Click here to load reader

revista Número 70

  • View
    259

  • Download
    23

Embed Size (px)

DESCRIPTION

Rediseño de la revista a cargo de Susana Carrié

Text of revista Número 70

  • 1

  • 2

  • 3 En los tiempos del nmero...La intuicin del nmero es mucho ms antigua que las letras

    Por Julio Csar Londoo.

    El llamado de la Tierra Fotografa de Russell Watkins

    Gaia, el agua y la Amazonia La tierra funciona como un organismo viviente.

    Por Peter Bunyard

    Corazn de carbnLa demanda del mineral pone en riesgo la vida de miles

    de hombres que escarban bajo tierra. Por Lorenzo Morales

    Modernizar el agro... habr coraje? Hoy no se habla de repartir tierras sino de devolver

    las usurpadas y de modernizar el campo.Por Cristina de la Torre

    Mundos en colisinEl mutuo inters entre nativos y etngrafos se puede

    transformar en conocimiento.Por Santiago Mora

    Shopping PlanetEl jardn de las cosas incompatibles.

    Fotografas de Carlos Duque

    Amar el miedo Leer la Historia a travs del miedo y la ira es infinitamente ms iluminador

    que hacerlo desde perspectivas en apariencia ms felices.Por Ignacio Padilla

    Entrepao Mil palabras alrededor del libro, por Camilo Jimnez Poesa Elega para N. N., de Czeslaw Milosz

    Entrevista Arriaga en llamas!, por Sandro Romero Perfil Joe Arroyo, por Heriberto Fiorillo

    Fragmentotal El infinito en un grano de arena, por Alberto Quiroga Homenaje Texto en honor al maestro Gustavo Zalamea, por William Ospina

    Crnica Mariana, captulo perteneciente al libro Del otro lado, de Alfredo Molano

    ReseasY refundaron la patria, de Claudia Lpez, por Daniel Wilkinson

    El ruido eterno, de Alex Ross, por Pablo MontoyaCuatro pintores, cuatro fieras, por Popular de Lujo

    Yo ser tu espejo, de Ruven Afanador, por Felipe Villada Ruiz

    4

    1416

    28

    40

    50

    60

    66

    70 727480828486

    96104107110

  • 4Cartula: Tierra, pintura de Pedro Ruiz

    Director: William Ospina

    Editora: Liliana Vlez

    Direccin de Arte y rediseo: Susana Carri

    Diseo de Logo: Duque Imagen

    Consejo Editorial: Alberto Quiroga Eduardo Arias Catalina Ruiz Carol Ann Figueroa

    Correccin: Elkin Rivera

    Gerente: Jorge Bustillo

    Secretaria Ejecutiva: Magda Sandoval

    Distribucin: David Infante

    Mercadeo: Jennifer Osorio

    Suscripciones: Erika Navarro

    Asistente Administrativa: Leidy Corts

    Mensajera: Roco vila

    Impresin: Panamericana Formas e Impresos S.A.

    ISSN 0121-7828

    Carrera 19B N 85 - 40 Telefonos: 6358012 / 13www. revistanumero.com [email protected]

    Miembros: Guillermo Gonzlez Ana Cristina Meja William OspinaLiliana Vlez Luis Angel Parra Carlos Duque Antonio Morales

    Lucas Caballero Victor Laignelet Liliana Tafur Wally Swain Jorge Bustillo

    Distribucin y Ventas: Corporacin Revista Nmero y Distribuidoras Unidas.

    2011 Nmero. Prohibida la reproduccin parcial o total de los materiales de esta revista sin autorizacin escrita de los editores. Nmero no se hace responsable por la devolucin de los materiales no solicitados, ni por las opiniones expresadas por sus colaboradores.

  • 5 S

    usan

    a Ca

    rri

  • 6on dieciocho aos de continua actividad de la revista que cambi el horizonte de las publicaciones culturales en Colombia. Volver a nacer en cada nmero es nuestra manera de celebrar.

    Con gratitud. Gratitud por Guillermo Gonzlez, tal vez el periodista

    ms activo en el espacio cultural colombiano del ltimo cuarto de siglo, y por Ana Cristina Meja, lectora incansable, alentadora de sueos y creadora de proyectos,

    sin cuya labor paciente y lcida, como equipo de direccin, redaccin y gerencia, esta aventura no se habra cumplido.

    Nmero ha sido fruto del talento de ambos y de su larga amistad. Su secreto: estar atentos al acontecer cultural de Colombia y de Amrica Latina, conscientes de la nueva realidad planetaria, escuchando las voces del pensamiento y la ficcin, leyendo da tras da las colaboraciones de numerosos creadores, advirtiendo con ojo avizor las propuestas del arte, de la msica, del teatro, de la fotografa, del cine, el lenguaje ms dinmico de nuestra actualidad, con la modestia de quien hace visible el trabajo de los otros sin tratar de hacerse visible a s mismo. Una labor que nunca sabremos agradecer lo suficiente.

    Guillermo y Ana Cristina han decidido descansar por un tiempo de sus responsabilidades con la revista, pero nadie como ellos ha sido el alma de este sueo y, junto a los dems fundadores y aliados de Nmero, no nos abandonarn en el propsito de seguir siendo testigos de la creatividad cultural colombiana y latinoamericana.

    Y gratitud con nuestros lectores. Ellos mantienen en alto la llama de este entusiasmo, en un pas donde la cultura est tan viva porque cada da tiene que aprender a sobrevivir, y en una poca donde la cultura tiende a confundirse con los juguetes de la industria, las bengalas del espectculo y los timbres del lucro. En una poca donde es difcil mantener el acento sobre lo esencial, sobre lo que de verdad ayuda a vivir a individuos y a comunidades.

    Dieciocho. Mucho tiempo para una persona, pero mucho ms para una publicacin. Hay una nueva generacin de lectores, sigue la aceleracin del tiempo histrico, se ha ampliado y cualificado la red que intercomunica el planeta. Si era una apuesta estar en esa

    Editorial

  • red hace un par de dcadas, ahora es un modo natural de existir y de enlazarnos con las nuevas generaciones.

    Somos un sistema cultural: una revista, un portal de internet, una casa editorial y, sobre todo, una comunidad de creadores y lectores con nuevas tareas para los tiempos que siguen. Tiempos de accin global, de indignacin, en que tenemos que oponer a la mera sociedad de consumo una sociedad de creacin, en que es preciso reinventar los rituales que nos unen a la tierra y volver a hacer limpios los manantiales. Si contina en pie la exclamacin de Rimbaud: El amor hay que inventarlo, cada vez es ms urgente el llamado de Holderlin: En la casa, en el trabajo, en la escuela, que cambie todo en todas partes.

    Renovamos nuestra imagen, nuestra dinmica de circulacin y periodicidad. Pero si algo no cambiaremos es la hospitalidad de Nmero, su arraigo en Colombia y en Amrica Latina para dialogar con el mundo, la confianza en las soluciones que ofrece la cultura: el pensamiento crtico, la creatividad, la bsqueda de belleza y de sentido, la responsabilidad ciudadana, la voluntad de celebracin, y una alianza de intuicin y audacia en el modo de aproximarnos a los temas. Como dijo Paul Vlery, el ser humano es absurdo por lo que busca y grande por lo que encuentra.

    Convocamos a los empresarios que comprenden el papel de la cultura ante los desafos del siglo, emprendemos una campaa masiva de suscripciones para maestros y trabajadores, y para todos los nuevos creadores y lectores: esta es su casa.

    Julio Csar Londoo ha escrito un hermoso texto sobre el concepto que da nombre a nuestro proyecto. Ahora tendremos un tema central en cada entrega. Y en este Nmero 70, comienzo de una nueva poca, por gesto especial de Taller Arte Dos Grfico y como homenaje a un gran creador y un gran amigo, un bello grabado de Gustavo Zalamea.

    Hacemos nuestras las palabras de Jorge Luis Borges: Desconocemos los designios del universo, pero sabemos que razonar con lucidez y obrar con justicia es ayudar a esos designios, que no nos sern revelados.

    La direccin

    7

  • Pectoral calima de cobre,

    Museo del oro, Bogot.

    8

  • Por Julio Csar Londoo*Fotografas de Elstica

    *Narrador, crtico y autor de ensayos de divulgacin. Gan el Premio

    Juan Rulfo (Pars, 1998) y fue finalista del Premio de Novela Planeta

    2007. Es columnista de El Pas y El Espectador y escritor visitante de los

    talleres del Ministerio de Cultura.

    9

  • 10

    os historiadores dicen que hay una sola histo-ria y muchas versiones de ella, muchas histo-riografas. Los fsicos modernos sostienen una tesis inquietante: aseguran que existen muchas historias, que un fenmeno tiene va-rios pasados posibles y varios futuros proba-bles, e incluso varios

    presentes pero esto es demasiado complejo para mi aristotlico cerebro. En consecuencia, propongo por lo pronto que aceptemos que existe una realidad all afuera, un conjunto de cosas cuyas propiedades no dependen de nuestras observaciones. Un univer-so ms firme que la voluble especie que lo estudia. Esa realidad es tan vasta y compleja que no podemos analizarla sin fragmentarla. Consideramos algunos aspectos de las cosas y de los fenmenos, ignoramos a propsito otros aspectos, tratamos de descubrir las constantes, formulamos una tesis, la sometemos a la prueba de fuego de la experimentacin, ajustamos la tesis y finalmente construimos una maqueta de ese pedazo del mundo. A esta maqueta los hombres de ciencia la llaman un modelo y est formada por un econmico sistema de apenas 34 signos: los nmeros y las letras. Todo el universo, todas sus sombras, partculas, piedras, flores, pjaros, dioses, estrellas, fantasmas y teoras, puede expresarse con las diez cifras arbigas y los veinticuatro caracteres latinos de nuestro alfabeto de cada da.

    Bueno, a veces sentimos que el lenguaje se queda corto, es verdad, que no alcanza a describir el sabor del agua o la sensacin de un beso. Entonces echamos mano de la metfora y asunto resuelto. Hay metforas tan poderosas y tan sueltas como el agua, y algunas son mejores, me dicen, que ciertos besos.

    Tal vez no est de ms recordar que la metfora no desempea un papel meramente ornamental. Su papel es mucho ms serio, pues la metfora obedece a una urgencia vital: es la responsable de que un siste-ma de signos finito, el lenguaje, pueda dar cuenta de un conjunto de cosas infinitas, el universo.

    Si nos ponemos alfanumricos, los seres huma-nos se dividen en cuatro categoras: los que aman las letras, los que aman los nmeros y los pragmticos, unas criaturas refractarias a los signos y que prefieren entenderse directamente con las cosas, con el barro, la piedra o la madera. Para estos, el signo es algo ame-nazante, una cifra oscura. Pero sus manos son diestras y de ellas brotan mesas, cuadros, notas, vestidos, pei-nados, manjares, conejos, rosas

    Algunos tenemos la fortuna de pertenecer al cuarto grupo: somos bilinges y mantenemos buenas re-laciones con ambos signos. En mi caso, la responsable fue la escasez. Crec en una casa en la que faltaban muchas cosas y me toc jugar con lo que haba a mano, nmeros y letras. Una aclaracin: no me estoy quejando. Los nios nunca son pobres. La pobreza es una condicin de los adultos. Los nios siempre encuentran tesoros debajo de una piedra, o en sus bolsillos (piedras, un trompo, un grillo, un dulce) o entre sus cabellos, o un poco ms abajo, en su abiga-rrada y portentosa imaginacin. El caso es que desde el principio estuve en contacto con ambas clases de signos, pero hoy me ocupar solamente del nmero. Se lo merece. Creo que si alguna entidad es digna de un ensayo, si algn signo cifra la modernidad, es el nmero. Para bien y para mal. Si una civilizacin fu-tura quisiera resumirnos en una frase, podra decir: Eran los tiempos del nmero.

    Las lneas que aparecen a continuacin pretenden seguir los pasos de esta poderosa deidad, el nmero. Por razones de espacio evitar las simas de la econo-ma, esa ciencia oscura que equidista de la matem-tica y la astrologa. Tambin evitar los laberintos de la matemtica moderna (por falta de espacio en mi cabeza, se entiende).

    El principio

    Los nmeros son viejos. Se sabe que el lenguaje ma-temtico del hombre primitivo tena al menos tres palabras: uno, dos y muchos. Pero los signos numerales son nuevos. Deben tener la misma edad de la escritura pictogrfica, unos diez mil aos. Apa-recieron donde apareci todo la rueda, la escritura fontica, la astronoma, las bibliotecas, la escuela, el derecho: en Smer. Pero la intuicin del nmero es

  • 11

    mucho ms antigua que las letras. Hay testimonios de que el hombre ya contaba las cosas hace 30.000 aos. Como no tena signos numerales, haca muescas en los huesos y rayas en las piedras. Es natural que as sea. La intuicin del nmero debi ser tan antigua como la aparicin de la conciencia. Quizs anterior. Quiz fue una de las causas de su aparicin, junto con la muerte. Con slo ver un rebao de fieras, un sol, dos frutas, muchas estrellas, el hombre primitivo es-taba frente al nmero. Y deba sopesarlo. Tres fieras

    Para ir, en cambio, de la pictografa a la letra, debi recorrer un largo camino. El nmero es natural, la palabra tal vez, las letras definitivamente no.

    El primer crculo de alta matemtica que registra la historia fue la escuela pitagrica (siglo vi a. c.). Eran mitad brujos, mitad hom-bres de Ciencia. Y tan sofisticados, que saban demostrar teoremas y construir slidos como el icosaedro, un poliedro de veinte caras. Fueron los primeros en imaginar una Tierra esfrica orbitando en un engranaje helio-cntrico y habitada en las antpodas.

    Al tiempo, cumplan preceptos esotricos: en sus banquetes slo se servan trigo, agua y cebada. Tenan prohibido mear de cara al Sol, tener golondrinas en la casa, criar aves de uas corvas, caminar sobre pedazos de uas ni de cabellos. Crean que el alma iba del corazn al cerebro, se nutra de sangre y se expresaba en palabras, vientos del alma. El precepto de no mear de cara al sol es de origen egipcio, pas donde era sacrlego orinar de cara al dios Ra. Pitgoras debi aprender este precepto en Egipto, pas que visit y del que aprendi su lengua y su geometra.

    Los pitagricos estudiaron el problema de la tese-lacin, o el cubrimiento total de una superficie con polgonos sin dejar resquicios, y encontr cuatro solu-ciones: una superficie se puede embaldosar con tringulos, rectngulos, rombos y hexgonos. Los sufes, la secta culta del islam, conocan los trabajos del

    griego y sus arquitectos llenaron una ciudad espaola con vertiginosas y soberbias soluciones del problema: Granada. Los calados, los mosaicos, los taraceados y los arabescos todos de la Alhambra son un homenaje ci-frado del islam a Pitgoras. Veinticinco siglos despus, Maurits Cornelis Escher visit la ciudad, descubri la teselacin y la aplic en la construccin de esas pers-pectivas hechizadas, uno de los juguetes ms apasio-nantes de la pintura moderna.

    Todos nos enamoramos de objetos bellos. Pitgo-ras se enamor de la belleza. Despus de varios in-viernos dedicados al estudio de los mejores himnos, de los edificios, esculturas, jarrones y cuadros ms perfectos y de los muchachos ms inquietantes, des-

    cubri que el secreto estribaba en que to-dos guardaban proporciones exactas,

    sencillas, y que las ms poderosas eran las ureas (un tercio,

    aproximadamente). Despus descubri que el nmero

    rega tambin otras esferas: la amistad era una igual-dad armnica; la salud, un equilibrio de elementos; la virtud, una armona funda-da sobre el nmero; un cua-

    drado simbolizaba la justicia. All donde nosotros vemos

    simplemente un buen resultado esttico, un fallo justo o un cuerpo

    sano, Pitgoras vea una danza sincr-nica de cifras. Entonces escribi (o dict):

    la esencia de todas las cosas es el nmero. Los pitagricos decan que haba tres clases de

    hombres: los que vienen a pelear, los que vienen a vender, y los mejores, que vienen slo a ver.

    Cosa, nmero e idea

    Cuando Platn ley la sentencia pitagrica en la compi-lacin de Filolao (el nmero es la esencia de las cosas), sinti el estremecimiento de la revelacin, la inminen-cia del advenimiento de la verdad ltima. Era un descu-brimiento hermoso, profundo y ligeramente inexacto, pero la capacidad de abstraccin y de sntesis que reve-laba le inspir el hallazgo de una esencia ms profunda

  • Todo el universo, todas sus sombras, partculas, piedras, flores, pjaros, dioses, estrellas, fantasmas y teoras, puede expresarse con las diez cifras arbigas y los veinticuatro caracteres latinos de nuestro alfabeto de cada da.

    12

  • Collar muisca. Chiquinquir, 1080 d.C. Museo del oro, Bogot.

    13

  • 14

    y universal que el nmero: la idea. S, detrs de todas las cosas estaba el nmero, pero detrs del nmero estaba el arquetipo primigenio, la idea. As naci el idealismo, la escuela ms vigorosa y fecunda de la filosofa.

    El mundo y la estadstica

    La adoracin por el nmero en los tiempos con-temporneos ha llegado a extremos insospechados: sabemos el nmero de litros de cerveza que bebe un ingls al ao, el nmero de pelos en la cabeza del pelirrojo promedio y el nmero de coitos por pareja, semana, raza y estrato; tambin conocemos el consumo de papa frita en cada uno de los pases del mundo, y la tasa de homicidios en Bogot (al-gunos aseguran, muy serios, que es inferior a la de Washington). Lo que nunca imagin es que hubiera estadsticas sobre el uso de papel higinico hasta que le en un diario que Colombia consume 5 kilos al ao per cpita (as deca la nota textualmente), muy por encima de Per (2,5 kilos) y Bolivia (2 kilos), pero por debajo de Chile (9 kilos), de Argentina (8,1 kilos) y de Mxico (7 kilos).

    Como era de esperarse, la lista la encabeza Estados Unidos (12 kilos, o 2,7 kilmetros per cpita al ao); 2,7 kilmetros! Confieso que la cifra me dio casi tanta envidia como cuando vea a Humphrey Bogart mar-cando nmeros largusimos en los negros telfonos de disco con el pucho de la vida apretado entre los labios, mientras que nuestros nmeros slo tenan cuatro esmirriados dgitos.

    Es tal el peso de la estadstica en la vida moderna que rige decisiones cotidianas y buena parte de la suerte del mundo. El consumidor compra las marcas ms demandadas, las pelculas y los libros ms vendidos, se enamora de los actores ms cotizados, adora a los de-portistas ms caros, prefiere los restaurantes ms con-curridos y vota por el candidato que puntea en las en-cuestas, un sujeto que primero lee las encuestas sobre las prioridades de los consumidores y luego redacta su

    programa de gobierno. Por esto es lcito decir: el lder es un sujeto que sigue a las mayoras. De aqu podemos afirmar que la historia se gua por dos pautas: las en-cuestas y los intereses del mercado, es decir, por cifras.

    El matemtico y la belleza

    De todas las bellezas posibles, a los matemticos les interesa de manera muy especial la belleza de la mate-mtica. Su criterio esttico es sobrio, estoico, como le habra gustado al maestro Pitgoras: brevedad, simpli-cidad, sencillez. Entre dos mtodos de demostracin, el matemtico considera ms bello el ms breve. Entre dos demostraciones breves, prefiere la que utiliza ma-temticas ms elementales. Una demostracin aritm-tica es ms bella que otra que eche mano del clculo, digamos. Entre dos corpus tericos, se inclina por el que tenga definiciones ms sencillas y axiomas ms evidentes. Lo considera ms bello y ms seguro. Por eso los matemticos aman la geometra de Euclides: punto es lo que no tiene partes; cosas iguales a una tercera son iguales entre s; el todo es mayor que la parte; todos los ngulos rectos son iguales entre s.

    Estos son, al menos, los criterios clsicos de belleza. Hay romnticos, claro, que prefieren mtodos ms rebuscados. La reduccin al absurdo, por ejemplo, es un caso de belleza romntica. En este mtodo no se demuestra la proposicin directa, sino las contradic-ciones que implican la refutacin de esta proposicin. Para demostrar que a = b, digamos, se demuestra que la hiptesis a b lleva a conclusiones absurdas... Por lo tanto, a = b.

    La frmula ei + 1 = 0 es considerada la ms bella porque rene a las principales celebridades del orbe matemtico sin aparataje operacional. No hay aqu in-tegrales ni derivadas ni transformaciones sofisticadas.

    A veces son sus propios descubrimientos los que los sorprenden. Como cuando encuentran, por ejem-plo, que el nmero aparece en la ecuacin de las espirales del caracol y del girasol y en muchos otros

    Despus descubri que el nmero rega tambin otras esferas: la amistad era una igualdad armnica; la salud, un equilibrio de elementos; la virtud, una armona

    fundada sobre el nmero; un cuadrado simbolizaba la justicia.

  • 15

    diseos naturales, hallazgos que parecen confirmar la vieja sospecha de que Dios es gemetra (distrado pero gemetra). O cuando descubren que en cual-quier tringulo los puntos medios de sus tres lados, los pies de las tres alturas y los puntos medios de los tres segmentos que unen el ortocentro (o punto de concurrencia de las alturas) a los tres vrtices estn situados sobre una misma circunferencia llamada crculo de Euler. O cuando descubren que la distancia entre dos puntos de una recta istropa es siempre cero. O que hay curvas tales que los arcos que unen dos puntos de estas curvas, tan prximas como se quiera, tienen siempre una longitud infinita. O que todo arco de la curva de Koch, por pequeo que sea, es semejante a la curva entera, un fenmeno fre-cuente en las curvas fractales.

    El matemtico, el msico y el ajedrecista

    Uno de los misterios de la matemtica es la temprana muerte del talento de sus sacerdotes. La vida media til de un matemtico es muy corta. A los treinta aos, cuando una modelo o un futbolista estn en su apogeo, un matemtico es ya un anciano venerable. Es verdad que Andrew Wiles demostr el ltimo teo-rema de Fermat a la provecta edad de cuarenta aos, pero casos como el suyo son excepcionales. Gauss tuvo una larga y fecunda vida matemtica, pero sus aos maravillosos fueron entre los veintitrs y los veinti-cinco. l descubri la manera de calcular la suma de una progresin aritmtica cuando an chupaba dedo.

    En compensacin, los matemticos son precoces. Antes de los quince aos, cuando todos los mortales su-damos la gota para resolver ecuaciones sencillas, Pascal ya estaba demostrando teoremas; aunque muri antes de cumplir los veintin aos en un duelo galante, Eva-risto Galois tuvo tiempo de hacer importantes trabajos sobre ecuaciones, teora de grupos y lgebra abstracta; a los veintids aos, Niels Henrik Abel demostr que nunca se encontrarn frmulas para resolver ecua-ciones de grado superior a cuatro. Es tan normal en el gremio la relacin juventud = talento matemtico, que las bases de la Medalla Fields, el premio Nobel de la matemtica, estipulan que slo podrn optar a ella trabajos de matemticos menores de cuarenta aos.

    Esta precocidad la comparten los matemticos con los msicos y con los ajedrecistas. Los psiclogos estu-dian qu hay de comn entre materias que, a pesar de su complejidad, permiten que personas muy jvenes descuellen en ellas. Y han llegado a conclusiones sor-prendentes. Estas materias, sostienen, son ordenadas, simples y ldicas. Muy bien, pero por qu, entonces, la matemtica de alto nivel les cuesta tanto a los ma-yores? Aunque el asunto no est resuelto, los analistas tienden a creer que todo se debe a que el gran esfuer-zo mental que demandan ciertos problemas, y que exige pensar de manera muy concentrada en un solo asunto durante varias horas al da y durante muchos das, es un esfuerzo definitivamente fsico, algo para lo que se requiere tanta fortaleza como correr los cien metros planos en menos de once segundos o hacer el amor varias veces la misma noche.

    La maldicin de la matemtica La matemtica es la ciencia que mejor conocemos porque el nmero es una creacin humana. La natu-raleza, en cambio, es obra de Dios o del azar y apenas estamos descubriendo sus leyes. Esta ignorancia se traduce en los innumerables baches pedaggi cos que presenta la enseanza de las ciencias naturales, por-que cmo explicar lo que an no entendemos bien?

    La perfeccin formal de la matemtica facilita la pedagoga de la materia. Explicar matemticas es me-nos difcil que explicar gramtica, digamos. Un profe-sor puede asegurar a sus alumnos que a+b=b+a es una identidad vlida para todos los nmeros, aqu y en la China. Hoy y dentro de cien siglos. En una clase de gramtica, al contrario, es frecuente or leyes como: Todas las palabras que terminan en cin se escriben con c, excepto tensin, extensin, posesin, cesin, presin, secesin, irrisin, prisin, ascensin, aspersin, pasin, intru-sin, permisin y persuasin.

    Entonces, cmo explicar el fracaso de los estudian-tes en matemti cas? Primero, la palabra fracaso es injusta. Mal que bien, un estudiante promedio avanza, en los once aos del ciclo bsico, de las operaciones elementales a las derivadas y las integrales del clculo. Ninguna otra materia puede exhibir una curva tan empinada. La curva de la lengua materna, por ejem-plo, no es muy alentadora: en el ciclo mencionado los

  • 16

    estudian tes tropiezan con la morfologa, alcanzan lo-gros discretos en ortografa y entran en contacto con la obra de algunos autores pero fracasan en composicin y hasta en compren sin de lectura. En el estudio de las lenguas extranjeras, el panorama es ms desolador.

    En una sincronizacin maravillosa, la historia y la geografa logran dejar al estudiante completamente perdido en el tiempo y en el espacio. Omitir, en aras de la brevedad, los balances de las otras materias.

    Pero es inocultable que la matemtica es un lo para los estudiantes, y que su mortalidad supera holga-damente a la que presentan las dems asignaturas. Cmo explicar esta realidad despus de hablar de su orden y perfeccin? La razn estriba en el estrecho eslabonamiento que hay entre los captulos de una misma rama de la matemtica, e incluso entre sus di-versas ramas. Esto hace que si un estudiante tiene una formacin deficiente en un curso por apata suya o del profesor, por un problema personal, etc., ya no podr moverse nunca con soltura en la materia. Las defi-ciencias en aritmtica o lgebra, e incluso en captulos claves de stas (fraccionarios, logaritmos, despeje de ecuaciones, factorizacin), son fatales siempre.

    El eslabonamiento de sus partes no es tan estre-cho en las otras materias. Los cursos de lenguas son reiterativos y el estudiante tiene la oportunidad, si se le atraviesa un mal ao, de ponerse al da en el si-guiente. La relacin entre los sucesos de la historia es tan polmica, tan nebulosa, que un estudiante puede fracasar en historia universal y descollar luego en el estudio de la historia de su pas. Igual sucede en las otras materias.

    Llegamos as a la paradjica conclusin de que el problema de la enseanza de la matemtica es conse-cuencia de su orden y organicidad.

    La matemtica es un bello juego axiomtico, pero juego al fin, mientras que las otras materias tienen que vrselas con la arisca realidad, con los misterios de las ciencias naturales, con los abismos del alma, con los laberintos de la filosofa, con los secretos de la historia, con los caprichos de las lenguas. Quiz

    por esto mismo los profesores no le exigen mucho al estudiante de filosofa, por ejemplo, mientras que del estudiante de matemticas esperan un rigor seme-jante al que ostenta esta asignatura.

    Conclusin

    Es cierto que la matemtica es el desierto del oasis de la juventud; que el nmero es un sinnimo de la odiosa economa de mercado y que la obsesin por las cifras con frecuencia oculta aristas ms importantes de la realidad. Pero tambin es cierto que sin el n-mero la civilizacin es inconcebible. Por el nmero aparece la ciencia moderna en la mente de un mu-chacho del Renacimiento. Hay nmeros en la msica y en el baile. Algunos aseguran que el nmero es el responsable de la armona del cuerpo de esa mucha-cha que perturba la avenida, e incluso de la belleza de su rostro. Es con nmeros como se planifican los ne-gocios de los particulares y los programas del Estado.

    Hace ya varios siglos que vivimos en la rbita del n-mero. Desde el Renacimiento y Galileo, para ser exac-tos, el muchacho cuyos trabajos marcan el nacimiento de la ciencia moderna. Pero en los ltimos decenios se ha vuelto una criatura ubicua. Sentimos el nmero en todas partes, en los mecanismos de precisin, en la incesante tecnologa, en la estadstica, en la bolsa, en la economa de mercado y en una enfermedad de origen netamente numrico: la avaricia. Nunca como hoy el mundo gir en torno al oro. El capital ha sido impor-tante siempre, claro, o al menos desde su aparicin formal en los bancos del Renacimiento, pero hoy brilla ms que nunca. Todo lo dems la religin, las artes, las ciencias, la moral, la poltica e incluso la ecologa es subsidiario del mercado. Monotesmo puro. Baal en toda su gloria, en su antiguo y magnfico esplendor.

    Con slo ver un rebao de fieras, un sol, dos frutas, muchas estrellas, el hombre primitivo estaba frente al nmero.

    Y deba sopesarlo. Tres fieras...

    En la pgina siguiente:Ajuar MUISCA hallado en una tumba del periodo yotoco. relacionaba a su dueo con los felinos

    y sus poderes. Museo del oro, Bogot.

  • 17

  • El llamado de la TierraEn Sindh, en Pakistn, con las inundaciones, millones de pequeas araas han trepado a los rboles.

    Como las aguas tardan en retirarse, nunca se haban visto telas como estas. Ahora hay nubes de mosquitos atrapados en las redes de seda y el riesgo de malaria ha descendido.

    Russell Watkins / DFID-UK Department for International Development.

    18

  • 19

  • Gaia,el agua y la Amazonia:

    cmo determinan el clima de nuestro planeta

    En la hiptesis de Gaia, la Tierra es vista como un organismo viviente. La nocin de un planeta vivo preocupa a algunos cientficos,

    pero debe entenderse como la capacidad de la Tierra de autorregularse cuando hay cambios adversos.

    El llamado de la Tierra

    20

  • *Estudi Ciencias Naturales en la Universidad de Cambridge

    (MA) y Fisiologa de Insectos en la Universidad de Harvard

    (MA). Fundador y editor de la revista The Ecologist, de

    Inglaterra. Escritor de libros y artculos sobre el clima, la

    energa nuclear, la selva amaznica y la teora Gaia. Su ltimo

    libro, Caos climtico: amenaza a la vida, publicado por Editorial

    Educar, va por su segunda edicin.

    Por Peter Bunyard*Traduccin de Julia Salazar Holgun

    Fotografas de Aldo Brando

    Gaia,el agua y la Amazonia:

    cmo determinan el clima de nuestro planeta

    Meandros y madrevieja en ro tributario del Orinoco.

    21

  • 22

    aia, la teora de James Lovelock segn la cual la vida en todas sus formas ayuda a regular los fenme-nos de la superficie

    terrestre y el clima, es muy atractiva. En

    consecuencia, muchos cientficos y otros tantos

    climatlogos han puesto su mirada en la Tierra para

    intentar revelar evidencia slida de que Gaia es una realidad y de que la

    vida, desplegada de un extremo a otro del planeta en innumerables formas y tamaos, desde las minscu-las bacterias hasta las majestuosas secuoyas rojas del norte de California, crea asociaciones estrechamente ligadas, sin las cuales las condiciones planetarias se-ran tan adversas que el medio ambiente se mostra-ra hostil a la existencia de cualquier forma de vida.

    La idea de Gaia, como tal, le da un giro comple-to a la nocin de Pangloss, personaje del Cndido de Voltaire. No es que el hombre haya heredado el mejor de los mundos posibles, sino que la vida ha generado el mejor de los mundos posibles. La idea de Gaia se opone tambin en forma contundente a la teora del gen egosta1, base del neodarwinis-mo, segn la cual las formas de vida compiten entre s, mediante mutaciones ventajosas para heredar la Tierra. La teora de Gaia, por el contrario, ve la op-timizacin de las condiciones terrestres, entre stas el clima, como el resultado de una infinidad de interacciones de la vida, hasta el punto de influir, incluso, mediante procesos geofsicos y geoqumi-cos, en la tectnica de placas y la formacin de con-tinentes2. La temperatura de la superficie terrestre, regulada de modo significativo por los gases de efecto invernadero que contribuyen a la formacin de vida, ayuda a determinar procesos en la corteza de la tierra, como el vulcanismo y la expansin del fondo ocenico.

    Lovelock tropez con la idea de Gaia cuando tra-bajaba para la Nasa a mediados de los aos sesenta, como miembro del equipo de cientficos contratado para disear experimentos que llevaran a Marte las sondas Viking Landers, y cuyo objetivo consista en recoger evidencia de que en ese planeta haba o habra existido alguna forma de vida. Para ese en-tonces, l haba inventado su dispositivo de captura de electrones3. Como resultado de su invento, la precisin en la medicin de gases traza se multiplic por un milln y, por consiguiente, puede decirse que Lovelock fue la primera persona en demostrar que el aire de los pases industrializados contena canti-dades de cfc (clorofluorocarbonos) antes imposibles de medir y que luego se descubri que causaban la prdida de ozono.

    A Lovelock lo intrigaban las noticias de la poca que decan que las atmsferas de Marte y Venus estaban compuestas por dixido de carbono, trazas de oxgeno y nitrgeno, y una cantidad mnima o nula de meta-no. La densa atmsfera de Venus, constituida por gases de efecto invernadero a 90 veces la presin de la at-msfera de la Tierra, le da al planeta una temperatura cercana a los 500 grados centgrados, convirtindolo en un horno al rojo vivo. Si alguna vez hubo agua en la su-perficie de Venus, con toda certeza ya se ha perdido en su mayora. En cambio Marte, con una presin atmos-frica unas 140 veces menor que la de la Tierra, y ms distante del Sol, produce un dbil efecto invernadero que eleva en 10 grados la temperatura promedio de la superficie, que es de 60 grados bajo cero. Al parecer, tambin habra perdido la mayor parte de su agua.

    Qu contraste con la Tierra! Un planeta con tanta agua, que si se condensara en su totalidad a estado l-quido aumentara en casi 3.000 metros el nivel del mar. Pero eso no es todo: la atmsfera de la Tierra est com-puesta en gran parte por nitrgeno y oxgeno, y slo trazas de gases de efecto invernadero, entre ellos dixi-do de carbono (co2), xido nitroso (n2o), metano (ch4) y, no menos importante, vapor de agua (h2o). Todos estos gases, ya sea en cantidades traza o abundantes, son producto del metabolismo de la vida, de manera

    g

    1 The selfish gene, R. Dawkins, Oxford University Press, 1976. 2 La teora Gaia sostiene que las formas de vida han coevolucionado con el medio ambiente.

    3 El cual, mediante una fuente radiactiva, poda hacer que los electrones fueran liberados como radiacin beta a partir de gases traza. Gases traza son aquellos que constituyen menos del 1% del volumen de la atmsfera terrestre, exceptuando as el nitrgeno (78,1%) y el oxgeno (20,9%).

  • 23

    que las caractersticas de la atmsfera, incluida la tem-peratura de la superficie terrestre, estn determinadas por el conjunto de actividades de los seres vivos.

    Esa diferencia extraordinaria entre la Tierra y sus dos vecinos ms cercanos, Venus y Marte, fue lo que se present como una revelacin a los ojos de Lovelock. La atmsfera de la Tierra revelaba la mano de la vida mientras que las de Marte y Venus eran atmsferas en equilibrio qumico, o mejor, como lo enunci Lovelock, como los gases de escape que despiden los motores de combustin interna. Les dijo a sus colegas cientficos de la Nasa que el anlisis de la atmsfera que rodea a Marte es un claro indicio de que la vida en ese planeta era extremadamente improbable. Es ms, si hubiese existido vida, con el tiempo y el proceso inexorable de la evolucin, esa misma vida, en sus diversas formas, se habra expandido a lo largo y ancho de la superficie del planeta y dejado huellas qumicas, ya sea en la atmsfe-ra, en los ocanos o en la superficie del planeta.

    El agua, con sus caractersticas extraordinarias y excepcionales, es la clave de la vida en la Tierra. La teora de Gaia, correcta o no, ha demostrado ser una fuente de conocimiento e ideas sobre la naturaleza de un planeta viviente. En consecuencia, Lovelock y otros cientficos se empezaron a preguntar por qu la Tierra haba retenido el agua mientras los planetas vecinos aparentemente no. Es aqu donde la vida entra a des-empear un papel en la ecuacin, en particular al ge-nerar condiciones atmosfricas que previenen el paso del agua ms all de la tropopausa o zona de transi-cin entre la troposfera y la estratosfera4.

    La produccin de oxgeno libre, que se remonta por lo menos 3.500 millones de aos atrs, es un compo-nente vital de la historia que explica la forma como la Tierra retuvo el agua. En ese entonces ya haban apa-recido las bacterias, entre ellas las verdeazuladas, que elaboraban el proceso de fotosntesis5.

    En los ltimos cien millones de aos, la vida vegetal no slo ha cambiado el entorno local sino que ha re-percutido en fenmenos como la disminucin de siete grados en la temperatura superficial global. A lo largo

    de la evolucin de los rboles y de los bosques, el rea que alberga organismos productores de fotosntesis se ha extendido exponencialmente, con un aumento en las concentraciones de oxgeno de la atmsfera hasta alcanzar el 21% actual. La evolucin de los bosques de angiospermas6, al tiempo que ha hecho descender los niveles de dixido de carbono, bombea grandes canti-dades de vapor de agua a la atmsfera, que se traduce en precipitaciones tierra adentro.

    Hoy en da, con las emisiones de gases de efecto in-vernadero a partir del uso de combustibles fsiles y la deforestacin, nos acercamos a 400 partes por milln de dixido de carbono, en comparacin con las concentra-ciones preindustriales de aproximadamente 280 partes por milln. El aumento dramtico en las concentracio-nes atmosfricas de dixido de carbono sugiere que los humanos hemos revertido el proceso evolutivo que nos permiti gozar en el pasado de condiciones relativa-mente favorables y necesarias para que se produjera la revolucin agrcola hace unos 10.000 aos.

    Nos ha salido el tiro por la culata al destruir precisa-mente aquellos organismos, ya sea la vegetacin fores-tal o el fitoplancton marino que, combinados, elimina-ron grandes cantidades de carbono de la atmsfera.

    La evolucin de los rboles y su colonizacin de los continentes causaron un cambio en la qumica de la atmsfera al elaborar un ciclo de carbono en el que el oxgeno y el dixido de carbono se entrelazaron an ms en forma inversamente proporcional. Los crecientes niveles de oxgeno a expensas de las concentraciones atmosfricas de dixido de carbono empezaron a cum-plir una funcin esencial en la estratosfera al prevenir la penetracin de rayos uv-c de gran intensidad en la

    6 Plantas con flores.

    La teora de Gaia,correcta o no, ha

    demostrado ser una fuente de conocimiento

    e ideas sobre la naturaleza de un planeta viviente.

    4 Si el vapor de agua se escapara en forma relativamente fcil a la estratosfera, quedara expuesto a intensa radiacin ultravioleta de onda corta (UV-C) y se disociara en una molcula de hidrgeno libre y oxgeno monoatmico. El re-sultado sera la prdida inexorable de agua en la Tierra.5 Proceso por el cual los fotones de la luz solar descomponen el agua, donando un protn (H+) al dixido de carbono y formando as glucosa y oxgeno libre.

  • 24

    superficie de la Tierra, donde causaran un perjuicio incalculable a los organismos expuestos a ellos 7.

    Parece fortuito que en la capa ms baja de la atms-fera la troposfera la temperatura se enfre entre 6 y 9 grados al ascender, dependiendo de la presencia o no de vapor de agua. El resultado de este fenmeno es que 2,5 kilmetros por encima del nivel del mar el aire es suficientemente fro para que se formen nubes y la mayor parte del vapor de agua se condense. La at-msfera baja que puede contener algo de agua, en su mayor parte condensada a lquido o hielo, es de 13 a 14 kilmetros, por encima de la cual prcticamente no hay agua y la temperatura es de 60 grados bajo cero. El proceso de enfriamiento que ocurre en la capa inferior de la atmsfera a medida que se asciende, acta como una trampa de fro que, esencialmente, previene la prdida de agua en nuestro planeta.

    Si se toma en cuenta que durante el verano las temperaturas en el interior del Sahara superan los 45 grados mientras que las de la Antrtida pueden descender bruscamente a 40 grados bajo cero, la temperatura promedio en la superficie de la tierra es de unos 15 grados. A la atmsfera llega suficiente vapor de agua para suministrar la lluvia que permita mantener la vida en los continentes, y el ejemplo ms espectacular es la cuenca amaznica, en Sura-mrica. Por el solo hecho de que la capa inferior de

    la atmsfera se enfra progresivamente con la alti-tud, el vapor de agua se condensa y precipita, lo que permite que el agua en la superficie de la tierra se evapore y se recargue temporalmente la atmsfera con vapor. El proceso descrito, energizado por el Sol, facilita el reciclaje continuo del agua. Consecuente-mente, intervienen los siguientes factores: primero, la temperatura superficial, que se mantiene por la luz solar y los gases de efecto invernadero, y propi-cia la adecuada evaporacin de agua. Y, segundo, la variacin de temperatura, que ocurre en la capa inferior de la atmsfera por la expansin de oxgeno y nitrgeno, lo cual hace que el agua se condense y se congele. El resultado es un ciclo hidrolgico que permite que se conserve la vida.

    Para que haya vida sobre la tierra, la evapotranspi-racin8 es un proceso esencial. Suministra agua para la fotosntesis, mantiene fresca la temperatura de las hojas y, no menos importante, suple la capa inferior de la atmsfera de suficiente agua precipitable para alimentar la reserva que se transformar en lluvia.

    En la selva hmeda, con su cubierta cerrada, se ha desarrollado un ciclo hidrolgico que se ha perpetuado. Debajo de las copas de los rboles, la temperatura diur-na se eleva cuanto mayor sea la altitud, conservando as el equilibrio hidrosttico y una humedad relativamen-te constante, todo lo cual acta para mantener estable la humedad del suelo. Por encima de la cubierta espesa prevalece la situacin opuesta: el aire se enfra a mayor altitud y el vapor de agua tiende a condensarse cuando, al bajar la temperatura, se alcanza el punto de roco. Al golpear sobre nuestra cabeza y calentar la columna de aire, los rayos solares aumentan la evapotranspiracin, al menos hasta el medioda, cuando los estomatas9 se cierran con el fin de prevenir la cavitacin10 ocasionada por la creciente succin que resulta de la evapora-cin. Entretanto, la misma vegetacin habr liberado cantidades considerables de polen, de bacterias como algunas especies de Pseudonomas y compuestos qumi-cos como terpenos e isoprenos que generan sustancias

    8 El proceso que hace la vegetacin al succionar agua del suelo y la zona fretica por sus races hasta que la columna de agua, utilizando la accin capilar, llega a las hojas. Las hojas tienen billones de poros pequeos los estomas que, cuando se abren, permiten el flujo de agua en forma de va-por a la atmsfera.9 Son poros en las hojas que regulan el movimiento de gases como el CO2 y el O2.10 Cuando entra aire en una columna de agua se rompe el flujo.

    Los 6,5 millones de kilmetros cuadrados

    de la cuenca amaznica reciben cada segundo la

    energa equivalente a 20 bombas atmicas

    de la magnitud de la de Hiroshima.

    7 Al contacto con los rayos UV-C, el oxgeno se divide en dos tomos

    separados, quedando cada uno de ellos inmediatamente disponible, ya sea para la captura de hidrgeno o para la generacin de ozono (O

    3). El ozono acta en forma similar en relacin con la captura de

    rayos UV-B, con la diferencia de que en el proceso pierde un tomo de oxgeno.

  • 25

    capaces de formar nubes. Por consiguiente, las nubes, como bancos de vapor de agua condensada con una tendencia marcada a aglutinar grandes gotas de agua, intervienen para reflejar la luz del sol y mantener bajas las temperaturas de la superficie terrestre. Por lo me-nos en cierto grado, las estomas pueden reabrirse y el rbol contina su fotosntesis.

    El Sol es el generador de energa de la dinmica hidrolgica y forestal. Sobre el trpico ecuatorial, despliega enormes cantidades de energa. Los 6,5 mi-llones de kilmetros cuadrados de la cuenca amaz-nica reciben cada segundo la energa equivalente a 20 bombas atmicas de la magnitud de la de Hiroshima. El bosque absorbe cerca de las tres cuartas partes de esa energa en el proceso de evapotranspiracin. Por tanto, si ste llegara a desaparecer, la energa solar calentara la columna de aire y el suelo, hasta el punto de que la temperatura superficial durante el da se elevara 10 grados con respecto a la temperatura ac-tual. Con el bosque intacto, su rea foliar bombea a la atmsfera ms de la mitad del volumen total de llu-

    vias. Menos del 50% del total de precipitaciones que recibe la cuenca amaznica retorna a la costa atlntica de Brasil, por lo que los bosques ayudan a mantener la cantidad de agua precipitable en las capas bajas de la atmsfera, garantizando as que la parte interior del continente, a una distancia de hasta 4.000 kilmetros de la fuente ocenica, reciba agua. De hecho, Leticia, a pesar de estar situada a ms de mil kilmetros al oeste, recibe en promedio ms agua lluvia que Ma-naos. La cantidad de lluvia que cae en Leticia depende sin duda del funcionamiento de los bosques situados ms al este, como es el caso de Bogot, que con una altitud de 2.600 metros, presenta un clima amazni-co por excelencia. En esencia, eso quiere decir que el suministro de agua de los pramos como Chingaza de-pende de la espesa cubierta del bosque hmedo que se extiende miles de kilmetros hacia el este. As mismo, es evidente que los bosques de niebla de la cordillera Oriental de Colombia desempean un papel clave en la condensacin del agua que llevan los vientos prove-nientes del este, al pasar por la zona de convergencia

    Contina en la pgina 36

    Frailejn en el parque natural Chingaza.

  • Encenillos en bosque nublado de la cordillera Oriental.

    26

  • 27

  • 28

  • Raudal de Maipures en el ro Orinoco.

    29

  • 30

    intertropical, la zona donde los vientos alisios de los dos hemisferios se encuentran y forman lo que se co-noce como la circulacin de Walker.

    Los climatlogos han desarrollado modelos climticos en regiones especficas, que permiten distinguir la rela-cin entre la selva hmeda de la cuenca del Amazonas y el ciclo hidrolgico, con el objetivo de predecir el com-portamiento de las lluvias a lo largo de Suramrica como resultado del calentamiento global y la deforestacin.

    Todos los modelos indican una reduccin hasta de un 20% de la pluviosidad en la zona de la cuenca. Al respecto, David Medvigy, Robert L. Walko y Roni Avis-sar elaboraron un modelo que predice de algn modo un ligero efecto en la precipitacin total debido a la deforestacin. No obstante, en su artculo Effects of Deforestation on Spatiotemporal Distributions of Pre-cipitation in South America11 observan que el impacto ms significativo se registra en la cuenca occidental, ms precisamente en el Amazonas colombiano.

    Estn en lo correcto? Han tomado en cuenta todos los factores pertinentes? La fsica terica Anas-tassia Makarieva y su colega eclogo Victor Gorshkov, ambos investigadores del Instituto de Fsica Nuclear de San Petersburgo, creen que no. Ellos sealan que el proceso de evapotranspiracin que ocurre sobre la espesa capa del bosque hmedo tropical, seguido de un proceso de condensacin a unos dos y medio

    kilmetros por encima del nivel del mar, genera una presin que empuja el aire verticalmente hacia arri-ba. Luego, este aire es remplazado por aire succiona-do en forma horizontal, el cual, si viene del ocano, traer grandes cantidades de vapor de agua.

    La evidencia de que puede ser correcta la tesis rusa sobre la existencia de una fuerza bitica derivada de la condensacin de vapor de agua proviene de su an-lisis de las cuencas de los ros continentales y de cmo la cubierta selvtica tiene relacin directa con los patrones de precipitacin. Dondequiera que haya un bosque en una zona significativa de la cuenca, como an existe en las cuencas del Amazonas y del Congo, al igual que en la cuenca del ro Yenisi en Siberia, el nivel de precipitaciones permanece, independiente de la distancia de la desembocadura del ro. Cuando la cuenca del ro abarca un rea extensa sin rboles, las precipitaciones disminuyen exponencialmente de acuerdo con la distancia de la desembocadura. A partir de las leyes de la fsica, Makarieva y Gorshkov observan que si se deforestara la cuenca del Amazo-nas, la pluviosidad anual en Manaos sera del 13% res-pecto de la actual y la de Leticia, situada a unos 2.500 kilmetros de distancia de la costa atlntica, sera de poco menos del 1% de la actual pluviosidad anual, una cantidad tan pequea como la que cae sobre el desier-to de Negev, en Israel.

    Los estudios que he hecho con base en radioson-deos tomados en distintos puntos del recorrido de los vientos alisios de los dos hemisferios, desde el

    LA BOMBA BITICA

    En diversos artculos cientficos, Makarieva y Gorshkov han presentado las propiedades fsicas de la bomba bitica, que tan slo por su nombre sugiere una asociacin con la selva tropical. Han calculado que la presin que se ejerce justo por encima del dosel del bosque, equivalente a nueve milibarias (hPa) por kilmetro, es suficiente para absorber los vientos alisios; por el contrario, si el bosque desaparece la evapotranspiracin descendera exponencialmente en ms del 50%, punto en el cual la fuerza de evaporacin sobre el Atlntico tropical ser mayor que la fuerza de la bomba bitica y tender a jalar los vientos horizontales que soplan sobre la tierra hacia el ocano, como ocurre con los vientos ocenicos que pasan por encima del Sahara occidental.La fisiloga vegetal Sharon Cowling ha modelado el impacto de la deforestacin en el ciclo hidrolgico e indica que un cambio en el ndice de rea foliar, al pasar de 80% de cobertura de hojas anchas, o sea, de bosque denso, a un 50%, producir una disminucin de la evapotranspiracin de cerca de 3,5 mm/da, a aproximadamente 1,7 mm/da, en promedio durante el ao.

    11 David Medvigy, Robert L. Walko, Roni Avissar, Effects of Deforestation on Spatiotemporal Distributions of Precipitation in South America, Journal of Climate, vol. 24, N. 8, 2011, pp. 2147-2163.

  • 31

    ocano Atlntico tropical hasta la cuenca del Ama-zonas, y luego directamente sobre Bogot, indican que existe un gradiente en la fuerza de presin par-cial del vapor de agua12. Ms an, que el tamao del gradiente de fuerza de presin parcial es suficiente para explicar el paso de los vientos entre el ocano Atlntico y la cuenca amaznica, donde los vientos provenientes de los dos hemisferios convergen para formar un flujo de aire relativamente unificado en todo su recorrido hacia los Andes, a unos 3.000 kil-metros de distancia. En promedio, la velocidad del flujo de los vientos provenientes del este y que atra-viesan la cuenca es de un poco ms de un metro por segundo, lo que sugiere que le toma cerca de un mes llegar al oeste de la cuenca amaznica.

    As mismo, he efectuado estudios con base en datos meteorolgicos tomados de las selvas hmedas de Costa Rica, y estoy en proceso de demostrar que exis-te una correlacin significativa entre las variaciones medibles en la fuerza de presin parcial del vapor de agua durante el da y las variaciones de la presin baromtrica. Por otra parte, he encontrado una corre-lacin probable entre los cambios locales en la veloci-dad del viento superficial y las variaciones de la fuerza de presin parcial derivada del vapor de agua. El desafo es mostrar que las variaciones diurnas que se registran en la fuerza de presin parcial del vapor de agua pueden relacionarse con la apertura y el cierre de las estomas de las hojas como respuesta a la insola-cin y a la temperatura de la superficie.

    Si mi anlisis se puede confirmar mediante inves-tigacin y experimentacin adicionales, significa que puede ser correcta la tesis de Anastassia Makarieva y Victor Gorshkov, segn la cual la evaporacin y la condensacin en la troposfera media son impulsores fundamentales de la circulacin de aire en la superfi-cie de la Tierra. Dicha tesis permite explicar por qu debemos mantener la cubierta forestal de los trpicos y las regiones boreales del planeta y, de paso, cmo se forman los huracanes y los tornados.

    De hecho, segn la teora de la bomba bitica, la ex-tensa y espesa cubierta forestal succiona suavemente el aire en el plano horizontal, reduciendo as la energa disponible para la actividad ciclnica en reas tro-

    picales como el Caribe; por tanto, es probable que la deforestacin extensiva a lo largo y ancho del golfo de Mxico, en Yucatn y Chiapas, por ejemplo, repercuta en la intensidad y frecuencia de los grandes huracanes y tormentas tropicales que han golpeado la regin.

    En conclusin, la evolucin de las densas cober-turas forestales, y por consiguiente la de las angios-permas, puede haber sido el factor determinante de la irrigacin en el interior de los continentes. Esa evolucin habra transformado el paisaje en todas sus dimensiones fisicoqumicas y climticas, generando estados de equilibrio dinmico. La cuenca amazni-ca, la bomba bitica ms grande y concentrada del planeta, debe verse no como el pulmn de la Tierra, sino como su corazn, por su capacidad para conducir energa y por su extraordinario poder para transpor-tar vapor de agua. Baste con mencionar el papel que desempean los bosques amaznicos en la regulacin de las lluvias

    en el Medio Oeste de Estados Unidos y, no menos im-portante, la corriente que proporciona a la cuenca del Ro de la Plata cerca de la mitad de sus lluvias, ayu-dando a mantener la agricultura a gran escala.

    Vale la pena recordar que la Tierra est en proceso permanente de cambio y que el efecto de los mltiples ecosistemas naturales es transformar la geologa y el clima, de manera que las condiciones de vida sean ms equitativas. Por nuestras actividades, la Tierra se dirige a la sexta extincin masiva en la historia natu-ral del planeta, y nuestros intentos por simplificar el entorno nos han convertido en una fuerza contraria a la evolucin, que se mueve en sentido opuesto a los procesos que dieron origen a la extraordinaria biodi-versidad y al complejo funcionamiento de los grandes bosques continentales del mundo.

    La cuenca amaznica, la bomba bitica ms grande

    y concentrada del planeta, debe verse no como el

    pulmn de la Tierra, sino como su corazn.

    12 Es la fuerza que causa que el aire se desplace de las reas de altas presiones hacia las zonas donde stas son menores.

  • Colombia es el primer productor de carbn de Amrica Latina. La fiebre del carbn pone en

    riesgo la vida de miles de hombres que escarban bajo tierra para llevar energa barata al resto

    del mundo y, de paso, comprometen el acceso de numerosas personas

    al agua potable.

    Corazn de carbn

    Por lorenzo morales*Fotografas de Lorenzo Morales

    32

  • * Lorenzo Morales es periodista y profesor en la Universidad de los

    Andes. Fue editor de Semana.com y reportero de El Diario en Nueva

    York. Actualmente investiga el tema del boom minero en Colombia para

    el Pulitzer Center on Crisis Reporting. Sus historias han aparecido en

    medios nacionales e internacionales como TIME.com, BBC Mundo y

    National Geographic News Watch. Ganador del Premio Nacional

    de Periodismo Simn Bolvar 2011 a mejor reportaje para

    radio por un documental radiofnico sobre la

    minera de oro en el Choc.

    33

  • 34

    na lmina del Sagrado Corazn cuelga de la roseta de un bombillo en una de las paredes de la casa prefabricada de Floresmiro Olaya. Parece que el cristo, con el corazn encendido como

    un tizn ardiente, lo mirara de reojo mientras termina su desayuno: un caldo de papa y una taza de chocolate. El sol an no

    ha despuntado en el horizonte y Floresmiro se prepara para volver a su labor en las entraas de la tierra. Han pasado apenas seis semanas desde que

    una explosin en la mina de carbn en la que trabajaba mat a su hermano y cuatro amigos. Floresmiro fue el nico sobreviviente.

    Si en esa mina murieron cinco personas, por qu no mejor seis?, dice Floresmiro, un boyacense hablador de 34 aos, bigote hirsuto y mejillas coloradas.

    A veces pienso que habra sido mejor no despertar a esta realidad y ms bien haberme ido con ellos, dice aburrido de cargar con el peso de tener que narrar las

    tragedias. En 2006 sobrevivi a otra explosin que le mat a otro hermano en una mina cercana.

    La vspera de volver al trabajo, Floresmiro, envuelto en una ruana gastada y con botas de caucho, me llev hasta La Escondida, la mina donde ocurri el accidente, el

    ms mortfero en esta regin en lo que va del ao. Es una madrugada brumosa y fra, y el sol empieza a colorear las montaas en la vereda Peas del Boquern, del municipio de

    Sutatausa. Mientras caminamos, Olaya record nuevos detalles de aquel da.Ese 1.0 de febrero entr a la mina a las cinco de la maana, casi una hora antes que los

    dems. Iba a reparar uno de los arcos de madera que sostienen los socavones. Usted s madruga, no?, le dijo ms tarde su hermano, que bajaba, con los otros mineros, a picar el

    primer cochao del da, a unos 300 metros bajo tierra. Floresmiro le dijo que se vean luego para desayunar afuera.

    Igual a los cientos de minas informales de carbn que abundan en esta parte de la cordillera de los Andes, entre Cundinamarca y Boyac, La Escondida es una construccin precaria:

    un armazn de palos, un hueco oscuro que conduce al fondo de la tierra y un coche oxidado amarrado a una guaya de hierro que se enrolla y se desenrolla en el rin gastado de un viejo tractor

    esttico que cumple el papel de un ascensor. Cada mina es un lunar de holln en medio del verde intenso de estas montaas.

    La explosin ocurri por una acumulacin de gas metano, un subproducto de la descomposicin de la materia orgnica hace millones de aos. Floresmiro no sabe si la mina era ilegal o no (El patrn

    estaba sacando papeles, me dijo), pero reconoce que le faltaba ventilacin, que no tena refugios internos en caso de colapso y que la nica vez que vio a un inspector fue despus del accidente, cuando

    funcionarios de Ingeominas, la agencia nacional encargada de supervisar la seguridad minera, vinieron a cerrar la mina con una telaraa de cintas amarillas, de las que ya slo quedan unos jirones que cuelgan

    de unos espinos, como serpentinas. La explosin bot a Floresmiro casi hasta la boca de la mina, envuelto en un estornudo de polvo

    y piedras. l no lo recuerda, pero se lo contaron los que ayudaron a sacarlo. A los pocos minutos, la campana que usan los mineros que estn en el fondo para avisar al cochero que la carga est lista empez

    a repicar. Floresmiro cree que era su hermano pidiendo auxilio y se lo imagina rodeado de compaeros muertos, sofocndose poco a poco en la oscuridad.

    El equipo de salvamento tard dos horas en llegar. La gente dice que llegaron fue a recoger a los muertos y no a salvar a los heridos, cuenta Floresmiro y explica que venan mal equipados, a pedir herramienta prestada.

    En lo que se demoraron en llegar habran podido salvar algunas vidas, dice.

  • 35

    La mayor parte de los accidentes mortales del pas se presentan en minas de carbn de Cundinamarca, Boyac y Norte de Santander. Entre febrero y julio de este ao, las autoridades mineras inspeccionaron 524 minas en estos tres departamentos. Segn el reporte, el 73% operaba en condiciones inseguras.

    Un tren sin locomotora

    Colombia es en la actualidad el mayor productor de carbn de Amrica Latina y el quinto exportador del mundo. Este mineral representa el 25% de las expor-taciones del pas, el cual cuenta con reservas probadas de algo ms de seis billones de toneladas. El precio del carbn rompi rcords histricos. En 2003 se pagaban unos 78 dlares por una tonelada de carbn antracita (el de mejor calidad). En 2010, por la misma tonelada, se pagaban 160 dlares.

    Aunque la porcin ms grande de carbn se saca en minas de cielo abierto en manos de empresas multi-nacionales en el norte del pas (Cerrejn, Glencore y Drummond), una importante tajada de la produccin nacional recae sobre mineros como Floresmiro, que a diario aruan el carbn bajo tierra en miles de peque-as minas, muchas ilegales, desperdigadas por casi toda la zona montaosa del centro del pas. Estas minas son verdaderas madrigueras humanas que a veces al-canzan hasta dos kilmetros de profundidad. Aqu no hay ingenieros y la principal tecnologa es la intuicin.

    Los mineros colombianos estn cavando ms pro-fundo y ms rpido que nunca para llevar energa barata a los mercados del mundo, en particular de Estados Unidos y China, cuyo consumo se dobl en apenas seis aos. El apetito por el carbn de la cor-dillera colombiana es tan grande que una agencia internacional recibi hace poco una propuesta de China para financiar un ferrocarril que sacara el carbn desde Boyac hasta el puerto de Buenaventu-ra, en el Pacfico, atravesando medio pas.

    Aunque el presidente Juan Manuel Santos ha puesto a la minera en el corazn de su estrategia de desarrollo econmico, Colombia an carece de normas claras e instituciones preparadas para fomentar y regular una industria que est creciendo de manera catica, y gene-

    rando un riesgo sin precedentes para los trabajadores de las minas, la poblacin aledaa y el patrimonio am-biental de la nacin.

    El ao pasado, 173 mineros murieron en 80 acci-dentes mineros, tres veces ms vctimas que en el

    Tensin social en Boyac

    La fiebre del carbn, como la del oro y otros minerales en el resto del pas, ha puesto en riesgo la tranquilidad de pueblos que por dcadas han vivido pacficamente de la explotacin minera tradicional. Algunas re-servas especiales una figura para proteger a las pequeas comunidades con tradicin minera del departamento han sido aplas-tadas por la locomotora minera. En La Uvita, el gobierno declar en septiembre del 2007 una reserva para 22 mineros. No obstante, dos meses despus le entreg a un particular el derecho a explotar sobre ese mismo te-rreno. En Jeric, 50 familias mineras haban radicado una solicitud de reserva desde el 2004. Tras cinco aos de espera, cuando el gobierno se dispona a declarar ese territorio como reserva minera, Ingeominas le asign ese terreno a un particular, en un proceso que apenas dur un mes. En 2009, las pobla-ciones de Cucaita y Samac se movilizaron en contra de la minera Portland Mining, que obtuvo permiso ambiental de Corpoboyac para explotar carbn en un rea que segn los habitantes forma parte del pramo El Malmo, que abastece de agua a 18 veredas. En Tasco, la pelea entre los mineros del p-ramo y quienes tratan de defender el acceso al agua ha desembocado en hostigamientos. En agosto pasado, varios lderes de los acue-ductos veredales que han denunciado cmo las minas estn contaminando sus aguas di-jeron estar recibiendo amenazas y panfletos intimidatorios, que han obligado a varios de ellos a abandonar la regin.

    Contina en la pgina 34

  • Los mineros colombianos estn cavando ms profundo y ms

    rpido que nunca para llevar energa barata a los mercados del mundo, en particular de Estados Unidos y China, cuyo consumo se dobl

    en apenas seis aos.

    36

  • 37

  • 38

    2009, segn cifras oficiales. La peor tragedia en la his-toria reciente ocurri en junio de 2010 en la mina de carbn San Fernando, situada en Amag (Antioquia). Una explosin dej atrapados bajo tierra a 163 mine-ros, 73 de los cuales murieron.

    Despus de cada accidente primero Uribe y luego Santos anunciaron reformas inmediatas y estrictos controles, pero los accidentes continan. La explosin en La Escondida ocurri apenas una sema-na despus de que otra explosin de metano mat a 21 mineros en una mina de carbn en Sardinata (Norte de Santander). El 13 de junio, cinco mineros perdie-ron la vida, incluida una mujer embarazada, cuando una mina de oro se derrumb en Lpez de Micay (Cauca), una regin indgena al suroeste de Colom-bia. Y el pasado 14 de septiembre siete mineros ms perdieron la vida en Yuto, cerca de Quibd. El ms joven tena 20 aos y el mayor 65. Hasta mayo de este ao se haba reportado la muerte en accidentes de 62 mineros, segn cifras oficiales .

    En el momento del accidente en La Escondida, ape-nas 16 inspectores del gobierno (y 50 contratistas) tenan a cargo la supervisin en ms de 6.000 minas a lo largo y ancho de Colombia. Esta cifra slo da cuenta de las minas legales que aparecen registradas en Ingeominas, la entidad oficial que lleva el nico catastro de las minas en el pas. El gobierno calcula que hay otras 3.000 mi-nas ilegales dispersas en 18 de los 32 departamentos del pas, una cifra que puede ser optimista.

    Floresmiro le da un ltimo sorbo al chocolate y se alista para volver a los socavones. Un conocido le con-sigui trabajo en La Fortaleza, una mina a menos de 200 metros de donde ocurri el accidente. Mientras se enfunda en un overol beige, apura a Michael, uno de sus hijos, para que no llegue tarde a clase en la escuela. Luego se sienta para ponerse las botas de caucho ama-rillo con punta reforzada. En vez de medias, envuelve cada pie descalzo en un cono de papel peridico, un truco para que el fro y la humedad de la mina no los entumezca. Un minero puede permanecer hasta ocho

    horas bajo tierra, sin sol y entre temperaturas que pueden pasar del fro al calor intenso. Antes de salir le dice adis a Estela, su esposa, y besa un rosario de ma-dera que cuelga de un tocador junto a la cama.

    Todas las maanas uno piensa en la muerte y piensa en Dios, me dice Floresmiro de camino a la mina. Uno sabe que va a entrar, pero no sabe si va a salir, remata.

    Esa es su rutina desde hace 26 aos, y pese a los riesgos que corre, Floresmiro por ahora no piensa cambiarla. Para l, como para miles de campesinos de esta zona, la minera de carbn sigue siendo la prin-cipal fuente de empleo y la mejor pagada. Floresmiro gana cien mil pesos al da, unas cinco veces ms del salario mnimo legal en Colombia que es lo que le pa-garan si trabajara en unos cultivos de flores, el otro trabajo disponible en la zona. Por eso aqu nadie ve con malos ojos cada vez que aparece un nuevo hueco y un patrn que paga en efectivo. Tampoco nadie pre-gunta por permisos ni licencias.

    Agua o carbn?

    El coctel de necesidad y buenas rentabilidades les ha abierto el camino a nuevas minas que pululan en si-tios cada vez ms remotos. La fiebre del carbn en la cordillera ha llegado hasta las cspides de estas mon-taas, a los pramos, la principal fuente de agua dulce del pas.

    Al sur de La Escondida y La Fortaleza, loma arriba, est el pramo de Guerrero, el cual provee el agua para cinco municipios, entre ellos Zipaquir, una ciudad de ms de 100.000 habitantes. El paisaje es a la vez hermoso y alarmante: un valle de frailejones una planta endmica cuyas hojas aterciopeladas capturan las partculas de agua en las brumas permanentes a esta altitud ha sido perforado por decenas de hue-cos en medio de pilas de carbn. Los huecos estn conectados por trochas improvisadas que han abierto los buldceres y las volquetas que sacan el mineral. Mineros con la cara tiznada y sacos de lana rados de-tienen sus carretillas para observar a los extraos.

    Nuestro principal problema es el boom minero, que nos est dejando sin agua, me dijo Javier Garzn,

  • 39

    alcalde de Cogua, un municipio de 20.000 habitantes que viven de cultivar papa y pastorear sus vacas en las faldas de esta montaa. Garzn organiza jornadas con los nios de las escuelas para ensearles que el agua que toman no viene de la llave como una vez un nio le dijo sino de ese pramo, que es como una esponja, en las montaas que rodean el pueblo. Los pramos repre-sentan apenas el 2% del territorio del pas, pero proveen el agua al 70% de los colombianos.

    Si esto no se detiene vamos a terminar desplaza-dos, esta vez no por la guerrilla o los paramilitares sino por la gente que est abriendo minas sin ningn control, dijo Garzn mientras mirbamos desde un peasco del pramo el valle verde que rodea su pue-blo y, ms all, la represa del Neusa, que se abastece tambin del agua que baja de este pramo.

    Garzn, quien ese da llevaba puesto un chaleco azul claro con un logo que deca El agua es vida, viene librando una dura batalla para frenar estas minas que siguen apareciendo cada da, pese a que desde 2010 la ley las prohbe en pramos, reservas forestales y par-ques naturales. Hoy, 108.972 hectreas de pramo han sido entregadas a la exploracin y explotacin minera, segn un informe de la Defensora del Pueblo. A esas hay que sumarles quizs otros cuantos miles de hec-treas de minas, como las de Guerrero, sin ttulo ni licencia y por tanto totalmente fuera del radar del Esta-do, pese a estar a menos de 100 kilmetros de Bogot, la capital, y a la vista de cualquier paseante campestre.

    Garzn asegura que hasta ahora ninguna de las mi-nas que trabajan en su pramo ha sido cerrada ni sus dueos procesados por la justicia. Un hecho que con-trasta con el ahnco con el que a veces las autoridades caen sobre los males menores. En un hecho inusual, un juez de Manizales conden a 32 meses de crcel (casi tres aos) a un campesino de Lbano (Tolima), por llevar a pastar a 31 vacas a alfombrales, una zona de pramo del Parque de los Nevados. Adems, le impu-sieron una multa de 133 salarios mnimos.

    Qu pas, Flores, tiene miedo?, le pregunta Jexce-nia Corredor a Floresmiro cuando ste se detiene por

    El derrumbe de Ingeominas

    Entre 2002 y 2010, el rea con ttulos mineros en Colombia se dispar de 2,8 millones de hectreas a 21 millones, segn cifras del gobierno. Esto equivale a casi el 20% del territorio del pas. Estos ttulos, el primer paso para iniciar una explota-cin, son entregados por el Instituto Colombiano de Geologa y Minera (Ingeominas).

    En junio pasado, el ministro de Minas y Energa, Carlos Rodado Noriega, puso en evi-dencia la grave corrupcin en esa entidad.

    Rodado denunci una piata en la en-trega de ttulos de explotacin minera sin cumplir los requisitos o en zonas prohibidas, como reas del sistema de parques nacionales naturales, pramos o resguardos indgenas. Algunos de los beneficiarios de estos permisos son empresas como Anglogold Ashanti, Oro Barracuda, Negocios Mineros, al igual que per-sonas naturales, algunas dedicadas a especular con estos derechos, que son indispensables para iniciar una explotacin minera. Hay 238 ttulos inscritos que no superan la hectrea y casos extremos como uno de 19 metros de an-cho por 16 kilmetros de largo y otro de apenas 33 centmetros cuadrados. Tan slo una pareja, segn inform El Tiempo, ha solicitado ms de 500 ttulos, de los cuales, en tiempo rcord, asignaron 12, que a su vez revendieron a gran-des compaas.

    Por esta situacin, hay ms de 25 funciona-rios del Ingeominas investigados por la Pro-curadura, incluidos los exdirectores Mario Ballesteros y Julin Villarruel. Tambin son investigadas todas las delegaciones de Ingeo-minas en el pas, as como varias corporaciones autnomas, por conceder licencias ambientales de forma irregular.

    un instante antes de iniciar el descenso al socavn de La Fortaleza. Jexcenia es la supervisora de la mina. La contrataron despus del accidente de febrero y le die-ron un detector de gases que se cuelga al cuello, como

    Contina en la pgina 38

  • 40

  • La fiebre del carbn en la cordillera ha llegado hasta las cspides de estas montaas, a los

    pramos, la principal fuente de agua dulce del pas.

    41

  • 42

    si fuera el estetoscopio de un mdico. En pocas minas de estos lados se usan estos medidores.

    No, miedo no responde Floresmiro, pero es que no es fcil. Se siente culpable. l piensa que los dems compaeros le reprochan haber sobrevi-vido a la explosin que mat a sus seres queridos. Antes de avanzar, se persigna frente a una virgen pequea y cubierta de polvo negro puesta entre un doblez de la roca.

    Despus de insistir y firmar una hoja de cuaderno escolar que dice que lo hago bajo mi responsabili-dad, me permiten bajar con Floresmiro y Jexcenia al fondo del socavn. Van a revisar el estado de algu-nas vigas que Floresmiro tendr que remplazar, en su primera tarea. Me entregan un casco con linterna y me preguntan si mis prendas son de algodn (el nailon genera esttica y produce pequeas chispas que pueden producir una explosin). Tambin me piden que me abstenga de usar el flash de mi cma-ra, otra chispa diminuta que puede desencadenar una tragedia.

    El tnel desciende por una pendiente de casi 45 grados y se sostiene con arcos de eucalipto emplaza-dos a cada metro, formando una especie de trquea ptrea. Del fondo sube un aire helado. El suelo es lo-doso por las aguas subterrneas que se filtran. A medida que descendemos, el punto de luz de la puerta se va cerrando a nuestra espalda hasta des-aparecer por completo. El tnel se hace cada vez ms estrecho y ms bajo. Tenemos que encorvarnos hasta el punto de que cada tanto los cascos, con sus lam-paritas tenues, golpean por accidente las vigas que sostienen la mina.

    Estos postes hay que remplazarlos, le dice Flores-miro a Jexcenia mientras golpea con el puo cerrado una viga mohosa. En algunos lugares, la madera de los arcos de apoyo parece podrida; en otros, los arcos faltan por completo.

    Nos detenemos en un punto y nos sentamos en las rocas. Hace falta aire. Cada palabra sale con esfuerzo. Estamos 300 metros bajo tierra, a escasos 100 del frente donde se escucha a los mineros que siguen aruando la roca con sus picas.

    Est bien bonita esta mina, dice Floresmiro aca-riciando las paredes oscuras de la montaa, como si estuviera tanteando el lomo de un animal.

    Encima de nosotros, en la superficie, el paisaje ha cambiado drsticamente. Floresmiro recuerda que cuando era nio, donde ahora hay arrumes de car-bn, sola haber cultivos de maz, pap y trigo. Ahora nos toca comprar en las tiendas lo que antes recoga-mos en la parcela, dice, con el aliento entrecortado. Asegura que las minas han ido tomndose su vereda, y las ms grandes han ido comprando a las ms chi-quitas.

    Floresmiro asume su trabajo como una heren-cia. No se hace muchas preguntas, aunque dice que despus del accidente piensa que sus hijos deberan seguir otro camino. Empez a trabajar en las minas cuando contaba ocho aos. Le ayudaba a su padre, Guillermo, un campesino que ahora tiene ochenta aos pero sigue hablando recio. No cree en ingenieros ni en comisiones oficiales, como la que vino despus del accidente a poner orden. El viejo est orgulloso de haber abierto, segn l, cien minas. He trabajado en esto desde que me salieron los dientes y hasta que se me cayeron, le gusta decir.

    Lo ms probable es que Floresmiro siga el mismo camino de su padre (ya perdi el primer diente), y aunque no quiera, sus hijos tambin. Todas las tar-des, despus de la escuela, los nios de esta vereda salen a jugar a las minas abandonadas. Juegan a ser mineros, empujando carretillas imaginarias, pi-cando piedras con otras piedras o encaramados en los arrumes de vigas de eucalipto fingiendo ser los choferes de los camiones que, todos los das, al final de la tarde, vienen a llevarse lo que los grandes ya le sacaron a la montaa. Antes de volver a casa, cuando empieza a anochecer, de las sobras de carbn que quedan llenan costales, se los echan al hombro y los llevan a la casa para encender las estufas.

    Cunto oxgeno tenemos?, pregunta de pronto Floresmiro. Jexcenia mira el medidor: 20-8, res-ponde. Floresmiro se incorpora en seal de que es momento de regresar a la superficie. Dentro de poco bajar el contingente de mineros del siguiente turno. Retomamos la empinada cuesta hacia la bocamina. Los ojos se han acostumbrado a la penetrante oscuri-dad del socavn y sufren cuando, tras un impercep-tible doblez del tnel, en lo alto empieza a titilar un diminuto haz de luz solar, como la estrella tutelar de la nica noche permanente en pleno medioda.

  • 43

  • 44

    Por Cristina de la Torre*Mapas de Fernando Salazar Holhun

    *Cofundadora y periodista de planta de la revista Alternativa.

    Investigadora y docente de la Universidad Externado de

    Colombia, Columnista de El Espectador. Algunos de sus

    trabajos son lvaro Uribe o el neopopulismo en Colombia; El

    Estado social y su mundo; Poltica petrolera colombiana; Revolcn,

    clientelismo y poder poltico, y Colombia camino al socialismo.

  • 45

    uando Carlos Lleras habl de incorar tierras en la sabana de Bogot y en

    el Valle del Cauca, sus terratenientes levantiscos amenazaron con desencadenar

    una guerra civil. La parcelacin de Jamund precipit el Pacto de Chicoral, que sepult para

    siempre la reforma agraria. Cuarenta aos despus, las leyes de Vctimas y Tierras vuelven a poner al agro en la palestra del debate pblico. A las primeras restituciones de fundos arrebatados a sus dueos, el presidente advierte sobre nuevas veleidades levantiscas de la mano negra. Aunque hoy no se habla de repartir tierras sino

    de devolver las usurpadas y de modernizar el campo, como presupuestos de paz, en un pas flagelado

    por el narcotrfico y el conflicto armado. De esta guerra emanaron el despojo y la huida de

    cuatro millones de campesinos; el control de territorios enteros por ejrcitos

    ilegales; y, slo entre 2006 y 2010, la fruslera de 173.183

    inocentes asesinados y 34.467 desaparecidos a manos de paramilitares, segn la Fiscala. La tierra se troc en factor de guerra, porque los

    contendientes perseguan el control militar del territorio.

    Entre tanto, el modelo de desarrollo rural viraba hacia una

    nueva ecuacin: ms larguezas para los grandes empresarios, olvido para el campesinado

    raso. Pero el sector empresarial, orgullo de la patria, no le produjo al pas riqueza ni empleo: en 2010 la agricultura creci cero y la pobreza agobiaba al 64% de los campesinos. Si en 1991 Colombia import un milln

    El llamado de la Tierra

  • 46

    de toneladas de bienes agropecuarios, en 2010 fueron nueve millones1. Y, sin embargo, la participacin de los apoyos directos del gobierno a los grandes productores haba saltado del 17,4% en los aos noventa al 46,7% en la primera dcada de este siglo; en los mismos periodos, la participacin del desarrollo rural baj de 46 a 12%. Por desmantelamiento del Estado promotor del desarrollo, de ocho entidades pblicas del sector agropecuario ica, dri e Incora comprendidas hoy slo quedan dos: Incoder y el propio Ministerio de Agricultura. Como se ve, a la par con el desmonte de las instituciones pblicas, se estrangul financieramente al sector agrario y cuanto qued en caja se canaliz al bolsillo de los grandes empresarios. Dganlo, si no, los subsidios de Agro Ingreso Seguro. Se construy un modelo modernizante, ms cifrado en el privilegio y el mercado que en el Estado y el inters comn. Y se preserv el orden social de jerarquas petrificadas que vena desde el origen de los tiempos.

    La agricultura colombiana se afirma hoy sobre dos franjas distintas: la frontera agrcola, por un lado; y, por el otro, la altillanura, que se presta para agri-cultura comercial moderna y biocombustibles; para cultivos intensivos en capital, no en mano de obra. En la primera franja, asiento de pequeos, medianos y grandes propietarios, donde estos ltimos acaparan el grueso de la tierra, se remplaz la reforma agraria redistributiva por subsidios que le dieran al pequeo campesino acceso al mercado de tierras. Congelado qued el sistema de tenencia de la tierra, y su concen-tracin se acentu con la incursin del narcotrfico. Congelado, tambin, el uso inadecuado del suelo, que es causa del estancamiento en el campo. En Colombia slo se explota la tercera parte del potencial agrofo-restal. La ganadera bien podra contraerse a la mitad del rea que hoy ocupa. La absurda concentracin de la tierra (segunda en el mundo), acicateada por los precios astronmicos de la especulacin, bloquea la actividad productiva del sector.

    Para Absaln Machado2, experto agrarista, no habr justicia en el campo, ni modernizacin, ni productivi-dad, si no se redistribuye la propiedad agraria. Y no se

    1 Ver Daro Fajardo, Contribucin del modelo de desarrollo agrario a la cri-sis alimentaria en Colombia, conferencia dictada en la Academia Colom-biana de Ciencias Econmicas, Bogot, septiembre de 2011.2 Entrevista realizada el 9 de septiembre de 2011 en Bogot.

    trata de atomizar an ms el minifundio en parcelas liliputienses condenadas a la miseria, sino de robus-tecer la mediana propiedad a expensas del latifundio improductivo. Tampoco se trata de expulsar de la frontera agrcola a la poblacin sobrante, en honor del viejo modelo de colonizacin (hoy hacia la altilla-nura) que deja inclumes el atraso, las inequidades, los desequilibrios y el conflicto.

    Tierra y conflictoDos conflictos confluyen en el campo: el agrario y el armado. El primero apunta a la tierra; el segundo, al territorio y al control de la poblacin. Cuando la tierra deviene instrumento de guerra, uno y otro se entrelazan. Se la arrebata por presin de compra, por estafa o por la fuerza, para trazar corredores de co-mercializacin del narcotrfico o derivar otras rentas. Preservarlos implica controlar el territorio. Reinar. Y guerrear contra otros que van por la misma presa. Desde los aos ochenta, nuestra guerra deriva menos de la lucha por la tierra entre campesinos y terra-tenientes que de la disputa por el territorio, por la captura de las entidades pblicas, del poder poltico, de las rentas municipales y el negocio de las drogas ilcitas3. Incrustado en la entraa del campo, el nar-cotrfico articul los intereses econmicos y polticos de la sociedad agraria y sus elites, y la guerra entre guerrillas y paramilitares. La capacidad de coercin armada se convertira en el principal argumento de articulacin del poder en la sociedad rural4.

    El conflicto armado sigui una nueva dinmica. Para defenderse de la guerrilla y proteger su riqueza, narcotraficantes, ganaderos y terratenientes promo-vieron la creacin de autodefensas armadas y muchos terminaron fundidos en ellas. Entonces se salt de la lucha por la tierra a la disputa por el territorio. Cada vez ms financiada por el narcotrfico, la guerrilla bus-caba expandirse sobre el territorio y tomarse el poder. El paramilitarismo se propona controlar el negocio de la droga, revistiendo su guerra con galas de lucha contrainsurgente. Eje de su accin fue el despojo: 6,5

    3 Ver pnud, Colombia rural, razones para la esperanza, Informe Nacional de Desa-

    rrollo Humano. Bogot, septiembre de 2011.4 Ibd., p. 34.

    Contina en la pgina 46

  • 47

    Desde los aos ochenta, nuestra guerra deriva menos de la lucha por la tierra entre campesinos y terratenientes que de la disputa por el territorio, por la captura de las entidades pblicas, del poder poltico, de las rentas municipales y el negocio de las drogas ilcitas.

    Vista 3D del Mapa de ecosistemas continentales, costeros y marinos de Colombia (IDEAM, IGAC,

    IAvH, Invemar, I. Sinchi e IIAP. 2007). Modelo de elevacin SRTM 3 seg.

  • 48

    La reforma rural desborda la sola redistribucin de tierra: demanda capacidad institucional,intervencin del Estado, articulacin de organizaciones sociales al poderpblico, con propuestas de cambio y desarrollo.

    Vista 3D del valle del Magdalena y los nevados de la Cordillera Central. Modelo de elevacin

    SRTM e imgenes LANDSAT 2001 de la Universidad de Maryland.

  • 49

  • 50

    tierras se han convertido en talanqueras formidables para el desarrollo en el campo. Bloqueado el acceso a la tierra, se restringen la inversin, la produccin y el ahorro: el crecimiento resulta deleznable o nulo, y explosivo el potencial de conflictos. Los planes de desarrollo no alteran la concentracin de la propie-dad; propenden a la modernizacin, mas no a la dis-tribucin. Perpetan esta estructura irracional que obstaculiza el desarrollo humano y el crecimiento econmico del sector. Inversionistas, terratenientes, narcotraficantes y grupos armados terminan por su-bordinar la lucha histrica por la tierra al control del territorio, casi siempre con fines de narcotrfico.

    Poco Estado y mucho mercado respira este modelo: Colombia necesita ms Estado en el mercado y menos mercado en el Estado, postula Machado7. No basta la restitucin de tierras agrega, hay que abrir las puer-tas a la modernizacin con un Estado ms interventor y regulador. Entonces, qu tierras distribuir, cmo hacerlo y dnde? Si ha de repartirse, ser cerca de las ciudades y en zonas con verdadero potencial producti-vo en agricultura, en ganadera, en explotacin fores-tal. Siempre dentro de la frontera agropecuaria. Tierra hay: en ganadera sobran quince millones de hectreas, en suelos con vocacin agrcola se desperdician otras tantas y el mismo nmero se subutiliza en reas fores-tales. Pero reconvertir la ganadera y aprovechar todo el potencial agrcola y forestal son empresas que pasan por resolver el conflicto por la tierra.

    Ms all de la frontera agrcola, en la altillanura, se va afirmando el modelo de gran explotacin agroindus-trial, de consorcios poderosos, algunos extranjeros. No se prestan estas tierras para repartir a campesinos sino para proyectos empresariales de grandes inversiones. La incgnita all ser cmo incorporar a los pobladores de la regin: como mano de obra a destajo, o en pro-gramas tipo Fasenda, empresa que explota a plenitud quince hectreas en porcicultura, maz y otros cultivos. Con todo, la oferta de trabajo ser precaria en planta-ciones agroexportadoras que habrn suplantado a la agricultura campesina. Arturo Infante y Santiago To-bn8 calculan que, de mecanizarse el corte de caa para producir etanol en las 200 mil hectreas sembradas, los

    millones de hectreas fueron arrebatadas a sangre y fuego o abandonadas en estampida. Mientras el despojador converta la tierra en botn de guerra, el Estado dejaba hacer, dejaba pasar.

    El senador Juan Fernando Cristo, promotor de la Ley de Vctimas, seal que Colombia era testigo del ms grande despojo de tierras del hemisferio occidental en el ltimo siglo. Mas, para sorpresa de todos, en decisin de gobierno que har historia, el presidente Santos debut con la promesa de redimir a las vctimas del despojo, as en ello me vaya la vida. Ha corrido sangre de lderes que reclaman la tierra usurpada. Guillermo Rivera, ponente de la ley que la prescribe, escribi que la mejor manera de garanti-zar la aplicacin de la Ley de Vctimas es procurando la organizacin de stas: Lleras Restrepo apost a la organizacin de los campesinos para enfrentar pol-ticamente a los terratenientes, Santos debera apostar a la organizacin social de las vctimas para enfrentar polticamente a la mano negra5.

    El modelo ruralDe 21,5 millones de hectreas aptas para agricultura, Colombia slo explota 4,9 millones. A ganadera se dedican 31,6 millones, 10,6 millones ms de lo nece-sario. El potencial estimado para explotaciones co-merciales y bosques nativos bordea los 20 millones de hectreas, pero a esos renglones se destinan apenas 7,4 millones. Es decir, que hay en el pas 39,8 millones de hectreas inexplotadas o mal usadas6. La expan-sin sin pausa de la ganadera extensiva en la frontera agropecuaria encuentra estmulo en las polticas de gobierno y en el mercado, factores que convierten la tierra en bien especulativo: la tienen sus propietarios no para producir, crear ingresos y empleo, sino para derivar rentas. Y no pagan impuestos, o tributan pre-diales irrisorios. La ganadera extensiva destruye bos-ques y ocupa suelos de vocacin agrcola.

    Por su parte, la concentracin de la propiedad impide la incorporacin de los pobladores a la pro-duccin y a los recursos productivos. Sabido es que este modelo de tenencia y el uso inadecuado de las

    5 Guillermo Rivera, El Tiempo, 8 de septiembre de 2011.6 Datos extrados de la entrevista citada a Absaln Machado.

    7 En este apartado seguimos la entrevista a Machado.8 Infante y Tobn, Implicaciones de las polticas pblicas sobre biocombustibles, Roma, FAO, 2009.

  • 51

    13,25 millones de jornales se desplomaran a 4,86. Sufre el empleo a manos de la competitividad. Y la seguridad alimentaria queda pendiendo de un hilo.

    Qu necesidad haba de abrir toda esta zona de reserva, de situar en ella la locomotora agrcola del gobierno se pregunta Machado, si disponamos de tantas posibilidades inexploradas dentro de la fron-tera agrcola? Economa de enclave? Colonizacin pura y dura para no tocar la estructura de propiedad en la frontera agrcola?

    Modernizar sin repartirComo complemento a la devolucin de fundos expo-liados, el gobierno ha anunciado una Ley de Tierras y Desarrollo Rural que responda por el desarrollo social y econmico en el campo, para beneficio prioritario del campesinado pequeo y medio. En forma expresa ha dicho el ministro Restrepo que no reeditar la re-forma agraria de los aos sesenta, con distribu