Viejas Costumbres Criollas

Embed Size (px)

Text of Viejas Costumbres Criollas

Al comenzar este escrito trat de recordar que senta por aquellos tiempos en los que era adolescente, cuando mi querido abuelo Leandro todava estaba y que con su manera de hacer las cosas, me enseaba a cada momento, cuando en su casa pasaba algunos das, aquellas costumbres criollas, que solo la gente de esa condicin entiende, sin tanto poder explicar. Entre mis recuerdos e imgenes que ya tienen varios aos se halla su casa, que siempre estaba pintada de blanco a la cal rodeada al frente por ligustros robustos de oja verde cortados por l mismo con aquella tijera de podar de cabo de madera alisado; haba un juego de jardn de fierro blanco en el pasillo que daba a la puerta de la cocina, en donde nadie se sentaba... de vez cuando mi abuela, cuando alguin conocido la vena a visitar o a ver cmo andaba el asunto. Haba rboles parasos que en poca de invierno siempre estaban podados mediante el serrucho media luna empuado por l mismo cuando se trepaba en la enramada, esperando a la primavera para volver a retoar. Detrs de su casa, mi abuelo tena un galpn construdo, lleno de herramientas, todas bien mantenidas para que no fallaran en el trabajo de hacer quinta, de hacer el borde al rosedal o cortar las ramas que sobresalan de aquellas plantas verdes que pocas flores solan dar. En aquel galpn, medio tnue de luz, siempre se encontraban utensilios de un pasado de andar de campo en campo o de estancia en alguna chacra, condicin de puestero, tambero, cosechador o muchas ms labores que son comunes en el campo. Tena entre tantas cosas que recuerdo, su ollita de tres patas tisnada por el humo de la lea, los cucharones de fundicin, el brasero, latas de antigua marca despintadas llenas de clavos, arandelas, tornillos; haba tambin alambre arrollado, cabos de cuchillos viejos con poca hoja; tambin se encontraban esperando en un rincn la escoba de alambre, la guadaa para cortar pasto grueso, la asada para carpir, palas de varias estaturas bien filosas y lmpias sin rastro de tierra y de palo gruezo, fuerte como de andubay; sus serruchos estaban siempre lubricados con grasa, martillos y

masas, alguna que otra morza removible de esas de afirmar en bancos de trabajo, sus hachas de cabo gruezo, tijera para cortar pelo de caballo, maderas cortadas de varias medidas y el sacavirutas para alizarlas, su cortadora de csped elctrica, guntes de cuero, machetes, sogas y tejidos de alambre fino, alimento de gallinas (la purina le sola llamar...), cajones de alambre con botellas de varios colores, verdes o blancas, vacas acomodados al lado de la pared, chapadur, bolsas de alpillera y alguna que otra tabaquera vieja que sola tener, porque le gustaba tabaco negro fumar. Sus costumbres como bien deca, solo l las poda demostrar sin tanto hablar. Su trabajo diario era el de parquero. Lo que hizo ya entrado en aos en sus ltimos tiempos despus de tanto luchar en las tareas duras del campo cuando jven. Tena esa manera misteriosa de hacer cosas y se las ingeniaba para estar ocupado casi todo el da hasta al anochecer. Siempre admiraba su manera de manejar sus herramientas, de cuidarlas y cmo l haca con estilo aquel trabajo. A veces traa desde aquella fbrica que costea el Paran, llamada Fiplasto, su cortadora de csped, pero no la que usaba de mano, sino la que l manejaba con asiento y de tres ruedas con motor a explosin. Me fascinaba verlo ah sentado, porque esa mquina estaba siempre llena de pasto, tierra en las ruedas y en los bordes, amarrillo y verde colores mesclados. Esa mquina tena las 3 cuchillas filosas, una central en el medio y dos ms a los costados. l mismo se encargaba de dar vuelta la carcaza de aquella mquina y con la llave francesa se las retiraba para dejarlas listas y filosas para cortar. De vez en cuando yo sola subirme a esa mquina, y la manejaba estando quieta en el mismo lugar. Haca mucho tiempo que mi abuelo haba abandonado sus bombachas y alpargatas, porque en aquel trabajo tena que lucir su uniforme de camisa y pantaln azl. Para cada temporada tena una costumbre, como la de criar animales, plantar en su quinta, arreglar el gallinero, limpiar su cocina a lea ("la econmica"), donde de vez en tanto "churrasqueaba" o la prenda para hacer esos "guisos" bien camperos. Siempre limpiaba el tiraje, que era de chapa engarzada

a la pared de ladrillo que estaba afuera de la casa al lado del galpn y pegando con la casa del vecino; colocaba baldozas para las lluvias en el patio de tierra; arreglaba sus autos viejos que le gustaba de vez en cuando comprar; cortaba lea y siempre estaba manteniendo sus cosas, las tena impecables... se enojaba si alguin conocido le revolva su galpn y no pona las cosas en el lugar en donde deban descansar. Era de poco hablar. Siempre andaba silbando sin sonido por la maana haciendo cosas. Los sbados bien temprano, que era como su da de descanso, no se quedaba quieto. Le gustaba escuchar un programa de radio que sala por una estacin de Rosario, Radio Nacional. El programa se llamaba "Almacn La Candelaria", que tena varios personajes que paraban en un boliche de campo a contar sus penas o aquellas ancdotas de antao, todas producto de la imaginacin mezclada con la realidad con una ambientacin sin igual. Hermoso programa que vive latente en mis recuerdos, ya que era una audicin en dnde se poda escuchar algn valseado, chamam, polcas al estilo de Montiel y porqu no al maestro Tarrag Ros. Le gustaba tomar el mate amargo de gusto fuerte; siempre saludaba a mi abuela sin un beso y al trabajo sola partir con su jockey tirado para adelante atajando el sol que le daba de frente. Andaba en una bicicleta de 3 ruedas, el triciclo, que tena un canasto adelante para llevar sus herramientas o traer la provista al atardecer. Siempre se lo vea andar por las calles polvorientas de aquel Ramallo. V muchas cosas en l. V ese espritu emprendedor que no aflojaba ni por fro, ni por calor. Siempre luciendo su ropa de trabajo. V lo que era ser entonao para el trabajo, no tenerle pena a la edad. V lo que era ser valiente en ocaciones y tambin supe de l lo que era querer sin demostrar. V lo que era ser pcaro sin ser burdo, y lo que era ser de palabra sin tanto firmar. Entend varias cosas con l. Cmo tener las herramientas bien mantenidas y lmpias, preparadas para la labor; la importancia que tiene el rden y tambin de no ser demasiado estricto cuando iba al club unos tintos a tomar o jugar alguna que otra apuesta en las cuadreras de aquel lugar un domingo al atardecer.

Adquir de l respeto por los dems, el saludo firme, la presencia y la estampa. Pude encontrar aquellas viejas costumbres de antao que con el paso del tiempo se desvanecieron. Me queda el eterno recuerdo de lo que para m eso de estar junto a l signific. Toda una conducta o manera de dirigirse. De hacer las cosas por el buen camino, con trabajo y honestidad. Por ah se pona medio terco con algunas cosas segn su manera de entender, pero siempre guardaba en su f, la bondad de su corazn. Esa es la manera que l me ense. Siempre lo tengo presente a cada paso, a cada momento. Y lo recuerdo aqu para llegar a aquella formacin tan recordada del litoral, ex-conjunto de Tarrag Ros, que tambin me dej saber cuntas cosas se podan ensear y describir en una historia de chamam. Los Reyes del Chamam, el ex-conjunto de Tarrag Ros, tenan ese don de poder describir en cada composicin los quehaceres del hombre en su condicin, sea pen de campo, sea mencho o capatz o solo musiquero para cualquier ocasin de un boliche pueblero, gauchillo, gringo acriollado de clinas coloradas o rubias o nativo sin mezcla en su sangre por nacer de pura condicin en el lugar. La descripcin de amigos, de lugares, la manera de detallar la realidad de un mencho en las glosas de Estigarribia, sin duda que fueron nicas, inimitables y algunos por ah le atinan en las letras y en las notas, pero es difcil en estos tiempos, poder encontrar tanta inspiracin. Los tiempos han cambiado. El estilo se dej de trabajar como antes, porque cambia la atencin. Cambia la realidad y con ella cambia el sentir y todo evoluciona en nuevas costumbres, en nuevas formas de entender la realidad. Todo progresa de una manera compleja en nuestro sentir.

Los Reyes del Chamam consiguieron aquel sueo de figurar entre los mejores intrpretes con el galardn de disco de oro, por las ventas de su disco "Consagrados en Cosqun" del ao '83, reconocidos por su pblico, por el paisanaje en los pueblos y parajes, porque no eran solo de escenarios grandes. Estaban en reuniones con amistades, con la gente cmo cualquier otro que los ira a ver. Las melodas estaban desde donde provenan. Hablar de ellos es complejo, porque a pesar de que estn vigentes algunos otros conjuntos, es imposible llegar a aquel ex-Conjunto de Tarrag Ros, porque no est ms Estigarribia y porque Don Andrs enmudeci por un tiempo su acorden hasta que volvi sin

partir en el '98 y que desde entonces poco se ha sabido de l, sino fuera por la calidad musical que han conseguido sus alumnos como los Hermanos Suarez-Pavia o el mismo Manuel Antonio Gonzlez "Cachito" Gonzlez, son ellos los que renuevan aquella esperanza, aquel sentir, porque es tan profundo el amor por aquel espritu de Tarrag, que algunos no pueden dejar de practicar una y otra vez aquel viejo chamam, para ver si les sale estilo, con finura como solo l lo saba hacer. El Conjunto engalanaba a la msica criolla, porque no solo chamam tocaban en su acordeones. Haba ritmos como el foxtrot, polcas rurales, valses, valseados, chamarritas, rasguido doble, tango en acorden, pero de una manera tan prolija como las mejores bandas de saln, ya que los arreglos de guitarras, bandonen y batera eran tan acordes, que jams podan desentonar. La voz de Oscar Ros sentida, encontrando en la entonacin correcta al personaje descripto segn la picarda o la ocasin. Era esa voz campiria en "Pistola 500" o en "Mi Ponchillo Colorado" o en el chamam "El Burro" (composiciones de Milln Medina) o aquella voz lastimera en el vals "Quem esas cartas" o ac