Click here to load reader

QUE CAMBIARON LA HISTORIA

  • View
    0

  • Download
    0

Embed Size (px)

Text of QUE CAMBIARON LA HISTORIA

Averiguar en qué día vivimos no fue tarea sencilla
¿Cuánto es diez entre cero?
¿Es mejor cometer la injusticia o padecerla? La respuesta de Sócrates
Euclides y la axiomática
Ver las cosas con perspectiva: el Renacimiento
Un pionero de la globalización: Gutenberg
Copérnico y el heliocentrismo
Galileo y el telescopio
Lo pequeño no es necesariamente hermoso pero es importante: el microscopio
Watt y la máquina de vapor
Adam Smith: el aduanero que defendía el libre mercado
Mendel y la genética
Thomas Alva Edison enciende una nueva luz en el mundo
Cajal y la “doctrina de la neurona”
Planck y los ‘quanta’
Einstein. Todo es relativo... ¿o no?
Internet y la World Wide Web
Todas las mentes pueden ser maravillosas
INTRODUCCIÓN, ¿CAMBIAN LA HISTORIA LAS MENTES
MARAVILLOSAS?
El progreso en todos los campos del conocimiento y de la vida es el resultado del
trabajo conjunto de innumerables hombres y mujeres a lo largo de los años y en una
determinada sociedad, que ha sido capaz de coordinar sus esfuerzos para que redunden
en el bien de todos. Pero en ocasiones han surgido mentes verdaderamente maravillosas,
intelectos y personalidades privilegiadas que han impulsado ellos solos y de manera
definitiva una teoría científica, un invento o una gran idea filosófica.
Se establece, por tanto, un binomio inevitable entre la acción de individualidades
dotadas de un talento excepcional y la existencia de unas condiciones sociales y
culturales sin las que, casi con toda seguridad, esas singularidades nunca habrían podido
aportar lo que realmente hicieron. ¿El genio o su entorno? ¿La persona individual y
singular o el contexto económico, político, cultural e incluso religioso en que nace y
desarrolla su labor? Se trata de la famosa polémica entre lo que lo ingleses llaman
nature (la naturaleza, la carga genética, el individuo considerado aisladamente) y
nurture (la educación, el entorno, el ambiente familiar y social), entre la genialidad vista
como “ensimismamiento” y pura excepcionalidad o el genio contemplado como el fruto
perfectamente esperable y racionalmente comprensible en una época histórica y en una
atmósfera intelectual, social y económica concreta. Nos enfrentamos a una dialéctica o
contradicción en la que se presentan dos términos opuestos. Por un lado, una tesis: las
mentes maravillosas son genios en sentido estricto, prácticamente independientes del
espacio (el lugar en el que nacen, la educación, la familia...) y del tiempo (el momento
histórico que les toca vivir), al estilo del protagonista de la película El indomable Will
Hunting.
Hace más de cien años nació en la India un milagro. Se llamaba Srinivasa
Ramanujan, y procedía de una pequeña aldea del estado de Tamil Nadu, al sur de ese
gigantesco país. Pasó por colegios primarios y secundarios de la región, pero nunca
obtuvo un título universitario. Se enseñó a sí mismo matemáticas, aprovechando todos
los libros de trigonometría y de análisis que caían en sus manos. Pronto los superó y
descubrió él solo teoremas de un nivel avanzadísimo. Tanto es así, que cuando el
profesor Godfrey H. Hardy, de Cambridge, tuvo noticia de los trabajos de Ramanujan
(otros matemáticos ni siquiera se habían dignado a leerlos seriamente), no podía creer
muchas de sus proposiciones por lo novedosas y llamativas que eran. Hardy invitó a
Ramanujan a viajar a Inglaterra para investigar junto a él. Pasaron unos años fabulosos
en los que afloraron un sinfín de ideas y de teoremas, probablemente sin comparación
posible en la historia reciente de las matemáticas. Todo científico o pensador habría
soñado con profundizar en un campo del conocimiento con un genio de la categoría de
Ramanujan. Pero Ramanujan enfermó en Cambridge. Su salud era muy frágil, y vivía
obsesionado por las matemáticas. Se vio obligado a regresar a su India natal, y falleció
en 1920, con sólo 32 años. Ramanujan poseía una capacidad insólita para concebir
fórmulas y conjeturas matemáticas que luego han tardado en probarse por su indudable
complejidad. Un genio, un intelecto prodigioso y prometeico que había surgido
repentinamente en una oscura aldea de la India y que embrujaba con su talento a los
mejores matemáticos de la época.
Pero también hay una antítesis: el genio nunca habría sido genio y las mentes
maravillosas nunca habrían logrado cambiar la historia sin haber recibido los influjos
sociales y culturales que marcaron sus biografías, de modo que las estructuras e
instituciones (económicas, políticas, científicas) son clave a la hora de analizar el
alumbramiento de una gran personalidad. Y si se quiere encontrar una síntesis es
necesario intentar mantener ambos términos (la tesis y la antítesis) simultáneamente,
renunciando en lo mínimo a las exigencias que cada uno plantea. ¿Cambian la historia
las mentes maravillosas? Por un lado sí, porque ha habido genios sin parangón que por
sí solos han abierto nuevos horizontes en la ciencia, el arte o el pensamiento. Pero por
otro lado no, porque esos genios responden a una época y a una sociedad o a una
tradición en la que unos u otros habrían acabado efectuando las mismas o similares
contribuciones al progreso intelectual y ético. Conclusión: las mentes maravillosas
cambian, sí, la historia, pero la historia también cambia a las mentes maravillosas
porque esas mentes no habrían sido maravillosas si no hubiesen dado con una coyuntura
histórica, política y social como la que vivieron. Sin la crisis que atravesaba la física
clásica a finales del siglo XIX no habría surgido ningún Einstein, pero probablemente
sin el Einstein de carne y hueso (y no cualquier otro físico en la misma tradición y en la
misma situación) la historia de la física no habría tomado el rumbo tan precipitado y
revolucionario que a la larga cogió.
Ni el individuo se explica sin la historia, ni la historia se explica sin los
individuos que la protagonizaron. Estamos “condenados” a prestar igual atención a
ambos términos del binomio genio/sociedad, como en tantos otros aspectos de nuestra
existencia, y lo importante es que en cada caso concreto sepamos identificar con
precisión cómo se relacionaron ambos polos que configuraron una común realidad. Esa
tensión entre los dos polos es enormemente fecunda y productiva, es un motor que
invita a pensar y a superar la parcialidad en la que siempre podemos caer si nos
centramos unilateralmente en uno de los miembros de la ecuación y no nos fijamos en el
otro como lo merece. Y esa tensión inspira a mirar continuamente más allá, a
proponerse superar toda limitación y a situarse constantemente en una perspectiva más
amplia que relativice esos términos aparentemente irreconciliables y descubra un
horizonte, un espacio de reflexión mayor donde quepan cada vez más opciones y donde
cada vez se disponga de un acercamiento más riguroso y certero a la historia intelectual
de la humanidad.
Por poner un ejemplo, tenemos el caso del Renacimiento. El Renacimiento
supuso una innegable novedad con respecto a la cultura medieval, pero cuando se
estudia y analiza más a fondo, uno se da cuenta de que sin esa cultura medieval es
inexplicable el Renacimiento. El Renacimiento significó así una discontinuidad o
ruptura con lo anterior, pero también se desenvolvió en continuidad con la Edad Media,
de manera que en la Edad Media estaba ya el “embrión” o el germen del futuro
Renacimiento. Lógicamente, al decir que existe una gran continuidad entre la Edad
Media y el Renacimiento de manera que no se pueden entender el uno sin la otra, no se
quiere negar la originalidad que supuso la cultura renacentista primero en Italia y
después en toda Europa. Si no hubiese existido una cierta “discontinuidad”, nunca se
habrían dado los cambios que luego se produjeron y en realidad llegaríamos a afirmar
que no hay tanta diferencia entre la Edad Media y el tiempo actual, lo que no parece
muy sensato. La humanidad no habría progresado. Sencillamente, lo que damos a
entender es que es imposible aislar arbitrariamente a personas y momentos obviando su
posición en la historia, su lugar en esa cadena de acciones y de influencias. Claro que
han existido y seguirán existiendo mentes maravillosas que verdaderamente cambian la
historia, y que esos hombres y mujeres son irrepetibles, singulares y únicos, con una
forma de afrontar los problemas y de mirar a la realidad propia, aunque en muchos
puntos coincidan con otros autores. Pero nunca habrían sido auténticos revolucionarios
si no hubiesen vivido en un tiempo y en un espacio, educados en una tradición y
sometidos a una serie de influjos que los marcaron y definieron. Sólo desde ahí es
posible comprender su genialidad y su originalidad. Además, desde un punto de vista
histórico es muy fácil apreciar la continuidad que existe entre unas épocas y otras. La
historia se muestra como una línea recta, más o menos compleja, porque el historiador
que escribe en el siglo XXI ya tiene una perspectiva más global, ya sabe lo que ha
ocurrido y puede mirar desde arriba, a “estilo piloto”, a las diferentes épocas. Pero
cuando se está en una época, las cosas cambian. Ya no es tan sencillo descubrir ese
sentido (si es que existe), esa perspectiva general, y a veces es mejor conformarse con
aproximaciones a los hechos menos pretenciosas, como han puesto de relieve los
filósofos de la post-modernidad. Personas o acontecimientos que hoy nos resultan
asombrosos y absolutamente innovadores quizás, a la larga, nos impresionen menos.
Que en una encuesta reciente para el Discovery Channel los estadounidenses votasen al
difunto ex presidente Ronald Reagan como el americano más grande de todos los
tiempos, por delante de Abraham Lincoln o de Benjamin Franklin, sólo demuestra el
riesgo y el peligro que corremos si juzgamos la historia desde la inmediatez. Lo que
para nosotros es popular, relevante o incluso trascendental puede resultar mucho menos
importante si se ve desde una óptica histórica más amplia y menos cercana a los hechos.
Pero en el aquí y en el ahora, ciertas personalidades, hechos y descubrimientos
presentan una originalidad innegable. No tenemos más remedio que convivir con esa
ambivalencia, sumamente enriquecedora y plural, de admitir la continuidad y la ruptura
que conviven en la historia, aunque en ocasiones pueda ser más interesante privilegiar
uno u otro aspecto. Y lo que queda por encima y por debajo de esa ambivalencia entre el
genio y la sociedad es que el ser humano es capaz de superarse constantemente a sí
mismo y de descubrir nuevos mundos en todos los campos del conocimiento y de la
acción.
Porque además, ¿existe el progreso auténtico en el conocimiento? El progreso;
pocos conceptos ejercen, a la vez, tanta fascinación y tanto rechazo, tanta admiración y
tanta suspicacia, tantas ilusiones y tantas frustraciones. ¿Es todavía posible creer en el
progreso? Creer en el progreso es, en efecto, un acto de fe. Por extraño que parezca, no
hay ninguna evidencia de que el mundo físico o la humanidad como tales se superen de
forma continua e incesante. Exige tener fe, creer en que es posible progresar, también
hoy. Por otra parte, y aunque no nos demos cuenta, la sociedad actual nos exige creer en
muchas cosas que no están demostradas. Creemos en la capacidad racional humana para
desentrañar los misterios del universo y para ofrecer una explicación lógica del cosmos
y de la psicología humana. Creemos que realmente comprendemos cómo funciona el
universo físico empleando herramientas matemáticas. Creemos que el ser humano
puede controlar la naturaleza (también la suya propia) con el poder de su inteligencia.
Esto es un acto de fe. Podríamos estar soñando, pensando que realmente comprendemos
algo cuando en realidad no comprendemos nada. Podrían ser la mera casualidad, el puro
azar, lo que hubiese propiciado la síntesis de matemáticas y de observación
experimental para construir ese ampuloso y problemático edificio llamado ciencia. Al
igual que hay gente que dice que el universo ha surgido por azar, ¿por qué no hay tanta
gente que diga que la matematización de la ciencia puede haber sido una simple
casualidad, pero que no podemos estar seguros de que vayamos a seguir utilizando este
sutil formalismo para describir la naturaleza? De hecho, parte de la filosofía
contemporánea de la ciencia ha abandonado los rígidos esquemas del positivismo y del
cientificismo para recaer en un “anarquismo epistemológico” (en expresión de Paul
Feyerabend) que renuncia a conceder a las ciencias experimentales el beneficio de la
certeza.
En la vida humana, aun sin darnos cuenta, tenemos que hacer muchos actos de
fe, incluso sobre cosas que creíamos objeto de certeza racional y no de fe. Por tanto, la
pregunta no es ya si existe el progreso de hecho, de facto (muchos lo niegan, otros
muchos dicen que la humanidad ha ido a peor in crescendo, y los herederos de
Rousseau piensan que éramos mejores cuando vivíamos en la inocencia pre-
civilizatoria, lejos de la corrupción y de la soberbia que las ciencias, las artes y la
técnica nos inoculan), sino si puede existir de derecho, de iure: ¿es posible el progreso?
Como en toda cuestión de fe, lo que la inteligencia humana puede hacer es, como
mucho, mostrar que una determinada creencia no es absurda o negativa para el bienestar
humano, pero en ningún momento podrá demostrarla, ofrecer razones apodícticas sobre
su veracidad y por tanto sobre el imperativo de creer en ella si realmente queremos ser
coherentes con los instrumentos intelectuales de que disponemos, que son (y esto es, al
fin y al cabo, una vuelta al punto de partida de Descartes y su pienso, luego existo) una
de las pocas cosas de las que podemos estar seguros: de que hemos pensado, pensamos
y podemos continuar pensando en un futuro.
El “progreso” da a entender que cada etapa histórica es capaz de superar,
objetivamente, a las anteriores. Somos mejores que antes; conocemos más que antes;
podemos hacer más cosas que antes. El progreso es el “cambio del cambio” dentro de la
historia, como la aceleración es el “cambio del cambio” en el movimiento físico. Sin
embargo, las frustraciones históricas han desacreditado la visión del progreso propia de
la Ilustración. Tras la Primera Guerra Mundial, autores como Oswald Spengler (a su
obra dedicó en gran medida la tesis que presentó en Harvard el controvertido Henry
Kissinger) han hablado de la “decadencia de occidente”, frente al sueño iluminista de la
superación incesante. Y la teoría del eterno retorno (der ewige Wiederkehr) de
Friedrich Nietzsche se postula como una consecuencia del nihilismo (no hay nada con
sentido en la vida o en la historia) y de la inmanencia de la historia, que vuelve
continuamente sobre sí misma.
La tónica general, en línea con la filosofía postmoderna y con el relativismo
cultural, ha llevado a rechazar la idea de progreso por considerarla un producto
occidental con pretensiones de exclusividad que cercenan el pluralismo. Porque en
efecto, la pregunta no es sólo si es posible el progreso, sino de qué tipo de progreso
estamos hablando. ¿Nos referimos a la idea ilustrada de progreso, que se resume a
grandes rasgos en el progreso científico y tecnológico? ¿Nos referimos a la idea de
progreso histórico presente en muchas religiones? ¿Nos referimos al progreso ético, a la
mejora moral de la humanidad, que parte ya del a priori de que existe una ética más
perfecta hacia la que deben orientarse todas las culturas?
El progreso científico es un hecho… o no. ¿Hemos progresado, realmente, de modo que
a día de hoy podamos responder a las grandes preguntas –sobre el origen del universo,
de la conciencia, de lo complejo…- con plena certeza, o estamos inmersos aún en más
dudas precisamente porque cuanto más conocemos y avanzamos más interrogantes
surgen? En este sentido, no se puede hablar a secas de progreso, porque el progreso
científico implica un aumento cada vez mayor de los enigmas e interrogantes sin
respuesta, por lo que al mismo tiempo que “sabemos más” también sabemos que
“ignoramos más”.
Pero quizás entendamos por progreso la convicción de que toda barrera
histórica, cultural, científica o social puede ser superada. No cabe oponer, por tanto, el
pluralismo cultural al progreso, porque lo que “progreso” significa es que cualquier
cultura puede ser renovada, ampliada, mejorada, también la cultura que promueva una
cierta visión del progreso y, concretamente, la occidental. Es la convicción de que
cualquier determinación puede romperse, de que cualquier filosofía, cultura o religión
puede “abrirse”, puede ir más allá de su horizonte actual y entrar en un horizonte más
amplio, más integrador. Es una afirmación de la libertad humana por encima de toda
frontera, sea del tipo que sea. Es creer que siempre puedo “abrirme más”, ir más allá de
la situación actual o de la contingencia presente, para entrar en un espacio más
universal, o al menos renovado. Es, en conclusión, una forma “a-temática”, sin “tema”:
el progreso no impone unos contenidos, unos objetivos concretos, unos logros, sino que
consiste en afirmar que toda determinación podría eventualmente romperse, que todo
contexto podría ampliarse, que toda cultura o religión podría renovarse, purificarse y
mejorarse. Se trata de un progreso formal, de la afirmación de una posibilidad (la de
apertura, renovación, mejora y humanización) más que de la defensa de unos contenidos
concretos (que es lo que normalmente se entiende por progreso) y que representa, a mi
juicio, un postulado ético necesario en nuestro tiempo.
Y sólo si aprendemos a ver las culturas, las religiones y las sociedades no como
entidades cerradas sobre sí mismas, sino como siempre susceptibles de apertura, mejora
y renovación, superaremos la incomunicación que todavía existe entre tantos hombres y
mujeres de la Tierra, que bajo la excusa de pertenecer a otras tradiciones, sociedades o
culturas totalmente distintas, creen imposible el diálogo. Y el diálogo es posible
precisamente porque esas culturas o tradiciones nunca pueden tomarse como absolutas,
como clausuradas sobre su propia historia y sus propios principios, sino que siempre
podremos abrirlas más y llevarlas a horizontes nuevos y más integradores. El
pensamiento cambia de una persona a otra y de una cultura a otra, pero lo que nos une
es la capacidad de relacionarnos intelectualmente, de intercambiar ideas y opiniones, de
apreciar las creaciones artísticas de cada civilización: la posibilidad de comunicarnos y
de ser partícipes de la interioridad de los otros a la vez que revelamos la nuestra propia
es, creo yo, lo más definitorio del ser humano. Todo lo que potencie esa capacidad de
comunicación, de intercambio y de apertura más allá de nuestro yo pero respetando la
autonomía de ese yo será un ejemplo de progreso.
Y también tenemos que aprender a superar las ataduras que impone una cultura
tecnocrática, gobernada exclusivamente por la técnica y por el predominio de lo “útil”
a simple vista. El predominio de la técnica en nuestra cultura es incuestionable. Desde
hace décadas, su fuerza se aprecia en todos los niveles, y muy especialmente en el de la
educación. Imbuidos por sus logros, hemos adquirido una mentalidad “tecnocrática”,
donde lo que parece importar es, fundamentalmente, la pericia técnica, la capacidad de
“hacer algo” más que de “pensar” o “reflexionar” sobre algo.
El saber y las disciplinas académicas se juzgan, con frecuencia, en base a sus
aplicaciones prácticas. Si una ciencia contribuye a mejorar la vida de las personas, goza
de gran aceptación social. En cambio, si una ciencia o una rama del conocimiento no
presenta aplicaciones concretas, su valor es puesto en tela de juicio. La teoría se mide en
función de la práctica, y si la teoría no conduce a un resultado práctico evidente,
tendemos a pensar que su importancia es escasa. La pregunta posee, por tanto, una
enorme trascendencia: ¿Qué cultura queremos forjar? ¿Qué sociedad del conocimiento
queremos construir? ¿Hacia qué metas queremos encaminar la educación y el progreso
técnico, científico y social?
La sociedad no la configuran únicamente los técnicos. La técnica, el “saber
hacer”, es vital para el desarrollo de un país. Sin técnicos que gestionen…