Semiotica Cultural

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  • Entretextos Revista Electrnica Semestral de Estudios Semiticos de la Cultura ISBN 1696-7356 http://www.ugr.es/local/mcaceres/entretextos.htm

    N 14-15-16 2009/2010

    CONSEJO CIENTFICO DE HONOR SEMITICA, CULTURA Y

    SEMITICA DE LA

    CULTURA

    Viacheslav Ivanov

    Mihhail Lotman

    Desiderio Navarro

    Cesare Segre

    Peeter Torop

    Boris Uspenski

    Manuel Cceres Eduardo Chvez Gastn Gainza Jaan Kaplinski Mirko Lampis Desiderio Navarro Francisco Pineda Graciela Snchez Guevara Franciscu Sedda Peeter Torop

    Direccin y edicin: Manuel Cceres Snchez Universidad de Granada Facultad de Filosofa y Letras Departamento de Lingstica General y Teora de la Literatura Campus de Cartuja, s/n 18071-Granada (Espaa) [email protected]

  • Entretextos tiene como objetivo la libre difusin de la informacin y el conocimiento en el mbito de los estudios semiticos de la cultura de la denominada Escuela de

    Tartu-Mosc, por lo que ofrece el libre acceso a todos sus artculos (textos completos), con las siguientes restricciones y advertencias:

    1. El copyright de los artculos publicados en Entretextos pertenece a sus autores, del mismo modo que, en el caso de las traducciones, los derechos de las mismas

    pertenecen a los traductores. 2. Los artculos pueden ser enlazados o reproducidos electrnicamente para fines

    docentes e investigadores, sin alteraciones e indicando su procedencia. Se debe citar la direccin electrnica (URL), as como el nombre del autor y del traductor, dado el caso, cuando se reproduzca, distribuya o comunique pblicamente el contenido de

    estas pginas, en todo o en parte. 3. En el caso de una reproduccin total en internet o en revista impresa, se debe

    obtener autorizacin expresa de Entretextos, as como del autor y del traductor, dado el caso o de quien posea los derechos de autora o de traduccin.

    4. Se prohbe la reproduccin total de artculos en formato de libro impreso sin permiso previo por escrito de Entretextos.

    Entretextos. Revista Electrnica Semestral de Estudios Semiticos de la Cultura, 2003 2010

    ISSN 1696-7356 Manuel Cceres Snchez Universidad de Granada Facultad de Filosofa y Letras

    Departamento de Lingstica General y Teora de la Literatura Campus de Cartuja, s/n 18071-Granada (Espaa)

    [email protected] http://www.ugr.es/~mcaceres/entretextos.htm

    Direccin y edicin: Manuel Cceres Snchez

    Consejo Cientfico de Honor:

    Viacheslav Ivanov (Universidad de California, Los ngeles, USA Instituto de Cultura Mundial y

    Escuela Antropolgica Rusa, Mosc, Rusia) Mihhail Lotman

    (Universidad de Tartu Universidad de Tallinn, Estonia) Desiderio Navarro

    (Centro Terico-Cultural Criterios, La Habana, Cuba) Cesare Segre

    (Universidad de Pavia, Italia) Peeter Torop

    (Universidad de Tartu, Estonia) Boris Uspenski

    (Universidad de la Suiza Italiana, Lugano, Suiza)

  • Entretextos Revista Electrnica Semestral de Estudios Semiticos de la Cultura

    ISSN 1696-7356 N 14-15-16 Granada 2009/2010

    SEMITICA, CULTURA Y SEMITICA DE LA CULTURA

    Esta edicin completa en pdf del nmero 14-15-16 de Entretextos est disponible desde Noviembre de 2010.

    Cmo citar este documento: Entretextos. Revista Electrnica Semestral de Estudios Semiticos de la Cultura [Semitica, cultura y semitica de la

    cultura] N 14-15-16 (2009/2010). ISSN 1696-7356

  • PRESENTACIN Semitica, cultura y semitica de la cultura. Presentacin 7 Manuel Cceres ARTCULOS Pespuntes semiticos II 11 Gastn Ganza La semitica de la cultura: hacia una modelizacin sistmica de los procesos semiticos 31 Mirko Lampis Criterios y la (no)recepcin cubana del pensamiento cultural ruso 54 Desiderio Navarro Otra semitica para otra poltica 78 Francisco Pineda La resemantizacin del espacio cultural de la Plaza Mayor: las imgenes de los textos de historia 84 Graciela Snchez Guevara Intersecciones de lenguajes, explosiones de mundos. Una rima fundacional entre el ltimo Lotman y el primer Greimas 103 Franciscu Sedda TEXTOS DE I. LOTMAN Y DE LA ESCUELA SEMITICA DE TARTU-MOSC EN EL 60 CUMPLEAOS DE P. TOROP Semitica de la cultura y cultura 130 Peeter Torop IN MEMORIAM A. M. PIATIGORSKI (1929-2009) Navigare necesse est 146 Jaan Kaplinski

  • JVENES COLEGAS Esbozo de la semiosfera del t 150 Eduardo Chvez PUBLICACIONES El pensamiento cultural ruso en Criterios (1972-2008) 184 Manuel Cceres

  • PRESENTACIN

  • SEMITICA, CULTURA Y SEMITICA DE LA CULTURA

    Presentacin MANUEL CCERES

    Hace poco ms de un ao y medio ofrecimos la ltima entrega de ENTRETEXTOS. Entonces fueron tres nmeros (11, 12 y 13), con ms de seiscientas pginas en formato pdf. En esta ocasin, tambin recurrimos a una triple entrega, que corresponde a los nmeros 14, 15 y 16, que suman ms de quinientas pginas en ese mismo formato. De este modo, se llega a la numeracin que corresponde a los ocho aos de existencia de la revista. Despus de dos aos de trabajo tratando de reparar la situacin en la que ENTRETEXTOS se encontraba a finales de 2008 (problemas que expusimos en la presentacin de la entrega anterior de la revista), el objetivo parece que ya, si no del todo cumplido, est muy cerca de ser alcanzado.

    Para la presente edicin de ENTRETEXTOS en html y pdf, incorporamos tambin la versin en formato pdf de los nmeros 4 (Lotman desde Italia, aparecido en noviembre de 2004) y 5 (Lotman, semitica y cultura, en mayo de 2005). Con ello, seguimos completando en esta versin los nmeros de la revista que en su momento aparecieron slo en pginas con formato html.

    En lo que se refiere a los textos que se publican aqu por vez primera, en la seccin de Artculos, se han seleccionado seis trabajos: tres se han escrito para ser publicados en ENTRETEXTOS, uno se ha dado a conocer slo de forma oral en un encuentro acadmico y los otros dos ya se han publicado (uno de ellos en italiano, y el otro como prlogo a una antologa de textos tericos rusos). Sus autores, destacados investigadores y conocedores de la obra de Lotman y de la Escuela de Tartu, han colaborado ya con la revista en anteriores ediciones. As, Gastn Ganza, desde Costa Rica, nos presenta Pespuntes semiticos II, una lectura de obra de Lotman a travs de su intensa experiencia vital en diversos lugares de Europa, frica y Amrica (en especial, Espaa, Costa de Marfil, Chile y Costa Rica). Mirko Lampis, ahora desde Eslovaquia, nos deja La semitica de la cultura: hacia una modelizacin sistmica de los procesos semisicos, otro riguroso trabajo acerca de la semitica de la cultura y el pensamiento cientfico. Gracias a l tambin,

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  • 8 M. CCERES ___________________________________________________________________

    podemos leer en espaol los textos de Franciscu Sedda. Si en el nmero anterior de ENTRETEXTOS tuvimos ocasin de presentar Imperfectas traducciones, en esta ocasin se trata de Intersecciones de lenguajes, explosiones de mundos. Una rima fundacional entre el ltimo Lotman y el primer Greimas, un artculo en el que, junto a lo que el propio autor denomina como un trabajo de metasemitica de la cultura, se propone un anlisis con el que ejemplifica algunos de los conceptos y de los modos de trabajo que me parece que emergen de la comparacin entre Lotman y Greimas.

    Desde Mxico, Francisco Pineda, especialista en la historia de la revolucin mexicana, defiende, en Otra semitica para otra poltica, que la construccin de otra forma de hacer poltica involucra tambin otra semitica; implica construir otro sistema de significaciones, distinto y opuesto al sistema dominante. Graciela Snchez Guevara, por su parte analiza en La resemantizacin del espacio cultural de la Plaza Mayor: las imgenes de los textos de historia, de qu modo se conserva la memoria histrica de las diversas culturas (mexica; espaoles y criollos; mestizos; indios; negros y mulatos) asentadas en el mismo espacio, el Zcalo. Tambin de Mxico procede el trabajo que se incluye en el apartado dedicado a Jvenes colegas: Eduardo Chvez Herrera nos propone un Esbozo de la semiosfera del t.

    Mencin aparte requiere el artculo de Desiderio Navarro, Criterios y la (no)recepcin cubana del pensamiento cultural ruso. Se trata del prlogo a El pensamiento cultural ruso en Criterios (1972-2008) (La Habana, 2009), la antologa de textos tericos rusos en dos tomos que el propio Navarro ha seleccionado y traducido, y que va dirigida especialmente al pblico lector cubano. Del libro ofrecemos informacin en la seccin de Publicaciones. El texto de Desiderio Navarro que aqu reproducimos no es slo una presentacin de la antologa; se trata de un riguroso (y, por ello, crtico) retrato del proceso de recepcin en Cuba del pensamiento cultural ruso, pero tambin nos ofrece no pocas claves del complejo campo terico ruso del siglo XX; o, lo que es decir casi lo mismo, de la teora literaria moderna.

    En la seccin dedicada a Textos de I. Lotman y de la Escuela Semitica de Tartu-Mosc incluimos dos apartados creados para la ocasin: uno, para celebrar el 60 cumpleaos de Peeter Torop, discpulo de Iuri Lotman y profesor del Departamento de Semitica de la Universidad de Tartu (que dirigi entre 1997 y 2006); otro, desgraciadamente, para dejar constancia del fallecimiento, el 25 de octubre de 2009, de Aleksandr Piatigorski. Del primero se presenta la traduccin espaola de un texto que originalmente se escribe en estonio (Semiootika piiril, En la frontera de la semitica) para una antologa de ensayos de Iuri Lotman, traducidos a esta lengua y que se publica en 1999 con el ttulo Semiosfrist (Sobre la semiosfera). En ese mismo ao, en el nmero 27 de Sign Systems Studies, se publica, con ligeras modificaciones en su contenido, la versin en ingls, que sirve como presentacin del volumen.

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  • SEMITICA, CULTURA Y SEMITICA DE LA CULTURA. PRESENTACIN 9 ___________________________________________________________________

    Aunque la traduccin inglesa es manifiestamente mejorable, se ha optado por considerarla como el texto bsico para la versin espaola (de lo que se ha encargado Eduardo Chvez), manteniendo el ttulo Semitica de la cultura y cultura. Pero se ha de advertir que hemos recurrido, siempre que se ha considerado preciso, al original en estonio, gracias a la ayuda, una vez ms, de Klaarika Kaldjrv.

    El nmero 8 de ENTRETEXTOS, de noviembre de 2006, estuvo dedicado a la memoria de Mijal L. Gasprov, Vladmir N. Toporov, Eleazar M. Meletinski y Arn I. Gurvich, fallecidos entre finales de 2005 y mediados de 2006. Nos preguntbamos entonces si la desaparicin de este grupo de destacados intelectuales se poda interpretar como una seal de que la cultura rusa (y no slo ella) se encontraba en un momento de bajamar. La pregunta, cuatro aos ms tarde, sigue sin respuesta clara, con signos muy visibles de reflujo, y pocos y muy borrosos de esperanza en la pleamar. El fallecimiento, hace ahora un ao, de Aleksandr M. Piatigorski (1929-2009), no contribuye precisamente al optimismo. Como pequeo homenaje, presentamos la traduccin al espaol de la nota necrolgica, titulada Navigare necesse est, que dedica, en recuerdo de A. Piatigorski, Jaan Kaplinski, una de las principales figuras intelectuales de Estonia y posiblemente el poeta contemporneo ms destacado de este pas.

    Se trata, como se puede observar, de una entrega de ENTRETEXTOS que se caracteriza por su variedad: teora, metateora, anlisis, historia del pensamiento cultural, etc. Pero que responde a los trminos que recoge el ttulo de este nmero triple: semitica, cultura y semitica de la cultura. Deseamos que el lector disfrute de esta diversidad.

    Manuel Cceres Snchez Director y editor de Entretextos

    TartuGranada, noviembre de 2010

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  • ARTCULOS

  • PESPUNTES SEMITICOS II1 GASTN GANZA

    Las observaciones, para m inestimables, que los estudiantes han tenido a bien formular respecto de los pespuntes que labr en torno de la produccin semitica cotidiana (1999), me han motivado a escribir esta coda con el mismo ttulo y con un nmero dos romano para distinguirla de los precedentes. Se trata, en estricto sentido, de un desenlace de lo ya escrito y no de una segunda parte. Adems, conjuro as el dicho: nunca segundas partes fueron buenas.

    Los pespuntes son obra gruesa del arte de la costura y, en su condicin, me eximen de la presentacin crtica que documentos ms finos suelen anteponer al inicio de las reflexiones. Con todo, al menos dir que mi propsito no ha sido otro que el de poner en evidencia los mecanismos con que cada ser humano accede, en su respectivo quehacer diario, a la semiosis de la reproduccin social en que est inmerso, proceso inevitable que tiene lugar en las ms diversas circunstancias de su existencia y en los ms distintos contextos de sus necesidades de interaccin comunicativa con quienes materializa sus relaciones sociales.

    En la primera parte de estos pespuntes, repas algunas circunstancias de la vida cotidiana en las que se manifiesta la imprescindible participacin de un componente semitico que les da sentido: la campanilla (u otro significante acstico anlogo) del despertador; el vestido que nos ponemos despus de baarnos, y el desayuno con que enfrentamos la jornada cotidiana. En todos los casos, el soporte material significante es un texto al que, por esta condicin, se le puede considerar magnitud semitica mnima: esto es, una categora terico-metodolgica que, instrumentalmente, puede ser pensada como unidad de sentido autnoma dentro de un sistema semitico. En mi opinin, la conceptualizacin ms acabada de la nocin de texto la ha propuesto Iuri

    1 Este trabajo se publica por primera vez en Entretextos.

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  • 12 G. GANZA ___________________________________________________________________

    Lotman, en cuya prolfica produccin de anlisis ha ocupado un rol protagnico2.

    Para delimitar la nocin de texto, Lotman la opone a la de lenguaje, como la expresin se opone a lo inexpresivo, lo real a lo ideal, lo espacial y finito a lo extraespacial; aunque todo texto supone un lenguaje: todos los rasgos relevantes del texto se manifiestan en el lenguaje; lo que no se da en el lenguaje (en un lenguaje concreto), no tiene funcin senso-discriminatoria. Por esta razn, un texto siempre es un texto en un lenguaje determinado (Lotman, 2003; la cursiva es del autor).

    Como excelente estratega discursivo, Lotman establece esa distincin delimitadora del texto, para afirmar, como consecuencia inexcusable, que en l se condensan las funciones fundamentales de cualquier sistema semitico (o lenguaje): todo texto, cualquier texto, lleva en s las funciones comunicativa, creativa y restauradora del lenguaje. La primera de ellas corresponde a la que, durante siglos, estudiaron los lingistas, esto es, los especialistas en lenguajes verbales; las otras dos han surgido del estudio de los textos de la cultura, cuya sistematizacin ha ido hacindose durante el siglo XX: en su definicin semitica actual el texto ya no es ms un portador pasivo de significado, sino que aparece como un fenmeno dinmico e intrnsecamente contradictorio (Lotman, 2003).

    Dos acontecimientos de la cotidianidad pueden ilustrar estas afirmaciones. Los tomo de mis experiencias biogrficas que, como lo he dicho ms de alguna vez, estn insertas en procesos de expatriacin; en ellos, mis habilidades y destrezas lingsticas han sido las ms afectadas, debido al cambio de las condiciones de produccin y reproduccin semiticas. De hecho, aunque la causa de los exilios y los extraamientos es de naturaleza poltica, sus efectos inmediatos se manifiestan como una prdida de referentes semiticos, inextricablemente articulada con la necesidad de adquirir referentes nuevos y distintos que es imprescindible asumir.

    Sucede que vivimos inmersos en una red de textos y gneros discursivos que se materializan en virtud de cdigos y subcdigos de comunicacin cuya condicin real, normalmente, slo se nos hace evidente cuando debemos sumergirnos en otra, cuyos cdigos y subcdigos nos son desconocidos. Cuando las reproducciones sociales en que existe cada una de esas redes son muy distintas, la percepcin de las diferencias es fcil y, por as decirlo, menos traumtica que cuando las reproducciones sociales puestas en

    2 Especficamente, en Sobre el concepto contemporneo de texto, ponencia presentada al Primer Simposio La semitica en la teora y la prctica (Bergen, 1986) y publicada en Livsteng, N 3 (Lotman, 1987). Versin castellana de G. Ganza en 1990, de la que proceden las citas textuales; reproducida en Lotman, 2003. Asimismo, el empleo analtico de la magnitud texto, puede verse en I. Lotman, 1996-2000. En especial, Vol. I, pp. 77-117.

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  • PESPUNTES SEMITICOS II 13 ___________________________________________________________________

    contraste son parecidas. Me explico: si una persona perteneciente a la reproduccin social costarricense es trasplantada a la de Costa de Marfil, la percepcin de las diferencias semiticas ser evidente; pero, si el trasplante es a la reproduccin social de Chile, tendr que hacer un gran esfuerzo para discernir, sobre todo en algunas circunstancias, las diferencias semiticas que existen en la produccin de textos aparentemente similares.

    Si un costarricense abandona su pas para radicarse en Costa de Marfil, asume desde el inicio la inminencia de un choque cultural significativo (he puesto el adjetivo cultural entre comillas, para resaltar la naturaleza semitica de la cultura). En cambio, si el destino de su nueva residencia es Chile, esa persona tiene normalmente la impresin de que llegar a un pas muy parecido. En general, puede decirse que esa similitud se establece, en el imaginario colectivo, con cualquier pas iberoamericano.

    En situaciones como las que uso a modo de ejemplo, el lenguaje verbal desempea un rol significativo. En Costa de Marfil, el contraste inmediato entre el castellano costarricense y el francs, lengua oficial marfilea, establece una frontera semitica ntida e incuestionable. En cambio, la insercin en Chile siempre en el nivel del lenguaje verbal crea la ilusin de una coincidencia, si no total, muy grande entre el castellano costarricense y el chileno; la creencia de que se habla la misma lengua, hace creer que no existen fronteras, hasta que los porfiados hechos de la realidad, esto es, las situaciones de incomprensin o de dificultades de comprensin, conducen a reconocer que hay una frontera, aunque se la perciba como pequea o menos categrica que la establecida por otra lengua.

    Con el centenar de lenguajes no verbales que usamos cotidianamente, sucede lo mismo: hay fronteras. Los cdigos y subcdigos pueden ser muy parecidos, pero son diferentes. La persona ha salido de una red semitica y ha entrado en otra.

    Para analizar estas situaciones, la categora de semiosfera propuesta por Iuri Lotman es extraordinariamente productiva3. l explica que ha creado el trmino por analoga con el de biosfera, introducido por V. I. Vernadski (Mosc, 1906). Para este autor, la biosfera es un espacio completamente ocupado por la materia viva. En forma anloga, Lotman concibe la semiosfera como un continuum semitico, completamente ocupado por formaciones semiticas de diversos tipos y que se hallan en diversos niveles de organizacin (Lotman, op. cit., I, 22). Como se ve, esta nocin es equivalente

    3 Vid. Lotman, 1996-2000. Especialmente: Acerca de la semiosfera, Vol. I, pp. 21-42. La nocin de biosfera fue desarrollada por V. I. Vernadski en La concepcin cientfica del mundo, publicada en Mosc, en 1906.

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  • 14 G. GANZA ___________________________________________________________________

    a la de red que emple anteriormente y que provee un soporte imaginario a la de semiosis social, propuesta por Eliseo Vern4.

    Los individuos humanos nacemos en una determinada semiosfera que condiciona el proceso de programacin social de nuestros comportamientos. Este proceso, a su vez, incorpora a cada individuo en la reproduccin social concreta que, para siempre, ser considerada como la de su origen. En nuestra experiencia inmediata, la reproduccin social es el pas en que hemos nacido; un anlisis ms demorado y profundo cuyo desarrollo excuso en estas lneas, porque su propsito es diferente nos hara cuestionar la aparente coincidencia entre un Estado-nacin y un determinado proceso de reproduccin social, como lo confirman muchos conflictos en el mundo actual.

    Con todo, y a manera de hiptesis de trabajo, podemos hablar de la reproduccin social costarricense para referirnos al espacio geopoltico en que los costarricenses producen su historia. Puede extenderse esta identificacin a la semiosfera? En otros trminos, existe una semiosfera costarricense? Una respuesta a esta cuestin que s es pertinente a los objetivos de estos pespuntes exige establecer los rasgos distintivos de la categora, a la que Lotman caracteriza as: La semiosfera es el espacio semitico fuera del cual es imposible la existencia misma de la semiosis (Ibid., 24). Como puede apreciarse, el concepto de espacio es determinante para la nocin y, como advierte Lotman, no se emplea en sentido metafrico: Estamos tratando con una determinada esfera que posee los rasgos distintivos que se atribuyen a un espacio cerrado en s mismo (Ibid., 23).

    La semiosfera posee un carcter delimitado, supone la existencia de una frontera con lo no semitico (o con otras semiosferas). Se caracteriza, adems, por su irregularidad semitica, porque es heterognea por naturaleza.

    La existencia de grupos, subgrupos e individuos en la semiosfera, condiciona la idea que tienen de s mismos, su mismidad. La pertenencia a la semiosfera afirma su diferencia con lo otro, con la otredad. El soporte de esa pertenencia es la tensin dialctica entre MISMIDADOTREDAD a que me he referido en otros trabajos. En este nuevo contexto, considero necesario establecer la oposicin dialctica con una nueva formulacin: SEMIOSIS DE LA MISMIDADSEMIOSIS DE LA OTREDAD, habida cuenta de que se halla en una semiosfera concreta en la que, tanto lo que consideramos lo mismo (lo propio), como lo otro (lo diferente), son productos de operaciones semiticas. La anteposicin del trmino semiosis en el conjunto propuesto, permite denotar en el proceso dialctico la capacidad semitica de todo ser humano: reconocer y producir textos-mensajes, o sea, saber y dominar sistemas de signos (icnicos, indiciales y simblicos).

    4 Vid. E. Vern, 1987.

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  • PESPUNTES SEMITICOS II 15 ___________________________________________________________________

    Por consiguiente, la produccin de la mismidad y su semiosis justifica hablar de una semiosfera costarricense. Esto se debe al componente ideolgico de la identidad5.

    El acceso a una semiosfera diferente que, como dije, supone la adquisicin de sistemas de signos inditos, constituye una incursin ineludible en un campo cultural hasta entonces desconocido. En la primera reunin del Departamento de Espaol de la Universidad Nacional marfilea a que asist, el Director del Departamento propuso un brindis por el reinicio de las actividades acadmicas tras las vacaciones y, al mismo tiempo, para dar la bienvenida a los profesores que, como era mi caso, nos incorporbamos al equipo docente. Hasta all, todo era parecido a experiencias similares vividas en el mbito universitario costarricense o chileno. Con todo, escanciada la ginebra en las pequeas copas que cada uno de los asistentes sostenamos en nuestra mano derecha, tras las palabras y votos del brindis, todos inclinaron las copas hacia adelante y vaciaron un pequeo chorro de licor sobre el suelo de la habitacin en que estbamos. Por supuesto que, superada la sorpresa que el acontecimiento me haba provocado, hice lo mismo, a sabiendas de que cumpla un ritual para m, hasta ese momento, desconocido. Sin embargo, el resto de lo que sucedi a continuacin fue normal para mi conciencia semitica. No obstante, uno de mis nuevos colegas africanos se haba percatado del momentneo desconcierto que me provoc la situacin y, con prudencia, se acerc a m para explicarme que, cuando en su comunidad cultural se hace un brindis, el primer sorbo (o trago) del licor debe volcarse sobre el suelo, como homenaje a los ancestros, que reposan bajo tierra.

    As, con ese texto de signos indiciales, inici mi andadura en el extraordinario y sorprendente mundo ceremonial de la semiosfera marfilea.

    En otro contexto, puedo dar un ejemplo similar: el relativo al cdigo de los calendarios. Recin llegado a Costa Rica, tuve que adquirir uno para orientar mi labor docente. Cuando lo usaba, senta una vaga molestia, una indefinible sensacin de incoherencia. Con el pasar de los das, tom conciencia de la causa: los domingos, en rojo u otro color para diferenciarlos de los otros das de la semana, estaban a la izquierda. Por primera vez, me di cuenta de que el cdigo de distribucin de los das de la semana tambin poda iniciarse por los domingos. Hasta entonces, para m era normal que la semana comenzase por los lunes y, por tanto, los domingos del calendario tenan que encontrarse en el extremo derecho de la secuencia semanal de los meses del calendario; as aconteca con ese necesario instrumento de orientacin temporal en las semiosferas de Chile y Espaa.

    5 Vid. Ganza, 1993.

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  • 16 G. GANZA ___________________________________________________________________

    Tras los ejemplos, en funcin de lo que expondr ms adelante, debo insistir en que la relacin dialctica se produce entre la semiosis de la mismidad y la semiosis de la otredad. Sus efectos y manifestaciones llevan siempre consigo, de modo inevitable, una dosis de neurosis, como la que surge en la necesidad de adquirir los cdigos y subcdigos propios de la nueva semiosis esto es, de la vigente en la semiosfera de la otredad, trabajo condicionado por un proceso contradictorio de aceptacinrechazo. Por tanto, nada mejor, a mi entender, que labrar unos pespuntes sobre la identidad semitica de algunas de aquellas ciudades en que he vivido y, por lo mismo, que han condicionado mi biografa.

    La ciudad y el sentido En una primera ojeada, toda ciudad es un ente material fsicamente

    perceptible. Puede ser descrita visualmente mediante imgenes iconogrficas, fotogrficas o cinematogrficas; o auditivamente, si recurrimos a fonogramas. Hay tambin posibles descriptores olfato-gustativos y tctiles de la ciudad. En todos estos casos, predomina la utilizacin de signos icnicos e indiciales, por cuyo intermedio, puede ser representada la realidad fsica de cualquier ciudad.

    Con todo, como producto del trabajo humano, el reconocimiento de una ciudad exige asumirla como un ente histrico, habida cuenta de que solo as accederemos a su dimensin humana. En este caso, para representrnosla, debemos considerarla un texto que, en su calidad de tal, es susceptible de ser ledo. Esa lectura permite reconocerlo e interpretarlo.

    Una precisin es necesaria: todo texto-ciudad est inscrito en la reproduccin social de formaciones histricas que han existido y existen. Como tal, la interpretacin que se le dedique debe partir por reconocer su ambigedad o, lo que es lo mismo, la ineludible participacin de la ideologa, el poder y el sujeto en la produccin de su sentido6.

    Se sigue de esto, que la lectura de un texto-ciudad exige distinguir, por ejemplo, entre la naturaleza fsica de la ciudad y los actores y agentes sociales que la habitan7. De hecho, estos pueden ser oriundos de ella o, por el contrario, forasteros que la visitan o que han decidido establecer en ella su residencia. Adems, algunos grupos de sus habitantes pueden considerarse

    6 El significado del trmino sentido tiene muchas acepciones. Aqu lo empleo como equivalente a significacin, aunque de ninguna manera como sinnimo. Como mi propsito es que se reconozca la pertinencia del perfil semitico de una ciudad su carcter de texto, es indispensable retener para ese fin la nocin de sentido. Vid.: Gainza, 1992. 7 Utilizando la respectiva etimologa de ambos trminos, con agentes denoto a los grupos, subgrupos o individuos que, en una sociedad de sometimiento, ejecutan la dominacin sobre otros. Y con actores, a los que resisten el avasallamiento de la dominacin.

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  • PESPUNTES SEMITICOS II 17 ___________________________________________________________________

    agentes de sometimiento, respecto de otros que son actores de la resistencia a los intentos de dominacin y vasallaje.

    Las distinciones apuntadas, que pueden formularse como los conjuntos dialcticos: oriundoforastero y sometimientoresistencia, permiten una lectura compleja de la ciudad material, reconociendo y diferenciando en ella desde una perspectiva urbanstica, por ejemplo, un centro opuesto a los suburbios o lo urbano a lo suburbano. Aunque la lectura podra profundizarse ms todava, dando cuenta del sentido que aportan a la ciudad los inmigrantes, convertidos en invasores para quienes los reciben; o la gestacin de tribus urbanas, dispuestas a exponer una capacidad de resistencia frente a los procedimientos de exclusin que emplean, contra ellos, los amos o dueos de la ciudad. En fin, estos elementos significantes son, apenas, la punta del iceberg8.

    En este contexto, mis primeros aos en San Jos de Costa Rica son lo ms parecido a un despertar idlico. Superada la fase crtica del trauma del exilio y asentado ya con mi familia en el pas de recepcin, recuerdo con nostalgia la ciudad que fue y que, lamentablemente, experiment un acelerado proceso de cambio. Las causas son muchas: unas, externas, como el inicio de la guerra civil de liberacin de Nicaragua; otras, internas, como el agravamiento de una crisis econmica provocada por el crecimiento de la deuda interna, que trajo consigo el intento de implantacin de un Estado de Bienestar en las dcadas de los 50 y 60. Lo cierto es que entre marzo de 1974, fecha de mi llegada al pas, y agosto de 1984, la ciudad y el pas cambiaron, perdieron la lozana y el encanto que me asombraron al comienzo de mi residencia. Cierto es que estuve dos aos acadmicos en Costa de Marfil, frica: desde septiembre de 1982 hasta julio de 1984. Pero esa ausencia ms bien contribuy a que, a mi regreso, pudiese percibir mucho mejor que mis amigos y colegas, que haban permanecido aqu, el proceso de transformacin.

    Us el smil despertar idlico porque, despus de las penurias y sinsabores que nos provoc el golpe militar de septiembre de 1973 en Chile, reiniciar la existencia en una modesta aunque galana casita de un barrio del sector universitario josefino, puede compararse con el despertar tras una pesadilla, alegrado cada maana por los variados cantos de diversas especies de avecillas que saludaban, as, el pequeo jardn que mi mujer haba ido cultivando con esmero.

    El pas reuna condiciones de bienestar sorprendentes. La seguridad social, la educacin y las expectativas de desarrollo tanto individual como colectivo, nos llevaron a comentar, en el seno de nuestro exilio, que Costa Rica

    8 Considero impertinente abordar en este trabajo cuestiones relativas a la relacin de la ciudad con la nocin de espacio o con la de su carcter de urbe, propias de enfoques arquitectnicos o antropolgicos.

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    era, en ese momento histrico, ms socialista que el Chile que habamos intentado construir.

    Nuestra casa y la de nuestros vecinos no tenan ms rejas que las de la verja del antejardn. Las ventanas tambin carecan de ellas. Las puertas de acceso a la casa permanecan abiertas hasta promediar la tarde. No era extrao que uno de los moradores llegase en su vehculo, lo detuviese sin parar el motor y se apease de l para entrar en su casa a beber un caf antes de seguir su viaje y su rutina.

    Aunque relativamente lejos del centro de la ciudad, donde entonces se hallaban los principales cines locales, muchos fines de semana asistimos mi mujer y yo a la funcin nocturna de alguno de ellos. Al trmino de la funcin, a eso de las once pasadas de la noche, aprovechando la grata frescura del aire (porque normalmente la lluvia tropical se produca entre el medioda y el anochecer), regresbamos caminando. Unos cinco kilmetros distaba nuestra casa de la plaza principal (aqu llamada Parque Central), y la caminata, amenizada con nuestros comentarios sobre el filme visto, purificaba nuestros pulmones y nos preparaba para un sueo tan necesario como reparador.

    En menos de una dcada, esas circunstancias cambiaron. Los gorjeos y trinos de los pajarillos en las vsperas matutina y nocturna, fueron sustituidos por la estridencia de las alarmas de domicilios y vehculos, sumada a la de patrullas policiales y ambulancias. Las casas, sus puertas, ventanas y cualquier otro acceso, fueron encerrados por rejas y otros parapetos. El centro de la ciudad, al caer la tarde, se torn violento. Paseos nocturnos como los que relat se hicieron imposibles. Un clima de desconfianza y temor cre, en poco tiempo, compulsivos hbitos de defensa y proteccin que, hasta entonces, no habamos percibido.

    Para nosotros, que provenamos de Santiago de Chile una ciudad que haba experimentado cambios semejantes desde fines de la dcada de los cuarenta, la experiencia de asistir a la transformacin de San Jos fue mucho ms dramtica que para nuestros vecinos y amigos ticos. Y mucho ms pattica todava, cuando regresamos de nuestra estancia de dos aos en frica, lapso en el que habamos idealizado la vida josefina como blsamo restaurador de las heridas del exilio.

    La inseguridad ciudadana, como empez a llamarse esa suerte de contagioso sentimiento de miedo, tena sus causas tanto en las migraciones internas como en las del exterior. En gran medida, las primeras obedecieron al progresivo empobrecimiento de los sectores rurales costarricenses; las provenientes del exterior, al recrudecimiento de los conflictos militares en los pases centroamericanos. Los agentes sociales poseedores del poder econmico-poltico, la juzgaron producto del terrorismo internacional, para usarla, de esa manera, como justificacin de medidas represivas contra las

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    manifestaciones de descontento popular ante la crisis provocada por los planes de ajuste estructural9.

    Hay que reconocer, sin embargo, que hasta hoy, la educacin superior pblica y la salubridad social, aunque maltrechas, sobreviven. Es cierto que, desde la segunda mitad de los ochenta y en aos posteriores, han proliferado las universidades privadas, y que los hospitales y las clnicas del seguro social, a la vez que continan brindando la mejor atencin sanitaria del pas, no satisfacen las crecientes necesidades de los ciudadanos.

    Como ha podido comprobarse, la lectura del texto-ciudad San Jos, capital de Costa Rica en Amrica Central, nos llev a la frontera de la semitica con otras ciencias sociales, creando incluso zonas de imbricacin que, ms que tierra de nadie, son inevitable campo de interaccin de unas disciplinas con otras. Como se dijo al inicio de este anlisis, la descripcin semitica de una ciudad es necesariamente histrica o, lo que es lo mismo, cultural.

    La produccin literaria y las ciudades La historia de la literatura iberoamericana ensea la existencia de la

    determinacin y el condicionamiento que ciertas ciudades del mundo ejercen sobre la sensibilidad creativa de los escritores y podra afirmarse sin exageracin, los artistas del continente castellano y lusohablante. En la transicin entre los siglos XIX y XX, por ejemplo, los creadores literarios iberoamericanos alcanzan la plenitud de su potencialidad artstica, desplazndose de su ciudad natal a otra.

    En una primera aproximacin al asunto, podra aventurarse, como axioma, que en esa relacin entre el artista y una ciudad, el rasgo distintivo es el enfrentamiento a la otredad. Dicho de otro modo, pareciese que la ciudad del otro, no la propia, posee la virtud de fecundar la creatividad artstica. Si la ciudad extranjera es Pars, por ejemplo, ser aclamada como la ciudad luz, cuya advocacin cautivar la sensibilidad de tantos escritores iberoamericanos que terminar por convertirse en texto simblico.

    Con todo, basta un ejemplo para destruir el valor axiomtico de la propuesta. La regin ms transparente, novela emblemtica del mexicano Carlos Fuentes, publicada en 1958, tiene su cronotopo en la ciudad natal de su autor. Tan intenso es el sentimiento de mismidad del narrador, que Edgar Lomel, editor de comunicacin de Alfaguara, destaca las palabras de la ilustre escritora mexicana Elena Poniatowska, con las que relata cmo, fragmentos anticipados 9 Aunque escapa de los mbitos de estos pespuntes semiticos, puedo recomendar, entre la mltiple bibliografa que se ocupa del anlisis sociolgico, econmico y poltico de este periodo de la historia costarricense, Cuevas Molina, 1993 y, especialmente, 2010. Tambin, Vargas, 2010.

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    de la novela, publicados en revistas culturales mexicanas, suscitaron polmicas y gritos de indignacin. Muchas seoras bien intencionadas exclamaron (al verse retratadas): Este nio es un monstruo!, y Fernando Bentez (responsable del suplemento Mxico en la cultura) tuvo que explicar ante un severo tribunal por qu haba admitido en el suplemento a este muchacho tan indecente (Lomel, 2007)10.

    Sin embargo, hay casos en que la otredad es un factor determinante de la creatividad artstica. Con Rubn Daro entr el futuro en la literatura escrita en espaol (sic), afirma Jos Andrs Rojo, y agrega: Cambiaba el mundo a velocidad de vrtigo y, ah, en Chile, un poeta que haba nacido en Nicaragua en 1867 decidi transformar tambin la lengua espaola (sic). Para hacerlo, haba devorado antes a todos sus clsicos y entonces se estaba merendando a los jvenes poetas franceses en la biblioteca del palacio de La Moneda [casa del gobierno chileno, en Santiago], en compaa de su amigo, el hijo del Presidente (Rojo, 2007). En Valparaso, Chile, justamente, aparece su libro: Azul, en 1888, cuando tena 20 aos de edad. Periodista y escritor, los viajes marcaron su produccin artstica y las ciudades su marco existencial. Como seala Rojo: Empez a colaborar con La Nacin [de Buenos Aires, Argentina], pas un tiempo en Espaa, luego se instal en Buenos Aires, convirtindola en la capital del modernismo. Con 29 aos, public Prosas profanas; luego apareci Los raros, y de 1905 es Cantos de vida y esperanza, por citar algunos de sus libros ms emblemticos (Ibdem).

    Un caso similar al de Daro es el de Csar Vallejo. En un artculo periodstico sobre los vnculos entre el poeta peruano y la ciudad de Pars, Laura Restrepo usa este subttulo: Miles de latinoamericanos visitan en Pars la tumba de Csar Vallejo, el nico rincn de Europa donde no les exigen visa. Descontada la guasa de la expresin, esta es muy elocuente y pone de relieve la simbiosis entre el texto-ciudad y el recuerdo del extraordinario e inolvidable poeta (Restrepo, 2008). Citando al poeta: Me morir en Pars con aguacero, un da del cual tengo ya el recuerdo. Me morir en Pars y no me corro tal vez un jueves, como es hoy, de otoo, Restrepo comenta: haba predicho l mismo en un poema, de donde lo ortodoxo es visitar su tumba en jueves, y ojal con aguacero, aunque el devoto bien puede tomarse la licencia y acudir en otro clima y cualquier da de la semana, porque si bien la prediccin le atin al dnde, se equivoc en el cundo, y el poeta se vino a morir ms bien un viernes, por ms seas Viernes Santo, al parecer bajo un cielo azul radiante por completo ajeno a sus penas.

    El modelo del escritor o de la escritora itinerante suele conceptualizarse a partir de la oposicin dialctica: aqu insatisfactorioall esperanzador. Aunque, en muchas ocasiones, esta condicin electiva a la que, 10 Aunque el incidente refuerza la percepcin de la otredad en su propia ciudad.

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    presuntamente, debe de enfrentarse el o la artista, carezca de relevancia o, al menos, quede oculta entre los pliegues de la conciencia y sea imposible de detectar por parte del historiador o del bigrafo.

    Con todo, es fcil comprender que los artistas, por el hecho de serlo, consideran y evalan crticamente su entorno. Son muchos los casos que lo demuestran. Con mayor razn, si ese aqu en que cada escritor ha nacido, pertenece a mundos perifricos en relacin con el que, desde la periferia, se estima central, soberano y poderoso. Entonces, ese all emerge como esperanza, expectacin y promesa.

    Lo ilustrativo es que las indicaciones aqu o all remiten en este anlisis, a ciudades o, mejor an, a textos-ciudades. Qu contenido semntico tienen los textos del otro (la ciudad de all) que fascinan y atraen a los artistas? En primer lugar, segn el criterio de quien realiza la lectura de ambas ciudades, una diferencia cualitativa que se manifiesta como contraste entre ambos textos. De acuerdo con el principio del dialogismo del texto, que Mijal Bajtn propone en su aproximacin a la lectura de los textos literarios (Bajtn, 1982), el mismo debe ser vlido, tambin, para todos los tipos de textos que, la ampliacin de la perspectiva semitica de Lotman, nos permite identificar como tales.

    El principio bajtiniano de que un texto condensa la totalidad de los textos de su respectivo gnero discursivo tanto los que han sido producidos antes que l, como los que sern producidos despus, permite identificar los significantes que le confieren identidad semitica y lo hacen diferente de los dems. En el sistema discursivo de cada texto gravitan todos los dems textos de su gnero discursivo; dialogan con l y, en ese movimiento, le asignan su identidad11. De aqu se sigue que, simultneamente, la lectura de un texto, por una parte, remite a otros textos de su gnero discursivo que el lector conoce, y, por otra, que ese movimiento de la conciencia convierte su propia lectura en un nuevo texto.

    El lector de su propia ciudad reconoce los significantes que le permiten identificarla de otras y, por consiguiente, valorarla. Toda valoracin conduce, velis nolis, a distinguir unos atributos positivos (querencias) de otros negativos (carencias). Y, a la vez, a imaginar realidades diferentes donde la carencialidad no exista y, por el contrario, permitan superar toda expectativa. Tal vez en este comportamiento semitico se halle el fundamento del afn de viaje de los artistas que emigran. Por lo pronto, en la produccin de muchos de ellos verbal, no verbal o mixta, quedan evidencias del carcter de viaje inicitico que le asignan a sus desplazamientos, como en el que Jos Mart hace 11 Vid. especialmente, Bakhtine (Volochinov), 1977, libro en que se funda el principio del dialogismo. Es oportuno sealar, asimismo, que, en mi opinin, la conjuncin entre la concepcin bajtiniana y el pensamiento de Lotman puede verificarse en Lotman, 1973.

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    a EE. UU. En un lcido anlisis de Dorde Cuvardic sobre dos crnicas que Mart dedica a sendos desastres naturales ocurridos en ese pas norteamericano (El terremoto de Charleston y Nueva York bajo la nieve), apunta a la clara intencin del autor de destacar, sobre la base del comportamiento colectivo de los habitantes de las ciudades afectadas, que el altruismo, la solidaridad y la hermandad son valores que permiten enfrentar las pocas de adversidad. De esta manera, habra pretendido Mart dar a los lectores cubanos una leccin para su lucha contra la opresin poltica de la monarqua espaola de su poca12.

    Asimismo, la calidad de la experiencia adquirida en ese viaje a la otredad, puede reconocerse en la asimilacin que los creadores itinerantes hacen de nuevos cdigos y subcdigos incorporados en los lenguajes modelizantes de su prctica artstica. As acontece con el grabador costarricense Francisco Amighetti, don Paco para sus amigos y discpulos, viajero incansable de ese puado de artistas que dejaron el aqu de su mismidad iberoamericana para iniciarse en los sistemas de signos de los otros en el all, europeo en este caso. Vctor Valembois lo resalta en un artculo de homenaje y reconocimiento a la obra de Amighetti13.

    Con todo, la experiencia cualitativa ms valiosa del viaje de los artistas hacia ese texto-ciudad idealizado, es la insercin en unas relaciones de produccin artstica cuyas condiciones histricas desconocan hasta su enfrentamiento con la otredad. De esas vivencias surgen, inevitablemente, no slo nuevas estrategias discursivas, sino el establecimiento de vnculos con sensibilidades sociales, si bien afines, diferentes a la que les permiti, en cada caso, acceder a la prctica creativa en el seno de su mismidad.

    A su vez, la diferencia cuantitativa entre las respectivas semiosis de la ciudad de la mismidad (aqu), por una parte, y de la de la otredad (all), por otra, se hace evidente en la variedad y multiplicidad de enclaves culturales que se convierten, para la lectura que hacemos, en ejes semnticos. La cantidad y variedad de bibliotecas, museos, cafs literarios, salas de concierto, asociaciones artsticas, centros intelectuales, peridicos, casas editoriales y todo tipo de sitios que producen y reproducen la dimensin del arte y el conocimiento en una ciudad, son los significantes constitutivos de la oferta de un texto-ciudad a sus visitantes.

    12 Cuvardic, 2009. Cabe destacar que Dorde Cuvardic concluy, recientemente, una investigacin sobre el flaneurismo de escritores iberoamericanos (incluido Jos Mart) en la poca del nacimiento y primer desarrollo del modernismo. 13 Valembois, 2007. Vid. tambin Valembois, 2009, libro en que, como lo indica su ttulo, examina las relaciones euro-iberoamericanas incentivadas por los viajes iniciticos. Es ilustrativa la cita de Amighetti que Valembois usa como epgrafe de su artculo: No hua de m mismo, al contrario; viajar era el camino para encontrarme conmigo mismo.

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    Hay casos paradojales al respecto, porque, en Iberoamrica, en la misma medida en que Julio Cortzar percibe su aqu, Buenos Aires ciudad en la que creci, como insatisfactorio, aos antes, Rubn Daro la haba convertido en all inicitico, despus de que el padre del modernismo dejase su natal Metapa, hoy Ciudad Daro, tras un trnsito exploratorio por Chile. Y as como Pars se vuelve all promisorio para Cortzar, tambin adquiere esa dimensin para Csar Vallejo, cuyo aqu, Santiago de Chuco, aldea andina del Per donde l naci, es cualitativa y cuantitativamente distinto de Buenos Aires.

    Lo cierto es que, en cada caso, la decisin de los artistas e intelectuales que viajan obedece a mltiples factores. Esto se debe a que la oposicin aquall est inmersa en las relaciones histricas de produccin material de la existencia de cada uno de ellos. Por consiguiente, su significacin dialctica es muy diferente en los inicios del siglo XX que en nuestro incierto mundo del XXI. Entonces, el viaje de Csar Vallejo a Pars en definitiva, al cementerio de Montparnasse, apuntaba a la salvacin. Hoy, la ciberntica diluye los lmites y el aqu y el all se confunden. Con todo, las ciudades mantienen su carcter de textos y, en condicin de tales, convocan a su lectura y disfrute de sentido. Impulsados por el afn creativo, por la necesidad de un viaje inicitico o por la insuficiencia de las relaciones de produccin artstica, intelectuales y artistas seguirn siempre atentos a la llamada y al embrujo de la semiosis de una otredad urbana.

    Del reino de la necesidad al reino de la precariedad14 Es sorprendente para alguien como yo, que se ha ausentado 20 aos

    de un pas en cuyas relaciones de produccin estaba inmerso hasta el momento de su partida, hallar significantes inditos y ejes de sentido insospechados. Al regresar por primera vez a Chile y, en particular, a la ciudad-texto Santiago, despus de 20 aos de exilio, se hizo evidente la transformacin de sus componentes semiticos bsicos. Los cambios experimentados por la sociedad chilena de los 90, contrastaron violentamente con los datos que guardaba en la memoria. El sentimiento predominante que me embarg fue de ahogamiento y sofoco. Los marcos de referencia sociales haban experimentado ms cambios que la estructura fsica de la ciudad, ya de por s bastante transformada en 1993.

    14 Parfrasis de la expresin marxista del reino de la necesidad al reino de la libertad, que describe el sentido de la existencia de la especie humana como un viaje entre esos dos puntos de referencia: el de partida, que se inicia con la ruptura de las relaciones de necesidad con la naturaleza (condicin que transform cualitativamente a los homnidos en seres humanos) y que debe terminar en el acceso a la libertad social y la consiguiente conquista del universo en que cada quien tenga lo que necesite y de cada quien se obtengan los productos de su capacidad creativa.

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    Exceptuando el encuentro con mis parientes, que, por lo dems, cuantitativamente son poqusimos, el trato con los chilenos en el metro, en los autobuses o en locales comerciales, me era tan ajeno como el que haba tenido con ciudadanos de los pases en que he vivido mi exilio. Aunque, bien consideradas las cosas, era ms desgarrador, pues en pases extranjeros tena la conviccin de que esas personas eran diferentes, eran el otro respecto de mi mismidad cultural. Al reincorporarme en la sociedad chilena, ms an, en la santiaguina, la de la ciudad en que crec y fui convertido en sujeto, me senta ajeno y viva a sus habitantes como seres de otro mundo. Si bien desde entonces he regresado varias veces a Santiago de Chile, todava siento esa lejana y desencuentro.

    Aunque hay quienes resienten que se hable del apagn cultural vivido por Chile, causado por el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 y, progresivamente, impuesto por la dictadura, es absurdo desconocer que la derecha chilena provoc ese golpe y se vali de la dictadura para borrar del mapa poltico chileno a las fuerzas populares y a sus organizaciones.

    Estoy convencido de que uno de los detonantes del golpe militar fue el proyecto de reforma educacional llamado Educacin Nacional Unificada (ENU), propiciado por el Gobierno del Presidente de la Repblica, Salvador Allende Gossens, y arropado por las fuerzas polticas de la Unidad Popular.

    Si se le estudia en profundidad, saltan a la vista las incompatibilidades que el proyecto tena respecto de los moldes educacionales tradicionales. Para la derecha chilena, simplemente eran intolerables: cmo podan imaginarse sus autores que los rotos, los desposedos, los pobres de la ciudad y el campo, podan tener derecho intransable a la educacin? Y, por si fuese poco, un derecho permanente? Qu modelo es ese que atenta contra la tradicional e indiscutible diferencia entre las Escuelas Militar, Naval, de Aviacin e, incluso, de Carabineros institutos en que se forman los futuros jefes y oficiales de esas respectivas armas, y las de formacin de la respectiva tropa? Es que los jefes y oficiales pueden compartir o, siquiera, alternar su formacin con los que sern siempre sus subordinados?

    Con seguridad, esas y muchas otras preguntas similares alimentaron el imaginario colectivo de la oligarqua chilena, que vea, adems, con espanto, cmo se desataba la capacidad creativa en las clases populares del pas. El teatro, la pintura y la cancin populares florecen en la dcada de los 60 que, al concluir, esto es, en el ao 1970, lleva consigo el triunfo electoral del candidato de la Unidad Popular, Salvador Allende. Triunfo que, entre otros actores, tuvo como base a los exponentes de la creatividad artstica popular, cuya energa y expresin de resistencia permiti que los excluidos, los ninguneados, adquiriesen protagonismo en el escenario poltico chileno, hasta entonces

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    consagrado a los agentes sociales de los sectores econmica y polticamente privilegiados.

    El texto-ciudad Santiago adquiri, entre 1965 y 1973, ejes de sentido hasta entonces insospechados. Ni aun el triunfo del Frente Popular en 1938 tuvo la magnitud y, sobre todo, la profundidad social del alcanzado por la Unidad Popular. Los espacios pblicos de la ciudad se llenaron de ecos inditos de iconos, ndices y smbolos que auspiciaban la apertura de la sociedad civil, dentro de nuevos mrgenes de libertad, cuyos soportes semnticos bsicos eran la creatividad artstica e intelectual de los actores sociales empeados en conquistar para Chile una sociedad justa e igualitaria. En ese contexto semitico halla la ENU su nutriente fundamental; de aqu, su carcter de revulsivo social.

    Para la derecha chilena, la nica respuesta categrica supona no slo desbaratar el proyecto, sino, por supuesto, desalentar, ojal para siempre, cualquier intento de transformacin profunda del modelo educacional oligrquico.

    Es digno de consideracin y no ajeno al contexto en que se mova la derecha chilena el proceso que haba tenido lugar en Espaa, a fines del siglo XIX, destinado tambin a lograr un cambio estructural profundo de la educacin. Lo inici la creacin de la Institucin Libre de Enseanza (ILE), proyecto de transformacin radical de las polticas educacionales que, obviamente, se enfrent a los intereses de la oligarqua y la Iglesia espaolas. La reaccin de la derecha espaola, en ese caso, tambin fue un golpe militar y, lo que es ms importante, la implantacin de una dictadura implacable tras una guerra civil que dur casi tres aos (1936-1939), capaz de sembrar el terror ms feroz y paralizante de cualquier accin no solo inmediata, sino a largo plazo.

    Como si de aplicar el modelo de la oligarqua espaola se tratase, la derecha chilena propici golpe y dictadura, con la certeza de que contaba, como ventaja, con el manejo, prcticamente hegemnico, de las Fuerzas Armadas, cuyos jefes y oficiales asumieron con frrea disciplina (a los pocos disidentes, los mataron) el triste honor de diezmar a los actores sociales que haban hecho posible el triunfo de la Unidad Popular en 1970, destruir las organizaciones populares e implantar un rgimen de terror que signific miles de muertos y desaparecidos, as como el inevitable abandono del pas que se vieron obligados a hacer innumerables artistas e intelectuales.

    Desde el exilio, asistimos con estupefaccin al desmantelamiento de las estructuras educacionales y artsticas de Chile. La municipalizacin de la educacin pblica que se sumaba a la eliminacin de las Escuelas Normales (en mi opinin, una errnea medida) permita el florecimiento de la

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    educacin privada y privilegiada, en cuyos establecimientos pudiesen educarse, sin trabas, los hijos de la clase dominante y los sectores medios altos afines.

    Paralelamente, las represivas y cruentas medidas dictatoriales continuaban golpeando cualquier intento de resistencia popular. Replegadas sus organizaciones, inmovilizados sus actores por el terrorismo de Estado, los pobres de la ciudad y el campo quedaron hurfanos y a merced de los designios econmico-polticos de la oligarqua.

    Con todo, y muy probablemente con el conocimiento de la experiencia vivida por Espaa, los agentes del sometimiento saban que las bocas silenciadas, las manos amarradas, los sentidos adormecidos, tenan un tiempo de duracin limitado. Se ejecuta, en consecuencia, la otra embestida oligrquica: la meditica que, en virtud del control absoluto sobre los medios de difusin social, desata un programa de alienacin y entontecimiento colectivo que dura hasta hoy y que ha convertido a la sociedad chilena en pblico de reality shows y de farandulizacin permanente de los acontecimientos sociales, ante un escenario en que campean la frivolidad y la estupidez.

    La imposicin en el imaginario social de los modelos de vida mediticos, va de la mano con la incorporacin en el mundo mercantil, desgarrador y mutilante porque, en l, quien no consume no existe. Como para consumir se necesitan recursos econmico, si se carece de ellos se justifica cualquier medio para obtenerlos. El fracaso en ese empeo se manifiesta en dos frentes: por una parte, en el inconsciente social de los sectores excluidos, se crea un sentimiento de precariedad15 de la existencia, estado en el que ella se percibe como un proceso fugaz, que corroe y termina por destruir la dignidad de la condicin humana. Por otra, a nivel de la prctica social, el resentimiento que genera, moviliza una fuerza destructiva que, en circunstancias de conflicto social, irrumpe ciega y devastadoramente contra los bienes ajenos, incluidos los pblicos que tampoco esos sectores sociales sienten como propios.

    El dios mercado es ajeno a las plegarias, a las preces de los excluidos, de los marginados; por consiguiente, su precariedad se transforma en accin reivindicativa: un modo de oponer resistencia a los mecanismos de sometimiento de la clase dominante. Carentes de orientacin poltica como seal antes, los partidos de las clases subalternas solo han recuperado el nombre, las respuestas cargadas de violencia carecen de eficacia y slo sirven como vlvula de escape a la desesperacin e impotencia.

    15 Este sustantivo proviene del adjetivo semiculto precario, del latn precarius que significaba referente al ruego, que se obtiene por complacencia, originado en el sustantivo latino preces, que, a su vez, significaba splicas, preces. Creo que este apunte etimolgico permite atisbar por qu lo empleo en este contexto. (Vid. Corominas, 1974; III, pp. 866 y s.).

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    El sentimiento colectivo de precariedad se extiende, como virus social ineludible, a las capas medias; sobre todo, a las empobrecidas por la globalizacin mercantil16. An sometidas a los efectos psicolgicos del terrorismo de Estado, estas capas medias perciben que su condicin nunca les permitir acceder a los bienes que los medios difunden con obscena pertinacia. Al mismo tiempo, la desinformacin masiva que los medios difunden, les brinda el espejismo del triunfo, mediante la oferta de programas en que algunos agraciados, que a corto plazo se convertirn en frustrados, son premiados con una participacin que puede enriquecerlos. En el imaginario social, esta prctica genera la creencia de que la aparicin en la pantalla de televisin e, incluso, en el dial de la radiotelefona, por s constituye el comienzo de esa fortuna que ha de sacarlos de la pobreza.

    Estas notas que, por supuesto, evocan los lcidos anlisis de Jess Martn-Barbero17, solo pretenden mostrar la punta del iceberg. Con todo, su significacin profunda apunta a la desesperanza de esos grupos sociales que constituyen la gran mayora de la formacin histrica chilena. Una desesperanza que no tuvimos quienes pertenecimos a grupos similares antes de 1973, porque pudimos volcar nuestra esperanza en las luchas sociales organizadas, y subrayo el trmino, por nuestros partidos de clase.

    El texto-ciudad que es Santiago de Chile condensa los ejes de sentido de la trama significante que podemos reconocer en el resto del pas. La lectura que el mismo sujeto hace de ese texto en dos momentos distintos (1965-1973 y 1993-2010), pone en evidencia estructuras de sentido contrapuestas e, incluso, excluyentes. En la reproduccin social chilena, solo una minora tiene conciencia de su transformacin. De ella surgen esfuerzos e iniciativas para superar la asfixia cultural que provocaron la dictadura y el neoliberalismo, su efecto demoledor. Aguda es, en este sentido, la observacin de Diamela Eltit: Entre un arriba y un abajo y el afuera y el adentro, los sistemas artsticos reproducen el tramado social. Parte importante de las producciones literarias se cursan en editoriales locales que sobreviven gracias a la obstinacin de sus dueos, que han entendido que tienen la funcin cultural de sostener y preservar la numerosa literatura que no cabe en las empresas trasnacionales (Eltit, 2008).

    La inauguracin del Museo de la Verdad, en noviembre del 2009, es otro ejemplo del intento por recobrar la identidad cultural chilena, y uno de los mejores ejemplos de la apuesta por la recuperacin de la memoria que el gobierno de Michelle Bachelet se empe en reforzar. Porque, si bien las respectivas lecturas de dos textos-ciudades que he hecho: San Jos y Santiago,

    16 Tal es el programa que, segn Naomi Klein, lleva implcito el proyecto neoliberal dominante (Klein, 2007). 17 Vid., en especial, Martn-Barbero y Rey, 1999.

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    han reconocido los cambios que los afectaron, ha quedado de manifiesto un diferencial semntico: San Jos mantiene, hasta el momento, sus rasgos semiticos fundamentales; no as Santiago. Sin duda, esa diferencia reside en el terrorismo de Estado, materia significante que afect duramente a la sociedad chilena.

    Hoy, la sociedad chilena asiste, con desazn profunda, a la prdida del rumbo que debera haberla conducido hacia el reino de la libertad. Su viaje se ha empantanado en esta estacin miserable a la que la ha condenado la lgica de la codicia y el ansia insaciable de poder del mercado y los grupos privilegiados que lo sustentan. Permanece, as, en el deleznable reino de la precariedad como testigo impotente del aniquilamiento de su rumbo y de las expectativas nobles de nuestra especie: dignidad, ternura, solidaridad.

    Estos pespuntes tocan a su fin. Su propsito ha sido comprobar que la semitica es una disciplina imprescindible en el anlisis y estudio de cualquiera de los productos del trabajo humano que se consolida como patrimonio histrico en el desarrollo y devenir de las reproducciones sociales que han existido, existen y, si el rumbo que la humanidad adopte en el futuro inmediato lo permite, pueden existir.

    Considero que el decisivo aporte que Iuri Lotman ha hecho a esta disciplina, ha sido determinante para asignarle un espacio indiscutible en cualquier proyecto de investigacin y conocimiento multidisciplinario, transdisciplinario o interdisciplinario de la produccin de los seres humanos; en especial, de la que, con la diversidad de matices que fuere, se aprecia como cultural.

    San Jos, agosto de 2010.

    REFERENCIAS BIBLIOGRFICAS

    Bajtn, Mijal M.: 1982. Esttica de la creacin verbal. Mxico: Siglo XXI. Trad.: Tatiana Bubnova.

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  • LA SEMITICA DE LA CULTURA: HACIA UNA MODELIZACIN SISTMICA DE LOS PROCESOS

    SEMISICOS1 MIRKO LAMPIS

    1. El pensamiento sistmico Con esta frmula, pensamiento sistmico, solemos indicar un tipo

    especfico de actividad epistmico-crtica, una determinada manera de investigar e interrogar los procesos del conocimiento, la conformacin de la realidad y el funcionamiento y los fundamentos de ese conjunto de prcticas cognoscitivas y objetivadoras que comnmente llamamos ciencia. Sus modalidades explicativas fundamentales, sus principales procedimientos y recorridos interpretativos, responden a los siguientes criterios generales:

    la dimensin sistmica, holstica o ecolgica de los fenmenos observados: cuando hablamos de sistemas integrados (es decir, conjuntos organizados de elementos que interactan con ms intensidad o frecuencia entre s que con lo que los rodea), hay que asumir que la totalidad no equivale nunca a la simple suma de sus partes y que estas partes, si es que se admite su existencia autnoma, se vuelven cualitativamente nuevas cuando entran en las dinmicas de la totalidad; en consecuencia, para entender cules son y cmo funcionan los elementos que conforman un sistema, es necesario entender su operar, participar e interactuar en el sistema mismo; todo sistema, adems, en tanto que unidad integrada, slo resulta comprensible si se considera su operar e interactuar como elemento de un dominio sistmico mayor (en este sentido, el pensamiento sistmico es profundamente anti-reduccionista);

    la dimensin relacional: el pensamiento sistmico desplaza la atencin de los objetos y conjuntos de objetos a las relaciones (e interacciones) que los conforman, unen y diferencian; en primer lugar, los objetos participan en redes de relaciones (existen, toman forma y cobran relevancia nicamente a partir de 1 Este trabajo se publica por primera vez en Entretextos.

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    sus dinmicas relacionales); en segundo lugar, los objetos son redes de relaciones cuyas fronteras (cuya identificacin) varan en funcin de las relaciones consideradas; lo que identifica a cualquier objeto y a cualquier sistema de objetos es, en otros trminos, un patrn relacional que participa o se inserta en una red ms extensa de relaciones; cobra especial relevancia, en esta ptica, la nocin de frontera (o lmite, o interfase), el conjunto de las estructuras y procesos que, siendo parte integral del sistema, lo separan de su red operacional y a la vez lo conectan a ella; as pues, todo sistema se instituye como unidad integrada operacionalmente clausurada (Maturana y Varela, 1984) y como parte integrante de un dominio sistmico mayor;

    la organizacin: el patrn o la configuracin de relaciones internas que identifica a un sistema constituye la organizacin de aquel sistema; aunque las dos nociones de organizacin y de estructura sean indisociables (no hay estructura sin organizacin, ni organizacin sin estructura), el pensamiento sistmico prefiere a la primera en cuanto es esta la que designa al conjunto de relaciones fundamentales sin las que el sistema no existira o no se reconocera como tal; la nocin de estructura, en cambio, slo remite al conjunto de componentes fsicos que con sus interacciones realizan la organizacin, componentes que pueden (y a veces, incluso, deben) variar a fin de que la organizacin siga existiendo (a fin de que el sistema perdure en el tiempo);

    la procesualidad: los sistemas no son hechos autnomos e inmutables, sino redes integradas que derivan (cambian) en el tiempo mientras interaccionan con entornos operacionales tambin cambiantes; son, en otros trminos, procesos histricos en los que, por un lado, varan las redes relacionales y las estructuras que en ellos participan y, por otro, se perpetan aquellos patrones relacionales indispensables para la conservacin de la organizacin que identifica al sistema (cuando estos patrones desaparecen, el sistema, entendido como unidad, deja de existir);

    el dinamismo: si definimos como dimensin esttica de un sistema la configuracin sincrnica de uno de sus estados (independientemente de su devenir), y como dimensin dinmica el proceso diacrnico de transicin de un estado a otro (en el transcurso de su devenir), veremos cmo el pensamiento sistmico se ocupa principalmente de problemas relacionados con esta ltima dimensin; desde una perspectiva sistmica, lo ms importante es entender por qu el sistema cambia, cmo deriva y, si existen invariantes, por qu estas se conservan en el cambio;

    la causalidad circular: en un sistema integrado los procesos causales no son casi nunca directos y unidireccionales, sino que se mueven en mltiples direcciones, se retroalimentan constantemente2, vuelven sobre s mismos, se 2 La nocin de retroalimentacin (feedback) es uno de los grandes legados tericos de la ciberntica. En el mbito de la ciberntica clsica, sin embargo, se estudiaron casi

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  • LA SEMITICA DE LA CULTURA: HACIA UNA MODELIZACIN SISTMICA 33 ___________________________________________________________________

    cruzan y solapan, de modo que con frecuencia conforman un intrincado complejo sincrnico (aunque no necesariamente armnico) de relaciones causales circulares (o circuitales, o autorreferentes); es de este complejo causal que depende, en ltima instancia, tanto la autorregulacin del sistema como su deriva estructural en el tiempo;

    la emergencia: los sistemas integrados suelen manifestar propiedades que ninguna de sus partes posee por s sola, propiedades que emergen de la organizacin global del sistema mismo, del conjunto de interacciones estructurales y causales que ligan el operar de sus microcomponentes en pautas extensas de macroactividad; una propiedad emergente es, en otros trminos, el resultado de las pautas relacionales que rigen el funcionamiento del sistema en el proceso de su organizacin3;

    la complejidad: los sistemas integrados son, a menudo, sistemas de tipo complejo; se puede decir, esquemticamente, que esta clase de complejidad sistmica implica: 1) heterogeneidad: en el sistema participan diversas redes y sub-redes integradas, variamente interconectadas y con diferentes modalidades de deriva; 2) flexibilidad: las interconexiones y estructuras del sistema pueden variar a fin de conservar el equilibrio global del conjunto, su homeostasis, cierta invariancia relacional sin la que la organizacin del sistema no se realizara; 3) imprevisibilidad: el comportamiento del sistema es sustancialmente imprevisible, y por lo tanto no-computable o no-formalizable; esta imprevisibilidad no se debe slo a la prctica imposibilidad de conocer toda las variables en juego y el desarrollo de mltiples procesos causales en los que la mnima diferencia en las condiciones iniciales puede conllevar diferencias macroscpicas en los resultados finales la complejidad es no-lineal y catica, sino que tambin existe, en las dinmicas del sistema, una

    exclusivamente los procesos de retroalimentacin negativa, es decir, aquellos en los que la actividad del sistema influye en (retroalimenta) el funcionamiento del sistema mismo mientras no se alcancen determinadas condiciones internas (as en las mquinas autorreguladas y as en el sistema nervioso de los animales). Pero en las ltimas dcadas ha venido despertado un gran inters tambin la nocin de retroalimentacin positiva: los efectos de un proceso se propagan hasta potenciar el proceso mismo, generando un bucle causal autoalimentado que altera el estado del sistema hasta alcanzar un nuevo equilibrio global (as en muchos sistemas fsicos, qumicos y biolgicos alejados de las condiciones de equilibrio, incluidos los procesos reorganizativos que comportaron la emergencia de la vida y la deriva de los seres vivos). 3 A veces, como ejemplos de fenmenos emergentes, se proponen el calor o la solidez de los cuerpos. No me parece totalmente correcto. Propiedades como el calor o la solidez son s propiedades de alto nivel causadas por interacciones microscpicas (interacciones y movimiento moleculares), pero pueden ser reducidas completamente a tales interacciones y a sus efectos en nuestro dominio operacional. La emergencia, en cambio, comporta la formacin de propiedades sistmicas que no se pueden reducir linealmente a ninguna clase especfica de micro-relaciones: ejemplos de fenmenos emergentes seran, en este sentido, la vida, la conciencia o la semiosis.

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    indeterminacin de fondo debida a la presencia-ausencia o distribucin aleatoria de ciertos elementos o relaciones;

    el relativismo epistmico: si aceptamos que todo conocimiento depende de (est determinado por) la organizacin de la estructura que conoce, debemos concluir que lo conocido nunca es independiente de lo que es y de lo que hace el sujeto cognoscente (Maturana, 1996); la propia distincin entre las nociones de ser, conocer y hacer se vuelve cuestionable, as como se tambalea toda distincin ontolgica fuerte entre sujeto cognoscente y realidad conocida; consideremos el caso de la visin: esta no consiste en percibir con los ojos y grabar en el cerebro el mundo exterior, ni tampoco en crear a este mundo motu proprio y ex nihilo; la visin es, ms bien, una relacin operacional entre un organismo cognoscente (un sistema vivo) y su dominio de existencia (un entorno sumamente perturbador, pero slo en conformidad con la propia organizacin cognoscitiva del organismo), relacin que depende de un largo proceso (filognico, y tambin ontognico) de deriva estructural e interaccional; el pensamiento sistmico se opone, en suma, tanto a la perspectiva objetivista (o realista) como a la perspectiva sujetivista (o idealista); segn la primera, la estructura cognoscente capta y manipula estmulos y seales procedentes de un entorno preexistente e independiente de lo que ella hace; segn la segunda, la realidad percibida es una creacin autnoma de la estructura cognoscente, la cual est totalmente encerrada en s misma; el pensamiento sistmico abraza, en cambio, una perspectiva relativista (o dialctica, o enactiva) y defiende que el sujeto cognoscente y la realidad conocida slo existen y se codeterminan en una historia de mutua interaccin, de mutuo acoplamiento (Varela, 1988; Lewontin, 1998).

    Pues bien, todos las modalidades explicativas ahora mencionadas han marcado y siguen marcando, segn seala el fsico Fritjof Capra (1996), la labor de muchos cientficos en diferentes reas de investigacin: la ecologa, la psicologa (desde la psicologa de la gestalt hasta la moderna psicologa sistmica), la fsica cuntica, la ciberntica (N. Wiener, G. Bateson), la teora general de sistemas (L. von Bertalanffy), la teora Gaia (J. Lovelock, L. Margulis), la fsica de las estructuras disipativas (I. Prigogine), las matemticas de la complejidad y la biologa del conocimiento (H. Maturana). Lista a la que tambin podemos aadir la neurobiologa (W. J. Freeman, G. M. Edelman), la filosofa de la mente (J. Searle), la biologa evolutiva (S. J. Gould, R. C. Lewontin, F. Varela), la Inteligencia Artificial (R. Brooks) y, naturalmente, los estudios literarios y culturales (M. M. Bajtn, I. Even-Zohar, P. Lvy).

    2. El pensamiento sistmico y la semitica En cuanto a estos ltimos, es necesario diferenciar debidamente la

    nocin de sistema, tal y como se concibe en el mbito del pensamiento

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  • LA SEMITICA DE LA CULTURA: HACIA UNA MODELIZACIN SISTMICA 35 ___________________________________________________________________

    sistmico, de la nocin de sistema de procedencia estructuralista. Como es sabido, ya en la obra fundacional de Saussure, y despus en Hjelmslev y Greimas, la nocin de sistema designa una totalidad cuyos elementos constitutivos se definen mutuamente, esto es, donde cada elemento se define negativamente por lo que no es a partir de un conjunto estructurado de relaciones diferenciales y opositivas, de modo que el establecimiento (la produccin y/o el reconocimiento) de las relaciones y de las redes relacionales es el que funda los objetos y los universos semiticos (Greimas y Courts, 1979: 339). Esta conclusin resultara perfectamente congruente con la moderna perspectiva sistmica si no fuera por el hecho de que en el mbito estructuralista las redes relacionales se conciben (a menudo) como sistemas aislados, rgidos y sin una verdadera dimensin histrica (aunque el sistema cambie en el tiempo e intercambie elementos con el espacio externo, estos procesos no resultan pertinentes a fin de explicar la estructura y el funcionamiento del sistema en un momento dado). El sistema, en la perspectiva del estructuralismo de derivacin saussureana, se resuelve en una construccin lgico-formal de elementos y relaciones atmicas organizadas en estructuras sincrnicas de tipo opositivo y coimplicativo, y es esta construccin, precisamente, lo que garantiza el rigor cientfico del anlsis destinado a explicar el funcionamiento semitico del material examinado.

    La prctica cientfica defendida por Saussure, Hjelmslev y Greimas es, en suma, de tipo reduccionista: el sistema se reduce a un conjunto de elementos pertinentes y de relaciones estructuradas. Y esto es posible porque la parole, el dominio de las concreciones textuales, heterogneas, contradictorias, en continua evolucin, no es ms que la manifestacin superficial de una estructura profunda ms estable, la langue, el sistema sincrnico y ordenado de las relaciones opositivas fundamentales. Hacer ciencia es, precisamente, reducir la parole a la langue, explicar la parole con la langue. Es interesante, en esta ptica, lo que escriben Greimas y Courts en la entrada reduccionismo de su diccionario:

    La semitica rehye explicar todo el material estudiado, todos sus componentes, pues slo retiene lo que es pertinente al objeto que ella se da; en cuanto a la percepcin totalizante, a la plenitud, estas no conciernen a una investigacin cientfica (de naturaleza analtica), estando como estn situadas del lado de las sntesis interpretativas de las que lo reconocemos de buen grado la necesidad se hace sentir paralelamente. (Greimas y Courts, 1979: 334)

    Estoy convencido de que es precisamente esta necesidad de una percepcin totalizante, de una sntesis interpretativa, lo que en ltimo trmino motiva la existencia del enfoque sistmico; no se trata, sin embargo, de proscribir los mtodos analticos la individuacin de partes relevantes, relaciones fundamentales y procesos causales ascendentes en los sistemas

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    observados, sino de ensanchar el anlisis en una perspectiva crtica ms amplia, ms abarcadora (y, por qu no, transdiscipinaria), y recordar en todo momento que partes y relaciones no existen independientemente de los sistemas que integran, que estos sistemas son entidades histricas en continuo devenir a menudo redes de redes complejamente interconectadas, nunca aisladas, raramente homogneas y que el propio proceso de observacin y descripcin, con todas sus circunstancias, nunca es neutral y nunca es definitivo.

    Recordaremos, de paso, que Even-Zohar, autor de una de las teoras lite