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Contenido de la obra completa: 1. Libro I. Desde la fundación de Roma hasta la caída de los reyes Libro II. Desde la caída de los reyes hasta la reunión de los Estados itálicos % Libro III. Desde la reunión de Italia hasta la sumisión de Cartago y de Grecia Libro IV. La revolución Libro V. Fundación de la monarquía militar THEODOR MOMMSEN oria de Roma i Libro V , ° Fundación de la monarquía militar u V Traducción de A. García Moreno Prólogo y comentarios en la parte relativa a España de F. Fernández y González Edición revisada por Luis Alberto Romero TURNER luí. i«'í. ^ •%i í •>,. bnul 4. f. ' Primera edición en alemán, 1856 Primera edición en castellano, Turner, 1983 Traducción original de A. García Moreno publicada en 1876. Esta segunda edición revisada por Luis Alberto Romero y con prólogo y comentarios en la parte relativa a España de F. Fernández y González: copyright © 2003, Turner Publicaciones, S.L. Turner Publicaciones, S.L. Rafael Calvo, 42, 2° izda. 28010 Madrid " www.turnerlibros.com ISBN: 81-7506-598- 8 (O. C.) ISBN: 84-7506-608-9 (T. IV) Depósito legal: M. 46.107-2003 Printed in Spain ÍNDICE T""« T3 'i I ' '",: 1. LIBRO QUINTO Fundación de la monarquía militar Marco Lépido y Quinto Sertorio 11 La restauración silana y su gobierno 45 Caída de la oligarquía. Preponderancia de Pompeyo.... 97 Pompeyo en Oriente 123 Conflictos de los partidos durante la ausencia de Pompeyo 165 Regreso de Pompeyo. Coalición de los pretendientes.... 197 Conquista del Occidente. Guerra de las Galias 219 Regencias de Pompeyo y de César 303 Muerte de Craso. Ruptura entre los dos regentes 337 Brindisi, Ilerda, Farsalia y Thapsus 373 La antigua República y la nueva monarquía

Mommsen, Theodor -04- Historia de Roma V

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Text of Mommsen, Theodor -04- Historia de Roma V

Contenido de la obra completa: 1. Libro I. Desde la fundacin de Roma hasta la cada de los reyes Libro II. Desde la cada de los reyes hasta la reunin de los Estados itlicos % Libro III. Desde la reunin de Italia hasta la sumisin de Cartago y de Grecia Libro IV. La revolucin Libro V. Fundacin de la monarqua militar THEODOR MOMMSEN oria de Roma i Libro V , Fundacin de la monarqua militar u V Traduccin de A. Garca Moreno Prlogo y comentarios en la parte relativa a Espaa de F. Fernndez y Gonzlez Edicin revisada por Luis Alberto Romero TURNER lu. i'. ^ %i >,. bnul 4. f. ' Primera edicin en alemn, 1856 Primera edicin en castellano, Turner, 1983 Traduccin original de A. Garca Moreno publicada en 1876. Esta segunda edicin revisada por Luis Alberto Romero y con prlogo y comentarios en la parte relativa a Espaa de F. Fernndez y Gonzlez: copyright 2003, Turner Publicaciones, S.L. Turner Publicaciones, S.L. Rafael Calvo, 42, 2 izda. 28010 Madrid " www.turnerlibros.com ISBN: 81-7506-598-8 (O. C.) ISBN: 84-7506-608-9 (T. IV) Depsito legal: M. 46.107-2003 Printed in Spain NDICE T"" T3 'i I ' '",: 1. LIBRO QUINTO Fundacin de la monarqua militar Marco Lpido y Quinto Sertorio 1 La restauracin silana 1 y su gobierno 45 Cada de la oligarqua. Preponderancia de Pompeyo.... 97 Pompeyo en Oriente 123 Conflictos de los partidos durante la ausencia de Pompeyo 165 Regreso de Pompeyo. Coalicin de los pretendientes.... 197 Conquista del Occidente. Guerra de las Galias 219 Regencias de Pompeyo y de Csar 303 Muerte de Craso. Ruptura entre los dos regentes 337 Brindisi, Ilerda, Farsalia y Thapsus 373 La antigua Repblica y la nueva monarqua 467 Religin, cultura, literatura y arte 579 Notas 639 Al A IA {O u

LIBRO QUINTO FUNDACIN MONARQUA MILITAR A

DE

LA

A Ottojah, * en prueba de buena, antigua y fiel amistadMARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO A LA OPOSICIN. LOS JURISTAS. LA ARISTOCRACIA REFORMISTA. LOS DEMCRATAS la muerte de Sila (ao 676), la oligarqua restaurada dominaba con un poder absoluto enel Estado romano; pero como la haba fundado la fuerza, la necesitaba para sostenerse contra sus numerosos adversarios ocultos o declarados. Enfrente no tena solo un partido con un fin y un color determinados, y con sus jefes reconocidos; adems, tena que habrselas con una masa compuesta de los ms heterogneos elementos, a la que en conjunto se daba el nombre de partido popular, pero cuya oposicin contra el sistema constitucional de Sila variaba profundamente en sus motivos y en sus miras. En l se contaban a los hombres del derecho positivo, ignorantes e inactivos en poltica, pero que execraban a Sila y su arbitrariedad respecto de la vida y de la propiedad de los ciudadanos. Viviendo an el dictador, y cuando toda oposicin permaneca muda, haban levantado la cabeza los austeros juristas. En efecto, ms de una sentencia judicial haba negado su sancin a las Leyes Cornelianas cuando estas, por ejemplo, quitaban el derecho de ciudad a algunas comunidades itlicas, mientras que, por otra parte, haban mantenido en sus derechos al ciudadano prisionero de guerra o vendido como esclavo en el transcurso de la revolucin. Tambin en la oposicin se contaban los restos de la antigua minora liberal del Senado, aquella que haba trabajado ya en otro tiempo para conseguir una transaccin entre el partido reformista y los itlicos. Anlogas eran sus tendencias en la actualidad, pues hubiera querido mitigar los rigores de la constitucin oligrquica silana con oportunas concesiones hechas a los populares. Venan despus los demcratas propiamente dichos, los de creencias radicales pero honradas y circunscritas, que se jugaban su cabeza y sus bienes por una palabra de orden y programa del partido. Sin embargo, a ellos les estaba reservada la sorpresa de ver, al da siguiente de la victoria, que haban luchado no por una causa, sino por una frase vaca. Su gran caballo de batalla era el restablecimiento del poder tribunicio que Sila no haba suprimido en realidad, pero al que haba despojado de sus atributos esenciales. El nombre del tribunado del pueblo electrizaba a las masas y les produca un misterioso encanto, tanto ms poderoso cuanto que la institucin haba quedado por s misma sin utilidad prctica: espectro vano, que diez siglos ms tarde ser suficiente para hacer una revolucin. Por ltimo, estaban en la oposicin las clases ricas y notables a las que la restauracin no haba dado una satisfaccin completa, o a las que haba perjudicado en sus intereses polticos y privados.LOS TRANSPADANOS. LOS EMANCIPADOS LOS CAPITALISTAS De este

modo se iban uniendo a la oposicin las poblaciones numerosas y ricas de la regin entre el Po y los Alpes. El haber ganado en el ao 665 el derecho latino no era para ellas ms que una pequea suma dada a cuenta del completo derecho de ciudadana; por lo tanto, la agitacin tena all siempre dispuesto el terreno. Por lo dems, entre los opositores se encontraban tambin los emancipados, influyentes por su nmero y su riqueza, y muy peligrosos por estar reconcentrados en la capital:

ellos no perdonaban a la restauracin el haberlos anulado por completo. Estaban asimismo los hombres de la alta banca, por decirlo as, quienes se mantenan en una prudente tranquilidad, pero guardaban sus tenaces rencores con su poder no menos tenaz.LOS PROLETARIOS DE ROMA LOS EXPROPIADOS. LOS PROSCRITOS Y SUS ADEPTOS LA GENTE ARRUINADA. LOS AMBICIOSOS Las masas

estaban a su vez descontentas porque no vean la libertad ms que en los beneficios de la anona. Sin embargo, donde se ocultaba la guerra ms encarnizada era en las ciudades a las que haban alcanzado las confiscaciones de Sila; ya fuera porque en algunos sitios los

expropiados tuviesen que vivir reunidos dentro de los mismos muros, o en sus mermados dominios, con los colonos del dictador y expuestos a MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO eternas querellas; o que ocurriese lo que a los arretinos y volaterranos, quienes, si bien haban conservado su territorio, vean suspendida sobre sus cabezas la espada de Damoclesde las confiscaciones en nombre del pueblo romano; o que finalmente, como en Etruria, tuviesen que andar errantes como mendigos alrededor de sus antiguas fincas y moradas, o como ladrones en medio de las selvas. Por ltimo, todos los jefes demcratas a quienes haba decapitado la restauracin, que andaban errantes y miserables, emigrados en las costas de Mauritania, o seguan a la corte o al ejrcito de Mitrdates, haban dejado detrs de s a sus parientes, sus emancipados, la levadura de la venganza. Segn las ideas polticas del tiempo, influidas por las afinidades exclusivistas de la familia, era un deber de honor1 el trabajar con todas sus fuerzas para que los parientes fugitivos volviesen a su patria. En cuanto a los muertos, importaba mucho abolir la nota de infamia que iba unida a su memoria y a la persona de sus hijos, y que se les restituyesen a ellos sus bienes. Los hijos de los proscritos, sobre todo, degradados por la ley del regente y reducidos al estado de parias polticos (volumen III, libro cuarto, pg. 276), tenan en esta misma ley el perpetuo motivo que los incitaba a la insurreccin contra el actual orden de cosas. Agregese a todas estas facciones la enorme masa de las familias arruinadas. La muchedumbre alta o baja, que no pensaba ni deseaba otra cosa que los goces refinados de la vida o las orgas del comn del pueblo; los nobles a quienes no gustaba ms que contraer deudas; los mismos soldados de Sila, a quienes una palabra de su jefe haba convertido en propietarios pero no en labradores, y que, una vez que haban consumido la herencia de los proscritos, deseaban nuevos trastornos de los que pudiesen sacar provecho: todos estaban esperando la seal de combate contra el rgimen presente, a pesar de que algunos escritores hayan asegurado lo contrario. La misma necesidad impela hacia la oposicin a todos los ambiciosos de talento, a todos los cortesanos de popularidad, y a todos aquellos a quienes la cerrada cohorte de los optimates negaba un puesto en sus filas, o impeda su rpida elevacin. As, rechazados violentamente de la falange, intentaban quebrantar con el favor del pueblo las leyes de la oligarqua exclusivista y la regla de la antigedad. Tambin estaban todos aquellos para quienes, en sus elevadas ilusiones, no era bastante el ser admitidos a gobernar el mundo en los consejos de un cuerpo deliberante, y ellos eran mucho ms peligrosos. Aun cuando viva Sila, en la tribuna de los abogados, nico terreno que dej abierto a la oposicin legal, ya resonaba la ardiente palabra de los ambiciosos candidatos que llevaban en la mano el arma del formalismo jurista, y lanzaban contra la restauracin los acerados

dardos de su palabra. Entre estos se encontraba el gran orador Marco Tulio Cicern (que naci el 3 de enero del ao 648), hijo de un labrador de la aldea de Arpinum. Prudente y atrevido a la vez en su oposicin contra el dictador, se haba creado rpidamente un gran nombre. Semejantes aspiraciones no hubieran sido temibles mientras el hroe no pusiese sus miras ms que en una silla curul, y quedase satisfecho con tomar posesin de ella al fin de sus das. Pero el reposo honorfico no poda bastar a un agitador popular; desde el momento en que Cayo Graco necesit un sucesor, fue tambin necesario que se librase un combate a muerte. Sin embargo, todava no se haba pronunciado ningn nombre; nadie haba revelado tan vastas aspiraciones.PODER DE LA OPOSICIN Tal era la oposicin contra la que tena que

luchar el gobierno oligrquico instituido por Sila. La muerte del regente haba dejado el gobierno abandonado a sus propias fuerzas, antes de lo que su autor haba seguramente pensado. Tena una misin difcil, y las dificultades se agravaban mucho ms por las miserias polticas y sociales de los tiempos. Cmo mantener sumisos a la autoridad civil central a los jefes militares de las diversas provincias? Desprovistos como estaban de fuerza armada en Roma, cmo tener a raya la multitud sin nombre de los inmigrantes itlicos y extraitlicos, y las innumerables bandas de esclavos que vivan libres de hecho? La tarea era muy ardua: el Senado estaba como atrincherado en una ciudadela expuesta y amenazada por todos lados, y a la que se iban a dar inmediatamente formales asaltos. Sin embargo, Sila no haba omitido los medios de una poderosa y slida resistencia. La mayora de la nacin se mostraba evidentemente poco favorable y hostil, si se quiere, al gobierno constituido por el dictador; pero este gobierno poda sostenerse por mucho tiempo, haciendo frente a masas confusas y tumultuosas, a una oposicin que no vea claramente su camino ni su fin, y que al no tener una cabeza iba fraccionndose hasta el infinito. Pero para resistir se necesitaba ante todo querer hacerlo, como para MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO defender la plaza se necesitaba siquiera una chispa de aquella poderosa energa que la haba edificado. En vano el ms hbil ingeniero dara profundos fosos y poderosos muros a una guarnicin que no quisiera defenderse.CARENCIA DE JEFES. LAS CAMARILLAS. CETEGO FILIPO. MTELO, CATULO Y LOS LCULOS El porvenir iba por fin a depender de los

hombres que deban estar al frente de los dos partidos, pero desgraciadamente en ambos faltaban hombres y jefes. Toda la poltica de entonces obedeca a la influencia deplorable de las camarillas. No era esto una cosa nueva: quien dice Estado aristocrtico, dice tambin familias y grupos exclusivistas. En Roma era secular su preponderancia; pero en los tiempos que vamos historiando es cuando adquirieron mayor poder y prestigio, y cuando por primera vez su imperio se midi por las mismas leyes destinadas a refrenarlos. Todos los personajes notables, populares u oligarcas puros, se aliaron en heterias. En cuanto a la masa de los ciudadanos, los que toman regularmente parte en los negocios polticos, ellos tambin se organizaron en circunscripciones electorales, en cofradas cerradas y casi militares, con sus jefes e intermediarios tomados entre los principales o escrutadores de las tribus (divisores tribuum). Todo era venal en aquellos clubes polticos: primero el voto de elector, despus el del senador y el del juez, y hasta el brazo del pugilista callejero y el jefe de motn que lo

guiaba. Solo la tarifa variaba entre los grandes y los pequeos. La heteria decide la eleccin, ordena la acusacin, gua la defensa, gana al abogado de nombrada, y en caso de necesidad negocia con el empresario que trafica en gran escala los votos de los jueces. La heteria tiene sus bandas y sus falanges; con ellas es duea de las calles y a veces hasta del Estado. Todos estos excesos se cometan regular y pblicamente. Las heterias tenan una organizacin ms perfecta que tal o cual rama de la administracin pblica; y si, como es costumbre entre bellacos bien educados, se entendan sin decir una palabra sobre todas estas prcticas criminales, nadie las ocultaba. Los mejores abogados hacan en voz alta alusiones patentes a sus relaciones con las heterias, a las que sus clientes estaban afiliados. Si por casualidad se encontraba un hombre que permaneca puro a pesar de tomar parte en la vida pblica, como Marco Catn, por ejemplo, lo consideraban todos como una especie de don quijote poltico. Los clubes y sus intrigas haban reemplazado a los partidos y sus luchas. Fue entonces cuando apareci un Publio Cetego, personaje de carcter equvoco, marianista de los ms ardientes en un principio, trnsfuga recibido despus por Sila, y que desempeaba en la actualidad uno de los papeles ms importantes. Era un orador y mediador hbil, y se agitaba entre las facciones diversas del Senado; posea la llave de todos los secretos y de todas las cabalas polticas; muchas veces, una sola palabra de Proecia, su dama, decida el nombramiento para los altos cargos del Estado. Para llegar hasta aqu era necesario que en las filas de los hombres de accin no hubiese uno que pasase la lnea comn. En cuanto se presente un talento excepcional romper como telas de araa estas miserables facciones; pero en Roma todava no haba ninguna de esas capacidades polticas o militares. Las guerras civiles no haban dejado de la antigua generacin ms que un solo hombre notable, el viejo Lucio Filipo (cnsul en el 663). Prudente y hbil, adepto primero al partido popular (volumen ni, libro cuarto, pg. 146), ms tarde jefe del partido capitalista amotinado contra el Senado, afiliado luego a los marianistas, y vuelto al campo de la oligarqua victoriosa a tiempo para recoger en l honra y provecho, haba sobrenadado en el conflicto de los partidos. Por lo dems, a los hombres de la generacin siguiente es a quienes haban pertenecido los ms notables personajes de la aristocracia pura: Quinto Mtelo Po (cnsul en el 674), compaero de peligros y de gloria de Sila; Quinto Lutacio Catulo, cnsul en el ao de su muerte (676) e hijo del vencedor de Berceil, y los dos jvenes capitanes, los hermanos Lucio y Marco Lculo, que se haban distinguido a las rdenes de Sila, el primero en Asia y el segundo en Italia. Paso en silencio a muchos optimates como Quinto Hortensio, importante solo como abogado; a Dcimo Junio Bruto (cnsul en el ao 677) y a Marco Emilio Lpido Liciniano (cnsul tambin en 677). Ellos fueron puras nulidades que no tenan ms que un nombre sonoro y aristocrtico. Los cuatro personajes primeramente citados no se elevaban tampoco muy por encima del comn de los hombres de la faccin nobiliaria. Como su padre, Catulo era un hombre corts y aristcrata honrado, pero sin gran talento militar. Mtelo mereca personalmente estimacin por su excelente carcter, y era adems buen capitn y soldado experimentado. Al salir del consulado, en el ao 675, 16 MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO cuando los lusitanos, unidos con los emigrados romanos que seguan a Quinto Sertorio, acababan de levantar nuevamente la cabeza, haba sido enviado a Espaa no tanto a consecuencia de su inmediato parentesco y sus relaciones con el regente, como por su mrito pblicamente reconocido. Tambin los dos Lculos eran buenos oficiales. Sobre todo el mayor, Lucio, una a

un verdadero talento militar la ms exquisita cultura literaria y el buen gusto de un excelente escritor. Como hombre tena el sentimiento del honor, pero, en el terreno de la poltica, estos corifeos de la aristocracia carecan de vigor y tenan miras tan cortas como el comn de los senadores. Bravos frente a los enemigos exteriores, no estaban dispuestos a arrojarse en el movimiento de la poltica, ni eran capaces de coger el timn y conducir la nave del Estado con seguridad en este agitado mar de intrigas y facciones. Toda su sabidura consista en conservar pura la ortodoxia de su creencia oligrquica, y, considerando que esta era su panacea universal, aborrecan por completo la demagogia y la maldecan atrevidamente como a toda fuerza que osaba emanciparse. Sin embargo, bastaba poco para satisfacer su insignificante ambicin. Tampoco hay que creer tantas historietas como hay en los libros, como por ejemplo todo lo que se refiere a la permanencia de Mtelo en Espaa: sus necias debilidades por la ruda lira de los poetas asalariados del pas, las libaciones de vino que se le ofrecan, aquel incienso quemado a su paso como delante de un dios, o aquellas "victorias" que se colocaban sobre su cabeza cuando estaba en la mesa y lo coronaban de laureles al ruido de la tempestad. Verdaderas o falsas, estas consejas pintan vivamente las vanidades en que se complacan los degenerados epgonos de las valientes razas antiguas. Los mejores entre ellos se daban por satisfechos cuando haban conquistado, no el poder y la influencia, sino el consulado o el triunfo y un puesto de honor en la curia. Cuando sonaba la hora de la ambicin seria y honrosa, cuando hubieran debido venir en ayuda de la patria o de su partido, se retiraban de la escena poltica e iban a corromperse en un lujo de prncipes. Qu pensar de estos hombres, de Mtelo y de los Lculos, cuando se los ve hasta en los campamentos, cuyos jefes son, cuidarse menos de extender las fronteras del Imperio y de someter a reyes y pueblos a la voluntad de Roma, que de completar las largas listas de manjares de aves y de postres de un gastrnomo romano, y hacer que se anoten en ellas los ms delicados, exquisitos e importados platos de Asia Menor y de frica? Qu pensar cuando se '7 los ve malgastar la mejor parte de su vida en el ocio de su retiro? Qu se ha hecho de aquellas tradiciones de habilidad y de sacrificio individual, que eran el firme asiento del rgimen oligrquico? Una vez cada y artificialmente restaurada, la aristocracia romana las ha perdido para siempre. Sustituye el patriotismo con el espritu de pandillaje; la ambicin con la vanidad; la consecuencia con la estrechez de miras. En manos de mejores guardianes, tales como los individuos del colegio de los cardenales de la Roma catlica, o del tribunal de los diez, en Venecia, quiz no hubiera cado tan pronto la constitucin de Sila ante los golpes de la oposicin.

POMPEYO Entre los personajes que no eran ni partidarios absolutos ni enemigos declarados de la constitucin de Sila, no haba ninguno que atrajese tanto las miradas de las masas, en el momento en que muri el ex regente, como el joven Gneo Pompeyo, de 28 aos. Esta admiracin, por ms que fuese natural, fue un mal para l y para los que la sentan. Sano de cuerpo y de espritu, era un gimnasta hbil que disputaba al simple soldado el premio del salto, de la carrera y del disco cuando ya era oficial superior; asimismo era un jinete hbil y fuerte, diestro para esgrimir una espada y muy audaz a la cabeza de sus voluntarios. En una edad en que no poda an aspirar a los grandes cargos, ni aun al del Senado, haba sido saludado imperator y haba obtenido el triunfo. La opinin le haba asignado el primer

puesto despus de Sila; y el mismo regente, en parte por conviccin y en parte por irona, le haba permitido que tomase el sobrenombre de Grande. Por desgracia su genio no rayaba la altura de su prodigiosa fortuna. En realidad no era malvado ni incapaz, no era ms que un hombre ordinario; la naturaleza lo haba creado para ser un buen subalterno, pero las circunstancias haban hecho de l un general y un hombre poltico. En l se vea el militar, el soldado inteligente, bravo, experimentado, excelente en fin, pero sin vocacin ms alta. Corno general de ejrcito, en el campo de batalla o en cualquier otra parte proceda siempre con una prudencia tan extremada que casi rayaba en la pusilanimidad. Solo daba el golpe decisivo cuando tena conciencia de una gran superioridad. Su educacin haba sido la de todos 18 MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO los romanos de su siglo. Como hombre de espada, cuando lleg a Rodas no compr a los retricos su tributo de admiracin. Tena la probidad del rico, que sabe arreglar bien los asuntos de su casa con ayuda de su gran fortuna heredada o adquirida. No desdeaba hacer dinero, segn el mtodo usado entonces entre los senadores; pero, fro por temperamento y muy rico, no llegaba a abarcar especulaciones peligrosas y a cargar con la responsabilidad de grandes escndalos. Su renombre de probidad y de desinters, renombre merecido al juzgarlo en relacin con los dems, lo debi ms bien a los vicios de sus contemporneos que a su virtud personal. Era cosa casi proverbial la "honradez de Pompeyo"; y hasta despus de su muerte se ensalzaban la sabidura y la dignidad de sus costumbres. En realidad fue un buen vecino: no se entreg a las prcticas repugnantes de los grandes de Roma que extendan sus dominios mediante ventas forzadas, o por otros medios an peores contra los poseedores limtrofes. En su casa fue buen marido y buen padre; y digamos en fin, en su honor, que, cuando en sus triunfos llev consigo reyes y generales cautivos, no hizo que los matasen despus segn la brbara costumbre de sus predecesores y de algunos de sus sucesores. Pero cuando Sila lo dispona, como era su seor y su maestro, se separaba inmediatamente de una esposa amada, cuyo crimen era el de pertenecer a una familia que haba cado en desgracia. A la menor seal de Sila, nuestro hroe haca asesinar a sangre fra, y en su presencia, a los hombres que en tiempos difciles haban marchado a su lado (volumen III, libro cuarto, pg. 352). No era cruel, como se ha dicho, sino fro, insensible, sin pasin hacia el bien ni hacia el mal, cosa que es peor. Si en medio de la batalla se lanzaba intrpido sobre el enemigo, en la vida civil, en cambio, era pusilnime y se lo vea cambiar de color por la cosa ms insignificante. Hablaba en pblico con cierto embarazo, y era afectado y torpe en las relaciones sociales. Aun con todas sus altaneras y sus alharacas de independencia, nunca fue ms que un dcil instrumento en manos de cualquiera que supiera manejarlo; incluso a veces fue guiado por sus emancipados y sus clientes, cuando no tema tener que obedecerlos. En suma, no haba nacido con dotes de hombre de Estado. Incertidumbre en los fines, indecisin en la eleccin de medios, estrechez de miras en las circunstancias grandes o pequeas: tales eran las causas de su debilidad. Permaneca perplejo, disfrazando su irresolucin y su turbacin bajo la solemne capa del silencio, y, cuando al '9 fin se decida a obrar, se engaaba a s mismo y crea que engaaba a los dems. Su situacin militar y sus relaciones en la provincia, casi sin que l trabajase en ellas, le valieron un partido adicto a su persona, considerable y propio para llevar a cabo cosas ms grandes. Pero desde ningn punto de vista supo reunirlo ni guiarlo; y, si un da

se verific esta reunin, no la consigui l, sino que fue cosa de las circunstancias. Como en muchas otras cosas, en esto me recuerda a Mario, el rudo campesino, apasionado y sensual, insoportable tanto como esta tosca imitacin de gran hombre. En poltica, la posicin de Pompeyo era sumamente falsa. Como oficial del ejrcito de Sila deba luchar a favor de la constitucin restaurada; y, sin embargo, hizo una oposicin personal a Sila y con l a todo el rgimen senatorial. A los ojos de la aristocracia, an no era del todo aceptable la familia de los pompeyanos, inscrita por primera vez en los fastos consulares haca apenas unos sesenta aos. Por lo dems, el padre de Gneo haba jugado frente al Senado un papel odioso y equvoco; y hasta al mismo Pompeyo lo hemos visto en las filas de los partidarios de Cia. No se hablaba ya de estos recuerdos, pero no por eso se borraban. La gran fortuna conquistada por Pompeyo durante el rgimen de Sila, al mismo tiempo que lo una exteriormente a la faccin aristocrtica, en el interior suscitaba grandes antipatas. Tena dbil la cabeza; y al ser transportado rpidamente y sin trabajo al pinculo de la gloria, se apoder de l el vrtigo. Como si l mismo hubiera querido burlarse de su prosaica figura, se atrevi a compararla con la del ms noble y potico de los hroes, con la de Alejandro Magno. Segn l no estaba bien visto que ocupase solo un lugar entre los quinientos senadores de Roma. Y, sin embargo, a ninguno le hubiera convenido con ms exactitud que a l el papel de simple miembro de la asamblea directora en un puro rgimen aristocrtico. Si hubiera vivido doscientos aos antes, la dignidad de su presencia y su formalismo solemne, su bravura individual y la probidad de su vida privada, todo, hasta su falta de iniciativa, le hubiera asegurado quizs un honroso puesto al lado de Quinto Mximo y de Publio Decio. Su misma mediana, verdadera virtud del optimate romano, contribuy mucho a la afinidad que un da se estableci entre l y la masa del pueblo y del Senado. Incluso en su siglo le estaba destinado un papel importante, si hubiera sabido contentarse con no ser ms que el general del Senado, pues este era su verdadero destino. Pero su ambicin iba ms lejos y dio cada tras cada por haber MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO querido elevarse ms de lo que buenamente poda. Soando solo con subir un pedestal, un da se le present por delante y no se atrevi a escalarlo; su rencor fue muy profundo cuando los hombres y las leyes no lo sometieron a discrecin. Sin embargo afectaba una modestia que no siempre era fingida, pues era un ciudadano entre millares de iguales, y temblaba ante el ms leve pensamiento de un acto contrario a la constitucin. As pues, siempre fro con la oligarqua, y a la vez siempre su humilde servidor, torturado constantemente por una ambicin que se espantaba de sus propias miras, Pompeyo estaba condenado de antemano a las contradicciones continuas e interiores de una vida triste, laboriosa e intilmente agitada. CRASO Tampoco puede clasificarse a Craso entre los puros partidarios de la oligarqua. Tambin es l una de las figuras ms caractersticas de aquel siglo. Como Pompeyo, a quien llevaba algunos aos, perteneca a la sociedad de la alta aristocracia romana: haba recibido la educacin habitual de su casta, y haba combatido, tambin como aquel, a las rdenes de Sila en la guerra de Italia. En cuanto a dones de entendimiento, a cultura literaria y a talentos militares, quedaba por detrs de sus pares, pero los superaba por su actividad infatigable y su tenaz deseo de poseerlo todo y de destacarse en todas las

cosas. Se entreg por completo a las especulaciones. La adquisicin de tierras por compraventa durante la revolucin fue la base de su enorme fortuna, pero no despreci los dems medios de enriquecerse; levant en la capital grandiosas construcciones y particip, a travs de sus emancipados, en las sociedades y en las compaas comerciales. Tuvo banca en Roma y en las provincias con o sin el concurso de su gente; prest dinero a sus colegas senatoriales; emprendi por su cuenta y oportunamente las obras pblicas; o bien compr los tribunales de justicia. Con tal de ganar, abandonaba todos los escrpulos. En tiempo de las proscripciones de Sila, fue un da acusado de haber falsificado las terribles listas, y, desde esta fecha, el dictador no quiso emplearlo en los asuntos de Estado. Por ms que resultase falso un testamento en que l haba sido nombrado heredero, no por eso dejaba de serlo, y cerraba los ojos cuando su administrador expulsaba a los dueos de las tierras colindantes por va de hecho o de usurpacin tcita. Por otra parte, atento a no entrar en lucha abierta con el juez, saba vivir con sencillez, como verdadero hombre de dinero que era. De este modo es como se vio, en pocos aos, que, de no poseer en un principio ms que un patrimonio senatorial ordinario, acumul inmensos tesoros. Poco antes de su muerte, a pesar de los gastos imprevistos e inauditos que haba hecho, su fortuna era valuada en ciento setenta millones de sestercios. Se haba convertido en el particular ms opulento de Roma, y se lo consideraba como una potencia poltica. Si era verdad, segn l deca, que solo poda llamarse rico aquel cuyas rentas eran suficientes para mantener un ejrcito en pie de guerra, es necesario convenir en que, en aquellos momentos, este hombre no era un simple ciudadano. En efecto, Craso aspiraba a algo ms que a ser dueo de la caja mejor provista de Roma. Nada escatimaba para extender sus relaciones: saba llamar y saludar por su nombre a todos los ciudadanos de Roma, y nunca se neg a defender en la justicia al que invocaba su auxilio. Qu importa que la naturaleza le hubiese negado cualidades de orador, y que su palabra fuese rida, su estilo montono y su odo duro? Siendo tenaz en sus opiniones, poco aficionado a los placeres y sin que nada lo arredrara, superaba todos los obstculos. No se dejaba sorprender y no improvisaba nunca, pero era consultado a todas horas y siempre estaba dispuesto. Pocas causas le parecan malas, y para obtener el xito pona en juego tanto los recursos de la abogaca como la influencia de sus relaciones, y, en caso necesario, hasta compraba a los jueces con dinero. La mitad de los senadores lo tenan por acreedor. Por otro lado, dispona de una masa de hombres notables que se hallaban bajo su dependencia y tena por costumbre prestar sin inters "a sus amigos", aunque estos prstamos eran reembolsables a su voluntad. Hombre de negocios, ante todo, prestaba sin distincin de partidos, pona mano en todos los campos y daba de buen grado crdito a todo el que poda pagarle, o serle til en algo. En cuanto a los agitadores, aun los ms atrevidos, aquellos cuyos ataques a nadie perdonaban, se guardaban mucho de venir a las manos con Craso: se lo comparaba con el toro, a quien siempre es peligroso irritar. No hay que decir que un hombre colocado en esta posicin no aspiraba a un fin modesto; de ms talento que Pompeyo, saba exactamente, como sabe todo buen banquero, cul era el fin de sus especulaciones polticas y qu elementos poda poner en juego. Desde que Roma fueRoma, los capitales siempre desempearon el papel de un poder en el Estado, pero en la actualidad se alcanzaba todo con el oro lo mismo que con el acero. Durante la revolucin, la aristocracia del dinero haba podido pensar en destruir la oligarqua deMARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO

las antiguas familias; ahora tambin Craso poda aspirar a algo ms que a ser precedido por las haces del lictor o a adornarse con el manto bordado del triunfador silano. Al principio march con el Senado, pero era demasiado buen banquero como para entregarse a un solo partido y no seguir otro camino que el de su inters personal. Sin embargo, por qu este hombre, el ms rico, el ms intrigante de los romanos, que adems no era avaro y saba aventurar mucho, por qu, repito, no aspir a una corona? Tal vez porque reducido a sus propias fuerzas no le sera dado conseguir su fin; pero, puesto que haba acometido muchas veces grandes empresas y formado vastas asociaciones, acaso no poda echar mano para esta de alguno de sus adictos que le fuese til? Fue entonces cuando se vio a Craso, mediano orador y capitn, poltico activo pero sin energa, codicioso pero sin ambicin, que no se recomendaba por nada sino por su colosal fortuna y su habilidad comercial, extender por todas partes sus inteligencias, acaparar la omnipotente influencia de las camarillas y de los intrigantes, estimarse un igual a los ms grandes generales y hombres de Estado de su siglo, y finalmente disputarles la ms alta palma a la que puede aspirar el ambicioso. LOS JEFES DE LA DEMOCRACIA CSAR. LPIDO En el campo de la oposicin democrtica, tanto entre los conservadores liberales como entre los populares, la tempestad revolucionaria haba causado terribles bajas. Entre los primeros solo haba quedado un personaje notable: Cayo Cotta (de 630 a 681), amigo y aliado de Druso. Desterrado por esta causa, en el ao 663 haba vuelto a su patria a consecuencia de las victorias de Sila (volumen III, libro cuarto, pg. 368). Era un hombre prudente y un buen abogado, pero como mucho llamado a formar honrosamente en segunda fila, ya fuera que se lo considerase como hombre de partido o que se pesase su mrito personal. Por otro lado, entre los demcratas de la generacin joven haba un hombre

que atraa las miradas de todos, amigos y enemigos. Cayo Julio Csar (que naci, segn parece, el 12 de julio del ao 652), que para entonces contaba con veinticuatro aos.2 Muchos eran los motivos de la admiracin: su alianza con Mario y Cia (la hermana de su padre se haba casado con Mario, y l era yerno de Cia); su valiente negativa a enviar a su joven esposa Cornelia la carta de repudio que Sila le dictaba, siendo an adolescente, mientras que Pompeyo se haba apresurado a someterse a esta exigencia, y su temeraria persistencia en conservar el sacerdocio que Mario le haba dado, y que Sila quera quitarle. Pero tambin lo eran su vida errante para librarse de las amenazas del dictador, de las que lo preservaron con mucho trabajo las gestiones y ruegos de su familia; su bravura en los combates delante de Mitelene y en Cilicia, bravura que nadie esperaba tratndose de un joven educado con delicadeza y con los hbitos afeminados de un "seorito", y la expresin de Sila, que vea muchos Marios ocultos bajo aquella tnica mal ceida. Todo esto lo recomendaba poderosamente ante los ojos de los demcratas, pero Csar no ofreca ms que esperanzas para el porvenir. Respecto del presente, los hombres que por su edad o por su posicin en el Senado estaban llamados a dirigir el partido y a hacerse dueos del gobierno de la nacin haban muerto o se hallaban en el destierro. A falta de un hombre que desempease este gran papel, la direccin de la democracia perteneca al primero que se erigiera en representante de los oprimidos demcratas, y esto es lo que hizo Marco Emilio Lpido, antiguo silano, que se haba pasado al partido popular por motivos

bastante equvocos. Optimate ardiente en un principio, pujador asiduo en las ventas de los bienes de los proscritos, durante su proconsulado en Sicilia haba cometido innobles rapias. Ante el hecho de que era inminente una acusacin, para librarse de ella se ech en brazos de la oposicin. La adquisicin para esta era de un valor discutible. Indudablemente Lpido le llevaba el auxilio de su nombre, de su importancia y de su viva palabra en las luchas del Forum; pero no por eso dejaba de ser un hombre sin talento formal, una cabeza vana que no mereca el primer rango ni en el ejrcito, ni en los consejos de la ciudad. La oposicin, sin embargo, le dio buena acogida. Aterrados los senadores ante el nuevo agitador popular, retrocedieron y no se llev adelante la acusacin comenzada. Incluso consigui que lo eligieran cnsul para el ao 676 gracias a su oro robado en Sicilia, y gracias, sobre todo, al MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO apoyo verdaderamente extrao que fue a pedir a Pompeyo. En esta ocasin hizo ver a Sila y a los silanos puros de cunto era capaz. Cuando Sila muri, la oposicin ya tena un jefe en la persona de Lpido; y, como este jefe ocupaba al mismo tiempo la magistratura suprema, poda predecirse con toda seguridad la explosin prxima de una nueva revolucin en la capital.LA EMIGRACIN EN ESPAA. SERTORIO RECRUDECIMIENTO DE LA INSURRECCIN ESPAOLA. MTELO EN ESPAA Pero la agitacin de

los emigrados demcratas en Espaa se haba anticipado a la revolucin del partido en Roma. Quinto Sertorio era el alma de dicha agitacin. Este hombre notable, oriundo de Nursia, en la Sabina, tena un corazn franco y buenos sentimientos hasta rayar casi en la debilidad. Quin no ha odo hablar de su amor entusiasta por su madre Rhea? Al mismo tiempo, su valor caballeresco le haba valido gloriosas cicatrices de heridas recibidas en las guerras cimbrias, espaolas e italianas. Orador sin tradicin de escuela, encantaba a los abogados ms listos por la facilidad, fluidez y naturalidad de su palabra, y por el seguro efecto de sus medios oratorios. En la guerra de la revolucin, tan miserable y absurdamente conducida por los demcratas, haba hallado ocasin de formar con ellos un brillante y honroso contraste como capitn y como hombre de Estado. A juzgar por la confesin de todos, era el nico oficial del partido que supo preparar y dirigir la guerra; fue tambin el nico hombre poltico que se opuso con una sabia energa a los excesos y a los furores demaggicos. Sus soldados de Espaa lo saludaban con el nombre de "nuevo Anbal", no solamente porque haba perdido un ojo en los combates, sino tambin porque haba revivido el mtodo ingenioso y atrevido del gran capitn cartagins, su maravillosa destreza en contrarrestar la guerra con la guerra, su talento para atraer a sus intereses los pueblos extranjeros y hacerlos servir a su fin, su sangre fra tanto en las buenas como en las malas circunstancias, y la rapidez de su inventiva para sacar partido de sus victorias o evitar las malas consecuencias de sus derrotas. Es dudoso que haya habido jams hombre de Estado romano que haya igualado los mritos universales de Sertorio, ni en los siglos antiguos ni en los contemporneos. Obligado por los generales de Sila a refugiarse en Espaa, llev primero una vida de aventurero errante en las costas de la pennsula y en las africanas, a veces aliado y a veces enemigo de los piratas cilicios establecidos tambin en estas regiones, o de los jefes de las tribus nmadas de Libia. Victoriosa la restauracin, lo haba perseguido hasta all. Un da que tena sitiada Tingis (Tnger), vino un destacamento del ejrcito de frica dirigido por Paccicco en auxilio del prncipe local. Sertorio lo bati completamente

y tom Tnger. Al ruido de estas hazaas, los lusitanos, que a pesar de su pretendida sumisin al dominio de la Repblica continuaban defendiendo su independencia y libraban todos los aos sangrientos combates con los procnsules de la Espaa ulterior, enviaron a frica una embajada al romano fugitivo para invitarlo a que viniese a su pas, y prometindole el mando en jefe de sus milicias. Sertorio haba servido veinte aos antes en Espaa, bajo Tito Didio; por tanto conoca los recursos del pas, y decidi aceptar las ofertas de los lusitanos. Dej un pequeo destacamento en las costas de Mauritania y se hizo a la vela por el ao 674; pero el estrecho que separa Espaa de frica estaba ocupado por Cotta con una escuadra romana, y era imposible atravesarlo sin ser visto. Se abri paso por la fuerza y arrib felizmente a las costas de Lusitania. Solo veinte ciudades se pusieron a sus rdenes, y tampoco pudo reunir ms de dos mil seiscientos romanos, trnsfugas en su mayora del ejrcito de Pacciecco, o africanos armados a la romana. Con su gran golpe de vista, comprendi que era necesario dar como punto de apoyo a las dispersas bandas de sus guerrillas un ncleo slido de soldados disciplinados y bien organizados. Al efecto, reforz el pequeo cuerpo que haba llegado de frica con una leva de cuatro mil infantes y setecientos caballos, y march adelante con esta legin nica y con las bandas de voluntarios espaoles. La Espaa ulterior obedeca a Lucio Fufidio, oficial subalterno pero elevado a propretor a causa de su incondicional sumisin a Sila, adhesin experimentada hasta en las proscripciones. Fue completamente derrotado sobre el Betis y, a consecuencia de esto, quedaron dos mil romanos en el campo de batalla. Se enviaron precipitadamente mensajeros a Marco Domicio Calvino, gobernador de la provincia del Ebro, pues era necesario a toda costa detener los progresos de Sertorio. Apareci tambin inmediatamente en el teatro de la guerra Quinto Mtelo, general experimentado, a quien Sila enviaba 26 MARCO LPIDO Y OJJINTO SERTORIO a la Espaa del Sur para suplir la insuficiencia del propretor. Pero no era ya posible dominar la insurreccin. En la parte del Ebro, un oficial de Sertorio, Lucio Hirtuleyo, su cuestor, destruy el ejrcito de Calvino y a este lo mat. Al poco tiempo fue tambin derrotado por este bravo jefe el procnsul de la Galia transalpina, Lucio Manlio, que haba atravesado los Pirineos para venir en socorro de su colega. l mismo escap a duras penas y se refugi en Ilerda (Lrida) con algunos hombres, y luego se volvi a su provincia. En el camino se arrojaron sobre l los pueblos aquitanos y le arrebataron todos sus bagajes. En la Espaa ulterior, entretanto, Mtelo haba penetrado en el pas de los lusitanos. Sin embargo al poco tiempo, mientras que Longobriga (no lejos de la desembocadura del Tajo) estaba sitiada, Sertorio atrajo a una emboscada a toda una divisin romana y a Aquino, su jefe, con lo cual oblig a Mtelo a levantar el sitio y a evacuar el territorio enemigo. Sertorio lo sigui y bati el cuerpo de ejrcito mandado por Torio sobre el Anas (Guadiana), y en esta guerra de escaramuzas hizo sufrir enormes prdidas al general en jefe. Este hombre, que era un tctico metdico y algo pesado, se desesperaba por completo. Se las haba con un enemigo que rehusaba un combate decisivo, que le cortaba los vveres y las comunicaciones, y que lo atacaba a todas horas y en todas partes por sus flancos.ORGANIZACIN DEL PAS POR SERTORIO Tantos y tan increbles

triunfos, obtenidos a la vez en ambas Espaas, eran tanto ms notables cuanto que no eran puramente militares, y que no haban sido conseguidos solo con las armas. Los emigrados no eran temibles por s

mismos, y, en cuanto a los lusitanos, no poda darse mucha importancia a sus triunfos, que fundamentalmente haban conseguido a las rdenes de un general extranjero. Pero, con la seguridad de su tacto de hombre poltico o de patriota, Sertorio, en vez de hacerse el condottiero de los lusitanos, se condujo en todas partes y en cuanto estaba a su alcance como un general y un delegado romano en Espaa. En tal sentido haba venido veinte aos antes, mandado por el gobierno de entonces. As, pues, con los jefes de los emigrados compuso un Senado que contaba con trescientos miembros, diriga los negocios conforme a las formas establecidas en Roma y nombraba los magistrados.3 En su ejrcito no vea ms 27 ..! que un ejrcito romano, y a los romanos correspondan todos los grados. Por su parte, los espaoles tambin lo consideraban como el procnsul de Roma, que les exiga en virtud de su cargo hombres y subsidios, pero que en lugar de administrar despticamente, segn la costumbre, haca todo lo posible por unir los provincianos a Roma y a su propia persona. Su genio caballeresco le facilit medios para familiarizarse con las costumbres espaolas, e inflam la nobleza del pas con un vivo entusiasmo hacia este admirable capitn, a quien ellos seguan espontneamente. Como aqu exista la costumbre de que el prncipe tuviese sus "fieles", lo mismo que entre los celtas y los germanos, se vio a los ms ilustres espaoles jurar por millares que seguiran hasta la muerte a su general romano. Sertorio tuvo en ellos compaeros de armas mucho ms seguros que sus compatriotas y que sus mismos partidarios. Por otro lado, lejos de despreciar las supersticiones de los rudos pueblos del pas, sac de ellas un excelente partido. Segn l, Diana era quien le enviaba sus planes completamente formados, y le serva de mensajera una cierva blanca. En suma, gobernaba con dulzura y justicia. Hasta donde alcanzaban su ojo y su brazo, sus tropas estaban sometidas a la ms severa disciplina: aunque en general no castigaba sino con penas leves, era inexorable con el soldado que cometa una fechora en pas amigo. Quera formalmente un mejoramiento duradero de la suerte de los provinciales, y en consecuencia rebaj los tributos y oblig a sus tropas a construirse chozas o barracas para el invierno. De este modo libr a las ciudades de la pesada carga de los alojamientos, y al mismo tiempo destruy una fuente de abusos insoportables. En Osea (Huesca) fund una academia para los hijos de las familias nobles espaolas; all reciban la instruccin usual de la juventud noble de Roma y aprendan a hablar griego y latn, y a llevar la toga. Admirable institucin que no tena solo por objeto asegurar a Sertorio, de una forma ms suave, rehenes siempre necesarios en Espaa, aun respecto de las ciudades aliadas, sino que se inspiraba tambin en el gran pensamiento de Cayo Graco y de los hombres del partido democrtico, pero perfeccionado, y con la tendencia a romanizar insensiblemente las provincias. Era la primera vez que se emprenda semejante obra sin destruir las razas indgenas ni sustituyndolas con la colonizacin italiana; solo se haca convirtiendo a los provinciales en latinos. Los optimates de Roma se burlaban de estos miserables emigrados, de estos trnsfugas del ejrcito italiano, ltimos 28 MARCO LPIDO Y OJJINTO SERTORIO restos de las bandas de ladrones que haba dirigido Carbn. Su desdn estpido les cost caro. Se enviaron contra Sertorio enormes ejrcitos, incluyendo en estos las levas en masa verificadas en Espaa, ciento veinte mil infantes, dos mil arqueros y honderos, y seis mil caballos. Contra esta fuerza tan inmensamente superior, Sertorio libr una serie de combates afortunados y consigui importantes victorias; incluso lleg a apoderarse de la mayor

parte de Espaa. En la provincia ulterior Mtelo no posea ms que el suelo que pisaban sus soldados; en cuanto podan, todos los pueblos se pasaban a Sertorio. En la citerior, donde haba vencido Hirtuleyo, no se vea ni un soldado romano. Ya los emisarios de Sertorio recorran toda la Galia, se agitaban las razas clticas, y las bandas reunidas en las faldas de los Alpes dificultaban mucho su paso. Por ltimo, el mar perteneca a los insurrectos, por lo menos tanto como al gobierno legtimo. Los corsarios, casi tan fuertes como la escuadra romana en las aguas espaolas, hacan causa comn con los primeros. Sertorio les haba construido una fortaleza en el promontorio de Diana (hoy cabo de San Martn, entre Alicante y Valencia). Desde este puesto atacaban a las naves romanas que llevaban provisiones a los puertos que dominaban los ejrcitos de la Repblica. Por este medio reciban tambin o vendan los productos de los territorios sublevados, y aseguraban las comunicaciones con Italia y Asia Menor. Estos enemigos activos eran un gran peligro para Roma pues estaban siempre dispuestos a trasladar a todas partes las teas incendiarias, pero ms an, si se considera el inmenso cmulo de materias inflamables existentes en todos los puntos del Imperio.CONSECUENCIAS DE LA MUERTE DE SILA INSURRECCIN DE LPIDO

Por entonces, una muerte casi repentina arrebat a Sila. Mientras estuvo con vida este hombre, a cuya voz se hubiera levantado a cualquier hora un ejrcito de veteranos experimentados y seguros, la oligarqua poda considerar solo como un incidente pasajero la revolucin que haban verificado en Espaa los emigrados y el xito de un jefe de la oposicin, elevado en la pennsula a la magistratura suprema de la Repblica. Miope e imprevisora como siempre, ahora, sin embargo, no iba fuera de camino al decir que sucedera una de estas dos cosas: o que los opositores no osaran presentar un combate decisivo, o que, si lo presentaban, el que los haba salvado dos veces sabra salvarlos una tercera. Pero, como este hombre haba muerto, la situacin variaba por completo. Los rojos del partido democrtico de la capital, a quienes el freno del dictador contena a duras penas, y animados ahora por las nuevas que llegaban de Espaa, precipitaron la erupcin prxima. Lpido, que era en este momento el arbitro de la situacin, marchaba adelante con el celo del renegado, con el ardor y el aturdimiento propios de su carcter. Pareca que la antorcha que haba prendido fuego la pira de las exequias del regente iba al mismo tiempo a encender la guerra civil. Pero all estaba Pompeyo, y su influencia y la disposicin de nimo de la mayor parte de los veteranos contuvieron las oposiciones y se verificaron tranquilamente los funerales. No por esto eran menos manifiestos los preludios de la prxima revolucin. Todos los das resonaban en el Forum las acusaciones contra la "caricatura de Rmulo" y sus secuaces. Destruir la constitucin de Sila, restablecer la anona, restaurar los tribunos del pueblo con sus antiguos privilegios, levantar el destierro a los que lo sufran ilegalmente y restituir los dominios confiscados: he aqu lo que queran Lpido y sus amigos, segn ellos decan en voz alta. Se pusieron en inteligencia con los desterrados, y reapareci en la capital Marco Perpena, quien haba sido pretor en Sicilia en tiempo de Cia. Se invit a formar causa comn a los hijos de los que las leyes silanas haban condenado por delito de alta traicin, a aquellos sobre quienes pesaban estas leyes insoportables. Todos los hombres notables del antiguo partido marianista acudieron en gran nmero, y entre ellos el joven Lucio Cia. Otros imitaron a Cayo Csar: ante la

noticia de la muerte de Sila y de los preparativos hechos por Lpido se apresur a volver de Asia, pero se mantuvo prudentemente a la expectativa en cuanto comprendi la clase de movimiento que se intentaba y el carcter de su jefe. Las tabernas y los lupanares de Roma estaban siempre llenos, y en ellos se beba y se intrigaba por cuenta de Lpido. La conspiracin contra el nuevo orden de cosas estall al fin entre los descontentos de Etruria.4 Todos estos acontecimientos sucedan a la vista del poder y eran consentidos. El cnsul Catulo, y con l los optimates inteligentes, quera ahogar enrgica e inmediatamente los grmenes de la insurreccin, pero MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO la cobarde mayora no pudo decidirse a comenzar el combate. Se hizo la ilusin de que podra conservar el poder transigiendo y haciendo concesiones. Se distribuy la anona con la forma restringida de las antiguas distribuciones de los Gracos, y de este modo entr en los trminos medios usados en tiempos de la guerra social, es decir, que los participantes de la anona no eran todos los ciudadanos indistintamente, sino solo los ms pobres, que ascendan a cuarenta mil. Como en la poca de los Gracos, la tasa se haba fijado en cinco modios por mes, al precio de seis ases y un tercio. El Tesoro perda trescientos mil taleros cada ao.5 Estas medidas a medias, lejos de satisfacer las exigencias de la oposicin, no hicieron ms que excitar su audacia. En la capital march con la cabeza erguida y recurri a la violencia; en Etruria, ncleo eterno de las insurrecciones de los proletarios italianos, fue donde estall la guerra civil. Los fesulanos expropiados volvieron a apoderarse a mano armada de sus antiguos bienes, y en la subsiguiente lucha perecieron un gran nmero de veteranos que haban sido dotados por Sila. A la nueva de estos desrdenes el Senado resolvi enviar dos cnsules a aquel sitio; una vez all deban llamar a las milicias locales y exterminar a los revoltosos.6 No poda obrarse de peor manera. Al restablecer las leyes sobre cereales, el Senado haba revelado su debilidad y sus inquietudes ante la inminencia de una insurreccin; ahora, al querer evitar a toda costa los tumultos en las calles daba un ejrcito al jefe de los revolucionarios. Por ltimo, se lleg a hacer jurar a los dos cnsules, en los trminos ms solemnes que pudieron imaginarse, que no volveran uno contra otro las armas que les confiaba la Repblica. Los oligarcas necesitaban toda su incorregible y diablica perversin del sentido poltico para osar ponerse a cubierto tras semejante baluarte. Naturalmente Lpido no hizo en Etruria nada a favor de la Repblica, sino todo lo que pudo en pro de la insurreccin, y, agregando irona a la traicin, exclam que su juramento solo lo obligaba durante el ao corriente. El Senado puso entonces en movimiento la mquina de los orculos para ordenarle volver, y le confiri la presidencia de las prximas elecciones consulares. Pero Lpido se hizo el sordo, y mientras los mensajes senatoriales iban y venan, mientras el ao transcurra en proposiciones de arreglo, sus bandas crecan hasta formar un ejrcito. Por ltimo, comenz el ao 677, y comunicaron al procnsul la orden de volver inmediatamente a Roma. Este se neg rotundamente a obedecer: segn l, era necesario que se restableciese antes el antiguo poder tribunicio y que se restituyesen a los ciudadanos violentamente desterrados sus derechos polticos y sus bienes. Lapido exiga, finalmente, su reeleccin al consulado para el ao siguiente. Esto no era ni ms ni menos que una tirana con forma legal.EXPLOSIN DE LA GUERRA. DERROTA DE LPIDO La guerra estaba

ya, pues, declarada. Adems de los veteranos de Sila, cuya existencia amenazaba Lpido, el partido senatorial poda contar con las tropas

que haba reunido el procnsul Catulo. Los ms previsores, y entre otros Filipo, haban redoblado sus instancias y sus advertencias; as se le confiaron las misiones de defender la capital y de rechazar a Etruria el principal ejrcito de los demcratas. Hasta se puso a Gneo Pompeyo a la cabeza de un ejrcito, y se le confi la misin de arrancar a su antiguo protegido el valle del Po, que Marco Bruto, general tambin de la oposicin, se haba apresurado a ocupar. Pompeyo ejecut rpidamente su cometido, luego de encerrar y sitiar al enemigo en Mutina. Pero he aqu que al mismo tiempo Lpido se presenta bajo los muros de Roma, con la intencin de tomarla por asalto y conquistarla para la revolucin, como antes haba pretendido Mario. Ya se haba hecho dueo de la orilla derecha del Tber y pasado el ro. La batalla decisiva se libr en el campo de Marte, al pie de los muros de la ciudad. Catulo qued vencedor, y Lpido, derrotado, retrocedi a Etruria, mientras que su hijo Escipin iba a refugiarse a la fortaleza de Alba con una divisin de las fuerzas insurrectas. Esta derrota era el fin de la insurreccin. Mutina se rindi a las armas de Pompeyo, que hizo decapitar inmediatamente a Bruto, a quien sin embargo haba prometido salvarle la vida. Alba resisti ms tiempo, pero el hambre puso fin a la defensa y Escipin fue tambin decapitado. Cercado por todas partes por Catulo y por Pompeyo, Lpido libr an una batalla en la costa de Etruria con el solo objeto de asegurarse la retirada. Se embarc en Cosa y lleg a Cerdea, desde donde esperaba poder cortar los vveres a Roma y darse la mano con les insurrectos espaoles. Pero el pretor de la isla le hizo una enrgica resistencia y muri de extenuacin en el mismo ao 677. Con l termin la guerra en Cerdea, y parte de su ejrcito se dispers. El pretoriano Marco Perpena consigui reunir el grueso de sus tropas y las bien MARCO LPIDO Y OJJINTO SERTORIO provistas cajas de la insurreccin, y pas a Liguria, desde donde march a Espaa a reunirse con los sertorianos.NOMBRAMIENTO DE POMPEYO PARA EL PROCONSULADO DE ESPAA

La oligarqua haba vencido a Lpido, pero la guerra contra Sertorio tomaba muy mal aspecto y haca necesarias ciertas concesiones que no eran compatibles ni con la letra ni con el espritu de la constitucin de Sila. Era imprescindible enviar a Espaa un ejrcito poderoso y a un general de capacidad probada; Pompeyo daba a entender claramente que deseaba, o mejor dicho, que exiga esta misin. En esto haba una gran presuncin. No haba sido suficiente el haberse visto obligado, bajo la presin de la insurreccin de Lpido, a entregar una vez ms un mando extraordinario a este adversario secreto? No haba un nuevo y mayor peligro al violar todas las reglas orgnicas de la jerarqua silana de las magistraturas, y al dar a un hombre que an no haba revestido ningn cargo civil uno de los proconsulados ms importantes, relevndolo adems del plazo anual impuesto por la ley? Sin contar los miramientos debidos a Mtelo, su general, los oligarcas tenan serias razones para oponerse a esta nueva tentativa de un joven ambicioso que no quera ms que perpetuarse en su cargo excepcional. Sin embargo no era fcil resistir a Pompeyo. En primer lugar, faltaba un hombre para el difcil puesto de general en Espaa. Los cnsules de aquel ao no manifestaban deseos de ir a medir sus armas con Sertorio, y haba que reconocer como verdadero el dicho de Lucio Filipo, quien exclam en plena curia que entre tantos senadores de nombrada no se hallaba uno que pudiera o quisiera dirigir una gran guerra. Quizs hubiera podido vencerse la dificultad respecto de la oligarqua y, a falta de un candidato capaz, haber colocado a un cualquiera. Pero Pompeyo no solo deseaba el mando en

Espaa, sino que lo peda a la cabeza de su ejrcito. Ya se haba hecho el sordo a la invitacin de Catulo para que licenciase sus tropas, poda creerse que una orden del Senado hallara en l mejor acogida? Las consecuencias de una ruptura parecan incalculables, y el platillo de la balanza en que estaba colocada la aristocracia indudablemente subira con rapidez, en cuanto un general de nombrada echase en el otro su 33 espada. La mayora tuvo que resignarse, y Pompeyo recibi los poderes proconsulares y el mando de la Espaa citerior. Sin embargo, hay que sealar que los recibi del Senado y no del pueblo, nico que, segn la constitucin, hubiera debido votarlo, tratndose de la promocin de un simple ciudadano a la funcin suprema. Cuarenta das despus de su investidura, en el curso del esto del ao 677, atravesaba los Alpes.POMPEYO EN LA GALIA. SU ENTRADA EN ESPAA Desde su entrada

en la Galia, el nuevo general hall bastante en qu ocuparse. No haba estallado all una insurreccin en forma, pero reinaba una gran agitacin en muchas regiones, y se vio obligado a arrebatar su independencia a los cantones de los volscoarecmicos y a los helvianos, y a hacerlos subditos de Masalia. Construy despus una nueva va en los Alpes martimos, y enlaz el valle del Po con el pas de los celtas por medio de un camino ms corto. Los trabajos ocuparon todo el verano, y solo en otoo pudo pasar los Pirineos. Sertorio no se haba dormido durante este tiempo. Hirtuleyo, a quien haba enviado a la provincia ulterior, tena en jaque a Mteloq; y l, que haba concluido de recoger en la citerior los frutos de sus victorias decisivas, se preparaba para recibir vigorosamente al general del Senado, y as atac y tom una tras otra las pocas ciudades celtberas que an se mantenan fieles a Roma. La ltima que cay en su poder en medio del invierno fue la plaza fuerte de Contrebia (al sudeste de Zaragoza). En vano todas las ciudades amenazadas enviaron a Pompeyo un mensaje tras otro, pues no hizo nada: las splicas no apresuraron su marcha; por el contrario, l sigui con su calma habitual. A excepcin de los puertos defendidos por la escuadra romana y del distrito de los indgetas y de los laletanos (al noreste de la pennsula), donde Pompeyo luego de pasar los Pirineos se haba atrincherado durante la, mala estacin, y hecho vivaquear a sus tropas, no aguerridas an ni acostumbradas a las fatigas, al final del ao 677 toda la Espaa citerior perteneca a Sertorio, o por tratados de alianza o porque haba sido reducida por la fuerza. A partir de este da, el pas del Ebro superior y medio ser el ms firme apoyo de su imperio. Todo era provechoso para al ejrcito insurrecto, hasta las alarmas producidas por la llegada de un nuevo ejrcito romano, y hasta el nombre MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO temido de su jefe. Marco Perpena, igual a Sertorio por su rango, hasta entonces haba sostenido sus pretensiones al mando independiente de las tropas llevadas por l desde Liguria. Pero, a la nueva de la entrada de Pompeyo en Espaa, sus soldados lo obligaron a ponerse a las rdenes de su colega, cuya superioridad era reconocida por todos. Para la campaa del ao 678, Sertorio enfrent a Hirtuleyo con Mtelo, y a su vez orden a Perpena que se situase con una fuerte divisin en el bajo Ebro, para cerrar el paso del ro a Pompeyo en caso de que, como todo haca creer, quisiera dirigirse al sur y dar la mano a Mtelo, o en caso de que remontase la costa con la mira de un ms fcil aprovisionamiento. El cuerpo de Cayo Herenio fue tambin a servir de apoyo a Perpena. Por ltimo, Sertorio se coloc con sus tropas en el interior, en el alto Ebro, y acab de

someter los pocos cantones que se resistan. De esta forma, qued dispuesto para acudir en socorro de Hirtuleyo o de Perpena, segn las circunstancias. Como siempre, quiso evitar las grandes batallas y fatigar al enemigo con infinidad de pequeos combates y cortndole los vveres. Pero Pompeyo rechaz muy pronto a Perpena, pas el Ebro, y bati y aniquil a Herenio junto a Valencia, de cuya importante plaza se apoder.DERROTA DE POMPEYO Ya era tiempo de que llegase Sertorio

y compensase con el nmero de sus soldados y el esfuerzo de su genio la superioridad militar de las legiones de su adversario, para restablecer, si era posible, el antiguo estado de cosas. La lucha se concentr y prolong en los alrededores de Lauro (sobre eljcar). Esta ciudad se declar por Pompeyo, y Sertorio la siti. Pompeyo ech el resto para hacer levantar el bloqueo, pero perdi sucesivamente muchas de sus divisiones destruidas en combates parciales. Sin embargo, lleg un da en que el famoso general que crea tener envueltos a los sertorianos, y que haba invitado a los sitiados a que presenciasen el espectculo de copar todo el ejrcito sitiador, se vio de repente atacado, y su ejrcito puesto en jaque por un movimiento tan atrevido como inteligente de su adversario. Para no terminar completamente envuelto tuvo que presenciar inmvil en su campamento la toma e incendio de la ciudad aliada, cuyos habitantes Sertorio mand 35 trasladar a Lusitania. Ante la noticia de este xito, una porcin de ciudades de la Espaa central y oriental se afirmaron en su fe, antes algo apagada, y se entregaron por completo a los insurrectos.VICTORIAS DE MTELO. BATALLA DEL SUCRO Entre tanto, Mtelo

haba combatido con mejor fortuna. Despus de una batalla sangrienta empeada imprudentemente por Hirtuleyo bajo los muros de Itlica (cerca de Sevilla), donde los dos generales vinieron personalmente a las manos, Hirtuleyo, derrotado y herido, tuvo que evacuar el territorio romano propiamente dicho y refugiarse en Lusitania. Esta victoria permiti a Mtelo marchar hacia la Espaa citerior al comenzar la campaa del ao 679, a fin de reunirse con Pompeyo en las inmediaciones de Valencia, e ir enseguida ambos con sus fuerzas reunidas a presentar batalla al ejrcito principal de la insurreccin. Por su parte Hirtuleyo haba reunido precipitadamente nuevas tropas, y march tras l por la parte de Segovia, pero fue derrotado por segunda vez, y en esta ocasin l y su hermano quedaron en el campo de batalla. Su muerte fue una prdida irreparable para los sertorianos. Ahora s era imposible impedir la reunin de los dos generales romanos. Sin embargo, durante la marcha de Mtelo sobre Valencia, Pompeyo quiso reparar el descalabro de Lauro, y, deseoso de recoger l solo los laureles de tan segura victoria, present batalla a Sertorio. Este aprovech con alegra la ocasin que se le ofreca antes de la llegada de Mtelo, y antes de que corriese la voz de la muerte de Hirtuleyo. La pelea se empe sobre el Suero (Jcar). Pompeyo, que mandaba el ala derecha, fue derrotado despus de un rudo combate, y lo sacaron gravemente herido del campo de batalla. Pero Afranio, que iba siendo vencedor con el ala

izquierda, se apoder del campo de los sertorianos, y de hecho estaba ocupado en saquearlo, cuando Sertorio cay sobre l y lo oblig a emprender la huida. Si el general de los insurrectos hubiera podido al da siguiente volver a comenzar la batalla, tal vez habra aniquilado al ejrcito de Pompeyo. Lleg al fin Mtelo luego de haber derrotado al ejrcito de Perpena, que le cerraba el paso. Sertorio ya no poda presentar batalla despus de la unin de los dos ejrcitos. La feliz reunin de estos, la certeza del desastre de Hirtuleyo, que era imposible ocultar por ms MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO tiempo, y la inaccin forzada de Sertorio despus de su victoria, todo eso contribuy a sembrar el espanto en sus bandas. Por lo dems, como aconteca con frecuencia entre los espaoles, la mayor parte de sus soldados se dispersaron al presenciar este cambio de la fortuna. Pero el desnimo ces con la misma rapidez con que se haba producido, pues la cierva blanca se encarg de consagrar a los ojos de la muchedumbre los planes militares del jefe, y este adquiri ms popularidad que nunca: Sertorio no tard en emprender la campaa con un nuevo ejrcito. Por un lado ocupaba el pas de Sagunto, que haba permanecido fiel a los romanos, y al mismo tiempo sus corsarios cortaban a estos las comunicaciones por mar, de forma tal que comenzaba a sentirse la escasez en su campamento. Vinieron por segunda vez a las manos en la llanura del Turia (Guadalaviar), y la batalla permaneci por mucho tiempo indecisa. Sertorio bati con su caballera a Pompeyo, cuyo cuado y cuestor, Lucio Memio, oficial intrpido, qued en el campo de batalla. Pero Mtelo derrot a Perpena y rechaz victoriosamente el ataque del cuerpo principal de los sertorianos, aunque l mismo sali herido de la pelea. El ejrcito de Sertorio se dispers de nuevo, y Valencia, que estaba por este, fue tomada y arrasada. En este momento los romanos pudieron esperar haber concluido con el general insurrecto. Sertorio ya no tena ejrcito, y las legiones penetraron hasta el macizo interior y lo sitiaron a l mismo en Clunia (Corona del Conde), en el alto Duero. Pero, mientras atacaban en vano esta roca inaccesible, en otro punto se reunan los contingentes espaoles: Sertorio se escap, y al cerrar la campaa del ao 679, tan fecundo en hechos de guerra, volvi a aparecer en escena y a la cabeza de un nuevo ejrcito.TRIUNFO DE LOS ROMANOS Sea como fuese, en Roma podan estar

satisfechos con los acontecimientos. La Espaa media meridional haba sido completamente evacuada despus de la derrota de Hirtuleyo, y de las batallas deljcar y del Guadalaviar. Las ciudades celtberas de Segobriga (entre Toledo y Cuenca) y de Bibilis (Calatayud), ocupadas por Mtelo, aseguraban las posesiones de la Repblica. La lucha se concentr en el curso del Ebro superior y medio, alrededor de las principales plazas de armas de los sertorianos: Calagurris (Calahorra), Osea (Huesca), Ilerda (Lrida), y en la costa cerca de Tarragona. Los dos generales romanos haban peleado valerosamente y en persona, pero los triunfos conquistados se deban a Mtelo y no a Pompeyo.CAMPAAS DEL 680 Y EL 681 Sin embargo, por considerables que

fuesen los resultados obtenidos, no haban terminado los romanos su tarea, y establecieron sus cuarteles de invierno, teniendo ante s la desconsoladora expectativa de la prxima e inevitable renovacin del trabajo de Ssifo. Era imposible establecerse en el valle del Ebro inferior, devastado por amigos y enemigos; Pompeyo tuvo que ir a pasar el invierno al pas de los vacceos (provincia de Valladolid), y Mtelo, a

la Galia. En la primavera del ao 68o volvieron a emprender las operaciones, reforzados por dos legiones de refresco procedentes de Italia. No se libraron batallas propiamente dichas, y Sertorio se limit a una lucha de guerrillas y de sitios. En el sur, Mtelo redujo todas las ciudades que an conservaba el enemigo, y, para extirpar hasta las races de la insurreccin, se llev consigo toda la poblacin masculina. En el Ebro fue peor la situacin de Pompeyo. Se vio obligado a levantar el sitio de Falencia, que tena cercada, y despus lo derrot Sertorio delante de Calahorra; en consecuencia tuvo que abandonar el pas, por ms que Mtelo se le reuni para atacar ambos la plaza. Este fue a invernar a su provincia, y Pompeyo, a la Galia; pero la campaa de 681 sigui los mismos pasos: Pompeyo, sin embargo, pudo conseguir algunas ventajas formales y oblig a muchas ciudades a abandonar el partido de los insurrectos.ESTERILIDAD Y PELIGROS DE LA GUERRA Para entonces, la lucha

contra Sertorio arda haca ya ocho aos sin poder entrever su fin, y causaba al Senado un dao inmenso. La flor de la juventud italiana iba aniquilndose en las miserias y en las fatigas de las guerras de Espaa. El Tesoro, lejos de enriquecerse como antes con los productos de la pennsula, tena que enviarle todos los aos sumas MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO enormes, necesarias para pagar y mantener el ejrcito, sumas que costaba gran trabajo reunir. En cuanto a Espaa, no hay que decir que se empobreca y se iba convirtiendo en un desierto. La guerra encarnizada y cruel de la insurreccin, y el diario aniquilamiento de ciudades enteras, traan consigo una paralizacin desastrosa de la civilizacin romana, poco tiempo atrs tan prspera y brillante. Las que se haban mantenido por el partido que dominaba en Roma sufran tambin indecibles males: era necesario que la escuadra latina llevase todo lo que haban de necesitar las ciudades de la costa, y, en el interior, la situacin de los cantones fieles era casi desesperada. En las Galias tampoco era mejor la suerte de las poblaciones. Las requisas de hombres y caballos, de vveres y de dinero, las pesadas cargas de los alojamientos durante el invierno, cargas que hacan ms pesadas las malas cosechas del ao 68o, todo haba contribuido a vaciar las cajas de la ciudad. Haba sido necesario recurrir a los banqueros de Roma y contraer con ellos una pesada deuda. Por otro lado, generales y soldados se batan contra su voluntad. Los primeros tenan que habrselas con un adversario muy superior a ellos en talento, y se estrellaban contra una resistencia pasiva tenaz, en una guerra llena de peligros y en la que los triunfos eran difciles y poco gloriosos. En los campamentos se aseguraba que Pompeyo pensaba provocar su llamamiento, para que le diesen en otra parte un mando ms ambicionable. A los soldados tampoco les agradaba mucho esta guerra, pues no ganaban ms que golpes y no haba botn que los recompensase, y ni siquiera se les pagaba regularmente su sueldo. Durante el invierno del ao 68o al 681, Pompeyo tuvo que participar al Senado que los atrasos ascendan a dos aos, y que el ejrcito amenazaba desbandarse, si no se regularizaban las pagas. Solo entonces envi Roma dinero. No hay duda de que la Repblica hubiera podido evitar gran parte de estos obstculos; hubiera bastado activar ms la guerra, por no decir hacerla con mejor voluntad. Por otra parte, reconozcamos que no toda la falta estaba en el poder y en los generales. La fatalidad los haba colocado frente a Sertorio, un hombre superior por su genio, y que, en un terreno sumamente favorable a las guerras de partidas y de corsarios, poda desafiar ejrcitos innu-

merables durante muchos aos. Aun en la actualidad, lejos de poder entrever el fin, pareca que la insurreccin sertoriana iba a darse la mano con otras insurrecciones y a aumentar por consiguiente los peligros. En efecto, Roma estaba entonces en lucha con los corsarios en todos los mares; en Italia, con los esclavos rebeldes; en Macedonia, con los pueblos del bajo Danubio; en Asia Menor, con Mitrdates, que haba salido una vez ms a campaa. Acaso Sertorio se haba puesto de acuerdo con los enemigos italiotas y macedonios de la Repblica? No es posible asegurarlo de una manera precisa; lo que s es seguro es que estaba en correspondencia diaria con los marianistas de Italia, y que haca mucho tiempo que tena contrada alianza con los piratas y con el rey de Ponto. Con este ltimo haba concluido sus tratados por medio de los romanos emigrados que vivan en su corte: era un tratado contrado recientemente en buena forma, que consagraba la amistad recproca entre Espaa y Ponto. Sertorio abandonaba al rey los Estados clientes del Asia Menor, menos la provincia romana de Asia; le prometa adems uno de sus mejores oficiales para que dirigiese sus tropas, y hasta una divisin de su ejrcito. El rey, en cambio, se comprometa a suministrarle cuarenta buques y tres mil talentos. En la capital los polticos recordaban los tiempos en que Filipo y Anbal amenazaban a Italia por oriente y occidente. Se deca que el nuevo Anbal, despus de haber subyugado casi toda Espaa, como el antiguo, era probable que dirigiese una expedicin a Italia con las hordas peninsulares, sin que Pompeyo pudiese evitarlo, y que llamase a las armas contra Roma a los etruscos y a los samnitas, de la misma forma que haba hecho antes el cartagins.RPIDA DECADENCIA DE LA FORTUNA DE SERTORIO DISENSIONES INTESTINAS EN EL CAMPAMENTO SERTORIANO ASESINATO DE SERTORIO Estas comparaciones eran por fortuna ms ingeniosas que

verdaderas. Sertorio no era, ni mucho menos, lo bastante fuerte para emprender la gigantesca obra de Anbal. La tierra espaola, con sus pueblos y sus tradiciones, era el pas adecuado para sus triunfos, pero estaba perdido si la abandonaba. An ms, ya no poda tomar siquiera la ofensiva. Su maravilloso genio no era suficiente para cambiar la naturaleza de sus soldados. La Landsturm espaola era lo que haba sido siempre, insegura y fugaz como la ola y el viento: hoy se reuna en un ejrcito de ciento cincuenta mil combatientes y maana se reduca a un puado de hombres. En cuanto a los emigrados romanos, todo era indisciplina, orgullo y MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO egosmo. Los cuerpos especiales, o sea aquellos que exigen estar mucho tiempo sobre las armas, como la caballera, eran la parte deficiente de sus legiones, como puede suponerse. La guerra haba arrebatado poco a poco a sus mejores generales y al ncleo de sus veteranos. Fatigadas por las exacciones de los romanos, y hasta maltratadas a veces por los oficiales de Sertorio, las ciudades ms fieles comenzaban a dar seales de impaciencia y de vacilacin. Cosa notable, tambin en esto se pareca Sertorio a Anbal, no se hizo nunca ilusiones acerca del desesperado xito de su empresa, y aprovechaba toda ocasin que se le presentaba para mostrarse dispuesto siempre a deponer las armas a cambio de un salvoconducto que le permitiese volver a Roma y vivir en paz. Pero los ortodoxos de la poltica no quisieron siquiera or hablar de compromiso ni de reconciliacin. Por consiguiente, Sertorio no poda retroceder, y march adelante en el camino emprendido, camino cada da ms estrecho y peligroso. Por ltimo, sus triunfos iban tambin, lo mismo que los de Anbal, reducindose cada vez ms. Hasta se lleg a dudar de su genio

militar y a decir que no era ya el Sertorio de los antiguos tiempos; que el Sertorio de hoy pasaba el da en orgas y en festines, consumiendo locamente el tiempo y el dinero. Diariamente aumentaba el nmero de trnsfugas y de ciudades que lo abandonaban, y no tard en llegar hasta l el rumor de un complot tramado contra su vida en las filas de sus emigrados. Este rumor tena grandes visos de probabilidad, y ms an si se piensa en todos aquellos oficiales del ejrcito de la insurreccin, sobre todo en aquel Perpena, furioso por estar relegado a un segundo puesto. Pero, adems, los pretores romanos haca mucho tiempo que andaban ofreciendo a los oficiales la amnista y gruesas sumas a cambio de la vida de su general. Sertorio tom su partido. Obedeciendo a la ley de la necesidad, fue sumamente severo y conden a muerte a muchos acusados sin previa formacin de causa. Los descontentos redoblaron sus querellas; en adelante, el general era ms peligroso para sus amigos que para sus enemigos. Se descubri una segunda conjuracin en el seno de su estado mayor. Todos los acusados que no huyeron fueron condenados a muerte. Sin embargo, no todos los culpables fueron denunciados: entre estos se hallaba Perpena, que, con los dems, decidi acabar pronto. El cuartel general estaba situado en Osea. A instigacin de Perpena, llevaron a Sertorio la nueva de una brillante victoria conseguida en otra parte por el ejrcito. Para celebrarla como corresponda, Perpena J dio una gran funcin y un esplndido banquete. Sertorio asisti a l acompaado, como de costumbre, de sus guardias espaoles. Sin embargo, contra lo ocurrido en otras ocasiones, la fiesta degener prontamente en orga: se cruzaron palabras brutales de unas a otras mesas, y era evidente que algunos convidados buscaban pretexto para una ria. Sertorio se recost sobre su lecho como si nada quisiese or. En este momento cay al suelo una copa. Era la seal convenida con Perpena. El que estaba prximo a Sertorio, Marco Antonio, le asest el primer golpe. El general quiso incorporarse, pero el asesino se arroj sobre l y lo sujet. Mientras tanto, los dems convidados, afiliados a la conjuracin, se arrojan sobre la indefensa vctima que lucha con Antonio, y cosen a Sertorio a pualadas (ao 682). Con l murieron todos los que le haban sido fieles. As concluy uno de los ms grandes hombres que produjo Roma, si es que no el ms grande. En mejores circunstancias hubiera sido seguramente el restaurador de la patria. Muri de un modo miserable por la traicin de sus bandas de emigrados, que l estaba condenado a guiar en sus combates contra Roma. La historia, que aborrece a los Coriolanos, no excepta ni siquiera a Sertorio, el hombre de ms elevados sentimientos, el genio verdadero, el ms digno de compasin.PERPENA SUCEDE A SERTORIO POMPEYO PONE FIN A LA INSURRECCIN Los asesinos crean que iban a distribuirse la

sucesin, pero, muerto Sertorio, Perpena, que era el jefe de ms graduacin entre los oficiales romanos del ejrcito espaol, reivindic el mando supremo. Se sometieron a l desconfiados y con cierta repugnancia. Si se haba murmurado contra Sertorio cuando an viva, muerto el hroe se entr inmediatamente en el disfrute de sus derechos. La irritacin de los soldados se dio a conocer por medio de violentos clamores cuando, al leer pblicamente su testamento, oyeron que entre sus herederos estaba el mismo Perpena. Un gran nmero de soldados se dispers, lusitanos en su mayor parte; los dems tenan el presentimiento de que, al no existir Sertorio, el ejrcito tardara poco tiempo en ser exterminado. En el primer encuentro con Pompeyo, las

desanimadas y mal dirigidas bandas de los espaoles fueron rotas y destruidas, y Perpena fue hecho prisionero junto con otra porcin MARCO LPIDO Y QUINTO SERTORIO de jefes. Para salvar su vida cometi la vileza de entregar la correspondencia de Sertorio, con lo cual comprometa a una porcin de italianos notables. Pompeyo orden quemar todos aquellos papeles sin verlos, y por toda respuesta entreg al traidor y a todos sus compaeros al verdugo. Los emigrados que pudieron huir se refugiaron en los desiertos de Mauritania o entre los piratas. La Ley Plocia, apoyada enrgicamente por el joven Csar, les permiti luego volver a su patria. En cuanto a los que haban tomado parte en el asesinato de su general, todos murieron de muerte violenta, excepto uno solo. Osea y casi todas las ciudades que haban pertenecido en el ltimo tiempo a Sertorio abrieron espontneamente sus puertas a Pompeyo; solo con Uxama (Osma), Clunia y Calagurris hubo que emplear la fuerza de las armas. Inmediatamente se reorganizaron las dos provincias. En la ulterior, Mtelo sac el tributo anual de las ciudades culpables; en la citerior, Pompeyo obr como jefe castigando y recompensando. Calagurris perdi su libertad y obedeci en adelante a Osea. Una banda de sertorianos que se encastillaron en los Pirineos fueron dominados por Pompeyo, que luego los transport al norte de la cadena, cerca de Lugdunum (Saint Bertrand), donde fundaron la ciudad de los "refugiados" (Convene). Los romanos colocaron sus monumentos y sus trofeos en lo alto de los pasos de las montaas. Al fin del ao 683 Mtelo y Pompeyo atravesaron triunfalmente las calles de Roma y llevaron al Paterjovis, sobre el Capitolio, las muestras de agradecimiento de la nacin victoriosa sobre los espaoles. La fortuna de Sila haca vivir su obra hasta ms all de la tumba, y saba defenderla mejor que los dbiles y cobardes guardas que le haba dado. La oposicin haba muerto en Italia por la incapacidad y la precipitacin de sus jefes; en tanto la emigracin se suicid por sus discordias intestinas. Tales derrotas, debidas a la estupidez o a la discordia de los demcratas ms que a los esfuerzos de la oligarqua, no por eso dejaban de ser un triunfo para ella, y pudo sentarse una vez ms, consolidada, en sus sillas curules.

EXTERIORES respus de la derrota de los revolucionarios de Cia que

II LA RESTAURACIN SILANA Y SU GOBIERNO ASUNTOS

amenazaban la existencia del Senado, y cuando volvi a ser posible al poder aristocrtico restaurado fijar su atencin en las cosas relativas a la salvacin del Imperio de Roma en el exterior y en el interior, se encontr con una serie de cuestiones cuya solucin no poda diferirse. De olvidarlas un solo instante ms, se hubieran comprometido los ms respetables intereses, y el embarazo del presente se habra transformado en un gran peligro para el porvenir. Adems de la insurreccin espaola, que era grave por s sola, haba que traer a razn a los brbaros de Tracia y de los pases danubianos, a quienes Sila no haba hecho ms que castigar de paso cuando atraves la Macedonia (volumen ni, libro cuarto, pgs. 318-319). Tambin haba que arreglar militarmente la tan embrollada situacin de la frontera septentrional de la pennsula helnica, y era necesario barrer la piratera, duea casi absoluta de los mares, sobre todo en Oriente. Por ltimo, se deba restablecer el orden en los revueltos asuntos de Asia Menor. La paz que Sila haba concluido en el ao 670 con Mitrdates, rey del Ponto, y cuyas estipulaciones no haba hecho ms que repetir el tratado con

Murena, en el ao 673, no era ms que una obra provisional, hecha para cubrir las necesidades del momento. En cuanto a las relaciones de Roma con Tigranes de Armenia, con quien se haba estado realmente en guerra, no se haba llegado ni siquiera a esta paz. Tigranes, y no sin razn, haba interpretado su silencio como un permiso para someter a su cetro las posesiones romanas de Asia. Si no se las quera abandonar, se estaba otra vez frente al nuevo gran rey. En el captulo precedente hemos referido las sacudidas que el movimiento democrtico del interior haba comunicado a Italia y Espaa, y las insurrecciones que fueron vencidas por el poder senatorial. Vamos ahora a mostrar de qu modo este poder, reconstituido por Sila, gobern en el exterior o, mejor dicho, cmo concluy por no saber gobernar.EXPEDICIN A DALMACIA Y A MACEDONIA SUMISIN DE TRACIA A pesar de todo, todava se senta la mano fuerte del regente en las enrgicas medidas emanadas del Senado en los ltimos tiempos de la dictadura, y dirigidas a la vez contra los sertorianos, los dlmatas y los tracios, y tambin contra los piratas de Cilicia. La expedicin enviada contra la pennsula grecoiliria haba dado por resultado la sumisin o el castigo de as hordas brbaras, que con sus continuas incursiones devastaban toda la repon comprendida entre el Adritico y el mar Negro. Particularmente se haba atacado a la horda de los besos (del gran Balkan), motejados con el nombre de ladrones entre los ladrones mismos. Adems se quiso limpiar el litoral de Dalmacia de los corsarios que en l se refugiaban El ataque se verific de frente, como se haca por regla general, tanto por la Dalmacia como por la Macedonia, donde se haba reunido al efecto un ejrcito de cinco legiones. El de Dalmacia lo mandaba el pretoriano Cayo Cosconio. Recorri el pas en todos los sentidos y se apoder de la fortaleza de Salona despus de un sitio de dos aos. En Macedonia, el procnsul Apio Claudio se dirigi en un principio hacia la frontera de Tracia con el fin de apoderarse de la orilla izquierda del Karasou. Por ambas partes se hizo una guerra cruel y salvaje: los tracios destruan as plazas de las que se apoderaban, y degollaban a sus prisioneros; y los romanos usaban tambin de represalias. Finalmente no se obtuvo ningn resultado definitivo: las legiones quedaban diezmadas por las marchas penosas y por los incesantes combates con los numerosos y valientes montaeses, y su general enferm y muri durante la guerra. Cayo Escnbonio, su sucesor (del 679 al 681), no pudo superar los obstculos. Fue detenido por una grave insurreccin de sus soldados y dej en ese estado la difcil empresa intentada contra los tracios, pero se mantuvo en la frontera septentrional de Macedonia y all someti a los dardamos, que eran muy dbiles. Por este lado extendi la frontera hasta cerca del Danubio. Pero no tard el valiente y hbil Marco Lculo (de 682 a 683J en volver a tomar el camino del este, batir a los besos en sus montanas, y tomar Uscudama o Filipopolis, su capital. Tambin oblig a reconocer la soberana de Roma a Sadalas, rey de los odrisos, y a .odas las ciudades griegas de la costa oriental, al norte y al sur de los Balcanes: Istropolis, Tomi, Callatis, Odesos (no lejos de Barna), Mesambria LA RESTAURACIN SILANA Y SU GOBIERNO y otras muchas que cayeron

en poder de los romanos. Por su parte la Tracia, siempre inquieta y donde hasta ahora no haban posedo ms que los territorios de los Atlidas en el Quersoneso, form parte de la provincia de Macedonia.

LA PIRATERA. SUS PROGRESOS Las rapias de los tracios y de los

dardanios no talaban ms que un rincn del Imperio; las devastaciones de los piratas, en cambio, eran muy diferentes. Organizados en todas partes y avanzando da a da, causaban inmensos perjuicios al Estado y a los particulares, y haban acaparado todo el movimiento martimo del Mediterrneo. Italia no poda ya exportar sus producciones ni importar las de las provincias; y mientras que all moran de hambre, aqu se paralizaba la agricultura porque sus productos no tenan salida. No poda enviarse dinero ni viajar con seguridad: el Tesoro haba sufrido grandes prdidas y los corsarios tenan prisioneros a un gran nmero de nobles romanos que estaban obligados a pagar gruesas sumas por su rescate, cuando los piratas no preferan, en sus feroces arranques, hacerles sufrir la pena de muerte. Los mercaderes romanos y hasta los cuerpos de ejrcito destinados a Oriente preferan pasar en el mar la mala estacin. En realidad teman menos a las tormentas que a los piratas, pues, en efecto, no todos entraban en sus puertos durante el invierno. Sin embargo, y por perjudicial que fuese el bloqueo martimo, an poda sufrirse mejor que los desembarcos diarios de los bandidos en todas las islas y costas de Grecia y de Asia Menor. Sus escuadras, lo mismo que ms tarde las flotillas de los normandos, se presentaban delante de todas las plazas martimas, las forzaban a rescatarse a precio de oro, o las sitiaban y se apoderaban de ellas. A la vista de Sila, y despus de concluida la guerra con Mitrdates, haban saqueado Samotracia, Clazomenes, Samos yjasos (ao 670). Dejo a la consideracin del lector lo que sucedera cuando ya no hubo en aquellos puntos escuadras ni ejrcitos romanos. Despojaron uno tras otro todos los templos ricos de las costas griegas y de Asia Menor. Solo en Samotracia se apoderaron los piratas de mil talentos. "Han dejado a Apolo reducido a la miseria -exclamaba un poeta contemporneo- hasta tal punto que, cuando la golondrina viene a visitarlo, no queda de tantos tesoros ni una pepita de oro que ofrecerle!" Se contaban ms de cuatrocientas ciudades tomadas o devastadas, y entre ellas Cnido, Samos y Colofn; la poblacin de muchas islas y ciudades martimas antes muy florecientes haba tenido que emigrar en masa para que no se la llevasen cautiva. Pero ni aun en el interior del pas haba ya seguridad; los piratas aparecieron en lugares situados a dos jornadas de la costa. A estos tiempos nefastos se remonta la inmensa deuda que agobi ms tarde a las ciudades griegas.ORGANIZACIN DE LOS PIRATAS La organizacin de la piratera se

haba modificado por completo. A diferencia de otros tiempos, ya no son los osados forajidos que infestaban los mares de Creta, entre Cirene y el Peloponeso, "el mar de oro", como ellos decan, e imponan un tributo a los comerciantes que transportaban artculos de lujo y esclavos de Oriente a Italia; y tampoco son aquellos cazadores de esclavos, armados hasta los dientes, que ejercan a la vez "la guerra, el comercio y la piratera". En la actualidad constituyen toda una Repblica de corsarios; tienen un pensamiento comn, una organizacin fuerte e imponente, y una misma patria. En suma, han constituido una especie de sinmaquia, todava en sus principios, pero que marcha sin duda alguna a un fin poltico bien determinado. Los filibusteros se daban el nombre de cilicios; en realidad sus buques reunan a los aventureros, a los desesperados de todos los pases y a los mercenarios licenciados, comprados anfes en los mercados cretenses. Haba entre ellos ciudadanos desterrados de las ciudades destruidas de Italia, de Espaa y de Asia; soldados y oficiales de los ejrcitos de Cimbria

y de Sertorio; los hijos perdidos de todos los pueblos; los trnsfugas y proscritos de todos los partidos vencidos, y todos aquellos, en fin, que llevaban adelante la miseria y la audacia. Ahora bien, cul era el pas en que no dominaban, en estos malhadados tiempos, la desgracia y el crimen? La antigua reunin de ladrones ha desaparecido, pero ha surgido de aqu un Estado, una potencia militar. A falta de los lazos de la nacionalidad, estos hombres estn unidos por la masonera de la proscripcin y del crimen; y, como sucede con frecuencia aun entre los mismos criminales, tienden hacia la mejor asociacin del espritu pblico. En un siglo infame, en que la indisciplina y la cobarda iban corrom LA RESTAURACIN SILANA Y SU GOBIERNO piendo todos los lazos del orden social, las repblicas legtimas hubieran podido tomar por modelo esta Repblica bastarda, hija de la necesidad y de la violencia. All era donde pareca que se haban refugiado, como en un ltimo asilo, el sentimiento de una unin inquebrantable y de un fiel compaerismo, el respeto a la palabra empeada, la obediencia al jefe elegido por todos, y, por ltimo, la bravura y la habilidad poltica. Haban escrito en sus banderas y jurado vengarse de la sociedad legtima, culpable del destierro de sus miembros, con razn o sin ella. Pero acaso la divisa de estos piratas era peor que la de la oligarqua italiana o que la del sultanato oriental, esos dos colosos que se dividan entonces el dominio de la tierra? Ellos se consideraban co