Corazon Salvaje

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Corazon salvaje

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CORAZON SALVAJE

Caridad Bravo Adams Corazn salvaje69

CORAZN SALVAJE

1

LA TORMENTA DE octubre ruge sobre el inquieto Mar de las Antillas... Es de noche, y las rfagas de un viento huracanado hacen estrellarse contra los acantilados de rocas las olas gigantescas, que caen luego, en hirviente manto de espuma, bajo el azote de la lluvia.;. Negro est el cielo; y la tierra, como sobrecogida. Es la costa brava que se abre, primero en pequeas ensenadas, en playones estrechos, y luego, unos pocos metros ms all, se convierte en selva espesa... Tierra antillana sobre la que ondea la bandera de Francia...

Un barco entra en el puerto de Saint-Pierre, a despecho de los elementos desencadenados... y unindose al concierto del viento y de las olas, la salva de honor de veintin caonazos le saluda desde el fuerte de San Honorato...

Al mismo tiempo que la fragata, que ya se acoge a la rada de Saint-Pierre, un pequeo bote desvencijado ha ganado milagrosamente la arena de una diminuta playa prxima a la ciudad, y su nico tripulante salta, metindose en el agua hasta la cintura, para arrastrar el frgil cayuco, librndolo de la furia renovada de los elementos...

La luz vivsima de un rayo ha iluminado de pies a cabeza al audaz marinero, que en noche tal arriba a la ensenada. Es fuerte y gil; con flexible soltura de felino da unos pasos alejndose del mar, para erguirse despus, como calculando-el peligro del lugar en que dej su bote. Tiene la piel tostada por ta intemperie; ancho y fuerte el cuello; los hombros, cuadrados; las caderas, estrechas; las manos, callosas, y los pies descalzos, que parecen aferrarse como zarpas a la tierra que pisan.. .Puede tener apenas unos doce aos...

El ominoso estampido de un trueno agitabas sombras nocturnas. .. El muchacho, dominando su primer movimiento de, temor instintivo, mira de frente al firmamento oscuro, donde marcan los rayos los latigazos de su vivida luz, y exclama:

Santa Brbaral

Por un momento parece vacilar, mas -no es por temor. La horrible noche no le produce espanto... Slo calcula, con mirada certera, qu camino debe seguir para llegar ms pronto a la ciudad cercana, cuyas luces se apian alrededor de la baha.

Palpa el pequeo sobre que como un tesoro lleva entre sus ropas mojadas, mira de nuevo al bote que dejara sobre la arena y echa a andar con paso silencioso y rpido...

Si no se da usted prisa, llegaremos tarde a la fiesta del Gobernador, amigo D'Autremont.

Prisa? Nunca me di prisa por nada ni por nadie, amigo Noel; sin contar con que llueve a cntaros. Pocos sern los invitados que no se retrasen esta noche, y adems, el Mariscal Pont-mercy llega en esa fragata que vio usted entrar hace veinte minutos escasos. El es el invitado de honor...

No ms que usted, amigo mo. La fiesta es en honor de ambos, y el coche est aguardando desde hace mucho rato.Est bien, amigo Noel... Vamos, pues... Francisco. D'Autremont se ha puesto de pie con ademn de elegante fastidio... Ha dado unos pasos a travs de la lujosa estancia, y se detiene en medio del vestbulo, con gesto de extraeza al oir los fuertes aldabonazos que repentinamente cubren el lugar con sus ecos... Disgustado, interpela altanero a su criado:

Quin llama de ese modo, Bautista?

Iba a verlo en este momento, seor responde el criado. No s quin pueda ser el atrevido...

Pues ponlo en su lugar ordena, tajante, D'Autremont. Una rfaga d viento y lluvia hace irrupcin, silbando, en el elegante vestbulo; y airado, D'Autremont grita:

Cierra esa puerta, estpido!

Antes que el criado logre cerrarla, el importuno visitante ha penetrado de un salto; los revueltos cabellos mojados sobre la frente, el cuerpo semidesnudo chorreando agua sobre las alfombras... tan sorprendentemente atrevido y audaz, que Francisco D'Autremont y Pedro Noel retroceden al verle, apagada la indignacin por la sorpresa...

Caramba! exclama Noel.

Pero qu es esto? indaga D'Autremont.

Busco al seor Francisco D'Autremont... explica el muchacho con decisin.

Debe ser un loco, seor... interviene el criado. Voy a...!Ahora, djalo en paz! ataja imperativo D'Autremont.

Es usted don Francisco D'Autremont? inquiere el muchacho. Es usted, seor?

Si, soy yo... Pero t, quin eres? Y qu diablos te pasa para atreverte a llegar a mi casa de esta manera?

Mi nombre es Juan. Vengo desde el Cabo del Diablo para traerle esta carta. El seor Bertolozi se est muriendo y dijo que tena usted que llegar antes de que l acabara. Si es usted de veras el seor D'Autremont, venga conmigo... Traje mi bote para llevarlo... Vamos...?

El muchacho ha dado un paso hacia la puerta, pero se detiene observando el rostro de Francisco D'Autremnt, que le mira estupefacto, en la mano el mojado sobre de la carta que acaba de entregarle.. .Es un hombre alto y distinguido, que viste con extraordinaria elegancia... A su lado" Pedro Noel, su amigo y notario; rechoncho y bondadoso, mueve la cabeza como si no pudiese dar crdito -a lo que est viendo y escuchando, y con. sorpresa y disgusto a la vez, pregunta: '

Llevar al seor D'Autremont en tu bote?

Cuando digo yo que es un loco...! Lo mejor ser llamar para que vengan a llevrselo... insiste el criado.

Quieto! ordena D'Autremont. Luego, como recordando, murmura: Bertolozi... Bertolozi...

Dijo que fuera usted en seguida, que l, por desgracia, no poda esperar demasiado. Si .salimos ahora mismo, al amanecer estaremos all.

Bertolozi se est muriendo..: susurra D'Autremont.

Eso asegur el curandero... Que no llegar a maana..;

Y le dej un remedio, pero l no se lo quiso tomar y me mand con esta carta... Dijo que usted tena que ir all...

Pues est completamente equivocado. No conozco a ningn Bertolozi... exclama D'Autremont, ceudo.

No es posible, seor! Si es usted don Francisco D'Autremont...

No conozco a ningn Bertolozi! recalca ste. Se vuelve hacia su amigo y le invita: Vamos, Noel?

Pero, seor.. .1 se lamenta el muchacho, Ha salido seguido del notario, sin volverse a mirar al muchacho, y salta ;el cochero del pescante para abrirle la puerta del carruaje. Por un instante contempla la mojada carta, la hunde luego en su bolsillo, y entrando al coche ordena con voz fuerte:

Al palacio del Gobernador. Pronto!

El muchacho se acerca, gritando implorante:

Seor... seor... seor...!

Todo es intil. El coche se ha alejado; el muchacho vacila un instante, y luego echa a andar bajo la lluvia que azota la calle...

Pedro Noel, el notario de la familia'D'Autremont, con las gruesas manos apoyadas sobre la empuadura'de plata de su bastn, mira de reojo al hombre que va a su lado. A pesar de la brusca respuesta dada al muchacho, a pesar de su gesto glacial, Francisco D'Autremont parece hondamente conmovido, profundamente preocupado. Tiene los labios apretados y las mejillas plidas... Las inquietas manos cambian a cada instante de posicin y con frecuencia palpan el hmedo sobre guardado en su bolsillo... Al fin, el notario, tras mirar y remirar, arriesga una palabra:

No va usted a leer esa carta? Puede tratarse de .algo realmente Importante. Cuando se obliga a un nio a venir desde el Cabo del Diablo hasta la ciudad, para traerla en una noche como sta... ser porque ese Bertolozi, a quien usted no conoce, tiene absoluta necesidad de decirle algo... Baja la voz y, en tono insinuante, explica: Bertolozi-.. A m ese nombre me suena...

Cmo...?

De momento no pude recordarlo, mas ahora voy haciendo memoria... Andrs Bertolozi lleg a la Martinica har unos quince aos. Perteneca a una de las ms distinguidas familias de Npoles... Trajo dinero para comprar una hacienda, y adquiri una bien extensa al Sudeste de la isla, con grandes plantaciones de caf, tabaco y cacao. Pronto se convirti en un -hombre opulento, alegre y liberal, franco y expresivo, como la mayor parte de los italianos, y trajo consigo a su esposa: una bellsima muchacha de laque estaba locamente enamorado...

Basta! le ataja, airado, D'Autremont.

Perdn... No cre importunarle. Me sorprende que no recuerde a Bertolozi. Usted estaba en Saint-Pierre cuando los das de su desgracia...

A qu llama usted su desgracia?

El principio de su desgracia fue la fuga de su esposa...

Qu trata de insinuar?

No insino, amigo D'Autremont... recuerdo. Bertolozi jur pblicamente matar al hombre que se la haba llevado, pero el nombre de aqul qued en el misterio. Ella desapareci para siempre y Bertolozi se dio a todos los vicios: beba, jugaba, buscaba la compaa de las peores mujerzuelas del puerto... Al fin perdi la finca y, totalmente arruinado, desapareci l tambin. Pero recordando, recordando, me viene a la memoria algo que me dijo un amigo...

El coche se ha detenido frente a la puerta de la casa del Gobernador, mas Francisco D'Autremont no se mueve... Tenso, crispado, vuelto hacia el notario, parece esperar sus ultimas palabras, que Pedro Noel pronuncia como a desgana, con una sutil insinuacin resbalando de cada frase:

Parece ser que el ltimo pedazo de tierra que le quedaba era esa desnuda roca del Cabo del Diablo. Sobre ella, por sus propias manos, fabric una cabaa, y all es donde seguramente agoniza y desde donde le ha mandado llamar. No le parece?

Tiene usted la buena memoria ms abominable que conoc jams.

Por Dios, amigo D'Autremont, es mi oficio...! Son tantas las historias que se escuchan cuando se manejan papeles de familia, que con frecuencia son el reflejo de dramas de alcoba. Por lo dems, Bertolozi fue un hombre interesante... Sus asuntos dieron mucho que hablar, y su desgracia...

No me interesa su desgracia. Nunca fui su amigo!

A veces, con ser enemigo basta para interes