Bajo El Signo de La Discordia, Natalio Botana, Mayo 2010

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    28-Jan-2016

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  • Bajo el signo de la discordia

    En 1910, LA NACION celebr el Primer Centenario con un ensayo que hizo historia: El juicio

    del siglo , de Joaqun V. Gonzlez. Para el Bicentenario, Natalio Botana retoma el espritu de

    ese texto y asume el desafo de pensar los ltimos cien aos de la vida poltica argentina e

    imaginar lo que vendr.

    Por Natalio R. Botana Para LA NACION

    El 25 de mayo de 1910, Joaqun V. Gonzlez public, en el suplemento que LA NACION dedic

    al Centenario, un ensayo "crtico histrico" acerca del desenvolvimiento de la Argentina en su

    primera centuria. Escrito a la manera de Macaulay y Prvost-Paradol, El juicio del siglo

    pretenda extraer de nuestro pasado unas tendencias sociolgicas que permitiesen

    comprender el porqu de "las llamas de las pasiones de cada poca". Entre 1810 y 1910, en la

    Argentina se haban transformado la sociedad y la economa mientras que la poltica

    permaneca aferrada, segn aquel polifactico hombre de Estado, jurista, historiador,

    socilogo y educador, a un conjunto de problemas recurrentes.

    El texto, una cruza fecunda de la experiencia con la especulacin terica, despleg ante el

    lector tres tendencias que haban marcado con su sello nuestro pasado: "la ley de las

    discordias civiles"; la "representacin tcita" que perturbaba el ejercicio de la representacin

    poltica; por fin, la configuracin que iban adoptando el Estado y la sociedad. Para J. V.

    Gonzlez, estas tres tendencias cerraban en 1910 un ciclo histrico. Para quien esto escribe,

    estas constantes bien podran proyectarse hacia el siglo siguiente, entre 1910 y 2010, para

    intentar acaso otra exploracin sobre "las llamas de las pasiones" de nuestra circunstancia.

    De entrada noms, el argumento de El juicio del siglo nos confronta con un "elemento

    morboso" que, al comps de los "odios de faccin", sembraba "la semilla del odio" y arrastraba

    a los argentinos hacia el "vrtigo sangriento de las querellas fratricidas". J. V. Gonzlez crea

    que el rol pacificador de la Constitucin Nacional poda encauzar los combates hacia "armonas

    cada vez ms estrechas e ntimas." Nada de esto ocurri entre 1930 y 1983. En el momento en

    que l escriba este ensayo, la Argentina pareca encaminarse por el itinerario de la reforma

    poltica que condujo al radicalismo a la presidencia en 1916, pero veinte aos ms tarde, en

    1930, un golpe de Estado hizo trizas ese proyecto y abri curso, hasta 1983, a una larga crisis

    de legitimidad. El signo de la discordia fue la irrupcin en la poltica del poder irrestricto de las

    armas, una fuerza ligada a sectores civiles que, de all en ms, mostrara un creciente

    potencial.

    Sobre el fondo del golpe de Estado se destacaba en 1930 la crisis econmica que haba

    despuntado un ao antes, pero al lado de ese factor es posible advertir en esta caducidad del

    temperamento reformista el nimo belicoso con que la opinin pblica, azuzada por algunos

    diarios, comenz a dividir el campo, como en el siglo XIX, en facciones antagnicas. Esas

    dicotomas no slo cobraron entidad en las filas del antiguo conservadurismo, sino tambin en

    las del radicalismo (donde las principales fueron las del yirigoyenismo y antiyrigoyenismo) y en

    el seno del socialismo, los partidos que, junto con la democracia progresista, deberan haber

    servido de gua para apuntalar esa primera transicin a la democracia. La "pasin de partido" y

  • las "querellas domsticas", lejos de calmarse con la puesta en prctica del sufragio universal

    masculino, secreto y obligatorio, se exacerbaron hasta deponer una trabajosa legalidad

    constitucional que, con sus imperfecciones, ya tena casi setenta aos de duracin

    ininterrumpida y a la cual J. V. Gonzlez haba rendido un fiel servicio.

    Una rutina basada en el engao

    El golpe de 1930 signific el regreso al poder de la dirigencia desplazada en 1916, junto con

    sectores adictos provenientes del radicalismo y del socialismo. J. V. Gonzlez no asisti a ese

    sbito cambio. Haba muerto en 1923 , a los sesenta aos, y tal vez la placidez que emanaba de

    aquellos prsperos aos en que gobernaba Marcelo T. de Alvear no auguraba la tormenta que

    se avecinaba. El rgimen que result de aquella fractura amalgam de nuevo, durante trece

    aos, la praxis de la proscripcin y del fraude electoral que nuestro autor tanto tema. El rigor

    aplicado a los partidos de oposicin adormeci las creencias pblicas que aceptaban

    tcitamente esa rutina basada en el engao.Sobre esta escenografa, en 1943 cay el teln de

    un nuevo golpe de Estado, cercano en su origen a las frmulas autoritarias que, por aquel

    entonces, campeaban en Francia y en la Pennsula ibrica.

    Nadie supuso en aquel momento que, tres aos despus, el peronismo iba a poner en marcha

    la transformacin ms ambiciosa de la Argentina: transformacin desde el vrtice del poder en

    el marco de una dbil legitimidad de las instituciones polticas. Se dispar as una generosa

    legislacin social cuyo vaco previo haba presentido J. V. Gonzlez en 1904, cuando present

    un proyecto de Cdigo del Trabajo que no goz de apoyo parlamentario. El peronismo colm

    ese vaco con un ambicioso plan movilizador. Se acentuaron los sentimientos de igualdad y la

    movilidad social, y entraron a tallar en el repertorio de las valoraciones colectivas los derechos

    sociales. Los efectos de estos cambios escindieron las libertades pblicas, frreamente

    controladas desde el Estado, de los sentimientos de igualdad por fin adquiridos en anchas

    franjas de la poblacin. En los trminos de Tocqueville, lejano maestro de J. V. Gonzlez a

    travs de Prvost-Paradol, ese caudaloso movimiento dividi la democracia en bandos

    irreconciliables. Para sus adherentes, el peronismo era la afirmacin de la democracia en tanto

    conciencia igualitaria de participacin; para quienes lo enfrentaban, el peronismo era la

    negacin de las libertades.

    Estas dicotomas sembraron otra "la semilla del odio". Se generaliz el odio al comps del

    incremento del autoritarismo sobre las libertades pblicas y de la violenta interrupcin del

    proceso poltico y social del peronismo con el golpe de Estado de 1955. Entonces "los odios de

    faccin" llegaron a los extremos del bombardeo, el incendio y los fusilamientos. Para quienes

    recordamos aquel invierno de 1955, la ciudad ola a plvora y cenizas. Tan implacable fue el

    odio acumulado que tuvimos que soportar el pasaje de casi treinta aos, entre proscripciones,

    nuevos golpes militares a los presidentes civiles y mayores dosis de violencia, para que esos

    bandos maltrechos reconociesen en 1983 que la democracia era una obra comn.

    La instauracin de 1983 implicaba ensamblar un pluralismo poltico, por fin amplio y sin

    cortapisas, con el deber de justicia. En la dcada anterior, los trgicos aos setenta, la

    dialctica del odio descendi hacia el infierno de la sistemtica eliminacin fsica de quien era

    considerado enemigo. Este quiebre de los resortes bsicos de la convivencia se revisti con la

    peor de las justificaciones. El odio recproco se visti con ideologas de exterminio y la poltica

  • se confundi con la guerra. Jams en el siglo XX la poltica lleg a semejante nivel de

    indignidad, como si hubiesen estallado con estrpito los depsitos del encono abastecidos

    durante tantos aos.

    Ficciones electorales

    1983 fue entonces un ao decisivo a partir del cual tuvimos que superar la rmora de un

    sistema viciado de representacin poltica. J. V. Gonzlez lo calific con el concepto de

    "representacin tcita", aludiendo a la "ficcin" electoral que montaban los "filibusteros" de la

    poltica. El reverso de este juego engaoso para desnaturalizar la sinceridad del sufragio fue la

    "centralizacin" del poder de la repblica en los presidentes y gobernadores de las provincias.

    La dialctica entre representacin tcita y centralizacin no amain en el siglo XX. J. V.

    Gonzlez entrevea en esta tendencia una tradicin "ejecutiva" negadora del registro propio de

    un "gobierno popular". En 1910, una parte de la dirigencia confiaba en que una reforma

    electoral podra al fin clausurar aquella tramoya y renovar la obsolescencia de un federalismo

    en el cual las provincias eran meras "estipendiarias del poder central".

    La Argentina del Centenario haba establecido por fin un Estado y consolidado sus lmites

    territoriales. Hasta haba perfeccionado su poltica exterior, a tono con las ideas de Alberdi, de

    acuerdo con "la ley suprema de la solidaridad internacional" (un principio que las ideologas

    nacionalistas, precursoras de la guerra de Malvinas, despus desmentiran de plano), pero en

    cuanto a la poltica interna "el furor del mando" incrustado en el Poder Ejecutivo impondra

    ms tarde una frula slo doblegada parcialmente en las ltimas dcadas de democracia.

    El desenvolvimiento de la reforma electoral hasta 1930, si bien alent un ejercicio ms abierto

    de la libertad poltica, reforz la centralizacin en el Poder Ejecutivo mediante la aplicacin

    continua de la intervencin federal a las provincias. Este mtodo fue acentuado por los

    gobiernos del radicalismo para desplazar a las oposiciones an tributarias del antiguo orden

    conservador, o para dirimir conflictos en las filas oficiales. Luego del golpe de 1930, la ficcin

    del sistema de "representacin tcita" reapareci con nuevos bros. Aunque el fraude fue su

    principal agente, el objetivo de los gobiernos en los aos treinta fue el de invertir el sentido del

    control republicano. En lugar de que la oposicin, con pleno acceso a las posibilidades de la

    alternancia, controlase al Gobierno, este deba, al contrario, controlar a las oposiciones

    asegurando su propia sucesin.

    Esta matriz del control poltico se reprodujo en el curso del ciclo popular que comenz en

    1946. El peronismo dej atrs la esclerosis que previamente haba sufrido la participacin

    ciudadana. Se ampli el padrn electoral, las mujeres obtuvieron el derecho al sufragio en

    1947, las urnas rebosaron de votos. En cuanto al origen del poder, el peronismo tuvo pues una

    robusta legitimidad; en cuanto a su ejercicio, el vnculo entre el electorado y sus

    representantes se fusion en el episodio ms personalista del siglo XX, superior al

    yrigoyenismo pues el presidente dispona del resorte de la reeleccin inmediata e ilimitada

    estipulada por la reforma constitucional de 1949. El peronismo centraliz la conduccin de los

    asuntos del Estado al paso que, gracias al control de las libertades de prensa y de reunin,

    impeda que las oposiciones se expresaran libremente, antes y despus de la celebracin de

    comicios regidos por sistemas electorales poco equitativos.

  • El personalismo, la imagen y realidad de un lder sobresaliente identificado con el pueblo

    reforz en nuestra poltica "la tradicin ejecutiva"; y lo que antes evocaba una trama

    oligrquica entre facciones rivales se transform en un rgimen donde la participacin popular

    brotaba resueltamente. La soberana del pueblo se desembaraz as de los lmites

    republicanos y del condimento pluralista de la representacin poltica. Esto lo entendi Juan D.

    Pern cuando regres del exilio, asumi por tercera vez la presidencia en 1973, se

    desembaraz de las corrientes guerrilleras que antes haba alentado y, sobre la base de una

    experiencia de odio y represiones, pact acuerdos con la oposicin.

    No tuvo tiempo para ello. Ms all de su desaparicin fsica y de una sucesin matrimonial

    partera del terrorismo de Estado, en la Argentina las races de la violencia crecan con fuerza.

    Una raz se encontraba en el rgimen de "representacin tcita" que se impuso en el pas a

    partir de 1955 y en "el furor del mando" que, en grados diferentes, encarnaron sendos

    captulos de autoritarismo militar. La otra raz estaba en las acciones tributarias de una nueva

    pica revolucionaria, con epicentro en Cuba, tambin dotadas de un "furor del mando"

    dispuesto a conquistar el poder a punta de fusil.

    Tales fueron los legados de la democracia inaugurada en 1983. No fue sencillo y no lo es

    todava. La "representacin tcita" carece del arraigo de antao. Reconcentrada en algunas

    provincias e intendencias, donde los gobernantes reproducen el ejercicio hegemnico del

    poder, el pluralismo de partidos que debera contrarrestar esta tendencia sigue siendo frgil.

    Esta situacin se verifica no tanto porque las libertades pblicas se hayan suprimido (todo lo

    contrario), sino por el hecho de que la tradicin "ejecutiva" prosigue segando las reservas de

    autonoma de la sociedad civil. Con rastros del furor de antao, los partidos gobernantes estn

    recreando lo que J. V. Gonzlez constataba como la "corrupcin persistente de la prctica

    poltica". El unitarismo fiscal, que ha trastocado los principios del federalismo, es uno de los

    principales responsables de este estado de cosas, as como la transferencia de un amplio poder

    de decisin al Presidente por parte del electorado y del Congreso.

    Los excluidos

    Qu decir entre tanto de la sociedad? En El juicio del siglo la sociedad estaba expuesta a una

    asombrosa mutacin. Ms que un dato conservador de lo existente, la sociedad era un

    proyecto guiado por la inmigracin y "la accin educativa de la democracia". Tal el horizonte,

    puesto que "todo el problema, el ms hondo, el ms primordial de los problemas, despus de

    sancionada la Constitucin, era comenzar por la enseanza, la transformacin del pasado para

    adoptarlo a las nuevas formas de vida".

    Inspirado en estos propsitos, el Estado que propona poner en forma J. V. Gonzlez era una

    empresa educadora dotada de los atributos suficientes para soldar una triple escisin: la que

    exista entre los valores heroicos y guerreros del pasado y los mucho ms pacficos del

    presente; la que resultaba del inagotable caudal de inmigrantes que "permaneca ajeno a la

    esfera pblica", y la que obedeca a la configuracin de un Estado que, al concentrar la

    poblacin en el rea metropolitana, debilitaba a las provincias del interior.

  • En el primer caso, un relato proclive a resaltar la superioridad racial surge de estas pginas. Es

    una imagen que subraya las concepciones predominantes en las lites de hace un siglo. La

    sociedad del pasado estaba en efecto condenada a desaparecer, a medida que "los

    componentes degenerativos o inadaptables, como el indio y el negro" iban cediendo ante el

    influjo de la poblacin blanca proveniente de las corrientes inmigratorias. No obstante, esa

    masa de recin llegados no se incorporaba a la vida poltica y, para colmo, tena un costado

    perverso, fruto de la "irrupcin informe y turbia de todo gnero de ideas, utopas y credos

    filosficos".

    Este choque se produjo con estrpito en el siglo XX. En contra de lo que pensaba J. V.

    Gonzlez, el pasado regres al comps de las grandes migraciones internas, semejantes por su

    dinamismo a la externas, que produjeron en las ciudades europeizadas por la inmigracin

    desconcierto y rechazo. El "cabecita negra" reemplaz en el imaginario al inmigrante peligroso.

    Y mientras el impacto poblacional de la inmigracin fue cerrando su parbola, integrndose en

    la sociedad civil y luego en la poltica, los sectores bajos de origen mestizo de la provincias

    tradicionales, cuyo ascenso alen...

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