Old Underwood

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  • El viejo Underwood bajaba con paso solemne por la colina ventosa. Llevaba un parguas negro en una mano y en la otra, un pauelo anudado de lunares rojos y blancos. Tena puesta una gorra negra con visera como las que usan los pilotos. En las orejas le brillaban dos pendientes de de oro y sus ojos pequeos restallaban como chispas. Y como chispas furguraban en la ira latente de su rostro barbudo. A un lado de la colina se extendia un bosque de pinos que bajaba del caminocamino al ,mar. Al otro lado crecan matas de hierba y pequeos ar-bustos manuka de ors blancas. Las ramas mas altas de los pinos rugian como las olas y los troncos crepitaban como maderas de barco. Las ores manuka volaban por el aire ventoso.

  • -Aaaah! -gritaba el viejo underwood, agitando el paraguas contra el viento que lo abrumaba, azotndolo y casi estrangulndolo con la capa negra.

    -Aaaah! -bramaba el viento cien veces ms fuerte, llenndole la boca y

    la nariz de polvo.

  • En el pecho de viejo Underwood algo retumbaba como un martillo: un, dos... un, dos...

    sin parar, siempre igual. No poda hacer nada. No era fuerte. No, no haca ningn ruido,

    solo era un golpe sordo. Uno, dos... uno, dos... como si alguien golpeara los grillos en

    una prisin, alquien en un lugar secreto... bang... bang... bang..., intentando liberarse.

    Hiciera lo que hiciera no poda ahogar el ruido, aunque tratara de acomodarse el sobre-

    todo, estirar los brazos, escupir o madecir. Para! Para! Para!

  • l viejo Underwood empez a correr, arrastrando los pies. ms abajo, el mar rompa contra el muro de piedra y el pequeo pueblo se arremolinaba fuera de su alcance para enfrentar mejor las aguas grises. Y ms arriba, al otro lado de la colina, se levantaba la prisin de altos muros rojos. Por encima se extenda el cielo gris, tapado con nubes negras torrnentosas, parecidas a telaraas. El viejo Underwood empez a disminuir el paso a medida que se acercaba al pueblo y cuando lleg a la primera casa, blandi el paraguas como si fuera el bastnbastn de un heraldo y sac pecho, mientras mova la cabeza rapidamente de derecha a iizquierda. Las casas en las afueras del pueblo era pequeas y feas y estaban hechas de madera; tenan dos ventanas y una puerta, una veranda an-gosta y una franja verde de hierba al frente. Varias gallinas amarillas se acurru-caban debajo de la veranda para resguardarse del viento.

  • -Fuera! - grit el viejo Underwood, y se ri al verlas huir, y volvi a rerse cuando la mujer sali a la puerta y lo amenaz con un puo rojizo enjabonado. En otro patio

    una nia trataba de bajar unos harapos de la cuerda de tender la ropa, Cuando vi al

    viejo Underwood, dej caer el palo del tendal y corri dando alaridos hacia la

    puerta. Empez a golpearla mientras gritaba: Mam!, Mam!. Con los chillidos

    volvi el martilleo en el pecho del viejo Undeewood. Mam! Mam! Vi otra vez el

    rostro envejecido con el mentn tembloroso y cabellos canos que asenta desde la

    venanavenana meintras se lo llevaban a rastras. Ma... m! Ma...m! Mir hacia la enorme

    prisin roja, encaramada en la cima de la colina, y puso cara de querer soltar el

    llanto.

  • En la esquina frente a la taberna, se haban detenido varias carretas, y algunos

    hombres sentados en el porche beban y conversaban. El viejo Underwood quera

    un trago. Entr con indolencia en el bar. Estaba casi lleno de jvenes y viejos, con

    largos sobretodos, botas altas, y ltigos en la mano para arrear ganado. Detrs de

    la barra una joven robusta y pelirroja serva la cerveza y trataba a los hombres con

    descaro. El viejo Underwood se escurri a un costado como un gato. Nadie lo

    mir. Los hombres slo se miraron entre s, y uno o dos se codearon. La muchacha

    asinto y le gui el ojo al tipo al que estaba atendiendo asinto y le gui el ojo al tipo al que estaba atendiendo

  • El viejo sac dinero de su pauelo anudado y los desliz por la barra. Le tem-

    blaba la mano. No habl. La joven no se j en l, les sirvi a todos y sigui con

    su charla, y entonces, como por casualidad, le empuj la jarra de cerveza.

    Sobre la barra habia un enorme jarrn lleno de claveles rojos. El viejo

    Unerwood los miraba jo mientras beba, y frunci el ceno. Rojo... rojo...

    rojo... rojo!, golpeaba el martillo.

  • Hacia calor en el bar y estaba tan quieto como un estanque, salvo por la charla y la

    joven. La muchacha segua rindose. Ja! Ja! Eso les gustaba a los hombres pues la

    joven ech la cabeza hacia atrs, y sus grandes senos se levantaron y se sacudieron al

    ritmo de sus carcajadas .

  • Haba un extrao sentado en un rincn. Sealo al viejo Underwood.

    - Chiado! -dijo uno de los hombres-. Cuando era joven, hace treinta

    aos, un hombre de por aqu se li con su mujer.

    El tipo se enter y la mat. Pas veinte aos en la cardel, all arriba. Sali

    chiado.

    - - Quien se la cog? -Pregunt un hombre-. No s. l tampoco. Nadie lo

    sabe.

  • Era marinero hasta que se cas con ella. Chiado! - El hombre escupi y esparci la saliva

    por el suelo, encogendose de hombros. Es inofensivo.

    El viejo Underwood los oy. No se di la vuelta, pero alarg la mano parecida a una garra y

    aplast los claveles rojos.

    Eh! Eh! Animal! Eh! Canalla! -grit la muchacha, inclinndose sobre la barra y pegndole

    con un jarro de lata-. Fuera de aqu! Lrguese! no venga por aqu nunca ms!

    Alguien lo pate; se escurri como una rata

  • Camin delante de las tiendas de los chinos.Las frutas y ls verduras estaban apilas contra las

    ventanas.Esparcidos por la vereda haba pedazos de cajones de madera, paja y perodicos

    viejos. Una mujer sali enojada de una tienda y le desparram un balde de basura a sus pies. el

    cnturn

  • Camin delante de las tiendas de los chinos. Las frutas y verduras

    estaban apiladas contra las ventanas.Esparcirdos por la vereda

    haba pedazos de cajones de madera, paja y peridicos viejos. Una

    mujer sali enojada de una tienda y le desparram un balde de

    basura a sus pies. El viejo Underwood se acerc a mirar por las vi-

    drieras y vi a los chinos sentados en pequeos grupos sobrw viejos

    barriles jugando a las cartas. Lo hicieron sonreir. Se qued miran-

    do, con la cara contra el vidrio y riendo tontamente.

  • Estaban sentados muy quietos con sus largas coletas alrededor de la cabeza y las

    caras amarillas como limones. Algunos llevaban cuchillos en el cinturn, y un viejo

    estaba sentado solo en el suelo retorciendo los dedos encorvados y largos de los

    pies. A los chicos no les importaba la presencia del viejo Underwood. Cuando lo

    vieron, hicieron un gesto de asentimiento. Fue hasta la puerta de la tienda y la abri

    con cautela. Y entr una rfaga de viento que dispers las cartas

    -Ya, ya! Ya, ya! -gritaron los chinos, y el viejo Underwood sali corriendo, mien-

    tras el martillo golpeaba y con fuerza. Ya, Ya!

  • Desapareci a la vuelta de la esquina. Crey or a uno de los chinos

    detrs de l, y se escurri dentro de una maderera. Empez a jadear...

    Cerca, debajo de otra pila de madera, haba un montn de virutos ama-

    rillas. Mienras las observaba comenzaron a moverse y se apareci un

    gatito gris, moviendo la cola. Camin con delicadeza hacia el viejo

    Unerwood y se frot contra su manga. El martillo en el corazn del

    viejo Underwood empez a latir como loco.

  • Le lati con violencia en la garganta, pero al rato empez a calmarse y a palpitar, muy,

    muy debilmente. Gatito! Gatito! Gatito! As sola ella llamar al gatito que le trajo del

    barco -Gatito! Gatito! Gatito! - y luego se agachaba con el plato en las manos.

    Ay Dios mo! Ay Seor! El viejo Underwood se incorpor, tom al gatito entre los

    brazoas y empez a mecerse de atrs para adelante, mientras apretaba al catito contra su

    cara. Era suave y clido, y maullaba apenas. El viejo hundi los ojos en el pelo del animal.

    Dios mo! Seor!

  • Acomod al gatito entre los pliegues del sobretodo, sali de la maderera

    y camin con indolencia hacia los muelles. Conforme se acercaba al mar,

    se le dilataban las aletas de la mariz. El viento enfurecido ola a sogas y

    brea, y a sal y lgamo. Cruz las vas del tren, se desliz detrs de las ba-

    rracas del muelle y sigui por un pequeo sendero de cenizas que se abra

    paso a travs de una parcela de hinojos malolientes hacia las tuberas de

    piedra que arrojaban las aguas servidas al mar.

  • Mir hacia los muelles y hacia los barcos con banderas que ondeaban al

    viento, y de pronto las viejas, viejas ansias se apoderaron del viejo Un-

    derwood.

    -Lo har! Lo har! Lo har! -murmur.

    Se arranc el gatito del sobretodo, lo balance de la cola y lo lanz a la

    boca de la cloaca. El martillo golpeaba con fuerza. Levant orgulloso la

    cabeza. Era joven otra vez.

  • Sigui caminado hacia los muelles, , ms all de los fardos de lana , de los ociosos y

    los haraganes, hasta el nal del embarcadero. El mar succionaba las vigas del muelle

    como si bebiera algo de la tierra. Uno de los barcos estaba cargando lana. Oy el

    ruido rondo de una gra y el chillido de un silbato. Al n lleg al pequeo barco sepa-

    rado del resto, con un tabln a modo de plancha, y no haba seales de nadie... de

    nadie en absoluto. El viejo Underwood mir una vez ms