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Celano Tomas de - Vida Segunda de Francisco

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Text of Celano Tomas de - Vida Segunda de Francisco

Fray Toms de Celano

Vida Segunda de San Francisco(Compuesta en 1253)

Por gentileza de www.fratefrancesco.org

Vida Segunda de San Francisco........................................................................................................ 1 PRLOGO............................................................................................................................ 4 PARTE PRIMERA................................................................................................................. 5 SU CONVERSIN ............................................................................................................... 5 SANTA MARA DE LA PORCINCULA............................................................................. 12 TENOR DE VIDA DE SAN FRANCISCO Y DE LOS HERMANOS.................................... 13 PARTE SEGUNDA............................................................................................................. 15 ESPRITU DE PROFECA QUE TUVO SAN FRANCISCO................................................ 15 LA POBREZA...................................................................................................................... 27 LA POBREZA DE LOS EDIFICIOS.................................................................................... 27 LA POBREZA DE LOS ENSERES..................................................................................... 28 LA POBREZA EN LOS LECHOS........................................................................................29 ALGUNOS CASOS CONTRA EL DINERO........................................................................ 30 LA POBREZA EN LOS VESTIDOS.................................................................................... 32 LA MENDICACIN............................................................................................................. 33 LOS QUE RENUNCIAN AL MUNDO.................................................................................. 36 UNA VISIN QUE SE REFIERE A LA POBREZA ............................................................ 37 ........................................................................................................................................... 37 COMPASIN DE SAN FRANCISCO PARA CON OTROS POBRES................................ 37 EL AMOR DE SAN FRANCISCO A LA ORACIN............................................................. 41 INTELIGENCIA DE LAS ESCRITURAS QUE TENA, Y EFICACIA DE SUS PALABRAS 44 CONTRA LA FAMILIARIDAD CON LAS MUJERES.......................................................... 49 LAS TENTACIONES QUE PADECI................................................................................. 50 CMO LO AZOTARON LOS DEMONIOS......................................................................... 51 LA VERDADERA ALEGRA ESPIRITUAL.......................................................................... 53 SU CUIDADO EN OCULTAR LAS LLAGAS...................................................................... 57 LA HUMILDAD.................................................................................................................... 59 LOS QUE DAN EJEMPLO BUENO O MALO..................................................................... 64 CONTRA EL OCIO Y LOS OCIOSOS................................................................................ 66 LOS MINISTROS DE LA PALABRA DE DIOS................................................................... 67 LA CONTEMPLACIN DEL CREADOR EN LAS CREATURAS....................................... 68 LA DETRACCIN............................................................................................................... 74 DESCRIPCIN DEL MINISTRO GENERAL Y DE OTROS MINISTROS.......................... 75 LA SANTA SIMPLICIDAD................................................................................................... 77 LAS DEVOCIONES ESPECIALES DEL SANTO............................................................... 80 LAS DAMAS POBRES ....................................................................................................... 83 RECOMENDACIN DE LA REGLA A LOS HERMANOS.................................................. 84 LAS ENFERMEDADES DE SAN FRANCISCO.................................................................. 85 TRNSITO DEL PADRE SANTO....................................................................................... 87

NOTAS................................................................................................................................ 92

PRLOGO En el nombre de nuestro Seor Jesucristo. Amn.

Al ministro general de la Orden de los Hermanos Menores 1. A la santa asamblea del captulo general ya celebrado y a ti, reverendsimo padre (1), ha parecido bien encomendar, no sin disposicin divina, a nuestra pequeez que, para consuelo de los contemporneos y recuerdo de los venideros, escribamos los hechos y tambin los dichos de nuestro glorioso padre Francisco; nosotros precisamente que, por la larga experiencia de asiduo trato y familiaridad con l, le hemos conocido ms que los dems (2). Acudimos, pues, con prontitud pa a obedecer los santos mandatos, que en modo alguno es permitido desor; pero como la reflexin tira ms fcil a mirar lo endeble de nuestras fuerzas, nos sacude el justo temor de que a asunto tan digno, por no haberlo tratado como merece, se le pegue algo nuestro que vaya a desagradar a los dems. Tememos mucho, queremos decir, que esta materia, digna de llevar en s todo sabor de suavidad, se vuelva desabrida por incapacidad de quienes la tratan y que el mero hecho de haberlo intentado se atribuya ms a presuncin que a obediencia. Porque si a este trabajo, fruto de muchos desvelos, slo le esperase el juicio de tu benevolencia, venerable padre, que no creyese oportuno publicarlo, recibiramos muy contentos igual la enseanza de la correccin que el gozo de la aprobacin. Desde luego, tan gran diversidad de dichos y de hechos, quin puede pesarla en balanza de tanta precisin, de modo que la exposicin de cada uno de ellos consiga de todos los oyentes un mismo y nico juicio de aceptacin? Mas porque buscamos con sencillez el provecho de todos y de cada uno, exhortamos a los lectores a interpretar con benevolencia y a aceptar o llevar a bien la sencillez de los narradores, de manera que no venga a menos la reverencia que merece el personaje de quien se habla. Nuestra memoria, de hombres rudos al fin, ms dbil con el correr del tiempo, no puede abarcar cuantos dichos precisos del mismo circulan y los relatos que encomian sus hechos, ya que ni la agilidad de una mente avezada se valdra para grabarlos del todo aunque se los pusieran delante. Excuse, pues, todos los fallos de nuestra incompetencia la autoridad de quien as lo ha dispuesto reiteradamente. 2. Este opsculo contiene, en primer lugar, algunos hechos maravillosos de la conversin de San Francisco, que, por no haber llegado de ninguna manera a noticia del autor, quedaron, por tanto, fuera de las leyendas que haba escrito ya. A continuacin intentamos decir y declarar con esmero cul fuera la voluntad buena, grata y perfecta del santsimo Padre para consigo y para con los suyos en toda prctica de doctrina del cielo y en la tendencia a la ms alta perfeccin, que mantuvo siempre en sus relaciones santamente amorosas con Dios y ejemplares con los hombres. Se intercalan algunos milagros que hacen al caso. Describimos, en fin, llanamente, sin alardes de estilo, cuanto se nos ofrece, queriendo, en lo posible, aficionar a los despreocupados y complacer a los entusiasmados. Te pedimos, padre bondadossimo, que te dignes consagrar con tu bendicin los presentes, nada despreciables, que se recogen en este trabajo, y que hemos recopilado con no poco esfuerzo, corrigiendo los yerros y eliminando lo superfluo, para que cuanto tu autorizado criterio abone por bien dicho crezca en todas partes en consonancia con tu nombre de Crescencio, y se multiplique en Cristo. Amn.

PARTE PRIMERA Comienza el memorial segn los deseos de mi alma (3) o resea de los hechos y dichos de nuestro santsimo padre Francisco

SU CONVERSIN

Captulo ICmo primero se llam Juan y despus Francisco. Lo que la madre profetiz de l y lo que predijo l de s mismo y la paciencia que tuvo en la prisin 3. Francisco, siervo y amigo del Altsimo, a quien la Providencia divina impuso este nombre (4) para que, por lo singular y desacostumbrado de l, la fama de su ministerio se diese a conocer ms pronto en el mundo entero, fue llamado Juan por su madre cuando, renaciendo del agua y del Espritu Santo, de hijo de ira pas a ser hijo de gracia. Esta mujer, amiga de toda honestidad, mostraba en las costumbres una virtud distinguida, como quien gozaba del privilegio de cierta semejanza con Santa Isabel as en la imposicin del nombre al hijo como en el espritu de profeca. Porque a los vecinos, que admiraban la grandeza de alma y limpieza de costumbres de Francisco, les responda as, como inspirada por Dios: Qu vendr a ser este hijo mo? Veris que por sus mritos llegar a ser hijo de Dios. De hecho era sta la opinin de algunos que vean complacidos que Francisco, ya algo mayor, se distingua por aspiraciones muy buenas. Rechazaba en toda ocasin cuanto pudiera parecer injuria a alguno; y vindole adolescente de modales finos, a todos pareca que no perteneca al linaje de los que eran conocidos como padres suyos. Como el nombre de Juan dice referencia a la obra del ministerio que recibi, as el nombre de Francisco la dice a la difusin de su fama, la cual, despus de haberse convertido l plenamente a Dios, se esparci pronto por todas partes. Por eso, entre las fiestas de los santos, tena como la ms solemne la de San Juan Bautista; la dignidad de este nombre le imprimi un sello de virtud misteriosa. Entre los nacidos de mujer, no ha aparecido uno ms grande que aqul (Mt 11,11); entre los fundadores de religiones, no ha parecido uno ms perfecto que ste. Observacin, por cierto, merecedora de encomio. 4. Profetiz Juan encerrado en lo secreto del tero materno; Francisco, preso en la crcel del siglo, desconocedor an de los designios divinos, anunci lo por venir. Cuando, en efecto, se desencadena no poco estrago, por el conflicto de la guerra, entre los ciudadanos de Perusa y de Ass (5), Francisco, con otros muchos, cae prisionero, y, encadenado como ellos, experimenta las miserias de la crcel. Los compaeros de infortunio se sumen en la tristeza, lamentndose desdichados de la desgracia de su prisin; Francisco se alegra en el Seor; se re de las cadenas; las desprecia. Dolidos, reprueban aqullos la conducta del que se muestra alegre entre cadenas; lo juzgan exaltado y loco. Francisco responde en son de profeca: De qu creis que me alegro? Hay aqu escondido un presentimiento: todava ser venerado como santo en todo el mundo. Y de hecho ha sucedido as: se ha cumplido al pie de la letra lo que dijo entonces. Haba entre los compaeros de prisin un caballero soberbio e inaguantable. Mientras todos los dems se proponen hacerle el vaco, Francisco le sobrelleva siempre con paciencia. Aguanta al inaguantable, y gana a todos para reconciliarlos con el caballero. Capaz de toda gracia, vaso elegido de virtudes, rebosa ya de carismas.

Captulo IIEl caballero pobre a quien visti y la visin que, viviendo an en el siglo, tuvo sobre su propia vocacin 5. Liberado poco despus de la prisin (6), se vuelve ms compasivo con los pobres. Decide, desde luego, no apartar los ojos del necesitado que al pedir invoque el amor de Dios. Un da se encontr con un caballero pobre y casi desnudo. Movido a compasin, le dio generosamente, por amor de Cristo, los ricos vestidos que traa puestos. Qu menos hizo que aquel varn santsimo, Martn? Slo que, iguales los dos en la intencin y en la accin, fueron diferentes en el modo. Este dio los vestidos antes que los dems bienes; aqul, despus de haber dado los dems bienes, dio al fin los vestidos. El uno como el otro vivieron en el mundo siendo pobres y pequeos y el uno como el otro entraron ricos en el cielo (7). Aqul, caballero, pero pobre, visti a un pobre con la mitad de su vestido; ste, no caballero, pero s rico, visti a un caballero pobre con todos sus vestidos. El uno y el otro, luego de haber cumplido el mandato de Cristo, merecieron que Cristo los visitara en visin: el uno, para recibir la alabanza de lo que haba hecho; el otro, para recibir amabilsima invitacin a hacer lo que an le quedaba. 6. Y as, poco despus se le muestra en visin un suntuoso palacio, en el cual ve provisin abundante de armas y una bellsima esposa. Francisco es llamado por su nombre en sueos y alentado con la promesa de cuanto se le presenta. Con el objeto de participar en lances de armas, intenta marchar a la Pulla (cf. LM 1,3), y, preparados con exageracin los arreos necesarios, se apresta a conseguir los honores de caballero. El espritu carnal le sugera una interpretacin carnal de la visin anterior, siendo as que en los tesoros de la sabidura de Dios se esconda otra mucho ms excelente. Una noche, pues, mientras duerme, alguien le habla en visin por vez segunda y se interesa con detalle por saber a dnde intenta encaminarse. Y como l le contara su decisin y que se iba a la Pulla a hacer armas, insisti en preguntarle el de la visin: Quin puede favorecer ms, el siervo o el seor? El seor, respondi Francisco. Y el otro: Por qu buscas entonces al siervo en lugar del seor? Replica Francisco: Qu quieres que haga, Seor? Y el Seor a l: Vulvete a la tierra de tu nacimiento, porque yo har que tu visin se cumpla espiritualmente. Se vuelve sin tardanza, hecho ya ejemplo de obediencia, y, renunciando a la propia voluntad, de Saulo se convierte en Pablo. Es derribado ste en tierra, y los duros azotes engendran palabras acariciadoras; Francisco, empero, cambia las armas carnales en espirituales, y recibe, en vez de la gloria de ser caballero, una investidura divina. A los muchos que se sorprendan de la alegra desacostumbrada de Francisco, responda l diciendo que llegara a ser un gran prncipe.

Captulo IIICmo un grupo de jvenes lo nombr su seor para que les costeara el banquete, y el cambio obrado en l 7. Comienza a transformarse en varn perfecto (Ef 4,13) y a ser distinto de como era. De regreso ya en casa, le siguen los hijos de Babilonia y lo llevan, contra su gusto, a cosas contrarias a la orientacin que haba tomado. Un grupo de jvenes de la ciudad de Ass, que en otro tiempo lo haba tenido como abanderado de su vanidad, lo busca todava para invitarlo a comidas de cuadrilla, en que siempre se sirve a la lascivia y a la chocarrera. Lo nombran jefe, por la mucha experiencia que tenan de su liberalidad, sabiendo, sin duda, que se iba a cargar con los gastos de todos. Se hacen obedientes por llenar el estmago, toleran la sujecin para poder saciarse. l,

para no aparecer avaro, acepta el honor ofrecido, y entre sus reflexiones santas tiene en cuenta la cortesa. Hace preparar un gran banquete y repetir exquisitos manjares; saturados hasta el vmito, los jvenes manchan las plazas de la ciudad con cantares de borrachos. Tras ellos va Francisco, llevando, como seor, un bastn en la mano. Pero el que interiormente se haba hecho sordo por entero a todas estas cosas, va quedando poco a poco distanciado de ellos en el cuerpo, mientras canta al Seor en su corazn. Como cont l mismo, fue tan grande la dulzura divina de que se vio invadido en aquella hora, que, incapaz de hablar, no acertaba tampoco a moverse del lugar en que estaba. Se enseore de l una impresin espiritual que lo arrebataba a las cosas invisibles, por cuya influencia todas las de la tierra las tuvo como de ningn valor, ms an, del todo frvolas. Estupenda dignacin en verdad esta de Cristo, quien a los que ponen en prctica cosas pequeas hace merced de muy preciosas y guarda y saca adelante a los suyos en la inundacin de copiosas aguas. Cristo dio de comer pan y peces a las turbas (Lc 9,12) y no desde en su mesa a los pecadores (Lc 7,36). Buscado por las gentes para proclamarlo rey, huy y subi a un monte a orar (Jn 6,15). Son misterios de Dios que Francisco va descubriendo; y, sin saber cmo, es encaminado a la ciencia perfecta.

Captulo IVCmo, vestido con los andrajos de un pobre, comi con los pobres ante la iglesia de San Pedro y la ofrenda que hizo en sta 8. Pero ya se deja ver en l el primer amador de los pobres, ya las santas primicias preludian la perfeccin que lograr. As es que muchas veces, despojndose de sus vestidos, viste con ellos a los pobres, a quienes, si no todava de hecho, s de todo corazn intenta asemejarse. Una vez en Roma, adonde haba llegado como peregrino, se quit, por amor a la pobreza, el rico traje que llevaba puesto y, cubierto con el de un pobre, se sent gozoso entre los pobres en el atrio de la iglesia de San Pedro (que era lugar de afluencia de pobres), y, tenindose por uno de ellos, con ellos comi de buena gana. Y mucho ms a menudo hubiera hecho esto de no haberlo impedido la vergenza de ser visto de los conocidos. Al acercarse al altar del prncipe de los apstoles, sorprendido de las escasas aportaciones que dejaban all los concurrentes, arroja dinero a manos llenas, indicando que mereca especial honor de todos el que haba sido honrado por Dios sobre los dems. Proporcionaba tambin con frecuencia ornamentos de iglesia a sacerdotes pobres, dando el honor debido a todos, hasta a los de grado ms humilde. El que haba de recibir la investidura de embajador apostlico y ser todo ntegro en la fe catlica, estuvo desde el principio lleno de reverencia para con los ministros y los ministerios de Dios.

Captulo VCmo, estando l en oracin, el diablo le mostr una mujer, y la respuesta que le dio Dios y lo que hizo con los leprosos 9. Francisco lleva alma de religioso bajo el traje seglar, y, huyendo del pblico a lugares solitarios, es instruido muchsimas veces con visitas del Espritu Santo. Lo abstrae y atrae aquella dulzura generosa que desde el principio experiment penetrarle tan plenamente, que nunca ms le falt por toda la vida.

Cuando frecuenta lugares retirados, como ms propicios a la oracin, el diablo se esfuerza con sugestiones malignas en separarlo de all. Le trae a la imaginacin la figura de una mujer de Ass monstruosamente gibosa, que causaba horror a cuantos la vean. Lo amenaza con hacerlo semejante a ella si no desiste de sus propsitos. Pero, confortado por el Seor, experimenta el gozo de la respuesta de salvacin y de gracia: Francisco -le dice Dios en espritu-, lo que has amado carnal y vanamente, cmbialo ya por lo espiritual, y, tomando lo amargo por dulce, desprciate a ti mismo, si quieres conocerme, porque slo a ese cambio saborears lo que te digo. Y de pronto es inducido a obedecer el mandato de Dios y guiado a probar la verdad de lo sucedido. Si de algunos -entre todos los seres deformes e infortunados del mundo- se apartaba instintivamente con horror Francisco, era de los leprosos. Un da que paseaba a caballo por las cercanas de Ass le sali al paso uno. Y por ms que le causara no poca repugnancia y horror, para no faltar, como transgresor del mandato, a la palabra dada, saltando del caballo, corri a besarlo. Y, al extenderle el leproso la mano en ademn de recibir algo, Francisco, besndosela, le dio dinero. Volvi a montar el caballo, mir luego a uno y otro lado, y, aunque era aqul un campo abierto sin estorbos a la vista, ya no vio al leproso. Lleno de admiracin y de gozo por lo acaecido, pocos das despus trata de repetir la misma accin. Se va al lugar donde moran los leprosos, y, segn va dando dinero a cada uno, le besan la mano y la boca. As toma lo amargo por dulce y se prepara varonilmente para realizar lo que le espera.

Captulo VILa imagen del crucifijo que le habl y el honor en que la tuvo 10. Ya cambiado perfectamente en su corazn, a punto de cambiar tambin en su cuerpo, anda un da cerca de la iglesia de San Damin, que estaba casi derruida y abandonada de todos. Entra en ella, guindole el Espritu, a orar, se postra suplicante y devoto ante el crucifijo (8), y, visitado con toques no acostumbrados en el alma, se reconoce luego distinto de cuando haba entrado. Y en este trance, la imagen de Cristo crucificado -cosa nunca oda-, desplegando los labios, habla desde el cuadro a Francisco. Llamndolo por su nombre: Francisco -le dice-, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo. Presa de temblor, Francisco se pasma y como que pierde el sentido por lo que ha odo. Se apronta a obedecer, se reconcentra todo l en la orden recibida. Pero... nos es mejor callar, pues experiment tan inefable cambio, que ni l mismo ha acertado a describirlo. Desde entonces se le clava en el alma santa la compasin por el Crucificado, y, como puede creerse piadosamente, se le imprimen profundamente en el corazn, bien que no todava en la carne, las venerandas llagas de la pasin. 11. Cosa admirable e inaudita en nuestros tiempos! Cmo no asombrarse ante esto? Quin ha pensado algo semejante? Quin duda de que Francisco, al volver a la ciudad, apareciera crucificado, si aun antes de haber abandonado del todo el mundo en lo exterior, Cristo le habla desde el leo de la cruz con milagro nuevo, nunca odo? Desde aquella hora desfalleci su alma al or hablar al Amado (cf. Ct 5,4). Poco ms tarde, el amor del corazn se puso de manifiesto en las llagas del cuerpo. Por eso, no puede contener en adelante el llanto; gime lastimeramente la pasin de Cristo, que casi siempre tiene ante los ojos. Al recuerdo de las llagas de Cristo, llena de lamentos los caminos, no admite consuelo. Se encuentra con un amigo ntimo, que, al conocer la causa del dolor de Francisco, luego rompe a llorar tambin l amargamente.

Pero no descuida por olvido la santa imagen misma, ni deja, negligente, de cumplir el mandato recibido de ella. Da, desde luego, a cierto sacerdote una suma de dinero con que comprar lmpara y aceite para que ni por un instante falte a la imagen sagrada el honor merecido de la luz. Despus, ni corto ni perezoso, se apresura a poner en prctica lo dems, trabajando incansable en reparar la iglesia. Pues, aunque el habla divina se haba referido a la Iglesia que haba adquirido Cristo con su sangre, Francisco, que haba de pasar poco a poco de la carne al espritu, no quiso verse de golpe encumbrado.

Captulo VIILa persecucin del padre y del hermano 12. Pero el padre segn la carne persigue al que se entrega a obras de piedad, y, juzgando locura el servicio de Cristo, lo lacera donde quiera con maldiciones. Entonces, el siervo de Dios llama a un hombre plebeyo y simple por dems, y, tomndolo por padre, le ruega que, cuando el padre lo acose con maldiciones, l, por el contrario, lo bendiga. Evidentemente, lleva a la prctica el dicho del profeta y declara con hechos lo que dice ste de palabra: Maldicen ellos, pero t bendecirs (Sal 108,28). Por consejo del obispo de la ciudad, que era piadoso de veras, devuelve al padre el dinero que el hombre de Dios habra querido invertir en la obra de la iglesia mencionada, pues no era justo gastar en usos sagrados nada mal adquirido. Y, oyndolo muchos de los que se haban reunido, dijo: Desde ahora dir con libertad: Padre nuestro, que ests en los cielos (9), y no padre Pedro Bernardone, a quien no slo devuelvo este dinero, sino que dejo tambin todos los vestidos. Y me ir desnudo al Seor. Animo noble el de este hombre, a quien ya slo Cristo basta! Se vio entonces que el varn de Dios llevaba puesto un cilicio bajo los vestidos, apreciando ms la realidad de las virtudes que su apariencia. Un hermano carnal, a imitacin de su padre, lo molesta con palabras envenenadas. Una maana de invierno en que ve a Francisco en oracin, mal cubierto de viles vestidos, temblando de fro, el muy perverso dice a un vecino: Di a Francisco que te venda un sueldo de sudor. Oyndolo el hombre de Dios, regocijado en extremo, respondi sonriente: Por cierto que lo vender a muy buen precio a mi Seor. Nada ms acertado, porque recibi no slo cien veces ms, sino tambin mil veces ms en este mundo y hered en el venidero, para s y para muchos, la vida eterna.

Captulo VIIILa vergenza vencida y la profeca de las vrgenes pobres 13. Se esfuerza de aqu en adelante por convertir en austera su anterior condicin delicada y por reducir a la bondad natural su cuerpo, hecho ya a la molicie. Andaba un da el hombre de Dios por Ass mendigando aceite para alimentar las lmparas de la iglesia de San Damin, que reparaba por entonces. Y como viese que un nutrido grupo de hombres se entretena jugando a la puerta de la casa donde pensaba entrar, rojo de vergenza, hace para atrs. Pero, vuelta luego su noble alma al cielo, se reprocha la cobarda y se juzga severamente. Vuelve en seguida sobre sus pasos, y, confesando ante todos con franqueza la causa de su vergenza, como ebrio de espritu, pide, expresndose en lengua francesa, la provisin de aceite, y la obtiene. En un transporte de fervor, alienta a todos a favorecer la obra de la iglesia, y en presencia de todos profetiza, hablando en francs con voz clara, que llegar a haber en ella un monasterio de santas vrgenes de Cristo. Y es que siempre que le penetraban los

ardores del Espritu Santo, comunicaba, expresndose en francs, las ardientes palabras que le bullan dentro, conociendo de antemano que en aquella nacin singularmente le haban de tributar honor y culto especial.

Captulo IXLos alimentos, mendigados de puerta en puerta 14. Desde que comenz a servir al Seor de todos, quiso hacer tambin cosas asequibles a todos, huyendo en todo de la singularidad, que suele mancharse con toda clase de faltas. As, al tiempo en que se afanaba en la restauracin de la iglesia que le haba mandado Cristo, de tan delicado como era, iba tomando trazas de campesino por el aguante del trabajo. Por eso, el sacerdote encargado de la iglesia, que lo vea abatido por la demasiada fatiga, movido a compasin, comenz a darle de comer cada da algo especial, aunque no exquisito, pues tambin l era pobre. Francisco, reflexionando sobre esta atencin y estimando la piedad del sacerdote, se dijo a s mismo: Mira que no encontrars donde quieras sacerdote como ste, que te d siempre de comer as. No va bien este vivir con quien profesa pobreza; no te conviene acostumbrarte a esto; poco a poco volvers a lo que has despreciado, te abandonars de nuevo a la molicie. Ea!, levntate, perezoso, y mendiga condumio de puerta en puerta. Y se va decidido a Ass, y pide cocido de puerta en puerta, y, cuando ve la escudilla llena de viandas de toda clase, se le revuelve de pronto el estmago; pero, acordndose de Dios y vencindose a s mismo, las come con gusto del alma. Todo lo hace suave el amor y todo lo dulce lo hace amargo.

Captulo XEl desprendimiento de bienes del hermano Bernardo 15. Un hombre de Ass llamado Bernardo, que despus fue un hijo perfecto, al decidir despreciar del todo el siglo a imitacin del varn de Dios (cf. 1 Cel 24), pide consejo a ste. En la consulta se expres en estos trminos: Padre, si alguien hubiera posedo por largo tiempo bienes de un seor y no quisiere retenerlos ya ms, cul sera el partido ms perfecto que tomara acerca de ellos? El varn de Dios le respondi diciendo que el de devolverlos todos a su seor, de quien los haba recibido. Y Bernardo: S que cuanto tengo me lo ha dado Dios, y estoy ya dispuesto a devolverle todo, siguiendo tu consejo. Si quieres probar con los hechos lo que dices -concluy el Santo-, entremos maana de madrugada en la iglesia y pidamos consejo a Cristo, con el evangelio en las manos (cf. 1 Cel 92). Entran, pues, en la iglesia con el amanecer, y, previa devota oracin, abren el libro del evangelio, decididos a cumplir el primer consejo que encuentren. Ellos abren el libro; Cristo, su consejo: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres (Mt 19,21). Hacen lo mismo por segunda vez, y dan con esto: No tomis nada para el camino (Lc 9,3). Lo repiten por tercera vez, y dan con esto otro: Si alguno quiere venir en pos de m, niguese a s mismo (Lc 9,23). Ninguna vacilacin: Bernardo cumple todo al pie de la letra, sin dejar pasar ni una iota.

Muy pronto son muchsimos los que se desprenden de los espinosos cuidados del mundo y vuelven, tomando a Francisco por gua, a la patria, al bien infinito. Sera largo decir cmo cada uno de ellos ha logrado el premio de la vocacin divina.

Captulo XILa parbola que propuso ante el papa 16. Cuando Francisco se present con los suyos al papa Inocencio para pedir la aprobacin de la regla de su vida (10), viendo el papa que el plan propuesto por Francisco sobrepasaba las fuerzas normales, le dijo, como hombre muy discreto: Hijo, pide a Cristo que nos manifieste por ti su voluntad, para que conocindola accedamos con mayor seguridad a tus piadosos deseos. Acata el Santo la orden del pastor supremo, recurre confiado a Cristo, ora con insistencia y exhorta a los compaeros a orar devotamente a Dios. Es ms: obtiene respuesta en la oracin, y transmite a los hijos un mensaje de salud. La conversacin familiar de Cristo se da a conocer mediante parbolas: Francisco -le dice-, as hablars al papa: Haba en un desierto una mujer pobre, pero hermosa. Por su mucha hermosura lleg a amarla un rey; convino gustoso con ella, y tuvo de ella hijos graciossimos. Algo mayores ya stos y educados en nobleza, la madre les dice: "No os avergoncis, queridos, de ser pobres, pues sois todos hijos de un gran rey. Idos en hora buena a su corte y pedidle cuanto necesitis". Ellos, al or esto, se admiran y alegran, y, animados con que se les ha dado fe de su linaje real, sabedores de que son futuros herederos, la pobreza misma la miran ya como riqueza. Se presentan confiados al rey, sin temer severidad en l, cuyos rasgos ostentan. El rey se reconoce retratado en ellos, y pregunta, sorprendido, de quin son hijos. Y como ellos aseguraran ser hijos de una mujer pobre que vive en el desierto, abrazndolos dice: "Sois mis hijos y mis herederos; no temis. Si los extraos comen de mi mesa, ms justo es que me esmere yo en alimentar a quienes est destinada con todo derecho mi herencia". Y el rey manda luego a la mujer que enve a la corte, para que se alimenten en ella, todos los hijos tenidos de l. El Santo se llena de alegra con la parbola y lleva luego al papa la respuesta divina (11). 17. Esta mujer representaba a Francisco, por la fecundidad en muchos hijos, no por lo que tienen de molicie los hechos; el desierto es el mundo, inculto entonces y estril en enseanzas virtuosas; la descendencia hermosa y numerosa de hijos, el gran nmero de hermanos, hermoseado con toda suerte de virtudes; el rey, el Hijo de Dios, a quien, por la semejanza que les da la santa pobreza, reproducen configurados con l, y se alimentan de la mesa real, sin avergonzarse de su pobreza, pues, contentos de imitar a Cristo y viviendo de limosna, estn seguros de que a travs de los desprecios del mundo llegarn a ser bienaventurados. El seor papa se admira de la parbola propuesta y ve claro que Cristo mismo le ha hablado en este hombre. Se acuerda de una visin tenida pocos das atrs, que -afirma, ilustrado por el Espritu Santo- se cumplir precisamente en este hombre. Haba visto en el sueo que la baslica de Letrn estaba a punto de arruinarse y que un religioso pequeo y despreciable, arrimando la espalda, la sostena para que no cayera. Ciertamente -dijo- es este quien con obras y enseanzas sostendr la Iglesia de Cristo. Por eso, el seor papa accede con facilidad a la peticin de Francisco; por eso, lleno de devocin divina, am siempre con amor especial al siervo de Dios. Y le otorg luego lo pedido, y, ofrecido a l, prometi que le otorgara an mucho ms. Desde esa hora, en virtud de la facultad que se le haba concedido (12), Francisco empez a esparcir la semilla de virtudes y a predicar con mayor fervor por ciudades y castillos.

SANTA MARA DE LA PORCINCULA

Captulo XIIEl amor del Santo a este lugar, la vida de los hermanos en l y el amor de la Virgen Santsima a l 18. El siervo de Dios Francisco, pequeo de talla, humilde de alma, menor por profesin, estando en el siglo, escogi para s y para los suyos una porcioncilla del mundo, ya que no pudo servir de otro modo a Cristo sin tener algo del mundo. Pues no sin presagio divino se haba llamado de antiguo Porcincula este lugar (13) que deba caberles en suerte a los que nada queran tener del mundo. Es de saber que haba en el lugar una iglesia levantada en honor de la Virgen Madre, que por su singular humildad mereci ser, despus de su Hijo, cabeza de todos los santos. La Orden de los Menores tuvo su origen en ella, y en ella, creciendo el nmero, se alz, como sobre cimiento estable, su noble edificio. El Santo am este lugar sobre todos los dems, y mand que los hermanos tuviesen veneracin especial por l (cf. 1 Cel 106), y quiso que se conservase siempre como espejo de la Religin en humildad y pobreza altsima, reservada a otros su propiedad, teniendo el Santo y los suyos el simple uso (14). 19. Se observaba en l la ms estrecha disciplina en todo, tanto en el silencio y en el trabajo como en las dems prescripciones regulares. No se admitan en l sino hermanos especialmente escogidos, llamados de diversas partes, a quienes el Santo quera devotos de veras para con Dios y del todo perfectos. Estaba tambin absolutamente prohibida la entrada de seglares. No quera el Santo que los hermanos que moraban en l, y cuyo nmero era limitado, buscasen, por ansia de novedades, el trato con los seglares, no fuera que, abandonando la contemplacin de las cosas del cielo, vinieran, por influencia de charlatanes, a aficionarse a las de aqu abajo. A nadie se le permita decir palabras ociosas ni contar las que haba odo. Y si alguna vez ocurra esto por culpa de algn hermano, aprendiendo en el castigo, bien se precava en adelante para que no volviera a suceder lo mismo. Los moradores de aquel lugar estaban entregados sin cesar a las alabanzas divinas da y noche y llevaban vida de ngeles, que difunda en torno maravillosa fragancia. Y con toda razn. Porque, segn atestiguan antiguos moradores, el lugar se llamaba tambin Santa Mara de los Angeles. El dichoso Padre sola decir que por revelacin de Dios saba que la Virgen Santsima amaba con especial amor aquella iglesia entre todas las construidas en su honor a lo ancho del mundo, y por eso el Santo la amaba ms que a todas.

Captulo XIIICierta visin 20. Un hermano devoto de Dios haba tenido, antes de convertirse, una visin, relativa a la misma iglesia, que es digna de ser contada. Vea alrededor de esta iglesia incontables hombres heridos de ceguera lastimosa, de rodillas, con la faz vuelta al cielo. Todos, con voz que mova a lgrimas, levantadas las manos al cielo, invocaban a Dios, pidiendo misericordia y luz. De pronto sobrevino del cielo un gran resplandor, que, difundindose sobre todos, comunic luz y llev la curacin anhelada a cada uno.

TENOR DE VIDA DE SAN FRANCISCO Y DE LOS HERMANOS

Captulo XIVEl rigor de la disciplina 21. El bizarro caballero de Cristo no tena miramiento alguno con su cuerpo, al cual, como a extrao, le expona a toda clase de injurias de palabra y de obra. Quien intentara enumerar sus sufrimientos sobrepasara el relato del Apstol, que cuenta los que padecieron los santos (15). Otro tanto habra que decir de toda aquella primera escuela de hermanos, que se someta a toda clase de incomodidades, hasta el punto de considerar vicioso complacerse en algo que no fuera consuelo del espritu. Y hubieran desfallecido muchas veces al rigor de los aros de hierro y cilicios con que se cean y vestan, de las prolongadas vigilias y continuos ayunos con que se maceraban, de no haberse atenuado, por reiterados avisos del piadoso pastor, la dureza de tan gran mortificacin.

Captulo XVLa discrecin de San Francisco 22. Una noche, mientras los dems descansan, una de sus ovejas rompe a gritar: Hermanos, que me muero, que me muero de hambre! Se levanta luego el egregio pastor y corre a llevar el remedio conveniente a la oveja desfallecida. Manda preparar la mesa, y sta bien provista de exquisiteces rsticas, en la que, como muchas otras veces, el agua suple la falta de vino. Comienza a comer l mismo, y, para que el pobre hermano no se avergence, invita a los dems a hacer la misma obra de caridad. Despus de comer en el temor del Seor, para que no falte nada a los servicios de caridad, propone a los hijos una parbola extensa acerca de la virtud de la discrecin. Manda que siempre se ofrezca a Dios un sacrificio condimentado con sal (16) y les llama la atencin para que cada uno sepa medir sus fuerzas en su entrega a Dios. Ensea que es el mismo pecado negar sin discrecin al cuerpo lo que necesita y darle por gula lo superfluo. Y aade: Sabed, carsimos, que, si he comido, lo he hecho por obligacin (17) y no cediendo a mi deseo, ya que la caridad fraterna me lo ha dictado. Sea para vosotros ejemplo la caridad, no el hecho de comer, pues la caridad es pbulo del espritu, y la comida lo es de la gula.

Captulo XVILa providencia que tom para el porvenir, cmo encomienda la Religin a la Iglesia romana y una visin que tuvo 23. El Padre santo, que progresaba sin cesar en mritos y en virtud, viendo que sus hijos aumentaban en nmero y en gracia por todas partes y extendan sus ramos maravillosos por la abundancia de frutos hasta los confines de la tierra, se dio a pensar muchas veces con cuidado sobre el modo de conservar y de ayudar a crecer la nueva plantacin tenindola enlazada con lazo de unidad. Observaba ya entonces que muchos se revolvan furiosos, como lobos, contra la pequea grey, y que, envejecidos en la maldad, tomaban ocasin de hacer dao (cf. 1 Cel 74) por el solo hecho de su novedad. Prevea que entre los mismos hijos podran ocurrir percances contrarios a la santa paz y a la unidad, y, como sucede muchas veces entre los elegidos, dudaba de si llegara a haber algunos rebeldes, hinchados del sentimiento de su propia vala y dispuestos en su espritu a discordias e inclinados a escndalos.

24. Y como el varn de Dios diese en su interior muchas vueltas a estas y parecidas preocupaciones, una noche mientras dorma tuvo la siguiente visin. Ve una gallina pequea y negra, semejante a una paloma domstica, con las piernas y las patas cubiertas de plumas. La gallina tena incontables polluelos, que, rondando sin parar en torno a ella, no lograban todos cobijarse bajo las alas. Despierta el varn de Dios, repasa en su corazn lo meditado y se hace intrprete de su propia visin: Esa gallina -se dice- soy yo, pequeo de estatura y de tez negruzca, a quien por la inocencia de vida debe acompaar la simplicidad de la paloma, la cual, siendo tan extraa al mundo, vuela sin dificultad al cielo. Los polluelos son los hermanos, muchos ya en nmero y en gracia, a los que la sola fuerza de Francisco no puede defender de la turbacin provocada por los hombres, ni poner a cubierto de las acusaciones de lenguas enemigas. Ir, pues, y los encomendar a la santa Iglesia romana, para que con su poderoso cetro abata a los que les quieren mal y para que los hijos de Dios tengan en todas partes libertad plena para adelantar en el camino de la salvacin eterna. Desde esa hora, los hijos experimentarn las dulces atenciones de la madre y se adherirn por siempre con especial devocin a sus huellas veneradas (18). Bajo su proteccin no se alterar la paz en la Orden ni hijo alguno de Belial (19) pasar impune por la via del Seor. Ella que es santa emular la gloria de nuestra pobreza y no consentir que nieblas de soberbia desluzcan los honores de la humildad. Conservar en nosotros inviolables los lazos de la equidad y de la paz imponiendo seversimas penas a los disidentes. La santa observancia de la pureza evanglica florecer sin cesar en presencia de ella y no consentir que ni por un instante se desvirte el aroma de la vida. Esto es lo que el santo de Dios nicamente busc al decidir encomendarse a la Iglesia; aqu se advierte la previsin del varn de Dios, que se percata de la necesidad de esta institucin para tiempos futuros.

Captulo XVIICmo pidi que el obispo de Ostia hiciese las veces de papa 25. Al llegar el varn de Dios a Roma fue recibido con mucha devocin por el seor papa Honorio y por todos los cardenales. Y es que cuanto haba difundido la fama brillaba en la vida, resonaba en el habla, y ante eso no poda faltar la devocin. Predica ante el papa y los cardenales con resolucin y fervor, hablando de su plenitud cuanto el Espritu le sugera. A su palabra se conmueven los montes (20), y, prorrumpiendo stos en profundos suspiros que brotan desde sus mismas entraas, lavan con lgrimas al hombre interior. Despus de predicar conversa familiarmente por algn tiempo con el papa y le hace esta peticin: Como sabis, seor, los pobres y despreciados no pueden llegar fcilmente a tan alta majestad. Tenis el mundo entero en vuestras manos y las enormes preocupaciones no os dejan tiempo para ocuparos de asuntos de menos monta. Por eso, seor -concreta Francisco-, acudo a las entraas de vuestra santidad, para que nos concedis, con veces de papa, al seor obispo de Ostia aqu presente, para que, sin mengua de vuestra dignidad, que est sobre todas las dems, los hermanos puedan recurrir en sus necesidades a l y beneficiarse con su amparo y direccin. Agrad al papa esta santa peticin, y, como haba pedido el varn de Dios, confi luego la Orden al seor Hugolino, que era entonces obispo de Ostia. El santo cardenal toma a su cuidado la grey que se le confa, y, hecho padre solcito de la misma, fue hasta su dichosa muerte su pastor y director (21). A esta sumisin especial se debe la prerrogativa de amor y la solicitud que la santa Iglesia romana nunca cesa de manifestar a la Orden de los Menores.

PARTE SEGUNDA

Introduccin26. Dejar para recuerdo de los hijos constancia de las glorias de los padres que han precedido, indica honra de los padres, amor de los hijos. Quienes no llegaron a conocerles personalmente, al menos con sus hechos se sienten provocados al bien, se sienten promovidos a mejorar cuando los padres, distanciados por el tiempo, vuelven a recordar a sus hijos enseanzas dignas de memoria. Pero considero al bienaventurado Francisco como espejo santsimo de la santidad del Seor e imagen de su perfeccin. Quiero decir que todas sus palabras y acciones exhalan un aroma divino, y si dan con alguien que las considera atentamente y es discpulo humilde, muy pronto, imbuido de enseanzas saludables, lo llevan a amar eso que es la ms alta filosofa. Despus de haber adelantado ya, con sencillez y como de pasada, algunas cosas de San Francisco, creo que no estar de ms aadir unas cuantas entre muchas, de modo que el Santo quede avalado, y nuestro amor decado, estimulado.

ESPRITU DE PROFECA QUE TUVO SAN FRANCISCO

Captulo I27. Elevado, en cierto modo, sobre las realidades mundanas, el bienaventurado Padre haba sometido con admirable eficacia las cosas de la tierra; y, teniendo puesta siempre la mirada de su entendimiento en la luz suprema, conoca por revelacin no slo lo que l haba de hacer, sino que predeca muchos sucesos con espritu de profeca, escudriaba los secretos de los corazones, conoca las cosas lejanas, prevea y anunciaba de antemano el porvenir. Los ejemplos van a probar lo que decimos.

Captulo IICmo descubre la impostura de un hermano tenido por santo 28. Haba un hermano que, a juzgar por las apariencias, se distingua por una vida de santidad excepcional; pero era l muy singular. Entregado a todas horas a la oracin, guardaba un silencio tan riguroso, que tena por costumbre confesarse no de palabra, sino con seas. Con las palabras de la Sagrada Escritura conceba un gran ardor, y, oyndolas, se mostraba transido de extraa dulzura. Pero a qu continuar? Todos lo tenan por tres veces santo. Lleg un da al lugar el bienaventurado Padre, vio al hermano, escuch al santo. Y como todos lo encomiaran y enaltecieran, observ el Padre: Dejadme, hermanos, y no me ponderis en l las tretas del diablo. Tened por cierto que es caso de tentacin diablica y un engao insidioso. Para m esto es claro, y prueba de ello es que no quiere confesarse. Muy duro se les haca a los hermanos or esto, sobre todo al vicario del Santo. Y objetan: Cmo puede ser verdad que

entre tantas seales de perfeccin entren en juego ficciones engaosas? Responde el Padre: Amonestadle que se confiese una o dos veces a la semana; si no lo hace, veris que es verdad lo que os he dicho. Lo toma aparte el vicario y comienza por entretenerse familiarmente con l y le ordena despus la confesin. El hermano la rechaza, y con el ndice en los labios, moviendo la cabeza, da a entender por seas que en manera alguna se confesar. Callaron los hermanos, temiendo un escndalo del falso santo. Pocos das despus abandona ste, por voluntad propia, la Religin, se vuelve al siglo, retorna a su vmito. Y, duplicada su maldad, qued privado de la penitencia y de la vida. Hay que evitar siempre la singularidad, que no es sino un precipicio atrayente. Lo han experimentado muchos tocados de singularidad, que suben hasta los cielos y bajan hasta los abismos. Atiende, en cambio, la eficacia de la confesin devota, que no slo hace, sino que da a conocer al santo.

Captulo IIIOtro caso parecido contra la singularidad 29. Algo parecido ocurri con otro hermano llamado Toms de Espoleto. Todos lo tenan en buen concepto y emitan juicio seguro de su santidad. Mas la apostasa comprob el juicio del santo Padre, que lo crea un perverso. No persever por mucho tiempo, como tampoco dura mucho la virtud que se disfraza con disimulo. Sali de la Religin, y, al morir fuera de ella, slo entonces se dio cuenta de lo que haba hecho.

Captulo IVCmo predijo la derrota de los cristianos en Damieta 30. Cuando el ejrcito de los cristianos asediaba Damieta, estaba presente el santo de Dios con sus compaeros, que haban atravesado el mar con ansias de martirio (22). Y como los nuestros se preparasen a la batalla para el da sealado, oyndolo el Santo, se doli en lo profundo. Y dijo al que le acompaaba: Si el encuentro tiene lugar en ese da, me ha dado a entender el Seor que no se les resolver en xito a los cristianos. Pero, si descubro esto, me tomarn por fatuo; y, si me callo, la conciencia me lo reprochar. Dime: qu te parece? Respondi el compaero: Padre, no se te d nada ser juzgado por los hombres, que no es precisamente ahora cuando vas a empezar a ser tenido por fatuo. Descarga tu conciencia y teme, ms bien, a Dios que a los hombres. Corre luego el Santo y se enfrenta a los cristianos con consejos saludables, disuadindoles de la batalla, anuncindoles la derrota. Los cristianos hacen escarnio de la verdad: se endurecieron en su corazn y no quisieron tomar en consideracin el aviso. Se van. Se entabla el combate. Se lucha. Muchos de los nuestros se ven acorralados por el enemigo. Durante el combate, el Santo, con el alma en vilo, hace que el compaero se levante a observar, y como ni a la primera ni a la segunda ha visto nada, le manda observar por tercera vez. Y ve ah que todo el ejrcito cristiano se da a la fuga, reportando de la batalla la deshonra en vez del triunfo. Y fue tal el desastre de los nuestros, que quedaron muy reducidos, pues entre muertos y cautivos perdieron 6.000. Consuma, por tanto, al Santo la compasin que senta de ellos, y no menos a ellos el arrepentimiento de lo que haban hecho. Y lloraba, sobre todo, por los espaoles, al ver que su arrojo los haba diezmado (23).

Conozcan esto los prncipes de toda la tierra y sepan que no es fcil guerrear contra Dios, es decir, contra la voluntad del Seor. La obstinacin -que al apoyarse en las propias fuerzas desmerece la ayuda del cielo- suele tener un fin desastrado. De esperar del cielo la victoria, hay que entablar las batallas con espritu de sumisin a Dios.

Captulo VDe un hermano cuyos secretos de alma conoci 31. Al volver de ultramar en compaa del hermano Leonardo de Ass, el Santo, por la fatiga del camino y por su debilidad, tuvo que montar por algn tiempo sobre un asno. El compaero que le segua, fatigado tambin l, y no poco, comenz a decir para s, vctima de la condicin humana: Los padres de l y los mos no se divertan juntos. Y ahora l va montado y yo voy a pie conduciendo el asno. Iba pensando esto el hermano, cuando de pronto se desmont el Santo y le dijo: No, hermano, no est bien que yo vaya montado y t a pie, pues en el siglo t eras ms noble y poderoso que yo. Qued sorprendido el hermano, y, todo ruborizado, se reconoci descubierto por el Santo. Se le postr a los pies, y, baado en lgrimas, confes su pensamiento, ya patente, y pidi perdn.

Captulo VIEl hermano sobre quien vino el diablo. Contra los que se apartan de la comunidad 32. Haba otro hermano famoso ante los hombres, ms famoso an ante Dios por la gracia. El padre de toda envidia, envidioso de las virtudes de aqul, intenta abatir el rbol que tocaba en los cielos y arrebatar de las manos la corona: ronda, sacude, descubre y ventea las tendencias del hermano, tanteando el modo de ponerle un tropiezo que sea eficaz. Y, so pretexto de mayor perfeccin, le sugiere el deseo de apartarse de los dems, para hacerle al fin caer ms fcil arremetiendo contra l al estar solo, ya que, cado y solo, no tenga quien lo levante (Eclo 4,10). Qu pas? Se aparta de la Religin de los hermanos y se va como peregrino y husped por el mundo. Hizo del hbito una tnica corta, llevaba la capucha descosida de la tnica, y andaba en esa forma por la tierra, desprecindose en todo. Pero andando as, al faltarle luego los consuelos divinos, comenz a fluctuar en medio de tentaciones borrascosas. Le inundaron las aguas hasta el fondo del alma, y, sufriendo la desolacin del hombre interior y exterior, corre como pjaro que se precipita en la red. Al borde casi del abismo, estaba ya en peligro de caer en l, cuando la mirada providente del Padre, compadecido del miserable, le mir con bondad. Y l, sacando leccin de la acometida, vuelto por fin en s, se dijo: Torna, miserable, a la Religin, que en ella est tu salvacin. No aguarda ms: se levanta luego y corre al regazo de la madre. 33. Y cuando lleg a Siena, al lugar de los hermanos, San Francisco estaba all. Y cosa extraa! No bien lo vio, huy de l el Santo y se encerr precipitadamente en la celda. Turbados los hermanos, indagan la causa de la huida. Les responde el Santo: Por qu os sorprendis sin saber la causa de la huida? He corrido a refugiarme en la oracin para librar a este equivocado. He visto en el hijo algo que con razn me ha disgustado; pero, gracias a Cristo, el engao se ha desvanecido ya del todo. El hermano se arrodill, y, cubierto de rubor, se confes culpable. El Santo le dijo: Perdnete el Seor, hermano. Pero en adelante ten cuidado de no separarte de tu Religin y de tus hermanos ni con pretexto de santidad. Y, desde entonces, el hermano se hizo

amigo de estar reunido y vivir en fraternidad, apreciando, sobre todo, los grupos en los que ms brillaba la observancia regular. Grandes son las obras del Seor en la congregacin, en la asamblea de los santos! En ella los tentados resisten, los cados se levantan, los tibios se animan, el hierro con el hierro se aguza, y el hermano, al amparo del hermano, llega a tener la seguridad de una ciudad fuerte, y, aunque por la turbamulta del mundo no puedas ver a Jess (cf. Lc 19,3), en nada te estorba, por cierto, la de los ngeles del cielo. Tan slo esto: no huyas, y, fiel hasta la muerte, recibirs la corona de la vida. 34. Un caso muy parecido ocurri poco despus con otro hermano. No se someta ste al vicario del Santo, sino que tena por maestro propio otro hermano. Pero, advertido -mediante un intermediario- por el Santo, que estaba all (24), se ech luego a los pies del vicario, y, abandonando al maestro de antes, se somete a la obediencia de aquel a quien el Santo le haba sealado como prelado. En esto, el Santo suspir profundamente y dijo al compaero que haba hecho de mediador: Hermano, he visto sobre los hombros del hermano desobediente al diablo, que le apretaba el cuello. Sometido a semejante caballero, despreciando el freno de la obediencia, segua las bridas de sus sugestiones. Y -aadi- como rogara yo al Seor por l, al instante se alej el demonio, abatido. Tan grande era la penetracin de este hombre, de ojos debilitados para ver las cosas corporales, perspicaces para las espirituales. Y qu extrao, si se carga sobre s un peso ignominioso quien no quiere llevar al Seor de la majestad? No hay trmino medio: o llevas la carga ligera (Mt 11,30), que, por mejor decir, te llevar a ti, o, colgada a tu cuello una muela de molino, la maldad te hunde a ti en un mar de plomo.

Captulo VIICmo libr de lobos feroces y del granizo a la poblacin de Greccio 35. El Santo moraba a gusto en Greccio, en el lugar de los hermanos, ya porque lo encontrara rico en pobreza, ya porque en una celdilla ms apartada, adaptada en el saliente de una roca, se entregaba con ms libertad a las ilustraciones del cielo. ste es el lugar en que, hecho nio con el Nio, celebr, tiempo ha, la navidad del Nio de Beln (cf. 1 Cel 86). Suceda por entonces que la poblacin era acometida de muchas desgracias: bandadas de lobos rapaces devoraban no slo animales, sino tambin hombres, y el granizo asolaba cada ao mieses y viedos. Predicando un da San Francisco, les dijo: En honor y alabanza del Dios todopoderoso, od la verdad que os anuncio: si cada uno de vosotros confiesa sus pecados y hace dignos frutos de penitencia, yo os doy palabra de que todas esas plagas se alejarn y de que, mirndoos con amor el Seor, os enriquecer con bienes temporales. Pero -aadi- od tambin esto: os anuncio asimismo que, si, desagradecidos a los beneficios, volviereis al vmito (2 Pe 2,22), sobrevendr de nuevo la plaga, se duplicar el castigo, y la ira de Dios se encender an ms sobre vosotros. 36. Y, de hecho, por los mritos y las oraciones del Padre santo, cesaron desde entonces los desastres, se retir el peligro, y los lobos y el granizo no les causaron ningn dao. Y lo que es ms asombroso: si alguna vez caa granizo en campos vecinos, al acercarse a los de Greccio, o cesaba o se desviaba. Ya tranquilos, los habitantes de Greccio crecieron mucho en nmero y se enriquecieron en demasa de bienes temporales. Pero pas lo que pasa con la prosperidad: que los rostros se abotargan de gordura y se ciegan con la grosura, o, por mejor decir, con la basura de los bienes temporales. Cayendo, en fin, en culpas ms graves, se olvidaron de Dios, que los haba salvado.

Mas no impunemente, porque la sancin de la justicia divina castiga menos la cada que la recada. Se despierta, pues, la ira de Dios contra ellos, y a la vuelta de los males ahuyentados se uni ahora la espada de los hombres, y la mortandad ordenada por el cielo acab con muchsimos; en una palabra, el castro entero qued abrasado por las llamas vengadoras (25). Es bien justo que a quienes vuelven las espaldas a los beneficios caiga sobre ellos la destruccin.

Captulo VIIICmo, predicando a los habitantes de Perusa, les predijo una sedicin que habra entre ellos, y recomendacin de la concordia 37. Pocos das despus, una vez que baj de la mencionada celda, el bienaventurado Padre dijo con voz de queja a los hermanos que estaban all: Mucho mal han hecho los perusinos a sus comarcanos y su corazn se ha ensoberbecido, para deshonra suya. Pero el castigo de Dios se avecina, ya tiene puesta su mano en la espada. A los pocos das se levanta movido por el fervor del espritu y se encamina hacia la ciudad de Perusa. Los hermanos pudieron apreciar claramente que haba tenido alguna visin en la celda. En cuanto llega a Perusa, se pone a predicar al pueblo, reunido de antemano; mas como unos caballeros corrieran, como es costumbre, en torneos y juegos de a caballo con lances de armas e impidieran or la palabra de Dios, el Santo, vuelto a ellos, dijo entre sollozos: Perversidad deplorable la vuestra, hombres dignos de compasin, que no reparis ni temis el juicio de Dios! Pero od lo que el Seor os hace saber por m, pobrecillo. El Seor os ha encumbrado -aadisobre cuantos viven en vuestro derredor, por lo que deberais ser mejores con los comarcanos y ms agradecidos con Dios. Pero, ingratos al favor, acometis con mano armada a los comarcanos, los matis y los asolis. Os aseguro que no quedaris sin escarmiento, porque Dios har que vosotros, para castigo ms violento, caigis en la ruina por una guerra civil, de modo que, amotinados, os levantis el uno contra el otro. La indignacin de Dios ensear a quienes la dignacin no ense. No muchos das despus, desencadenada entre ellos la discordia, empuan las armas contra el prjimo: los del pueblo arremeten contra los caballeros, y los caballeros, espada en mano, contra los del pueblo. Se lucha, en fin, con tal fiereza y tanta mortandad, que hasta los comarcanos, a quienes haban hecho tanto mal, se compadecan de ellos (26). Sancin digna de alabanza! Pues se haban apartado del que es uno y sumo, era inevitable que no hubiese unin entre ellos. No hay lazo capaz de unir ms estrechamente a los hombres de un pueblo como el amor filial a Dios, y la fe no fingida, sino sincera.

Captulo IXUna mujer a la que predijo la conversin de su marido 38. Por aquellos das, el varn de Dios marchaba a Celle di Cortona; enterada una mujer noble del castillo llamado Volusiano, corre a su encuentro; fatigada por la larga caminata, ella, que era blanda ya de por s y delicada, lleg por fin a donde el Santo. El Padre santsimo, al notar el cansancio y la respiracin entrecortada de la mujer, compadecido, le dijo: Qu quieres, seora? Padre, que me bendigas. Y el Santo: Eres casada o no? Padre -respondi ella-, tengo un marido cruel, y sufro con l, porque me estorba en el servicio de Jesucristo. ste es mi dolor ms grande: el de no poder llevar a la prctica, por impedrmelo el marido, la buena voluntad que Dios me ha inspirado. Por eso, te pido a ti, que eres santo, que ruegues por l, para que la misericordia divina le humille el corazn.

Admira el Santo la fortaleza viril de la mujer, la madurez de alma de la joven, y, movido a piedad, le dice: Vete, hija bendita, y sbete que tu marido te dar muy pronto un consuelo. Dile, de parte de Dios y de la ma -aadi-, que ahora es el tiempo de salvacin, y despus el de la justicia. Con la bendicin del Santo, se vuelve la mujer, encuentra al marido, le comunica el mensaje. De repente, el Espritu Santo descendi sobre l, y, cambindolo de hombre viejo en nuevo, le hace hablar con toda mansedumbre en estos trminos: Seora, sirvamos al Seor y salvemos nuestras almas en nuestra casa (27). Replic la mujer: Me parece que hay que poner la continencia por cimiento seguro del alma, y luego edificar sobre ella las dems virtudes. Eso es -dijo l-; como a ti, tambin a m me place. Y, llevando desde entonces, por muchos aos, vida de clibes, murieron santamente en el mismo da, como holocausto de la maana el uno y sacrificio de la tarde el otro. Dichosa mujer, que abland as a su seor para la vida! Se cumple en ella aquello del Apstol: Se salva el marido infiel por la mujer fiel (1 Cor 7,14). Pero dir con un adagio popular: mujeres como sa pueden contarse hoy con los dedos de una mano.

Captulo XCmo supo en espritu que un hermano haba escandalizado a otro hermano y predijo de l que dejara la Religin 39. Hace algn tiempo vinieron de la Tierra de Labor (28) dos hermanos, el mayor de los cuales dio muchos escndalos al joven. Haba sido, por decirlo as, tirano y no compaero. Pero el joven lo sufra todo por Dios en silencio admirable. Habiendo llegado a Ass y entrando el joven a donde estaba San Francisco (le era, por cierto, familiar al Santo), le pregunt el Santo entre otras cosas: Cmo se ha portado contigo el compaero en este viaje? De verdad que muy bien (cf. LM 11,13), amadsimo Padre. Y el Santo: Cuidado, hermano! No mientas so capa de humildad, porque s cmo se ha portado contigo; pero espera un poco y vers. Mucho se admir el hermano de que el Santo hubiese conocido por el Espritu cosas sucedidas tan lejos. No muchos das despus, en efecto, el que haba escandalizado a su hermano sale de la Religin, desprecindola. Indudablemente, es seal de maldad y argumento evidente de poco seso no llevar una misma voluntad llevando un mismo camino con un buen compaero.

Captulo XICmo conoci que a un joven que vino a la Religin no le guiaba el espritu de Dios 40. Por aquellos mismos das vino a Ass un muchacho noble de Luca que quera entrar en la Religin. Presentado a San Francisco, le peda de rodillas y con lgrimas que le recibiera. Y, mirndolo detenidamente el varn de Dios, conoci al pronto, por inspiracin del Espritu, que no era buena la intencin que animaba al muchacho. Y le dijo: Desgraciado y carnal, cmo crees poder engaar al Espritu Santo y a m? Tu llanto es carnal y tu corazn no est en Dios. Vete -intim-, porque no gustas nada espiritualmente.

Apenas haba dicho esto el Santo, avisan que los padres estn a la puerta y buscan al hijo para llevarle consigo; y, saliendo luego ste, se volvi gustoso con ellos. Los hermanos quedan admirados del suceso, alabando al Seor en su santo.

Captulo XII Un clrigo curado por l, a quien, a causa de sus pecados, predijo males ms graves 41. Cuando el santo Padre yaca enfermo en el palacio episcopal de Rieti, un cannigo de nombre Geden, sensual y mundano, guardaba cama, enfermo y aquejado de dolores en todo el cuerpo. Hacindose llevar a San Francisco, ruega con lgrimas que le haga sobre s la seal de la cruz. Le replica el Santo: Cmo quieres que te signe con la seal de la cruz, si has vivido satisfaciendo la concupiscencia de la carne, sin temor de los juicios de Dios? Te signo -aadi- en el nombre de Cristo; pero sbete que si, curado ya, vuelves al vmito, vendrn sobre ti males an ms graves. E insisti: Por el pecado de ingratitud acaecen a la postre daos peores que a los comienzos. Hecha la seal de la cruz, el que haba estado tullido, se levant luego sano, y, prorrumpiendo en alabanzas, dijo: Estoy curado. Y los huesos de la cintura hicieron chasquidos, que oyeron muchos, como cuando se rompe la lea seca con las manos. Pero despus de una corta temporada, olvidado de Dios, el clrigo se dio otra vez a los desrdenes carnales. Habiendo cenado una tarde en casa de un cannigo y durmiendo en ella aquella noche, se derrumb inesperadamente el techo sobre todos los de la casa. Escaparon los dems de la muerte; slo el miserable pereci aplastado. No hay que extraar que, como dijo el Santo, las postrimeras fuesen para el cannigo peores que los comienzos, pues el perdn obtenido reclama agradecimiento y la recada en la culpa ofende al doble.

Captulo XIII Un hermano tentado 42. Continuaba el Santo en el mismo lugar. Un hermano espiritual de la custodia de Mrsica (29), atormentado por tentaciones pesadas, se dijo para s: Si pudiera tener, al menos, un pedacito de las uas de San Francisco, estoy seguro de que se desvanecera toda esta tempestad de tentaciones y, con el favor del Seor, volvera la calma. Con el debido permiso, se va al lugar, expone el asunto a un compaero del Padre santo. Le responde el hermano: No creo que me sea posible consegurtelas, pues, aunque se las cortamos de vez en cuando, manda que las arrojemos, prohibindonos su conservacin. De pronto llaman a este hermano y le ordenan que se presente al Santo, que lo busca. Hijo -le dice-, hazte con unas tijeras para cortarme las uas. Se las presenta el hermano, que previamente las haba tomado con esa intencin; y, recogiendo los recortes, se los entrega al hermano que los haba solicitado. ste los recibe con devocin, con mayor devocin an los conserva, y se ve luego libre de todo asalto.

Captulo XIV

Un hombre que ofreci el pao segn lo haba pedido antes el Santo 43. Una vez, en el mismo lugar (30), el Padre de los pobres, que vesta una tnica vieja, dijo a uno de sus compaeros, a quien haba nombrado su guardin (cf. Test 27-28): Hermano, quisiera que, si puedes, me busques pao para una tnica. Odo esto, el hermano se pone a pensar cmo pueda lograr el pao tan necesario y tan humildemente pedido. Al da siguiente muy de maana, ya en la puerta para salir a la villa en busca del pao, se da de cara con un hombre que estaba sentado a la entrada en espera de hablar con el hermano; y le dijo: Recbeme, por amor de Dios, este pao que da para seis tnicas, y, reservndote una, distribuye las dems como quieras, para bien de mi alma. Lleno de alegra, vuelve el hermano a donde Francisco y le da la noticia de la oferta hecha por el cielo. El Padre le dice: Recibe las tnicas, pues fue enviado para atender de esa manera a mi necesidad. Sean dadas gracias -aadi- a aquel que parece ocuparse de nosotros.

Captulo XV Cmo convid a su mdico a comer en ocasin en que los hermanos no tenan qu darle y cmo, de pronto, provey el Seor; y la providencia de Dios con los suyos 44. Mientras el bienaventurado varn moraba en un eremitorio cercano a Rieti, lo visitaba todos los das el mdico para curarle los ojos. Un da dijo el Santo a los suyos: Convidad al mdico y dadle de comer muy bien. Le respondi el guardin: Padre, confesamos con rubor: tan pobres como nos encontramos ahora, nos da vergenza convidarlo. El Santo le replic: Qu queris, que os lo repita? El mdico, que estaba presente, observ: Carsimos hermanos, para m ser un placer participar de vuestra pobreza. Los hermanos se ponen en movimiento y colocan sobre la mesa cuanto hay en la despensa: un poco de pan, no mucho vino y, para ms regalo, algunas legumbres que vienen de la cocina. Entretanto, la mesa del Seor se compadece de la mesa de los siervos: llaman a la puerta, se acude enseguida. Y he aqu que una mujer les obsequia con una cesta repleta de provisiones: una hogaza sabrosa, peces, ensaimadas de camarones y, para colmo, miel y racimos de uvas. Ante esto, la mesa de los pobres se alegra, y, dejando para el da siguiente los alimentos de pobres, comen hoy los manjares exquisitos. Conmovido muy de veras, el mdico exclam: Ni vosotros los hermanos, como debierais, ni nosotros los seglares comprendemos la santidad de este hombre. Cierto que hubieran podido hartarse comiendo, si el milagro no los hubiera llenado ms que las viandas. Es que la mirada del Padre no se despreocupa de los suyos, antes bien con mayor providencia mantiene a los que mendigan con mayor necesidad. Como quiera que Dios es ms generoso en su liberalidad que el hombre, el pobre disfruta de una mesa ms copiosamente abastecida que el tirano. Cmo libr de una tentacin al hermano Ricerio 44bis. Un hermano llamado Ricerio, noble de familia y de costumbres, esperaba tanto de los mritos del bienaventurado Francisco, que crea merecer, desde luego, la gracia de Dios el que tena a favor la benevolencia del Santo, o la indignacin de Dios el que careca de ella. Y anhelaba de corazn alcanzar el favor de la confianza del Santo; pero tema mucho que ste descubriera en l cualquier asomo de defecto que le era imperceptible, y por eso se encontrase l ms ajeno a su favor.

Sufriendo as esta afliccin continua y pesada, que no manifestaba a nadie, ocurri un da que, turbado como sola estar el hermano, se acerc a la celda en que el bienaventurado Francisco haca oracin. El varn de Dios, que se dio cuenta a la par de su llegada y de su estado de nimo, lo llam afectuosamente y le dijo: Hijo, en adelante no te turbe ningn temor, ninguna tentacin, porque me eres muy amado y te distingo con especial aprecio entre los que me son ms amados. Ven a m con confianza cuando quieras, y libremente, cuando quieras, me dejas. Se admir no poco el hermano y se alegr con las palabras del santo Padre; y en adelante, seguro del aprecio de ste, creci tambin, segn haba credo, en la gracia del Salvador (cf. 1 Cel 49-50).

Captulo XVI Dos hermanos a quienes, saliendo de la celda, bendijo, conocido por inspiracin del espritu el deseo que tenan 45. San Francisco acostumbraba pasar todo el da en la celda apartada, sin volverse a los hermanos ms que cuando necesitaba tomar algn alimento; y no a las horas sealadas para la comida, porque ms viva era en l el hambre de la contemplacin, que lo reclamaba del todo para s con mucha ms frecuencia. Un da llegaron de lejos al lugar de Greccio dos hermanos que vivan una vida grata a Dios. El nico motivo del viaje era ver al Santo y recibir de l la bendicin haca tiempo deseada. Pero al llegar no lo encontraron, porque se haba retirado de entre los hermanos a la celda, y se entristecieron notoriamente. Por otra parte, la incerteza de cundo saldra supona una larga espera. Se alejan, pues, ya, abatidos, echando la culpa del fracaso a habrselo merecido. Iban como a un tiro de piedra del lugar, acompaados de algunos que moraban con el bienaventurado Francisco y que trataban de consolarlos, cuando de pronto el Santo, que los sigue, llama y dice a uno de los compaeros: Di a mis Hermanos que han venido aqu que me miren. Y, al volver ellos la cara hacia l, los sign con la seal de la cruz y los bendijo con muchsimo afecto. Con esto, ellos, doblemente contentos, porque haban logrado con ventaja su intento y un milagro, se volvieron alabando y bendiciendo al Seor.

Captulo XVIICmo por su oracin sac agua de la roca y la dio a beber a un campesino 46. Una vez, el bienaventurado Francisco quiso ir a cierto eremitorio (31) para darse all ms libremente a la contemplacin; sintindose bastante dbil, obtuvo de un hombre pobre un asno para el viaje. Montaa arriba en das de verano, el campesino, fatigado por el camino escabroso y largo que haca siguiendo al varn de Dios, se resiente y desfallece de sed antes de llegar al lugar. Comienza a gritar tras el Santo con vehemencia y pide que se le compadezca; asegura que se muere de sed si no se le reanima con el alivio de una bebida. El santo de Dios, compasivo siempre con los abatidos, salt en seguida del asno e hincado de rodillas, alzando las manos al cielo, no ces de orar hasta saberse escuchado. Ven pronto -dijo despus al campesino-, y encontrars all agua viva, que Cristo en su misericordia ha hecho brotar ahora de la piedra para que bebas t. Dignacin estupenda de Dios, que se inclina tan fcil a sus siervos! Gracias a la oracin del Santo, el campesino bebi del agua que haba brotado de la piedra, apag la sed en la roca dursima. Y aguas no las hubo all antes, ni han sido descubiertas despus, como se ha comprobado escrupulosamente. Qu extrao que quien est lleno del Espritu Santo reproduzca, a su vez, los prodigios obrados por todos los justos? Ni es para asombrarse si quien, por donacin de gracia especial, es uno con Cristo, realiza prodigios semejantes a los de los otros santos.

Captulo XVIIILas avecillas que aliment y cmo una de ellas pereci por voraz 47. Estaba un da el bienaventurado Francisco sentado a la mesa con los hermanos; aparecen dos avecillas, macho y hembra, que, solcitas por sus cras, a satisfaccin de su deseo, recogen cada da de la mesa del Santo unas migajas. El Santo se alegra con las avecillas, las acaricia, como acostumbra, y cuida de darles de comer. Un buen da, la pareja presenta los pajarillos a los hermanos, como en seal de gratitud por haberlos alimentado, y, confindoselos, desaparecen ya del lugar. Los pajarillos se hacen a los hermanos, y, posndose en sus manos, estn en casa no como huspedes, sino como quien habita junto a los hermanos. Huyen a la vista de los seglares; y se dan a conocer como quienes han sido criados tan slo por los hermanos. Observa esto el Santo y queda asombrado, e invita a los hermanos a alegrarse: Ved -dice- lo que han hecho nuestros hermanos petirrojos; ni que tuvieran inteligencia. Como que nos han dicho: "Mirad, hermanos, os dejamos nuestros hijuelos que se han alimentado de vuestras migas. Haced de ellos lo que queris; nosotros nos vamos a otros lares". As, pues, los pajarillos se familiarizan del todo con los hermanos y comen junto con ellos. Pero la voracidad viene a deshacer la unin cuando la altanera de uno mayor persigue a los ms pequeos. Comiendo l por placer hasta hartarse, impide que los dems coman. Mirad -dice el Padre- lo que hace ese glotn; pletrico l y harto, no puede ver que los hermanos que tienen hambre coman. Con muerte bien triste va a desaparecer. Al dicho del Santo sigue luego el castigo. El perturbador de los hermanos se posa, para beber, sobre una vasija, y, cayendo de improviso en el agua, perece ahogado; y ni gato ni bestia alguna os tocar el ave que haba incurrido en la maldicin del Santo. Horrenda tiene que ser la codicia en los hombres, cuando en las aves es castigada con tanto rigor. Y de temer tambin la condena de los santos, que atrae tan fcilmente el castigo.

Captulo XIXCmo se cumpli al detalle cuanto predijo del hermano Bernardo 48. Otra vez habl as, en profeca, del hermano Bernardo, que fue el segundo en la Orden: Os digo que para probar al hermano Bernardo han sido asignados demonios muy astutos y los ms malos entre los malos; pero, por ms que se empeen incansables en hacer caer del cielo la estrella, el resultado, sin embargo, ser muy otro. Cierto que ser atribulado, aguijoneado, congojado, pero al fin triunfar de todo. Y aadi: Al acercrsele la muerte, calmada toda tempestad, ya vencida toda tentacin, disfrutar de admirable serenidad y paz, y al trmino de la carrera de la vida volar felizmente a Cristo. Y de hecho as fue: su muerte resplandeci en milagros, y tal como lo haba predicho el varn de Dios, as sucedi al detalle; por lo que a su muerte dijeron los hermanos: A la verdad, mientras viva, no fue conocido este hermano. Pero dejamos a otros cantar las alabanzas del hermano Bernardo (32).

Captulo XXEl hermano tentado que quera tener algn escrito de puo y letra del Santo

49. Sucedi al tiempo que viva el Santo en el monte Alverna. l permaneca retirado en la celda. Uno de los compaeros (33) deseaba con mucho afn tener por escrito, para que le confortase, alguna de las palabras del Seor, acompaada de una breve anotacin manuscrita de San Francisco. Crea, en efecto, que con eso desaparecera, o se aliviara por lo menos, una tentacin molesta -no de la carne, sino del espritu- que lo atormentaba. Aunque se consuma con este deseo, le daba pavor descubrirlo al Padre santsimo; pero a quien no se lo manifest el hombre, se lo revel el Espritu. Y as, un da llama el bienaventurado Francisco al hermano y le dice: Treme papel y tinta, porque quiero escribir unas palabras del Seor y sus alabanzas que he meditado en mi corazn. En cuanto los tuvo a mano, escribi de su puo y letra las alabanzas de Dios y las palabras que quiso, y, por ltimo, la bendicin para el hermano, a quien dijo: Toma para ti este pliego y consrvalo cuidadosamente hasta el da de tu muerte. Al instante desaparece del todo la tentacin; se guarda el pliego, que despus ha hecho prodigios.

Captulo XXIEl mismo hermano a quien, por satisfacerle, dio una tnica 50. Con el mismo hermano se manifest otro caso maravilloso. Esto ocurri mientras el Santo yaca enfermo en el palacio de Ass (34). El mencionado hermano pens para s: Ya el Padre se avecina a la muerte; mi alma experimentara grandsimo consuelo si, una vez que haya muerto, lograra tener yo la tnica de mi Padre. Como si el deseo del corazn hubiera sido una peticin hecha de palabra, lo llama poco despus el bienaventurado Francisco y le dice: Te doy esta tnica; tmala, que quede para ti; aunque yo la vista mientras vivo, sin embargo, que pase a ti despus de mi muerte. El hermano, admirado de la profunda penetracin del Padre, tom al fin, consolado, la tnica, que ms tarde, por santa devocin, fue llevada a Francia.

Captulo XXIIEl perejil que, a su mandato, se encontr de noche entre hierbas del campo 51. Hacia el fin de su enfermedad, una noche le apeteci comer perejil (35), y lo pidi humildemente. Llamado el cocinero para que se lo trajera, advirti que a aquella hora no acertara a encontrarlo en el huerto. He cogido perejil -dijo- todos estos das y lo he cortado tanto, que aun de da me resultara difcil acertar con l; cunto ms ahora, que es ya noche cerrada, no podr distinguirlo de otras plantas. Vete, hermano -replic el Santo-; que no te sea enojoso, y trae las primeras hierbas que te vienen a las manos. Se fue el hermano al huerto, y, arrancando hierbas agrestes, las que de primero le venan a las manos -l no vea nada-, las llev a casa. Miran los hermanos las hierbas silvestres, las remiran con ms atencin, y descubren entre ellas un perejil lozano y tierno. El Santo, con lo poco que tom, se reanim mucho. Y les dijo el Padre: Amadsimos hermanos, cumplid los preceptos a la primera indicacin, sin esperar que se os repitan. Y no os defendis con pretexto de imposibilidad, porque, aun cuando yo os mandase algo que est sobre vuestras fuerzas, no le faltaran fuerzas a la obediencia. Hasta en esto el espritu de profeca acredit la prerrogativa del espritu.

Captulo XXIII

El hambre que predijo que sobrevendra despus de su muerte 52. Los santos son a veces movidos por el Espritu Santo a hablar de s mismos algunas cosas admirables, es a saber, cuando la gloria de Dios exige que se revele lo que l ha dictado o cuando lo reclama la norma de la caridad para edificacin del prjimo. As es que, cierto da, el bienaventurado Padre cont a un hermano a quien amaba muchsimo esto que acababa de conocer en la intimidad familiar con Dios. Hoy -dijo- hay en la tierra un siervo de Dios por quien el Seor no permite -mientras aqul viva- que el hambre haga estragos entre los hombres. No hubo en esto asomo de vanidad, sino una manifestacin virtuosa que la santa caridad, que no busca lo que sea para s (1 Cor 13,5), descubri con palabras de modestia y sencillez para nuestra edificacin; ni deba ocultarse en intil silencio la prerrogativa singular de tan pasmoso amor de Cristo a su siervo. Los testigos de vista sabemos con cunta tranquilidad y paz ha transcurrido el tiempo en vida del siervo de Cristo y cun fecundo ha sido en toda clase de bienes. Ni hubo hambre de la palabra de Dios, porque entonces sobre todo la palabra de los predicadores estaba cargada de toda virtud y porque los corazones de todos los oyentes eran gratos a Dios. Brillaban ejemplos de santidad en quieres profesaban la vida religiosa y la hipocresa de los sepulcros blanqueados no haba llegado a inficionar a tan sealados santos, ni las enseanzas de los que se disfrazan haban despertado mucha curiosidad. Justamente haba, pues, abundancia de bienes temporales cuando los eternos eran amados de veras por todos. 53. Despus de su muerte, en cambio, la situacin era del todo distinta: todo se alter. Estallaron en todas partes guerras y revueltas, y la mortandad, en diversas formas desastradas, se enseore pronto de muchos reinos (36). Un hambre de muerte se extendi por todas partes, y su ferocidad, que supera toda calamidad, a cuntos arrebat! (37). Debido a ella, la necesidad convirti en alimento toda suerte de cosas e hizo que los hombres recurrieran a comer lo que ni los animales coman. Se lleg a elaborar pan con corteza de rboles y cscaras de toda fruta dura; y hubo padre, acosado por el hambre, cuya piedad no hizo duelo por la muerte del hijo -por decirlo menos crudamente-, segn es cierto por el testimonio de alguno. Mas para que apareciera a la vista quin haba sido aquel servidor fiel por cuyo amor la clera de Dios haba retirado la mano del castigo, el bienaventurado padre Francisco puso de manifiesto pocos das despus de su muerte -al hermano a quien haba predicho en vida los desastres que sucederan- que el tal siervo del Seor era l mismo. As fue que una noche, mientras el hermano dorma, lo llam el Santo con voz perceptible y le dijo: Hermano, llega ahora el hambre que el Seor no permiti que cayese sobre la tierra mientras viviera yo. Despert el hermano a la llamada y cont despus todo ce por be. Y a la tercera noche de esto, el Santo se le apareci otra vez y le repiti lo mismo.

Captulo XXIVLa clarividencia del Santo y nuestra ignorancia 54. A nadie tiene que parecer extrao que destacara con tales privilegios el profeta de nuestros das, pues cierto es que su entendimiento, desprendido de las sombras de las cosas terrenas y no atado a los placeres de la carne, volaba a lo ms alto, se sumerga puro en la luz. Embebido as en los resplandores de la luz eterna, atraa del Verbo lo que despus resonaba en sus palabras. Ay! Cun desemejantes somos hoy los que, envueltos en tinieblas, no sabemos ni lo necesario! Y por qu as sino porque, complacientes con la carne, tambin nosotros quedamos envueltos en el polvo de los mundanos? Ciertamente, si alzramos nuestro corazn y nuestras manos al cielo, si nos decidiramos a estar pendientes de las realidades eternas, acaso tendramos noticia de lo que ignoramos: Dios y nosotros. Quien vive en el fango, no puede ver, de

fuerza, otra cosa que fango; quien tiene los ojos puestos en el cielo, es imposible que no vea las cosas del cielo.

LA POBREZA

Captulo XXVEncomio de la pobreza 55. El bienaventurado Padre, de paso por este valle de lgrimas, desdea las riquezas pobres, que son patrimonio de los hijos de los hombres, ya que, ambicionando fortuna ms cuantiosa, codicia de todo corazn ardientemente la pobreza. La mira, y la ve familiar del Hijo de Dios, pero ya repudiada de todo el mundo, y se empea en desposarse con ella con amor eterno. Enamorado como estaba de su belleza, para estar ms estrechamente unido a su esposa y ser los dos un mismo y solo espritu, no slo abandon al padre y a la madre, sino que se desprendi tambin de todas las cosas. As es que la estrecha con castos abrazos y ni por un momento se concede no serle esposo. Enseaba a sus hijos que ella es el camino de la perfeccin, ella la prenda y arras de las riquezas eternas. Nadie ha ansiado tanto el oro como l la pobreza; nadie ha puesto tantos cuidados en guardar su tesoro como l esta margarita evanglica. En esto principalmente se mostraba ofendido: si vea -en casa o fuera de casa- en los hermanos algo que contradeca la pobreza. l, en efecto, desde el principio de la Religin hasta la muerte, se tuvo por rico con slo la tnica, el cordn y los calzones; no tuvo ms. El hbito pobre indicaba en l dnde tena amontonadas sus riquezas. Contento con esto, as seguro, ligero, por tanto, para la carrera, se senta gozoso de haber cambiado las perecederas riquezas por el cntuplo.

LA POBREZA DE LOS EDIFICIOS

Captulo XXVI56. Enseaba a los suyos a hacer viviendas muy pobres, de madera, no de piedra, esto es, unas cabaas levantadas conforme a un diseo muy elemental. Y, al hablar de la pobreza, sola repetir muchas veces a los hermanos aquello del Evangelio: Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo de Dios no tiene dnde reclinar la cabeza (38).

Captulo XXVIILa casa que comenz a destruir en la Porcincula 57. Era el tiempo en que deba celebrarse el captulo en Santa Mara de la Porcincula. Se acercaban ya los das sealados. El pueblo de Ass, dndose cuenta de que les falta en el lugar una casa donde celebrarlo, la construye a toda prisa, ausente y desconocedor de ello el varn de Dios. En cuanto lleg ste al lugar vio la casa, y, disgustado, se doli amargamente. A seguido se encarama para hacerla desaparecer; sube al tejado y con mano gil arranca tejas y ladrillos. Manda que suban tambin los hermanos y que no quede nada hbil de aquello que es la

abominacin de la pobreza. Pues deca que pronto se divulgara en toda la Orden, y todos habran de tomar como modelo aquello que apareca como tan atentatorio en aquel lugar (39). Y hubiera destruido la casa hasta los cimientos de no haber estorbado el fervor de su espritu los caballeros all presentes, quienes aseguraban que la casa no era de los hermanos, sino del municipio (cf. 2 Cel 18 y 59).

Captulo XXVIIILa casa de Bolonia de la que hizo salir aun a los enfermos 58. Volviendo un da de Verona con intencin de pasar tambin por Bolonia, oye decir que recientemente haban construido all la casa de los hermanos. En cuanto oy la denominacin casa de los hermanos, volvi sobre sus pasos y se encamin a otro lugar, sin acercarse a Bolonia. Manda luego que los hermanos salgan en seguida de la casa. Ante el mandato, se abandona la casa, de modo que ni los enfermos quedan, pues son desalojados con los dems. Y no hay permiso de volver a ella hasta que Hugolino, a la sazn obispo de Ostia y legado del papa en Lombarda (40), declara en pblico durante un sermn que la mencionada casa es propiedad suya. Atestigua y escribe esto uno que en aquella ocasin, con estar enfermo, fue desalojado de la casa (41).

Captulo XXIXLa celda atribuida a l, donde no quiso entrar ms 59. No quera que los hermanos habitasen en lugarejo alguno sin asegurarse antes de que era propiedad de un dueo determinado. Quiso siempre en los hijos la condicin de peregrinos: acogerse bajo techo ajeno, caminar en paz de un lado a otro, anhelar la patria. Sucedi, pues, en el eremitorio de Sarteano; un hermano pregunt a otro de dnde vena; ste respondi que de la celda del hermano Francisco. En oyndolo el Santo, replic: Ya que has puesto a la celda el nombre de Francisco, atribuyndome su propiedad, busca otro que viva en ella, pues yo no la habitar en adelante. Y observ: Cuando el Seor estuvo en la soledad (42), donde or y ayun por cuarenta das, no hizo construirse all ni celda ni casa alguna, sino que estuvo al amparo de una roca de la montaa. Podemos seguirle nosotros en no tener nada en propiedad, como est prescrito, aunque no podamos vivir sin hacer uso de las casas.

LA POBREZA DE LOS ENSERES

Captulo XXX60. Este hombre odiaba no slo la ostentacin de las casas, sino que detestaba profundamente que hubiese muchos y exquisitos enseres. Nada quera, en las mesas y en las vasijas, que recordase el mundo, para que todas las cosas que se usaban hablaran de peregrinacin, de destierro.

Captulo XXXI

El episodio de la mesa preparada el da de la Pascua en Greccio y modo en que, a imitacin de Cristo, se present como peregrino 61. Un da de Pascua, los hermanos del eremitorio de Greccio haban preparado la mesa ms esmeradamente que de costumbre, con manteles blancos y vasos de cristal. Baja de la celda el Padre y va a la mesa; la ve alzada y adornada con vana afectacin; pero la mesa halagea no consigue halagarle. Disimuladamente, poco a poco se retira, se toca la cabeza con un sombrero de un pobre que estaba all presente, y con un bastn en la mano sale afuera. Espera fuera, a la puerta, a que los hermanos comiencen a comer, pues no solan esperarlo si no llegaba a la llamada. Comenzada ya la comida de los hermanos, el pobre de veras llama a la puerta y dice: Una limosna, por amor del Seor Dios, para este peregrino pobre y enfermo. Responden los hermanos: Pasa, hombre, por amor de Aquel a quien has invocado. Entra, pues, de imprevisto y se presenta a los comensales. Quin imagina el estupor que sobrecoge a los ciudadanos ante el peregrino? (43). Danle una escudilla al que pide, y, sentado solo en el suelo, coloca el plato sobre la ceniza y dice: Ahora estoy sentado como hermano menor (44). Y dirigindose a los hermanos: Ms que los otros religiosos, nosotros debemos sentirnos obligados a imitar los ejemplos de pobreza del Hijo de Dios. He visto la mesa abastecida y adornada, y no la he reconocido como mesa de pobres que van pidiendo de puerta en puerta. El desarrollo de la ancdota comprueba que era ste semejante al peregrino aquel que, en da idntico, era el nico en Jerusaln. Logr, con todo, que mientras hablaba les ardiese el corazn a los discpulos.

Captulo XXXIIContra el deseo desordenado de los libros 62. Enseaba tambin que en los libros debe buscarse el testimonio del Seor, no el valor material; la edificacin, no la vistosidad. Y quera que fuesen pocos, y ellos a disposicin de los hermanos que los necesitaban (cf. 2 Cel 180). Por eso, un ministro que deseaba con ansia -y con su permiso- tener algunos libros de lujo y muy costosos, tuvo que or que le deca: No quiero perder, por tus libros, el libro del Evangelio que he prometido observar. S, t hars lo que quieras; pero no te pondr un lazo con mi permiso (45).

LA POBREZA EN LOS LECHOS

Captulo XXXIIIUn episodio del obispo de Ostia y su elogio 63. Tan abundante era la copiosa pobreza en petates y lechos, que quien tena sobre las pajas unos paos remendados crea tener un lecho suntuoso. Esto ocurri durante un captulo que se celebraba en Santa Mara de la Porcincula. Lleg al lugar a visitar a los hermanos el seor obispo de Ostia con numeroso squito de caballeros y clrigos. Al ver que los hermanos dorman en el suelo y reparando en los lechos -que bien podan tomarse por cubil de fieras-, deshecho en lgrimas, dijo delante de todos: Mirad dnde duermen

los hermanos. Y aadi: Qu ser de nosotros miserables, que abusamos de tantas cosas superfluas? Todos los presentes, compungidos hasta llorar, se retiran edificados. Este fue aquel seor ostiense que, habiendo llegado, finalmente, a ser la puerta principal de la Iglesia, se opuso siempre a los enemigos hasta que devolvi al cielo la hostia sagrada, es decir, aquella su alma bienaventurada (46). Hombre l de corazn piadoso, de entraas de caridad! Elevado a lo excelso, se dola de no tener alteza de merecimientos, estando como estaba, a la verdad, en mayor altura por sus virtudes que por la sede que ocupaba.

Captulo XXXIVLo que le pas una noche con la almohada de plumas 64. Ya que he mencionado los lechos, se me ocurre otro episodio cuyo relato puede ser til. Desde que este santo, convertido a Cristo, haba dado al olvido las cosas del mundo, no quiso acostarse sobre colchn ni tener para la cabeza almohada de plumas. Y ni enfermedad ni hospedaje en casa ajena bastaban a aflojar el freno de esta norma estrecha. Pero sucedi que, hallndose en el eremitorio de Greccio, molestado de mal de ojos mucho ms que de ordinario, fue obligado, contra su voluntad, a hacer uso de una pequea almohada (47). As, pues, a la madrugada de la primera noche llama el Santo al compaero y le dice: Hermano, esta noche no he podido ni dormir ni levantarme a orar. Siento vrtigos en la cabeza, me fla