of 126/126
 

023. Metropolis - Thea Von Harbou

  • View
    222

  • Download
    0

Embed Size (px)

Text of 023. Metropolis - Thea Von Harbou

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    1/126

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    2/126

    METRPOLIS

    Thea von Harbou

    Ttulo original: Metropolis

    Traduccin: Amparo Garca Burgos 1927 by Thea von Harbou 1977 Ediciones Martnez Roca S.A.Av. Jos Antonio 774 - BarcelonaISBN: 84-7634-256-XEdicin digital: SadracRevisin: abur_chocolatR6 10/03

    Este libro no es de hoy ni del futuro. No hablade un lugar. No sirve a ninguna causa, partido oclase. Tiene una moraleja que se desprende deuna verdad fundamental: Entre el cerebro y elmsculo debe mediar el corazn.

    Thea von Harbou

    Introduccin

    Por Forrest J. Ackerman,

    Mr. Ciencia Ficcin, ganador del Premio Hugoy fantico de Metrpolis.

    Bienvenido a Metrpolis, mi ciudad.Poblacin segn el clculo de mi amigo A. E. van Vogt, cincuenta millones

    aproximadamente.He vivido aqu desde que tena diez aos. Es la ciudad ms fabulosa y

    apasionante que existe sobre la faz de la Tierra y bajo la Tierra misma. Londres,Los Angeles, Nueva York, Pars, Berln, Tokio... todas mezcladas y fundidas enuna.

    Traten de imaginarlo!Cuando pronuncio el nombre mgico Metrpolisse funden en m la suprema

    arrogancia del Empire State Building con la elegancia del Taj Mahal, la fama de laTorre Eiffel y el misterio de la Esfinge de Egipto. Metrpolis... La Nueva Babel,obra maestra arquitectnica de magnificencia monoltica. Los rascacielos del sigloXX quedan empequeecidos ante las inmensas rascaestratosferas del siglo XXI.

    Y all abajo, en cavernas hechas por el hombre, las mquinas monstruosas deMoloc, la increble e inhumana Mquina Geyser, la Mquina Corazn, que ha de seratendida constantemente por los Relojes Humanos, los subhumanos subterrneos,los obreros impotentes del inframundo que viven esclavizados sin esperanza,siervos de los seres de la superficie, marionetas ciegas a las rdenes del Amo de

    Metrpolis.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    3/126

    El Amo de Metrpolis, Joh Fredersen, hombre forjado de acero de diez grados,fro como la superficie de Pintn y tan distante como ste. Un gobernante tanimplacable e imperioso como los antiguos Csares.

    Oculta en alguna parte entre las superestructuras futuristas de Metrpolis sealza una morada anacrnica, superviviente del barroco y el gtico, que alberga unlaboratorio donde se realizan maravillas de alquimia. Con el sello de Salomn

    sobre la puerta, aqu poda haber nacido hace cientos de aos el legendarioGolem. En la actualidad, una araa de mirada salvaje y cabellos blancos teje en suinterior, un genio siniestro que ha sacrificado una mano a su ciencia sobrehumana.Es la morada fantasmal de Rotwang, el diablico Ralph 124C41+ de su poca.

    Y Rotwang ha creado a Futura a la que a veces denomina tambin Parodia,un simulacro de mujer fabricado en un metal capaz de sentir. Un robot hembra conel que poda haber soado Rossum.

    Metrpolisel libroha sido comparado con la obra R.U.R.de Karel Capek;con la novela utpica Erewhonde Samuel Butler, sobre un tiempo futuro en el quela maquinaria desarrollara un alma y se adueara del hombre; con La mquinadel tiempo en la que la mente inquieta y previsora de H. G. Wells concibi uncuadro inolvidable del desarrollo de las condiciones sociales y econmicas almando de sus Eloi, los aristcratas y epicreos del mundo futuro, y los Morlocks,sus esclavos subterrneos y carentes de inteligencia. Cuando el durmientecamina(Wells), La tierra bajo Inglaterra(O'Neill), Mirando atrs(Bellamy) y Veranodel 3000(Martin) dos de las cuales se publicaron ms tarderecuerdan ciertosaspectos de este libro.

    Thea von Harbou, su inteligentsima autora, ya fallecida, dio pruebas durante suvida de una mente literaria que iba muy por delante de la realidad. Cuando loscohetes interplanetarios estaban en embrin, ella escrbi la famosa Mujer en laLuna, tanto el libro como el guin cinematogrfico. La tumba india, La isla de los

    Inmortales, Destino, Espas, Sigfrido(en forma de pelcula y como una adaptacinal cine del Dr. Mabuse) figuraron entre el legado literario y cinematogrfico deMadame von Harbou. Estuvo casada con el clebre director Fritz Lang, que tanprodigiosamente materializ su obra maestra,Metrpolis, en la pantalla, filme quesigue siendo el clsico incomparable de la ciencia ficcin cinematogrfica.

    Metrpolis no se parece a ninguna otra novela escrta en este mundo, dijoentusiasmado un observador de la poca. Es distinta, nica, original. Encierra undrama tremendo de fuerzas en conflicto y un tema amoroso idlico.

    El lenguaje de la novela es a veces tan rico como el de Shiel, tan caleidoscpicocomo el de Merritt en El emperador de metal,tan austero como el de Bradbury enEl esqueleto, tan potico como el de Pe, tan macabro como el de Machen.

    Ciencia y fantasa, horror y belleza, misterio, amenaza, locura, magnificencia,significado... por una vez en la vida todos esos elementos se combinaronmgicamente para crear el clsico imaginativo, la obra suprema: Metrpolis.

    ste es el libro que ha sido definido como una obra genial.Estoy de acuerdo. La experiencia que le suponga su lectura le durar el resto de

    su vida.FORREST J. ACKERMANApt. 4E, Torres Rotwang.

    Nivel Lang y Camino Areo HarbouMetrpolis

    24 de noviembre, 2026.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    4/126

    1

    El estruendo del gran rgano se elev como un intenso rugido hacia la cpula.Su fuerza titnica redoblaba en la bveda como queriendo romperla en milpedazos y huir al infinito.

    Freder ech la cabeza hacia atrs; sus ojos, desorbitados y enardecidos,miraban sin ver hacia lo alto. Sus manos ordenaban aquel caos de notas ycreaban msica, luchaban con la vibracin del sonido que se agitaba hasta loms profundo de su ser. Nunca haba estado tan cerca de las lgrimas en suvida, y ahora, dichoso e impotente, se abandon a aquella neblina brillante que leaturda.

    Sobre l, la cpula del cielo en lapislzuli de donde pendan misterio en oro,doce veces repetido los signos del Zodaco. Por encima de ellos, los sietecoronados: los planetas. Y ms alto todava, una mirada de estrellas brillantescomo plata: el Universo.

    Al comps de la msica, las estrellas de los cielos iniciaron su solemne yportentosa danza. El estruendo de las notas disolvi la habitacin en la nada.

    El rgano que tocaba Freder se alzaba en medio del mar como un acantiladocontra el cual rompan las olas. Con sus poderosas crestas de espuma, sealzaban violentamente; y la sptima era siempre la ms fuerte. Pero muy porencima del mar, que responda con su rugido al estruendo de las olas, lasestrellas del cielo tejan su solemne y portentosa danza.

    Agitada hasta el mismo centro, la vieja tierra despertaba de su sueo. Lostorrentes se secaban, las montaas se desmoronaban. De sus entraasdesgarradas estallaba el fuego. La tierra arda, con todo lo que haba en ella. Lasolas del mar se convertan en olas de fuego. El rgano arda, una antorcha

    flameante de msica. La tierra, el mar y el rgano del que surga el himno,crepitaban y se convertan en cenizas. Pero muy por encima de los desiertos y losespacios hacia los que ascendan las llamas de la creacin, las estrellas del cielotrenzaban su solemne y portentosa danza.

    Luego, de las cenizas grises se alz con alas temblorosas e indeciblementebellas un pjaro de plumas cuajadas de luz, lanzando un grito de dolor. Jamspjaro alguno haba llorado de modo tan angustioso. Vol sobre las cenizas de latierra en ruinas; vol ms y ms alto, sin saber dnde posarse. Vol sobre latumba del mar, sobre el cadver de la tierra.

    Nunca, desde que los ngeles pecaron y cayeron al infierno, haba desgarradoel aire tal grito de desesperacin.

    Y despus, una estrella se desgaj de su solemne y portentosa danza y seaproxim a la tierra destruida. Su brillo era ms suave que el de la luna, msimperioso que el fulgor del sol. Era la nota ms celestial surgida de la msica delas esferas. Envolvi en su clida luz al pjaro que lloraba; era tan fuerte comouna deidad y gritaba: A m! A m!

    Entonces, el flgido pjaro abandon la tumba del mar y la tierra y alz susalas dolientes hacia la voz poderosa que hablara. Volando en un crculo de luz,subi y cant, fundindose como una nota ms en la msica de las esferas ydesvanecindose en la Eternidad

    Freder desliz sus dedos del teclado. Se inclin y hundi el rostro entre lasmanos. Se apret los ojos hasta que la ardiente danza de las estrellas se encenditras sus prpados. Nada poda ayudarle nada. En todas partes, en una

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    5/126

    omnipresencia implacable, aquel nico rostro se alzaba en su visin. El rostroaustero de la Virgen, el dulce rostro de la Madre

    La angustia y el deseo con que l llamaba y suplicaba a la nica visin que sucorazn anhelaba, no tena ms que un nombre, eterno: T!

    Dej caer las manos, y dirigi la vista a las alturas de aquella habitacinrematada por una hermosa cpula. Desde la profundidad azul de los cielos,

    desde el oro brillante de los cuerpos celestes, desde la penumbra misteriosa quele rodeaba, la muchacha le miraba con la severidad mortal de la pureza. Era a lavez doncella y amante, inviolable y graciosa; su hermosa frente refulga con ladiadema de la divinidad; su voz encarnaba la piedad misma: cada palabra unacancin. Y despus se desvaneca, y era imposible encontrarla. En ningunaparte, en ninguna parte.

    T!grit el hombre.La nota se estrell contra los muros, cautiva, sin hallar el modo de escapar.Ahora la soledad se le hizo insoportable. Freder se levant y abri las ventanas;

    ante l se extenda un ocano de luces parpadeantes. Cerr firmemente los ojos,se qued muy quieto, respirando apenas. Senta la proximidad de los criados, depie y silenciosos, esperando la orden que les permitira cobrar vida.

    Haba uno entre ellos, Slim, con un rostro corts cuya expresin jams sealteraba. Freder le conoca; una palabra a Slim y si la muchacha todavacaminaba sobre la tierra con su paso silencioso, ste la encontrara. Pero si unono quiere verse maldecido y sentirse para siempre un hombre miserable, no seenva a un mastn sanguinario a la bsqueda de una corza blanca y sagrada.

    Freder vio, sin necesidad de mirarle, que los ojos de Slim le estudiaban. Sabaque aquella criatura silenciosa a la que su padre haba designado como sutodopoderoso protector era, al mismo tiempo, su guardin. Durante la fiebre desus noches de insomnio, durante la fiebre de su trabajo en el estudio, durante la

    fiebre que le dominaba cuando tocaba el rgano llamando a Dios, all estabasiempre Slim vigilando el pulso del hijo de su gran amo. No presentaba informes;no se los pedan. Pero, llegado el caso, era indudable que podra mostrar undiario perfecto, impecable, que registrara desde el nmero de pasos con queFreder camina con pies de plomo para librarse de la angustiosa soledad, minutoa minuto, hasta el hundir la frente entre las manos cansadas de esperar.

    Sera posible que este hombre, que todo lo saba, no supiera de ella?Nada en Slim traicionaba que se hubiera percatado de la transformacin del

    carcter de su joven amo, desde lo sucedido aquel da en la Casa de los Hijos.Pero uno de los secretos de aquella criatura delgada y silenciosa era el no hacersenotar nunca; y aunque Slim no poda entrar en la Casa de los Hijos, Freder noestaba completamente seguro de que aquel agente comprado por su padre seplegara a las directrices de la Casa.

    Freder se senta ante l expuesto, desnudo. Una luz penetrante y cruel quenada dejaba oculto le iluminaba a l y todo cuanto haba en su cuarto de trabajo,que era casila habitacin ms alta de Metrpolis.

    Quiero estar solodijo suavemente.Sin un murmullo, los criados se desvanecieron. Incluso Slim se fue; pero

    todas aquellas puertas, que se cerraban sin el menor ruido, tambin podanentreabrirse silenciosamente, aunque slo fuera una dbil rendija.

    Con ojos doloridos, Freder prob todas las puertas de su cuarto de trabajo.

    Una amarga sonrisa curvaba las comisuras de su boca. Era un tesoro quedebia ser guardado como se guardan las coronas de joyas. El hijo nico de ungran padre.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    6/126

    Realmente el nico?Sus pensamientos se detuvieron de nuevo al concluir el recorrido, y otra vez se

    present ante l la visin, la escena, el suceso

    La Casa de los Hijos era uno de los edificios ms hermosos de Metrpolis. Lospadres para quienes cada revolucin de una mquina significaba oro haban

    regalado esta casa a sus hijos. Era ms que una casa; casi un distrito. Incluateatros, museos de pintura, salas de conferencias, una biblioteca en la quepodan encontrarse todos los libros impresos en los cinco continentes, pistas decarreras, estadios y los famosos Jardines Eternos.

    Contena grandes mansiones para los hijos jvenes de padres indulgentes, ymoradas para sus impecables criados, as como para las bien entrenadas siervas,cuyo adiestramiento exiga aun ms tiempo que el destinado al desarrollo de unanueva especie de orqudeas. Su tarea principal consista en mostrarse siempredeliciosas y alegres; vistiendo ropas encantadoras, rostros maquillados, ojoscubiertos por una mscara, coronadas de pelucas blancas como la nieve yfragantes como flores, parecan delicadas muecas de porcelana y brocado,deliciosos presentes creados por una mano maestra.

    Freder no era asiduo visitante de la Casa de los Hijos; prefera su cuarto detrabajo y la cpula estrellada que cobijaba su rgano. Pero cuando le acometa eldeseo de sumergirse en el gozo radiante de las competiciones en el estadio, era elms alegre y brillante de todos e iba de victoria en victoria con la risa de un jovendios.

    Y aquel da tambin, aquel da tambin.Cubierta todava su piel por el helado roco de las aguas que cayeran sobre l,

    los msculos temblorosos an por la borrachera de la victoria, se haba tumbado,esbelto, cansado, sonriente, fuera de s, ebrio de alegra. El techo de cristal que

    envolva los Jardines Eternos refulga como un palo baado por la luz del sol.Jovencitas encantadoras le atendan y servan celosamente, y de sus manosblancas, de sus dedos delicados, poda comer las frutas que deseara.

    Una se hallaba de pie a su lado, mezclndole una bebida. De la cadera a larodilla la envolva brillante brocado; las piernas esbeltas y desnudas, muy juntas,se alzaban como columnas de marfil sobre unos zapatos color prpura. Suhermoso cuerpo, sin que ella lo advirtiera, temblaba al mismo ritmo que el pechodel hombre cuando exhalaba su aliento perfumado. Y sus ojos, tras la mscaraque los ocultaban, vigilaban atentamente la labor que realizaban sus hbilesmanos.

    Sus labios eran rojos como el coral, y sonrea tan ausente al mirar la bebidaque preparaba, que las dems muchachas rompieron a rer.

    Contagiado, tambin Freder solt una carcajada. El gozo de las doncellasaument al advertir el desconcierto de su compaera, quien, ignorando el motivode su risa, enrojeca confusa, se sonrojaba toda ella desde la brillante boca hastalas hermosas caderas. La alegra se transmita a los amigos sin razn alguna, sloporque eran jvenes y se sentan libres y cuidados, y todos se unieron al alegresonido. Como un luminoso arco iris, carcajada tras carcajada, la gozosa algaradaenvolvi a los jvenes.

    De pronto, Freder volvi la cabeza. Sus manos, que descansaban ahora en lascaderas de la muchacha que preparaba la bebida, resbalaron repentinamente y

    cayeron como muertas. Ces la risa, todos quedaron inmviles. Nadie se atreva aesbozar el menor gesto. Slo alcanzaban a mirar.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    7/126

    Por la puerta de los Jardines Eternos, abierta de par en par, desfilaba unaprocesin infantil. Todos los nios iban cogidos de la mano. Tenan rostros degnomo, grises y ancianos; parecan pequeos y fantasmales esqueletos cubiertosde harapos. Tenan el cabello incoloro, los ojos incoloros. Caminaban sobre piesdesnudos y flacos, siguiendo sin el menor ruido a su gua.

    La gua era una muchacha: rostro sereno de virgen, dulce rostro de madre.

    Llevaba de la mano a un nio a cada lado. Se qued muy quieta mirando a losjvenes, uno tras otro, con la mortal severidad de la pureza. Era a la vez doncellay amante, inviolable y graciosa tambin; su hermosa frente luca la diadema de ladivinidad, su voz la piedad misma, cada palabra una cancin.

    Solt a los nios y extendi la mano sealando hacia los jvenes, diciendo a losnios:

    Mirad, stos son vuestros hermanos!Y, sealando a los nios, dijo a los jvenes:Mirad, stos son vuestros hermanos!Esper. Se qued muy quieta, los ojos clavados en Freder.Entonces vinieron los servidores, acudieron los guardianes de las puertas.

    Entre los muros de mrmol y de cristal, bajo la cpula opalina de los JardinesEternos, rein por breves instantes una confusin sin precedentes hecha deruidos, indignacin y embarazo. La muchacha pareca seguir esperando. Nadie seatreva a tocarla, aunque se hallara tan indefensa entre los fantasmas grises einfantiles. Su mirada segua fija en Freder.

    Luego apart de l la vista e, inclinndose ligeramente, cogi de nuevo lasmanos de los nios, se volvi e hizo salir la procesin.

    La puerta se cerr tras ella, y los servidores desaparecieron tras disculparseprofusamente. Se impuso ahora el vaco y el silencio. Algunos se sintierontentados de atribuir lo ocurrido a una alucinacin, pero los testigos haban sido

    muchos.Junto a Freder, sobre el suelo de mosaico iluminado, la muchacha quemezclaba las bebidas sollozaba sin control. Con un movimiento lento, Freder seinclin hacia ella y de pronto arranc la mscara estrecha y negra que cubra susojos.

    Ella chill como si la hubieran sorprendido desnuda. Sus manos se alzaron,trataron de quitrsela y quedaron impotentes en el aire.

    Un semblante trastornado por el horror miraba al hombre. Los ojos asexpuestos eran vacos, carentes de sentido. El pequeo rostro, privado delencanto de la mscara, era horripilante.

    Freder solt aquel trozo de tela negra y la muchacha se apoder rpidamentede l.

    Freder mir a su alrededor. Los Jardines Eternos brillaban. Los hermososseres que los ocupaban, si bien ligeramente perdido el control, relucan delimpieza, de cuidados, de abundancia. A todo lo invada un fresco aroma, elaliento de un jardn cubierto de roco.

    Freder se mir a s mismo. Como todos los jvenes en la Casa de los Hijos,vesta la seda blanca que slo usaban una vez y los suaves y ligeros zapatos desilenciosas suelas.

    Mir a sus amigos. Vio a unos seres que jams se cansaban a no ser por eldeporte, que jams sudaban a no ser por el deporte, que jams jadeaban a

    no ser por el deporte. Seres que necesitaban de aquellos juegos alegres para quela comida y la bebida les sentaran bien, para poder dormir a gusto y digerir confacilidad.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    8/126

    Las mesas en las que todos haban comido estaban de nuevo llenas, comosiempre, de platos intactos; el vino, dorado o prpura, fro o natural, se ofrecagenerosamente como las amorosas jovencitas. De nuevo sonaba la msica, la quese haba interrumpido cuando una voz juvenil pronunciara aquellas cincopalabras:

    Mirad, stos son vuestros hermanos!

    Y, de nuevo, los ojos fijos en Freder:Mirad, stos son vuestros hermanos!Como si se asfixiara, Freder se puso en pie de un salto; las mujeres con

    mscara le miraron. Corri a la puerta. Recorri los pasillos, baj las escaleras.Lleg a la entrada.

    Quin era esa muchacha?Un encogimiento de hombros. Perplejidad. Disculpas. El suceso era

    inexcusable, bien lo saban los criados. Seguramente habra muchos despedidos.El mayordomo estaba plido de clera.

    No deseodijo Freder, mirando al espacioque nadie sufra por lo sucedido.No hay que despedir a nadie, no lo quiero.

    El mayordomo se inclino en silencio. Estaba acostumbrado a los caprichos enla Casa de los Hijos.

    Quin es la muchacha? Es que nadie puede decrmelo?No. Nadie. Y si se llevara a cabo una investigacin?Freder permaneca en silencio. Pensaba en Slim. Agit la cabeza. Primero

    lentamente, luego con violencia. No No se enva a una jaura a la caza de unacorza blanca y sagrada.

    Nadie debe investigar acerca de elladijo con voz montona.Sinti la mirada vaca de aquel criado en su rostro. Se senta ahora pobre y

    sucio. Con una angustia que inund su cuerpo como si tuviera veneno en las

    venas, sali de la Casa. Se dirigi a la suya como si marchara hacia el exilio. Seencerr en su cuarto y se sumergi en el trabajo.Por las noches se aferraba a su instrumento, y obligaba a bajar hasta l la

    monstruosa soledad de Jpiter y Saturno. Nada poda ayudarle, nada! En unaagonizante omnipresencia se alzaba ante su visin el rostro nico: el rostroaustero de la virgen, el rostro dulce de la madre.

    Y una voz hablaba:Mira, stos son tus hermanos!La gloria de los cielos desapareca, y nada significaba la borrachera del trabajo;

    y el rugido que brotaba del mar no poda borrar la suave voz de la muchacha:Mira, stos son tus hermanos!Dios mo, Dios mo

    Con un esfuerzo penoso y violento, Freder gir en redondo y se dirigi a sumquina. Una expresin de alivio cruz su rostro cuando mir aquella creacinbrillante que le esperaba slo a l, y en la que no haba un solo eslabn de acero,un remache, un muelle que l no hubiera calculado y creado.

    La criatura no era grande, y su fragilidad se acentuaba debido a la amplitud dela habitacin y a la potente luz de sol que la iluminaba. Pero el suave lustre delmetal y la grcil curva con la que, aun en su inmovilidad, el cuerpo poderosopareca tensarse a punto de saltar, le prestaban algo de la pureza divina de un

    animal hermoso y sin mcula, que carece totalmente de temor porque se sabeinvencible.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    9/126

    Freder acarici su creacin. Apret la cabeza suavemente contra la mquina.Con afecto inefable toc sus miembros, fros y flexibles.

    Esta noche dijoestar contigo. Estar totalmente envuelto por ti. En tipondr mi vida y sabr si puedo hacerte vivir. Tal vez sienta tu latir, y eldespertar del movimiento en tu cuerpo controlado. Tal vez sienta el vrtigocuando te lances a tu elemento sin lmites llevndome contigo, a m, al hombre

    que te hizo, por el inmenso mar de medianoche. Las siete estrellas estarn sobrenosotros, y la triste belleza de la luna. El monte Everest ser una colina anuestros pies. T me llevars y yo sabr. Me llevars tan alto como yo desee.

    Se detuvo, cerrando los ojos. El temblor que recorra su cuerpo era compartido,como una emocin, por la mquina silenciosa.

    Pero quizcontinu sin alzar la voz, quizs observes, mi amada creacin,que ya no eres mi nico amor. Nada en la tierra es ms vengativo que los celos deuna mquina que se juzga desdeada. S, lo s, sois amantes imperiosas: notendrs otros dioses ms que a m. Tengo razn? Un pensamiento que se alejede ti, e inmediatamente lo adviertes y te vuelves perversa.

    Cmo podra ocultarte que no todos mis pensamientos estn contigo? Nopuedo evitarlo, creacin ma. He sido embrujado. Aprieto mi frente contra ti y mifrente anhela las rodillas de una muchacha cuyo nombre ni tan siquieraconozco

    Call, retuvo el aliento. Alz la cabeza y escuch.Cientos, miles de veces haba odo el mismo sonido en la ciudad. Pero jams

    haba sabido comprender.Era un sonido inmensamente glorioso y arrobador. Ms profundo y ms

    poderoso que ningn otro sonido sobre la tierra. La voz del ocano embravecido,la voz de los torrentes al despearse, la voz del trueno muy cercano quedaranahogadas por aquel estruendo de Behemoth. Sin ser agudo penetraba todos los

    muros y, mientras duraba, todas las cosas parecan girar en l. Eraomnipresente, pues vena de las alturas y de las profundidades; y era hermoso yhorrible, pues era una orden a la que nadie poda resistirse.

    Estaba muy por encima de la ciudad. Era la voz de la ciudad.Metrpolis alzaba su voz. Las mquinas de Metrpolis rugan: pedan alimento.Freder abri de par en par las puertas de cristal. Las sinti vibrar como las

    cuerdas al impulso del arco. Sali a la estrecha galera que rodeaba el edificio,casi el ms alto de Metrpolis. El sonido rugiente le recibi, le envolvi, sinterminar nunca. Tan grande como era Metrpolis, y en los cuatro ngulos de laciudad se perciba por igual el rugir de la orden.

    Freder contempl sobre la ciudad el edificio conocido en el mundo como laNueva Torre de Babel. El centro neurlgico de esta Nueva Torre de Babelalbergaba al hombre que era, l mismo, el cerebro de Metrpolis.

    Mientras el hombre que all moraba que no era ms que trabajo, quedespreciaba el sueo, que coma y beba mecnicamente pulsara con sus dedosla placa de metal azul que jams otro hombre haba tocado, la voz de la ciudad-mquina de Metrpolis seguira rugiendo y pidiendo alimento, alimento,alimento

    Y quera hombres vivos como alimento.Entonces, el alimento humano empez a llegar en masa. Por la calle vena, por

    su propia calle que nunca se cruzaba con la de los dems. Era una corriente

    amplia e interminable. Una corriente de doce hombres en fondo. Caminaban conpaso montono y acompasado. Hombres, hombres, hombres Todos con elmismo uniforme: del cuello a los tobillos algodn azul oscuro, los pies calzados

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    10/126

    con unos zapatones groseros, el pelo apretadamente recogido bajo una mismagorra negra.

    Y todos tenan el mismo rostro. Y todos parecan tener la misma edad.Avanzaban con la cabeza humillada, y mecnicamente ponan un pie delante delotro. Las puertas abiertas de la Nueva Torre de Babel, el centro-mquina deMetrpolis, los engullan.

    Hacia ellos vena otra procesin: el material ya usado. Se extenda en unacorriente amplia e interminable. Una corriente de doce hombres en fondo,hombres, hombres, hombres Todos con el mismo uniforme, del cuello a lostobillos algodn oscuro, los pies calzados con los mismos zapatones groseros, elpelo apretadamente recogido bajo la misma gorra negra.

    Y todos tenan el mismo rostro. Y todos parecan tener mil aos. Caminabancon los brazos inertes, con la cabeza inclinada. Mecnicamente avanzaban,primero un pie, luego el otro. Las puertas abiertas de la Nueva Torre de Babel, elcentro-mquina de Metrpolis, vomitaban masas de hombres a la par que lasiban tragando.

    Cuando el alimento fresco hubo desaparecido por las puertas, aquel clamorrugiente desapareci. En el silencio que se impuso se hizo perceptible de nuevo elzumbido incesante de la gran metrpoli. El hombre que era el gran cerebro habadejado de apoyar los dedos sobre la placa azul de metal.

    Dentro de diez horas permitira que el monstruo rugiera de nuevo. Y de nuevootras diez horas despus. Y siempre lo mismo, y siempre lo mismo, sin olvidarjams esa ley implacable. Metrpolis no saba cundo era domingo. Metrpolis noconoca das santos, ni vacaciones.

    Metrpolis tena la catedral ms sacrificada del mundo, una hermosa joya deestilo gtico. Segn las viejas crnicas, la Virgen coronada de estrellas que sealzaba sobre su torre sonrea como una madre, cubierta con su manto dorado y

    mirando hacia abajo, muy abajo, hacia los tejados rojos; y los nicos compaerosde la graciosa imagen eran las trtolas que solan anidar en las grgolas, y lascampanas, que llevaban los nombres de los cuatro arcngeles.

    La ms hermosa de ellas era la campana San Miguel. Se deca que el maestroque la hizo se conden por su culpa, ya que fundi plata que haba robadoconsagrada y no consagrada en el cuerpo de la campana. Como premio de suobra sufri, en el lugar de las ejecuciones, el terrible suplicio de la rueda. Peromuri extraordinariamente feliz, pues la campana San Miguel dej escuchar susonido mientras l mora, y su sonido era tan maravilloso, tan conmovedor, quetodos comprendieron que los santos haban perdonado al pecador, ya que lascampanas celestiales tocaban al recibirle.

    Las campanas seguan sonando con sus antiguas voces metlicas, pero cuandoruga Metrpolis, hasta la misma San Miguel enronqueca. La Nueva Torre deBabel y los dems edificios alzaban sus moles sombras muy por encima de laaguja de la catedral; tanto, que las jovencitas que trabajaban en los talleres yemisoras de radio haban de mirar muy hacia abajo, desde las ventanas del pisotreinta, para ver a la Virgen coronada de estrellas; de la misma manera que ella,en la antigedad, miraba los tejados rojos. En lugar de trtolas, mquinasvoladoras pasaban sobre la cpula de la catedral y sobre la ciudad, posndose enlos tejados desde los cuales, por la noche, columnas brillantes y crculosluminosos indicaban el curso del vuelo y los puntos de aterrizaje.

    El Amo de Metrpolis haba considerado en ms de una ocasin laconveniencia de que se derribara la catedral, puesto que era intil y obstrua eltrfico de aquella ciudad de cincuenta millones de habitantes. Pero la pequea y

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    11/126

    vehemente secta de los gticos, cuyo lder era Desertus medio monje, mediofanticohaba pronunciado un juramento solemne: si una mano de la malvadaciudad de Metrpolis se atreva siquiera a tocar una sola piedra del templo, ellosno descansaran hasta que la malvada ciudad de Metrpolis se convirtiera en unmontn de ruinas a los pies de la catedral.

    El Amo de Metrpolis sola tomar venganza de las amenazas, que constituan la

    sexta parte de su correo diario. Pero no tena inters en luchar contra unosoponentes a quienes rendira un servicio si los destrufa por su fe. El gran cerebrode Metrpolis un ser que desconoca el sacrificio de un deseo saba el poderincalculable que los sacrificados y mrtires tenan sobre sus seguidores. Adems,la demolicin de la catedral no era todava una cuestin tan urgente como parainiciar el clculo de los gastos; aunque, cuando llegara el momento, el coste de lademolicin de la catedral quiz superara el de la construccin de Metrpolis. Losgticos eran ascticos, y el Amo de Metrpolis saba por experiencia que secompra ms barato a un multimillonario que a un asceta.

    Freder se pregunt, con un extrao sentimiento de amargura, por cuntotiempo le permitira el gran Amo de Metrpolis seguir contemplando la catedralen los das libres de niebla y lluvia. Cuando el sol se hundia en el horizonte, y lascasas se convertan en montaas y las calles en valles; cuando la corriente de luz,que siempre pareca helada, surga de todas las ventanas, de los muros, de lascasas, de los tejados y del corazn de la ciudad; cuando se iniciaba el parpadeosilencioso de los anuncios elctricos; cuando los reflectores, con todos los coloresdel arco iris, empezaban a funcionar en torno a la Nueva Torre de Babel; cuandolos autobuses se convertan en cadenas continuas de monstruos despidiendorayos y los coches ms pequeos en peces luminosos que corran en un marprofundo; cuando, desde el puerto invisible del ferrocarril subterrneo, surga elbrillo metlico que era devorado por las sombras, la catedral segua alzndose

    all, en su infinito ocano de luz que disolva todas las formas al vencerlas, elnico objeto oscuro, negro y persistente que pareca, con su ligereza,desprenderse de la tierra, alzarse ms y ms hasta convertirse, en aqueltorbellino de luz tumultuosa, en el nico objeto en reposo y digno de respeto.

    Pero la Virgen en la punta de la torre tena su luz propia: la de las estrellas, ypareca posada libre de la negrura de la piedra en la curva de plata de la luna.

    Freder nunca haba visto el rostro de la Virgen y, sin embargo, lo conoca tanbien que podra haberlo dibujado: el rostro austero de la Virgen, el dulce rostro dela Madre.

    Se inclin, aferrndose a la barandilla de hierro con las palmas ardientes desus manos.

    Mrame, Virgensuplic. Madre, mrame!El brillo de un reflector le hiri en los ojos, obligndole a cerrarlos furioso. Un

    cohete silb por el aire dejando caer sobre el plido crepsculo de la tarde unapalabra: Yoshiwara.

    Los siete colores del arco iris brillaban, fros y fantasmales, en crculos quegiraban silenciosos. La enorme esfera del reloj de la Nueva Torre de Babel estababaada por el fuego cruzado de los reflectores. Y por encima, desde el plido cielode aspecto irreal, reluca la palabra: Yoshiwara.

    Los ojos de Freder se clavaron en el reloj de la Nueva Torre de Babel, en el quelos segundos chispeaban con luz propia. Calcul el tiempo que haba

    transcurrido desde que la voz de Metrpolis rugiera pidiendo su alimento. Sabaque detrs de aquella esfera que reluca en la Nueva Torre de Babel haba unahabitacin amplia y desnuda con estrechas ventanas, con cuadros de mandos a

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    12/126

    todo lo ancho y lo alto de los muros, y en el centro la mesa de mando, elinstrumento ms ingenioso diseado por el Amo de Metrpolis, instrumento cuyomanejo le estaba absolutamente reservado.

    Sentado ante ella, la personificacin del gran cerebro: el Amo de Metrpolis. Asu derecha, la sensible placa de metal azul, hacia la que extendera la manoderecha con la seguridad infalible de una mquina perfecta cuando hubieran

    pasado a la eternidad los segundos necesarios para que Metrpolis rugiera otravez pidiendo alimento, alimento, alimento

    En ese momento, Freder se vio vencido por la persistente obsesin de queperdera la razn si hubiera de escuchar de nuevo la voz de Metrpolis. Y,convencido de la inutilidad de su bsqueda, abandon el espectculo de aquellaciudad borracha de luz y fue en busca del Amo de Metrpolis, Joh Fredersen, supadre.

    2

    El centro cerebral de la Nueva Torre de Babel estaba poblado por nmeros.Desde una fuente invisible, los nmeros se deslizaban rtmicamente por el aire

    refrigerado de la habitacin y venan a depositarse, como en una vasija, sobre lamesa en la que trabajaba el gran Amo de Metrpolis, donde se materializabanmerced a los lpices de sus secretarios: ocho jvenes que, aun sin serlo, separecan como hermanos. Rgidos como estatuas, al escribir slo movan losdedos de la mano derecha. Sin embargo, cada uno de ellos, con la frente cubiertade sudor y los labios entreabiertos, pareca la personificacin del desaliento.

    Ninguna cabeza se alz a la entrada de Freder, ni siquiera la de su padre.Bajo el tercer altavoz se encendi una lmpara. Rojo-blanco. Nueva York habl.

    Joh Fredersen comparaba las cifras de los informes vespertinos de la Bolsa conlas listas que tena ante l. Slo una vez se oy su voz inflexible:Un error. Repitan la investigacin.El primer secretario tembl y se inclin todava ms; luego se levant y se

    retir en silencio. La ceja izquierda de Joh Fredersen se alz una pizca al seguircon la mirada a la gura que se retiraba mientras le fue posible sin tener quevolver la cabeza.

    Una lnea de castigo, fra y concisa, tach un nombre.La lmpara rojo-blanco brill de nuevo. Habl la voz. Siguieron cayendo los

    nmeros en la gran habitacin, en el centro cerebral de Metrpolis.Freder permaneca en pie junto a la puerta, inmvil. Ignoraba si su padre le

    haba visto. Siempre que entraba en aquella habitacin volva a sentirse un niode diez aos, inseguro frente a aquella voluntad poderosa y concentrada que sellamaba Joh Fredersen, su padre.

    El primer secretario pas ante l, saludndole silenciosa y respetuosamente;pareca un competidor derrotado que abandona la carrera. El plido rostro deljoven se inclin un instante ante los ojos de Freder como una mscara grande yblanca. Luego desapareci.

    Los nmeros seguan cayendo en la habitacin.Una silla haba quedado vaca. En las otras siete, siete hombres sentados

    seguan la pista a los nmeros que surgan incesantemente de lo invisible.

    Se ilumin una lmpara, rojo-blanco.Habl Nueva York.Se ilumin una lmpara, verde-blanco.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    13/126

    Londres empez a hablar.Freder mir el reloj frente a la puerta, que dominaba todo el muro como una

    rueda gigantesca. Era el mismo reloj que, desde las alturas de la Nueva Torre deBabel, iluminado por los reflectores, desgranaba sus segundos brillantes comochispas sobre la gran Metrpolis.

    La cabeza de Joh Fredersen se recortaba contra l. Era como un halo terrible

    rodeando al cerebro de Metrpolis.Los reflectores giraban en un delirio de color contra las estrechas ventanas que

    llegaban del suelo al techo. Cascadas de luz chocaban contra los cristales. Fuera,al pie de la Nueva Torre de Babel, bulla Metrpolis. Pero en esta habitacin no seoa ms que el sonido de los nmeros que caan incesantemente.

    El proceso Rotwang haba fabricado muros y ventanas a prueba de sonido.En esta habitacin que estaba al mismo tiempo coronada y dominada por la

    poderosa mquina del tiempo, el reloj, que slo indicaba nmeros, nada tenasignificado sino los nmeros. El hijo del gran Amo de Metrpolis comprendi que,mientras los nmeros siguieran cayendo de lo invisible, ninguna palabra queviniera de una boca visible y no fuera un nmero recibira la menor atencin.

    Por lo tanto sigui de pie, mirando fijamente la cabeza de su padre, observandocmo la manecilla monstruosa del reloj que avanzaba inevitablemente como unahoz, como una guadaa que cosechara el tiempo pasaba sobre su cabeza sindaarle y suba, por la esfera cubierta de nmeros, hasta caer de nuevo pararepetir su golpe.

    Al fin se apag la luz rojo-blanco. Ces una voz.Luego se apag tambin la luz verde-blanco.Silencio.Las manos que escriban se detuvieron y, por espacio de un breve instante,

    todos siguieron sentados como paralizados, relajados, exhaustos. Luego la voz de

    Joh Fredersen dijo, con seca amabilidad:Gracias. Hasta maanay, sin volverse:. Qu quieres, hijo mo?Los siete desconocidos dejaron la habitacin, ahora silenciosa. Freder avanz

    entonces hasta su padre, cuya mirada barra las listas de los nmeros recinllegados. Los ojos de Freder se clavaron en la placa azul de metal, junto a lamano derecha de su padre.

    Cmo supiste que era yo?pregunt suavemente.Joh Fredersen no le mir. Aunque en su rostro haba aparecido una paciente

    expresin de orgullo al or la pregunta de su hijo, no haba perdido nada de suconcentracin. Mir el reloj. Sus manos se deslizaron sobre el cuadro de mandos;sin el menor sonido iba enviando sus rdenes a los hombres que esperaban.

    Se abri la puerta. Nadie fue anunciado. Y nadie llega hasta m sin seranunciado. Slo mi hijo.

    Una luz bajo el cristal. Una pregunta. Joh Fredersen apag la luz. El primersecretario entr y se acerc al Amo de Metrpolis.

    Tena razn. Era un error. Ya ha sido rectificado expuso, con vozinexpresiva.

    Gracias ni una mirada, ni un gesto. Se ha ordenado al banco que lepague su sueldo. Buenas noches.

    El joven qued inmvil. Tres, cuatro, cinco, seis segundos pasaron en lagigantesca mquina del tiempo. Dos ojos vacos ardan en el rostro ceniciento del

    joven, imprimiendo su marca de temor en la visin de Freder.Uno de los hombros de Joh Fredersen se alz imperceptiblemente.Buenas nochescontest el joven, con tono ahogado. Sali.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    14/126

    Por qu le has despedido, padre?pregunt el hijo.Ya no me sirvedijo Joh Fredersen, todava sin mirarle.Por qu no, padre?No me sirven las personas que se sobresaltan si uno habla con ellas dijo el

    Amo de Metrpolis.Quiz se sienta enfermo. Tal vez est preocupado por alguien que le es muy

    querido.Es posible. Tambin es posible que siga bajo los efectos de una noche

    demasiado larga en Yoshiwara. Freder, deja de suponer que los dems sonbuenos e inocentes, que son vctimas, slo porque sufren. El que sufre hapecado, contra l mismo y contra otros.

    T no sufres, padre?No.Ests completamente libre de pecado?Ya ha pasado para m el tiempo del pecado y el sufrimiento, Freder.Y si este hombre ahora, nunca he visto tal cosa, pero creo que otros

    hombres que resolvieron poner fin a su vida salieron de una habitacin como lQuiz.Y si maana supieras que haba muerto, eso te dejara impasible?S.Freder guard silencio.La mano de su padre se desliz sobre una palanca y la baj. Las lmparas

    blancas de todas las habitaciones que rodeaban el centro cerebral de la NuevaTorre de Babel se apagaron. El Amo de Metrpolis haba informado a su mundocircular que no deseaba ser molestado sin una causa urgente.

    No puedo tolerarcontinuque un hombre que trabaja en unin conmigo,a mi derecha, renuncie a la nica gran ventaja que posee sobre la mquina.

    Cul es esa ventaja, padre?La de deleitarse en el trabajorespondi el Amo de Metrpolis.Freder se pas la mano por los cabellos, de un rubio sedoso. Abri los labios

    como si fuera a decir algo pero sigui callado.Supones acasocontinu Joh Fredersenque necesito los lpices de mis

    secretarios para comprobar los informes de la bolsa americana? Las tablas ndicede las comunicaciones transocenicas Rotwang son cien veces ms dignas deconfianza y ms rpidas que los cerebros y las manos de mis empleados. Pero,mediante la exactitud de la mquina, puedo medir la exactitud de los hombres; ygracias al aliento de la mquina, la fuerza de los pulmones de los hombres quecompiten con ella.

    Y el hombre que acabas de despedir y que est condenado (ya que serdespedido por ti, padre, significa caer al fondo), perdi su aliento, no es cierto?

    S.Porque era un hombre y no una mquina.Porque neg su humanidad ante la mquina.Freder alz la cabeza, profundamente turbados los ojos.No te comprendo ahora, padredijo, dolorido.La expresin de paciencia se acentu en el rostro de Joh Fredersen.Ese hombre dijo suavemente era mi primer secretario. El salario que

    reciba era ocho veces superior al del ltimo. Lo cual le exiga realizar ocho veces

    ms. Para m, no para l. Maana el quinto secretario ocupar su lugar. En unasemana, y gracias a l, el trabajo de los otros cuatro ser superfluo. Ese hombres me es til.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    15/126

    Porque te ahorra cuatro hombres.No, Freder. Porque se deleita en el trabajo de los otros cuatro. Porque se

    lanza de lleno a su trabajo, se lanza a l con tanto deseo como si fuera unamujer.

    Freder guard silencio. Joh Fredersen mir fijamente a su hijo.Te ha servido de alguna experiencia?pregunt.

    La triste mirada del muchacho se perdi en el espacio. Una luz intermitente,blanca y violenta, chocaba contra las ventanas y, en los intervalos de oscuridad,dejaba ver el cielo, que se extenda como un manto de terciopelo negro sobreMetrpolis.

    No lo s con certeza dijo Freder, dubitativo, aunque, por primera vez enmi vida, creo haber comprendido el ser de una mquina

    Eso significara muchsimo contest el Amo de Metrpolis, peroprobablemente te equivocas, Freder. Si realmente hubieras comprendido el ser deuna mquina, no te sentiras tan turbado.

    Freder dirigi lentamente la mirada y la impotencia de su incomprensinhacia su padre.

    Cmo podra nadie por menos que sentirse turbado preguntsi, comoyo, viene a ti a travs de las salas de las mquinas, a travs de las gloriosas salasde tus gloriosas mquinas, y ve las criaturas que estn encadenadas a ellas porlas leyes de la eterna vigilancia, sin poder alzar la vista?

    Se detuvo. Tena los labios secos como el polvo.Joh Fredersen se ech atrs en la silla. No haba apartado la mirada de su hijo,

    y segua contemplndole intensamente.Por qu viniste a m a travs de las salas de las mquinas? pregunt

    serenamente. No es el camino mejor, ni el ms conveniente.Deseaba respondi el hijo, escogiendo cuidadosamente sus palabras,

    aunque slo fuera por una vez, mirar los rostros de estos hombres, estoshombres cuyos hijos son mis hermanos, cuyas hijas son mis hermanas

    Joh Fredersen, con los labios muy apretados, pareci meditar unos instantes.El lpiz que sostena entre los dedos golpe rtmicamente el borde de la mesa. Sumirada pas de Freder al brillo parpadeante de los segundos en el reloj, parafijarse de nuevo en su hijo.

    Y qu descubriste?pregunt.Segundos, segundos, segundos de silencio. Luego fue como si el hijo,

    desarraigndose, desgarrando todo su ego, se arrojara con un gesto de totalsinceridad hacia su padre. Sin embargo, segua inmvil, la cabeza un pocoinclinada, hablando suavemente, como si cada palabra se ahogara en sus labios:

    Padre! Ayuda a los hombres que viven ante tus mquinas!No puedo ayudarlesdijo el cerebro de Metrpolis. Nadie puede ayudarles.

    Estn donde deben estar, son lo que deben ser. No sirven para nada ms, paraninguna otra cosa.

    Yo no s para qu sirven dijo Freder inexpresivamente, y su cabeza sedesplom con gesto brusco sobre el pecho. Slo s lo que vi, y cuan horriblefue. Atraves las salas de las mquinas; eran como templos. Todos los grandesdioses vivan en templos blancos. Vi a Baal y a Moloc, a Huitzilopochtli y aDurgha. Algunos, rodeados por una multitud; otros, terriblemente solitarios. Vi elcarro divino de Juggernaut, y las Torres del Silencio, la cimitarra de Mahoma, y

    las cruces del Glgota. Y todo mquinas, mquinas, mquinas que vivan su vidadivina, confinadas en pedestales como las deidades en los tronos de sus templos.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    16/126

    Sin ojos, pero vindolo todo; sin odos, pero oyndolo todo; sin voz, y sin embargoagitando el aire de los templos con el aliento eterno de su vitalidad.

    Y junto a las mquinas-dioses, sus esclavos: los hombres, hombres atrapadosentre la multitud y la soledad de la mquina. No tienen cargas que llevar; lamquina las lleva. No tienen que alzar y que empujar; eso lo hace la mquina.Cada uno en su sitio, cada uno ante su mquina, slo deben hacer una cosa,

    repetir eternamente lo mismo: en el instante preciso, el gesto preciso; siempre lamisma palanca en el segundo exacto. Tienen ojos, pero estn ciegos a no ser paraun punto: la escala del manmetro. Tienen odos, pero estn sordos a no ser paraun sonido: el siseo de la mquina. Vigilan y vigilan, sin otro pensamiento que estaobsesin: si descuidaran su vigilancia, la mquina despertara de su sueoaparente y se desbocara hasta hacerse pedazos. Y la mquina, que no tieneinteligencia, con su vigilancia intensa absorbe el cerebro paralizado de suvigilante. Y no se detiene nunca; sigue absorbiendo, y no se detiene, hasta queaquel cerebro agotado rige un cuerpo que ya no es un hombre ni una mquina,sino algo seco, vaco, desolado. Y la mquina que ha absorbido y devorado lamdula espinal y el cerebro del hombre y le ha vaciado el crneo con la lenguasuave de su largo y callado siseo, brilla, aceitada, hermosa, infalible, en sucrculo de luz plateada. Baal y Moloc, Huitzilopochtli y Durgha.

    Y t, padre, t, pulsas la placa de metal azul con tu mano derecha y tugrande, gloriosa y terrible ciudad de Metrpolis ruge proclamando que tienehambre de nuevos cerebros humanos, y entonces el alimento vivo penetra comouna corriente en las salas de las mquinas que son como templos, y los que yahan sido usados son arrojados afuera

    Su voz se quebr. Apret los puos salvajemente y mir a su padre.Y todos son seres humanos!Por desgracia, s la voz del padre resonaba en los odos de su hijo como si le

    hablara tras siete puertas cerradas. Que los hombres se agoten tanrpidamente ante las mquinas, Freder, no prueba la crueldad de la mquina,sino la deficiencia del material humano. El hombre es el producto del cambio,Freder. Un ser definitivo, para siempre. Si est malformado, no puede serdevuelto al horno de fundicin: hay que utilizarlo tal como es. Y se ha demostradoestadsticamente que la capacidad del obrero no intelectual disminuye mes ames.

    Freder se ri. La risa sali tan seca, tan amarga de sus labios, que JohFredersen alz violentamente la cabeza mirando a su hijo con los prpadossemicerrados. Lentamente alz las cejas.

    Y no temes, padre, suponiendo que las estadsticas sean correctas y que ladegeneracin del hombre progrese rpidamente, que un da se acabe el alimentopara las mquinas devoradoras de hombres y que el Moloc de cristal, goma yacero, el Durgha de aluminio con venas de platino, habrn de morirse dehambre?

    Podra serrepuso el cerebro de Metrpolis.Y entonces?Para entonces respondi el cerebro de Metrpolis ya se habr

    descubierto un sustituto para el hombre.El hombre mejorado, quieres decir? El hombre-mquina?Quizsasinti el cerebro de Metrpolis.

    Freder se apart el cabello hmedo de la frente. Venas azules se destacabanntidas en sus sienes. Se inclin; su aliento llegaba hasta su padre.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    17/126

    Entonces escucha siquiera esto, padre. Encrgate de que el hombre-mquinano tenga cabeza o por lo menos no tenga rostro, o dale un rostro que sonrasiempre, o un rostro de Arlequn, o un visor opaco. Que nadie se horrorice almirarle! Porque cuando pas hoy por las salas de las mquinas, vi a los hombresque vigilan tus mquinas. Y me reconocieron; y yo les salud, uno tras otro. Peronadie me devolvi el saludo. Las mquinas mantenan sus nervios en una tensin

    extrema. Y cuando les mir muy de cerca, padre, tan de cerca como ahora te miroa ti, me estaba viendo a m mismo. Cada hombre esclavizado ante tus mquinas,padre, tiene mi rostro, tiene el rostro de tu hijo.

    Entonces tambin el mo, Freder, ya que somos iguales dijo el Amo de lagran Metrpolis.

    Mir el reloj y extendi la mano. En todas las habitaciones que rodeaban elcentro cerebral de la Nueva Torre de Babel se encendieron las lmparas blancas.

    Y no te llena de horrorpregunt el hijoconocer tantas sombras, tantosfantasmas que trabajan en tu obra?

    Ya ha pasado para m el tiempo del horror, Freder.Entonces, Freder dio la vuelta y se march a tientas, como un ciego.Se detuvo en una habitacin que le pareci extraa y helada. Formas humanas

    se levantaron de las sillas en las que haban estado esperando y se inclinaronante el hijo de Joh Fredersen, el Amo de Metrpolis. Freder slo reconoci a uno:era Slim. Vacilante, como si an no supiera su camino, correspondi a los que lehaban saludado.

    Slim se desliz al encuentro de Joh Fredersen, que haba enviado a buscarle.El Amo de Metrpolis estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta.

    Esperaorden, sin volverse.Slim no se movi. Su respiracin era inaudible y sus prpados se cerraron.

    Hubirase dicho que dorma, de no ser por el tenso rictus de su boca que

    traicionaba una expectante concentracin.Los ojos de Joh Fredersen vagaron sobre Metrpolis: un mar rugiente yagitado, con espuma de luces. En aquellas oleadas, en aquellas cascadas de luz,en el juego confuso de los colores de las torres en movimiento, luz y brillo,Metrpolis pareca hacerse transparente. Las casas, recortadas en conos y cubospor las guadaas en movimiento de los reflectores, brillaban, parecan alzarse,descender, danzar al comps de la luz que acariciaba sus flancos como finalluvia. Las calles reflejaban el brillo esplendente y tambin relucan, con todocuanto circulaba sobre ellas; una corriente incesante que lanzaba chorros de luz.Slo la catedral, con la Virgen coronada de estrellas en lo alto de la torre, sealzaba imponente all abajo, en la ciudad, como un gigante negro que durmieravctima de un encantamiento.

    Joh Fredersen se volvi lentamente y mir a Slim, quien le salud de pie anjunto a la puerta. Fredersen cruz en silencio la amplia habitacin, caminandolentamente hasta llegar a su lado. All, de pie ante l, le clav la mirada y fuecomo si atravesara su cuerpo con los ojos, llegando hasta su ms ntimo yo.

    Slim aguant sin titubeos aquel intenso escrutinio. Joh Fredersen dijo,hablando con gran suavidad:

    A partir de ahora, quiero ser informado de todos los movimientos de mi hijo.Tras una respetuosa inclinacin, Slim abandon en silencio la sala.Pero no encontr al hijo de su gran amo donde le dejara. Ni estaba destinado a

    encontrarlo.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    18/126

    3

    El hombre que fuera primer secretario de Joh Fredersen se hallaba en unacabina del Pater Noster, el ascensor que jams se detena y que, como una noriade infinitos cangilones, dragaba la Nueva Torre de Babel. Apoyada la espaldacontra el tabique de madera, el hombre haca por ensima vez su recorrido por la

    casa blanca y llena de sonidos: desde lo ms alto del tejado a las profundidadesdel stano, y vuelta a empezar.

    La gente, que entraba y sala apresurada, no le prestaba la menor atencin.Uno o dos le reconocieron, desde luego, pero nadie vea en las gotas de sudor queperlaban sus sienes otra cosa que no fuera un ansia similar a la suya por ganarunos segundos. Muy bien. Esperara hasta que todos lo supieran, hasta que lecogieran y le sacaran del cubculo. Por qu ocupas aqu un espacio, idiota, sitienes tanto tiempo? Baja lentamente por las escaleras, utiliza las salidas deincendios.

    Con el rostro tenso, sigui all apoyado y esper.Ahora, al surgir de nuevo de las profundidades alz la mirada y, estupefacto,

    vio al hijo de Joh Fredersen. Por una fraccin de segundo ambos se miraron a losojos, y en ambas miradas se reflejaba la desesperacin ms profunda. Indiferente,el ascensor sigui su camino; pero en el descenso el hijo de Joh Fredersen sehallaba aguardando y, de un paso, estuvo junto al hombre cuya espalda parecaclavada en la pared de madera.

    Cmo te llamas?le pregunt amablemente.Una vacilacin al aspirar el aliento; luego la respuesta son expectante:Josafat.Qu hars ahora, Josafat?Bajaban. Bajaban. Cuando pasaron por el gran vestbulo cuyas enormes

    ventanas daban a la calle cortada por puentes amplios y ostentosos, Freder vio,al alzar la cabeza, delineada contra la negrura del cielo, la palabra que caa:Yoshiwara.

    Habl como si le tendiera ambas manos, como si cerrara los ojos al hablar.Quieres venir a m, Josafat?Una mano se estremeci como un pjaro asustado.Yo?vacil el desconocido.S, Josafat.La voz joven rebosaba amabilidad. Bajaban. Bajaban. Luz, oscuridad; luz,

    oscuridad.Quieres venir a m, Josafat?S!exclam el desconocido, con un fervor incomparable. S, quiero!Haban bajado a la luz. Freder le tom del brazo y le ayud a abandonar el gran

    ascensor de la Nueva Torre de Babel, infundindole nimos cada vez quevacilaba.

    Dnde vives, Josafat?Bloque noventa. Casa siete. Sptimo piso.Entonces ve a casa, Josafat. Tal vez acuda yo all personalmente, o quiz te

    enve un mensajero que te traiga a m. No s lo que ocurrir en las prximashoras, pero, si puedo impedirlo, no quiero que ningn hombre que yo conozcaconsuma toda una noche mirando al techo hasta que ste parezca ir a

    derrumbarse sobre l.Qu puedo hacer por usted?pregunt el hombre.Freder sinti la intensa presin de su mano. Sonri. Agit la cabeza.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    19/126

    Nada. Vete a casa, tranquilzate y espera. Maana ser otro da, y espero quemejor.

    El hombre le solt la mano y se alej.Freder le sigui con la mirada y vio como aqul se detena, se volva para

    observarle por ltima vez y asenta con una expresin tan vehemente, tanincondicional, que la sonrisa muri en sus labios.

    S, hombredijo Freder. Te tomo la palabra!El Pater Noster zumbaba a sus espaldas. Las cabinas, como cangilones de una

    draga, recogan hombres y los soltaban. Pero el hijo de Joh Fredersen no los vea.Rodeado por quienes luchaban por ganar unos segundos, l permaneca inmvil,escuchando cmo ruga en sus revoluciones la Nueva Torre de Babel. El rugido lepareca ahora el sonido de una de las campanas de la catedral, la voz metlica dela campana San Miguel. Pero una cancin lata por encima de ella, muy dulce,muy alta. Y su corazn juvenil exultaba en aquella cancin.

    He hecho tu voluntad por primera vez, oh gran mediadora de la piedad? pregunt, en medio del estruendo de la voz de la campana.

    Pero no le lleg respuesta, y sigui su camino.

    Cuando Slim entr en casa de Freder para interrogar a los criados acerca delparadero de su amo, el hijo de Joh Fredersen bajaba los escalones que llevaban ala estructura inferior de la Nueva Torre de Babel. Mientras los criados agitaban lacabeza, diciendo a Slim que su dueo no haba vuelto a casa, el hijo de JohFredersen caminaba hacia los pilares luminosos que le indicaban el camino.Cuando Slim, tras una mirada al reloj, decidi concederle algn tiempo y esperarya alarmado, ya conjeturando las diversas posibilidades y cmo enfrentarse aellas, el hijo de Joh Fredersen entraba en aquella sala de la que la Nueva Torrede Babel obtena las energas para sus propias necesidades.

    Haba vacilado mucho tiempo antes de abrir la puerta, pues una existenciahorrible se desarrollaba tras ella. Se oan gemidos, suspiros ahogados, silbidos.Todo el edificio grua. Un temblor incesante estremeca los muros y el suelo. Yentre todo eso, no haba un solo sonido humano. Solamente las cosas y el airevaco geman. En aquella habitacin, los hombres tenan los labios impotentes,sellados. Pero Freder iba a entrar all por el bien de esos hombres.

    Cuando abri la puerta, de par en par, una vaharada ardiente y enrarecida lesofoc y le nubl la vista. La sala estaba dbilmente iluminada. El techo, quecaba imaginar pensado para sostener el peso de toda la tierra, pareca amenazarperpetuamente con desmoronarse.

    Un dbil lamento dificultaba an ms la respiracin. Era como si el alientotambin participara de aquel gemido.

    El aire, que llegaba ya enrarecido tras su paso por los pulmones de la granMetrpolis, era impulsado mecnicamente hasta aquellas profundidades yatravesaba la sala como una corriente fra, que batallaba fieramente con el calorall reinante.

    En medio de la sala se agazapaba la mquina del Pater Noster. Era comoGanesha, el dios de cabeza de elefante. Cuidadosamente engrasada, toda ellareluca. Sus miembros resplandecan. Bajo el cuerpo encogido y la cabezahundida en el pecho, sus patas torcidas, semejantes a las de un gnomo, seapoyaban en la plataforma. El tronco y las patas estaban inmviles, pero los

    brazos cortos empujaban, impulsaban, atrs y adelante, atrs y adelante. Unpequeo punto luminoso brillaba en la maravilla de las delicadas articulaciones.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    20/126

    El suelo de piedra temblaba bajo el impulso de la pequea mquina, apenasmayor que un nio de cinco aos.

    Los muros en cuyo interior ardan los hornos irradiaban calor. El olor delaceite hirviendo flotaba en espesas oleadas. Ni siquiera el correr incesante delaire renovado poda despejar las emanaciones del aceite. Incluso el agua con quese rociaba la sala tena la batalla perdida de antemano: nada poda contra la furia

    de los muros que escupan calor, y se evaporaba antes de que pudiera proteger lapiel de los hombres para que no se asaran en aquel infierno.

    Los hombres se deslizaban como sombras confusas. Sus movimientos, elsilencio de sus pasos inaudibles, tenan algo de la negrura fantasmal de losbuceadores en las profundidades marinas. Mantenan los ojos tan abiertos quepareca como si nunca ms fueran a cerrarlos.

    Junto a la pequea mquina, en el centro de la sala, se hallaba un hombre;vesta el uniforme de todos los trabajadores de Metrpolis: del cuello a los tobillosalgodn azul oscuro, los pies calzados con unos zapatos groseros, el peloapretadamente recogido bajo la gorra negra. La veloz corriente de aire quecruzaba la sala agitaba los pliegues de su ropa. El hombre mantena la mano enuna palanca y su mirada estaba fija en un reloj cuyas manecillas vibraban comola aguja de una brjula.

    Freder cruz la sala hacia el hombre. Le mir. No consegua distinguir surostro. Qu edad tendra? Mil aos, o menos de veinte? El hombre hablabaconsigo mismo, con labios trmulos. Qu murmuraba el hombre? Tendratambin ste el rostro del hijo de Joh Fredersen?

    Mrame!dijo Freder, inclinndose hacia l.Pero la mirada del hombre no se separaba del reloj. Y la mano segua

    febrilmente aferrada a la palanca. Sus labios balbuceaban frases entrecortadas.Freder escuch las palabras, retazos de palabras interrumpidas por la

    corriente de aire:Pater Noster. Eso significa Padre nuestro. Padre nuestro que ests en los

    cielos! Pero nosotros estamos en el infierno. Padre nuestro! Cmo te llamas? Tellamas Pater Noster, Padre nuestro? O Joh Fredersen? O mquina? Tereverenciamos, mquina, Pater Noster! Venga a nosotros tu reino. Venga anosotros tu reino, mquina Hgase tu voluntad as en la tierra como en el cielo.

    Cul es Tu voluntad con respecto a nosotros, mquina, Pater Noster? Eresel mismo en el cielo que en la tierra? Padre nuestro que ests en los cielos;cuando nos llames al cielo, nos ocuparemos de las mquinas de Tu mundo, lasgrandes ruedas que destrozan los miembros de Tus criaturas, ese gran tiovivollamado la tierra? Hgase tu voluntad, Pater Noster! El pan nuestro de cada dadnoslo hoy. Muele, mquina, muele la harina para nuestro pan. Se hace el pancon la harina de nuestros huesos. Y perdnanos nuestras deudas. Qu deudas,Pater Noster? La deuda de tener un cerebro y un corazn que t no tienes,mquina? Y no nos dejes caer en la tentacin. No, no nos dejes caer en latentacin de alzarnos contra ti, mquina, porque t eres ms fuerte que nosotros,t eres mil veces ms fuerte que nosotros, y t siempre tienes razn y nosotrossiempre estamos equivocados porque somos ms dbiles que t, mquina. Perolbranos del mal, mquina, lbranos de ti, mquina. Porque tuyo es el reino y elpoder y la glora para siempre. Amn. Pater Noster, Padre nuestro. Padre nuestroque ests en los cielos

    Freder le toc en el brazo. El hombre se sobresalt, qued atnito.Su mano solt la palanca y qued en el aire como un pjaro herido. Abri laboca de par en par, como si se ahogara. Por un segundo, el blanco de los ojos en

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    21/126

    aquel rostro rgido fue una visin horrible. Luego, el hombre se desplom comoun mueco.

    Freder lo sujet al verle caer, y le sostuvo con todas sus fuerzas. Mir a sualrededor: nadie les prestaba la menor atencin. Las nubes de vapor, lasemanaciones de humo, les rodeaban como una niebla.

    Haba una puerta cercana. Freder llev al hombre hasta la puerta y la abri de

    un empujn. Conduca a la sala de herramientas. Una caja de embalaje ofrecaun lugar de descanso; Freder apoy al hombre en ella.

    Unos ojos mortecinos le miraron. El rostro al que pertenecan apenas era el deun muchacho.

    Cmo te llamas?pregunt Freder.Once mil ochocientos once.Quiero saber cmo te llamaba tu madre.Georgi.Georgi, me conoces?Junto con el reconocimiento, la conciencia ilumin los ojos del muchacho.S, te conozco. Eres el hijo de Joh Fredersen, de Joh Fredersen que es el

    padre de todos nosotros.S. Por lo tanto soy tu hermano, lo ves, Georgi? Yo o tu Pater Noster.El muchacho se alz, repentinamente aterrado.La mquina!se puso violentamente en pie. Mi mquina!Djala en paz, Georgi, y escchame.Alguien ha de estar en la mquina!S. Alguien ha de estar en la mquina, pero no t.Quin entonces?Yo.Unos ojos desorbitados fueron la respuesta.

    Yorepiti Freder. Ests dispuesto a escucharme, y podrs acordarte decuanto te diga? Es muy importante, Georgi.Sdijo ste, paralizado.Vamos a intercambiar nuestras vidas, Georgi. T tomars la ma, y yo la

    tuya. Yo ocupar tu lugar ante la mquina; t saldrs tranquilamente con misropas. Nadie me observ cuando vine aqu:; nadie te observar cuando salgas.Slo has de dominar tus nervios y mantenerte tranquilo. Gurdate de los lugaresdonde el aire es como una niebla.

    Cuando llegues a la calle, coge mi coche. En mis bolsillos encontrars dineroms que suficiente. Tres calles ms all, cambia de coche; toma un taxi. Y vuelvea hacerlo despus de otras tres calles. Luego ve al Bloque Noventa. En la esquinapaga el taxi, y espera hasta que el conductor se haya perdido de vista. Entoncessube al sptimo piso de la Calle siete. All vive un hombre llamado Josafat. Tienesque ir a l. Dile que yo te envo. Y esprame, o espera el mensaje que he deenviarte. Lo has entendido, Georgi?

    S.Pero era un s vaco, que pareca contestar a algo ms que a la pregunta de

    Freder.

    Poco despus, el hijo de Joh Fredersen, el Amo de la gran Metrpolis, estabaante la mquina que era como Ganesha, el dios de cabeza de elefante. Llevaba el

    uniforme de todos los obreros de Metrpolis: del cuello a los tobillos algodn azuloscuro, los pies calzados con zapatones groseros, el pelo apretadamente recogidobajo una gorra negra.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    22/126

    Tena la mano en la palanca y los ojos fijos en el reloj, cuyas manecillasvibraban como la aguja de una brjula. La veloz corriente de aire agitaba lospliegues de su ropa.

    Entonces sinti que lenta, angustiosamente, el temblor incesante del piso, losmuros en los que silbaban los hornos, el techo que pareca siempre estar a puntode desmoronarse, el impulso de los brazos de la mquina, la firme resistencia de

    aquel cuerpo brillante, hacan nacer en l el terror, incluso el terror de la certezade la muerte.

    Sinti y tambin vio cmo, entre las oleadas de vapor, la larga y suavetrompa del dios Ganesha se alzaba, y suavemente, sin el mnimo error, buscabasu frente. Sinti el contacto de aquella aspiracin helada, indolora pero horrible.Justo en el centro, sobre el puente de la nariz, la trompa fantasmal aspiraba deprisa. Era como un taladro mortal que apuntaba hacia el centro del cerebro. Ycual si estuviera unido al reloj de una mquina infernal, el corazn empez alatir: Pater Noster, Pater Noster, Pater Noster.

    No lo consentirdijo Freder, echando hacia atrs la cabeza para escapar almaldito contacto. No lo consentir, no, no lo consentir.

    Al sentir el sudor que le resbalaba de las sienes como gotas de sangre, rebuscen todos los bolsillos del extrao uniforme que ahora llevaba, hasta dar con unandrajoso trapo en uno de ellos. Lo tom y se sec la frente. Al hacerlo, not elroce spero de un trozo de papel que, inadvertidamente, haba tomado junto conel trapo. Lo examin con atencin.

    No era mayor que la mano de un hombre, y no haba texto alguno manuscritoo impreso en l. Un conjunto de trazos y extraos smbolos sugeran un plano, alparecer semidestruido.

    Freder trat con todo inters de descifrar algo, pero fracas. No conocaninguno de los signos que aparecan en el plano. A lo sumo, acert a distinguir

    una intrincada red de lo que parecan caminos algunos bruscamente cortados,que apuntaban todos a un mismo destino, un lugar lleno de cruces.

    Un smbolo de la vida? Sentido en lo que no tiene sentido?Como hijo de Joh Fredersen, Freder estaba adiestrado para descifrar correcta y

    rpidamente cualquier cosa semejante a un plano. Lo guard en el bolsillo,aunque sigui vindolo ante sus ojos.

    La aspiracin de la trompa del dios Ganesha se desliz por el cerebro nosometido, un cerebro que reflexionaba, analizaba y buscaba. La pequeamquina que diriga el Pater Noster de la Nueva Torre de Babel funcionabaobediente, sin tregua. Un pequeo rayo de luz parpadeaba sobre susarticulaciones ms delicadas, casi en la parte superior de la mquina, como unpequeo ojo milicioso.

    La mquina tena mucho tiempo. Pasaran muchas horas antes que el Amo deMetrpolis retirara el alimento que las mquinas estaban devorando con susdientes poderosos.

    Levemente, cual si sonriera, el ojo brillante, el ojo malicioso de la delicadamquina mir al hijo de Joh Fredersen que estaba de pie ante ella.

    Georgi haba salido de la Nueva Torre de Babel sin que nadie le molestara, y laciudad le recibi. Metrpolis, la gran urbe que giraba en la danza de la luz, lerecibi.

    Georgi se detuvo unos momentos al salir, aspirando en la calle aquel aire quele enardeca. Senta la fresca seda blanca sobre su cuerpo, y la suavidad de los

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    23/126

    zapatos que envolvan sus pies. Aspir profundamente, y la plenitud de su propiaaspiracin le embriag ms que el licor ms fuerte.

    Contemplaba una ciudad que jams haba visto, pues la vea como el hombreque nunca haba sido. Ya no caminaba sumergido en una riada humana, unacorriente de doce hombres en fondo. No vesta el algodn azul oscuro, ni loszapatones groseros, ni la gorra. No iba a trabajar. Se haba liberado del trabajo.

    Otro haba ocupado su puesto.Un hombre se haba acercado a l y le haba dicho: Vamos a intercambiar

    nuestras vidas, Georgi. T tomars la ma y yo la tuya.Cuando llegues a la calle, coge mi coche. En mis bolsillos encontrars dinero

    ms que suficiente.En mis bolsillos encontrars dinero ms que suficiente.En mis bolsillos encontrars dinero ms que suficiente.Georgi contempl la ciudad que nunca haba visto.Ah, la intoxicacin de las luces! xtasis del brillo! Ah, ciudad de los mil

    tentculos, laberinto de bloques de luz! Torres luminosas! Altsimas montaasde esplendor! Desde el cielo aterciopelado cae constantemente una lluvia dorada,como en el regazo abierto de Diana.

    Ah, Metrpolis, Metrpolis!Dio unos pasos vacilantes; pareca borracho. Vio una llamarada que suba

    siseando. Sobre el cielo, un cohete traz en pinceladas de luz la palabra:Yoshiwara.

    Georgi cruz la calle, lleg a unas escaleras y, subindolas de tres en tres,alcanz una avenida. Suave, flexible, como una bestia negra y domesticada, uncoche se aproxim y se detuvo ante l.

    Georgi salt al interior del coche y se dej caer sobre los almohadones. Elmotor del poderoso automvil vibr sin sonido. Un sbito recuerdo asalt la

    mente de Georgi, y un estremecimiento recorri su cuerpo.No haba en algn lugar del mundo, no muy lejos, bajo los fundamentos de laNueva Torre de Babel, una sala dominada por un temblor incesante? No haba,en el centro de aquella sala, una pequea y delicada mquina cuyos miembrosresplandecan? Bajo el cuerpo encogido y la cabeza hundida en el pecho, suspatas torcidas, semejantes a las de un gnomo, se apoyaban en la plataforma. Eltronco y las patas estaban inmviles, pero los brazos cortos empujaban,impulsaban, atrs y adelante, atrs y adelante. El suelo de piedra temblaba bajoel impulso de la pequea mquina, apenas mayor que un nio de cinco aos.

    El chfer pregunt:Dnde, seor?Siga derecho le indic Georgi, con un movimiento de su mano. A

    cualquier parte.El hombre le haba dicho: Cambia de coche tres calles ms all. Pero el ritmo

    del motor le acunaba, en extremo delicioso. Calle tercera, Calle sexta Anestaba muy lejos del Bloque Noventa.

    Se senta vencido por el asombro de verse as acunado por el encanto de lasluces, el temblor de la excitacin ante el movimiento. Cuanto ms se alejaba de laNueva Torre de Babel sobre el girar silencioso de las ruedas, ms se alejaba de laconciencia de su propio ser.

    Quin era l? No haba estado haca muy poco, con un uniforme azul

    manchado de grasa, en un infierno espantoso, la mente absorta en una vigilanciaeterna, los huesos destrozados hasta la mdula por la repeticin a ritmo

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    24/126

    constante del mismo giro de la palanca, con el rostro quemado por un calorinsoportable, con la piel baada en un sudor salobre que acabara por pudrirla?

    No viva en una ciudad que se extenda en las profundidades, muy por debajode las estaciones del ferrocarril subterrneo de Metrpolis, en una ciudad cuyascasas se hacinaban sobre plazas y calles como en la superficie lo hacan losedificios de Metrpolis alzndose en la noche?

    Haba conocido l alguna vez otra cosa que la horrible monotona de aquellascasas en las que no vivan hombre sino nmeros, y que slo se reconocan por lasgrandes placas situadas sobre las puertas?

    Haba tenido otro propsito su vida que salir por aquellas puertas rematadaspor nmeros para ir a trabajar cuando las sirenas de Metrpolis le llamaban, yregresar diez horas ms tarde, agotado hasta la muerte?

    Era l otra cosa que un nmero el nmero 11811 marcado en suuniforme, en su gorra? No se haba impreso tambin el nmero en su alma, ensu cerebro, en su sangre, hasta el punto de que necesitaba hacer un granesfuerzo para recordar su propio nombre?

    Y ahora?Y ahora?Su cuerpo, refrescado por la ducha pura y fra que le librara del sudor del

    trabajo, senta con asombro indecible el relajamiento dichoso de todos susmsculos. Estremecido, sinti el contacto acariciador de la seda blanca sobre supiel desnuda, y al entregarse voluptuosamente al suave ritmo del movimiento, levenci la conciencia de la primera libertad, la libertad total de cuanto hastaentonces presionara angustiosamente su existencia. Tan intensa fue la sensacinque estall en carcajadas dementes, y las lgrimas corrieron sin control por surostro.

    Violentamente ah, s! con una violencia gloriosa, la gran ciudad giraba en

    torno a l como el mar ruge en torno a las montaas.El obrero nmero 11811, el hombre que viva en una casa-prisin bajo el trensubterrneo de Metrpolis, que no conoca otro camino que el que iba desde suagujero a la mquina, y viceversa, este hombre vio por primera vez en su vida lamaravilla del mundo que era Metrpolis: la ciudad, de noche, brillando bajomillones y millones de luces.

    Vio el ocano de luz que inundaba las avenidas y calles interminables con unbrillo plateado. Vio el rpido parpadeo de los anuncios elctricos que se ofrecanuna y otra vez a la vista en un xtasis de luz. Vio las torres que proyectabanhacia l sus bloques luminosos y se sinti dominado, sometido por aquellaborrachera de luz, sintiendo que aquel ocano brillante, con sus cientos de milesde olas en movimiento, llegaba hasta l, le privaba de aliento, le impeda respirar,le ahogaba.

    Y entonces comprendi que aquella ciudad de mquinas, aquella ciudadsobria, fantica, buscaba de noche la compensacin a la locura de sus das detrabajo; que la ciudad, de noche, se perda como loca, como demente, en laborrachera de un placer que, llevndola a lo ms alto y hundindola en lo msbajo, era una dicha sin lmites, inmensamente destructiva.

    Georgi temblaba de pies a cabeza, como si todos sus miembros estuvieranunidos a la vibracin silenciosa e inalterable de la mquina que lo transportaba,al traqueteo de los cientos y miles de mquinas que pasaban constantemente,

    una doble corriente de coches brillantemente iluminados que avanzaban por lascalles de la ciudad en su fiebre nocturna. Y al mismo tiempo, su cuerpo seestremeca al comps del estallido de las hermosas ruedas de luz, de las fuentes

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    25/126

    multicolores con lmparas superpotentes, de los cohetes que ascendan veloces,de las torres encendidas por el brillo helado del nen.

    Y haba una palabra que se repeta sin cesar. De una fuente invisible emergaun rayo de luz que, al estallar en lo alto, tachonaba con letras de todos los coloresel cielo aterciopelado de Metrpolis.

    Y las letras formaban la palabra: Yoshiwara.

    Cul era su significado?Suspendido por las rodillas de los travesanos metlicos de la autopista elevada,

    un hombre de piel amarilla, cabeza abajo, arrojaba una lluvia de hojas blancassobre la doble fila de coches.

    Las hojas flotaban a merced del viento. La mirada de Georgi capt una de ellas.Con letras grandes y distorsionadas, se lea la palabra: Yoshiwara.

    El coche se detuvo en un cruce. Hombres de piel amarilla, con abigarradaschaquetas de seda bordada, se deslizaban, escurridizos como anguilas, entre lacorriente de coches que aguardaban. Uno de ellos trep al guardabarros del grancoche negro en el que Georgi iba sentado. Por un segundo aquel rostro desonriente horror mir al rostro del joven, plido y agotado. Por la ventanilla, elhombre lanz un puado de tarjetas que se desparramaron a los pies de Georgi,quien se inclin mecnicamente y recogi una de ellas.

    En aquellas tarjetas que exhalaban un perfume seductor, penetrante yagridulce, se lea en letras grandes y distorsionadas la palabra: Yoshiwara.

    Georgi tena la garganta seca como el polvo.Una voz le haba dicho: En mis bolsillos, encontrars dinero ms que

    suficiente.Dinero suficiente Para qu? Para arrastrarse por aquella ciudad, aquella

    ciudad poderosa, celestial, infernal; para abrazarla con todas las fuerzas, aun enla impotencia por dominarla; para desesperarse, para lanzarse a ella. Tmame!

    Tmame! Para sentir la copa llena en los labios y beber sin respirar, con losdientes clavados en el borde de la copa, eternamente insaciable, compitiendo conel desbordamiento eterno de la copa de la intoxicacin.

    Ah, Metrpolis, Metrpolis!Dinero ms que suficiente.Un extrao sonido estall en la garganta de Georgi. Haba en l algo del

    estertor del hombre que se sabe soando y quiere despertar, y algo del sonidogutural de la bestia de presa cuando huele la sangre. Su mano aferr con dedosardorosos y convulsos el puado de billetes de banco y Georgi sacudi la cabezacomo buscando el modo de escapar.

    Otro coche se deslizaba silenciosamente junto al suyo: una sombra grande,brillante y negra, el carruaje digno de una mujer, decorado con flores, iluminadocon lmparas suaves. Georgi vio a la mujer con claridad y ella le mir. Ibareclinada sobre almohadones y se envolva de pies a cabeza en una caparefulgente, que le dejaba desnudo un hombro con la blancura impoluta de uncisne.

    Iba maquillada de un modo absurdo, como si no quisiera parecer humana, seruna mujer, sino ms bien un extrao animal dispuesto quizs a jugar, quizs amatar.

    Aceptando serenamente la mirada de Georgi, ella alz con suavidad la manoderecha cubierta de gemas y empez a abanicarse ociosamente con una de las

    hojas de papel en las que estaba escrita la palabra: Yoshiwara.No!grit Georgi.

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    26/126

    Se ahogaba. Sec el sudor que inundaba su frente y sinti el suave y fragantefrescor del pauelo sobre su piel ardiente.

    Unos ojos le miraban. Unos ojos que pronto desapareceran. La sonrisa expertade una boca pintada.

    Con un ronco gemido, Georgi intent abrir la portezuela y saltar a la calle, peroel movimiento del coche volvi a lanzarle sobre los almohadones. Apret los

    puos, se los llev a los ojos, hizo presin sobre ellos. Y su mente le devolvi unavisin algo confusa y neblinosa: una mquina pequea y fuerte, apenas mayorque un nio de cinco aos. Sus brazos cortos empujaban, impulsaban, atrs yadelante; atrs y adelante. La cabeza, hundida en el pecho, se levantabasonriendo.

    No!chill el hombre, aplaudiendo y riendo locamente.Se haba liberado de la mquina. Haba cambiado su vida. Con la de quin?

    Con la de un hombre que le dijera: En mis bolsillos encontrars dinero ms quesuficiente.

    El hombre ech atrs la cabeza, mir el techo que le cubra.Y en el techo flameaba la palabra: Yoshiwara.La palabra Yoshiwara era como rayos de luz que cayeran en torno a l,

    paralizando sus miembros. Estaba sentado, inmvil, cubierto de sudor fro. Clavlos dedos en la piel de los almohadones. Tena la espalda rgida, como si la espinadorsal fuera de hierro. Le temblaban las mandbulas.

    No!exclam Georgi, apretando los puos.Pero ante sus ojos, que miraban al espacio, flameaba la palabra: Yoshiwara.

    Enormes altavoces atronaban el aire con ritmos desenfrenados, msica de unaalegra chillona y desbordada

    No!gimi el hombre; se haba mordido hasta hacerse sangre.Pero cien cohetes multicolores escribieron en el cielo de terciopelo de

    Metrpolis la palabra: Yoshiwara.Georgi abri del todo la ventanilla. La gloriosa ciudad de Metrpolis, bailandoen su borrachera de luz, se lanzaba impetuosamente hacia l como si fuera elnico amado, el nico esperado. Se inclin por la ventanilla y grit:

    Yoshiwara!Y volvi a caer sobre los almohadones. El coche gir en suave curva, tomando

    otra direccin.Un cohete subi, estall y escribi en el cielo sobre Metrpolis: Yoshiwara.

    4

    Haba una casa en la gran Metrpolis que era ms vieja que la ciudad. Muchosdecan que era incluso ms vieja que la catedral y que, antes de que el ArcngelMiguel intercediera ante Dios, la casa ya exista, sombra y malvada, desafiando ala catedral con sus ojos muertos.

    Haba sobrevivido a los tiempos del humo y el holln. Cada ao que pasabasobre la ciudad pareca, al morir, entrar reptando en aquella casa, de modo queahora era como un cementerio, un atad repleto de aos muertos.

    Y sobre la madera negra de la puerta, rojo y cobre, misterioso, se vea el sellode Salomn: la estrella de cinco puntas.

    Se deca que un mago procedente de Oriente a quien sigui la peste habaconstruido la casa en siete noches. Pero los albailes y carpinteros de la ciudadno saban quin haba hecho los ladrillos, ni quin haba colocado el tejado. No

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    27/126

    hubo discursos del capataz ni se conmemor la Fiesta del Constructor, como erapiadosa costumbre. Las crnicas de la ciudad no guardaban informe alguno de lamuerte del mago; ignoraban siquiera si haba muerto. Un da, los ciudadanos,extraados, se dijeron que los zapatos rojos del mago no pisaban la ciudad desdehaca tiempo. Forzaron la entrada de la casa y no hallaron en ella ningn serviviente. Pero las habitaciones, en las que ni de da ni de noche penetraba un

    rayo de luz, parecan seguir aguardando a su amo, hundidas en el sueo. Portodas partes haba pergaminos y libros abiertos, cubiertos por una capa de polvocomo terciopelo plateado.

    Y en todas las puertas, rojo y cobre, misterioso, se vea el sello de Salomn, laestrella de cinco puntas.

    Hubo un tiempo en que se derribaron los edificios antiguos. Y fue dicho: lacasa debe morir. Pero la casa era ms fuerte que las palabras, ms fuerte que lossiglos. Unas piedras que se desprendieron mataron a quienes osaron poner lamano en sus muros. Y el piso se hundi bajo sus pies, arrastrndoles a un pozodel que nadie haba odo hablar. Pareca tambin como si la plaga que habaseguido al mago se agazapara todava en los rincones de la vieja casa y asaltara alos hombres, que moran sin que ningn mdico conociera la enfermedad. Lacasa resisti a su destruccin con tal fuerza, que la historia de su maldaddesbord las fronteras de la ciudad y se extendi por toda la tierra. Al fin, nopudo encontrarse a un solo hombre honrado que se aventurara a luchar contraello. Incluso los ladrones y bandidos, a los que se prometi la remisin de susentencia si estaban dispuestos a derribar la casa del mago, prefirieron ir a lapicota o incluso al patbulo antes que atravesar aquellas puertas selladas yverse rodeados de aquellos vengativos muros.

    Con el tiempo, la pequea ciudad que haba crecido en torno a la catedral seconvirti en una gran ciudad, y luego en Metrpolis, el centro del mundo.

    Un da lleg de muy lejos un hombre, vio la casa y dijo: Quiero sta.Le contaron la historia de la casa. No se inmut, se mantuvo en su resolucin.La compr por un precio nfimo, se traslad all inmediatamente y no hizo lamenor alteracin en su estructura.

    Este hombre se llamaba Rotwang; pocos le conocan. nicamente JohFredersen le conoca muy bien. Le habra resultado mucho ms fcil vencer en sulucha por la catedral contra la secta de los gticos que vencer en la lucha contraRotwang por la casa del mago.

    Haba muchos en Metrpolis en esta ciudad de la prisa razonada y metdicaque preferan desviarse de su camino antes que pasar junto a la casa deRotwang. sta apenas llegaba a las rodillas de los gigantes que se alzaban junto aella. Para la ciudad tan pulcra que no conoca el humo ni el holln, aquel antrosupona un baldn, una vergenza. Pero segua en pie. Cuando Rotwang sala ycruzaba la calle cosa que ocurra pocas veces, muchos le mirabandisimuladamente los pies para ver si calzaba zapatos rojos.

    Ante la puerta de esa casa en la que brillaba el sello de Salomn, se hallabaahora Joh Fredersen.

    Llam. Se oy una voz, y pareci que la casa hablara en sueos:Quin es?Joh Fredersen.

    Se abri la puerta. Entr. Le rodeaba la oscuridad, pero Joh Fredersen conocamuy bien la casa. Ech a andar sin vacilacin, precedido de un rastro luminosoque le indicaba el camino. Lleg a la parte superior de la escalera y mir a su

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    28/126

    alrededor: en aquel rellano se abran muchas puertas. En la de enfrente, como unojo grande que le observara, brillaba el sello de cobre.

    Se dirigi a ella.Aunque la casa de Rotwang tena muchas puertas, sta era la nica que se

    abra ante Joh Fredersen, quiz porque el propietario de la casa saba muy bienque cruzar aquel umbral significaba un penoso esfuerzo para l.

    Ya en su interior, inspir el aire de aquella habitacin, lenta, profundamente,como buscando la huella de otro aliento. Su mano lanz con indiferencia elsombrero sobre una silla. Con un agotamiento y un dolor repentinos, dej quesus ojos vagaran por el cuarto.

    Estaba casi vaco. Una silla grande como las que se encuentran en las viejasiglesias, ennegrecida por el tiempo, se hallaba situada ante un cortinaje querecubra la pared.

    Inmvil, Joh Fredersen sigui de pie junto a la puerta durante largo tiempo.Haba cerrado los ojos. Con impotencia suprema, respiraba el aroma de jacintosque pareca llenar el aire inmvil de aquella habitacin.

    Sin abrir los ojos, vacilando un poco pero con seguridad, se dirigi hacia lascortinas, pesadas y negras, y las descorri por completo.

    Luego abri los ojos y qued inmvil.En un pedestal descansaba el busto en piedra de una mujer.No era la obra de un artista; era la obra de un hombre que, en una agona que

    las palabras no podan expresar, haba luchado incontables das y noches con lapiedra blanca hasta que al fin sta pareci comprender y form por s sola lacabeza de la mujer. Pareca que ningn instrumento hubiera trabajado en ella;como si un hombre, echado ante la piedra, hubiera repetido el nombre de lamujer incesantemente, con todas sus fuerzas, con todo su anhelo, con toda ladesesperacin de su cerebro, su sangre y su corazn, hasta que la piedra informe

    se compadeci de l y form por s misma la imagen; la imagen de la mujer quesignificaba, para dos hombres, todo el cielo y todo el infierno.Los ojos de Joh Fredersen se clavaron en las palabras talladas en el pedestal;

    palabras cinceladas con maldiciones:

    HELNacida

    para ser mi felicidad, una bendicin para todos los hombres;y perdida

    para Joh Fredersenpues muri

    al dar vida a su hijo Freder.

    S, haba muerto entonces. Pero Joh Fredersen saba demasiado bien que nomuri por dar a luz a su hijo; Hel muri realmente el da en que huy de Rotwangpara unirse con l, maravillndose de que sus pies no dejaran huellassangrientas.

    Muri porque haba sido incapaz de resistirse al gran amor de Joh Fredersen, yporque se haba visto forzada debido a ello a destrozar la vida de otro hombre.

    Nunca hubo en un rostro humano una expresin ms sublime de liberacin,que la que se reflej en el rostro de Hel cuando supo que iba a morir. Pero en ese

    mismo momento, el hombre ms poderoso de Metrpolis se haba revolcado en elsuelo, aullando como una bestia salvaje. Y al encontrarse de nuevo con Rotwangcuatro semanas ms tarde, descubri que la espesa cabellera que cubra la

  • 8/13/2019 023. Metropolis - Thea Von Harbou

    29/126

    maravillosa frente del inventor era ahora blanca como la nieve, y en sus ojos vioel fuego de un odio rayano en la locura.

    En ese gran amor, en ese gran odio, la pobre Hel haba permanecido viva paraambos.

    Debes esperar un pocodijo la voz, que sonaba como si la casa hablara ensueos.

    Escucha, Rotwang respondi Joh Fredersen. Sabes que acepto conpaciencia tus pequeos trucos de magia, y que siempre vengo a ti cuandonecesito algo; eres el nico hombre que puede alardear de eso. Pero nuncaconseguirs que te secunde cuando haces el idiota. Sabes tambin que no tengotiempo que perder. No hagamos el ridculo, y ven aqu!

    Te dije que tendras que esperar un poco explic la voz, que parecahacerse ms distante.

    No esperar. Me ir ahora.Hazlo, Joh Fredersen!Deseaba hacerlo. Pero la puerta por la que entrara no tena picaporte, ni llave.

    El sello de Salomn rojo y cobre le miraba.Una voz, lejana y suave, se ri. Joh Fredersen se haba detenido en seco, de

    espaldas a la habitacin. Un temblor recorri su cuerpo.Habra que machacarte el crneo dijo Joh Fredersen, suavemente.

    Habra que machacarte el crneo si no contuviera un cerebro tan valioso.Ya no puedes hacerme ms dao del que me hicistedijo la voz lejana.Joh Fredersen guard silencio.No respondes, Joh Fredersen? Acaso te has quedado sin ingenio?Un cerebro como el tuyo debera ser capaz de olvidar dijo el hombre que

    estaba ante la puerta mirando el sello de Salomn.La voz suave y lejana ri.

    Olvidar? Slo dos veces en mi vida he olvidado algo. Una vez, olvid que elaceite-aetro y el mercurio tiene una afinidad muy particular, y eso me cost elbrazo. Y la otra, olvid que Hel era una mujer y t un hombre; eso me cost elcorazn. Me temo que la tercera vez puede costarme la cabeza. Nunca msolvidar nada, Joh Fredersen.

    ste guardaba silencio.La voz lejana call tambin.Joh Fredersen dio la vuelta y se dirigi a la mesa. Amonton libros y

    pergaminos para dejar libre una parte de la mesa, se sent en ella y sac un trozode papel del bolsillo. Lo extendi ante l y lo examin.

    No era mayor que la mano de un hombre, y no haba