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  • EL BARNRAMPANTE

    Italo Calvino

  • Italo Calvino

    Ttulo original: Il Barone RampanteTraduccin: Francesc MiravitllesEdicin digital de Electronic_sapiensR6 07/02

  • I

    Fue el 15 de junio de 1767 cuando Csimo Piovasco de Rond, mi hermano, se sentpor ltima vez entre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy. Estbamos en el comedorde nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las espesas ramas de la granencina del parque. Era medioda, y nuestra familia por tradicin se sentaba a la mesa aaquella hora, a pesar de estar ya difundida entre los nobles la moda, procedente de lapoco madrugadora Corte de Francia, de comer a media tarde. Recuerdo que soplabaviento del mar y las hojas se movan. Csimo dijo: He dicho que no quiero y no quiero!,y rechaz el plato de caracoles. Nunca se haba visto una desobediencia tan grave.

    En la cabecera estaba el barn Arminio Piovasco de Rond, nuestro padre, con pelucasobre las orejas a lo Luis XIV, anticuada como tantas cosas suyas. Entre mi hermano y yose sentaba el abate Fauchelafleur, limosnero de nuestra familia y preceptor de nosotrosdos. Delante tenamos a la generala Corradina de Rond, nuestra madre, y a nuestrahermana Battista, monja domstica. En el otro extremo de la mesa, frente a nuestropadre, se sentaba, vestido a la turca, el caballero abogado Enea Silvio Carrega,administrador e hidrulico de nuestras haciendas, y to natural nuestro, como hermanoilegtimo de nuestro padre.

    Haca pocos meses, habiendo cumplido Csimo los doce aos y yo los ocho, habamossido admitidos a la misma mesa que nuestros padres; o sea que yo haba salidofavorecido en la misma hornada que mi hermano, antes de tiempo, porque no quisierondejarme aparte comiendo solo. Favorecido lo he dicho por decir; en realidad tanto paraCsimo como para m haba terminado la buena vida, y aorbamos las comidas ennuestra habitacin, nosotros dos solos con el abate Fauchelafleur. El abate era unviejecito seco y arrugado, que tena fama de jansenista, y en efecto, haba huido delDelfinado, su tierra natal, para librarse de un proceso de la Inquisicin. Pero el carcterriguroso que todos acostumbraban a elogiar de l, la severidad interior que se impona eimpona a los dems, cedan continuamente a una fundamental vocacin por laindiferencia y el dejar pasar, como si sus largas meditaciones con la mirada clavada en elvaco no hubiesen conseguido ms que tedio y desgana, y en cada dificultad, inclusomnima, viese la seal de una fatalidad a la que de nada vala oponerse. Nuestrascomidas en compaa del abate comenzaban tras largas oraciones, con movimientos decuchara comedidos, rituales, silenciosos, y ay del que levantara los ojos del plato o hicierael ms leve ruido sorbiendo el caldo...; pero al final de la sopa el abate ya estabacansado, aburrido, miraba al vaco, daba chasquidos con la lengua a cada sorbo de vino,como si slo las sensaciones ms superficiales y efmeras consiguieran llegar hasta l; alsegundo plato ya podamos ponernos a comer con las manos, y terminbamos la comidaarrojndonos corazones de pera, mientras el abate soltaba de vez en cuando uno de susparsimoniosos: Ooo bien...! Ooo alors...!

    Ahora, en cambio, en la mesa con la familia, tomaban cuerpo los rencores familiares,captulo triste de la infancia. Nuestro padre, nuestra madre siempre all delante, el uso delos cubiertos para el pollo, y estate derecho, y saca los codos de la mesa,constantemente!, y adems aquella antiptica de nuestra hermana Battista. Comenzuna serie de reprimendas, de despechos, de castigos, de antojos, hasta el da en queCsimo rechaz los caracoles y decidi separar su suerte de la nuestra.

    Slo ms tarde me di cuenta de esta acumulacin de resentimientos familiares;entonces tena ocho aos, todo me pareca un juego, nuestra guerra contra los mayoresera la habitual de todos los chicos, no entenda que la obstinacin que pona mi hermanoen ella ocultaba algo ms hondo.

  • Nuestro padre el barn era un hombre fastidioso, la verdad, aunque no malvado;fastidioso porque su vida estaba dominada por ideas confusas, como sucede a menudoen pocas de cambio. Los tiempos agitados transmiten a muchos una necesidad deagitarse ellos tambin, pero totalmente al revs, o de forma desorientada: as, nuestropadre, con lo que entonces se estaba incubando, haca alarde de pretensiones al ttulo deduque de Ombrosa, y no pensaba ms que en genealogas y sucesiones y rivalidades yalianzas con los potentados vecinos y lejanos.

    Por eso en casa se viva siempre como si estuviramos en el ensayo general de unainvitacin a la Corte, no s si a la de la emperatriz de Austria, del rey Luis, o quiz deaquellos montaeses de Turn. Nos servan un pavo, y nuestro padre observaba si lotrinchbamos y descarnbamos segn todas las reglas reales, y el abate casi no loprobaba para no dejarse coger en un error, l que deba ayudar a nuestro padre en susreprensiones. Del caballero abogado Carrega, en fin, habamos descubierto su fondo deintenciones equvocas: haca desaparecer muslos enteros bajo los faldones de suzamarra turca, para comrselos luego a mordiscos como le gustaba, escondido en la via;y nosotros habramos jurado (aunque nunca conseguimos pillarlo con las manos en lamasa, de lo hbiles que eran sus movimientos) que se sentaba a la mesa con el bolsillolleno de huesos ya descarnados, para dejarlos en el plato en lugar de los cuartos de pavohechos desaparecer como por encanto. Nuestra madre la generala no contaba, porqueusaba bruscos modos militares incluso al servirse en la mesa - So! Noch ein wenig!Gut! -, a los que nadie replicaba; pero con nosotros se comportaba, si no con etiqueta,con disciplina, y echaba una mano al barn con sus rdenes de plaza de armas - Sitz'ruhig! Y lmpiate los morros! -. La nica que se encontraba a sus anchas era Battista, lamonja domstica, que descarnaba pollos con un ahnco extremo, fibra por fibra, con unoscuchillitos afilados que slo tena ella, parecidos a bisturs de cirujano. El barn, queacaso habra podido ponrnosla como ejemplo, no osaba mirarla, porque, con aquellosojos espantados bajo las alas de la cofia almidonada, los dientes apretados en su amarillacarita de ratn, le daba miedo incluso a l. Se comprende, pues, que fuera la mesa ellugar donde salan a luz todos los antagonismos, las incompatibilidades entre nosotros, ytambin todas nuestras locuras e hipocresas; y que precisamente en la mesa sedeterminara la rebelin de Csimo. Por esto me alargo al contarlo, puesto que, en la vidade mi hermano, ya no volveremos a encontrar ninguna mesa aparejada, podemos estarseguros.

    Era tambin el nico sitio en donde nos encontrbamos con los mayores. Durante elresto del da nuestra madre se retiraba a sus habitaciones a hacer encajes y bordados yfil, porque la generala, en realidad, slo saba ocuparse de estas laborestradicionalmente femeninas, y slo con ellas se desahogaba de su pasin guerrera. Eranencajes y bordados que acostumbraban a representar mapas geogrficos; y extendidossobre cojines o tapices, nuestra madre los punteaba con alfileres y banderitas, sealandolos planes de batalla de la Guerra de Sucesin, que conoca al dedillo. O bien bordabacaones, con las distintas trayectorias que salan de la boca de fuego, y las cureas, y losngulos de tiro, porque era muy competente en balstica, y tena adems a su disposicintoda la biblioteca de su padre el general, con tratados de arte militar y tablas de tiro yatlas. Nuestra madre era una Von Kurtewitz, Konradine de pila, hija del general Konradvon Kurtewitz, que veinte aos antes haba ocupado nuestras tierras al mando de lastropas de Mara Teresa de Austria. Hurfana de madre, el general se la llevaba consigo alcampo; nada novelesco, viajaban bien equipados, se alojaban en los mejores castillos,con un tropel de criadas, y ella se pasaba el da haciendo encajes de bolillos; eso quecuentan, que tambin ella iba a las batallas, a caballo, slo son leyendas; siempre habasido una mujercita de piel rosada y nariz respingona como la recordamos nosotros, perole haba quedado esa paterna pasin militar, quiz como protesta contra su marido.

  • Nuestro padre era de los pocos nobles de nuestra tierra que fueron partidarios de losimperiales en aquella guerra; acogi con los brazos abiertos al general Von Kurtewitz ensu feudo, puso a su disposicin sus hombres, y para demostrar mejor su adhesin a lacausa imperial se cas con Konradine; todo con la esperanza del Ducado, y tambinentonces le fue mal, como de costumbre, porque los imperiales se marcharon pronto y losgenoveses lo cargaron de impuestos. Pero haba ganado una buena esposa, la generala,como se la llam despus que su padre muri en la expedicin a Provenza, y MaraTeresa le mand un collar de oro sobre un. cojn de damasco; una esposa con la queestuvo casi siempre de acuerdo, aunque ella, criada en los campamentos, no soaba msque en ejrcitos y batallas y le recriminaba no ser ms que un chaln desafortunado.

    Pero en el fondo los dos se haban quedado en los tiempos de las Guerras deSucesin, ella con la artillera en la cabeza, l con los rboles genealgicos; ella soandopara nosotros sus hijos un grado en un ejrcito, no importa cul, l vindonos en cambiocasados con alguna gran duquesa electora del Imperio... Aun as fueron unos padresbuensimos, pero tan distrados que los dos tuvimos que crecer casi abandonados anosotros mismos. Fue un bien o un mal? Quin puede saberlo? La vida de Csimo fuetan fuera de lo normal como metdica y modesta la ma, y sin embargo pasamos nuestrainfancia juntos, indiferentes ambos a los resentimientos de los adultos, buscando caminosdistintos de los frecuentados por la gente.

    Trepbamos a los rboles (estos primeros juegos inocentes se cargan ahora en mirecuerdo de un destello de iniciacin, de presagio; pero quin lo pensaba, entonces?),subamos por los torrentes saltando de roca en roca, explorbamos cuevas en la orilla delmar, nos deslizbamos por las balaustradas de mrmol de las escalinatas de la villa. Poruno de esto