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  • de Berazateguide Berazategui el Semanarioel SemanarioAño XVIII

    sábado, 21 de marzo de 2009

    “SI NO QUIEREN SABER LA

    VERDAD, QUE NO ME BUSQUEN”

    FUNDACIÓN MISERICORDIA DIVINA Asociación de Laicos Católicos Casilla de Correo nº 7 - B1880WAA - Berazategui - Argentina

    Número 779Editado por: TERCER MILENIOTERCER MILENIO

    Publicación gratuitaEdición en Español

    Santa Teresita

    Entregado en mano - No arrojar en la vía pública

    Incluye otro episodio de “El viaje de Dante”

    Las imágenes, dice San Gregorio, son el libro de los humildes; se colocan en nuestras iglesias a fin de que, en especial los más humildes, vean y entiendan en lo pintado lo que no saben leer en lo escrito. El emperador Constantino Coprónimo, que perse- guía a los católicos defensores del culto a las imá- genes, quiso atraer a su partido al santo abad Es- teban, y para esto le hizo venir desde Nicomedia a Constantinopla. Un día en presencia de muchos cortesanos, le pre- guntó: -¿Eres tú el que te atreves a desafiarme, como si yo fuera un hereje? -Sí – contestó – porque perseguís a los católicos que veneran imágenes, como si esto fuera idolatría. Y sacando Esteban de debajo de su manto una mo- neda con el busto del emperador preguntó: -¿De quién es esta imagen o inscripción? -Del emperador. -¿Y seré castigado si la pisoteo? -Ciertamente; eso es un crimen de lesa majestad que debe pagarse con la vida. -¡Oh, ceguedad y locura! ¡Castigáis con la muerte al que profana las imágenes de un rey de la tierra, y no teméis profanar las del Rey del Cielo!. Murió mártir por defender el culto a las sagradas imágenes. -Había leído – cuenta Santa Teresa de Jesús- en un libro, que era imperfección tener imágenes bonitas, y así quería no tener en la celda una que tenía. Tam- bién antes que leyese esto, me parecía pobreza no te- ner ninguna sino de papel, y como después un día leí esto, ya no las tuve sino de ese material. Entendí, sin embargo, esto, estando descuidada de ello: “Que no era buena mortificación; que cuál era mejor: la pobre- za o la caridad. Que pues era lo mejor el amor, que to- do lo que me despertase a él no lo dejase, ni lo quita- se a mis monjas, que a los muchos adornos y cosas superfluas en las imágenes era a lo que se refería el libro, no a la imagen en sí. Que lo que el demonio ha- cía en los protestantes era quitarles todos los medios para que no amasen más a Dios, y así iban perdidos. Los cristianos han de hacer, ahora más que nunca, lo contrario de lo que los protestantes hacen…”. A la vista de las imágenes religiosas podríamos re-

    petir lo que decía Boleslao IV, rey de Polonia. Lleva- ba al cuello el retrato de su padre, y antes de em- prender asuntos de importancia, lo miraba y besa- ba diciendo: -¡Que no haga yo, padre mío, cosa alguna que pueda deshonrar tu memoria! Preguntaba un caballero a una niña, de un colegio católico, qué significaba la medalla que colgaba de su cuello. -Es la medalla de Hijas de María –contestó– y la aprecio como una reliquia, porque está tocada en la gruta de nuestra Señora de Lourdes. -Pero la Virgen –insistió el caballero– no necesita de tales obsequios, que son impropios de personas de buen tono. Eso debe quedarse en lo interior del cora- zón y no manifestarse exteriormente. -Es verdad –contestó la niña– que la Virgen no nece- sita de tales obsequios, pero los necesitamos noso- tros. Y si no, dígame ¿qué significa ese objeto que lle- va suspendido de la cadena del reloj? -Es un guardapelo; y el mechoncito de cabellos dora- dos es de una hija mía, que murió hace dos años; te- nía entonces quince y era un ángel. -¿Y para qué lo lleva usted ahí? -En testimonio de cariño, como recuerdo de inestima- ble valor, y para más fácilmente acordarme de ella. -Pues para eso mismo -contesto la niña- necesitamos nosotros las reliquias de los santos, para manifestar- les nuestro respeto y veneración, recordar sus virtu- des y animarnos a imitarlos. Y Dios con frecuencia en atención a las reliquias nos concede sus gracias. “Cristo, Señor Nuestro, abrió en las reliquias de los santos fuentes de salud, de las cuales nos vienen muchos beneficios; sanan los enfermos, ven los cie- gos, son purificados los leprosos, cesan las tentacio- nes y la tristeza, toda buena dádiva viene del Padre de las luces por aquéllos, si pedimos con fe y confian- za” (San Juan Damasceno). En el convento de Carmelitas descalzos de Andujar se apareció San Juan de la Cruz al hermano Fray Martín de la Ascensión y le dijo: -Hermano, vaya a nuestro Padre Provincial y díga- le que Nuestro Señor le pagará con bienes eternos la honra que hace a los huesos de los santos, pero que mire que en el claustro de Baeza hay cinco cuerpos de santos, por los cuales el padre Vicerrector Fray Juan de Jesús y María se fue derecho al Cielo; que los sa- que y ponga en más decente lugar. Más tarde volvió a aparecérsele y le mandó que es-

    PARA QUE VEAN Y ENTIENDAN

  • Página 2 EL SEMANARIO DE BERAZATEGUI Tercer Milenio – sábado, 21 de marzo de 2009

    cribiera al mismo Padre Provincial “que le estaba agradecido por haber colocado aquellos huesos en lugar decente”. Hernán Cortés, conquistador de Méjico, tomó muy a su cargo la destrucción de los ídolos; eran éstos unas estatuas de más de quince pies de alto, y con una vara de hierro les pegaba en los ojos y en la ca- beza. Estando para derribarlos, envióle a decir el gran Señor de Méjico, Moctezuma, que no se atre- viese a tocar sus dioses, porque lo mataría a él y a todos los cristianos. Entonces el capitán se volvió a sus compañeros con mucho espíritu y medio lloran- do por la emoción y sabiendo lo que se jugaban por su fe en Cristo, les dijo: -Hermanos, muramos aquí por la honra de Dios, y porque los diablos no sean adorados. Dijo después a los mensajeros que no cesarían en lo comenzado, aunque les costara la vida; que aquéllos no eran dioses, sino piedras y figuras del demonio; que viniesen contra ellos si querían. No siendo los españoles más que ciento treinta y los indios innu- merables, se llenaron de temor y no se atrevieron a atacar. Destruidos los ídolos, puso allí la imagen de Nuestra Señora. En Candelada, de la diócesis de Ávila, destrozaron los comunistas – marxistas, durante la Guerra Civil española de 1936, las imágenes de las iglesias, hi- cieron desaparecer el Santísimo Sacramento, orga- nizaron por las calles una procesión carnavalesca, en la que iban revestidos una docena de personas con incensarios, libros litúrgicos y la imagen de San Pedro, arrastrada con cuerdas para terminar en una fogata sacrílega. Todos los profanadores de las imá- genes perecieron trágicamente tiempo después. Un muchacho que se entretenía en jugar a la pelo- ta con la cabeza de la imagen de San Blas, al día si- guiente murió a consecuencia de una bala que, dis- parada involuntariamente por uno de sus camara- das milicianos, le atravesó la cabeza. En una iglesia subió un incendiario a un nicho, en que estaba una imagen del Corazón de Jesús, para derribarla. La empujó, pero quedó caída en el mis- mo nicho: -¡Vamos, arrójala!- le gritaban los de abajo. -¡No puedo! – respondió él - ¡Me está mirando! Y lo repetía muchas veces hasta que tuvieron que bajarlo a él. Lo llevaron a su casa, le dio un ataque y murió. En los tristes días de la Segunda República españo- la, un impío, al retirar el crucifijo de una escuela, lo arrojó a la plaza, diciendo: -Que duerma al aire libre, que bastante ha dormido bajo techo. Pocos días después se le secó la mano. En Juauapán (Méjico), tomaron los soldados del Ge- neral Calle al obispo y se lo llevaron preso a la capi- tal. Todo el pueblo lo lloró como a un padre. Una maestra, llamada Julia Olazar, compró crucifi- jos para darlos a sus discípulos, como recuerdo de una protesta que hicieron para pedir su libertad.

    Repartió uno a cada niña y se los puso al cuello di- ciendo: -Llevadlo siempre y jamás os lo quitéis ni de día ni de noche. Ved el que yo llevo siempre como recuer- do de mi madre. Sacó otro mayor y lo colgó en la pared y ante él se arrodillaron para rezar sus oraciones. Pronto apa- recieron los soldados al mando de un oficial, y, se- parando a las niñas de su maestra, les quitaron los crucifijos, junto con el que estaba en la pared, y los arrojaron al suelo. -¡Los tenéis que pisar!- dijeron. Pero ni una sola los tocó. Entonces lo hicieron ellos. Al verlo la maestra, lle- na de santa ira, se escapó de las manos que la su- jetaban, e interponiéndose entre los crucifijos y los soldados, les increpó diciendo: -Pisadme, maltratadme a mí antes que a mi Señor y Rey Crucificado. El oficial le disparó con su pistola. La heroica profesora cayó abrazada al crucifijo. Su sangre generosa y valiente regó los crucifijos de sus discípulas, yendo esta valiente mujer a recoger la corona de los mártires en el Cielo. Su verdugo queda para la posteridad como mode- lo de cobardía y estado miserable al que puede lle- gar la condición humana cuando el odio satánico a Dios lo llena por dentro. En Ibak (Albania), vivía un niño cristiano con su ma- dre. Al morir ésta, fue criado por un tío suyo. Este era ateo y cuando lo sorprendía en sus oracio- nes, le reprendía y castigaba. Un día quiso hacerle escupir a un crucifijo, pero el niño, lejos de ello, co- menzó a besarlo amorosamente. El tío, entonces, lleno de rabia, disparó dos tiros de revólver sobre la cabeza del niño, matándolo. En la parroquia de Iteas, en Bayona (Francia), du- rante la terrible época del Terror (Revolución Fran- cesa), un sacristán, ya muy anciano