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22177504 Libro El Maravilloso Viaje de Nils Holgersson

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  • EL MARAVILLOSO MUNDO DE NILS HOLGERSSON CAPITULO I EL DUENDE Y LOS PATOS Alto, desgarbado, de pelo rubio como el lino, el muchachito no era precisamente un modelo. Perezoso, el dormir era su ocupa- cin favorita; malvado, su mayor diversin consista en causar molestias, cuando no dao, a todo el mundo. Cierto domingo, mientras sus padres se preparaban para ir a la iglesia, l aguardaba ansioso su marcha, pensando que iba a ser dueo absoluto de sus actos durante dos horas. -Al fin podr tomar la escopeta de pap y hacer algunos dis- paros sin que nadie me lo impida -decase para su capote. Pero su padre pareci adivinar su pensamiento, pues antes de salir le orden: -Ya que no quieres venir a la iglesia, vas a leer aqu el sermn y conviene que lo hagas a conciencia pues voy a hacerte pregun- tas a mi regreso y ay de ti, si te has saltado una sola frase! -El sermn tiene catorce pginas -le record la madre ponien- do sobre la mesa el sermonario bblico abierto en el sitio corres- pondiente-; conque debes empezar en seguida si quieres que te alcance el, tiempo. . El mozalbete se sinti metido en una trampa. -Estarn muy contentos suponiendo que han encontrado el medio de tenerme amarrado al libro durante su ausencia -

  • murmur mirando a sus padres que se alejaban. Pero no era satisfaccin lo que el matrimonio senta. Al padre le apenaba verle tan flojo y falto de voluntad y a su madre le en- tristeca saberlo tan perverso e insensible, cruel para con los animales y hostil con las personas.

  • -Dios mo -suspiraba la pobre mujer-, qutale su maldad y cambia su modo de sentir, pues de lo contrario l y nosotros se- remos muy desdichados. Por lo general desobediente, esta vez el muchacho decidi que ms le convena hacer lo que su padre le ordenara, y sen- tndose ante la mesa comenz a leer. Pero a poco el sueo lo fue invadiendo y acab por quedarse completamente dormido. Era el ltimo da del otoo y por doquier la primavera anun- ciaba su prximo arribo. En los rboles apuntaban los primeros brotes y comenzaban a desarrollarse los vstagos. El cielo pre- sentbase de un azul pursimo y el tusilago floreca a la vera de los caminos. Por la puerta entreabierta de la casita penetraba el canto de la alondra, el cloqueo de las gallinas en el corral y el mugido de las vacas desde el establo. Pero no fue ninguno de estos ruidos el que despert al chico, sino uno ms cercano, a sus espaldas. -Habr dormido mucho rato? -se pregunt, dirigiendo una inquieta mirada a uno y otro lado, buscando el origen del ruido. Al hacer lo, sus ojos cayeron sobre un espejito colocado sobre el alfizar de la ventana, en el que se reflejaba parte de la habita- cin y entonces repar en que el cofre de su madre, colocado detrs suyo, tenia la tapa levantada. En esa arca la buena mujer conservaba las cosas que heredara de su madre y que tenia en gran estima: trajes de aldeana de pao rojo, a la antigua usanza, cofias blancas, almidonadas y broches y cadenas de plata. El muchacho qued sorprendido, pues saba que su madre, antes de salir, habiase asegurado de que el cofre estaba bien cerrado. Siempre lo hacia, cuando lo dejaba a l solo en la casa. Y, de pronto, su sorpresa se transform en miedo, al asaltarle el pensamiento de que un ladrn deba haberse introducido en la vivienda aprovechndose de su sueo. Medroso, clav sus ojos en el espejo, para observar la habita- cin a sus espaldas y entonces repar en algo que antes no haba visto: una pequea figura que slo poda corresponder a un duendecillo, sentado a horcajadas, como si cabalgara en el canto del cofre.

  • El haba odo hablar de los duendes, pero jams pens que pudieran ser tan pequeos. Ese, al menos, no tendra una altura mayor que el ancho de una mano; su cara, lampia, estaba sur- cada por infinidad de arrugas y vesta larga levita y sombrero de alas anchas. Del arcn haba sacado una antigua prenda de ves- tir y la examinaba con tal detenimiento que no advirti que el durmiente haba despertado. Este, viendo que no se trataba de un ladrn, recobr su nimo habitual y pens que sera muy di- vertido gastarle al duende alguna broma, Sin moverse, gir sus ojos en una y otra direccin y los detuvo al fin sobre una vieja red de cazar mariposas que haba en lo alto de la ventana. Tan rpi- dos fueron sus movimientos al asirla y saltar hacia el cofre, que el duendecillo no haba atinado siquiera a moverse cuando se hall preso en la red, que el muchacho agitaba sin cesar para evitar que el cautivo pudiera trepar por ella. Comprendiendo que no lograra liberarse, el duende suplic a su captor que lo dejara ir, alegando que le haba hecho bien du- rante mucho tiempo, lo que lo haca acreedor a un trato ms cor- dial. Si le dejaba en libertad, agreg, le regalara una moneda de oro, muy grande. El muchacho pens que era una proposicin aceptable y se dispuso a dejar salir al cautivo de su encierro, mas casi en segui- da se le ocurri que poda sacar mejor partido de la situacin, como asegurarse la posesin de grandes extensiones de terreno y de todo gnero de cosas, amn de una gran memoria para poder recordar el sermn sin esfuerzo, por lo que, desistiendo de sus propsitos, comenz de nuevo a agitar la red, diciendo: -Vaya! Hubiera sido tonto dejarte escapar a cambio de tan poco. Pero en ese mismo instante recibi una bofetada que lo hizo trastabillar hasta rebotar en una de las paredes y rodar por el suelo, exnime. Ms tarde, al recobrar el conocimiento, observ que todo es- taba en orden en la habitacin: el cofre estaba cerrado y la red penda, como de costumbre, junto a la ventana. Pero el duende-

  • cillo haba desaparecido. Extra no sentir dolor alguno en la mejilla y pens si todo no haba sido ms que un sueo. -Salo o no -se dijo-, mis padres no dudarn de que lo he soado y no perdonarn que no sepa el sermn a causa de lo sucedido. Conviene, pues, que me aplique a la lectura. Pero entonces observ algo extrao. Era posible que la casa se hubiera hecho ms grande? De otro modo, cmo poda ex- plicarse la gran distancia que lo separaba de la mesa, y las enormes proporciones que haban adquirido la mesa, las sillas y todo lo que all haba? -Ser esto obra de un encantamiento del duende? -se pregunt. Asombrado, miraba a su alrededor, cuando al posarse su mirada sobre el espejo, enormemente agrandado tambin, vio otra diminuta figura reflejada en l. -Otro! -exclam, sobresaltado-. Y este viste exactamente como yo! Hizo un movimiento y el duende del espejo lo repiti exacta- mente; avanz y la figura del espejo tambin; ech a andar hacia adelante, se detuvo y el otro tambin lo hizo y as durante un rato, todo cuanto al muchacho se le ocurri hacer, lo repiti con absoluta fidelidad. Entonces, con una sospecha, en su mente, se acerc ms y ya no le cupo la menor duda: la figura reflejada en el espejo era la suya, El duendecillo lo haba hecho vctima de un encantamiento, reduciendo su tamao hasta no ser ms alto que el ancho de una mano! -Esto no puede ser ms que un sueo o una ilusin -pens. y cerrando los ojos permaneci largo rato frente al espejo. Pero, cuando volvi a abrirlos, comprobando que nada haba cambiado, decidi que se trataba de algo real y que urga Ir en busca del duende, pedirle perdn por su comportamiento y rogar- le le devolviera su estatura normal. Frenticamente, psose a buscar por todos los rincones de la casa, sollozando y suplicando en voz alta al duende, con la pro- mesa de ser, en adelante, el nio ms bueno y obediente del mundo. La bsqueda result infructuosa en el interior de la vi-

  • vienda, por lo que, recordando que los duendes suelen escon- derse en el establo, se dirigi hacia all. Al salir, un pajarito, vindolo, comenz a piar, diciendo: -Oh! Oh! Oh! Vengan todos a ver a Nils, el cuidador de patos, ms pequeo que un liliputiense! Miren a Nils Holgersson convertido en Pulgarcito! -Bien merecido lo tiene por haberme tirado de la cresta -cant el gallo. Y los patos se reunieron, alargando sus cabezas a un mismo tiempo y preguntando: -Quin habr podido hacer eso? -Comprendo el lenguaje de los animales pens el muchacho- porque he sido transformado en duende. -Bien hecho! Bien hecho! -cloqueaban las gallinas, jubilosas, rodendolo. Nils ech a correr, pero ellas lo siguieron ensordecindolo con sus gritos, hasta que la vista del gato las hizo detenerse. El chico corri hacia el felino. -Minet -le dijo-, t que conoces perfectamente todos los rinco- nes de la granja, puedes decirme dnde podr encontrar al duende? -Puedo -respondi el gato-, pero no lo har. Acaso preten- des que te ayude para agradecerte las veces que me has tirado del rabo? La respuesta enfad al chico que, impetuosamente, avanz diciendo: -Y todava puedo hacerlo! Pero casi al instante vise derribado por el gato, que con las patas delanteras puestas sobre su pecho, amenazaba devorarlo de un bocado. El mozalbete clam pidiendo socorro, pero nadie atendi sus splicas y ya crea llegada su hora postrera cuando Minet, apartndose, le dijo: -Eso me basta. Te perdono por esta vez; slo quera que comprobaras cul de los dos es, ahora, el ms fuerte.

  • Corrido y avergonzado, Nils se levant y march al establo, donde las tres vacas lo recibieron con grandes voces, no preci- samente amistosas. -Es una dicha que haya justicia en el mundo! -muga una, llamada Rosa de Mayo. -Acrcate y te har danzar sobre mis cuernos! -amenaz Ls de Oro. -Ven y te har pagar por la avispa que me metiste en la oreja - bramaba Estrella. Nils sinti deseos de decirles que estaba arrepentido y prome- ter les ser muy bueno si le ayudaban a hallar al duende, pero las vacas armaban tal alboroto y se agitaban con tanta violencia, que temi llegaran a soltarse y juzg que lo ms prudente era

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