Wulf Dorn La psiquiatra - Duomo .La psiquiatra Wulf Dorn duomo ediciones Duomo_ 3

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  • La psiquiatraWulf Dorn

    duomo ediciones

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    Barcelona, 2015

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  • Ttulo original: Trigger

    2009, Wulf Dorn (www.wulfdorn.net), Originally published 2009 by Wilhelm Heyne Verlag, Munich, Germany All rights reserved

    2015, de esta edicin: Antonio Vallardi Editore S.u.r.l. 2011, de la traduccin: Bea Galn

    Primera edicin en esta coleccin: febrero 2016

    Duomo ediciones es un sello de Antonio Vallardi EditoreAv. del Prncep dAstries, 20. 3 B. Barcelona, 08012 (Espaa)www.duomoediciones.com

    Gruppo Editoriale Mauri Spagnol S.p.A.www.maurispagnol.it

    isbn: dl b 24814-2015cdigo ibic: fa

    Diseo de interiores:Agust Estruga

    Fotocomposicin:Grafime. Mallorca 1. 08014 Barcelona (Espaa)

    Impresin:Grafica Veneta S.p.A. di Trebaseleghe (PD)Impreso en Italia

    Queda rigurosamente prohibida, sin la autorizacin por escrito de los titulares del copyright, la reproduccin total o parcial de esta obra por cualquier medio o proce-dimiento mecnico, teleptico o electrnico incluyendo las fotocopias y la difusin a travs de internet y la distribucin de ejemplares de este libro mediante alquiler o prstamos pblicos.

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  • Para AnitaLas tres cifras mgicas: 6 0 3

    Y para K.-D.Ests donde ests, aqu te echamos de menos

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  • Quin teme al hombre del saco?Nadie!Pero qu hacemos si lo vemos?Correr!

    Cancin de un juego infantil alemn

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  • 9

    prLogo

    Ciertas leyendas hablan de lugares que atraen el mal. Lugares en los que las desgracias se suceden inevitablemente, incomprensi-blemente.

    Hermann Talbach estaba convencido de que las ruinas de la vieja finca de los Sallinger eran uno de aquellos lugares. En su pueblo todos lo estaban. Algunos pensaban, incluso, que cual-quiera que se acercara a ellas estaba condenado a perder el juicio, como le sucedi al propio Sallinger, quien una noche de mayo prendi fuego a su casa y muri entre las llamas junto a su mujer y sus dos hijos.

    Y, sin embargo, esta vez Talbach habra dado lo que fuera por encontrar las ruinas lo antes posible. Mientras corra por el ca-mino del bosque, acompaado por Paul, rezaba por no llegar de-masiado tarde. En sus manos estaba evitar una tragedia.

    Enfundado an en su mono azul y con las manos manchadas de aceite, el mecnico pas a toda prisa junto a los mohosos es-combros del antiguo arco de la puerta. Aunque haca tiempo que haba cumplido los cuarenta y un accidente en la plataforma ele-vadora del taller lo haba dejado cojo, Paul, de diecinueve aos, apenas poda seguirle el ritmo.

    O quiz la lentitud del chico estuviera provocada por la visin de las estrellas de cinco puntas que alguien se haba dedicado a pintar en varios mojones para ahuyentar a los malos espritus? La mayora haba palidecido con el paso de los aos, ciertamen-

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  • 10

    te, pero an podan reconocerse con claridad; la suficiente como para mantener viva la zozobra ante el tenebroso poder de aquel lugar. Y, por el comportamiento de Paul, pareca que ninguna ge-neracin quedaba a salvo de aquella angustia. En el reparto de los talentos, el Creador haba bendecido al joven ayudante de Tal-bach con formalidad y diligencia, pero al parecer se haba queda-do sin reservas de coraje y astucia

    Cuando el mecnico lleg a lo que haba sido el patio inte-rior de la finca, se dio la vuelta para mirar a Paul, que lo segua jadeando, y se sec el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando en su lugar una holgada mancha de aceite.

    Tiene que estar por aqu dijo, jadeando, mientras miraba a su alrededor. Oyes algo?

    Paul apenas alcanz a negar con la cabeza.Ambos aguzaron el odo e intentaron escuchar ms all de

    los tenues sonidos del bosque. Los pjaros gorjeaban en la dis-tancia, una rama seca cruji bajo el peso de la bota de Talbach, un abejorro alete sobre un pequeo serbal y el zumbido de los mosquitos pareci aduearse del aire. Talbach ni siquiera se dio cuenta del festn que los pequeos chuppteros se estaban dando en sus brazos y cuello. Estaba demasiado concentrado en percibir un grito humano, por lnguido que fuera.

    Pero fue en vano. El lgubre silencio de aquel maldito lugar lo cubra todo como un pesado y oscuro manto. Pese al calor del medioda, Talbach not que tena la piel de gallina.

    All! grit Paul, sobresaltndolo.Mir hacia el lugar que sealaba el chico y vio el destello. Pro-

    vena de un trocito de papel de plata que haba quedado atrapado en el frgil halo de un rayo de sol. Los dos hombres corrieron ha-cia all y descubrieron hierba pisoteada, huellas de zapatos y otro pedazo de papel de plata escondido tras un tronco enmohecido.

    Talbach cogi uno de los papeles. An ola al chocolate que haba envuelto haca poco.

    Han estado aqu. Pero dnde?

    Wulf Dorn

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  • 11

    No acab la frase. Tena puesta toda su atencin en el claro del bosque en el que esperaba encontrar ms huellas. Tena que haber ms huellas.

    Entonces pos la mirada en una zona cubierta de maleza que rodeaba el antiguo patio de la finca. Se acerc ms a ella y vio unas ramitas dobladas. Y justo detrs, una especie de escalera de piedra.

    Aqu est! grit.Tan rpido como le permitieron la capa de musgo y el resbala-

    dizo manto de hojas secas que cubran la escalera, Talbach baj por los peldaos, seguido muy de cerca por Paul. En cuestin de segundos se encontraron en el viejo stano de la casa. Talbach dej escapar un grito de sorpresa al ver abierta de par en par la pesada puerta de roble con las bisagras de hierro oxidado.

    Paul se qued inmvil a su lado, rgido cual perro cazador que acabara de ver a su presa. Lo que tena ante s le hizo palidecer.

    Qu demonios gimi Talbach. No fue capaz de decir nada ms.

    Horrorizados, los dos hombres clavaron su mirada en la man-cha de la pared izquierda del stano.

    La sangre an estaba hmeda. Pareca una mancha de aceite color prpura sobre las mugrientas rocas.

    La psiquiatra

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  • primera parte

    La paciente

    Scary monsters, super creeps,keep me running, running scared!

    David Bowie, Scary monsters

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  • 15

    1

    Bienvenidos a la clnica del bosque

    Medicina psiquitrica,

    psicoteraputica y psicosomtica

    El maldito lmite de velocidad en el vasto recinto de la clnica era de veinte kilmetros por hora, pero el velocmetro de la doctora Ellen Roth marcaba, al menos, cincuenta.

    Se diriga al edificio en el que se hallaba la unidad nmero nueve. Por ensima vez aquella maana mir hacia el cuadro de mandos, como si esperara que los pequeos dgitos del reloj se compadecieran de ella y se lo tomaran todo con un poco ms de calma. Sin embargo, estos le indicaron con inclemente exactitud que llegaba ms de media hora tarde.

    Tambin por ensima vez maldijo el embotellamiento con el que se haba topado en la autopista, entre el aeropuerto de Stutt-gart y la salida de Fahlenberg, y que, como todo caos circulatorio, converta cualquier propsito de planificacin horaria en un im-posible y aproximativo proyecto de clculo. En su camino hacia la clnica haba pasado de un atasco a otro y, en los poqusimos tramos en los que haba podido circular con fluidez, haba rezado para no cruzarse con ningn radar.

    Si Chris hubiese estado con ella le habra recordado que las pri-sas no son buenas consejeras. Cuando se llega tarde, se llega tar-de. De nada sirven unos minutos ms o menos, le habra dicho.

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  • 16

    Chris, su novio y compaero de trabajo, se hallaba en aquel momento a diez mil metros sobre el suelo y ya lo echaba de me-nos. Aunque aquella maana l no haba estado de muy buen hu-mor, la verdad. Al contrario, se haba mostrado muy serio mien-tras le peda que pensara en su promesa. Pero a ella se le revolva el estmago con solo pensarlo. Y si fracasaba y lo decepcionaba? Ay, no quera ni imaginarlo!

    La grava del suelo sali disparada en todas direcciones cuan-do Ellen se detuvo en el aparcamiento reservado para el personal del hospital. Apag el motor y respir hondo. El corazn le lata con tal fuerza que pareca haber corrido los sesenta kilmetros desde el aeropuerto.

    Clmate, Ellen, clmate. Llegas muy tarde, pero ya no pue-des hacer nada por evitarlo se dijo, mientras miraba fugazmente por el retrovisor.

    Por un instante tuvo la impresin de haber visto a una desco-nocida en el espejo; a una mujer mucho mayor que ella. Bajo sus ojos marrones se dibujaban unas marcadas ojeras y su oscuro pelo corto, que por lo general le confera un aire fresco y juvenil, pareca reseco y grisceo en el interior del coche.

    Suspir.Podras tirar el dni y hacerte valer por tu aspecto, le sugiri

    a su imagen en el espejo. As podras jubilarte a los veintinueve.Ya iba siendo hora de reducir el estrs y aumentar los ratos de

    descanso.Sali de su biplaza y cerr la puerta de golpe, justo un segun-

    do antes de darse cuenta de que se haba dejado la llave puesta. Volvi a abrir y extrajo la llave en el preciso momento en que le sonaba el busca. Ya era la segunda vez desde que haba en