciacon acento alarmado—, ve a la tienda ycompra un peso de chile seco; hay queponerlo en las brasas para que el humola haga toser. Ella ya no puede, se estápasando… Mientras tú vas y vienes, yosigo mi lucha con la ayuda de Dios y deMaría Santísima… Le voy a trincar lacintura con mi rebozo, a ver si asísale… ¡Corre por vida tuya!

Simón ya no escuchó las últimaspalabras de la vieja; había salido en

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carrera para cumplir el encargo.En el camino tropezó con Trinidad

Pérez, su amigo el peón de la carreterainconclusa que pasaba a corta distanciade Tapijulapa.

—Aguárdate, hombre, saludasiquiera —gritó Trinidad Pérez.

—Aquélla está pariendo desdeantes de que el sol se metiera y es horaque todavía no puede —informó el otrosin detenerse.

Trinidad Pérez se emparejó conSimón, los dos corrían.

—Le está ayudando doñaAltagracia… Por luchas no ha quedado.

—¿Quieres un consejo, Simón?—Viene…—Vete al campamento de los

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ingenieros de la carretera. Allí está undoctor que es muy buena gente, llámalo.

—¿Y con qué le pago?—Si le dices lo pobres que somos,

él entenderá… Anda, déjate deAltagracia.

Simón ya no reflexionó más y enlugar de torcer hacia la tienda, tomó porel atajo que más pronto lo llevaría alcampamento. La luna, muy alta, decíaque la media noche estaba cercana.

Frente al médico, un viejo amable ybromista, Simón el indio zoque no tuvonecesidad de hablar mucho y, por ello,tampoco poner en evidencia su malespañol.

—¿Por qué se les ocurrirá a lasmujeres hacer sus gracias precisamente

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a estas horas? —se preguntó el doctor así mismo, mientras un bostezo ahogabasus últimas palabras… Mas luego dedesperezarse, añadió de buen talante—:¿Por qué se nos ocurre a algunoshombres ser médicos? Iré, muchacho, iréluego, no faltaba más… ¿Está bueno elcamino hasta tu pueblo?

—Bueno, parejito, como la palmade la mano…

El médico guardó en su maletínalgunos instrumentos niquelados, unajeringa hipodérmica y un gran paquetede algodón; se caló su viejo «panamá»,echó «a pico de botella» un buen tragode mezcal, aseguró sus ligas de ciclistasobre las «valencianas» del pantalón dedril y montó en su bicicleta, mientras

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escuchaba a Simón que decía:—Entrando por la zurda, es la

casita más repegada a la loma.Cuando Simón llegó a su choza, lo

recibió un vagido largo y agudo, que seconfundió entre el cacareo de lasgallinas y los gruñidos de Mit-Chueg, elperro amarillo y fiel.

Simón sacó de la copa de susombrero un gran pañuelo de yerbas;con él se enjugó el sudor que le corríapor las sienes; luego respiró profundo,mientras empujaba tímidamente lapuertecilla de la choza.

Crisanta, cubierta con un sarapedesteñido, yacía sosegada. Altagraciaretiraba ahora de la lumbre una grantinaja con agua caliente, y el médico,

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con la camisa remangada, desmontaba laaguja de la jeringa hipodérmica.

—Hicimos un machito —dijo convoz débil y en la aglutinante lenguazoque Crisanta cuando miró a su marido.Entonces la boca de ella se iluminó conel brillo de dos hileras de dientes comogranitos de elote.

—¿Macho? —preguntó Simónorgulloso—. Ya lo decía yo…

Tras de pescar el mentón deCrisanta entre sus dedos toscos einhábiles para la caricia, fue a mirar asu hijo, a quien se disponían a bañar eldoctor y Altagracia. El nuevo padre,rudo como un peñasco, vio por instantesaquel trozo de canela que se debatía ychillaba.

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—Es bonito —dijo—: se parece aaquélla en lo trompudo —y señaló conla barbilla a Crisanta. Luego, con undedo tieso y torpe, ensayó una caricia enel carrillo del recién nacido.

—Gracias, doctorcito… Me hahecho usté el hombre más contento deTapijulapa.

Y sin agregar más, el indio fuehasta el fogón de tres piedras que sealzaba en medio del jacal. Ahí se habíaamontonado gran cantidad de ceniza. Enun bolso y a puñados, recogió Simón losresiduos.

El médico lo seguía con la vista,intrigado. El muchacho, sin darimportancia a la curiosidad quedespertaba, echóse sobre los hombros el

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costalillo y así salió del jacal.—¿Qué hace ése? —inquirió el

doctor.Entonces Altagracia habló

dificultosamente en español:—Regará Simón la ceniza

alrededor de la casa… Cuandoamanezca saldrá de nuevo. El animalque haya dejado pintadas las huellas enla ceniza será la tona del niño. Élllevará el nombre del pájaro o la bestiaque primero haya venido a saludarlo;coyote o tejón, chuparrosa, liebre omirlo, asegún…

—¿Tona has dicho?—Sí, tona, ella lo cuidará y será su

amiga siempre, hasta que muera.—Ajá —dijo el médico, sonriente

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—, se trata de buscar al muchacho unespíritu tutelar…

—Sí —aseguró la vieja—, ése esel costumbre de po’acá…

—Bien, bien; mientras tanto,bañémoslo, para que el que ha de ser sutona lo encuentre limpiecito y buenmozo.

Cuando regresó Simón con el bolsovacío de cenizas, halló a su hijoarropadito y fresco, pegado al hombrode la madre. Crisanta dormía dulce yprofundamente… El médico se disponíaa marcharse.

—Bueno, Simón —dijo el doctor—, estás servido.

—Yo quisiera darle a su mercé masque juera un puñito de sal…

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—Deja, hombre, todo está bien…Ya te traeré unas medicinas para que elniño crezca saludable y bonito…

—Señor doctor —agregó Simóncon acento agradecido—, hágame sumercé otra gracia, si es tan bueno.

—Dime, hombre.—Yo quisiera que su persona juera

mi compadre… Lleve usté a cristianar ala criaturita. ¿Quere?

—Sí, con mucho gusto, Simón, túme dirás.

—El miércoles, por favor, es el díaen que viene el padre cura.

—El miércoles vendré… Buenasnoches, Simón… Adiós, Altagracia,cuida a la muchacha y al niño…

Simón acompañó al médico hasta

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la puerta del jacal. Desde ahí lo siguiócon la vista. La bicicleta tomó losaltibajos del camino gallardamente; suojo ciclópeo se abría paso entre lassombras. Un conejo encandilado cruzóla vereda.

Puntual estuvo el médico elmiércoles por la mañana.

La esquila llamó a misa; loszoques, vestidos de limpio, aguardabanen el atrio. La chirimía tocaba airesalegres. Tronaban los cohetes. Todos losahí reunidos, hombres y mujeres,esperaban ansiosos la llegada de Simóny su comitiva bautismal.

Por allá, hacia la loma, se miró algrupo que se dirigía a la iglesia.Crisanta, fresca y rozagante, cargaba a

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su hijo seguida de Altagracia, lamadrina. Atrás de ellas, Simón y elmédico charlaban amigablemente…

—¿Y qué nombre le vas a poner ami ahijado, compadre Simón?

—Pos verá usté, compadritodoctor… Damián, porque así dice elcalendario de la iglesia… y Becicleta,porque ésa es su tona, así me lo dijo laceniza…

—Conque ¿Damián Bicicleta? Esun bonito nombre, compadre…

—Áxcale —afirmó muycategóricamente el zoque.

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Los novios

ÉL ERA de Bachajón, venía de unafamilia de alfareros; sus manos desdeniñas habían aprendido a redondear laforma, a manejar el barro con taldelicadeza que, cuando moldeaba, másparecía que hiciera caricias. Era hijoúnico, mas cierta inquietud nacida delalma lo iba separando día a día de suspadres, llevado por un dulce vértigo…

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Hacía tiempo que el murmullo delriachuelo lo extasiaba y su corazón teníapalpitaciones desusadas; también elaroma a miel de abejas de la flor depascua había dado por embelesarlo y lossuspiros acurrucados en su pechobrotaban en silencio, a ocultas, comoaflora el desasosiego cuando se hacometido una falta grave… A veces seposaba en sus labios una tonaditatristona, que él tarareaba quedo, tal sisaboreara egoístamente un manjar acre,pero gratísimo. «Ese pájaro quiere tuna»—comentó su padre cierto día, cuandosorprendió el canturreo.

El muchacho lleno de vergüenza novolvió a cantar; pero el padre —JuanLucas, indio tzeltal de Bachajón— se

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había adueñado del secreto de su hijo.

Ella también era de Bachajón; pequeña,redondita y suave. Día con día, cuandoiba por el agua al riachuelo, pasabafrente al portalillo de Juan Lucas… Ahíun joven sentado ante una vasija debarro crudo, un cántaro redondo ybotijón, al que nunca daban fin aquellasmanos diestras e incansables…

Sabe Dios cómo, una mañanitachocaron dos miradas. No hubo nichispa, ni llama, ni incendio después deaquel tope, que apenas si pudo hacerpalpitar las alas del petirrojo anidadoentre las ramas del granjeno que crecíaen el solar.

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Sin embargo, desde entonces, ellaacortaba sus pasos frente a la casa delalfarero y de ganchete arriesgaba unamirada de urgidas timideces.

Él, por su parte, suspendía unmomento su labor, alzaba los ojos yabrazaba con ellos la silueta que se ibaen pos del_ sendero, hasta perderse enel follaje que bordea el río.

Fue una tarde refulgente, cuando elpadre —Juan Lucas, indio tzeltal deBachajón— hizo a un lado el torno enque moldeaba una pieza… Siguió con lasuya la mirada de su muchacho, hastallegar al sitio en que éste la habíaclavado… Ella, el fin, el designio, al

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sentir sobre sí los ojos penetrantes delviejo, quedó petrificada en medio de lavereda. La cabeza cayó sobre el pecho,ocultando el rubor que ardía en susmejillas.

—¿Ésa es? —preguntó en seco elanciano a su hijo.

—Sí —respondió el muchacho, yescondió su desconcierto en lareanudación de la tarea.

El «Prencipal», un indio viejo,venerable de años e imponente deprestigios, escuchó solícito la demandade Juan Lucas:

—El hombre joven, como el viejo,necesitan la compañera, que para el uno

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es flor perfumada y, para el otro,bordón… Mi hijo ya ha puesto sus ojosen una.

—Cumplamos la ley de Dios ydémosle goce al muchacho como tú y yo,Juan Lucas, lo tuvimos un día… ¡Túdirás lo que se hace!

—Quiero que pidas a la niña parami hijo.

—Ése es mi deber comoPrencipal… Vamos, ya te sigo, JuanLucas.

Frente a la casa de la elegida, JuanLucas, cargado con una libra dechocolate, varios manojos de cigarrillosde hoja, un tercio de leña y otro de

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ocote, aguarda, en compañía del«Prencipal» de Bachajón, que losmoradores del jacal ocurran a lallamada que han hecho sobre la puerta.

A poco, la etiqueta indígena todo losatura:

—Ave María Purísima del Refugio—dice una voz que sale por entre lasrendijas del jacal.

—Sin pecado original concebida—responde el «Prencipal».

La puertecilla se abre. Gruñe unperro. Una nube de humo atosiganterecibe a los recién llegados que pasan alinterior; llevan sus sombreros en lamano y caravanean a diestro y siniestro.

Al fondo de la choza, la niñamotivo del ceremonial acontecimiento

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echa tortillas. Su cara, enrojecida por elcalor del fuego, disimula su turbación amedias, porque está inquieta comotórtola recién enjaulada; pero acaba portranquilizarse frente al destino que detan buena voluntad le están aparejandolos viejos.

Cerca de la puerta el padre de ella,Mateo Bautista, mira impenetrable a losrecién llegados. Bibiana Petra, su mujer,gorda y saludable, no esconde el gozo yseñala a los visitantes dos piedras paraque se sienten.

—¿Sabes a lo que venimos? —pregunta por fórmula el «Prencipal».

—No —contesta mintiendodescaradamente Mateo Bautista—. Perode todas maneras mi pobre casa se mira

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alegre con la visita de ustedes.—Pues bien, Mateo Bautista, aquí

nuestro vecino y prójimo Juan Lucaspide a tu niña para que le caliente eltapexco a su hijo.

—No es mala la respuesta… peroyo quiero que mi buen prójimo JuanLucas no se arrepienta algún día: mimuchachita es haragana, es terca y estonta de su cabeza… Prietilla y chata,pues, no le debe nada a la hermosura…No sé, la verdad, qué le han visto…

—Yo tampoco —tercia Juan Lucas— he tenido inteligencia para hacer a mihijo digno de suerte buena… Es necio alquerer cortar para él una florecita tanfresca y olorosa. Pero la verdad es queal pobre se le ha calentado la mollera y

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mi deber de padre es, pues…En un rincón de la casucha Bibiana

Petra sonríe ante el buen cariz que tomanlas cosas: habrá boda, así se lo indicacon toda claridad la vehemencia de lospadres para desprestigiar a sus mutuosretoños.

—Es que la decencia no deja austedes ver nada bueno en sus hijos…La juventud es noble cuando se le haguiado con prudencia —dice el«Prencipal», recitando algo que harepetido muchas veces en actossemejantes.

La niña, echada sobre el metate,escucha; ella es la ficha gorda que sejuega en aquel torneo de palabras y, sinembargo, no tiene derecho ni siquiera a

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mirar frente a frente a ninguno de los queen él intervienen.

—Mira, vecino y buen prójimo —agrega Juan Lucas—, acepta estospresentes que en prueba de buena fe yote oferto.

Y Mateo Bautista, con grandignidad, remuele las frases de rigor encasos tan particulares.

—No es de buena crianza, prójimo,recibir regalos en casa cuando porprimera vez nos son ofrecidos, tú losabes… Vayan con Dios.

Los visitantes se ponen en pie. Eldueño de la casa ha besado la mano del«Prencipal» y abrazado tiernamente a suvecino Juan Lucas. Los dos últimossalen cargados con los presentes que la

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exigente etiqueta tzeltal impidió aceptaral buen Mateo Bautista.

La vieja Bibiana Petra estárebosante de gusto: el primer acto hasalido a maravillas.

La muchacha levanta con el dorsode su mano el mechón de pelo que hacaído sobre su frente y se da prisa paraacabar de tortear el almud de masa quese amontona a un lado del comal.

Mateo Bautista, silencioso, se hasentado en cuclillas a la puerta de suchoza.

—Bibiana —ordena—, tráeme untrago de guaro.

La rolliza mujer obedece y pone enmanos de su marido un jarro deaguardiente. Él empieza a beber

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despacio, saboreando los sorbos.A la semana siguiente la entrevista

se repite. En aquella ocasión, visitantesy visitado deben beber mucho guaro yasí lo hacen… Mas la petición reiteradano se acepta y vuélvense a rechazar lospresentes, enriquecidos ahora conjabones de olor, marquetas de panela yun saco de sal. Los hombres hablan pocoesta vez; es que las palabras pierden suelocuencia frente al protocoloindoblegable.

La niña ha dejado de ir por agua alrío —así lo establece el ritualconsuetudinario—, pero el muchacho nodescansa sus manos sabias enpalpitaciones sobre la redondezsugerente de las vasijas.

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Durante la tercera visita, MateoBautista ha de sucumbir con elegancia…Y así sucede: entonces acepta losregalos con un gesto displicente, a pesarde que ellos han aumentado con un«enredo» de lana, un «huipil» bordadocon flores y mariposas de seda, aretes,gargantilla de alambre y una argollanupcial, presentes todos del novio a lanovia.

Se habla de fechas y de padrinos.Todo lo arreglan los viejos con el mejortacto.

La niña sigue martajando maíz en elmetate, su cara encendida ante el impíorescoldo está inmutable; escucha ensilencio los planes, sin darse por ellodescanso: muele y tortea y muele de la

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mañana a la noche.

El día está cercano. Bibiana Petra y suhija han pasado la noche en vela. A la«molienda de boda» han concurrido lasvecinas, que rodean a la prometida,obligada por su condición a moler ytortear la media arroba de maíz y loscientos de tortillas que se consumirán enel comelitón nupcial. En grandescazuelas hierve el «mole negro». MateoBautista ha llegado con dos garrafonesde guaro, y la casa, barrida y regada,espera el arribo de la comitiva delnovio.

Ya están aquí. Él y ella se miranpor primera vez a corta distancia. La

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muchacha sonríe modosa y pusilánime;él se pone grave y baja la cabeza,mientras rasca el piso con su huarachechirriante de puro nuevo.

El «Prencipal» se ha plantado en mediodel jacal. Bibiana Petra riega pétalos derosa sobre el piso. La chirimía atruena,mientras los invitados invaden elrecinto.

Ahora la pareja se ha arrodilladohumildemente a los pies del«Prencipal». La concurrencia los rodea.El «Prencipal» habla de derechos parael hombre y de sumisiones para lamujer… de órdenes de él y deacatamientos por parte de ella. Hace que

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los novios se tomen de manos y reza conellos el padrenuestro… La desposada sepone en pie y va hacia su suegro —JuanLucas, indio tzeltal de Bachajón— ybesa sus plantas. Él la alza concomedimiento y dignidad y la entrega asu hijo.

Y, por fin, entra en acción BibianaPetra… Su papel es corto, perointeresante.

—Es tu mujer —dice consolemnidad al yerno—… cuandoquieras, puedes llevarla a tu casa paraque te caliente el tapexco.

Entonces el joven responde con lafrase consagrada:

—Bueno, madre, tú lo quieres…La pareja sale lenta y humilde. Ella

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va tras él como una corderilla.Bibiana Petra, ya fuera del

protocolo, llora enternecida, a la vezque dice:

—Va contenta la muchacha… Muycontenta va mi hija, porque es el día másfeliz de su vida. Nuestros hombres nuncasabrán lo sabroso que nos sabe a lasmujeres cambiar de metate…

Al torcer el vallado espinudo, él tomaentre sus dedos el regordete meñique deella, mientras escuchan, bobos, el trinode un jilguero.

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Las vacas deQuiviquinta

LOS PERROS de Quiviquinta teníanhambre; con el lomo corvo y la narizhincada en los baches de las callejas, elojo alerta y el diente agresivo, iban losperros de Quiviquinta; iban en manadas,gruñendo a la luna, ladrando al sol,porque los perros de Quiviquinta teníanhambre…

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Y también tenían hambre loshombres, las mujeres y los niños deQuiviquinta, porque en las trojes sehabía agotado el grano, en los zarzos sehabía consumido el queso y de losgarabatos ya no colgaba ni un pingajo dececina…

Sí, había hambre en Quiviquinta;las milpas amarillearon antes del jiloteoy el agua hizo charcas en la raíz de lasmatas; el agua de las nubes y el aguallovida de los ojos en lágrimas.

En los jacales de los coras se habíaacallado el perpetuo palmoteo de lasmujeres; no había ya objeto, supuestoque al faltar el maíz, faltaba el nixtamaly al faltar el nixtamal, no había masa ysin ésta, pues tampoco tortillas y al no

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haber tortillas, era que el perpetuopalmoteo de las mujeres se habíaacallado en los jacales de los coras.

Ahora, sobre los comales, secocían negros discos de cebada; negrosdiscos que la gente comía, a sabiendasde que el torzón precursor de la diarrea,de los «cursos», los acechaba.

—Come, m’hijo, pero no bebasagua —aconsejaban las madres.

—Las gordas de cebada no soncomida de cristianos, porque la cebadaes «fría» —prevenían los viejos,mientras llevaban con repugnancia a suslabios el ingrato bocado.

—Lo malo es que para el añoque’ntra ni semilla tendremos —dijoEsteban Luna, mozo lozano y bien

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puesto, quien ahora, sentado frente alfogón, miraba a su mujer, Martina, joventambién, un poco rolliza pero sana yfrescachona, que sonreía a la cariciafilial de una pequeñuela, pendiente delabios y manecitas de un pecho carnudo,abundante y moreno como cantarito debarro.

—Dichosa ella —comentó Esteban— que tiene mucho de donde y de quécomer.

Martina rió con ganas y pasó sumano sobre la cabecita monda de lalactante.

—Es cierto, pero me da miedo deque s’empache. La cebada es mala parala cría…

Esteban vio con ojos tristones a su

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mujer y a su hija.—Hace un año —reflexionó—, yo

no tenía de nada y de nadie por queapurarme… Ahoy dialtiro semos tres…Y con l’hambre que si’ha hechoandancia.

Martina hizo no escuchar laspalabras de su hombre; se puso de piepara llevar a su hija a la cuna quecolgaba del techo del jacal; ahí laarropó con cuidados y ternuras. Estebanseguía taciturno, veía vagamente cómose escapaban las chispas del fogónvacío, del hogar inútil.

—Mañana me voy p’Acaponeta enbusca de trabajo…

—No, Esteban —protestó ella—.¿Qué haríamos sin ti yo y ella?

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—Fuerza es comer, Martina… Sí,mañana me largo a Acaponeta o aTuxpan a trabajar de peón, de mozo, delo que caiga.

Las palabras de Esteban las habíaescuchado desde las puertas del jacalEvaristo Rocha, amigo de la casa.

—Ni esa lucha nos queda, hermano—informó el recién llegado—. Acabande regresar del norte Jesús Trejo yMadaleno Rivera; vienen más muertosd’hambre que nosotros… Dicen que nohay trabajo por ningún lado; las tierrasestán anegadas hasta adelante deEscuinapa… ¡Arregúlale nomás!

—Entonces… ¿Qué nos queda? —preguntó alarmado Esteban Luna.

—¡Pos vé tú a saber…! Pu’ay

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dicen quesque viene máiz de Jalisco. Yocasi no lo creo… ¿Cómo van a hambriara los de po’allá nomás pa darnos detragar a nosotros?

—Que venga o que no venga máiz,me tiene sin cuidado orita, porque lavamos pasando con la cebada, losmezquites, los nopales y la guámara…Pero pa cuando lleguen las secas ¿quévamos a comer, pues?

—Ai’stá la cuestión… Pero lascosas no se resuelven largándonos delpueblo; aquí debemos quedarnos… Ymás tú, Esteban Luna, que tienes de quencuidar.

—Aquí, Evaristo, los únicos que laestán pasando regular son los que tienenanimalitos; nosotros ya echamos a l’olla

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el gallo… Ahí andan las gallinas sólidasy viudas, escarbando la tierra,manteniéndose de pinacates, lombrices ygrillos; el huevito de tierra que dejanpos es pa Martina, ella está criando yhay que sustanciarla a como dé lugar.

—Don Remigio el Barbón estávendiendo leche a veinte centavos elcuartillo.

—¡Bandidazo…! ¿Cuándo se habíavisto? Hoy más que nunca siento habervendido la vaquilla… Estas horasya’staría parida y dando leche… ¿Paqué diablos la vendimos, Martina?

—¡Cómo pa qué, cristiano…! ¿Apoco ya no ti’acuerdas? Posp’habilitarnos de apero hor’un’año. ¿Nomercates la coa? ¿No alquilates dos

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yuntas? ¿Y los pioncitos que pagatescuando l’ascarda?

—Pos ahoy, verdá de Dios, me doyde cabezazos por menso.

—Ya ni llorar es bueno, Esteban…¡Vámonos aguantando tantito a ver quédice Dios! —agregó resignado EvaristoRocha.

Es jueves, día de plaza en Quiviquinta.Esteban y Martina, limpiecitos decuerpo y de ropas van al mercado,obedeciendo más a una costumbre quellevados por una necesidad, impelidosmejor por el hábito que por lasperspectivas que pudiera ofrecerles el«tianguis» miserable, casi solitario, en

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el que se reflejan la penuria y eldesastre regional: algunos «puestos» deverduras marchitas, lacias; una mesa convísceras oliscadas, cubiertas de moscas;un cazo donde hierven dos o tres kilosde carne flaca de cerdo, ante laexpectación de los perros que, sobre sustraseros huesudos y roñosos, se relamenen vana espera del bocado que para síquisieran los niños harapientos, losniños muertos de hambre que juegan demanos, poniendo en peligro la tristeintegridad de los tendidos de cacahuatesy de naranjas amarillas y mustias.

Esteban y Martina van al mercadopor la calle real de Quiviquinta; éladelante, lleva bajo el brazo unagallinita «búlique» de cresta encendida;

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ella carga a la chiquilla. Martina vaorgullosa de la gorra de tira bordada ydel blanco roponcito que cubre elcuerpo de su hijita.

Tropiezan en su camino conEvaristo Rocha.

—¿Van de compras? —pregunta elamigo por saludo.

—¿De compras? No, vale, está muyflaca la caballada; vamos a ver quévemos… Yo llevo la «búlique» por si lehallo marchante… Si eso ocurre, pos lemerco a ésta algo de «plaza»…

—¡Que así sea, vale… Dios conustedes!

Al pasar por la casa de donRemigio el Barbón, Esteban detiene supaso y mira, sin disimular su envidia,

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cómo un peón ordeña una vacaenclenque y melancólica, que aparta consu rabo la nube de moscas que laenvuelve.

—Bien’haigan los ricos… Lafamilia de don Remigio no pasa nipasará hambre… Tiene tres vacas. Demalas cada una dará sus tres litros…Dos p’al gasto y lo que sobra, pos pavenderlo… Esta gente sí tendrá modo desembrar el año que viene; pero uno…

Martina mira impávida a suhombre. Luego los dos siguen su camino.

Martina descorteza con sus dienteschaparros, anchos y blanquísimos, unacaña de azúcar. Esteban la mira en

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silencio, mientras arrulla torpementeentre sus brazos a la niña que llora atodo pulmón.

La gente va y viene por el«tianguis», sin resolverse siquiera apreguntar los precios de la escasamercancía que los tratantes ofrecen agrito pelado… ¡Está todo tan caro!

Esteban, de pie, aguarda. Tirada,entre la tierra suelta, alea, rigurosamentemaniatada, la gallinita «búlique».

—¿Cuánto por el mole? —preguntaun atrevido, mientras hurga con manoexperta la pechuga del avecita paracerciorarse de la cuantía y de la calidadde sus carnes.

—Cuatro pesos… —respondeEsteban.

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—¿Cuatro pesos? Pos ni que jueraternera…

—Es pa que ofrezcas, hombre…—Doy dos por ella.—No… ¿A poco crés que me la

robé?—Ni pa ti, ni pa mí… veinte

reales.—No, vale, de máiz se los ha

tragado.Y el posible comprador se va sin

dar importancia a su fracasadaadquisición.

—Se l’hubieras dado, Esteban, yatiene la güevera seca de tan vieja —dijoMartina.

La niña sigue llorando; Martinahace a un lado la caña de azúcar y cobra

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a la hija de los brazos de su marido.Alza su blusa hasta el cuello y deja alaire los categóricos, los hermosospechos morenos, trémulos como un parde odres a reventar. La niña se prende auno de ellos; Martina, casta como unamatrona bíblica, deja mamar a la hija,mientras en sus labios retoza unatonadita bullanguera.

El rumor del mercado adquiere un nuevoruido; es el motor de un automóvil quese acerca. Un automóvil en Quiviquintaes un Acontecimiento raro. Aislado elpueblo de la carretera, pocos vehículosmecánicos se atreven por brechasserranas y bravías. La muchachada sigue

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entre gritos y chacota al auto que,cuando se detiene en las cercanías de laplaza, causa curiosidad entre la gente.De él se apea una pareja: el hombrealto, fuerte, de aspecto próspero y gestoorgulloso; la mujer menuda, debilucha yde ademanes tímidos.

Los recién llegados recorren con lavista al «tianguis», algo buscan.Penetran entre la gente, voltean de unlado a otro, inquieren y siguenpreocupados su búsqueda.

Se detienen en seco frente aEsteban y Martina; ésta, al mirar a losforasteros se echa el rebozo sobre suspechos, presa de súbito rubor; sinembargo, la maniobra es tardía, ya losextraños habían descubierto lo que

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necesitaban:—¿Has visto? —pregunta el

hombre a la mujer.—Sí —responde ella

calurosamente—. ¡Ésa, yo quiero ésa,está magnífica…!

—¡Que si está! —exclama elhombre entusiasmado. Luego, sin máscircunloquios, se dirige a Martina:

—Eh, tú, ¿no quieres irte connosotros? Te llevamos de nodriza aTepic para que nos críes a nuestro hijito.

La india se queda embobada,mirando a la pareja sin contestar.

—Veinte pesos mensuales, buenacomida, buena cama, buen trato…

—No —responde secamenteEsteban.

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—No seas tonto, hombre, se estánmuriendo de hambre y todavía se hacendel rogar —ladra el forastero.

—No —vuelve a cortar Esteban.—Veinticinco pesos cada mes.

¿Qui’húbole?—No.—Bueno, para no hablar mucho,

cincuenta pesos.—¿Da setenta y cinco pesos? Y me

lleva a «media leche» —proponeinesperadamente Martina.

Esteban mira extrañado a su mujer;quiere terciar, pero no lo dejan.

—Setenta y cinco pesos de «lecheentera»… ¿Quieres?

Esteban se ha quedado de una piezay cuando trata de intervenir, Martina le

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tapa la boca con su mano.—¡Quiero! —responde ella. Y

luego al marido mientras le entrega a suhija—: Anda, la crías con leche decabra mediada con arroz… a los niñospobres todo les asienta. Yo y ellaestamos obligadas a ayudarte.

Esteban maquinalmente extiendelos brazos para recibir a su hija.

Y luego Martina con gesto quequiere ser alegre:

—Si don Remigio el Barbón tienesus vacas d’ionde sacar el avío pal’añoque’ntra, tú, Esteban, también tienes latuya… y más rendidora. Sembraremosl’año que’ntra toda la parcela, porqueyo conseguiré l’avío.

—Vamos —dice nervioso el

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forastero tomando del brazo a lamuchacha.

Cuando Martina sube al coche,llora un poquitín.

La mujer extraña trata deconfortarla.

—Estas indias coras —acota elhombre— tienen fama de ser muy buenaslecheras…

El coche arranca. La gente del«tianguis» no tiene ojos más que paraverlo partir.

Esteban llama a gritos a Martina.Su reclamo se pierde entre la algarabía.

Después toma el camino hacia sucasa; no vuelve la cara, va despacio,arrastrando los pies… Bajo el brazo, lagallina «búlique» y, apretada contra su

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pecho, la niña que gime huérfana de susdos cantaritos de barro moreno.

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Hículi Hualula

—«EL TÍO», fue el… El Tío —declaró lamujeruca entre gemidos, cuando sus ojosvidriosos miraban el rostro del cadáverde un hombre joven y membrudo. Frentea ella, solemne y áspero, el patriarca deTezompan escuchaba.

La mujer, presa de locuacidadhistérica, no paraba la lengua:

—Anoche llegó borracho… decía

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cosas horribles; entonces dudó más detres veces del Tío. Por fin, ahogado enmezcal, acabó por dormirse. Estamañana amaneció tieso… Fue que loprovocó, sí, dudó más de tres veces delpoder del Tío, ese del que sólo usted,por ser el más viejo y el más sabio,puede pronunciar su nombre.

El patriarca se mantuvo unosmomentos silencioso, la mujer lo mirabaexpectante. Luego, silabeandoclaramente, dijo la palabra vedada atodos los labios excepto a los de él:

—Hículi Hualula cuando se leprovoca es perverso, vengativo, malo;en cambio…

El viejo cortó la oración apenasiniciada, quizá porque recordó que yo

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estaba presente, yo, un extraño quedesde hacía una semana veníaatosigando con mis impertinencias deetnólogo a la arisca población huicholade Tezompan… Mas ya era tarde, elextraño término había quedado escritoen mi libreta; ahí estaba: «HículiHualula», insólita voz que sólo estabapermitido pronunciar al más viejo y mássapiente.

El patriarca tuvo para mí unamirada recelosa, comprendió que habíacometido una grave indiscreción y tratóde remediar en alguna forma su ligereza,siempre que con ello no quebrantara lasleyes inmutables de la hospitalidad.Entonces el anciano dijo a la mujerbreves palabras en su lengua indígena.

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Ella se volvió hacia mí y, sin dejar deverme con sus ojos pequeños yenrojecidos, dio suelta a una perorata enhuichol, ese idioma rígido, desonoridades exóticas y que yo apenas siconocía a través de las eruditasdisquisiciones de los filólogos…Cuando acabó su exposición, la recienteviuda, anegada en lágrimas, se echósobre el pecho del difunto y tuvosacudimientos y sollozos conmovedores.

El anciano patriarca pasótiernamente su mano sobre la cabeza dela mujer; después vino hasta mí, paradecirme lleno de cortesía:

—Bueno es que la dejemos sin máscompañía que su pena.

Me tomó por un brazo y con

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ademán considerado guióme hasta lapuerta del jacal; pero ahí me detuvedecidido, no podía abandonar el sitiosin ahondar en el enigma de la palabraque, escrita en la libreta de apuntes,demandaba mi atención profesionalimperativamente.

—¿Qué es el Hículi Hualula? —pregunté sorpresiva y secamente.

El viejo soltó mi brazo, dio un pasoatrás, su mirada tornóse chispeante y ensus labios se dibujó una muecadesagradable:

—Por su salud, señor, no lo repita.El nombre del Tío sólo yo puedopronunciarlo sin incurrir en su enojo.

—Necesito saber quién es él,cuáles son sus poderes, sus atributos.

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El hombre no habló más, semantuvo inconmovible, con los ojosvagos, sumidos, tal si miraran haciaadentro, igual que las patéticas deidadesancestrales…

En vano insistir; el hombre se habíacerrado en un mutismo cáustico, pero detal manera angustioso, que decidíabandonar ese camino de indagación,más por piedad que por temores. Sinembargo, me creí desde ese instantemayormente obligado a penetrar hasta elfondo del enigma.

Entendía entonces que la solaclarificación del misterio queaprisionaba el terminajo, significaría eléxito completo de mi empresa y queignorarlo, en cambio, representaría nada

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menos que el fracaso.Lo anterior explicará muy bien la

obsesión de que fui víctima durantevarios días. Con la seguridad de que unainvestigación directa carecería deeficacia y acaso traería efectosadversos, decidí circundar la incógnitacon una serie de pesquisas discretas,cuyos cabos, atados prudentemente,podrían otorgarme resultados mássatisfactorios…

Pero una mañana en que el rigorcalenturiento de las tercianas me habíatundido más fieramente que deordinario, mi templanza saltó hechaañicos y volví a lanzarme por el senderode la irreflexión: doña Lucía, la mestiza,preparaba en mi obsequio una tisana de

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quina; cerca de ella, en los fogonesdomésticos, tres o cuatro mujereshuicholas se hallaban entregadas a lapulverización del maíz tostado para elpinole. Cuando doña Lucía, gorda ybonachona, me alargaba el jarro con elamargo compuesto, vino a mis labios,incontenible y bruscamente, la cuestión:

—Doña Lucía, ¿sabe usted qué oquién es el Hículi Hualula?

La mujer hizo un gesto de espanto,llevóse el índice a los labios y, sinalcanzar resuello, volvió a mirar a lasindias, quienes tapándose los oídos yarmando atroz aspaviento salían deljacal horrorizadas.

La mestiza, dando muestras de graninquietud, tomó entre sus manos

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regordetas mi diestra y luego, con acentomejor de conmiseración que dereproche, me dijo:

—Por favor, señor, no diga nuncaesa palabra… Ahora me ha causadousted un gran perjuicio, mis criadas sehan ido y no regresarán a esta casadonde se ha pronunciado el nombre delTío indebidamente, hasta que la lunanueva deshaga con su luz el hechizo.

—Usted lo sabe, doña Lucía,dígame quién es, qué es, en dóndeestá…

La mujer, sin agregar una palabra,me dio la espalda; luego se echó sobreun metate para arremeter la labor que lashuicholas dejaron inconclusa.

Esa misma tarde tuve que ir hasta

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una sementera para recoger la letra enhuichol de una balada agrícola. Elcampesino que iba a pronunciarme lacanción me esperaba recargado contraun lienzo de alambre espigado queprotegía la labor; era la suya una milpahermosa; altas, gruesas y verdinegrasmatas de maíz se estremecían al pasodel aire templado; el hombre se sentíaorgulloso y su buen humor era patente.Se trataba de un indio pequeño y secocomo un cañuto de otate; hablaba poco,pero sonreía mucho, dijérase que nodesperdiciaba una oportunidad paralucir su magnífica dentadura.

—Bonita milpa, Catarino —dijepor saludo.

—Sí, bonita —contestó.

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—¿Abonaste el terreno?—No lo necesitaba, es bueno de

por sí… Y con la ayuda de Dios y delTío, pues las milpas crecen, florean ydan mucho maicito —dijo en tonosimple, como se dicen los refranes, lassentencias más vulgares o las plegarias.

Yo sentí correr por mi cuerpo uncosquilleo y a punto estuve de caernuevamente en necedad.

—¿El Tío dijiste? —pregunté conexagerada indiferencia—. ¿Ese del queno se debe pronunciar el nombre?

—Sí —repuso sencillamenteCatarino—. El Tío, que es bueno conquien lo respeta.

Había en la cara del huichol talserenidad y en sus palabras tanta y tanta

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confianza y fe, que se me antojóperversidad aun el solo intento dearrancarle el secreto.

De todos modos, en aquellatardecita avancé un poco en elesclarecimiento del misterio: el Tío erabueno cuando otorgaba la vida, pero elTío era malo cuando causaba la muerte.

Poco tiempo tardé en apuntar laspalabras de la «canción de la siembra»,agradecí a Catarino sus atenciones yemprendí el regreso a Tezompan.

En el camino alcancé a Mateo SanJuan, el maestro rural; era un buen chico,huichol de pura raza. A las primeraspalabras cruzadas con él, se descubríasu inteligencia; pronto también sepercataba uno del anhelo del joven por

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mejorar la condición económica ycultural de los suyos. Mateo teníaespecial interés en informar a losextraños que había vivido y estudiado enMéxico, en la Casa del EstudianteIndígena allá en la época de Calles.

Mateo San Juan era accesible ycomunicativo. Esa tarde paseaba, pueshabía terminado a buena hora suslabores docentes. En sus manosjugueteaba una hermosa chirimoya.Cuando me vio partió entre sus dedos elfruto y obsequioso me brindó una mitad.Seguimos juntos saboreando el dulzor dela chirimoya, y el no menos grato de labuena compañía.

Sin embargo, yo no era leal conMateo San Juan, mis palabras todas

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tendían a llevar la conversación hacia elpunto de mi conveniencia, hacia el sitiode mis intereses. No fue una empresadifícil que digamos abordar el tema; elmismo Mateo dio pie para ello, cuandohabló de las muchas dificultades que alextraño se le ofrecen antes de penetraren la realidad del indio: «Nos es másfácil a nosotros comprender el mundo deustedes, que a los hombres de la ciudadconocer el sencillo cerebro denosotros», dijo Mateo San Juan unpoquito engreído con su frase.

—¿Qué es el Hículi Hualula? —pregunté decidido.

Mateo San Juan me miróserenamente y hasta advertí en suslabios un leve repliegue de ironía.

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—No es raro que «el misterio»haya cautivado a usted: igual ocurre atodos los forasteros que averiguan suexistencia… Yo le aconsejaría ser muydiscreto al tratar ese asunto, si no quiereencontrarse con resultadosdesagradables.

—Así sospecho, pero yo nodescansaré hasta conocer el fondo deesa preocupación… Usted sería uninformante ideal, Mateo San Juan —dijeun poco turbado ante la actitud delmaestro.

—No espere usted de mí ningunaluz en torno del Tío… ¡Que pase ustedbuena tarde, señor investigador! —Ydiciendo eso, aceleró su paso hastatomar un veloz trotecillo.

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—Eh, Mateo, espere —gritérepetidas veces, mas el maestro rural nodetuvo su marcha y acabó por perdersede vista en un recodo del camino.

Llegó el sábado y con él mi únicaesperanza; estaba en Tezompan el curade Colotlán, quien semana a semanahacía visita a la jurisdicción de suparroquia. Cuando el anciano sacerdotese apeó de su mulo tordillo y antes deque se despojara de su guardapolvo deholanda, ya estaba yo en su presencia,suplicándole que me escuchara brevesmomentos. El clérigo amablemente sepuso a mis órdenes.

—Sólo —dije— que necesitohablarle en extrema reserva.

—Bien —repuso el cura—, en la

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sacristía estaremos solos el tiempo quesea necesario.

Y ahí, en aquel silenciosoambiente, el cura me dijo todo lo quehabía podido indagar en torno del Tío.

—En verdad —dijo—, esacuestión logró interesarme hace tiempo,mas el hermetismo de esta gente nuncame permitió adentrar todo lo que hubieradeseado en la misteriosa preocupación:Tío le dicen, porque lo suponen hermanode Tata Dios y es para ellos tanpoderoso, que el pueblo entero puededormir tranquilo si se sabe bajo suprotección… Pero el Tío es cruel yvengativo, con su vida pagará quien loinjurie o pronuncie su nombre…

Esto último queda reservado tan

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sólo al más viejo de la comunidad. Bajoel amparo del Tío, los huicholes viajanconfiados, pues creen que contando consus influencias, las serpientes seapartarán del camino, los rayosdescargarán a distancia y todos losenemigos quedarán maniatados. No hayenfermedad que resista al Tío y sólomueren los hombres que no seencuentran en gracia de él… Lamento,amigo mío —concluyó el clérigo—, nopoder darle mayores datos, pues ahoramis esfuerzos se cifran, mejor que enconocer detalles de la diabólicacreencia, en arrancarla de los corazonesde esos infelices…

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«Y bien —me dije cuando a solas hicebalance de las informacionesproporcionadas por el cura—, lo pocoque sé del Tío apenas si es un aguijónpara meterme un el misterio y hacer deél algo preciso y claro…» Perocomprobé que el tiempo destinado a lainvestigación de los huicholesterminaba; dentro de dos días deberíaestar con los coras y por ello abandonar,quizá para siempre, el esclarecimientode la incógnita.

Tímidos golpes a la puertasuspendieron mi soliloquio. Sin esperarla venia, Mateo San Juan penetró en eljacal que me servía de habitación ylaboratorio. El profesor rural teníaentonces un gesto cómicamente

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enigmático; venía envuelto hasta labarbilla en una frazada solferina y el alade su sombrero de palma caíale sobrelos ojos; saludó con voz un pocotrémula. Aquella actitud me hizo sentirque algo importante se avecinaba. Mateopermaneció en pie, no obstante lainvitación afectuosa que le hice para quetomara asiento en uno de los bancosrústicos que amoblaban mi choza.

—He pensado mucho lo que vengoa hacer; he calculado el paso que voy adar, porque no quiero ser egoísta. Elmundo entero, y no sólo los huicholes,debe disfrutar de las mercedes del Tío,gozar de sus efectos y apreciarlo entodas sus bondades…

—¿Entonces, está usted dispuesto

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a…?—Sí, a pesar de que con mi

revelación pongo en peligro el pellejo.—No creo, Mateo San Juan, que

todo un maestro rural sienta pavorsupersticioso, tal y como loexperimentan el común de los indígenas.

—Del Tío no tengo temores, sinode sus «sobrinos». Pero, repito, noquiero ser ruin; la humanidad debe serfavorecida con las virtudes del Tío…

—Sea más explícito, por favor,basta ya de preámbulos.

—Cuando la ciencia —continuóMateo sin alterarse— ponga a suservicio al Tío, entonces todos loshombres habrán alcanzado, comonosotros los huicholes, la alegría de

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vivir; acabarán con los dolores físicos,terminará su cansancio, se exaltaránsaludablemente las pasiones, al tiempoque un sueño luminoso los llevará hastael paraíso; calmarán su sed sin beber ysu hambre sin comer; sus fuerzasrenacerán todos los días y no habráempresa difícil para ellos… Sé que laciencia del microscopio, de la químicacon todas sus reacciones, lograríanprodigios el día en que pusieran alalcance de todos las virtudes del Tío…Del Tío que es estimulante de la amistady del amor, suave narcótico, sabioconsejero; que con su ayuda, loshombres se harían mejores, porque nadalos uniría más que la mutua felicidad yel completo entendimiento. El Tío hace

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tierno el corazón y liviano el cerebro…—No siga usted —interrumpí

decepcionado—, el Tío no es otra cosaque el peyote, ¿verdad?

Mateo San Juan sonriódespreciativo y luego dijo:

—El peyote es conocido de ustedeshace muchos años, sus efectos sonvulgares, intoxicantes, pasajeros y desdeluego más dañosos que benéficos… ElTío es otra cosa; hasta ahora, si nosomos los huicholes, nadie ha probadosus propiedades extraordinarias…

—Bueno… ¿Cómo hago parallevarme al Tío a los laboratorios deMéxico?

Mateo San Juan se tornó solemne y,apartando su poncho, dejó entre mis

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manos un bulto pequeño y ligero, nomayor que el puño.

—Ahí lo tiene usted… Llévelo,algún día todos los hombres exaltaránsus excelencias, llegará a ser másestimado que la riqueza, tan útil como elpan, tan preciado como el amor, y tandeseado como la salud. Va envuelto enhojas de sábila, únicas que resisten susfuertes emanaciones. No lo descubrausted hasta el momento en que vaya a serestudiado y procure usted que esto sehaga antes de que transcurra unasemana… ¡Ah, si llegan a saber mispaisanos que lo he entregado en manosde un extraño, acabarán conmigo…!Váyase usted hoy mismo, lléveselo y nose olvide de su amigo Mateo San Juan.

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—Gracias… ¿Pero cómo puedenabrigar sus paisanos intenciones tannegras contra usted, si el Tío tan sólosugiere buenos pensamientos y accionesnobles?

El maestro rural dijo sobriamente:—No me perdonarían, porque los

huicholes miran en él al hermano de ladivinidad intocable; ustedes, en cambio,tan sólo sabrán de sus efectos favorablesy lo estimarán simplemente como lo quees… Llévelo y aprovéchelo bien, perosalga inmediatamente, antes de que eltiempo oculte a los laboratorios todassus virtudes.

—No voy por lo pronto a México—informé—; pero esta misma tardesaldrá mi ayudante a Colotlán llevando

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al Tío y por correo registrado loreexpedirá a México, con una carta míapara el Instituto Biológico, donde loexaminarán y estudiarán a fondo.

—Que todo sea para bien, señorinvestigador.

—Gracias de nuevo, Mateo SanJuan. Ha realizado usted una buenaacción.

Esa misma tarde, de acuerdo con loplaneado, mi ayudante, un joven mestizode Colotlán, salió con el encargo demandar al Tío perfectamente aseguradopor la vía postal. Un poco más tarde, yodebería partir para la región de loscoras, donde haría una fugaz visita pararevisar ciertas informaciones dudosas…Pero antes quise despedirme del buen

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maestro rural.Llegué a su choza. Una viejecita

india, humilde y temerosa, estaba en lapuerta rodeada de vecinas que laconfortaban. Cuando me miró, dijopalabras trémulas y ahogadas:

—Fue el Tío… sí, fue el Tío que noperdona…

—Lleno de tremendas dudaspenetré en el jacal. Ahí tendido en unaestera de palma estaba mi amigo MateoSan Juan; su cara desfigurada a golpes ysu cuerpo molido a palos dabancompasión. Él plegó su cara deformepara recibirme con una sonrisa:

—Las pobres mujeres —dijo—creen que fue el Tío, pero fueron los«sobrinos», como yo me lo temía.

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Cuando regresé a México, mi primeravisita fue para el Instituto de Biología.Ahí desconocían por completo al Tío,supuesto que jamás llegó ningunaencomienda postal de mi remisión. Hicedespués una pesquisa en el correo conresultados también negativos. Comosiguiente gestión, escribí una carta a miayudante de Colotlán. Esperé larespuesta un par de semanas; al norecibirla, la urgí por telegrama. Esteúltimo sí recibió contestación: el joven,en una misiva afligida y cobardona, mesuplicaba dramáticamente que nuncavolviera a tratarle nada «respecto a loque se contrae su estimable carta», puesla prueba que había experimentado enocasión de mi visita «estuvo a punto de

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ser fatal para el suscrito».En falla mi ayudante, escribí a

Mateo San Juan. La carta me fuedevuelta sin abrir. Insistí y losresultados fueron idénticos a losprimeros.

El último recurso era el señor curade Colotlán. A él escribí con mayorconfianza; le hablaba con claridad y leencarecía que me enviara de nuevo aHículi Hualula. Pocos días después mellegó una lacónica carta del sacerdote:Mateo, impresionado por la gente de supueblo, había «perdido la tierra, alengancharse como bracero; las últimasnoticias que se habían tenido de él,decían que estaba en Oklahoma,trabajando como peón de vía…». «Y,

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respecto a su encarguito —continuaba lacarta del cura—, lamento en verdad nopoderlo satisfacer, pues ello traeríaaparejados trastornos, escándalo yagitaciones que mi ministerio, mejor queprovocar, está para prevenir. Tocante asu proyecto de un nuevo viaje por estaslatitudes, le aconsejo, si aprecio le tienea la vida, no intentarlo siquiera».

La derrota ha sido para mí desquiciante,la inquietud ha madurado en manía yésta ha producido ofuscamientos y losofuscamientos han tomado la forma dehechos alarmantes… Lo he visto ensueños, sí, trajeado con las suntuosasgalas que llevan los huicholes en sus

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ceremonias al Padre Sol… Ha pasadojunto a mí y me ha guiñado el ojo;cuando le hablé por su nombre, HículiHualula ha reído ruidosa y roncamente,mientras lanzaba a mis pies escupitajossolferinos.

La tarde en que lo descubrídirigiendo el tránsito de vehículos en loscruceros de las avenidas Juárez y SanJuan de Letrán, estaba magnífico: elrostro pétreo inconmovible, aliñado conun bezote de turquesa, la testa tocadacon un penacho de plumas deguacamayo, los pies con sandalias deoro y su índice horrible, hecho de carneverde de nopal y armado con una uña depúa de maguey, me señalaba, al tiempoque por la boca escurrían espantosas

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imprecaciones en huichol…

Alguien me ha dicho que quien mecondujo a la Cruz Roja había escuchadode mí estas palabras:

«El Tío… fue el Tío que noperdona», al mismo tiempo que mis ojosvagaban imbécilmente… Que entoncesmi voluntad era nula y mi pulsoalterado…

El médico recetó bromurados,reposo y baños tibios…

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El cenzontle y la vereda

FUE entre los chinantecos, esos indiospequeñitos, reservados yencantadoramente descorteses. Fue entreellos, en su propio nidal,«trastumbando» Ixtlán de Juárez y en losmismos estribos del sugestivo fenómenode la orografía de México, que llaman elNudo de Cempoaltépetl.

Escogimos Yólox —San Marcos

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Yólox, para ser más exactos— como elsitio ideal donde instalar nuestrolaboratorio antropológico… Yólox esuna metrópoli de escasos trescientoshabitantes, que cuelga, entre girasoles ymagueyales, de un ribazo de lacordillera. En torno de Yólox —nombrecordial, supuesto que significa corazónen idioma azteca—, ranchos,congregaciones y jacaleras, de dondetodos los viernes bajan los indiosdispuestos a jugar en el «tianguis» sudoble caracterización de compradores yvendedores, en un comercio de truequeanimado y pintoresco: sal, por granos;piezas de caza o animalillos de río o decharca, por retazos de manta; yerbasmedicinales a cambio de «rayas» de

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suela para huaraches; hilo de ixtleenrollado en bastas madejas, porcandelas de sebo; gallinas, por manojosde estambre…

Ahí, posesionados de la escuelitaabandonada, dispusimos nuestro aparatotécnico. Había que basar en datosirrefutables de tipo estadístico unateoría nacida sobre la mesa de trabajode un reputado sabio europeo, es decir,que nosotros los investigadoresandábamos en la misión de zurcirciencia, en un encargo semejante al delzapatero remendón que reluja un par deviejos botines. O más sencillamente,teníamos entre las manos una brújula,para la cual había que manufacturar unabuena colección de rumbos, o, de otra

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suerte, la luminosa especulación delmaestro sucumbiría en los instantes enque empezaba a cobrar prestigio en lasaulas y crédito en las academias.

La primera semana iba pasandoentre nuestra inquietud y las protestas delos europeos que formaban parte de laexpedición:

«Nada —argüían a veces—, que siestos indios se niegan a ser estudiados,debemos proceder como lo hicimos enEritrea o en Azerbaiján: traerlos a rigor,a punta de bayoneta, si es necesario…».

Los mexicanos, conocedores delambiente, temblábamos sólo al pensar loque significaría un acto de violencia conlos levantiscos chinantecos.

El sábado habíamos logrado algo:

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un mendigo ebrio accedió a dejarseestudiar. Funcionaron entonces nuestrosaparatos niquelados; el antropómetro,los compases de Martin, el dinamómetroy la báscula; hubo pruebas sanguíneas yhasta el intento de un metabolismo basal.Cuando hubimos logrado analizar elprimer «caso» y ese «caso» salió dellaboratorio con una decorosa gala enmetálico, notamos en los futuros sujetosmejor comprensión y hasta ciertasimpatía para nosotros.

Mas las cosas se complicarongravemente con un hecho insólito, conalgo nunca escrito en los analescentenarios de Yólox: su cielo, ayerimpasible, fue conmocionado por eltrepidar de un motor y su azul vilmente

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maculado por la estela gris yhumeante… ¡Había pasado un avión!

El pasmo entre los indios fueterrible; las mujeres apretaron entre susbrazos a los crios, al tiempo que susojos siguieron la trayectoria del averutilante. Los hombres cobraron sushondas y sus escopetas; alguno disparósu arma dos veces ante la inmutabilidaddel viajero que volaba rumbo al sur; unmocetón audaz trepó a la copa de unárbol; después aseguró haber visto elpico del pájaro y sus enormes garras,entre las que se debatía un novillo…

Cuando el visitante ingrato seperdió entre las nubes y la distancia, losindios acosados por el terror vinieron anosotros. Entonces el local de nuestra

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instalación resultó insuficiente; todo elpueblito se había volcado en él. Algunonos preguntó en lenguaje torpe algorespecto a esos fantásticos gavilanes.Cuando bien podríamos haberaprovechado aquellos instantes de pavoren servicio de nuestra misión,olvidamos las verosímiles ventajas, acambio de un recurso problemático,pero en todo caso, más leal y máshonrado:

—Es un aparato que vuela —dije—. Es como una piedra lanzada por unahonda… En él viajan hombres igualesque ustedes y que nosotros.

—¿Quiere decir que en la barrigade ese pájaro van hombres? —volvió ainquirir el indio.

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—No, no propiamente, porque esoque ustedes llaman pájaro essimplemente una máquina…

El intérprete, un anciano duro ygrave, muy en su papel de primeraautoridad del pueblo, tuvo un gesto deincredulidad, pero repitió en su lenguamis palabras; entonces siguió un lapsode silencio expectante.

—Pero —argumentó— la piedrasube, va y baja… Mas ese pajarotevuela y vuela por la fuerza de sus alas.

—Es —contesté— que el aparatolleva en su vientre la esencia de lalumbre: la gasolina, el aceite, lasgrasas…

El viejo torció la boca con unasonrisa de suspicacia:

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—No nos creas tan dialtiro… Apoco crees que semos tus babosos.

Luego dijo en su idiomamonosilábico palabras prolongadas ysolemnes. Apenas terminó, los reunidosabandonaron nuestro laboratorio;algunos, especialmente las mujeres, lohicieron en forma violenta y precipitada;otros, al marcharse, nos veían con ojosaterrorizados y rencorosos.

Sólo quedó frente a nosotros ungrupo pequeño de gente triste, enferma yacongojada, diríase que el peso de sumiseria y de sus males los anclaba, loshincaba en el sitio. Era una familia detres miembros: el padre enclenque eimbécil, que al sonreír mostraba sudentadura dispareja y horriblemente

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insertada; la madre, pequeñita, de carnesfofas y renegridas, acusaba una preñezadelantada; la hija, una niña a la que lapubertad la había sorprendido, la habíacapturado, sin darle tiempo a mudar latristeza, la mansedumbre infantil de susojos mongoloides, por el brillo queenciende la juventud, ni trasmutar lasformas rectilíneas por las morbideces dela edad primaveral.

—Malos, semos malos… remalos,patroncito —dijo el hombre señalando asu familia.

El diagnóstico resultaba fácil entrelos evidentes síntomas: todos eranpresas del paludismo, así lo de cían agritos los semblantes demudados, sumueca decaída, los miembros soplados

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y amarillentos.—Malos semos… remalos, tatitas

—repitió el indio con voz llorona.Pero para nosotros, más que

enfermos, aquellos miserables eransujetos de estudio, elementosprobatorios quizá de una teoría nacidaen remotos climas, que necesitaba delabono de la estadística, del fertilizantedel guarismo… eran cifras con queoperar.

Ante el asombro de ellos volvierona salir los apa ratos científicos;averiguamos su estatura y su volumen, ellargo de sus huesos, la forma de sucráneo, el peso de cada uno y lasparticularidades coagulativas de susangre. Ellos, con el asombro, con el

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espanto columpiando de sus pestañas,nos dejaban hacer, seguros de quenuestras maniobras les darían la salud.

Cuando hubimos satisfecho todoslos complicados cuestionarios, losdejamos descansar.

El hombre dijo algunas palabras alos suyos, al tiempo que tomaba mimano para besarla; igual cosa trataronde hacer las mujeres; yo, lleno devergüenza, esquive aquellamanifestación de agradecimiento. Mehallé culpable de engaño y de mentira,del uso de un expediente innoble, aunquenecesario en aquellas circunstancias…Entonces recordé que en nuestrobotiquín podría encontrar algo quealiviara un poco las dolencias de los

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desventurados. Di con un frasco dequinina en comprimidos. Llené deaquellos hermosos granos escarlatas ybrillantes como peonías las cuencas delas manos que se me tendían trémulas,como avecitas sedientas; acaricié a lamuchacha y los dejé marchar. Altrasponer la puerta, la mujer nos sonriótriste, dolorida.

En la plazoleta los habitantes deYólox hablaban, discutían, seacaloraban, veían al cielo y levantabansus manos empuñadas.

Cuando la familia de palúdicospasó por la plazuela, la gente abrió vallatemerosa de contaminarse, más que delpadecimiento, de aquello que hubieranpodido adquirir de su trato con nosotros;

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había en las miradas compasión ycaridad. Las voces bajaron de tono hastahacerse imperceptibles. Los enfermoscruzaron entre la multitud sin detener supaso; iban de regreso a la tierra baja,«donde priva el letal paludismo».

Mis compañeros los europeosdesesperaban. Era indispensableconvencer u obligar, si había necesidad,a los chinantecos para que se prestaran anuestra experiencia; yo, más conocedorde aquella gente, opté por buscar unmedio conciliador. Fui a ver al viejointérprete, sabía con absoluta seguridadque éste no sólo era el único hombrecapaz en el pueblo de entender el

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español, sino que también tenía sobrelos suyos una influencia determinante,basada en sus prácticas de magia y dehechicería. Su valimiento entre loschinantecos estaba sobre el de laautoridad civil, que en realidad norepresentaba para él más que unelemento para reforzar su dominio. Loencontré en su choza; la sumisión de quehabía dado muestra en los momentos deterror que le produjo la presencia delaeroplano bajo el cielo de la Chinantlase había transformado en una actitudsoberbia, defensiva, cáustica.

Tuvo para mí frases cortantes, deplantilla, tal le obligaba la heredadahospitalidad de los indígenas, pero en sumueca descubría rencores y recelos

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profundos.Hablé mucho, quizá diez o quince

minutos, y cuando creí haber dejadoconvencida a la esfinge, como si mispalabras hubiesen rebotado en su frenteestrecha y huida, dijo:

—Ellos, mi gente, se han dadocuenta… y antes de permitir que lo queustedes traen entre manos se cumpla, lesponemos dos horas para que abandonenel pueblo… Si desobedecen, nodaremos una liendre por la vida detodos. Yo te aconsejo ensillar las bestiasy salir de aquí antes de que madure ellucero… ¿Oyites?

—Pero —argumenté— nosotros nopretendemos nada malo.

—Así dicen todos —repuso el

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anciano—. Tú y ellos son comerciantes;ayer lo eran de reses y de cerdos; ahoylo son de cristianos. Los que vienencontigo son gringos y dueños de la críade esos pajarotes que se mantienen demanteca de cristiano… Ahoy querenllevarse la grasa de los chinantecos parallenar el buche de esos gavilanesgigantes… ¡Di la verdá…! No semos tanbrutos para no darnos cuenta: Si nospesan, si nos miden, si nos sangran…¿Qué quere decir? Que nos tienen encalidá de puercos en engorda… Pero siquieres quedarte —agregó en tonoconfidencial—, dime a mí, a mí solito,ónde puedo conseguir huevos de esospajarotes para echar a empollar; en estasmontañas se han de criar galanes,

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comiendo yerbas, bellotas y piñonescomo los guanajos… Pero si te niegas,el lucero de mañana les aluzará elcamino. ¿Entiendes?

No esperamos al lucero; salimos bajo elcobijo de las tinieblas, arevientacinchas, en oprobiosa huida.Tras de nosotros corrieron lospedruscos y florecieron las injurias y lasmaldiciones.

Una prodigiosa amanecida nossorprendió al encumbrar el puerto deMaría Andrea. Los pinos alzaban susramazones temblorosas de rocío, losestratos de una extraña conformacióngeológica veteaban nuestra ruta;

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verdores cambiantes —del renegrido alamarillento— se nos metían por losojos; el olor de resina, el cantar delviento que rozaba las ramas y se cortabaen las aristas de las peñas y el trino delcenzontle, todos elementos sedativos,temas de sosiego, estímulos de fe,acabaron por tranquilizar los espíritus,pero no bastaron para hacer olvidar losagravios.

Alguno abominó de los indios:«Son malagradecidos y pérfidos».Otro salió débilmente en su

defensa:«Han sufrido tanto, que su

desconfianza y su temor se justifican».Mas la explicación de aquellos

hechos incongruentes, de aquella

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situación absurda, nos esperaba al torcerla vereda. Ahí, con su rostro demacradoy transido, pero con muecas de regocijoy actitudes alborozadas, nos aguardabala familia enferma, aquella a la queobsequiamos con las pastillas dequinina. El hombre imbécil y la mujerpreñada intentaron otra vez besarnos lasmanos y la niña se elevó de puntillastratando de tocarnos.

Detuvimos unos instantes lasbestias; yo les hablé:

—¿Qué hay, muchachos, lesprobaron las medicinas?

El padre permaneció mudo,tratando de encontrar buenas palabras:

—Sí, semos amejoraditos…—¿Les quedan pastillas? —inquirí.

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El hombrecito, por toda respuesta,separó el cuello de su camisa paramostrarnos un collar de comprimidos dequinina bermejos y brillantes.

La mujer hizo lo mismo e igual lamuchacha.

—El mal ya no se nos acerca —informó el hombre—, le tiene miedo alsartal de piedras milagrosas.

En los ojos de los chinantecos hubofulgores de un sentimiento muy parecidoa la fe.

A partir de aquel instante, ya nadiehabló de la ingratitud de los indios, nide su brutalidad, ni de susdescortesías… Hubo, sí, imprecacionese insultos pero no para los chinantecos,ni para los mixes, ni para los coras, ni

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para los seris, ni para los yaquis… loshubo para aquellos hombres y aquellossistemas que al aherrojar los puños yengrillar las piernas, chafan loscerebros, mellan los entendimientos yanulan las voluntades, con más coraje,con más saña que el paludismo, que latuberculosis, que la enterocolitis, que laonchocercosis… Y los pinos, elcenzontle y la vereda aprobaron a una.

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La parábola del joventuerto

… «Y VIVIÓ feliz largos años.» Tantos,como aquellos en que la gente no pusoreparos en su falla. Él mismo no habíaconcedido mayor importancia a laoscuridad que le arrebataba mediavisión. Desde pequeñuelo se advirtió eldefecto, pero con filosófica resignaciónhabíase dicho: «Teniendo uno bueno, el

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otro resultaba un lujo». Y fue así comose impuso el deber de no molestarse a símismo, al grado de que llegó a suponerque todos veían con la propiamisericordia su tacha; porque «teniendouno bueno…».

Mas llegó un día infausto; fue aquélcuando se le ocurrió: pasar frente a laescuela, en el preciso momento en quelos muchachos salían. Llevaba él su caraalta y el paso garboso, en una mano lacesta desbordante de frutas, verduras ylegumbres destinadas a la viejaclientela.

«Ahí va el Tuerto», dijo a susespaldas una vocecita tipluda.