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Von Harbou, Thea - Metropolis (español, 116p) b

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    El Tbano Metropolis Thea von Harbou

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    Thea von Harbou

    METROPOLIS

    Ediciones Digitales de El Tbano

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    METRPOLIS

    Ttulo original: MetropolisTraduccin: Amparo Garca Burgos 1927 by Thea von Harbou 1977 Ediciones Martnez Roca S.A.Av. Jos Antonio 774 - BarcelonaISBN: 84-7634-256-X

    Edicin digital: SadracRevisin: abur_chocolatR6 10/03

    Este libro no es de hoy ni del futuro. No habla deun lugar. No sirve a ninguna causa, partido o clase.Tiene una moraleja que se desprende de una verdadfundamental: Entre el cerebro y el msculo debemediar el corazn.

    Thea von Harbou

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    Introduccin

    Por Forrest J. Ackerman,

    Mr. Ciencia Ficcin, ganador del Premio Hugoy fantico de Metrpolis.

    Bienvenido a Metrpolis, mi ciudad.Poblacin segn el clculo de mi amigo A. E. van Vogt, cincuenta millones

    aproximadamente.He vivido aqu desde que tena diez aos. Es la ciudad ms fabulosa y apasionante

    que existe sobre la faz de la Tierra y bajo la Tierra misma. Londres, Los Angeles, NuevaYork, Pars, Berln, Tokio... todas mezcladas y fundidas en una.

    Traten de imaginarlo!Cuando pronuncio el nombre mgico Metrpolis se funden en m la suprema

    arrogancia del Empire State Building con la elegancia del Taj Mahal, la fama de la TorreEiffel y el misterio de la Esfinge de Egipto. Metrpolis... La Nueva Babel, obra maestraarquitectnica de magnificencia monoltica. Los rascacielos del siglo XX quedanempequeecidos ante las inmensas rascaestratosferas del siglo XXI.

    Y all abajo, en cavernas hechas por el hombre, las mquinas monstruosas de Moloc,la increble e inhumana Mquina Geyser, la Mquina Corazn, que ha de ser atendidaconstantemente por los Relojes Humanos, los subhumanos subterrneos, los obrerosimpotentes del inframundo que viven esclavizados sin esperanza, siervos de los seres dela superficie, marionetas ciegas a las rdenes del Amo de Metrpolis.

    El Amo de Metrpolis, Joh Fredersen, hombre forjado de acero de diez grados, frocomo la superficie de Pintn y tan distante como ste. Un gobernante tan implacable eimperioso como los antiguos Csares.

    Oculta en alguna parte entre las superestructuras futuristas de Metrpolis se alza unamorada anacrnica, superviviente del barroco y el gtico, que alberga un laboratoriodonde se realizan maravillas de alquimia. Con el sello de Salomn sobre la puerta, aqupoda haber nacido hace cientos de aos el legendario Golem. En la actualidad, unaaraa de mirada salvaje y cabellos blancos teje en su interior, un genio siniestro que hasacrificado una mano a su ciencia sobrehumana. Es la morada fantasmal de Rotwang, eldiablico Ralph 124C41+ de su poca.

    Y Rotwang ha creado a Futura a la que a veces denomina tambin Parodia, unsimulacro de mujer fabricado en un metal capaz de sentir. Un robot hembra con el que

    poda haber soado Rossum.Metrpolis el libro ha sido comparado con la obra R.U.R. de Karel Capek; con lanovela utpica Erewhon de Samuel Butler, sobre un tiempo futuro en el que lamaquinaria desarrollara un alma y se adueara del hombre; con La mquina del tiempoen la que la mente inquieta y previsora de H. G. Wells concibi un cuadro inolvidable deldesarrollo de las condiciones sociales y econmicas al mando de sus Eloi, los aristcratasy epicreos del mundo futuro, y los Morlocks, sus esclavos subterrneos y carentes deinteligencia. Cuando el durmiente camina (Wells), La tierra bajo Inglaterra (O'Neill),Mirando atrs (Bellamy) yVerano del 3000 (Martin) dos de las cuales se publicaron mstarde recuerdan ciertos aspectos de este libro.

    Thea von Harbou, su inteligentsima autora, ya fallecida, dio pruebas durante su vida de

    una mente literaria que iba muy por delante de la realidad. Cuando los cohetesinterplanetarios estaban en embrin, ella escrbi la famosa Mujer en la Luna, tanto ellibro como el guin cinematogrfico. La tumba india, La isla de los Inmortales, Destino,

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    Espas, Sigfrido (en forma de pelcula y como una adaptacin al cine del Dr. Mabuse)figuraron entre el legado literario y cinematogrfico de Madame von Harbou. Estuvocasada con el clebre director Fritz Lang, que tan prodigiosamente materializ su obramaestra, Metrpolis, en la pantalla, filme que sigue siendo el clsico incomparable de laciencia ficcin cinematogrfica.

    Metrpolis no se parece a ninguna otra novela escrta en este mundo, dijo

    entusiasmado un observador de la poca. Es distinta, nica, original. Encierra un dramatremendo de fuerzas en conflicto y un tema amoroso idlico.El lenguaje de la novela es a veces tan rico como el de Shiel, tan caleidoscpico como

    el de Merritt en El emperador de metal, tan austero como el de Bradbury en El esqueleto,tan potico como el de Pe, tan macabro como el de Machen.

    Ciencia y fantasa, horror y belleza, misterio, amenaza, locura, magnificencia,significado... por una vez en la vida todos esos elementos se combinaron mgicamentepara crear el clsico imaginativo, la obra suprema: Metrpolis.

    ste es el libro que ha sido definido como una obra genial.Estoy de acuerdo. La experiencia que le suponga su lectura le durar el resto de su

    vida.

    FORREST J. ACKERMANApt. 4E, Torres Rotwang.

    Nivel Lang y Camino Areo HarbouMetrpolis

    24 de noviembre, 2026.

    1

    El estruendo del gran rgano se elev como un intenso rugido hacia la cpula. Sufuerza titnica redoblaba en la bveda como queriendo romperla en mil pedazos y huir alinfinito.

    Freder ech la cabeza hacia atrs; sus ojos, desorbitados y enardecidos, miraban sinver hacia lo alto. Sus manos ordenaban aquel caos de notas y creaban msica, luchabancon la vibracin del sonido que se agitaba hasta lo ms profundo de su ser. Nunca habaestado tan cerca de las lgrimas en su vida, y ahora, dichoso e impotente, se abandon aaquella neblina brillante que le aturda.

    Sobre l, la cpula del cielo en lapislzuli de donde pendan misterio en oro, doceveces repetido los signos del Zodaco. Por encima de ellos, los siete coronados: losplanetas. Y ms alto todava, una mirada de estrellas brillantes como plata: el Universo.

    Al comps de la msica, las estrellas de los cielos iniciaron su solemne y portentosadanza. El estruendo de las notas disolvi la habitacin en la nada.El rgano que tocaba Freder se alzaba en medio del mar como un acantilado contra el

    cual rompan las olas. Con sus poderosas crestas de espuma, se alzaban violentamente;y la sptima era siempre la ms fuerte. Pero muy por encima del mar, que responda consu rugido al estruendo de las olas, las estrellas del cielo tejan su solemne y portentosadanza.

    Agitada hasta el mismo centro, la vieja tierra despertaba de su sueo. Los torrentes sesecaban, las montaas se desmoronaban. De sus entraas desgarradas estallaba elfuego. La tierra arda, con todo lo que haba en ella. Las olas del mar se convertan enolas de fuego. El rgano arda, una antorcha flameante de msica. La tierra, el mar y el

    rgano del que surga el himno, crepitaban y se convertan en cenizas. Pero muy porencima de los desiertos y los espacios hacia los que ascendan las llamas de la creacin,las estrellas del cielo trenzaban su solemne y portentosa danza.

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    Luego, de las cenizas grises se alz con alas temblorosas e indeciblemente bellasun pjaro de plumas cuajadas de luz, lanzando un grito de dolor. Jams pjaro algunohaba llorado de modo tan angustioso. Vol sobre las cenizas de la tierra en ruinas; volms y ms alto, sin saber dnde posarse. Vol sobre la tumba del mar, sobre el cadverde la tierra.

    Nunca, desde que los ngeles pecaron y cayeron al infierno, haba desgarrado el aire

    tal grito de desesperacin.Y despus, una estrella se desgaj de su solemne y portentosa danza y se aproxim ala tierra destruida. Su brillo era ms suave que el de la luna, ms imperioso que el fulgordel sol. Era la nota ms celestial surgida de la msica de las esferas. Envolvi en suclida luz al pjaro que lloraba; era tan fuerte como una deidad y gritaba: A m! A m!

    Entonces, el flgido pjaro abandon la tumba del mar y la tierra y alz sus alasdolientes hacia la voz poderosa que hablara. Volando en un crculo de luz, subi y cant,fundindose como una nota ms en la msica de las esferas y desvanecindose en laEternidad

    Freder desliz sus dedos del teclado. Se inclin y hundi el rostro entre las manos. Se

    apret los ojos hasta que la ardiente danza de las estrellas se encendi tras susprpados. Nada poda ayudarle nada. En todas partes, en una omnipresenciaimplacable, aquel nico rostro se alzaba en su visin. El rostro austero de la Virgen, eldulce rostro de la Madre

    La angustia y el deseo con que l llamaba y suplicaba a la nica visin que su coraznanhelaba, no tena ms que un nombre, eterno: T!

    Dej caer las manos, y dirigi la vista a las alturas de aquella habitacin rematada poruna hermosa cpula. Desde la profundidad azul de los cielos, desde el oro brillante de loscuerpos celestes, desde la penumbra misteriosa que le rodeaba, la muchacha le mirabacon la severidad mortal de la pureza. Era a la vez doncella y amante, inviolable ygraciosa; su hermosa frente refulga con la diadema de la divinidad; su voz encarnaba lapiedad misma: cada palabra una cancin. Y despus se desvaneca, y era imposibleencontrarla. En ninguna parte, en ninguna parte.

    T! grit el hombre.La nota se estrell contra los muros, cautiva, sin hallar el modo de escapar.Ahora la soledad se le hizo insoportable. Freder se levant y abri las ventanas; ante l

    se extenda un ocano de luces parpadeantes. Cerr firmemente los ojos, se qued muyquieto, respirando apenas. Senta la proximidad de los criados, de pie y silenciosos,esperando la orden que les permitira cobrar vida.

    Haba uno entre ellos, Slim, con un rostro corts cuya expresin jams se alteraba.Freder le conoca; una palabra a Slim y si la muchacha todava caminaba sobre la tierra

    con su paso silencioso, ste la encontrara. Pero si uno no quiere verse maldecido ysentirse para siempre un hombre miserable, no se enva a un mastn sanguinario a labsqueda de una corza blanca y sagrada.

    Freder vio, sin necesidad de mirarle, que los ojos de Slim le estudiaban. Saba queaquella criatura silenciosa a la que su padre haba designado como su todopoderosoprotector era, al mismo tiempo, su guardin. Durante la fiebre de sus noches deinsomnio, durante la fiebre de su trabajo en el estudio, durante la fiebre que le dominabacuando tocaba el rgano llamando a Dios, all estaba siempre Slim vigilando el pulso delhijo de su gran amo. No presentaba informes; no se los pedan. Pero, llegado el caso, eraindudable que podra mostrar un diario perfecto, impecable, que registrara desde elnmero de pasos con que Freder camina con pies de plomo para librarse de la angustiosa

    soledad, minuto a minuto, hasta el hundir la frente entre las manos cansadas de esperar.Sera posible que este hombre, que todo lo saba, no supiera de ella?

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    Nada en Slim traicionaba que se hubiera percatado de la transformacin del carcterde su joven amo, desde lo sucedido aquel da en la Casa de los Hijos. Pero uno de lossecretos de aquella criatura delgada y silenciosa era el no hacerse notar nunca; y aunqueSlim no poda entrar en la Casa de los Hijos, Freder no estaba completamente seguro deque aquel agente comprado por su padre se plegara a las directrices de la Casa.

    Freder se senta ante l expuesto, desnudo. Una luz penetrante y cruel que nada

    dejaba oculto le iluminaba a l y todo cuanto haba en su cuarto de trabajo, que era casilahabitacin ms alta de Metrpolis.Quiero estar solo dijo suavemente.Sin un murmullo, los criados se desvanecieron. Incluso Slim se fue; pero todas

    aquellas puertas, que se cerraban sin el menor ruido, tambin podan entreabrirsesilenciosamente, aunque slo fuera una dbil rendija.

    Con ojos doloridos, Freder prob todas las puertas de su cuarto de trabajo.Una amarga sonrisa curvaba las comisuras de su boca. Era un tesoro que debia ser

    guardado como se guardan las coronas de joyas. El hijo nico de un gran padre.Realmente el nico?Sus pensamientos se detuvieron de nuevo al concluir el recorrido, y otra vez se

    present ante l la visin, la escena, el suceso

    La Casa de los Hijos era uno de los edificios ms hermosos de Metrpolis. Los padrespara quienes cada revolucin de una mquina significaba oro haban regalado estacasa a sus hijos. Era ms que una casa; casi un distrito. Inclua teatros, museos depintura, salas de conferencias, una biblioteca en la que podan encontrarse todos loslibros impresos en los cinco continentes, pistas de carreras, estadios y los famososJardines Eternos.

    Contena grandes mansiones para los hijos jvenes de padres indulgentes, y moradaspara sus impecables criados, as como para las bien entrenadas siervas, cuyoadiestramiento exiga aun ms tiempo que el destinado al desarrollo de una nuevaespecie de orqudeas. Su tarea principal consista en mostrarse siempre deliciosas yalegres; vistiendo ropas encantadoras, rostros maquillados, ojos cubiertos por unamscara, coronadas de pelucas blancas como la nieve y fragantes como flores, parecandelicadas muecas de porcelana y brocado, deliciosos presentes creados por una manomaestra.

    Freder no era asiduo visitante de la Casa de los Hijos; prefera su cuarto de trabajo y lacpula estrellada que cobijaba su rgano. Pero cuando le acometa el deseo desumergirse en el gozo radiante de las competiciones en el estadio, era el ms alegre ybrillante de todos e iba de victoria en victoria con la risa de un joven dios.

    Y aquel da tambin, aquel da tambin.

    Cubierta todava su piel por el helado roco de las aguas que cayeran sobre l, losmsculos temblorosos an por la borrachera de la victoria, se haba tumbado, esbelto,cansado, sonriente, fuera de s, ebrio de alegra. El techo de cristal que envolva losJardines Eternos refulga como un palo baado por la luz del sol. Jovencitasencantadoras le atendan y servan celosamente, y de sus manos blancas, de sus dedosdelicados, poda comer las frutas que deseara.

    Una se hallaba de pie a su lado, mezclndole una bebida. De la cadera a la rodilla laenvolva brillante brocado; las piernas esbeltas y desnudas, muy juntas, se alzaban comocolumnas de marfil sobre unos zapatos color prpura. Su hermoso cuerpo, sin que ella loadvirtiera, temblaba al mismo ritmo que el pecho del hombre cuando exhalaba su alientoperfumado. Y sus ojos, tras la mscara que los ocultaban, vigilaban atentamente la labor

    que realizaban sus hbiles manos.Sus labios eran rojos como el coral, y sonrea tan ausente al mirar la bebida quepreparaba, que las dems muchachas rompieron a rer.

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    Contagiado, tambin Freder solt una carcajada. El gozo de las doncellas aument aladvertir el desconcierto de su compaera, quien, ignorando el motivo de su risa, enrojecaconfusa, se sonrojaba toda ella desde la brillante boca hasta las hermosas caderas. Laalegra se transmita a los amigos sin razn alguna, slo porque eran jvenes y se sentanlibres y cuidados, y todos se unieron al alegre sonido. Como un luminoso arco iris,carcajada tras carcajada, la gozosa algarada envolvi a los jvenes.

    De pronto, Freder volvi la cabeza. Sus manos, que descansaban ahora en las caderasde la muchacha que preparaba la bebida, resbalaron repentinamente y cayeron comomuertas. Ces la risa, todos quedaron inmviles. Nadie se atreva a esbozar el menorgesto. Slo alcanzaban a mirar.

    Por la puerta de los Jardines Eternos, abierta de par en par, desfilaba una procesininfantil. Todos los nios iban cogidos de la mano. Tenan rostros de gnomo, grises yancianos; parecan pequeos y fantasmales esqueletos cubiertos de harapos. Tenan elcabello incoloro, los ojos incoloros. Caminaban sobre pies desnudos y flacos, siguiendosin el menor ruido a su gua.

    La gua era una muchacha: rostro sereno de virgen, dulce rostro de madre. Llevaba dela mano a un nio a cada lado. Se qued muy quieta mirando a los jvenes, uno tras otro,

    con la mortal severidad de la pureza. Era a la vez doncella y amante, inviolable y graciosatambin; su hermosa frente luca la diadema de la divinidad, su voz la piedad misma, cadapalabra una cancin.

    Solt a los nios y extendi la mano sealando hacia los jvenes, diciendo a los nios:Mirad, stos son vuestros hermanos!Y, sealando a los nios, dijo a los jvenes:Mirad, stos son vuestros hermanos!Esper. Se qued muy quieta, los ojos clavados en Freder.Entonces vinieron los servidores, acudieron los guardianes de las puertas. Entre los

    muros de mrmol y de cristal, bajo la cpula opalina de los Jardines Eternos, rein porbreves instantes una confusin sin precedentes hecha de ruidos, indignacin y embarazo.La muchacha pareca seguir esperando. Nadie se atreva a tocarla, aunque se hallara tanindefensa entre los fantasmas grises e infantiles. Su mirada segua fija en Freder.

    Luego apart de l la vista e, inclinndose ligeramente, cogi de nuevo las manos delos nios, se volvi e hizo salir la procesin.

    La puerta se cerr tras ella, y los servidores desaparecieron tras disculparseprofusamente. Se impuso ahora el vaco y el silencio. Algunos se sintieron tentados deatribuir lo ocurrido a una alucinacin, pero los testigos haban sido muchos.

    Junto a Freder, sobre el suelo de mosaico iluminado, la muchacha que mezclaba lasbebidas sollozaba sin control. Con un movimiento lento, Freder se inclin hacia ella y depronto arranc la mscara estrecha y negra que cubra sus ojos.

    Ella chill como si la hubieran sorprendido desnuda. Sus manos se alzaron, trataron dequitrsela y quedaron impotentes en el aire.Un semblante trastornado por el horror miraba al hombre. Los ojos as expuestos eran

    vacos, carentes de sentido. El pequeo rostro, privado del encanto de la mscara, erahorripilante.

    Freder solt aquel trozo de tela negra y la muchacha se apoder rpidamente de l.Freder mir a su alrededor. Los Jardines Eternos brillaban. Los hermosos seres que los

    ocupaban, si bien ligeramente perdido el control, relucan de limpieza, de cuidados, deabundancia. A todo lo invada un fresco aroma, el aliento de un jardn cubierto de roco.

    Freder se mir a s mismo. Como todos los jvenes en la Casa de los Hijos, vesta laseda blanca que slo usaban una vez y los suaves y ligeros zapatos de silenciosas

    suelas.Mir a sus amigos. Vio a unos seres que jams se cansaban a no ser por eldeporte, que jams sudaban a no ser por el deporte, que jams jadeaban a no

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    ser por el deporte. Seres que necesitaban de aquellos juegos alegres para que lacomida y la bebida les sentaran bien, para poder dormir a gusto y digerir con facilidad.

    Las mesas en las que todos haban comido estaban de nuevo llenas, como siempre, deplatos intactos; el vino, dorado o prpura, fro o natural, se ofreca generosamente comolas amorosas jovencitas. De nuevo sonaba la msica, la que se haba interrumpidocuando una voz juvenil pronunciara aquellas cinco palabras:

    Mirad, stos son vuestros hermanos!Y, de nuevo, los ojos fijos en Freder:Mirad, stos son vuestros hermanos!Como si se asfixiara, Freder se puso en pie de un salto; las mujeres con mscara le

    miraron. Corri a la puerta. Recorri los pasillos, baj las escaleras. Lleg a la entrada.Quin era esa muchacha?Un encogimiento de hombros. Perplejidad. Disculpas. El suceso era inexcusable, bien

    lo saban los criados. Seguramente habra muchos despedidos. El mayordomo estabaplido de clera.

    No deseo dijo Freder, mirando al espacio que nadie sufra por lo sucedido. Nohay que despedir a nadie, no lo quiero.

    El mayordomo se inclino en silencio. Estaba acostumbrado a los caprichos en la Casade los Hijos.

    Quin es la muchacha? Es que nadie puede decrmelo?No. Nadie. Y si se llevara a cabo una investigacin?Freder permaneca en silencio. Pensaba en Slim. Agit la cabeza. Primero lentamente,

    luego con violencia. No No se enva a una jaura a la caza de una corza blanca ysagrada.

    Nadie debe investigar acerca de ella dijo con voz montona.Sinti la mirada vaca de aquel criado en su rostro. Se senta ahora pobre y sucio. Con

    una angustia que inund su cuerpo como si tuviera veneno en las venas, sali de la Casa.Se dirigi a la suya como si marchara hacia el exilio. Se encerr en su cuarto y sesumergi en el trabajo.

    Por las noches se aferraba a su instrumento, y obligaba a bajar hasta l la monstruosasoledad de Jpiter y Saturno. Nada poda ayudarle, nada! En una agonizanteomnipresencia se alzaba ante su visin el rostro nico: el rostro austero de la virgen, elrostro dulce de la madre.

    Y una voz hablaba:Mira, stos son tus hermanos!La gloria de los cielos desapareca, y nada significaba la borrachera del trabajo; y el

    rugido que brotaba del mar no poda borrar la suave voz de la muchacha:Mira, stos son tus hermanos!

    Dios mo, Dios moCon un esfuerzo penoso y violento, Freder gir en redondo y se dirigi a su mquina.

    Una expresin de alivio cruz su rostro cuando mir aquella creacin brillante que leesperaba slo a l, y en la que no haba un solo eslabn de acero, un remache, un muelleque l no hubiera calculado y creado.

    La criatura no era grande, y su fragilidad se acentuaba debido a la amplitud de lahabitacin y a la potente luz de sol que la iluminaba. Pero el suave lustre del metal y lagrcil curva con la que, aun en su inmovilidad, el cuerpo poderoso pareca tensarse apunto de saltar, le prestaban algo de la pureza divina de un animal hermoso y sin mcula,que carece totalmente de temor porque se sabe invencible.

    Freder acarici su creacin. Apret la cabeza suavemente contra la mquina. Conafecto inefable toc sus miembros, fros y flexibles.

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    Esta noche dijo estar contigo. Estar totalmente envuelto por ti. En ti pondr mivida y sabr si puedo hacerte vivir. Tal vez sienta tu latir, y el despertar del movimiento entu cuerpo controlado. Tal vez sienta el vrtigo cuando te lances a tu elemento sin lmitesllevndome contigo, a m, al hombre que te hizo, por el inmenso mar de medianoche. Lassiete estrellas estarn sobre nosotros, y la triste belleza de la luna. El monte Everest seruna colina a nuestros pies. T me llevars y yo sabr. Me llevars tan alto como yo

    desee.Se detuvo, cerrando los ojos. El temblor que recorra su cuerpo era compartido, comouna emocin, por la mquina silenciosa.

    Pero quiz continu sin alzar la voz, quizs observes, mi amada creacin, queya no eres mi nico amor. Nada en la tierra es ms vengativo que los celos de unamquina que se juzga desdeada. S, lo s, sois amantes imperiosas: no tendrs otrosdioses ms que a m. Tengo razn? Un pensamiento que se aleje de ti, einmediatamente lo adviertes y te vuelves perversa.

    Cmo podra ocultarte que no todos mis pensamientos estn contigo? No puedoevitarlo, creacin ma. He sido embrujado. Aprieto mi frente contra ti y mi frente anhela lasrodillas de una muchacha cuyo nombre ni tan siquiera conozco

    Call, retuvo el aliento. Alz la cabeza y escuch.Cientos, miles de veces haba odo el mismo sonido en la ciudad. Pero jams haba

    sabido comprender.Era un sonido inmensamente glorioso y arrobador. Ms profundo y ms poderoso que

    ningn otro sonido sobre la tierra. La voz del ocano embravecido, la voz de los torrentesal despearse, la voz del trueno muy cercano quedaran ahogadas por aquel estruendode Behemoth. Sin ser agudo penetraba todos los muros y, mientras duraba, todas lascosas parecan girar en l. Era omnipresente, pues vena de las alturas y de lasprofundidades; y era hermoso y horrible, pues era una orden a la que nadie podaresistirse.

    Estaba muy por encima de la ciudad. Era la voz de la ciudad.Metrpolis alzaba su voz. Las mquinas de Metrpolis rugan: pedan alimento.Freder abri de par en par las puertas de cristal. Las sinti vibrar como las cuerdas al

    impulso del arco. Sali a la estrecha galera que rodeaba el edificio, casi el ms alto deMetrpolis. El sonido rugiente le recibi, le envolvi, sin terminar nunca. Tan grande comoera Metrpolis, y en los cuatro ngulos de la ciudad se perciba por igual el rugir de laorden.

    Freder contempl sobre la ciudad el edificio conocido en el mundo como la NuevaTorre de Babel. El centro neurlgico de esta Nueva Torre de Babel albergaba al hombreque era, l mismo, el cerebro de Metrpolis.

    Mientras el hombre que all moraba que no era ms que trabajo, que despreciaba el

    sueo, que coma y beba mecnicamente

    pulsara con sus dedos la placa de metal azulque jams otro hombre haba tocado, la voz de la ciudad-mquina de Metrpolis seguirarugiendo y pidiendo alimento, alimento, alimento

    Y quera hombres vivos como alimento.Entonces, el alimento humano empez a llegar en masa. Por la calle vena, por su

    propia calle que nunca se cruzaba con la de los dems. Era una corriente amplia einterminable. Una corriente de doce hombres en fondo. Caminaban con paso montono yacompasado. Hombres, hombres, hombres Todos con el mismo uniforme: del cuello alos tobillos algodn azul oscuro, los pies calzados con unos zapatones groseros, el peloapretadamente recogido bajo una misma gorra negra.

    Y todos tenan el mismo rostro. Y todos parecan tener la misma edad. Avanzaban con

    la cabeza humillada, y mecnicamente ponan un pie delante del otro. Las puertasabiertas de la Nueva Torre de Babel, el centro-mquina de Metrpolis, los engullan.

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    Hacia ellos vena otra procesin: el material ya usado. Se extenda en una corrienteamplia e interminable. Una corriente de doce hombres en fondo, hombres, hombres,hombres Todos con el mismo uniforme, del cuello a los tobillos algodn oscuro, los piescalzados con los mismos zapatones groseros, el pelo apretadamente recogido bajo lamisma gorra negra.

    Y todos tenan el mismo rostro. Y todos parecan tener mil aos. Caminaban con los

    brazos inertes, con la cabeza inclinada. Mecnicamente avanzaban, primero un pie, luegoel otro. Las puertas abiertas de la Nueva Torre de Babel, el centro-mquina de Metrpolis,vomitaban masas de hombres a la par que las iban tragando.

    Cuando el alimento fresco hubo desaparecido por las puertas, aquel clamor rugientedesapareci. En el silencio que se impuso se hizo perceptible de nuevo el zumbidoincesante de la gran metrpoli. El hombre que era el gran cerebro haba dejado de apoyarlos dedos sobre la placa azul de metal.

    Dentro de diez horas permitira que el monstruo rugiera de nuevo. Y de nuevo otrasdiez horas despus. Y siempre lo mismo, y siempre lo mismo, sin olvidar jams esa leyimplacable. Metrpolis no saba cundo era domingo. Metrpolis no conoca das santos,ni vacaciones.

    Metrpolis tena la catedral ms sacrificada del mundo, una hermosa joya de estilogtico. Segn las viejas crnicas, la Virgen coronada de estrellas que se alzaba sobre sutorre sonrea como una madre, cubierta con su manto dorado y mirando hacia abajo, muyabajo, hacia los tejados rojos; y los nicos compaeros de la graciosa imagen eran lastrtolas que solan anidar en las grgolas, y las campanas, que llevaban los nombres delos cuatro arcngeles.

    La ms hermosa de ellas era la campana San Miguel. Se deca que el maestro que lahizo se conden por su culpa, ya que fundi plata que haba robado consagrada y noconsagrada en el cuerpo de la campana. Como premio de su obra sufri, en el lugar delas ejecuciones, el terrible suplicio de la rueda. Pero muri extraordinariamente feliz, puesla campana San Miguel dej escuchar su sonido mientras l mora, y su sonido era tanmaravilloso, tan conmovedor, que todos comprendieron que los santos haban perdonadoal pecador, ya que las campanas celestiales tocaban al recibirle.

    Las campanas seguan sonando con sus antiguas voces metlicas, pero cuando rugaMetrpolis, hasta la misma San Miguel enronqueca. La Nueva Torre de Babel y losdems edificios alzaban sus moles sombras muy por encima de la aguja de la catedral;tanto, que las jovencitas que trabajaban en los talleres y emisoras de radio haban demirar muy hacia abajo, desde las ventanas del piso treinta, para ver a la Virgen coronadade estrellas; de la misma manera que ella, en la antigedad, miraba los tejados rojos. Enlugar de trtolas, mquinas voladoras pasaban sobre la cpula de la catedral y sobre laciudad, posndose en los tejados desde los cuales, por la noche, columnas brillantes y

    crculos luminosos indicaban el curso del vuelo y los puntos de aterrizaje.El Amo de Metrpolis haba considerado en ms de una ocasin la conveniencia deque se derribara la catedral, puesto que era intil y obstrua el trfico de aquella ciudad decincuenta millones de habitantes. Pero la pequea y vehemente secta de los gticos, cuyolder era Desertus medio monje, medio fantico haba pronunciado un juramentosolemne: si una mano de la malvada ciudad de Metrpolis se atreva siquiera a tocar unasola piedra del templo, ellos no descansaran hasta que la malvada ciudad de Metrpolisse convirtiera en un montn de ruinas a los pies de la catedral.

    El Amo de Metrpolis sola tomar venganza de las amenazas, que constituan la sextaparte de su correo diario. Pero no tena inters en luchar contra unos oponentes a quienesrendira un servicio si los destrufa por su fe. El gran cerebro de Metrpolis un ser que

    desconoca el sacrificio de un deseo saba el poder incalculable que los sacrificados ymrtires tenan sobre sus seguidores. Adems, la demolicin de la catedral no era todavauna cuestin tan urgente como para iniciar el clculo de los gastos; aunque, cuando

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    llegara el momento, el coste de la demolicin de la catedral quiz superara el de laconstruccin de Metrpolis. Los gticos eran ascticos, y el Amo de Metrpolis saba porexperiencia que se compra ms barato a un multimillonario que a un asceta.

    Freder se pregunt, con un extrao sentimiento de amargura, por cunto tiempo lepermitira el gran Amo de Metrpolis seguir contemplando la catedral en los das libres deniebla y lluvia. Cuando el sol se hundia en el horizonte, y las casas se convertan en

    montaas y las calles en valles; cuando la corriente de luz, que siempre pareca helada,surga de todas las ventanas, de los muros, de las casas, de los tejados y del corazn dela ciudad; cuando se iniciaba el parpadeo silencioso de los anuncios elctricos; cuandolos reflectores, con todos los colores del arco iris, empezaban a funcionar en torno a laNueva Torre de Babel; cuando los autobuses se convertan en cadenas continuas demonstruos despidiendo rayos y los coches ms pequeos en peces luminosos que corranen un mar profundo; cuando, desde el puerto invisible del ferrocarril subterrneo, surga elbrillo metlico que era devorado por las sombras, la catedral segua alzndose all, ensu infinito ocano de luz que disolva todas las formas al vencerlas, el nico objeto oscuro,negro y persistente que pareca, con su ligereza, desprenderse de la tierra, alzarse ms yms hasta convertirse, en aquel torbellino de luz tumultuosa, en el nico objeto en reposo

    y digno de respeto.Pero la Virgen en la punta de la torre tena su luz propia: la de las estrellas, y pareca

    posadalibre de la negrura de la piedra en la curva de plata de la luna.Freder nunca haba visto el rostro de la Virgen y, sin embargo, lo conoca tan bien que

    podra haberlo dibujado: el rostro austero de la Virgen, el dulce rostro de la Madre.Se inclin, aferrndose a la barandilla de hierro con las palmas ardientes de sus

    manos.Mrame, Virgen suplic. Madre, mrame!El brillo de un reflector le hiri en los ojos, obligndole a cerrarlos furioso. Un cohete

    silb por el aire dejando caer sobre el plido crepsculo de la tarde una palabra:Yoshiwara.

    Los siete colores del arco iris brillaban, fros y fantasmales, en crculos que girabansilenciosos. La enorme esfera del reloj de la Nueva Torre de Babel estaba baada por elfuego cruzado de los reflectores. Y por encima, desde el plido cielo de aspecto irreal,reluca la palabra: Yoshiwara.

    Los ojos de Freder se clavaron en el reloj de la Nueva Torre de Babel, en el que lossegundos chispeaban con luz propia. Calcul el tiempo que haba transcurrido desde quela voz de Metrpolis rugiera pidiendo su alimento. Saba que detrs de aquella esfera quereluca en la Nueva Torre de Babel haba una habitacin amplia y desnuda con estrechasventanas, con cuadros de mandos a todo lo ancho y lo alto de los muros, y en el centro lamesa de mando, el instrumento ms ingenioso diseado por el Amo de Metrpolis,

    instrumento cuyo manejo le estaba absolutamente reservado.Sentado ante ella, la personificacin del gran cerebro: el Amo de Metrpolis. A suderecha, la sensible placa de metal azul, hacia la que extendera la mano derecha con laseguridad infalible de una mquina perfecta cuando hubieran pasado a la eternidad lossegundos necesarios para que Metrpolis rugiera otra vez pidiendo alimento, alimento,alimento

    En ese momento, Freder se vio vencido por la persistente obsesin de que perdera larazn si hubiera de escuchar de nuevo la voz de Metrpolis. Y, convencido de la inutilidadde su bsqueda, abandon el espectculo de aquella ciudad borracha de luz y fue enbusca del Amo de Metrpolis, Joh Fredersen, su padre.

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    El centro cerebral de la Nueva Torre de Babel estaba poblado por nmeros.Desde una fuente invisible, los nmeros se deslizaban rtmicamente por el aire

    refrigerado de la habitacin y venan a depositarse, como en una vasija, sobre la mesa enla que trabajaba el gran Amo de Metrpolis, donde se materializaban merced a los lpicesde sus secretarios: ocho jvenes que, aun sin serlo, se parecan como hermanos. Rgidoscomo estatuas, al escribir slo movan los dedos de la mano derecha. Sin embargo, cada

    uno de ellos, con la frente cubierta de sudor y los labios entreabiertos, pareca lapersonificacin del desaliento.Ninguna cabeza se alz a la entrada de Freder, ni siquiera la de su padre.Bajo el tercer altavoz se encendi una lmpara. Rojo-blanco. Nueva York habl.Joh Fredersen comparaba las cifras de los informes vespertinos de la Bolsa con las

    listas que tena ante l. Slo una vez se oy su voz inflexible:Un error. Repitan la investigacin.El primer secretario tembl y se inclin todava ms; luego se levant y se retir en

    silencio. La ceja izquierda de Joh Fredersen se alz una pizca al seguir con la mirada a lagura que se retiraba mientras le fue posible sin tener que volver la cabeza.

    Una lnea de castigo, fra y concisa, tach un nombre.

    La lmpara rojo-blanco brill de nuevo. Habl la voz. Siguieron cayendo los nmerosen la gran habitacin, en el centro cerebral de Metrpolis.

    Freder permaneca en pie junto a la puerta, inmvil. Ignoraba si su padre le haba visto.Siempre que entraba en aquella habitacin volva a sentirse un nio de diez aos,inseguro frente a aquella voluntad poderosa y concentrada que se llamaba Joh Fredersen,su padre.

    El primer secretario pas ante l, saludndole silenciosa y respetuosamente; parecaun competidor derrotado que abandona la carrera. El plido rostro del joven se inclin uninstante ante los ojos de Freder como una mscara grande y blanca. Luego desapareci.

    Los nmeros seguan cayendo en la habitacin.Una silla haba quedado vaca. En las otras siete, siete hombres sentados seguan la

    pista a los nmeros que surgan incesantemente de lo invisible.Se ilumin una lmpara, rojo-blanco.Habl Nueva York.Se ilumin una lmpara, verde-blanco.Londres empez a hablar.Freder mir el reloj frente a la puerta, que dominaba todo el muro como una rueda

    gigantesca. Era el mismo reloj que, desde las alturas de la Nueva Torre de Babel,iluminado por los reflectores, desgranaba sus segundos brillantes como chispas sobre lagran Metrpolis.

    La cabeza de Joh Fredersen se recortaba contra l. Era como un halo terrible rodeando

    al cerebro de Metrpolis.Los reflectores giraban en un delirio de color contra las estrechas ventanas quellegaban del suelo al techo. Cascadas de luz chocaban contra los cristales. Fuera, al piede la Nueva Torre de Babel, bulla Metrpolis. Pero en esta habitacin no se oa ms queel sonido de los nmeros que caan incesantemente.

    El proceso Rotwang haba fabricado muros y ventanas a prueba de sonido.En esta habitacin que estaba al mismo tiempo coronada y dominada por la poderosa

    mquina del tiempo, el reloj, que slo indicaba nmeros, nada tena significado sino losnmeros. El hijo del gran Amo de Metrpolis comprendi que, mientras los nmerossiguieran cayendo de lo invisible, ninguna palabra que viniera de una boca visible y nofuera un nmero recibira la menor atencin.

    Por lo tanto sigui de pie, mirando fijamente la cabeza de su padre, observando cmola manecilla monstruosa del reloj que avanzaba inevitablemente como una hoz, como

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    una guadaa que cosechara el tiempo pasaba sobre su cabeza sin daarle y suba, porla esfera cubierta de nmeros, hasta caer de nuevo para repetir su golpe.

    Al fin se apag la luz rojo-blanco. Ces una voz.Luego se apag tambin la luz verde-blanco.Silencio.Las manos que escriban se detuvieron y, por espacio de un breve instante, todos

    siguieron sentados como paralizados, relajados, exhaustos. Luego la voz de JohFredersen dijo, con seca amabilidad:Gracias. Hasta maana y, sin volverse:. Qu quieres, hijo mo?Los siete desconocidos dejaron la habitacin, ahora silenciosa. Freder avanz

    entonces hasta su padre, cuya mirada barra las listas de los nmeros recin llegados.Los ojos de Freder se clavaron en la placa azul de metal, junto a la mano derecha de supadre.

    Cmo supiste que era yo? pregunt suavemente.Joh Fredersen no le mir. Aunque en su rostro haba aparecido una paciente expresin

    de orgullo al or la pregunta de su hijo, no haba perdido nada de su concentracin. Mir elreloj. Sus manos se deslizaron sobre el cuadro de mandos; sin el menor sonido iba

    enviando sus rdenes a los hombres que esperaban.Se abri la puerta. Nadie fue anunciado. Y nadie llega hasta m sin ser anunciado.

    Slo mi hijo.Una luz bajo el cristal. Una pregunta. Joh Fredersen apag la luz. El primer secretario

    entr y se acerc al Amo de Metrpolis.Tena razn. Era un error. Ya ha sido rectificado expuso, con voz inexpresiva.Gracias ni una mirada, ni un gesto. Se ha ordenado al banco que le pague su

    sueldo. Buenas noches.El joven qued inmvil. Tres, cuatro, cinco, seis segundos pasaron en la gigantesca

    mquina del tiempo. Dos ojos vacos ardan en el rostro ceniciento del joven, imprimiendosu marca de temor en la visin de Freder.

    Uno de los hombros de Joh Fredersen se alz imperceptiblemente.Buenas noches contest el joven, con tono ahogado. Sali.Por qu le has despedido, padre? pregunt el hijo.Ya no me sirve dijo Joh Fredersen, todava sin mirarle.Por qu no, padre?No me sirven las personas que se sobresaltan si uno habla con ellas dijo el Amo

    de Metrpolis.Quiz se sienta enfermo. Tal vez est preocupado por alguien que le es muy querido.Es posible. Tambin es posible que siga bajo los efectos de una noche demasiado

    larga en Yoshiwara. Freder, deja de suponer que los dems son buenos e inocentes, que

    son vctimas, slo porque sufren. El que sufre ha pecado, contra l mismo y contra otros.T no sufres, padre?No.Ests completamente libre de pecado?Ya ha pasado para m el tiempo del pecado y el sufrimiento, Freder.Y si este hombre ahora, nunca he visto tal cosa, pero creo que otros hombres

    que resolvieron poner fin a su vida salieron de una habitacin como lQuiz.Y si maana supieras que haba muerto, eso te dejara impasible?S.Freder guard silencio.

    La mano de su padre se desliz sobre una palanca y la baj. Las lmparas blancas detodas las habitaciones que rodeaban el centro cerebral de la Nueva Torre de Babel se

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    apagaron. El Amo de Metrpolis haba informado a su mundo circular que no deseaba sermolestado sin una causa urgente.

    No puedo tolerar continu que un hombre que trabaja en unin conmigo, a miderecha, renuncie a la nica gran ventaja que posee sobre la mquina.

    Cul es esa ventaja, padre?La de deleitarse en el trabajo respondi el Amo de Metrpolis.

    Freder se pas la mano por los cabellos, de un rubio sedoso. Abri los labios como sifuera a decir algo pero sigui callado.Supones acaso continu Joh Fredersen que necesito los lpices de mis

    secretarios para comprobar los informes de la bolsa americana? Las tablas ndice de lascomunicaciones transocenicas Rotwang son cien veces ms dignas de confianza y msrpidas que los cerebros y las manos de mis empleados. Pero, mediante la exactitud de lamquina, puedo medir la exactitud de los hombres; y gracias al aliento de la mquina, lafuerza de los pulmones de los hombres que compiten con ella.

    Y el hombre que acabas de despedir y que est condenado (ya que ser despedidopor ti, padre, significa caer al fondo), perdi su aliento, no es cierto?

    S.

    Porque era un hombre y no una mquina.Porque neg su humanidad ante la mquina.Freder alz la cabeza, profundamente turbados los ojos.No te comprendo ahora, padre dijo, dolorido.La expresin de paciencia se acentu en el rostro de Joh Fredersen.Ese hombre dijo suavemente era mi primer secretario. El salario que reciba era

    ocho veces superior al del ltimo. Lo cual le exiga realizar ocho veces ms. Para m, nopara l. Maana el quinto secretario ocupar su lugar. En una semana, y gracias a l, eltrabajo de los otros cuatro ser superfluo. Ese hombre s me es til.

    Porque te ahorra cuatro hombres.No, Freder. Porque se deleita en el trabajo de los otros cuatro. Porque se lanza de

    lleno a su trabajo, se lanza a l con tanto deseo como si fuera una mujer.Freder guard silencio. Joh Fredersen mir fijamente a su hijo.Te ha servido de alguna experiencia? pregunt.La triste mirada del muchacho se perdi en el espacio. Una luz intermitente, blanca y

    violenta, chocaba contra las ventanas y, en los intervalos de oscuridad, dejaba ver elcielo, que se extenda como un manto de terciopelo negro sobre Metrpolis.

    No lo s con certeza dijo Freder, dubitativo, aunque, por primera vez en mi vida,creo haber comprendido el ser de una mquina

    Eso significara muchsimo contest el Amo de Metrpolis, pero probablementete equivocas, Freder. Si realmente hubieras comprendido el ser de una mquina, no te

    sentiras tan turbado.Freder dirigi lentamente la mirada y la impotencia de su incomprensin hacia supadre.

    Cmo podra nadie por menos que sentirse turbado pregunt si, como yo,viene a ti a travs de las salas de las mquinas, a travs de las gloriosas salas de tusgloriosas mquinas, y ve las criaturas que estn encadenadas a ellas por las leyes de laeterna vigilancia, sin poder alzar la vista?

    Se detuvo. Tena los labios secos como el polvo.Joh Fredersen se ech atrs en la silla. No haba apartado la mirada de su hijo, y

    segua contemplndole intensamente.Por qu viniste a m a travs de las salas de las mquinas? pregunt

    serenamente. No es el camino mejor, ni el ms conveniente.

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    Deseaba respondi el hijo, escogiendo cuidadosamente sus palabras, aunqueslo fuera por una vez, mirar los rostros de estos hombres, estos hombres cuyos hijos sonmis hermanos, cuyas hijas son mis hermanas

    Joh Fredersen, con los labios muy apretados, pareci meditar unos instantes. El lpizque sostena entre los dedos golpe rtmicamente el borde de la mesa. Su mirada pasde Freder al brillo parpadeante de los segundos en el reloj, para fijarse de nuevo en su

    hijo.Y qu descubriste? pregunt.Segundos, segundos, segundos de silencio. Luego fue como si el hijo,

    desarraigndose, desgarrando todo su ego, se arrojara con un gesto de total sinceridadhacia su padre. Sin embargo, segua inmvil, la cabeza un poco inclinada, hablandosuavemente, como si cada palabra se ahogara en sus labios:

    Padre! Ayuda a los hombres que viven ante tus mquinas!No puedo ayudarles dijo el cerebro de Metrpolis. Nadie puede ayudarles. Estn

    donde deben estar, son lo que deben ser. No sirven para nada ms, para ninguna otracosa.

    Yo no s para qu sirven dijo Freder inexpresivamente, y su cabeza se desplom

    con gesto brusco sobre el pecho. Slo s lo que vi, y cuan horrible fue. Atraves lassalas de las mquinas; eran como templos. Todos los grandes dioses vivan en templosblancos. Vi a Baal y a Moloc, a Huitzilopochtli y a Durgha. Algunos, rodeados por unamultitud; otros, terriblemente solitarios. Vi el carro divino de Juggernaut, y las Torres delSilencio, la cimitarra de Mahoma, y las cruces del Glgota. Y todo mquinas, mquinas,mquinas que vivan su vida divina, confinadas en pedestales como las deidades en lostronos de sus templos. Sin ojos, pero vindolo todo; sin odos, pero oyndolo todo; sinvoz, y sin embargo agitando el aire de los templos con el aliento eterno de su vitalidad.

    Y junto a las mquinas-dioses, sus esclavos: los hombres, hombres atrapados entre lamultitud y la soledad de la mquina. No tienen cargas que llevar; la mquina las lleva. Notienen que alzar y que empujar; eso lo hace la mquina. Cada uno en su sitio, cada unoante su mquina, slo deben hacer una cosa, repetir eternamente lo mismo: en el instantepreciso, el gesto preciso; siempre la misma palanca en el segundo exacto. Tienen ojos,pero estn ciegos a no ser para un punto: la escala del manmetro. Tienen odos, peroestn sordos a no ser para un sonido: el siseo de la mquina. Vigilan y vigilan, sin otropensamiento que esta obsesin: si descuidaran su vigilancia, la mquina despertara desu sueo aparente y se desbocara hasta hacerse pedazos. Y la mquina, que no tieneinteligencia, con su vigilancia intensa absorbe el cerebro paralizado de su vigilante. Y nose detiene nunca; sigue absorbiendo, y no se detiene, hasta que aquel cerebro agotadorige un cuerpo que ya no es un hombre ni una mquina, sino algo seco, vaco, desolado.Y la mquina que ha absorbido y devorado la mdula espinal y el cerebro del hombre y le

    ha vaciado el crneo con la lengua suave de su largo y callado siseo, brilla, aceitada,hermosa, infalible, en su crculo de luz plateada. Baal y Moloc, Huitzilopochtli y Durgha.Y t, padre, t, pulsas la placa de metal azul con tu mano derecha y tu grande,

    gloriosa y terrible ciudad de Metrpolis ruge proclamando que tiene hambre de nuevoscerebros humanos, y entonces el alimento vivo penetra como una corriente en las salasde las mquinas que son como templos, y los que ya han sido usados son arrojadosafuera

    Su voz se quebr. Apret los puos salvajemente y mir a su padre.Y todos son seres humanos!Por desgracia, s la voz del padre resonaba en los odos de su hijo como si le

    hablara tras siete puertas cerradas. Que los hombres se agoten tan rpidamente ante

    las mquinas, Freder, no prueba la crueldad de la mquina, sino la deficiencia del materialhumano. El hombre es el producto del cambio, Freder. Un ser definitivo, para siempre. Siest malformado, no puede ser devuelto al horno de fundicin: hay que utilizarlo tal como

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    es. Y se ha demostrado estadsticamente que la capacidad del obrero no intelectualdisminuye mes a mes.

    Freder se ri. La risa sali tan seca, tan amarga de sus labios, que Joh Fredersen alzviolentamente la cabeza mirando a su hijo con los prpados semicerrados. Lentamentealz las cejas.

    Y no temes, padre, suponiendo que las estadsticas sean correctas y que la

    degeneracin del hombre progrese rpidamente, que un da se acabe el alimento para lasmquinas devoradoras de hombres y que el Moloc de cristal, goma y acero, el Durgha dealuminio con venas de platino, habrn de morirse de hambre?

    Podra ser repuso el cerebro de Metrpolis.Y entonces?Para entonces respondi el cerebro de Metrpolis ya se habr descubierto un

    sustituto para el hombre.El hombre mejorado, quieres decir? El hombre-mquina?Quizs asinti el cerebro de Metrpolis.Freder se apart el cabello hmedo de la frente. Venas azules se destacaban ntidas

    en sus sienes. Se inclin; su aliento llegaba hasta su padre.

    Entonces escucha siquiera esto, padre. Encrgate de que el hombre-mquina notenga cabeza o por lo menos no tenga rostro, o dale un rostro que sonra siempre, o unrostro de Arlequn, o un visor opaco. Que nadie se horrorice al mirarle! Porque cuandopas hoy por las salas de las mquinas, vi a los hombres que vigilan tus mquinas. Y mereconocieron; y yo les salud, uno tras otro. Pero nadie me devolvi el saludo. Lasmquinas mantenan sus nervios en una tensin extrema. Y cuando les mir muy decerca, padre, tan de cerca como ahora te miro a ti, me estaba viendo a m mismo. Cadahombre esclavizado ante tus mquinas, padre, tiene mi rostro, tiene el rostro de tu hijo.

    Entonces tambin el mo, Freder, ya que somos iguales dijo el Amo de la granMetrpolis.

    Mir el reloj y extendi la mano. En todas las habitaciones que rodeaban el centrocerebral de la Nueva Torre de Babel se encendieron las lmparas blancas.

    Y no te llena de horror pregunt el hijo conocer tantas sombras, tantosfantasmas que trabajan en tu obra?

    Ya ha pasado para m el tiempo del horror, Freder.Entonces, Freder dio la vuelta y se march a tientas, como un ciego.Se detuvo en una habitacin que le pareci extraa y helada. Formas humanas se

    levantaron de las sillas en las que haban estado esperando y se inclinaron ante el hijo deJoh Fredersen, el Amo de Metrpolis. Freder slo reconoci a uno: era Slim. Vacilante,como si an no supiera su camino, correspondi a los que le haban saludado.

    Slim se desliz al encuentro de Joh Fredersen, que haba enviado a buscarle. El Amo

    de Metrpolis estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta.Espera orden, sin volverse.Slim no se movi. Su respiracin era inaudible y sus prpados se cerraron. Hubirase

    dicho que dorma, de no ser por el tenso rictus de su boca que traicionaba una expectanteconcentracin.

    Los ojos de Joh Fredersen vagaron sobre Metrpolis: un mar rugiente y agitado, conespuma de luces. En aquellas oleadas, en aquellas cascadas de luz, en el juego confusode los colores de las torres en movimiento, luz y brillo, Metrpolis pareca hacersetransparente. Las casas, recortadas en conos y cubos por las guadaas en movimiento delos reflectores, brillaban, parecan alzarse, descender, danzar al comps de la luz queacariciaba sus flancos como fina lluvia. Las calles reflejaban el brillo esplendente y

    tambin relucan, con todo cuanto circulaba sobre ellas; una corriente incesante quelanzaba chorros de luz. Slo la catedral, con la Virgen coronada de estrellas en lo alto de

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    la torre, se alzaba imponente all abajo, en la ciudad, como un gigante negro quedurmiera vctima de un encantamiento.

    Joh Fredersen se volvi lentamente y mir a Slim, quien le salud de pie an junto a lapuerta. Fredersen cruz en silencio la amplia habitacin, caminando lentamente hastallegar a su lado. All, de pie ante l, le clav la mirada y fue como si atravesara su cuerpocon los ojos, llegando hasta su ms ntimo yo.

    Slim aguant sin titubeos aquel intenso escrutinio. Joh Fredersen dijo, hablando congran suavidad:A partir de ahora, quiero ser informado de todos los movimientos de mi hijo.Tras una respetuosa inclinacin, Slim abandon en silencio la sala.Pero no encontr al hijo de su gran amo donde le dejara. Ni estaba destinado a

    encontrarlo.

    3

    El hombre que fuera primer secretario de Joh Fredersen se hallaba en una cabina del

    Pater Noster, el ascensor que jams se detena y que, como una noria de infinitoscangilones, dragaba la Nueva Torre de Babel. Apoyada la espalda contra el tabique demadera, el hombre haca por ensima vez su recorrido por la casa blanca y llena desonidos: desde lo ms alto del tejado a las profundidades del stano, y vuelta a empezar.

    La gente, que entraba y sala apresurada, no le prestaba la menor atencin. Uno o dosle reconocieron, desde luego, pero nadie vea en las gotas de sudor que perlaban sussienes otra cosa que no fuera un ansia similar a la suya por ganar unos segundos. Muybien. Esperara hasta que todos lo supieran, hasta que le cogieran y le sacaran delcubculo. Por qu ocupas aqu un espacio, idiota, si tienes tanto tiempo? Bajalentamente por las escaleras, utiliza las salidas de incendios.

    Con el rostro tenso, sigui all apoyado y esper.Ahora, al surgir de nuevo de las profundidades alz la mirada y, estupefacto, vio al hijo

    de Joh Fredersen. Por una fraccin de segundo ambos se miraron a los ojos, y en ambasmiradas se reflejaba la desesperacin ms profunda. Indiferente, el ascensor sigui sucamino; pero en el descenso el hijo de Joh Fredersen se hallaba aguardando y, de unpaso, estuvo junto al hombre cuya espalda pareca clavada en la pared de madera.

    Cmo te llamas? le pregunt amablemente.Una vacilacin al aspirar el aliento; luego la respuesta son expectante:Josafat.Qu hars ahora, Josafat?Bajaban. Bajaban. Cuando pasaron por el gran vestbulo cuyas enormes ventanas

    daban a la calle cortada por puentes amplios y ostentosos

    , Freder vio, al alzar lacabeza, delineada contra la negrura del cielo, la palabra que caa: Yoshiwara.Habl como si le tendiera ambas manos, como si cerrara los ojos al hablar.Quieres venir a m, Josafat?Una mano se estremeci como un pjaro asustado.Yo? vacil el desconocido.S, Josafat.La voz joven rebosaba amabilidad. Bajaban. Bajaban. Luz, oscuridad; luz, oscuridad.Quieres venir a m, Josafat?S! exclam el desconocido, con un fervor incomparable. S, quiero!Haban bajado a la luz. Freder le tom del brazo y le ayud a abandonar el gran

    ascensor de la Nueva Torre de Babel, infundindole nimos cada vez que vacilaba.Dnde vives, Josafat?Bloque noventa. Casa siete. Sptimo piso.

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    Entonces ve a casa, Josafat. Tal vez acuda yo all personalmente, o quiz te enveun mensajero que te traiga a m. No s lo que ocurrir en las prximas horas, pero, sipuedo impedirlo, no quiero que ningn hombre que yo conozca consuma toda una nochemirando al techo hasta que ste parezca ir a derrumbarse sobre l.

    Qu puedo hacer por usted? pregunt el hombre.Freder sinti la intensa presin de su mano. Sonri. Agit la cabeza.

    Nada. Vete a casa, tranquilzate y espera. Maana ser otro da, y espero que mejor.El hombre le solt la mano y se alej.Freder le sigui con la mirada y vio como aqul se detena, se volva para observarle

    por ltima vez y asenta con una expresin tan vehemente, tan incondicional, que lasonrisa muri en sus labios.

    S, hombre dijo Freder. Te tomo la palabra!El Pater Noster zumbaba a sus espaldas. Las cabinas, como cangilones de una draga,

    recogan hombres y los soltaban. Pero el hijo de Joh Fredersen no los vea. Rodeado porquienes luchaban por ganar unos segundos, l permaneca inmvil, escuchando cmoruga en sus revoluciones la Nueva Torre de Babel. El rugido le pareca ahora el sonidode una de las campanas de la catedral, la voz metlica de la campana San Miguel. Pero

    una cancin lata por encima de ella, muy dulce, muy alta. Y su corazn juvenil exultabaen aquella cancin.

    He hecho tu voluntad por primera vez, oh gran mediadora de la piedad? pregunt, en medio del estruendo de la voz de la campana.

    Pero no le lleg respuesta, y sigui su camino.

    Cuando Slim entr en casa de Freder para interrogar a los criados acerca del paraderode su amo, el hijo de Joh Fredersen bajaba los escalones que llevaban a la estructurainferior de la Nueva Torre de Babel. Mientras los criados agitaban la cabeza, diciendo aSlim que su dueo no haba vuelto a casa, el hijo de Joh Fredersen caminaba hacia lospilares luminosos que le indicaban el camino. Cuando Slim, tras una mirada al reloj,decidi concederle algn tiempo y esperar ya alarmado, ya conjeturando las diversasposibilidades y cmo enfrentarse a ellas, el hijo de Joh Fredersen entraba en aquellasala de la que la Nueva Torre de Babel obtena las energas para sus propiasnecesidades.

    Haba vacilado mucho tiempo antes de abrir la puerta, pues una existencia horrible sedesarrollaba tras ella. Se oan gemidos, suspiros ahogados, silbidos. Todo el edificiogrua. Un temblor incesante estremeca los muros y el suelo. Y entre todo eso, no habaun solo sonido humano. Solamente las cosas y el aire vaco geman. En aquellahabitacin, los hombres tenan los labios impotentes, sellados. Pero Freder iba a entrarall por el bien de esos hombres.

    Cuando abri la puerta, de par en par, una vaharada ardiente y enrarecida le sofoc yle nubl la vista. La sala estaba dbilmente iluminada. El techo, que caba imaginarpensado para sostener el peso de toda la tierra, pareca amenazar perpetuamente condesmoronarse.

    Un dbil lamento dificultaba an ms la respiracin. Era como si el aliento tambinparticipara de aquel gemido.

    El aire, que llegaba ya enrarecido tras su paso por los pulmones de la gran Metrpolis,era impulsado mecnicamente hasta aquellas profundidades y atravesaba la sala comouna corriente fra, que batallaba fieramente con el calor all reinante.

    En medio de la sala se agazapaba la mquina del Pater Noster. Era como Ganesha, eldios de cabeza de elefante. Cuidadosamente engrasada, toda ella reluca. Sus miembros

    resplandecan. Bajo el cuerpo encogido y la cabeza hundida en el pecho, sus patastorcidas, semejantes a las de un gnomo, se apoyaban en la plataforma. El tronco y laspatas estaban inmviles, pero los brazos cortos empujaban, impulsaban, atrs y adelante,

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    atrs y adelante. Un pequeo punto luminoso brillaba en la maravilla de las delicadasarticulaciones. El suelo de piedra temblaba bajo el impulso de la pequea mquina,apenas mayor que un nio de cinco aos.

    Los muros en cuyo interior ardan los hornos irradiaban calor. El olor del aceitehirviendo flotaba en espesas oleadas. Ni siquiera el correr incesante del aire renovadopoda despejar las emanaciones del aceite. Incluso el agua con que se rociaba la sala

    tena la batalla perdida de antemano: nada poda contra la furia de los muros queescupan calor, y se evaporaba antes de que pudiera proteger la piel de los hombres paraque no se asaran en aquel infierno.

    Los hombres se deslizaban como sombras confusas. Sus movimientos, el silencio desus pasos inaudibles, tenan algo de la negrura fantasmal de los buceadores en lasprofundidades marinas. Mantenan los ojos tan abiertos que pareca como si nunca msfueran a cerrarlos.

    Junto a la pequea mquina, en el centro de la sala, se hallaba un hombre; vesta eluniforme de todos los trabajadores de Metrpolis: del cuello a los tobillos algodn azuloscuro, los pies calzados con unos zapatos groseros, el pelo apretadamente recogidobajo la gorra negra. La veloz corriente de aire que cruzaba la sala agitaba los pliegues de

    su ropa. El hombre mantena la mano en una palanca y su mirada estaba fija en un relojcuyas manecillas vibraban como la aguja de una brjula.

    Freder cruz la sala hacia el hombre. Le mir. No consegua distinguir su rostro. Quedad tendra? Mil aos, o menos de veinte? El hombre hablaba consigo mismo, conlabios trmulos. Qu murmuraba el hombre? Tendra tambin ste el rostro del hijo deJoh Fredersen?

    Mrame! dijo Freder, inclinndose hacia l.Pero la mirada del hombre no se separaba del reloj. Y la mano segua febrilmente

    aferrada a la palanca. Sus labios balbuceaban frases entrecortadas.Freder escuch las palabras, retazos de palabras interrumpidas por la corriente de aire:Pater Noster. Eso significa Padre nuestro. Padre nuestro que ests en los cielos!

    Pero nosotros estamos en el infierno. Padre nuestro! Cmo te llamas? Te llamas PaterNoster, Padre nuestro? O Joh Fredersen? O mquina? Te reverenciamos, mquina,Pater Noster! Venga a nosotros tu reino. Venga a nosotros tu reino, mquina Hgase tuvoluntad as en la tierra como en el cielo.

    Cul es Tu voluntad con respecto a nosotros, mquina, Pater Noster? Eres elmismo en el cielo que en la tierra? Padre nuestro que ests en los cielos; cuando nosllames al cielo, nos ocuparemos de las mquinas de Tu mundo, las grandes ruedas quedestrozan los miembros de Tus criaturas, ese gran tiovivo llamado la tierra? Hgase tuvoluntad, Pater Noster! El pan nuestro de cada da dnoslo hoy. Muele, mquina, muele laharina para nuestro pan. Se hace el pan con la harina de nuestros huesos. Y perdnanos

    nuestras deudas. Qu deudas, Pater Noster? La deuda de tener un cerebro y uncorazn que t no tienes, mquina? Y no nos dejes caer en la tentacin. No, no nos dejescaer en la tentacin de alzarnos contra ti, mquina, porque t eres ms fuerte quenosotros, t eres mil veces ms fuerte que nosotros, y t siempre tienes razn y nosotrossiempre estamos equivocados porque somos ms dbiles que t, mquina. Pero lbranosdel mal, mquina, lbranos de ti, mquina. Porque tuyo es el reino y el poder y la glorapara siempre. Amn. Pater Noster, Padre nuestro. Padre nuestro que ests en loscielos

    Freder le toc en el brazo. El hombre se sobresalt, qued atnito.Su mano solt la palanca y qued en el aire como un pjaro herido. Abri la boca de

    par en par, como si se ahogara. Por un segundo, el blanco de los ojos en aquel rostro

    rgido fue una visin horrible. Luego, el hombre se desplom como un mueco.

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    Freder lo sujet al verle caer, y le sostuvo con todas sus fuerzas. Mir a su alrededor:nadie les prestaba la menor atencin. Las nubes de vapor, las emanaciones de humo, lesrodeaban como una niebla.

    Haba una puerta cercana. Freder llev al hombre hasta la puerta y la abri de unempujn. Conduca a la sala de herramientas. Una caja de embalaje ofreca un lugar dedescanso; Freder apoy al hombre en ella.

    Unos ojos mortecinos le miraron. El rostro al que pertenecan apenas era el de unmuchacho.Cmo te llamas? pregunt Freder.Once mil ochocientos once.Quiero saber cmo te llamaba tu madre.Georgi.Georgi, me conoces?Junto con el reconocimiento, la conciencia ilumin los ojos del muchacho.S, te conozco. Eres el hijo de Joh Fredersen, de Joh Fredersen que es el padre de

    todos nosotros.S. Por lo tanto soy tu hermano, lo ves, Georgi? Yo o tu Pater Noster.

    El muchacho se alz, repentinamente aterrado.La mquina! se puso violentamente en pie. Mi mquina!Djala en paz, Georgi, y escchame.Alguien ha de estar en la mquina!S. Alguien ha de estar en la mquina, pero no t.Quin entonces?Yo.Unos ojos desorbitados fueron la respuesta.Yo repiti Freder. Ests dispuesto a escucharme, y podrs acordarte de cuanto

    te diga? Es muy importante, Georgi.S dijo ste, paralizado.Vamos a intercambiar nuestras vidas, Georgi. T tomars la ma, y yo la tuya. Yo

    ocupar tu lugar ante la mquina; t saldrs tranquilamente con mis ropas. Nadie meobserv cuando vine aqu:; nadie te observar cuando salgas. Slo has de dominar tusnervios y mantenerte tranquilo. Gurdate de los lugares donde el aire es como una niebla.

    Cuando llegues a la calle, coge mi coche. En mis bolsillos encontrars dinero ms quesuficiente. Tres calles ms all, cambia de coche; toma un taxi. Y vuelve a hacerlodespus de otras tres calles. Luego ve al Bloque Noventa. En la esquina paga el taxi, yespera hasta que el conductor se haya perdido de vista. Entonces sube al sptimo piso dela Calle siete. All vive un hombre llamado Josafat. Tienes que ir a l. Dile que yo te envo.Y esprame, o espera el mensaje que he de enviarte. Lo has entendido, Georgi?

    S.Pero era un s vaco, que pareca contestar a algo ms que a la pregunta de Freder.

    Poco despus, el hijo de Joh Fredersen, el Amo de la gran Metrpolis, estaba ante lamquina que era como Ganesha, el dios de cabeza de elefante. Llevaba el uniforme detodos los obreros de Metrpolis: del cuello a los tobillos algodn azul oscuro, los piescalzados con zapatones groseros, el pelo apretadamente recogido bajo una gorra negra.

    Tena la mano en la palanca y los ojos fijos en el reloj, cuyas manecillas vibraban comola aguja de una brjula. La veloz corriente de aire agitaba los pliegues de su ropa.

    Entonces sinti que lenta, angustiosamente, el temblor incesante del piso, los muros enlos que silbaban los hornos, el techo que pareca siempre estar a punto de desmoronarse,

    el impulso de los brazos de la mquina, la firme resistencia de aquel cuerpo brillante,hacan nacer en l el terror, incluso el terror de la certeza de la muerte.

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    Sinti y tambin vio cmo, entre las oleadas de vapor, la larga y suave trompa deldios Ganesha se alzaba, y suavemente, sin el mnimo error, buscaba su frente. Sinti elcontacto de aquella aspiracin helada, indolora pero horrible. Justo en el centro, sobre elpuente de la nariz, la trompa fantasmal aspiraba de prisa. Era como un taladro mortal queapuntaba hacia el centro del cerebro. Y cual si estuviera unido al reloj de una mquinainfernal, el corazn empez a latir: Pater Noster, Pater Noster, Pater Noster.

    No lo consentir dijo Freder, echando hacia atrs la cabeza para escapar almaldito contacto. No lo consentir, no, no lo consentir.Al sentir el sudor que le resbalaba de las sienes como gotas de sangre, rebusc en

    todos los bolsillos del extrao uniforme que ahora llevaba, hasta dar con un andrajosotrapo en uno de ellos. Lo tom y se sec la frente. Al hacerlo, not el roce spero de untrozo de papel que, inadvertidamente, haba tomado junto con el trapo. Lo examin conatencin.

    No era mayor que la mano de un hombre, y no haba texto alguno manuscrito oimpreso en l. Un conjunto de trazos y extraos smbolos sugeran un plano, al parecersemidestruido.

    Freder trat con todo inters de descifrar algo, pero fracas. No conoca ninguno de los

    signos que aparecan en el plano. A lo sumo, acert a distinguir una intrincada red de loque parecan caminos algunos bruscamente cortados, que apuntaban todos a unmismo destino, un lugar lleno de cruces.

    Un smbolo de la vida? Sentido en lo que no tiene sentido?Como hijo de Joh Fredersen, Freder estaba adiestrado para descifrar correcta y

    rpidamente cualquier cosa semejante a un plano. Lo guard en el bolsillo, aunque siguivindolo ante sus ojos.

    La aspiracin de la trompa del dios Ganesha se desliz por el cerebro no sometido, uncerebro que reflexionaba, analizaba y buscaba. La pequea mquina que diriga el PaterNoster de la Nueva Torre de Babel funcionaba obediente, sin tregua. Un pequeo rayo deluz parpadeaba sobre sus articulaciones ms delicadas, casi en la parte superior de lamquina, como un pequeo ojo milicioso.

    La mquina tena mucho tiempo. Pasaran muchas horas antes que el Amo deMetrpolis retirara el alimento que las mquinas estaban devorando con sus dientespoderosos.

    Levemente, cual si sonriera, el ojo brillante, el ojo malicioso de la delicada mquinamir al hijo de Joh Fredersen que estaba de pie ante ella.

    Georgi haba salido de la Nueva Torre de Babel sin que nadie le molestara, y la ciudadle recibi. Metrpolis, la gran urbe que giraba en la danza de la luz, le recibi.

    Georgi se detuvo unos momentos al salir, aspirando en la calle aquel aire que le

    enardeca. Senta la fresca seda blanca sobre su cuerpo, y la suavidad de los zapatos queenvolvan sus pies. Aspir profundamente, y la plenitud de su propia aspiracin leembriag ms que el licor ms fuerte.

    Contemplaba una ciudad que jams haba visto, pues la vea como el hombre quenunca haba sido. Ya no caminaba sumergido en una riada humana, una corriente dedoce hombres en fondo. No vesta el algodn azul oscuro, ni los zapatones groseros, ni lagorra. No iba a trabajar. Se haba liberado del trabajo. Otro haba ocupado su puesto.

    Un hombre se haba acercado a l y le haba dicho: Vamos a intercambiar nuestrasvidas, Georgi. T tomars la ma y yo la tuya.

    Cuando llegues a la calle, coge mi coche. En mis bolsillos encontrars dinero ms quesuficiente.

    En mis bolsillos encontrars dinero ms que suficiente.En mis bolsillos encontrars dinero ms que suficiente.Georgi contempl la ciudad que nunca haba visto.

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    Ah, la intoxicacin de las luces! xtasis del brillo! Ah, ciudad de los mil tentculos,laberinto de bloques de luz! Torres luminosas! Altsimas montaas de esplendor! Desdeel cielo aterciopelado cae constantemente una lluvia dorada, como en el regazo abierto deDiana.

    Ah, Metrpolis, Metrpolis!Dio unos pasos vacilantes; pareca borracho. Vio una llamarada que suba siseando.

    Sobre el cielo, un cohete traz en pinceladas de luz la palabra: Yoshiwara.Georgi cruz la calle, lleg a unas escaleras y, subindolas de tres en tres, alcanz unaavenida. Suave, flexible, como una bestia negra y domesticada, un coche se aproxim yse detuvo ante l.

    Georgi salt al interior del coche y se dej caer sobre los almohadones. El motor delpoderoso automvil vibr sin sonido. Un sbito recuerdo asalt la mente de Georgi, y unestremecimiento recorri su cuerpo.

    No haba en algn lugar del mundo, no muy lejos, bajo los fundamentos de la NuevaTorre de Babel, una sala dominada por un temblor incesante? No haba, en el centro deaquella sala, una pequea y delicada mquina cuyos miembros resplandecan? Bajo elcuerpo encogido y la cabeza hundida en el pecho, sus patas torcidas, semejantes a las de

    un gnomo, se apoyaban en la plataforma. El tronco y las patas estaban inmviles, pero losbrazos cortos empujaban, impulsaban, atrs y adelante, atrs y adelante. El suelo depiedra temblaba bajo el impulso de la pequea mquina, apenas mayor que un nio decinco aos.

    El chfer pregunt:Dnde, seor?Siga derecho le indic Georgi, con un movimiento de su mano. A cualquier parte.El hombre le haba dicho: Cambia de coche tres calles ms all. Pero el ritmo del

    motor le acunaba, en extremo delicioso. Calle tercera, Calle sexta An estaba muy lejosdel Bloque Noventa.

    Se senta vencido por el asombro de verse as acunado por el encanto de las luces, eltemblor de la excitacin ante el movimiento. Cuanto ms se alejaba de la Nueva Torre deBabel sobre el girar silencioso de las ruedas, ms se alejaba de la conciencia de su propioser.

    Quin era l? No haba estado haca muy poco, con un uniforme azul manchado degrasa, en un infierno espantoso, la mente absorta en una vigilancia eterna, los huesosdestrozados hasta la mdula por la repeticin a ritmo constante del mismo giro de lapalanca, con el rostro quemado por un calor insoportable, con la piel baada en un sudorsalobre que acabara por pudrirla?

    No viva en una ciudad que se extenda en las profundidades, muy por debajo de lasestaciones del ferrocarril subterrneo de Metrpolis, en una ciudad cuyas casas se

    hacinaban sobre plazas y calles como en la superficie lo hacan los edificios de Metrpolisalzndose en la noche?Haba conocido l alguna vez otra cosa que la horrible monotona de aquellas casas

    en las que no vivan hombre sino nmeros, y que slo se reconocan por las grandesplacas situadas sobre las puertas?

    Haba tenido otro propsito su vida que salir por aquellas puertas rematadas pornmeros para ir a trabajar cuando las sirenas de Metrpolis le llamaban, y regresar diezhoras ms tarde, agotado hasta la muerte?

    Era l otra cosa que un nmero el nmero 11811 marcado en su uniforme, en sugorra? No se haba impreso tambin el nmero en su alma, en su cerebro, en su sangre,hasta el punto de que necesitaba hacer un gran esfuerzo para recordar su propio

    nombre?Y ahora?Y ahora?

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    Su cuerpo, refrescado por la ducha pura y fra que le librara del sudor del trabajo,senta con asombro indecible el relajamiento dichoso de todos sus msculos.Estremecido, sinti el contacto acariciador de la seda blanca sobre su piel desnuda, y alentregarse voluptuosamente al suave ritmo del movimiento, le venci la conciencia de laprimera libertad, la libertad total de cuanto hasta entonces presionara angustiosamente suexistencia. Tan intensa fue la sensacin que estall en carcajadas dementes, y las

    lgrimas corrieron sin control por su rostro.Violentamente ah, s! con una violencia gloriosa, la gran ciudad giraba en torno a lcomo el mar ruge en torno a las montaas.

    El obrero nmero 11811, el hombre que viva en una casa-prisin bajo el trensubterrneo de Metrpolis, que no conoca otro camino que el que iba desde su agujero ala mquina, y viceversa, este hombre vio por primera vez en su vida la maravilla delmundo que era Metrpolis: la ciudad, de noche, brillando bajo millones y millones deluces.

    Vio el ocano de luz que inundaba las avenidas y calles interminables con un brilloplateado. Vio el rpido parpadeo de los anuncios elctricos que se ofrecan una y otra veza la vista en un xtasis de luz. Vio las torres que proyectaban hacia l sus bloques

    luminosos y se sinti dominado, sometido por aquella borrachera de luz, sintiendo queaquel ocano brillante, con sus cientos de miles de olas en movimiento, llegaba hasta l,le privaba de aliento, le impeda respirar, le ahogaba.

    Y entonces comprendi que aquella ciudad de mquinas, aquella ciudad sobria,fantica, buscaba de noche la compensacin a la locura de sus das de trabajo; que laciudad, de noche, se perda como loca, como demente, en la borrachera de un placerque, llevndola a lo ms alto y hundindola en lo ms bajo, era una dicha sin lmites,inmensamente destructiva.

    Georgi temblaba de pies a cabeza, como si todos sus miembros estuvieran unidos a lavibracin silenciosa e inalterable de la mquina que lo transportaba, al traqueteo de loscientos y miles de mquinas que pasaban constantemente, una doble corriente de cochesbrillantemente iluminados que avanzaban por las calles de la ciudad en su fiebrenocturna. Y al mismo tiempo, su cuerpo se estremeca al comps del estallido de lashermosas ruedas de luz, de las fuentes multicolores con lmparas superpotentes, de loscohetes que ascendan veloces, de las torres encendidas por el brillo helado del nen.

    Y haba una palabra que se repeta sin cesar. De una fuente invisible emerga un rayode luz que, al estallar en lo alto, tachonaba con letras de todos los colores el cieloaterciopelado de Metrpolis.

    Y las letras formaban la palabra: Yoshiwara.Cul era su significado?Suspendido por las rodillas de los travesanos metlicos de la autopista elevada, un

    hombre de piel amarilla, cabeza abajo, arrojaba una lluvia de hojas blancas sobre la doblefila de coches.Las hojas flotaban a merced del viento. La mirada de Georgi capt una de ellas. Con

    letras grandes y distorsionadas, se lea la palabra: Yoshiwara.El coche se detuvo en un cruce. Hombres de piel amarilla, con abigarradas chaquetas

    de seda bordada, se deslizaban, escurridizos como anguilas, entre la corriente de cochesque aguardaban. Uno de ellos trep al guardabarros del gran coche negro en el queGeorgi iba sentado. Por un segundo aquel rostro de sonriente horror mir al rostro deljoven, plido y agotado. Por la ventanilla, el hombre lanz un puado de tarjetas que sedesparramaron a los pies de Georgi, quien se inclin mecnicamente y recogi una deellas.

    En aquellas tarjetas que exhalaban un perfume seductor, penetrante y agridulce, selea en letras grandes y distorsionadas la palabra: Yoshiwara.Georgi tena la garganta seca como el polvo.

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    Una voz le haba dicho: En mis bolsillos, encontrars dinero ms que suficiente.Dinero suficiente Para qu? Para arrastrarse por aquella ciudad, aquella ciudad

    poderosa, celestial, infernal; para abrazarla con todas las fuerzas, aun en la impotenciapor dominarla; para desesperarse, para lanzarse a ella. Tmame! Tmame! Para sentirla copa llena en los labios y beber sin respirar, con los dientes clavados en el borde de lacopa, eternamente insaciable, compitiendo con el desbordamiento eterno de la copa de la

    intoxicacin.Ah, Metrpolis, Metrpolis!Dinero ms que suficiente.Un extrao sonido estall en la garganta de Georgi. Haba en l algo del estertor del

    hombre que se sabe soando y quiere despertar, y algo del sonido gutural de la bestia depresa cuando huele la sangre. Su mano aferr con dedos ardorosos y convulsos elpuado de billetes de banco y Georgi sacudi la cabeza como buscando el modo deescapar.

    Otro coche se deslizaba silenciosamente junto al suyo: una sombra grande, brillante ynegra, el carruaje digno de una mujer, decorado con flores, iluminado con lmparassuaves. Georgi vio a la mujer con claridad y ella le mir. Iba reclinada sobre almohadones

    y se envolva de pies a cabeza en una capa refulgente, que le dejaba desnudo un hombrocon la blancura impoluta de un cisne.

    Iba maquillada de un modo absurdo, como si no quisiera parecer humana, ser unamujer, sino ms bien un extrao animal dispuesto quizs a jugar, quizs a matar.

    Aceptando serenamente la mirada de Georgi, ella alz con suavidad la mano derechacubierta de gemas y empez a abanicarse ociosamente con una de las hojas de papel enlas que estaba escrita la palabra: Yoshiwara.

    No! grit Georgi.Se ahogaba. Sec el sudor que inundaba su frente y sinti el suave y fragante frescor

    del pauelo sobre su piel ardiente.Unos ojos le miraban. Unos ojos que pronto desapareceran. La sonrisa experta de una

    boca pintada.Con un ronco gemido, Georgi intent abrir la portezuela y saltar a la calle, pero el

    movimiento del coche volvi a lanzarle sobre los almohadones. Apret los puos, se losllev a los ojos, hizo presin sobre ellos. Y su mente le devolvi una visin algo confusa yneblinosa: una mquina pequea y fuerte, apenas mayor que un nio de cinco aos. Susbrazos cortos empujaban, impulsaban, atrs y adelante; atrs y adelante. La cabeza,hundida en el pecho, se levantaba sonriendo.

    No! chill el hombre, aplaudiendo y riendo locamente.Se haba liberado de la mquina. Haba cambiado su vida. Con la de quin? Con la de

    un hombre que le dijera: En mis bolsillos encontrars dinero ms que suficiente.

    El hombre ech atrs la cabeza, mir el techo que le cubra.Y en el techo flameaba la palabra: Yoshiwara.La palabra Yoshiwara era como rayos de luz que cayeran en torno a l, paralizando sus

    miembros. Estaba sentado, inmvil, cubierto de sudor fro. Clav los dedos en la piel delos almohadones. Tena la espalda rgida, como si la espina dorsal fuera de hierro. Letemblaban las mandbulas.

    No! exclam Georgi, apretando los puos.Pero ante sus ojos, que miraban al espacio, flameaba la palabra: Yoshiwara. Enormes

    altavoces atronaban el aire con ritmos desenfrenados, msica de una alegra chillona ydesbordada

    No! gimi el hombre; se haba mordido hasta hacerse sangre.

    Pero cien cohetes multicolores escribieron en el cielo de terciopelo de Metrpolis lapalabra: Yoshiwara.

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    Georgi abri del todo la ventanilla. La gloriosa ciudad de Metrpolis, bailando en suborrachera de luz, se lanzaba impetuosamente hacia l como si fuera el nico amado, elnico esperado. Se inclin por la ventanilla y grit:

    Yoshiwara!Y volvi a caer sobre los almohadones. El coche gir en suave curva, tomando otra

    direccin.

    Un cohete subi, estall y escribi en el cielo sobre Metrpolis: Yoshiwara.

    4

    Haba una casa en la gran Metrpolis que era ms vieja que la ciudad. Muchos decanque era incluso ms vieja que la catedral y que, antes de que el Arcngel Miguelintercediera ante Dios, la casa ya exista, sombra y malvada, desafiando a la catedral consus ojos muertos.

    Haba sobrevivido a los tiempos del humo y el holln. Cada ao que pasaba sobre laciudad pareca, al morir, entrar reptando en aquella casa, de modo que ahora era como

    un cementerio, un atad repleto de aos muertos.Y sobre la madera negra de la puerta, rojo y cobre, misterioso, se vea el sello de

    Salomn: la estrella de cinco puntas.Se deca que un mago procedente de Oriente a quien sigui la peste haba

    construido la casa en siete noches. Pero los albailes y carpinteros de la ciudad no sabanquin haba hecho los ladrillos, ni quin haba colocado el tejado. No hubo discursos delcapataz ni se conmemor la Fiesta del Constructor, como era piadosa costumbre. Lascrnicas de la ciudad no guardaban informe alguno de la muerte del mago; ignorabansiquiera si haba muerto. Un da, los ciudadanos, extraados, se dijeron que los zapatosrojos del mago no pisaban la ciudad desde haca tiempo. Forzaron la entrada de la casa yno hallaron en ella ningn ser viviente. Pero las habitaciones, en las que ni de da ni denoche penetraba un rayo de luz, parecan seguir aguardando a su amo, hundidas en elsueo. Por todas partes haba pergaminos y libros abiertos, cubiertos por una capa depolvo como terciopelo plateado.

    Y en todas las puertas, rojo y cobre, misterioso, se vea el sello de Salomn, la estrellade cinco puntas.

    Hubo un tiempo en que se derribaron los edificios antiguos. Y fue dicho: la casa debemorir. Pero la casa era ms fuerte que las palabras, ms fuerte que los siglos. Unaspiedras que se desprendieron mataron a quienes osaron poner la mano en sus muros. Yel piso se hundi bajo sus pies, arrastrndoles a un pozo del que nadie haba odo hablar.Pareca tambin como si la plaga que haba seguido al mago se agazapara todava en los

    rincones de la vieja casa y asaltara a los hombres, que moran sin que ningn mdicoconociera la enfermedad. La casa resisti a su destruccin con tal fuerza, que la historiade su maldad desbord las fronteras de la ciudad y se extendi por toda la tierra. Al fin, nopudo encontrarse a un solo hombre honrado que se aventurara a luchar contra ello.Incluso los ladrones y bandidos, a los que se prometi la remisin de su sentencia siestaban dispuestos a derribar la casa del mago, prefirieron ir a la picota o incluso alpatbulo antes que atravesar aquellas puertas selladas y verse rodeados de aquellosvengativos muros.

    Con el tiempo, la pequea ciudad que haba crecido en torno a la catedral se convirtien una gran ciudad, y luego en Metrpolis, el centro del mundo.

    Un da lleg de muy lejos un hombre, vio la casa y dijo: Quiero sta.

    Le contaron la historia de la casa. No se inmut, se mantuvo en su resolucin. Lacompr por un precio nfimo, se traslad all inmediatamente y no hizo la menor alteracinen su estructura.

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    Este hombre se llamaba Rotwang; pocos le conocan. nicamente Joh Fredersen leconoca muy bien. Le habra resultado mucho ms fcil vencer en su lucha por la catedralcontra la secta de los gticos que vencer en la lucha contra Rotwang por la casa delmago.

    Haba muchos en Metrpolis en esta ciudad de la prisa razonada y metdica quepreferan desviarse de su camino antes que pasar junto a la casa de Rotwang. sta

    apenas llegaba a las rodillas de los gigantes que se alzaban junto a ella. Para la ciudadtan pulcra que no conoca el humo ni el holln, aquel antro supona un baldn, unavergenza. Pero segua en pie. Cuando Rotwang sala y cruzaba la calle cosa queocurra pocas veces, muchos le miraban disimuladamente los pies para ver si calzabazapatos rojos.

    Ante la puerta de esa casa en la que brillaba el sello de Salomn, se hallaba ahora JohFredersen.

    Llam. Se oy una voz, y pareci que la casa hablara en sueos:Quin es?Joh Fredersen.

    Se abri la puerta. Entr. Le rodeaba la oscuridad, pero Joh Fredersen conoca muybien la casa. Ech a andar sin vacilacin, precedido de un rastro luminoso que le indicabael camino. Lleg a la parte superior de la escalera y mir a su alrededor: en aquel rellanose abran muchas puertas. En la de enfrente, como un ojo grande que le observara,brillaba el sello de cobre.

    Se dirigi a ella.Aunque la casa de Rotwang tena muchas puertas, sta era la nica que se abra ante

    Joh Fredersen, quiz porque el propietario de la casa saba muy bien que cruzar aquelumbral significaba un penoso esfuerzo para l.

    Ya en su interior, inspir el aire de aquella habitacin, lenta, profundamente, comobuscando la huella de otro aliento. Su mano lanz con indiferencia el sombrero sobre unasilla. Con un agotamiento y un dolor repentinos, dej que sus ojos vagaran por el cuarto.

    Estaba casi vaco. Una silla grande como las que se encuentran en las viejas iglesias,ennegrecida por el tiempo, se hallaba situada ante un cortinaje que recubra la pared.

    Inmvil, Joh Fredersen sigui de pie junto a la puerta durante largo tiempo. Habacerrado los ojos. Con impotencia suprema, respiraba el aroma de jacintos que parecallenar el aire inmvil de aquella habitacin.

    Sin abrir los ojos, vacilando un poco pero con seguridad, se dirigi hacia las cortinas,pesadas y negras, y las descorri por completo.

    Luego abri los ojos y qued inmvil.En un pedestal descansaba el busto en piedra de una mujer.

    No era la obra de un artista; era la obra de un hombre que, en una agona que laspalabras no podan expresar, haba luchado incontables das y noches con la piedrablanca hasta que al fin sta pareci comprender y form por s sola la cabeza de la mujer.Pareca que ningn instrumento hubiera trabajado en ella; como si un hombre, echadoante la piedra, hubiera repetido el nombre de la mujer incesantemente, con todas susfuerzas, con todo su anhelo, con toda la desesperacin de su cerebro, su sangre y sucorazn, hasta que la piedra informe se compadeci de l y form por s misma laimagen; la imagen de la mujer que significaba, para dos hombres, todo el cielo y todo elinfierno.

    Los ojos de Joh Fredersen se clavaron en las palabras talladas en el pedestal; palabrascinceladas con maldiciones:

    HELNacida

  • 8/7/2019 Von Harbou, Thea - Metropolis (espaol, 116p) b

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    El Tbano Metropolis Thea von Harbou

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    para ser mi felicidad, una bendicin para todos los hombres;y perdida

    para Joh Fredersenpues muri

    al dar vida a su hijo Freder.

    S, haba muerto entonces. Pero Joh Fredersen saba demasiado bien que no muripor dar a luz a su hijo; Hel muri realmente el da en que huy de Rotwang para unirsecon l, maravillndose de que sus pies no dejaran huellas sangrientas.

    Muri porque haba sido incapaz de resistirse al gran amor de Joh Fredersen, y porquese haba visto forzada debido a ello a destrozar la vida de otro hombre.

    Nunca hubo en un rostro humano una expresin ms sublime de liberacin, que la quese reflej en el rostro de Hel cuando supo que iba a morir. Pero en ese mismo momento,el hombre ms poderoso de Metrpolis se haba revolcado en el suelo, aullando comouna bestia salvaje. Y al encontrarse de nuevo con Rotwang cuatro semanas mstarde, descubri que la espesa cabellera que cubra la maravillosa frente del inventorera ahora blanca como la nieve, y en sus ojos vio el fuego de un odio rayano en la

    locura.En ese gran amor, en ese gran odio, la pobre Hel haba permanecido viva para ambos.Debes esperar un poco dijo la voz, que sonaba como si la casa hablara en sueos.Escucha, Rotwang respondi Joh Fredersen. Sabes que acepto con paciencia

    tus pequeos trucos de magia, y que siempre vengo a ti cuando necesito algo; eres elnico hombre que puede alardear de eso. Pero nunca conseguirs que te secundecuando haces el idiota. S