Pancho Rojas Manuel Rojas

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    26-Jan-2016

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literatura chilena cuentos anarquistas

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  • MANUEL ROJAS

    PANCHO ROJAS Y OTROS CUENTOS

  • No es bueno que todo el mundo lea las pginas que van a seguir; slo algunos podrn

    saborear este fruto amargo sin peligroLautramont

    Ningn derecho reservado,alentamos el robo, incluso el intelectual.Piratea, copia y difunde.

    Impreso en algn lugar del mundo ancho y ajeno.

    El mes XI del ao XX de la era Orwell.

  • 5PANCHO ROJAS(Para Enrique Espinoza)

    No podra decir a qu hora muri Pan-cho Rojas. Sospecho que muri al amanecer, instante que me parece el ms angustioso para morir: irse cuando nace el nuevo da, un nuevo da que uno no vivir, debe ser ms duro que irse al caer la tarde, cuando se espera el sueo y cuando sueo y muerte se confunden.

    Y no es por crueldad que me inclino a creer que muri al venir el da: la violenta posicin de su cuerpo, que pareca hundido en la tierra, as me lo hizo suponer. No muri apaciblemente.

    Al encontrarlo, boca abajo, sobre el pasto lleno todava de roco, y levantar su ca-beza para mirarlo, tuve un estremecimiento: la cara estaba cubierta de pequeas hormigas rojas, algunas de ellas amontonadas sobre los cerrados prpados, trabajando tal vez para atravesarlos y llegar a las pupilas.

  • 6Solt la cabeza, que cay de nuevo so-bre el pasto, y me enderec. Estbamos solos, en aquel rincn, el muerto y yo. Era un da de otoo, de un otoo seco y brillante. Los primeros pica ores llegaban ya desde el sur y se les vea bailar ante los caquis maduros, hundiendo el agudo pico en la amarillenta corteza.

    No sent tristeza, sino ms bien lsti-ma o piedad; algo hondo, de todos modos. Pancho Rojas, sin ser de la familia, era consi-derado como uno de sus miembros. Llevaba dos aos viviendo en la casa, y aunque entre l y nosotros exista slo una relacin fsica, que es la nica que suele existir entre muchos seres, esa relacin era, felizmente, simptica, por lo menos para m y para los mos. Perte-necamos, por lo dems, a mundos diferen-tes, y esa diferencia impeda cualquiera otra aproximacin.

    No saba nada de su vida anterior. Dnde haba nacido? En qu lugares vivi sus primeros das? Nunca lo supe. Supona, s, que era oriundo de algn lugar de la costa central de Chile y que sus primeros das los

  • 7haba vivido sobre las lomas o en las que-bradas, en los pantanos o en las vegas de esa regin, quiz cerca de alguna laguna, como la de Chuil, por ejemplo, o como la de Bo-yeruca, o en los valles que cortan por all la cordillera de la costa.

    Al mirarlo y ver su na estampa, su cuerpo esbelto, su andar elegante, su vesti-menta impecable, senta una gran ternura: me recordaba pasados y hermosos das, ma-anas de sol y viento, amaneceres con hme-das neblinas, espacio, tranquilidad, rumores, soledad, y me pareca ver, entre todo ello, a hombres que algo tenan que ver con l, de tez morena y ojos claros, sencillos y calla-dos, que llevaban apellidos de la tierra, pero que tanto podan parecer mapuches o chan-gos como vascos o andaluces. Me recordaba tambin el canto y el vuelo de los pjaros, el grito sorpresivo y el vuelo brusco de la perdiz de mar, el quejumbroso lamento del pilpil, el vuelo rasante, sobre el agua tranquila de las lagunas, del rayador, el caminar urgente del pollito de mar. S. Me recordaba todo aque-llo, formaba parte, aun desde lejos, de todo

  • 8aquello, que exista siempre, pero de lo cual l y yo nos encontrbamos separados y parte de lo cual estaba perdido para l y para m.

    Hice lo imposible por llegar a tener con l ms estrechas relaciones. Nunca lo logr. Algo, muy importante, que yo no poda traspasar ni derribar, nos separaba. Cada vez que intent acercarme a l, fracas. Se apartaba, y desde le-jos, mirndome de lado, pareca decirme:

    Por qu pretendes convertirme en algo tuyo? Djame ser como soy. No quiero llegar a ser como uno de tus hijos, como tu mujer o como uno de tus zapatos, algo do-mstico y manoseado. Si represento para ti la imagen de una vida libre y salvaje, dja-me ser salvaje y libre, aunque dependa de ti para subsistir y aunque a veces tengas que cortarme las alas para impedirme regresar a mi mundo.

    Su ojo rojo me miraba, en tanto, recogi-da una de sus largas patas, permaneca inm-vil sobre el pasto.

    Yo callaba. Qu poda decirle? Calla-ba, sintiendo en el corazn el dolor de su re-proche. Era cierto: Cada dos o tres meses el

  • 9jardinero lo tomaba, no sin cjue tuviese que correr tras l durante un largo rato, y le des-puntaba las alas, soltndolo despus. Era una crueldad, pero no quera perderlo. Me gusta-ba mirarlo y lo miraba durante horas enteras, observando sus movimientos, contemplando y admirando su desenvoltura, su soledad, su orgullosa independencia. Me lo haba regala-do un amigo:

    A ti te gustan los pjaros me dijo; a m tambin, pero a mi gente le molesta el grito que da ste. Te lo regalo.

    Haba sido un regalo, pues, un regalo de un amigo estimado que regala algo esti-mable tambin: un pjaro, un pjaro que lle-g a ser para m una vertiente inagotable de recuerdos. All, en los lugares en que nac, en los alrededores de Buenos Aires, tambin lo haba, aunque era llamado por otro nombre. Desde nio escuch su grito y lo vi volar so-bre los campos de mi ciudad natal, de Rosa-rio, de Mendoza, de Crdoba, y, ya hombre, a lo largo de la costa central de Chile, en los potreros, en los pantanos y en las vegas del valle central, en la laguna de Chuil, en las

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    lomas martimas de Valparaso y Colchagua, y su grito, que tena la virtud de volverme in-mediatamente hacia el pasado, me recordaba todo lo que en esos lugares haba yo visto, admirado y amado. Cmo resignarme a perderlo? En ocasiones, aun a costa de sus sentimientos y a trueque de parecer falto de piedad, el hombre se decide a perder o aban-donar lo que ama o lo que admira.

    El no vea nada en m si es que un pjaro puede llegar a ver algo en un hom-bre: yo no era elegante ni independiente, no era tampoco hermoso, ni tampoco repre-sentaba un mundo que valiera algo para l. Me desconoca. Yo, en cambio, lo conoca; conoca sus costumbres, su carcter, sus mo-vimientos, esa rpida carrerita, ese casi im-perceptible encogerse de hombros, un movi-miento como de descon anza o tal vez como de displicencia, movimiento que hace decir a los argentinos, al encontrarse ante un hombre que quiere evitar un problema o sacar el cuer-po a una responsabilidad: No me venga con agachadas de tero. Saba la artimaa a que recurre para evitar que los intrusos descubran

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    su nido, artimaa que inspir a Jos Hernn-dez los famosos versos:

    De los males que sufrimos hablan mucho los puebleros, pero hacen como los teros para esconder sus niditos: en un lao pega los gritos y en otro tiene los gevos.

    Pancho Rojas estaba incorporado a la sabidura popular y a la poesa epopyica. Vala, pues, ms que yo, modesto empleado pblico, de quien jams nadie dira nada, mu-cho menos un poeta.

    S, lo conoca. Terutero en Argentina, queltehue y trguil en Chile, queroquero en Brasil, en todas partes era igual, conocido aqu y all. Mi hija lo bautiz.

    Cmo lo llamaremos? me pre-gunt, cuando lo solt sobre el pasto, en el jardn, y lo vimos alejarse, un poco agarrota-das las nas patas, luego de sacudir las alas, quiz para librarlas del pesado recuerdo de mis manos.

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    Ponle el nombre que gustes contest.Me gusta Francisco dijo, mirando

    al pjaro, que nos miraba de lado con sus ojos color carmes.

    Me parece bien: mi abuelo se llama-ba Francisco y se es tambin mi segundo nombre.

    Pancho Rojas, entonces, pap.Eso es: Pancho Rojas.No slo Hernndez haba hablado de

    l. Otros, tan valiosos como l, Hudson entre ellos, que lo observ en libertad y describi sus juegos, sus marchas, sus pasiones. Era un pjaro con historia en manos de una familia anodina.

    Y ahora estaba muerto.En ocasiones, para hacerme grato a sus

    ojos, le buscaba algunas lombrices, hurgando con una palita la tierra ms hmeda y sombra del jardn. Me costaba mucho hallarlas, y, por n, cuando ya tena cinco o seis, se las pona sobre un papel y se las arrimaba. Descon a-do, no se acercaba hasta que yo, sabiendo de su descon anza, me alejaba unos pasos. En-tonces se aproximaba al papel y en un segun-

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    do, en un abrir y cerrar de ojos, las devoraba. Una vez, mientras intentaba arreglar un arte-facto de la casa, abr la cmara en que estaba la llave maestra del agua: haba all decenas de chanchitos, gordos, relucientes.

    Qu banquete para Pancho Rojas!, pens.

    Los saqu todos y se los llev. Los co-mi con la rapidez con que una gallina ham-brienta come el maz que se le arroja al suelo. Fue un picoteo vertiginoso; no se le escap uno solo.

    Despus de procurarle esos atracones, pensaba que tendra o sentira algn agrade-cimiento hacia m y que, en consecuencia, me dejara acercarme a l y quiz me permitira tomarlo y acariciarlo. No, seor. Se retiraba como siempre, levantaba una pata y me mira-ba con su ojo rojo, alzando al mismo tiempo su copete.

    No pareca decirme. Me has dado de comer y te lo agradezco, pero no quieras aprovecharte de ello para convertir-me en lo que no quiero ser. Si quieres algo domstico, bscate un perro.

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    Conclu por acostumbrarme a su inde-pendencia y se la respet, pero no me decid a soltarlo. Ah estaba mi debilidad. Mirn-dolo y re exionando sobre su conducta y la ma, llegu a pensar que los hombres cometen una crueldad al obligar a la mansedumbre, a la domesticidad y a veces a la servidumbre, a aquellos a quienes alimentan o favorecen. La piedad y la caridad no son generosas, pensaba. Exigen ms de lo que dan: unas lombrices, a cambio de la domesticidad; un poco de sopa, a cambio del sometimiento a nuestras ideas, a nuestras creencias o a nuestras costumbres.

    El queltehue, felizmente, Pancho Ro-jas, no era un ser humano, y vivi y muri como deberan vivir y morir todos los ani-males y todos los hombres: libremente, sin sometimientos.

    Era preciso enterrarlo en alguna parte del jardn, pero no deba hacerlo yo; debe-ran hacerlo los nios, que estaban ms cer-ca que yo del ave, libres y un poco salvajes an, aunque no tanto como Pancho Rojas: mi paternidad ya los haba manoseado un poco. Hubo una conferencia.

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    Lo enterraremos en el jardn.Claro. Lo pondremos en una cajita?No. Mejor sin caja.Y qu le pondremos encima? Una

    cruz?Para qu? Es un pjaro, y una cruz

    no signi ca nada para un pjaro.As, suelto, entonces.Claro, en la pura tierrita, sin caja ni

    cruz.Le pondremos unas ores.S, pero no muy nas; unos cardenales.Y debajo de qu rbol lo enterramos?Debajo de cualquiera.Debajo del maitn, pap!Muy bien: debajo del maitn.All qued, bajo tierra, con unos carde-

    nales y unos aleles encima, unos aleles tar-dos, rojos como sus pupilas.

    Aqu yace Pancho Rojas, el quelte-hue, deca el papel que los nios pusieron sobre su tumba, atado a una varilla. Pero el letrero dur poco: el jardinero, en la primera regada, barri con papel y varilla. Mejor. No vena bien, sobre la tumba de un ser libre y

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    salvaje, una or ni un papel, mucho menos un epita o. Pancho Rojas vala ms por lo que era que por lo que de l se poda decir.

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    MARES LIBRES

    La Ska, entre pardo y ocre sucio la color, vivsimo el ojo, ancha de pecho, pico de matarife, vuela y revuela sobre la baha. Desde donde vuela y revuela todo lo vigila y lo ve; ningn movimiento se le escapa. Dis-tingue a los peces bajo el agua y a los pjaros sobre ella y sabe quin se lanza sobre la pre-sa, qu presa es y si tiene suerte... la presa o el pjaro. Si el bocado es bueno y el pescador lo consigue, siente un estremecimiento y las alas tienden a lanzarla hacia el afortunado. Pero se retiene. Por qu? De todas las aves que vuelan sobre la baha o que estn inm-viles en alguna parte de ella, la Ska, bien llamada Gaviota Salteadora, es la ms desal-mada: ningn pjaro puede pescar a su vista ni el ms miserable de los peces sin correr el riesgo de que ella se lo arrebate a picotazos. A pesar de ello, representa all, y en este mo-mento, a su especie. Cmo? Es difcil expli-

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    carlo. Slo se podra hacerlo si se recuerda que muy rara vez o nunca las especies esco-gen con tino a sus representantes.

    Representa a su especie y vigila.Un Piquero se lanza en gran estilo. La

    Sardina le muestra, como una burla, un res-plandor de plata y se va a fondo. El pjaro, ca-riacontecido, remonta el vuelo. La Ska sonre de lado, como por un colmillo: ella no habra fracasado, no en coger la Sardina, sino en arre-batrsela al Piquero. Es salteadora, no pesca-dora, reina de la costa desde ms all de la Tie-rra de Graham, en la Antrtida, donde nacen las ltimas skas, hasta las playas de Trujllo o de Chiclayo, adonde llegan las primeras.

    Vuela desde muy temprano y tiene ham-bre. Bajo ella el Piquero y el Blanquillo, la Ga-viota Cocinera y la Garuma, la Monja y el Ca-gil de Cabeza Gris, el Chibrillo y la Gaviota Dominicana vuelan y revuelan, pescando, y ms abajo, a ras del agua o en el agua misma, el Pato Yeco y el Pato Lile, el Alcatraz y el Pato Yunco Zambullidor del Norte no hacen otra cosa que comer, pero aprisa, como si el tiempo de que dispusieran para ello se fuese a

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    acabar de un momento a otro.Nunca han comido tanto como hoy,

    intenta pensar, mirando hacia abajo.Y no se equivocara si llegara a pensar

    as: los pjaros, aprovechando la tregua, se atiborran.

    Supongo que no se habrn burlado de m, intenta pensar de nuevo.

    Pero no ha sido una burla. Sus ojos, al mirar hacia el norte, ven llegar lo que espera: una mancha blanca vuela cerca de la playa, zigzagueando. La Ska, maestra del vuelo re-mado, gira y en rpidos y poderosos aletazos baja hacia la playa, que toca, al posarse, con sus patas membranosas. All queda, frente a la mancha que volaba y que ahora est detenida.

    Hola! grazna.Ante ella, macilentos, se halla una ban-

    dada de cgiles blancos.Hola responde uno de ellos, el ms

    estragado, sin gran entusiasmo.La Ska avanza un paso; el Cgil retro-

    cede tres. Delante de la Ska no tiene gura: aquel cuerpazo lo domina, ese pico de matari-fe puede matarlo de un golpe. Adems, vuela

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    desde hace muchos das y est cansado.Estaba esperndolos masculla la

    Ska.El gua siente deseos de agradecer la

    atencin, pero sabe que de una Gaviota Sal-teadora no se puede esperar nada que haya que agradecer, y calla.

    La Ska los examina: los cgiles, treinta o cuarenta, giles, de alas angulosas, remadores del aire tambin, esbeltos, espe-ran. Vienen del norte. Algunos han nacido ese ao en la parte, ajta de la cuenca del Misisip, otros ms all an y todos han atravesado vo-lando el Golfo de Mxico y el Trpico. Algu-nos llegan por primera vez; otros, por segun-da o tercera. Estos, cuando partieron hacia el norte, vestan la caperuza negra del plumaje nupcial. Ahora, de regreso, la caperuza es de nuevo color caf.

    Alguna novedad? pregunta el gua, mirando a su vez a la Ska.

    S responde gravemente el repre-sentante; hay una novedad.

    Y qu es ello?Tenemos que hablarlo, pero no aqu

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    ni solamente nosotros. Hay ms interesados y querrn estar presentes.

    Quines?La Ska seala hacia el mar, hacia la

    playa, hacia el cielo: por todas partes hay p-jaros, y dice:

    Pjaros.Todos?Todos los del mar.Y si no queremos ir?La Ska prorrumpe en un atroz grazni-

    do: es una carcajada y los cgiles sienten des-garrrseles los tmpanos. Si aquello es una car-cajada, cmo ser un lamento o una injuria?

    Si no quieren ir se expondrn a cosas peores.

    Frunce el ceo y mira hacia el norte: a unas cuadras de distancia, entre la arena y los rompientes, algo se mueve y a avanza, pequeos puntos que se desplazan con gran rapidez y con irregularidad, internndose tan pronto en el mar como en la tierra. Momen-tos despus rueda sobre la arena, cerca de la Ska y de los cgiles, una bandada de polli-tos de mar blancos.

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    Otros viajeros regonza la Ska, con aire de vista de aduanas.

    Avanza hacia ellos.Hola! grue.Los pollitos miran de lado, recelosos.

    No saben si contestar o huir.Hola! vuelve a gruir la Ska,

    irritada al no recibir respuesta.Hola se atreve a exclamar, desga-

    nado, el gua de la bandada.Ya de vuelta, eh?El Pollito, descon ado, temeroso, res-

    ponde en un susurro:S...

    *

    Durante el da llegan la Perdiz de Mar y el Vuelvepiedras, el Pitotoy Chico y el Ga-viotn Elegante, el Chorlito de Mar y el Perri-to, y por n, ya casi anochecido, el Salteador Chico de Cola Larga. Unos solos, en parejas otros, stos en pequeas bandadas, recin na-cidos aqullos en las costas de Alaska o de Groenlandia, de California o de Canad, y los

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    de ms all, adultos, de esplndida madurez, otra vez de regreso a las tierras del sur, tu-ristas del aire y del ocano, pero turistas sin mquinas fotogr cas y sin pasaportes; slo alas, grandes o chicas, remadoras o planea-doras, grises o blancas. A todos los noti ca la Ska con su graznido, y al da siguiente, muy temprano, en la solitaria caleta de los Pjaros Nios, el representante abre el pico y grita:

    Queridos ...Queridos qu? La segunda palabra no

    se oye: un grupo de garumas y de pilpilenes, de monjas y de gaviotas dominicanas pro-rrumpe en agudo gritero:

    Queridos, queridos, queridos!...El gritero se convierte al n en carca-

    jada. La Ska se yergue y grazna, dominando el bullicio.

    Silencio!Y agrega:No hablo en mi nombre. Hablo en

    nombre de los hermanos de la costa, es decir, de ustedes, que me han elegido. Djenme ha-blar o me voy.

    Una Garuma su grupo es, como

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    siempre, el ms numeroso y bullicioso se adelanta y dice, con atiplada voz:

    Es cierto lo que dices, pero no nos llames queridos... Nos da risa.

    Cloquea de nuevo una carcajada, mue-ve, como una seora antigua, la cenicienta cola y se retira. La mirada de la Ska parece atravesarla.

    Sobre las rocas y sobre la arena, sobre la tierra y en Ja pendiente del barranco hay pjaros, decenas de pjaros,y no slo mar-timos: los hay tambin terrestres, loicas y zorzales, jilgueros y chercanes, quelteges y jotes, bailarines y canasteros, chineles y remolineras, diucas y golondrinas, tencas y chiriges, turcas y gallinas ciegas, pero todos stos arriba, en el lo de la barranca, espec-tadores sin voz ni voto, humildes semille-ros stos, modestos comedores de gusanos aqullos, cazadores de insectos estos otros, atrapadores de ratones y culebras los de ac, basureros, en n, los de all.

    Sobre una pequea roca, aislado, relu-ciente, no, de patas amarillas, gris obscuro el cuerpo, un Petrel de Wilson, el bailarn del

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    mar, solitario del ocano, contempla la escena. Qu hace all el descendiente de aquel que dicen que pretendi andar sobre las aguas?

    Cerca, solitario tambin, se yergue el Salteador Chico de Cola Larga, pariente, aunque menor, de la Gaviota Salteadora, pero tan bandido como ella.

    La Ska prosigue:No hablo slo en mi nombre, he di-

    cho, y es cierto. Se trata de lo siguiente.Carraspea y alza la voz:Los hermanos de la costa aseguran

    que cada da hay menos pescado en estos ma-res. No me consta, pero ellos lo dicen; y dicen ms todava: dicen que ese pescado debe ser para los que nacen y viven en estos mares y no para los que nacen en otras partes y vienen aqu a comer lo que no les pertenece.

    Calla y da unos pasos sobre la arena. Pregunta en seguida:

    Han entendido?Hay un silencio. La Ska aade:En pocas palabras: los cgiles y los

    pollos de mar blancos, las perdices de mar y los vuelvepiedras, los pitotoyes chicos y los

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    gaviotines elegantes, los chorlitos de mar y los perritos, los... vacila y mira a su parien-te, el Salteador Chico de Cola Larga, que no pierde palabra salteadores chicos recal-ca un poco despectivamente esta ltima pala-bra y todos los pjaros que no han nacido ni nacen en estos lugares, deben ir pensando en renunciar a sus viajes de todos los aos y quedarse en sus tierras.

    Calla de nuevo. Da una mirada a todos y termina:

    Tienen la palabra los . ..No sabe qu palabra agregar: extran-

    jeros, extraos, forasteros? Intrusos le parece demasiado. Por n encuentra una:

    Los afuerinos...Es una palabra criolla.Su discurso ha terminado. Carraspea de

    nuevo y espera. Quin hablar?, se pregunta a s misma. Piensa que ella debe defender la causa, a pesar de que es salteadora y no tra-bajadora. Trabaje quien trabaje, ella siempre tendr que comer: es la suerte de los repre-sentantes; pero los representantes deben de-fender la causa de los representados, aunque

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    no crean en ella ni les interese. Y ya cree que nadie se atrever a tomar la palabra, cuando se oye una voz que dice con rmeza:

    Oye...Es el Salteador Chico de Cola Larga.Oye repite, dirigindose a la Ska:

    dnde naciste t?La Ska, sorprendida por la pregunta,

    no contesta.Te pregunto que dnde naciste.Pues all, hacia el sur, en la Tierra de

    Graham ... responde, un poco atragantada, la Gaviota Salteadora.

    En la misma Tierra de Graham? insiste el Salteador Chico.

    La Ska vacila:No, ms all, en la Tierra de Hearst.Su voz ha perdido tono.Y por qu no te quedaste all?La Ska no contesta.Por qu no te quedaste all? vuel-

    ve a preguntar el Salteador Chico. Tu tierra est ms lejana que la ma, y si t naciste ms lejos que yo de estos mares, por qu pue-des estar t aqu y yo no? Y no me re ero al

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    pescado: ni t ni yo hemos pescado nunca ni una miserable anchoveta. Todo lo que hemos comido y comemos lo hemos robado y lo se-guiremos robando hasta que alguien venga a poner orden en ese asunto. Hablo de ti y de los dems, de los hermanos de la costa, como t les llamas, y pregunto: cmo puede haber alguien tan estpido como para elegir representante de sus bienes y de su trabajo a quien vive de los bienes y del trabajo ajenos? Contstenme.

    Nadie, por supuesto, contesta.No me importar irme termina el

    Salteador Chico. Puedo ir a otros mares y a otras costas. Pero no quiero que me eche de aqu quien no tiene ningn derecho para hacerlo.

    Hay un largo momento de silencio. El Salteador Chico da unos pasos, arrastrando la cola, y mira a su alrededor. Nadie ms ha-blar? Ser aquello slo una discusin entre ladrones, en tanto los honrados, que deberan hablar, callan? Siempre ocurrir lo mismo? Mira a los cgiles, a los pollitos de mar blan-co, a los pitotoyes, a los gaviotines elegantes.

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    Qu esperan?Un Cgil se adelanta. Vacila un poco

    y luego habla. Su voz es dbil, casi tmida, sin la brusquedad que tiene la de la Gaviota Salteadora y sin la arrogancia que luce la del Salteador Chico.

    Yo empieza, y se detiene. Ha empe-zado mal y recomienza: Nosotros, es cierto, no hemos nacido en estas costas, pero tenemos nosotros la culpa? Sabe alguien, con seguridad, por qu emigran algunos pjaros? No. Nosotros tampoco. Y si nadie lo sabe, por qu va a ser nuestra la culpa? Adems, de dnde es uno? Del lugar en que nace o del lugar en que vive? No hay, en toda la regin en que los cgiles de cabeza obscura nacen, un solo lugar que lleve su nombre; sin embargo, lo hay en estas costas. Por qu lo hay, si somos extranjeros, o afueri-nos, como dice la Gaviota Salteadora? Quin puede contestar estas preguntas? Nadie. Pero hay un pueblo y hay una laguna que se llaman como nosotros y eso lo saben el Runrn y el Siete Colores, el Trabajador y la Guala, la Ta-gua y el Flamenco, el Cisne de Cuello Negro y el Canastero. Que ellos lo digan.

  • 30

    Ha hablado demasiado y calla. No ven-dr nadie a certi car lo que ha dicho? Un p-jaro vuela desde el lo de la barranca y se posa al lado del Cgil. Parece un Tordo, pero no es un Tordo: no es todo negro; parece un Trile, pero no es un Trile: le falta el toque amarillo de los codos alares. Es un Runrn. Dice:

    No tengo nada que hacer aqu, pero he venido y puedo hablar en nombre de los pjaros de laguna, sobre todo de aquellos que no son comedores de pescado.

    Parece la caricatura de un escribano anti-guo: negra la levita, anteojos con armadura de color limn, pico ribeteado de amarillo. Tiene blancas las puntas de las plumas voladoras.

    Por qu no ha venido el Trabajador? pregunta la Ska.

    Tena mucho trabajo contesta el Runrn.

    Debi haber venido. Se llam a todos.No quiso venir. Dijo que si todos tra-

    bajramos ms y hablsemos menos, las co-sas andaran mejor para todos.

    Calla y agrega despus:Lo que dice el Cgil es cierto. Hay

  • 31

    un pueblo y una laguna que se llaman como l. He tenido el honor de nacer all. Por qu, si los cgiles son extranjeros, esa laguna y ese pueblo se llaman as? Otra preguntita para agregar a las que no tienen respuesta.

    Dice y se pierde entre la multitud que le abre paso respetuosamente. Hay otro mo-mento de silencio. La Ska sospecha que los otros afuerinos no hablarn: el Pollito de Mar es demasiado pequeo; el Vuelvepiedras, a causa de su trabajo, es muy confuso para ex-presarse, y el Gaviotn Elegante slo se pre-ocupa de su ropa. Quin hablar?

    La que se oye es una voz extraa y ms que voz parece el susurro del viento, pero de un viento solitario, un viento de desierto o de alta mar. En el primer instante, todos se miran entre s, sorprendidos, sin saber si aquello es realmente una voz o slo un sonido. Puede alguien hablar as?

    ... no somos pescadores se oye. Como los pica ores de tierra, los petreles de Wilson nos alimentamos de la or del mar, una or que los otros pjaros marinos no ven, as como los otros pjaros de tierra no ven lo

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    que los pica ores encuentran entre los pta-los de las ores. Comemos plancton y, como el Runrn, que no es comedor de pescado, no tengo nada que hacer aqu. He venido slo porque me han invitado.

    Quin te invit? pregunta la Ska sordamente. Su voz ha adquirido, de pronto, una mayor ferocidad.

    El Alcatraz contesta el Petrel, con su extraa voz.

    S, yo lo invit interviene el Alcatraz. Su voz es terrible, una voz fuerte y gan-

    gosa. Parece hablar con la nariz.Me invit el Alcatraz y yo vine. Ten-

    go muchas cosas que decir y contar. Los pe-treles de Wilson nacemos tambin en la Tie-rra de Graham y a veces ms all an, en la de Hearst, donde nacen las ltimas skas.

    Calla y mira jamente a la Gaviota Sal-teadora.

    No es cierto, Ska? pregunta.El representante desva la mirada y no

    contesta. Empieza a darse cuenta de que den-tro de un minuto, de dos o de tres todo de-pender del Petrel, se ver obligada a hacer

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    cualquiera de estas dos cosas: matar o huir. Pero matar le parece terrible. Es un repre-sentante y un representante no puede matar a nadie por s mismo. Ella, sin embargo, no tiene a quin mandar: no tiene comisarios ni ministros, gendarmes ni soldados. Nadie, por otra parte, ser capaz all de matar, excepto, quiz, el Salteador Chico de Cola Larga, con quien no se debe contar; est en el otro ban-do. Por qu se habr metido en esto? Quin le mand ser representante, mucho ms de aquellos pobres diablos pescadores de sar-dinas? Ella es una Gaviota Salteadora. Por qu aquellos estpidos no eligieron a un Pato Yeco o a un Alcatraz?

    Huir, pues. Sabe que no tiene la culpa de ser como es, as como el Cgil no la tie-ne de nacer en otra tierra; pero su pecado, el pecado de su gnero no el robo, que no le importa, es demasiado espantoso: no es un pecado para pjaros; es un pecado para ani-males, y su solo reproche es ya insoportable.

    No le importar huir. A pesar de ello siempre ser la reina de la costa.

    Qu importa que el Cgil nazca

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    en el norte o en el sur? sigue diciendo el Petrel con su voz de viento en soledad. Y qu importa que venga aqu o vaya a otra parte a vivir? Hay en el ocano muchos ms peces de los que pueden comer los pjaros, muchos ms. Y qu importa que la Gavio-ta Salteadora arrebate ahora una Sardina a una Garuma o un Jurel a un Piquero? Nada. Cuando una bandada de piqueros se tira de cabeza sobre un cardumen, slo se come la milsima parte del cardumen. El ocano es generoso. Sus seres se reproducen por milla-res, y mientras ms desaparecen, ms nacen, y el dbil se reproduce ms abundantemente que el fuerte. Oh, hermanos!

    Su voz crece como crece el zumbido del viento en alta mar al encontrar en el ca-mino la arboladura de una embarcacin. Hay un gran silencio. Los pjaros escuchan su voz como un hombre puede escuchar, en un bos-que o en la orilla del mar, el rumor del surazo: con temor y con placer. Hasta la Ska parece dominada por el encanto de aquella voz.

    Lo terrible es el crimen asegura aquella voz. Lo terrible es el crimen que el

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    hermano fuerte comete contra el dbil.Ha llegado el momento. La Ska co-

    rre tres o cuatro pasos, abre las alas, aletea y se va. Los pjaros la siguen con la mirada, levantando o torciendo el cuello, y luego, al perderla de vista, vuelven a mirar al Petrel de Wilson, que est inmvil, reluciente, no, la garganta hinchada y estremecida por aquel sonido de viento en soledad que surge extra-amente de l.

    Pero tampoco el crimen tiene reme-dio entre nosotros contina el Petrel; tampoco. En la Tierra de Graham y en la de Hearst, todos los aos, las gaviotas sal-teadoras matan centenares de petreles. Por qu? Ni ellas mismas lo saben. Las madres han terminado por hacer galeras, como los ratones, para defender sus cras. A pesar de ello, mueren muchos todos los aos bajo los picotazos de las gaviotas salteadoras. Qu hacer? No podemos hacer nada, y no pode-mos hacer nada porque, como pjaros, no sa-bemos dominar nuestros instintos.

    Calla de nuevo y luego agrega:Hermanos de la costa: dejad que los

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    pjaros vayan y vengan, que coman aqu o que coman all. Eso no tiene importancia. Hay co-mida para todos y tierra y mar para muchos ms. Lo importante sera terminar con el cri-men y el robo, pero eso es imposible: no tene-mos conciencia, como la tienen los hombres, y eso nos impide hacerlo. Ellos son felices. Su conciencia les permite arreglarlo todo.

    Calla y mira hacia el mar, pero muy ha-cia adentro, ms all de la lnea del horizonte, mucho ms all an. Abre las alas, las sacude como abanicndose el cuerpo, y dice:

    Adis, amigos.Su vuelo es una delicia. El viento pare-

    ce llevarlo.La conferencia ha terminado. Una Ga-

    ruma, sin embargo, se adelanta y dice, con su voz de falsete:

    Hermanos: mares libres. Nada ha cambiado.

    Se escucha un solo rumor de alas.El Runrn vuela hacia el lo de la ba-

    rranca y se rene all con el Canastero.Vamos?Viven en la misma laguna.

  • 37

    Vamos.Qu te pareci el Petrel?Sabe mucho de las cosas de la mar

    asegura el Canastero con su voz de obrero manual, pero parece que no entiende nada de las cosas de la tierra.

    La Gaviota Salteadora, muerta de ham-bre, vuela y revuela sobre la baha.

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    EL LEON Y EL HOMBREEn lo ms alto de una montaa y en un

    chi n que un minero abri al seguir una veta mineral que se agot pronto, vivan el Len viejo y su hijo.

    Para el primero haban terminado ya los das de la juventud, aquellos lejanos y alegres das en que sus patas, elsticas y rmes, reco-rran los confusos senderos de los bosquecillos cordilleranos, deslizndose silenciosamente entre los quillayes y los boldos, como una in-quietante mancha amarilla que en el otoo se confunda con el color del paisaje.

    Estaba ahora viejo y achacoso, respeta-ble de vejez y achaques.

    Para el segundo, en cambio, empeza-ban aquellos alegres das.

    En sus tiempos de mocedad, aquel Len viejo fue el terror de los caseros y fundos co-marcanos. Viva entonces a su lado la compa-

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    era de sus das, una Leona de ancho pecho y pesadas patas, de piel nerviosa y brillante, gil en el salto y veloz en la carrera. Cun-tas noches de aventuras con ella y cuntas de amor en la soledad de las montaas! Salan de la guarida al atardecer, cuando el guila, inmvil en el aire, a gran altura, recoga en sus ojos y en sus alas las ltimas luces del sol; bajaban hacia el valle por atajos cono-cidos por ellos, y al anochecido marchaban ya sobre las primeras vegas cordilleranas. Saltaban limpiamente las pircas de piedras y ramas de espino y sorprendan a los animales perdidos o atrasados, sembrando la muerte y el terror entre los pac cos pios de engorda. Toda la noche, dueos de la soledad y del si-lencio, sus pasos suaves recorran el campo y slo regresaban al cubil, marchando pere-zosamente, cuando la noche empezaba a pa-lidecer en la cima de los cerros y las claras estrellas se diluan en una claridad mayor.

    As transcurrieron los hermosos tiem-pos de la juventud, que el viejo Len, ahora medio ciego y casi invlido, recordaba todos los das a la hora en que la noche echa a rodar

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    su ro silencioso sobre el mundo.Y eso fue as durante mucho tiempo,

    durante aos, hasta que un da el Hombre que viva all abajo, al pie de los cerros y en el nacimiento del valle, se aburri. Era pobre, su chacra era pequea, su ganado escaso, muchas veces ajeno recibido para engor-da y las pirateras del Len causaban gran estrago en su modesta hacienda. Era preciso terminar con ellas...

    Y una tarde limpi y engras cuidado-samente su carabina, llam y reuni junto a s a todos los perros del contorno, busc el rastro del depredador y acompaado de otros hombres esper en la entrada del valle a los nocturnos visitantes. Como era inteligente, prepar una celada.

    Una vaca vieja e intil, amarrada a una estaca, fue el cebo. En la noche la Leona cay sobre ella como una masa tibia y elstica que emergiera de la sombra y la vieja vaca se de-rrumb sin un gemido. Pero en ese mismo instante diez disparos de carabina atronaron el aire y veinte perros salieron corriendo tras las diez balas.

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    Alcanzada por varios proyectiles que-d tendida junto a la vaca, manchada de rojo su piel azafranada, y el Len, lleno de coraje, excitado por los ladridos y los disparos, se lanz sobre los perros, aplastndolos con las poderosas patas y abrindolos como sandas con las a ladas garras. Pero las carabinas ha-blaron de nuevo y otras diez balas buscaron en la noche el cuerpo del Len.

    Exasperada por el dolor de un tiro re-cibido, desorientada, la era salt, cayendo entre los hombres escondidos detrs de una pirca; hiri a uno y a otro y luego huy, des-apareciendo bruscamente en la obscuridad.

    Volvi a los pocos das, cuando el Hom-bre, con ado de nuevo, dorma tranquilamen-te. Mat sin ruido a los perros que encontr a su paso y sin ser sentido lleg junto al rancho del Hombre. Al dar vuelta alrededor de l, tal vez buscando una entrada, encontr, estaca-da en la pared que daba hacia el oriente, la piel de la compaera de sus das. Furioso, la rasg de cabeza a cola con un araazo brutal, que hizo oscilar la delgada pared y despert al Hombre.

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    Extraado del ruido, el Hombre se sent en la cama y escuch. Qu poda ser aquello? Oy un jadeo profundo y agitado que no poda ser producido por un ser huma-no y se levant a mirar por el pequeo ven-tanuco de su rancho. Junto a la piel rasgada de la Leona, el Len, lamindose las garras, pareca aguardar a alguien. Trmulo de ale-gra, el Hombre busc a tientas su carabina; pero tan anhelante estaba que no pudo hallar-la ni recordar el lugar donde la haba dejado. Lo nico que encontr fue una vicia escopeta que utilizaba para cazar perdices y conejos y que por fortuna estaba cargada.

    Un instante despus, el Len recibi en la lustrosa piel del anco una perdigonada es-truendosa que lo hizo huir lamentablemente.

    Pero el Len volvi de nuevo. Quera disputarle al Hombre palmo a palmo su do-minio. Esa vez lo cercaron los perros contra un matorral y slo pudo salvarse a costa de la muerte de cuatro de ellos.

    En la ltima excursin que efectu, los perros, que tambin vean en l a un enemi-go, lo descubrieron desde lejos, olfatendolo,

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    y se avisaron entre s ladrndose de rancho a rancho, despertando con ello la curiosidad y la sospecha del Hombre, que acudi a los ladridos armado de su temible carabina.

    Acosado por los perros y sintiendo sil-bar cerca de sus orejas las balas calientes y redondas, el Len fue arrojado hasta el naci-miento del valle, donde el Hombre, despus de dispararle un ltimo balazo que tronch junto a la era un gracioso tallo de huille o-rido, le grit, amenazndolo con el puo:

    Juna grandsima! No volvis ms puaqu!

    Y el Len no volvi ms. El Hombre no era ni mis valiente ni ms fuerte que l; pero era, en cambio, ms inteligente y tena perros y armas y saba tender lazos en los caminos del bosque. El Len haba visto conejos y zo-rros apresados en ellos. Adems, el Hombre defenda su trabajo y cuidaba su prosperidad, ambicionando que todo estuviera bajo su do-minio inmediato.

    El Len abandon la partida y subi a su montaa. Tena un hijo pequeo, que le dejara su vieja compaera, y a l dedic el

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    resto de sus das.Y de este modo, la ley del Hombre,

    a rmada por la carabina y los perros, imper sin contrapeso desde donde nace el valle has-ta donde muere el ro, y ms all an.

    * * *

    Una maana de principios de prima-vera, el viejo Len, echado a la entrada del chi n que le serva de cueva, tomaba el sol, dormitando. El aire era fresco y el sol tibio. Un poco ms all, en la orilla de una pequea planicie, desde donde se dominaba una parte del ro que por all corra entre altas gargan-tas antes de echarse al valle, estaba el Len joven. Era un magn co cachorro, robusto y gil, consciente y orgulloso de su robustez y agilidad. Haba entrado ya en la pubertad y su cuerpo era apretado de msculos y de nervios; las patas eran ya anchas y vigorosas y los colmillos agudos y fuertes. Todo l pe-da aventuras, carreras, saltos, peleas, violen-cias. Los instintos de los animales de presa bullanle en las venas. Criado entre rocas v

  • 45

    rboles, en la soledad y en el silencio de la montaa, sus sentidos eran nos y precisos. Sus orejas perciban los menores ruidos y su olfato recoga todas las variaciones del olor; sus ojos dorados advertan desde lejos los ms pequeos movimientos y su piel azafra-nada, elctrica de sensibilidad, expresaba, en escalofros que terminaban en las puntas de las redondas y cortas orejas, las impresiones que los sentidos le transmitan.

    El padre lo haba educado como a un verdadero Len, hacindole fuerte y valien-te, astuto, alerta, ensendole todo lo que un Len debe saber para subsistir en medio de la vida salvaje de las montaas; los modos de cazar y los modos de pelear; los modos de huir y los modos de atacar, y, sobre todo, infundi en l el sentido de su superioridad sobre los otros animales. As como el cn-dor es el rey del aire, el Len es el rey de la tierra. Pero toda aquella sabidura estaba an en reposo, indita. El Len viejo no le per-mita alejarse de su lado y la impetuosidad del cachorro se estrellaba y doblbase ante la prudencia del padre.

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    Y es que haba un secreto que el Len viejo no revelaba todava a su hijo y ese secreto era el que le obligaba a impedir su alejamiento.

    Aquella maana, echado al sol sobre el vientre, con la cabeza levantada y los senti-dos en tensin, el Len joven ojeaba la leja-na. Miraba el ro, los bosques colgados de las faldas amplias de las montaas, las vertientes que salan de los macizos de rboles, brillando entre ellos como pequeas culebras plateadas; adverta las locas carreras de los conejos por entre los litres y los algarrobos y los vuelos cortos y repentinos de las perdices; oa el can-to largo y apasionado de la tenca y el silbido displicente del zorzal. El cielo estaba de un azul radiante y el aire, alto y puro, llenaba has-ta los bordes el cuenco del espacio.

    Cundo podra l echarse a andar?Se levant desperezndose y mir a su

    padre. Si alguna vez hubo en el mundo un hijo respetuoso con su padre, se fue el Len joven. Y no le infunda respeto, sino que tam-bin admiracin. Admiraba en l su aire de adustez y de tranquila ereza, su expresin de fuerza en sosiego, su sabidura de la vida.

  • 47

    Anduvo unos pasos y se detuvo ante l. El Len viejo abri un ojo y lo mir. Aunque sus pupilas estaban ya nubladas por la vejez, conservaban todava un recuerdo de la jeza y penetracin de antao.

    Qu quers, hijo? pregunt.Estaba pensando, paire contest el

    cachorro si habr en too el mundo uno ms guapo que su merc. (As trataban antes los hijos a los padres).

    El Len viejo inclin la cabeza. El mo-mento de la revelacin, durante tanto tiem-po postergado, llegaba, al n. Despus de un instante contest:

    S, hijo.Esta respuesta llen de sorpresa al Len

    joven. Su padre, hasta ese momento, le haba enseado que los animales de su raza eran los ms guapos de la tierra.

    Cmo ha de ser eso, paire pregun-t, cuando yo, que soy su hijo, no le tengo mieo a naiden ni ms respeto que a su merc?

    A pesar del orgullo que esta pregunta produjo en l, contest el veterano:

    No tengas, hijo. Hay en el mundo

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    un animal muy bravo que se la gana a toos; si nues por bien, por mal se han de dar. Por eso es que yo, quera el rey del mundo, me hey te-no quenriscar entrestos cerros por no dame.

    Bah! repuso jactanciosamente el Len joven. Con su permiso, paire, che-me la bendicin y yu ir a pelear con ese ani-mal pa quitale el mundo. Qu tanto ser lo guapo! Empus de su merc, qui animal ser tan grande que yo no me lianime?

    El Len viejo contest:Nues tan grande, hijo; pero es ms

    ardiloso que toos, y se llama lHombre. Yo no ti ar nunca permiso, mientras viva, pa que vai a peliar con l.

    Insisti el Len joven, pero el viejo se mantuvo in exible. Mientras l viviera, no le consentira alejarse de su lado y mucho me-nos para ir a pelear con el Hombre. Y quiso que no quiso, el cachorro tuvo que quedarse, refunfuando y a lndose las uas.

    Pero el Len viejo estaba muy enfermo y a los dos das muri. Poco antes cont a su hijo la historia de su madre.

    Esto aviv en el Len joven el deseo

  • 49

    de ir a medir sus fuerzas con aquel animal extraordinario, de cuya gura y de cuya inte-ligencia, a pesar de los relatos de su padre, no tena la menor idea.

    Despus de llorarlo, fue a buscar unas ramas y lo tap cuidadosamente, velndolo durante todo ese da y su noche, y al da si-guiente, apenas amaneci, dijo:

    Agora s que no me queo sin peliar con el Hombre.

    Y sali cordillera abajo, a buscarlo.

    * * *

    El da era esplndido, fresco. El vien-to corra bajo, entre los cajones del ro, ha-ciendo oscilar los esbeltos lamos. El agua reverberaba al sol. Los bosques estaban lle-nos de cantos y de murmullos. Los insectos y los pjaros se cernan ingrvidos en el aire seco, dorados de sol. La gran araa peluda ascenda desde el fondo de su agujero tapi-zado y sala a la luz, mostrando sus largas patas rojizas y su vientre de cobre. Grandes bandadas de trtolas cordilleranas se levanta-

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    ban y abatanse entre los pajonales. Conejos, vizcachas, zorros, perdices, quirquinchos, pululaban sobre la tierra, deslizndose entre los arbustos. Era la poblacin menuda pero densa de la montaa, que sala a tomar el sol. Ms all, en la orilla de las vertientes, enor-mes helechos empapados de agua mostraban sus cabezotas verdes. Todo pareca incitar a la aventura, a la marcha errante y sin senti-do a travs del mundo. El Len lleg rpida-mente a la orilla del ro. Durante su marcha tuvo ocasin de observar el respeto y el te-mor que su presencia despertaba en los de-ms animales. Al verlo, el conejo amarillento o gris, paraba desmesuradamente las orejas y dando un golpe seco con las patas trase-ras, como tomando impulso, hua a perderse en los matorrales; la chilla dejaba escapar un gruido de terror y arrastrando su cola ama-rilla, erizada de miedo, desapareca entre los intersticios de las rocas; la perdiz lanzaba un silbido de espanto y horadaba los aires como una piedra zumbante; el quirquincho se reco-ga y ovillaba, rodando cerro abajo como un pedruzco obscuro, y los pjaros, las trtolas,

  • 51

    las tencas, los triles, los zorzales, las lloicas con sus mantas bermejas y las codornices con sus gorros de tres plumas, se levantaban en el aire como impelidas por un viento poderoso. Viendo aquello, pens orgullosamente:

    Empus e mi paire, qui animal habr en'el mundo ms guapo que yo? Ninguno!

    Tom por la orilla del ro hacia abajo, saltando de peasco en peasco, dando vuel-ta los matorrales, ya corriendo, ya trotando, sintiendo que sus msculos y sus nervios le respondan maravillosamente al ser requeri-dos. Se senta lleno de fuerza y de con anza.

    Pero poco a poco la garganta se fue ensanchando y de pronto se abri resuelta-mente, apareciendo ante los ojos del Len un espectculo que lo hizo detenerse estupe-facto. All las montaas se separaban en dos las, tomando una hacia all y otra hacia ac, distancindose una de otra hasta perderse de vista. La tierra se aplanaba all y cambiaba de color; desaparecan los peascos, todo era blando y suave y el ro segua corriendo por en medio de aquella tierra plana, dividindo-la en dos.

  • 52

    Aquello era el valle, la regin misterio-sa donde empezaba el dominio del Hombre, el animal ms bravo del mundo, segn dijera el Len viejo a su hijo.

    El Len vio a lo lejos las casas del Hombre, sus chacras y potreros, las divisio-nes que separaban unos campos, de otros, y los pios de animales. Pero l no saba qu era todo aquello. La ignorancia en que haba vivido hasta ese momento impedale especi- car y diferenciar lo que vea. Por lo dems, su nico deseo era encontrar al Hombre y medir sus fuerzas vrgenes con l.

    Adonde andar ese guapo? se pregunt. Vamos a buscarlo.

    Y sigui andando hasta entrar en el do-minio del Hombre. Le extraaba el cambio del paisaje y la diferencia que notaba entre su abrupta montaa nativa y esta tierra amplia y lisa, donde todo pareca estar bajo el cuidado de una mano poderosa. Le extraaba tambin la ausencia de los animales que vivan en la montaa. Ni una perdiz, ni un zorro, ni un conejo. nicamente los pjaros y los insectos continuaban all su vida de siempre.

  • 53

    Ya estaba pensando que en esa tierra no habitaba animal alguno, cuando vio, en una pequea vega junto al ro, un Caballo muy aco. Se detuvo y lo observ un momento.

    Bah! dijo despus. Ese no mi aguanta na.

    Avanz con el vientre pegado a la tierra y cuando estuvo cerca del Caballo, que paca tranquilo y despreocupado, se irgui repenti-namente, gritando:

    Vos sos el Hombre?Al or esa voz gruesa y desacostum-

    brada, el Caballo dio un respingo, asustado. Aunque haca aos que no vea un Len, re-cordaba perfectamente qu clase de compa-dre era, y contest rpidamente:

    Yo no soy el Hombre, ior.Quin es el Hombre, entonces?

    interrog el Len.El Caballo, al ver que el Len no pre-

    tenda nada contra l, contest cachazuda y dolidamente:

    El Hombre, ior, ta ms paajo y es un animal muy malo y muy guapo. A m me tiene bien dao, y porque no me le quera ar,

  • 54

    me meti unos erros en la boca, mi amarr con unos corriones, y con otros erros cla-vaores que se puso en los talones, se me su-bi encima y mi agarr a pencazos y puyazos por las costillas, hasta que tuve qui hacer su olunt y llvalo ponde se liantojaba, y dey me larg pestos rincones onde casi me mue-ro di hambre.

    Pa qu sos leso? dijo despectiva-mente el Len. Yo voy a uscar al Hombre a ver si es capaz de ponese conmigo.

    Sigui andando, y poco ms all, de-trs de una cerca de pirca, vio el lomo de un Buey, con sus cuernos.

    Eses el Hombre pens el Len. Y qu bien regrandazas son las uas que tie-ne!... Pero las tiene en la cabeza, mientras que yo las tengo en las manos. A ver si es el Hombre.

    De un salto se encaram encima de la pirca.

    Vos sos el Hombre? grit al Buey.El Buey se puso a temblar, asustado,

    ms muerto que vivo, y sacando la voz como pudo, contest:

    Yo no soy el Hombre, iorcito. El

  • 55

    hombre vive ms paajo.Pero el Len no le crey.Me quers engaar que no sos vos,

    porquestay tiritando e cobarda. Y te ali-mas a peliar conmigo? Pa qus ese cuerpo tan regrande y esos armamentos que tenis en la cabeza si no pa gansela a los que no son guapos como yo? Pnele al tiro, si quers!

    Y el Buey, viendo que no podra huir del Len ni hacerle frente, respondi, casi llorando de miedo:

    No, iorcito, por Dios!, si yo no soy peliador ni guapo; ya ve quel Hombre me tiene bien amansao y que cuando yo estaba ms toruno y me le quise sulevar, mech unos lazos, me tir al suelo y me marc el pellejo con un erro caliente, quentuava mescuece. No ve, su seora, aqu en las ancas?... Y mhizo otras cosas ms, bien re-piores, que me dan vergenza... Despus me puso yugo y mhizo tirar la carreta a picana-zos. Y aqustoy, ior, paeciendo hasta quial Hombre se li ocurra matame pa cmeme.

    El Len, al terminar el Buey sus quejas, le dirigi una mirada de profundo desprecio.

  • 56

    Tan regrande y tan... vilote! No ser-vs pa na. Me voy.

    Y sigui valle abajo, en busca del Hom-bre, pensando, Toos son aqu unos coardes y ninguno es capaz dencacharse conmigo.

    Ya vea las chacras, y al dar vuelta a un bosquecillo vio un humo y despus el rancho de una posesin de inquilinos. Se acerc a los cercos, sin hacer ruido. El Perro del inquilino, que estaba echado a la sombra de un peral, lo olfate y sali a ladrarle. El Len se sent a esperarlo y pens:

    Ese s que ha de ser el Hombre. Bien meica mi paire que nuera tan grande. Pero a m no me la gana este chicoco! Es pura al-haraca lo que trae y no se viene al cuerpo.

    El Perro, que por instinto heredado saba lo que era un Len, le ladraba desde lejos.

    A ver, Hombre, cllate un poco! le grit el Len.

    El Perro contest arrogante:Yo no soy el Hombre, pero mi amo

    es el Hombre.As mest pareciendo, porque lo que

    sos vos, no mi aguantay ni la primera trenz.

  • 57

    Andicile a tu amo que vengo a desa arlo, a ver si es cierto que es el ms guapo del mun-do, comu icen.

    Fue el Perro para la posesin y poco despus volvi acompaado del Hombre, que traa al brazo una escopeia cargada y fumaba, apacible, un cigarro de hoja.

    Bah! dijo el Len, al verlo. Qu raro es el Hombre! Nuanda con la cae-za agach como toos nosotros...

    Y echa humito! Cmo comer? Anda

    echao patrs. Bah! Yo tamin me siento en las patas pa peliar con las manos libres. Qu gran ventaja mi ha e llevar?

    Poco a poco el Hombre acercse al Len. Era un labrador, delgado, de bigotes, plido, de aire tranquilo y reposado, vestido con liviana ropa campesina y calzado de ojo-tas. Nada haba en l de temible ni de feroz, y la era no habra necesitado gran esfuerzo para acabar con l. El Len estaba sorpren-dido y miraba jamente al Hombre, que a su vez miraba al Len.

    Estaban frente a frente el rey de la mon-

  • 58

    taa y el rey del valle.Vos sos el hombre?interrog el Len.Yo soy el Hombre contest el la-

    brador sencillamente.A peliar contigo vengo pa saer cul

    es el ms guapo de los dos en el mundo.Geno dijo sonriendo el Hombre.

    Pero pa que yo pelee tenis que sacame rabia. Rtame primero y empus te contesto yo.

    Y ante la admiracin del Perro, que contemplaba turulato la escena, el Len em-pez a insultar al Hombre.

    Asesino, que mataste a mi maire! Lairn, que le robaste el mundo a mi paire! Ausaor, que ausis con los que no son ca-paces de peliar con vos! Coarde, que te vals de trampas pa peliar! Saltiaor! Bando!... Yast, ya i'insult. Agora, si sos capaz, pelea conmigo.

    Geno dijo el Hombre. Agora me toca a m.

    Y aquel Hombre delgado, de aspecto tranquilo, que de no tener una escopeta en las manos hubiera huido apresuradamente al ver al Len, se ech el arma a la cara y le apunt

  • 59

    diciendo:All va una mala palaura.Y le larg un escopetazo y le quebr

    una pata.Ay, ay, ay, aycito! clam el

    Len. Iorcito Hombre, por faor, no peleo ms con ust!

    Y ms asustado y maravillado que doli-do, el Len huy cordillera adentro, seguido de los ladridos envalentonados del Perro.

    Cuando lleg al nacimiento del valle, antes de internarse para siempre entre sus montaas, mir hacia el dominio del Hom-bre, y dijo:

    Bien me ica mi nao taita que no juera a peliar con el Hombre! Si con una pa-laura no ms me quebr una pata, qui habra so si me le viene al cuerpo?

  • 60

    EL COLOCOLO

    Negra y fra era la noche en torno y encima del rancho de Jos Manuel Pinchei-ra, uno de los ltimos del fundo Los Perales. Eran ya ms de las nueve y haca rato que el silencio dominaba los caminos que dor-man vigilados por los esbeltos lamos y los copudos olmos. Los queltehues gritaban de rato en rato anunciando lluvia y algn guai-ravo perdido dejaba caer, mientras volaba, su graznido estridente.

    Dentro del rancho la claridad era muy poco mayor que afuera y la nica luz que all brillaba era la de una vela que se consuma en una palmatoria de cobre. En el centro del rancho haba un brasero y alrededor de l dos hombres emponchados. Sobre las encendidas brasas se vea una olla llena de vino caliente, en el cual uno de los emponchados, Jos Ma-nuel, dejaba caer pequeos trozos de canela y cscaras de naranjas.

  • 61

    Esto se est poniendo como caldo murmur Jos Manuel.

    Y tan oloroso... Djame probarlo dijo su acompaante.

    No, todava le falta, Antuco.Psch! Hace rato que me est dicien-

    do lo mismo. Por el olorcito, parece que ya est bueno.

    No... acurdese que tenemos que espe-rar al compadre Vicente y que si nos ponemos a probarlo cuando l llegue no habr ni gota.

    Pero tantsimo que se demora!Pero si no fue all no ms, pues, se-

    or. Teua que llegar hasta los potreros del Algarrobillo, y arreando. Por el camino, de vuelta, lo habrn detenido los amigos para echar un traguito ...

    S, un traguito... Mientras el caballe-ro le estar atracando tupido al mosto, noso-tros estamos aqu escupiendo cortito con el olor... Djeme probarlo, Jos Manuel.

    Bueno, ya est, condenado; me la ganaste. Toma.

    Meti Jos Manuel un jarrito de lata en la olla y lo sac chorreando de oloroso y hu-

  • 62

    meante vino, que pas a su amigo, quien, atu-sndose los bigotes, se dispuso a beberlo. En ese instante se sinti en el camino el galope de un caballo; despus, una voz fuerte, dijo:

    Compadre, Jos Manuel!Listo! grit Pincheira, levantn-

    dose, y en seguida a su compaero: No te dije, por ado, que llegara pronto?

    Que llegue o no, yo no pierdo la bocarada.

    Y se bebi apresuradamente el vino, quemndose casi.

    Frente a la puerta del rancho, el campero Vicente Montero haba detenido su caballo.

    Baje, pues, compadre.A bajarme voy ...Desmont. Era un hombre alto, maci-

    zo, con las piernas arqueadas.Entre, compadre; lo estoy esperando

    con un traguito de vino caliente.Ah, eso es muy bueno para matar

    el bichito! Aunque ya vengo medio caram-boleado. En casa del chico Aurelio casi me atoraron con vino.

    Avanz a largos y separados pasos,

  • 63

    haciendo sonar sus grandes espuelas, gol-pendose las polainas con la gruesa penca. A la escaza luz de la vela se vio un instante el rostro de Vicente Montero, oscuro, fuerte, de cuadrada barba negra. Despus se hundi en la sombra, mientras los largos brazos busca-ban un asiento.

    Est haciendo fro.Debe estar lloviendo en la costa.Bueno, vamos a ver el vinito.Sirve, Antuco ...Llen Antonio el jarrito y se lo ofreci

    a Vicente. Este lo tom, aspir el vaho ca-liente que despeda el vino, hizo una mueca de fruicin con la nariz y empez a bebr-selo, a sorbitos, dejando escapar gruidos de satisfaccin.

    Esto est bueno, muy bueno. Apues-to que fue Antuco el que lo hizo. Es buenazo para preparar mixturas. Creo que se ha pasa-do la vida en eso.

    No protest Pincheira, lo hice yo, y si no fuera porque lo cuid tanto, Antu-co lo habra acabado, probndolo.

    Ri estruendosamente Vicente Monte-

  • 64

    ro. Devolvi el jarrito y Antonio lo llen de nuevo, sirvindole esta vez a Jos Manuel.

    Bueno, cuenta, cmo te fue por all?Bien; dej los animales en el potre-

    ro y despus me entretuve hablando con las amistades.

    Cmo est la gente?Todos alentados ... Ah, no! Ahora

    que me acuerdo, hay un enfermo.Quin?Taita Gil... Pobre viejo, se va como

    un ovillo.Y qu tiene?Quin sabe! All dicen que es el co-

    locolo el que lo est matando, pero para m que es pensin. Le han pasado tantas al po-bre viejo, y tan seguidas!

    Bien puede ser el colocolo ...Qu va a ser, seor! Oye, Antuco,

    psame otro traguito ...Volvi a circular el jarro lleno de vino

    caliente.T no crees en el colocolo?No, seor, cmo voy a creer... Yo no

    creo ms que en lo que se ve. Ver para creer,

  • 65

    dijo Santo Toms. Quin lia visto al coloco-lo? Nadie. Entonces no existe.

    Psch! As que t no crees en Dios?Este... No s, pero en el colocolo no

    creo. Quin lo ha visto?Yo lo he visto a rm Jos Manuel.S, con los ojos del alma... Son puras

    fantasas, seor! Las nimas, los chonchones, el colocolo, la calchona, las candelillas... Ah tienes t; yo creo en las candelillas porque las he visto.

    No ests payaseando! exclam asustado Antonio.

    Claro que las vi.A ver, cuenta.Se lo voy a contar... Oye, Antuco,

    psame otro trago.As tan seguido, se pierde el taido!No lo hicieron para tomar? To-

    mmoslo, entonces.Jos Manuel y Antonio se echaron a rer.Este diablo tiene ms conchas que

    un galpago!Bueno, cuenta.Esprese que mate este viejo.

  • 66

    Se bebi el ltimo sorbo que quedaba en el jarro, lanz un sonoro ah! y dijo:

    Cuando yo era muchachn, tendra unos diez y nueve aos, fui un da a la ciudad a ver a mi to Francisco, que tena un negocio cerca de la plaza. All se me hizo tarde y me dejaron a comer. Despus de comida, cuando me vieron preparndome para volver a casa, empezaron a decirme que no me viniera, que el camino era muy solo y peligroso y la noche estaba muy oscura. Yo, rme y rme en ve-nirme, hasta que para asustarme me dijeron:

    No te vayas, Vicente; mira que en el potrero grande estn saliendo candelillas ...

    Estn saliendo candelillas? Mejor me voy; tengo ganas de ver esos pajaritos.

    Total, me vine. Traa mi buen cuchillo y andaba montado. Qu ms quiere un hom-bre? Vena un poco mareado, porque haba comido y tomado mucho, pero con el fres-co de la noche se me fue pasando. Ech una galopada hasta la salida del pueblo y desde ah puse el caballo al trote. Cuando llegu al potrero grande, tom el camino al lado de la va, al paso. Atraves el ro. No aparecan

  • 67

    las candelillas. Entonces, creyendo que todas eran puras mentiras, anim el paso del caba-llo y empec a pensar en otras cosas que me tenan preocupado. Iba asi, distrado, al trote largo, cuando en esto se para en seco el ca-ballo y casi me saca librecito por las orejas. Mir para adelante, para ver si en el camino haba algn bulto, pero no vi nada. Entonces le pegu al caballo un chinchorrazo con la penca en el cogote, gritando:

    Qu te pasa, manco del diablo?Y le a oj las riendas. El caballo no se

    movi. Le pegu otro pencazo. Igual cosa. Entonces mir para los costados, y vi, como a unos cien pasos de distancia, dos luces que se apagaban y encendan, corriendo para todos lados. All no haba ningn rancho, ninguna casa, nada de donde pudiera venir la luz. En-tonces dije: Estas son las candelillas ...

    Las candelillas? pregunt Antonio.Las candelillas ... Psame otro trago,

    por preguntn .. . Como el caballo era un poco arisco, no quise apurarlo ms. Me qued all pa-rado, tantendome la cintura para ver si el cu-chillo saldra cuando lo necesitara, y mirando

  • 68

    aquellas luces que se encendan y se apagaban y corran de un lado para otro, como queriendo marearme. No se vea sombra ni bulto alguno ... De repente, las luces dejaron de brillar un largo rato y cuando yo cre que se haban apagado del todo, aparecieron otra vez, ms cerca de lo que estaban antes. El caballo quiso recular y dar vuelta para arrancar, pero lo atrinqu bien. Otro rato estuvieron las luces encendindose y apa-gndose y corriendo de all para ac. Se apaga-ron otra vez sin encenderse un buen momento y aparecieron despus ms cerca. As pas como un cuarto de hora, hasta que acostumbrndome a mirar en la oscuridad empec a ver un bulto negro, como una sombra larga, corra debajo de las luces...

    Aqu est la payasada me dije.Y hacindome el leso principi a des-

    amarrar uno de los estribos de madera que llevaba; lo desat y me a rm bien la correa en la mano derecha. Con la otra mano agarr el cuchillo, uno de cacha negra que cortaba un pelo en el aire, y esper.

    Poco a poco fueron acercndose las lu-ces, siempre corriendo de un lado para otro,

  • 69

    apagndose y encendindose. Cuando estu-vieron como a unos cuarenta pasos, ya se vea bien el bulto; pareca el de una persona meti-da dentro de una sotana. Lo dej acercarse un poquito ms y de repente le a oj las riendas al caballo, le clav rme las espuelas y me fui sobre el bulto, haciendo girar el estribo en el aire y gritando como cuando a uno se le arranca un toro bravo del pio: All va, all va valla vallaaaaa! El bulto quiso arrancar, pero yo iba como un celaje. A quince pasos de distancia revole con fuerzas el estribo y lo largu sobre el bulto. Se sinti un grito y la sombra cay al suelo. Desmont de un salto y me fui sobre el que haba cado, lo levant con una mano y zamarrendolo, mientras lo amenazaba con el cuchillo, le grit:

    Quin eres t? Habla!No me contest, pero se quej. Lo volv

    a zamarrear y a gritar, y entonces sent que una voz de mujer, de mujer, compadre!, me deca:

    No me hagas nada, Vicente Montero...Era una mujer?Una mujer, compadrito de mi alma!

    Y yo, bruto, le haba dado un estribazo como

  • 70

    para matar un burro... Psame otro trago, An-tuco. Al principio no me di cuenta de quin era, pero despus, al orla hablar ms, vine a caer: era una mujer conocida de la casa, que tena tres hijos y a quien se le haba muerto el marido tres meses atrs. Le pregunt qu diablos andaba haciendo con esas luces y entonces me cont que lo haca para ganarse la vida, porque como la gente era tan pobre por all no tena a quin trabajarle y no quera irse para la ciudad y dejar abandonados a sus nios. En vista de todo esto, haba resuelto ocuparse en eso.

    La media ocupacin que haba en-contrado!

    Se untaba las manos con un menjur-je de fsforos y azufre que se las pona lu-minosas y sala en el potrero a asustar a los que pasaban, abriendo y cerrando las manos y corriendo para todos lados. Algunos se des-mayaban de miedo; entonces ella les sacaba la plata que llevaban y se iba... Total, despus que se anim y se sac la sotana en que an-daba envuelta, la sub al anca y la traje para el pueblo... Y desde entonces, hermano, Jos

  • 71

    Manuel, cuando me hablan de nimas y de aparecidos, me ro y digo: Vengan candelillas, nimas y fantasmas, teniendo yo mi estribo en la mano! Srveme otro traguito, Antuco ...

    Pero, hombre, te lo has tomado casi todo vos solo!

    Pero no lo haban hecho para m?Ah tienes t, Vicente; yo no creo

    mucho en nimas, pero en el colocolo, s. Mi padre muri de eso.

    Sera alguna enfermedad dijo Vi-cente, desperezndose, Me est dando sue-o con tanto vino y tantos fantasmas. Ah! bostez.

    Y te voy a contar cmo fue, sin qui-tarle ni ponerle nadita.

    Cuenta, cuenta ...Hasta los cuarenta y cinco aos, mi

    padre fue un hombre robusto, bien plantado, macizte. Cuando esto pas, yo tendra unos diez y nueve aos. Vivamos en Talca, cer-ca de la estacin. Un da, por stas y por las otras, mi padre decidi que nos cambiramos a otra casa, a una que estaba al lado del pre-sidio. La casa era de adobe, grande, aunque

  • 72

    muy vieja; pero nos convena el cambio por-que andbamos un poco atrasados. Cuando nos estbamos cambiando, vino una viejita que viva cerca y le dijo a mi padre:

    Mira, Jos Mara, no te vengas a esta casa. Desde que muri aqu el zambo Huerta, nadie ha podido vivir en ella sin tener alguna desgracia en la familia... La casa est apesta-da; tiene colocolo ...

    Mi padre se ri con tamaa boca. Colo-colo! Eso estaba bueno para las viejas y para asustar a los chiquillos, pero a los hombreci-tos como l no se les contaba esas mentiras.

    No tenga cuidado, abuela; en cuanto el colocolo asome el hocico, lo hago aco de un pisotn.

    Se fue la veterana, moviendo la cabeza, y nosotros terminamos la mudanza. La casa era muy sucia, haba remillones de pulgas y las murallas estaban llenas de cuevas de rato-nes ... En el primer tiempo no sucedi nada, pero, a poco andar, mi padre empez a toser y a ponerse plido; se fue en aqueciendo y en la maana despertaba acalorado. De noche tosa tan fuerte que nos despertaba a todos.

  • 73

    Le dola la espalda y senta vahdos.Qu diablos me est dando? deca.Mi madre le prepar algunos remedios

    caseros y le daba friegas. No mejoraba nada. Por qu no ves un mdico, Jos Ma-

    ra? le deca mi madre.No, mujer, si esto no es nada. Debe ser

    el garrotazo el que me ha dado ... Pasar pronto.Pero no pasaba; al contrario, empeo-

    raba cada da ms. Despus le vino ebre y un da ech sangre por la boca. Se quejaba de dolores en la espalda y en los brazos. No pudo ir a trabajar. Una noche se acost con ebre. Como a las doce, mi madre, que dor-ma cerca de l, lo sinti sentarse en la cama y gritar:

    El colocolo! El colocolo!Qu te pasa, Jos Mara? le pre-

    gunt mi madre, llorando.El colocolo! Me estaba chupando

    la saliva!Nos levantamos todos. Mi padre arda

    de ebre y gritaba que haba sentido al colo-colo encima de su cara, chupndole la saliva. Esa noche nos amanecimos con l. Al otro

  • 74

    da llamamos un mdico, lo examin y dijo que haba que darle estos y otros remedios. Los compramos, pero mi padre no los quiso tomar, diciendo que l no tena ninguna en-fermedad y que lo que lo estaba matando era el colocolo. Y el colocolo y el colocolo y de ah no lo sacaba nadie.

    Y dale con el colocolo! murmur Vicente Montero.

    Se le hundieron los ojos y las orejas se le pusieron como si fueran de cera. Tosa hasta quedar sin alientos y respiraba seguidito.

    No me dejen solo deca. En cuanto ustedes se van y me empiezo a quedar dormido, viene el colocolo. Es como un ratn con plumas, con el hocico bien puntiagudo. Se me pone encima de la boca y me chupa la saliva. No lo he podido agarrar, porque en cuanto quiero despertar se deja caer al suelo y lo veo cuando va arrancando. No me dejen solo, por diosito!

    En la casa estbamos con el alma en un hilo, andbamos despacito como fantasmas y no sabamos qu diablos hacer. No es broma ver que a un hombre tan fuerte como un roble

  • 75

    se lo lleva la Pel sin decir ni ay!Y as hasta que mi padre pidi que lla-

    mramos a la viejecita que le haba aconseja-do que no nos furamos a esa casa. Fuimos a buscar a la seora, vino, y cuando vio el esta-do en que se encontraba mi padre, le dijo:

    No te dije, Jos Mara Pincheira, que no te vinieras a esta casa, que haba colocolo?

    S, abuelita, tena razn usted... Pero, qu se puede hacer ahora?

    Ahora, lo nico que se puede hacer es aguaitar al colocolo y ver en qu cueva vive; a veces se sabe por el ruido que hace; se queja y llora como una guagua recin nacida. Cuando no grita, para encontrarlo hay que espolvorear el suelo con harta harina, echndola de modo que no quede ninguna huella encima. Al otro da se busca en la harina el rastro del colocolo y una vez que se ha dado con la cueva, se la llena de para na mezclada con agua bendita ... Con esto no vuelve nunca ms.

    Es un ratn el colocolo? pregun-t mi madre.

    No, mi seora, parece un ratn y no lo es; parece un pjaro y no es pjaro; llora como

  • 76

    una guagua y no es guagua; tiene plumas y no es ave.

    Qu es entonces?Es... el colocolo. Nace del huevo

    huero de una gallina. Cuando se deja aban-donado un huevo as, sin hacerlo tiras, viene una culebra, se lo lleva y lo empolla; cuando nace, le da de mamar y le ensea a chupar la saliva de las personas que duermen con la boca abierta.

    Se fue la seora, dejndonos ms asus-tados de lo que estbamos antes. Esa noche llenamos de harina todo el piso de la pieza, desparramndola bien desde adentro para afuera, de modo que no quedara rastro algu-no. Mi hermano Andrs y yo nos tendimos en la puerta, de guardia, armados de piedras y palos, listos para entrar cuando mi padre llamara. Conversando y fumando, nos queda-mos dormidos. A media noche nos despert el grito de mi padre:

    El colocolo! El colocolo!Entramos y no hallamos al dichoso bi-

    cho. Buscamos las huellas, pero haba tantas que nos sali lo mismo que si no hubiera nin-

  • 77

    guna. En todas las bocas de las cuevas haba huellas de entradas y salidas de ratones. Cmo bamos a saber cules eran las del colocolo?

    Al otro da, se repiti la pantomima. Mi padre estaba muy mal, tosa y tena una ebre de caballo. Ms o menos a la misma hora de la noche anterior, sentimos que se quejaba como una persona que no puede res-pirar. Escuchamos y omos como un gemido de nio chico. De repente mi padre se sent en la cama y dio un grito terrible. Entramos corriendo y vimos al colocolo; iba subiendo por la muralla hacia el techo.

    All, va, Andrs, mtalo!Mi hermano, que estaba del lado en que

    el animal iba subiendo, le dio un peascazo con tanta puntera que le peg medio a medio del espinazo. Se sinti un grito agudo, como de mujer, y el colocolo cay en un rincn. Si lo hubiramos buscado en seguida, tal vez lo habramos encontrado, pero con el miedo que tenamos y con lo que nos demoramos en to-mar la luz, el colocolo desapareci, dejando rastros de sangre a la entrada de una cueva.

    En la maana muri mi padre. Vino el

  • 78

    mdico y dijo que haba muerto de la calien-tita, que la casa estaba infectada y que nos debamos cambiar de ah.

    Despus que enterramos al viejo hici-mos una excavacin en la cueva en que se ha-ba metido el colocolo, pero no encontramos nada. La cueva se comunicaba con otra.

    Nos fuimos de la casa, y un mes des-pus, en la noche, volvimos mi hermano An-drs y yo le prendimos fuego. Y dicen que cuando la casa estaba ardiendo, en medio de las llamas se senta el llanto de un niito ...

    Termin su narracin Jos Manuel Pin-cheira y en el instante de silencio que sigui a su ltima palabra, se oy un suave ronquido. Vicente Montero se haba dormido.

    Se durmi el compadre.Debe estar cansado ... y borracho.Eh! le grit Jos Manuel, dndole

    un golpe con la mano.Dormido como estaba y medio borra-

    cho, el empujn hizo perder el equilibrio a Vicente Montero, que oscil como un barril, inclinndose hacia atrs. Alcanz a endere-zarse y salt a un lado gritando:

  • 79

    Epa, compadre!Qu le pasa, seor? le pregunt

    irnicamente Antonio.Por la madre! Estaba soando que

    un colocolo ms grande que un ternero me estaba chupando la saliva como quien toma cerveza cuando tiene sed.

    Se rieron Jos Manuel y Antonio. Vi-cente, desperezndose, dijo:

    Ya debe ser muy tarde.Busc en todos sus bolsillos, diciendo:Dnde est mi reloj?Tienes reloj, Vicente? Andas muy

    en la buena.S, tengo un reloj que le compr al

    mayordomo. Aqu est.Y sac un descomunal reloj Waltham.Ja, ja! Ese no es un reloj, pues seor...

    Eso es una piedra de moler. Una callana!S, ranse, no ms... ste es un re-

    loj macuco. Anda mejor que el de la iglesia. Cuando el de la iglesia da las doce, el mo hace ratito que las ha dado. Me sirve muchsi-mo. Estuve como un ao juntando plata para comprarlo. No lo dejo ni de da ni de noche.

  • 80

    Cuando me acuesto lo cuelgo en la cabecera y le digo: Maana a las seis, no?

    Y a las seis en punto despierto. No lo cambio ni por un caballo con aperos de pla-ta... Ya son las once y media. Me voy.

    Se despidieron los amigos y despus de dos tentativas para montar, Vicente Montero mont y se fue. Dej que su caballo marcha-ra al trote, abandonndose a su suave vaivn. Tena sueo, modorra; el alcohol ingerido se desparramaba lentamente por sus venas, pro-ducindole una impresin de dulce cansancio. Inclin la cabeza sobre el pecho y empez a dormitar, a ojando las riendas al caballo, que aument su carrera. Insensiblemente se fue durmiendo, deslizndose por una pendiente suavsima. De pronto apareci ante sus ojos, en sueos, un enorme ratn con ojos colora-dos y ardientes que empez a correr delante del caballo. Corra, corra, dndose vuelta de trecho en trecho para mirarlo con sus ojos ardientes. Despus se par ante el caballo y dando un salto se coloc sobre la cabeza del animal, desde donde empez a mirarlo ja-mente. Era un ratn horrible, con pequeas

  • 81

    plumas en vez de pelos, la cabeza pelada y llena de sarna y el hocico puntiagudo, en me-dio del cual, se mova una lengua roja y na como la de una culebra. Mucho rato estuvo all, mirndole sin cerrar los ojos, hasta que dando un chillido salt y qued colgado de la barba de Vicente Montero.

    Eh! grit ste angustiosamente, tirando con todas sus fuerzas de las riendas.

    Detenido bruscamente en su carrera, el caballo dio un fuerte bote hacia el costado y Vicente Montero, despus de dar una vuelta en el aire, cay de cabeza al suelo. La violen-cia del golpe y el estado de semiembriaguez en que se encontraba, hicieron que se desva-neciera. Rezong unas palabras y all qued, medio desmayado y medio dormido.

    As estuvo largo rato ... Despus des-pert, sinti un escalofro, se restreg los ojos y mir a su alrededor, atontado. Vio a su caballo, unos pasos ms adelante, mordis-queando unas hierbas.

    Qu diablos me habr pasado?El aire y el sueo le haban avivado la

    borrachera. Se puso de rodillas, tiritando, pro-

  • 82

    curando explicarse la causa de su estada en ese sitio y en esa postura. Record algo, muy va-gamente: el colocolo, un hombre que se haba muerto porque le se haba acabado la saliva, una vieja que echaba harina en el suelo y un ratn con ojos colorados, sin saber si todo eso lo haba soado o le haba sucedido.

    Se a rm en una mano para levantarse, y al hacerlo mir hacia el suelo. All vio algo que lo dej inmvil. A un metro de distancia, entre el pasto alto, un ojo claro y brillante lo miraba jamente.

    Esta s que es grande... murmur, volviendo a caer de rodillas y mirando asus-tado aquel ojo amenazante. Record entonces el horrible ratn de ojos ardientes que haba visto o so ver. Hizo:

    Chis!Queriendo espantar a aquel ojo jo,

    pero ste continu mirndolo. Si hubiera te-nido la estribera... De pronto se estremeci de alegra: record que en el sueo, o en lo que fuera, alguien haba muerto un colocolo de un peascazo. Esprate no ms ... Co-locolos conmigo!

  • 83

    Tante en el suelo, buscando una pie-dra; encontr una de tamao su ciente como para aplastar media docena de colocolos, y calculando bien la distancia la lanz hacia aquel ojo luminoso y jo, gritando:

    Toma!Se sinti un leve chirrido y l salt hacia

    adelante, estirando la mano hacia el supuesto colocolo. Cogi algo fro y lleno de pequeas puntas a ladas. Sinti un escalofro de terror y lanz violentamente hacia arriba lo que ha-ba tomado; en el momento de hacerlo, sin embargo, record algo que le era familiar al tacto en la forma y en la frialdad. Estir la mano y recogi el objeto que descenda. Lo acerc a sus ojos y vio algo que le hizo darse un golpe de puo en el muslo, al mismo tiem-po que gritaba con rabia:

    Por la misma remadre! Mi reloj Waltham...!

  • 84

    UNA CARABINA Y UNA COTORRA

    Hay seres que nunca harn nada digno de mirar o de considerar. En la mayora de los casos, no ser suya la culpa: no han te-nido preparacin ni oportunidad para ello, o la vida se les ha presentado en tal forma, que apenas les ha permitido luchar para subsis-tir, es decir, para trabajar, es decir, para pe-lear diariamente y durante horas, ocho, diez o doce, con los ms heterogneos y extraos elementos: con el barro, el que hace adobes; con grasientas y ensangrentadas piltrafas de cuero de animal, el curtidor; con maderas, clavos y duras herramientas, el carpintero de obra; con trozos de suela y con zapatos vie-jos y malolientes, el zapatero; con una mani-vela que debe hacer girar incansablemente o con una bocina que debe tocar diez, cien, mil veces al da muchas veces sin necesidad y slo por hbito, el conductor de vehculos

  • 85

    motorizados; con fros hierros, potes de gra-sa y tarros de aceite, el mecnico; con un es-cobilln, un tarro y un carretn hirviente de moscas, el basurero... A qu seguir? La lista de trabajadores es interminable, as como es interminable el nmero de o cios que des-empean. Qu tiempo, qu oportunidad? Sin olvidar que el contacto diario y durante aos con el barro, los cueros, las maderas, la manivela, los hierros y el carretn repleto de basura terminan por dar a su personalidad una condicin semejante a la que esos ele-mentos tienen.

    Algunos logran, a veces, hacer algo. Cmo? No se sabe y casi no se explica, pero lo hacen. En la mayora de los casos no son hechos extraordinarios. Lo extraordinario est en que, dada su condicin, hayan podido realizarlo.

    Siempre recuerdo lo que alguien conta-ba sobre el indio que all en Tierra del Fuego vena peridicamente a pedirle la carabina.

    Prstame tu carabina, patrn.Llvala.Le daba el arma y dos proyectiles, y

  • 86

    el indio Juan, Domingo, Santiago, o sin nombre alguno regresaba dos o tres das despus, llevando sobre su desnuda espalda un cuero de guanaco y un cuarto del mismo animal. Adems, el arma y la bala sobrante.

    Toma tu carabina. Guanaco gordo, cuero very well. Good bye, patrn.

    Saba ingls y espaol, aunque ignora-ba cul era el espaol y cul el ingls.

    Un da, mientras el patrn la usaba, la carabina se descompuso. Se atranc, algo se le a oj o algo se le apret, lo mismo daba: el patrn la mir y la remir, forceje aqu, le ech grasa all; intil. Cuando el indio vol-vi, le dijo:

    No hay carabina.Guanacos gordos, patrn.Carabina mala.El indio volvi dos o tres veces. Su mi-

    rada era cada vez ms triste.Carabina mala.No tena tiempo para llevarla a algn

    armero de Punta Arenas. Despus de varias visitas del indio, se dio cuenta de que ocu-rran dos cosas: primera, el indio se mora de

  • 87

    hambre; segunda, no entenda lo de que la carabina estuviese mala; crea, sencillamen-te, que no quera prestrsela. Eso le doli, y en la primera visita le entreg, como siempre, el arma, con los dos proyectiles. Mejor sera que se convenciera por s mismo.

    El indio se fue casi corriendo. Volvi, dos o tres das despus, con dos cueros de guanaco, un cuarto de animal, la carabina y la bala sobrante.

    Toma tu carabina. Guanacos gordos, cueros macanudos; Chao, patrn.

    Saba tambin un poco de italiano.El patrn estuvo dos o tres das con la

    boca abierta: la carabina funcionaba como si acabara de salir de la fbrica. El indio la haba arreglado. Cmo? Sabra tanto de me-cnica como de propedutica y no tendra la ms insigni cante herramienta; quiz posee-ra un anzuelo; pero quin ha arreglado ja-ms una carabina con un anzuelo? Cuando el indio volvi de nuevo, el patrn le entreg el arma y las dos balas, sin atreverse a pre-guntarle nada: estaba seguro de que no habra sabido explicarle cmo la haba arreglado. El

  • 88

    indio, por su parte, no lo intent. Quiz no poda. La lucha por la vida le haba impedido aprender a pensar y a expresarse.

    *

    Pedro Lira no haba arreglado jams una carabina y nunca tuvo un anzuelo. Todo en l y en su hogar estaba desarreglado: las sillas estaban cojas, la puerta no cerraba y apenas si se abra, la ventana no tena vi-drios, la cama permaneca siempre a medio hacer, el piso de la habitacin estaba siempre sucio, y la vajilla, hecha aicos. El era como su cuarto, con bigote adems, un bigote que pareca estar siempre empapado en vino. Su mujer era un atado de trapos que se mova, un atado de trapos que haca la comida, lavaba la ropa y se quejaba cuando Pedro Lira, quiz para cerciorarse de que debajo de eso que se mova haba algo ms que trapos, le dejaba caer encima un palo o un puetazo. De qu viva? Era comerciante: compraba escobas en una fbrica y las venda por las calles; con el dinero que obtena compraba de nuevo es-

  • 89

    cobas y las volva a vender; con el dinero..., etctera. Las ganancias le permitan mante-ner cojas las sillas, a medio abrir y a medio cerrar la puerta, sin vidrios las ventanas, su-cio el piso, hecha polvo la vajilla. Adems, hmedo el bigote y en movimiento el atado de trapos. No tena hijos.

    Lo nico estimable en su cuarto era la mesa, no por su estilo, no por su madera, no por su barniz. Lo era por su tamao, demasiado grande para el cuarto, y porque sobre ella sola moverse lo nico hermoso que hubo en la vida de Pedro Lira, lo nico que quizs justi c su triste y destartalada existencia de comprador y vendedor de escobas: una cotorra.

    Yo tena, por esos tiempos, una estatura que sobrepasaba slo por escasos centmetros la altura de la mesa, diferencia a mi favor que me permita mirar de pie lo que ocurra sobre aquel mueble. Digo de pie porque Pedro Lira jams me invit a que me sentara. Quiz pen-saba que no era de mi gusto hacerlo o quizs tena la sospecha de que, como l, no tena fe en sus sillas. Parado all, miraba.

    Pedro Lira, sentado en una de las si-

  • 90

    llas las conoca mejor que yo, iniciaba sobre la mesa, con sus largas y negras uas, un repiqueteo parecido al de un tambor. La cotorra, que vagaba por el cuarto o por el pa-tio buscando qu comer o que suba y bajaba, interminablemente, por los palos o guas del parrn, se detena: era una llamada, una lla-mada para ella sola. Si el repiqueteo persista y aumentaba de intensidad o si al golpe de las uas se una el golpear de los nudillos sobre la mesa, abandonaba todo, el palo, la gua o el trozo de papa cocida que picoteaba, y co-rra hacia la puma de la pieza de Pedro Lira, colbase por ella y, acercndose a la mesa, se detena junto a uno de los derrengados zapa-tos del vendedor ambulante. All esperaba. El repiqueteo aumentaba en profusin e intensi-dad. Pedro Lira, trans gurado, brillantes los ojos, erguido el cuerpo, casi seco el bigote, olvidado de las sillas desvencijadas, de las escobas amontonadas en un rincn del cuar-to, de la ventana sin vidrios, del piso sucio y de la vajilla hecha harina, olvidado tambin del atado de trapos, ignoraba a la cotorra, que all, a sus pies, levantada la cabecita, le

  • 91

    miraba con la expresin del nio que espera que su padre o su abuelo lo tomen en brazos, izndolo. Llegaba un momento, sin embargo, en que ya no se poda esperar ms: el repi-queteo alcanzaba intensidad sobrecogedora; el redoble del tambor se converta en un ru-mor de caballos lanzados a la carga, y en me-dio del trepidar de los cascos se escuchaba algo como el explotar de gruesos proyectiles. Una voz vena a dominar el tumulto:

    Atencin!En ese momento la cotorra, bajando la

    cabecita, daba fuertes picotazos sobre el za-pato de Pedro Lira, quien, sin torcer el cuer-po ni mirar hacia abajo, dejaba caer uno de sus brazos y pona a ras del suelo, estirado el dedo ndice, la obscura mano. En aquel dedo, con la rapidez de quien salta a un tren en mo-vimiento, se encaramaba la cotorra. El brazo suba y se posaba de nuevo sobre la mesa, so-bre la cual la cotorrita descenda y en la que quedaba inmvil, erguida, esperando.

    El repiqueteo cesaba bruscamente. Pe-dro Lira, recogiendo hacia el cuerpo los bra-zos que reposaran sobre la mesa, gritaba:

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    Atencin! Firmes!Miraba hacia lo lejos, ajeno ya a todo,

    dominado tambin por aquella voz que sur-ga inesperadamente de l, aquella voz mar-cial y estentrea, tan diversa de la montona que usaba al ofrecer su mercadera:

    Va a querer las escobas, las buenas escobas, caserita!

    La cotorra estaba ms inmvil y ms erguida.

    Soldados: la contienda es desigual! Vivir con gloria o morir con honor! Adelan-te! De frente! Marchen!

    Se reiniciaba el repiqueteo, otra vez como el del tambor que marca un comps de marcha, repiqueteo que Pedro Lira, mirando ahora jamente a la cotorra, matizaba con so-noros ratapln!, ratapln!, ratapln!, dando al mismo tiempo, con las muecas, golpes que imitaban la percusin ms profunda del bombo. Tambor, timbal y bombo... Slo fal-taba el clarn.

    La cotorra, puesta tambin en trance, recta la posicin, iniciaba el des le del ima-ginario batalln lanzado a la muerte. Sus pa-

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    sos, ms largos que de costumbre, seguan el comps de la marcha, y all, toda verde claro, la garganta, el pecho, el abdomen y la cola con dulces re ejos azulados, leteada de amarillo aqu y all, rosado el pico y de color carne las patas, no mayor toda ella que la cuarta de la mano de un hombre, pareca, marchando sobre la amplia mesa llena de manchas, un animado y breve resplandor de hojas nuevas. A veces, en aquellas partes en que la la mesa no tena manchas, sola resbalar, perdiendo un poco el paso, que recuperaba inmediata-mente. Centmetros antes de llegar al lo de la mesa, la sorprenda el grito:

    A la derecha! De frente!Marchen!Giraba, procurando guardar la compos-

    tura, y segua adelante, hasta que el otro grito la alcanzaba:

    A la derecha! Marchen!Avanzaba, ahora derechamente, hacia

    Pedro Lira, presintiendo que el instante, el te-mido instante en que el soldado debe lanzar-se hacia el enemigo en busca de una muerte casi siempre cierta y de un honor no del todo seguro, llegara unos pasos ms all. El nue-

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    vo grito la alcanzaba en el centro de la mesa, pero no era un grito: era el clarn, que se jun-taba por n al bombo, al tambor y al timbal:

    Tarar! Tarar!La cotorra se detena, electrizada. Pedro

    Lira hablaba otra vez con su terrible voz:Soldados! El enemigo se lanza al

    ataque! Empieza el combate! Adelante, sol-dados de la patria!

    Cesaba el repiqueteo, callaba el bombo, enmudeca el timbal y un diluvio de proyecti-les empezaba a zumbar en el espacio.

    Pum! Pim! Pam! Rae! Trun! Catapln! Chin! Chin!

    Silbidos, explosiones, golpes, desgarra-mientos del aire... La cotorrita, sola en medio de aquel fragor, abandonada a su suerte fren-te a un invisible y feroz enemigo, luchaba de-nodadamente: avanzaba, retroceda, inclina-ba el cuerpo, torca la cabecita hacia un lado y otro o giraba a la derecha o a la izquierda. La lucha duraba poco, sin embargo: alguien, all a lo lejos, lanzaba el proyectil decisivo. Se oa un silbido. Al mismo tiempo el brazo derecho de Pedro Lira, estirado hacia atrs,

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    empezaba a levantarse bruscamente sobre su cabeza, aproximndose a la mesa. El silbido aumentaba de intensidad, convirtindose en rugido. Por n el brazo caa sobre la mesa y el puo golpeaba en ella con toda la fuerza de que era capaz:

    Pam!Era un golpe seco. La cotorra, tocada

    por el obs, caa fulminada, tiesas las patas, cerrados los ojos, entreabierto el pico. Silen-cio. Pedro Lira volva en s y miraba al pe-queo y verde soldado tendido en el campo de batalla. Sonrea y se frotaba las manos: su trabajo y el de la cotorra eran perfectos. Nunca hubo una banda de regimiento como aqulla, jams un comandante como l, y en los tiempos de los tiempos ningn soldado como aqul, tan denodado, tan valiente, tan patriota, tan muerto.

    Yo, empinado ahora sobre las puntas de los pies, miraba a la pequea vctima. Todo aquello me sobrecoga, pues todo, gracia a Pedro Lira, apareca real. Pero el mago torn-base de nuevo serio: faltaba el ltimo acto. Se escuchaba otra vez el clarn, un toque alegre

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    y ligero:Tarar, tarar, tararlLa cotorra no se mova. Pedro Lira gri-

    taba de nuevo marcialmente:Soldados: la batalla ha terminado!

    El enemigo ha sido vencido! El regimiento vuelve a su cuartel! Tarar, tarar!

    Se reiniciaban el redoble del tambor, el golpe del bombo y el ratapln del timbal, y, junto con ello, la cotorra, nico y digno solda-do de aquel regimiento, abandonando su pa-pel de soldado muerto, volva, ms afortuna-do que otros soldados, a desempear su papel de soldado vivo. Se ergua sobre sus rosadas patitas, ponase recta y avanzaba airosamen-te, a paso de parada, hacia Pedro Lira, quien la miraba venir hacia l, brillantes los ojos, encendido el rostro, hmedos los labios. Ella, toda verde claro, con dulces re ejos azules y suaves destellos amarillos, su obra, la nica belleza que haba logrado crear durante toda su trashumante vida de vendedor de escobas, llegaba ante l y ante l se detena, esperan-do su recompensa: una caricia o un trozo de papa cocida.

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    *

    Dos o tres aos despus de separar-nos de l, mi madre y yo supimos que Pedro Lira haba muerto: borracho, un tren lo arro-ll, junto con su mercadera, en un solitario paso a nivel. Qu destino tendra su cotorra? Cul su mujer? Lo ignorbamos y estba-mos lejos de ellas: toda una provincia nos separaba. Hablbamos muchas veces sobre aquel hombre y aquella avecilla. Cmo ha-ba logrado ensearle todo aquello? Cunto tiempo demor? Cualquier persona podra, con tiempo y paciencia, lograr lo mismo? Nos pareca difcil, y cada vez que en alguna parte veamos una cotorrita, preguntbamos:

    Sabe hacer alguna gracia?S, saban dar la pata y hablaban tal o

    cual palabra; nada ms. No haba en el mundo muchos Pedro Lira ni muchas cotorras como aqulla. La gracia era escasa. Mi madre, sin embargo, que apreciaba mejor que yo, nio an, aquel prodigio, no perda la esperanza de encontrar alguna vez algo semejante. Y una tarde, al regresar del colegio y entrar a la

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    pieza en que vivamos, vi colgada del muro, junto a la puerta, nuevecita y limpia, una jau-la de metal. Dentro, toda verde claro, haba una cotorra semejante a la de Pedro Lira, aunque tal vez un poco ms corpulenta. Si-lenciosa me mir. Mi madre no estaba. Dej en la pieza mis libros y sal a mirar al pjaro. Sabra hacer alguna gracia? Dara la patita, hablara, hara algn especial movimiento? No me atrev a meter el dedo dentro de la jaula, ni, mucho menos, a sacarla de ella. Mi madre lleg pronto. Me dijo:

    La compr, hijo. El hombre me dijo que era muy inteligente.

    Aquello me extra: era ao de po-breza, ms pobre quiz que el anterior los aos de los pobres son as: cada vez ms po-bres, y me pareci raro aquel despilfarro. Me explic:

    Me cost muy barata. Adems, no pude resistir la tentacin. Tena tantas ganas de tener una. Te acuerdas de la de Pedro Lira?

    Comprend que, en secreto, mi madre tena la esperanza de llegar a ensear a aquel pjaro, si no todo lo que el otro saba hacer,

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    algo por lo menos, algo que ella discurriera. Das despus, al llegar a mi casa, encontr a mi madre con una cara extraa a ella.

    Qu le pasa?Tena un dedo, el ndice de la mano de-

    recha, vendado.Se lastim?Seal hacia la jaula. La cotorra, toda

    verde claro, con dulces re ejos azules y to-ques amarillos aqu y all, le haba dado, al abrir mi madre la puerta y ofrecerle el dedo para que se subiera a l, un feroz picotn. El pico, fuerte, casi haba desgarrado la piel.

    La culpa es ma. Es muy pronto todava.La cotorra, detenida en el travesa o

    central de la jaula, pareca escuchar. Es muy pronto todava... Pero mi madre era impa-ciente y pocos das despus vi de nuevo la venda sobre el mismo dedo: en idntico si-tio y con la misma fuerza, increble en una mancha toda verde claro, con tonos azulados y re ejos amarillos, el pico haba abierto la piel; se vea la desgarradura. Una fraccin ele milmetro y la sangre brotara. La cotorra, si-lenciosa, miraba desde el travesao.

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    Mi madre la mimaba, hablndole con todo el cario de que era capaz y llenndole la jaula de papas cocidas, trozos de choclo tierno, hojillas de lechuga. La cotorra coma como un len. Pero haba en ella algo que no tena la de Pedro Lira, algo distante y aislado, tal vez como un sentimiento de propia soledad.

    Varios das despus, a la hora de al-muerzo, not que coma algo extrao para aquellos das de pobreza: una sopa en la que, adems de arroz y papas, se hallaban unos trozos de carne blanca y tierna.

    Qu es esto, mam?Muda, seal con la cabeza hacia la

    jaula. Mir: estaba vaca. Despus mir el ndice de la mano derecha de mi madre: una venda, ms voluminosa que las anteriores y ahora manchada de sangre, lo cubra.

    Me extra aquello, pero me lo expli-qu, aunque no en el acto: nuestro cuarto, an en la mayor pobreza, estaba siempre limpio y ordenado, las sbanas brillaban de blancu-ra, el piso se hallaba siempre sin manchas y todo estaba en su sitio y en buen estado. Ella lo haca todo, absolutamente todo. No poda re-

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    procharle nada. La gracia necesita quiz, para expresarse, tiempo y despreocupacin de otras cosas, y ella no tena ni lo uno ni lo otro.

    La cotorra haba ganado la batalla, pero perdido la vida. La libertad y la independen-cia tienen, por lo visto, un duro precio. Mi madre haba perdido una ilusin. Yo, gratui-tamente, ganado una cazuela.

  • INDICE

    Pancho Rojas / 5

    Mares libres / 17

    El len y el hombre / 38

    El Colocolo / 60

    Una carabina y una cotorra / 84