Dr. Jekyll y Mr. Hyde

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proyecto de rediseo para el libro Dr. Jekyll y Mr. Hyde

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  • Dr. Jekyll Y Mr. Hyde

    Louis Stevenson

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    Acerca Stevenson: Robert Louis (Balfour) Stevenson (November 13, 1850December 3, 1894), was a Scottish novelist, poet, and travel writer, and a leading representative of Neo-romanticism in English literature. He was the man who seemed to pick the right word up on the point of his pen, like a man playing spillikins, as G. K. Chesterton put it. He was also greatly admired by many authors, including Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, Rudyard Kipling and Vladimir Nabokov. Most modernist writers dismissed him, however, because he was popular and did not write within their narrow definition of literature. It is only recently that critics have begun to look beyond Stevensons popularity and allow him a place in the

    canon

  • 9Captulo 1 Historia de la puerta

    tterson, el notario, era un hombre de cara arrugada,

    jams iluminada por una sonrisa. De conversacin escasa, fra

    y empachada, retrado en sus sentimientos, era alto, flaco, gris,

    serio y, sin embargo, de alguna forma, amable. En las comidas

    con los amigos, cuando el vino era de su gusto, sus ojos

    traslucan algo eminentemente humano; algo, sin embargo,

    que no llegaba nunca a traducirse en palabras, pero que

    tampoco se quedaba en los mudos smbolos de la sobremesa,

    manifestndose sobre todo, a menudo y claramente, en los

    actos de su vida. Era austero consigo mismo: beba ginebra,

    cuando estaba solo, para atemperar su tendencia a los buenos

    vinos, y, aunque le gustase el teatro, haca veinte aos que

    no pisaba uno. Sin embargo era de una probada tolerancia

    con los dems, considerando a veces con estupor, casi con

    envidia, la fuerte presin de los espritus vitalistas que les

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    que les llevaba a alejarse del recto camino. Por esto, en cualquier

    situacin extrema, se inclinaba ms a socorrer que a reprobar.

    -Respeto la hereja de Can -deca con agudeza-. Dejo que mi

    hermano se vaya al diablo como crea ms oportuno. Por este

    talante, a menudo sola ser el ltimo conocido estimable, la

    ltima influencia saludable en la vida de los hombres encam-

    inados cuesta abajo; y en sus relaciones con stos, mientras

    duraban las mismas, procuraba mostrarse mnimamente cam-

    biado. Es verdad que, para un hombre como Utterson, poco

    expresivo en el mejor sentido; no deba ser difcil comportarse

    de esta manera. Para l, la amistad pareca basarse en un sen-

    tido de genrica, benvola disponibilidad. Pero es de perso-

    nas modestas aceptar sin ms, de manos de la casualidad, la

    bsqueda de las propias amistades; y ste era el caso de Utter-

    son. Sus amigos eran conocidos desde haca mucho o personas

    de su familia; su afecto creca con el tiempo, como la yedra, y

    no requera idoneidad de su objeto. La amistad que lo una a

    Nichard Enfield, el conocido hombre de mundo, era sin duda

    de este tipo, ya que Enfield era pariente lejano suyo; resultaba

    para muchos un misterio saber qu vean aquellos dos uno en el

    otro o qu intereses podan tener en comn. Segn decan los

    que los encontraban en sus paseos dominicales, no intercam-

    biaban ni una palabra, aparecan particularmente deprimidos y

    saludaban con visible alivio la llegada de un amigo. A pesar de

    todo, ambos apreciaban muchsimo estas salidas, las consider-

    aban el mejor regalo de la semana, y, para no renunciar a las

    mismas, no slo dejaban cualquier otro motivo de distraccin,

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    sino que incluso los compromisos ms serios. Sucedi que sus

    pasos los condujeron durante uno de estos vagabundeos, a una

    calle de un barrio muy poblado de Londres. Era una calle es-

    trecha y, los domingos, lo que se dice tranquila, pero animada

    por comercios y trfico durante la semana. Sus habitantes ga-

    naban bastante, por lo que pareca, y, rivalizando con la es-

    peranza de que les fuera mejor, dedicaban sus excedentes al

    adorno, coqueta muestra de prosperidad: los comercios de las

    dos aceras tenan aire de invitacin, como una doble fila de

    sonrientes vendedores. Por lo que incluso el domingo, cuando

    velaba sus ms floridas gracias, la calle brillaba, en contraste

    con sus adyacentes esculidas, como un fuego en el bosque; y

    con sus contraventanas recin pintadas, sus bronces relucien-

    tes, su aire alegre y limpio atraa y seduca inmediatamente la

    vista del paseante. A dos puertas de una esquina, viniendo del

    oeste, la lnea de casas se interrumpa por la entrada de un am-

    plio patio; y, justo al lado de esta entrada, un pesado, siniestro

    edificio sobresala a la calle su frontn triangular. Aunque fuera

    de dos pisos, este edificio no tena ventanas: slo la puerta

    de entrada, algo ms abajo del nivel de la calle, y una fachada

    ciega de revoque descolorido. Todo el edificio, por otra par-

    te, tena las seales de un prolongado y srdido abandono.

    La puerta, sin aldaba ni campanilla, estaba rajada y descolor-

    ida; vagabundos encontraban cobijo en su hueco y raspaban

    fsforos en las hojas, nios comerciaban en los escalones, el

    escolar probaba su navaja en las molduras, y nadie haba apa-

    recido, quizs desde hace una generacin, a echar a aquellos

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    indeseables visitantes o a arreglar lo estropeado. Enfield y el

    notario caminaban por el otro lado de la calle, pero, cuando

    llegaron all delante, el primero levant el bastn indicando: -Os habis fijado en esa puerta? -pregunt. Y aadi a la respuesta afirmativa del otro-: Est asociada en mi memoria a una historia muy extraa.

    -Ah, s? -dijo Utterson con un ligero cambio de voz-. Qu historia?

    -Bien -dijo Enfield-, as fue. Volva a casa a pie de un lugar all en el fin del mundo, hacia las tres de una negra maana de invierno, y mi recorrido atravesaba una parte de la ciudad en la que no haba ms que las farolas. Calle tras calle, y ni un alma, todos durmiendo. Calle tras calle, todo encendido como para una procesin y vaco como en una iglesia. Termin encontrndome, a fuerza de escuchar y volver a escuchar, en ese particular estado de nimo en el que se empieza a desear vivamente ver a un polica. De repente vi dos figuras: una era un hombre de baja estatura, que vena a buen paso y con la cabeza gacha por el fondo de la calle; la otra era una nia, de ocho o diez aos, que llegaba corriendo por una bocacalle.

    -Bien, seor -prosigui Enfield-, fue bastante natural que los dos, en la esquina, se dieran de bruces. Pero aqu viene la parte ms horrible: el hombre pisote tranquilamente a la nia cada y sigui su camino, dejndola llorando en el suelo. Contado no es nada, pero verlo fue un infierno. No pareca ni siquiera un hombre, sino un vulgar Juggernaut Yo me puse a correr gritando, agarr al caballero por la solapa y lo

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    llev donde ya haba un grupo de Personas alrededor de la nia que gritaba. l se qued totalmente indiferente, no opuso la mnima resistencia, me ech una mirada, pero una mirada tan horrible que helaba la sangre. Las personas que haban acudido eran los familiares de la pequea, que result que la haban mandado a buscar a un mdico, y poco despus lleg el mismo. Bien, segn este ltimo, la nia no se haba hecho nada, estaba ms bien asustada; por lo que, en resumidas cuentas, todo podra haber terminado ah, si no hubiera tenido lugar una curiosa circunstancia. Yo haba aborrecido a mi caballero desde el primer momento; y tambin la familia de la nia, como es natural, lo haba odiado inmediatamente. Pero me impresion la actitud del mdico, o boticario que fuese.

    - Era explic Enfield-, el clsico tipo estirado, sin color ni edad, con un marcado acento de Edimburgo y la emotividad de un tronco. Pues bien, seor, le sucedi lo mismo que a nosotros: lo vea palidecer de nusea cada vez que miraba a aquel hombre y temblar por las ganas de matarlo. Yo entenda lo que senta, como l entenda lo que senta yo; pero, no siendo el caso de matar a nadie, buscamos otra solucin. Habramos montado tal escndalo, dijimos a nuestro prisionero, que su nombre se difamara de cabo a rabo de Londres: si tena amigos o reputacin que perder lo habra perdido. Mientras nosotros, por otra parte, lo avergonzbamos y lo marcbamos a fuego, tenamos que controlar a las mujeres, que se le echaban encima como arpas. Jams he visto un crculo de caras ms enfurecidas. Y l all en medio, con esa especie de mueca negra y fra. Estaba tambin asustado, se vea, pero

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    sin sombra de arrepentimiento. Os seguro, un diablo! Al final nos dijo: Pagar, si es lo que queris! Un caballero paga siempre para evitar el escndalo. Decidme vuestra cantidad. La cantidad fue de cien esterlinas para la familia de la nia, y en nuestras caras deba haber algo que no presagiaba nada bueno, por lo que l, aunque estuviese claramente quemado, lo acept. Ahora haba que conseguir el dinero. Pues bien, dnde creis que nos llev? Precisamente a esa puerta. Sac la llave -continu Enfield-, entr y volvi al poco rato son diez esterlinas en contante y el resto en un cheque. El cheque era del banco Coutts, al portador y llevaba la firma de una persona que no puedo decir, aunque sea uno de los puntos ms singulares de mi historia. De todas las formas se trataba de un nombre muy conocido, que a menudo aparece impreso; si la cantidad era alta, la Firma era una garanta suficiente siempre que fuese autntica, naturalmente. Me tom la libertad de comentar a nuestro caballero que toda la historia me pareca apcrifa: porque un hombre, en la vida real, no entra a las cuatro de la maana por la puerta de una bodega para salir, unos instante